31 de enero 2014

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Lectura para hoy:

                Lucas 1:5- 23, 57- 80

El Deseado de Todas las Gentes, página 69-71

Lucas 1:5-23

5 En los días de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote llamado Zacarías, de la clase de Abías, cuya esposa, Elisabet, era descendiente de Aarón. 6 Ambos eran íntegros delante de Dios y obedecían de manera irreprensible todos los mandamientos y ordenanzas del Señor. 7 Pero no tenían hijos, porque Elisabet era estéril y los dos eran ya muy ancianos. 8 Un día en que Zacarías oficiaba como sacerdote delante de Dios, pues le había llegado el turno a su grupo, 9 le tocó en suerte entrar en el santuario del Señor para ofrecer incienso, conforme a la costumbre del sacerdocio.

10 Mientras se quemaba el incienso, todo el pueblo estaba orando afuera. 11 En eso, un ángel del Señor se le apareció a Zacarías. Estaba parado a la derecha del altar del incienso. 12 Cuando Zacarías lo vio, se desconcertó y le sobrevino un gran temor; 13 pero el ángel le dijo: «Zacarías, no tengas miedo, porque tu oración ha sido escuchada. Tu esposa Elisabet te dará un hijo, y tú le pondrás por nombre Juan. 14 Tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán de su nacimiento, 15 pues ante Dios será un hombre muy importante. No beberá vino ni licor, y tendrá la plenitud del Espíritu Santo desde antes de nacer. 16 Él hará que muchos de los hijos de Israel se vuelvan al Señor su Dios, 17 y lo precederá con el espíritu y el poder de Elías, para hacer que los padres se reconcilien con sus hijos, y para llevar a los desobedientes a obtener la sabiduría de los justos. Así preparará bien al pueblo para recibir al Señor.»
18 Zacarías le preguntó al ángel: «¿Y cómo voy a saber que esto será así? ¡Yo estoy ya muy viejo, y mi esposa es de edad avanzada!»
19 El ángel le respondió: «Yo soy Gabriel, y estoy en presencia de Dios. He sido enviado a hablar contigo para comunicarte estas buenas noticias. 20 Pero como no has creído mis palabras, las cuales se cumplirán a su debido tiempo, ahora vas a quedarte mudo, y no podrás hablar hasta el día en que esto suceda.»
21 Mientras tanto, el pueblo esperaba a que saliera Zacarías, extrañados de que se tardara tanto en el santuario. 22 Pero cuando salió y no les podía hablar, comprendieron que habría tenido una visión en el santuario, pues les hablaba por señas y seguía mudo. 23 Cuando terminaron los días de su ministerio, Zacarías se fue a su casa.

Lucas 1:57-80

57 Cuando se cumplió el tiempo, Elisabet dio a luz un hijo. 58 Y cuando sus vecinos y parientes supieron que Dios le había mostrado su gran misericordia, se alegraron con ella. 59 Al octavo día fueron para circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías. 60 Pero su madre dijo: «No, va a llamarse Juan.» 61 Le preguntaron: «¿Por qué? ¡No hay nadie en tu familia que se llame así!» 62 Luego le preguntaron a su padre, por señas, qué nombre quería ponerle. 63 Zacarías pidió una tablilla y escribió: «Su nombre es Juan.» Y todos se quedaron asombrados. 64 En ese mismo instante, a Zacarías se le destrabó la lengua y comenzó a hablar y a bendecir a Dios. 65 Todos sus vecinos se llenaron de temor, y todo esto se divulgó por todas las montañas de Judea. 66 Todos los que oían esto se ponían a pensar, y se preguntaban: «¿Qué va a ser de este niño?» Y es que la mano del Señor estaba con él.

Profecía de Zacarías
67 Lleno del Espíritu Santo, Zacarías, su padre, profetizó: 68 «Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha venido a redimir a su pueblo. 69 Nos ha levantado un poderoso Salvador en la casa de David, su siervo,70 tal y como lo anunció en el pasado por medio de sus santos profetas: 71 “Salvación de nuestros enemigos,y del poder de los que nos odian.” 72 Mostró su misericordia a nuestros padres, y se acordó de su santo pacto, 73 de su juramento a nuestro padre Abrahán: Prometió que nos concedería 74 ser liberados de nuestros enemigos, para poder servirle sin temor, 75 en santidad y en justicia todos nuestros días delante de él. 76 Y a ti, niño, te llamarán “Profeta del Altísimo”, porque irás precediendo al Señor para preparar sus caminos. 77 Darás a conocer a su pueblo la salvación y el perdón de sus pecados, 78 por la entrañable misericordia de nuestro Dios. La aurora nos visitó desde lo alto, 79 para alumbrar a los que viven en tinieblas y en medio de sombras de muerte; para encaminarnos por la senda de la paz.» 80 El niño fue creciendo y fortaleciéndose en espíritu, y vivió en lugares apartados hasta el día en que se presentó públicamente a Israel. (Reina Valera Contemporánea)

 El Deseado de Todas las Gentes, página 69-71

Les asombraba el conocimiento y la
sabiduría que manifestaba al contestar a los rabinos.
Sabían que no había recibido instrucción de los sabios,
pero no podían menos que ver que los instruía a ellos.
Reconocían que su educación era de un carácter superior
a la de ellos. Pero no discernían que tenía acceso al árbol
de la vida, a una fuente de conocimientos que ellos
ignoraban.
Cristo no era exclusivista, y había ofendido
especialmente a los fariseos al apartarse, en este
respecto, de sus rígidas reglas. Halló al dominio de la
religión rodeado por altas murallas de separación,
como si fuera demasiado sagrado para la vida diaria, y
derribó esos muros de separación. En su trato con los
hombres, no preguntaba: ¿Cuál es vuestro credo? ¿A qué
iglesia pertenecéis? Ejercía su facultad de ayudar en favor
de todos los que necesitaban ayuda. En vez de aislarse en
una celda de ermitaño a fin de mostrar su carácter
celestial, trabajaba fervientemente por la humanidad.
Inculcaba el principio de que la religión de la Biblia no
consiste en la mortificación del cuerpo. Enseñaba que la
religión pura y sin mácula no está destinada solamente a
horas fijas y ocasiones especiales. En todo momento y
lugar, manifestaba amante interés por los hombres, y
difundía en derredor suyo la luz de una piedad alegre.
Todo esto reprendía a los fariseos. Demostraba que la
religión no consiste en egoísmo, y que su mórbida
devoción al interés personal distaba mucho de ser
verdadera piedad. Esto había despertado su enemistad
contra Jesús, de manera que procuraban obtener por la
fuerza su conformidad a los reglamentos de ellos.
Jesús obraba para aliviar todo caso de sufrimiento que
viese. Tenía poco dinero que dar, pero con frecuencia se
privaba de alimento a fin de aliviar a aquellos que parecían
más necesitados que él. Sus hermanos sentían que la
influencia de él contrarrestaba fuertemente la suya. Poseía
un tacto que ninguno de ellos tenía ni deseaba tener.
Cuando ellos hablaban duramente a los pobres seres
degradados, Jesús buscaba a estas mismas personas y
les dirigía palabras de aliento. Daba un vaso de agua fría a
los menesterosos y ponía quedamente su propia comida
en sus manos. Y mientras aliviaba sus sufrimientos,
asociaba con sus actos de misericordia las verdades que
enseñaba, y así quedaban grabadas en la memoria.
Todo esto desagradaba a sus hermanos. Siendo
mayores que Jesús, les parecía que él debía estar
sometido a sus dictados. Le acusaban de creerse superior
a ellos, y le reprendían por situarse más arriba que los
maestros, sacerdotes y gobernantes del pueblo. Con
frecuencia le amenazaban y trataban de intimidarle; pero él
seguía adelante, haciendo de las Escrituras su guía.

Jesús amaba a sus hermanos y los trataba con bondad
inagotable; pero ellos sentían celos de él y manifestaban la
incredulidad y el desprecio más decididos. No podían
comprender su conducta. Se les presentaban grandes
contradicciones en Jesús. Era el divino Hijo de Dios, y sin
embargo, un niño impotente. Siendo el Creador de los
mundos, la tierra era su posesión; y, sin embargo, la
pobreza le acompañaba a cada paso en esta vida.

Poseía una dignidad e individualidad completamente distintas del
orgullo y arrogancia terrenales; no contendía por la
grandeza mundanal; y estaba contento aun en la posición
más humilde. Esto airaba a sus hermanos. No podían
explicar su constante serenidad bajo las pruebas y las
privaciones. No sabían que por nuestra causa se había
hecho pobre, a fin de que “con su pobreza” fuésemos
“enriquecidos.” (2 Corintios 8: 9) No podían comprender el
misterio de su misión mejor de lo que los amigos de Job
podían comprender su humillación y sufrimiento.
Jesús no era comprendido por sus hermanos, porque no
era como ellos. Sus normas no eran las de ellos. Al mirar a
los hombres, se habían apartado de Dios, y no tenían su
poder en su vida. Las formas religiosas que ellos
observaban, no podían transformar el carácter. Pagaban el
diezmo de “la menta y el eneldo y el comino,” pero omitían
“lo más grave de la ley, es a saber, el juicio y la
misericordia y la fe.” (Mateo 23: 23) El ejemplo de Jesús
era para ellos una continua irritación. El no odiaba sino una
cosa en el mundo, a saber, el pecado. No podía presenciar
un acto malo sin sentir un dolor que le era imposible
ocultar. Entre los formalistas, cuya apariencia santurrona
ocultaba el amor al pecado, y un carácter en el cual el celo
por la gloria de Dios ejercía la supremacía, el contraste era
inequívoco. Por cuanto la vida de Jesús condenaba lo
malo, encontraba oposición tanto en su casa como fuera
de ella. Su abnegación e integridad eran comentadas con
escarnio. Su tolerancia y bondad eran llamadas cobardía.
Entre las amarguras que caen en suerte a la
humanidad, no hubo ninguna que no le tocó a Cristo.
Había quienes trataban de vilipendiarle a causa de su
nacimiento, y aun en su niñez tuvo que hacer frente a sus
miradas escarnecedoras e impías murmuraciones. Si
hubiese respondido con una palabra o mirada impaciente,
si hubiese complacido a sus hermanos con un solo acto
malo, no habría sido un ejemplo perfecto. Así habría
dejado de llevar a cabo el plan de nuestra redención. Si
hubiese admitido siquiera que podía haber una excusa
para el pecado, Satanás habría triunfado, y el mundo se
habría perdido. Esta es la razón por la cual el tentador obró
para hacer su vida tan penosa como fuera posible, a fin de
inducirle a pecar.
Pero para cada tentación tenía una respuesta: “Escrito
está.” Rara vez reprendía algún mal proceder de sus
hermanos, pero tenía alguna palabra de Dios que dirigirles.
Con frecuencia le acusaban de cobardía por negarse a
participar con ellos en algún acto prohibido; pero su
respuesta era: Escrito está: “El temor del Señor es la
sabiduría, y el apartarse del mal la inteligencia.” (Job 28:
28)
Había algunos que buscaban su sociedad, sintiéndose
en paz en su presencia; pero muchos le evitaban, porque
su vida inmaculada los reprendía. Sus jóvenes
compañeros le instaban a hacer como ellos. Era de
carácter alegre; les gustaba su presencia, y daban la
bienvenida a sus prontas sugestiones; pero sus escrúpulos
los impacientaban, y le declaraban estrecho de miras.
Jesús contestaba: Escrito está: “¿Con qué limpiará el joven
su camino? Con guardar tu palabra.” “En mi corazón he
guardado tus dichos, para no pecar contra ti.” (Salmo
119:9, 11, 1-3, 14-16)

Con frecuencia se le preguntaba: ¿Por qué insistes en
ser tan singular, tan diferente de nosotros todos? Escrito
está, decía: “Bienaventurados los perfectos de camino; los
que andan en la ley de Jehová

Bienaventurados los que guardan sus testimonios, y con todo el corazón le buscan:
pues no hacen iniquidad los que andan en sus caminos.”
(Salmo 119: 9, 11, 1-3, 14-16)
Cuando le preguntaban por qué no participaba en las
diversiones de la juventud de Nazaret, decía: Escrito está:
“Heme gozado en el camino de tus testimonios, como
sobre toda riqueza. En tus mandamientos meditaré,
consideraré tus caminos. Recrearéme en tus estatutos: no
me olvidaré de tus palabras.” (Salmo 119: 9,11, 1-3, 14-16)
Jesús no contendía por sus derechos. Con frecuencia
su trabajo resultaba innecesariamente penoso porque era
voluntario y no se quejaba. Sin embargo, no desmayaba ni
se desanimaba. Vivía por encima de estas dificultades,
como en la luz del rostro de Dios. No ejercía represalias
cuando le [69] maltrataban, sino que soportaba
pacientemente los insultos. Repetidas veces se le
preguntaba: ¿Por qué te sometes a tantos desprecios, aun
de parte de tus hermanos? Escrito está, decía: “Hijo mío,
no te olvides de mi ley; y tu corazón guarde mis
mandamientos: porque largura de días, y años de vida y
paz te aumentarán.

 

Foto: http://bit.ly/1eBU30e

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30 de enero 2014

BibleLectura para hoy:

                El Deseado de Todas las Gentes, página 66- 68

Muchos asisten a los servicios religiosos, y se sienten
refrigerados y consolados por la Palabra de Dios; pero por
descuidar la meditación, la vigilancia y la oración, pierden
la bendición, y se hallan más indigentes que antes de
recibirla. Con frecuencia les parece que Dios los ha tratado
duramente. No ven que ellos tienen la culpa. Al separarse
de Jesús, se han privado de la luz de su presencia.

Sería bueno que cada día dedicásemos una hora de
reflexión a la contemplación de la vida de Cristo.
Debiéramos tomarla punto por punto, y dejar que la
imaginación se posesione de cada escena, especialmente
de las finales. Y mientras nos espaciemos así en su gran
sacrificio por nosotros, nuestra confianza en él será más
constante, se reavivará nuestro amor, y quedaremos más
imbuidos de su Espíritu. Si queremos ser salvos al fin,
debemos aprender la lección de penitencia y humillación al
pie de la cruz.

Mientras nos asociamos unos con otros, podemos ser
una bendición mutua. Si pertenecemos a Cristo, nuestros
pensamientos más dulces se referirán a él. Nos
deleitaremos en hablar de él; y mientras hablemos unos a
otros de su amor, nuestros corazones serán enternecidos
por las influencias divinas. Contemplando la belleza de su
carácter, seremos “transformados de gloria en gloria en la
misma semejanza.” (2 Corintios 3: 18)

Capítulo 9
             Días de Conflicto

DESDE SUS más tiernos años, el niño judío estaba
rodeado por los requerimientos de los rabinos. Había
reglas rígidas para cada acto, aun para los más pequeños
detalles de la vida. Los maestros de la sinagoga instruían a
la juventud en los incontables reglamentos que los
israelitas ortodoxos debían observar. Pero Jesús no se
interesaba en esos asuntos. Desde la niñez, actuó
independientemente de las leyes rabínicas. Las Escrituras
del Antiguo Testamento eran su constante estudio, y
estaban siempre sobre sus labios las palabras: “Así dice
Jehová.”

A medida que empezó a comprender la condición del
pueblo, vio que los requerimientos de la sociedad y los de
Dios estaban en constante contradicción. Los hombres se
apartaban de la Palabra de Dios, y ensalzaban las teorías
que habían inventado. Observaban ritos tradicionales que
no poseían virtud alguna. Su servicio era una mera
repetición de ceremonias; y las verdades sagradas que
estaban destinadas a enseñar eran ocultadas a los
adoradores.

El vio que en estos servicios sin fe no hallaban
paz. No conocían la libertad de espíritu que obtendrían
sirviendo a Dios en verdad. Jesús había venido para
enseñar el significado del culto a Dios, y no podía
sancionar la mezcla de los requerimientos humanos con
los preceptos divinos. El no atacaba los preceptos ni las
prácticas de los sabios maestros; pero cuando se le
reprendía por sus propias costumbres sencillas presentaba
la Palabra de Dios en justificación de su conducta.

De toda manera amable y sumisa, Jesús procuraba
agradar a aquellos con quienes trataba. Porque era tan
amable y discreto, los escribas y ancianos suponían que
recibiría fácilmente la influencia de su enseñanza. Le
instaban a recibir las máximas y tradiciones que habían
sido transmitidas desde los antiguos rabinos, pero él pedía
verlas autorizadas en la Santa Escritura. Estaba
dispuesto a escuchar toda palabra que procede de la boca
de Dios; pero no podía obedecer a lo inventado por los
hombres. Jesús parecía conocer las Escrituras desde el
principio al fin, y las presentaba con su verdadero
significado. Los rabinos se avergonzaban de ser instruidos
por un niño. Sostenían que incumbía a ellos explicar las
Escrituras, y que a él le tocaba aceptar su interpretación.
Se indignaban porque él se oponía a su palabra.
Sabían que en las Escrituras no podían encontrar
autorización para sus tradiciones. Se daban cuenta de que
en comprensión espiritual, Jesús los superaba por mucho.
Sin embargo, se airaban porque no obedecía sus dictados.
No pudiendo convencerle, buscaron a José y María y les
presentaron su actitud disidente. Así sufrió él reprensión y
censura.

En edad muy temprana, Jesús había empezado a obrar
por su cuenta en la formación de su carácter, y ni siquiera
el respeto y el amor por sus padres podían apartarlo de la
obediencia a la Palabra de Dios. La declaración: “Escrito
está” constituía su razón por todo acto que difería de las
costumbres familiares. Pero la influencia de los rabinos le
amargaba la vida. Aun en su juventud tuvo que aprender la
dura lección del silencio y la paciente tolerancia.

Sus hermanos, como se llamaba a los hijos de José, se
ponían del lado de los rabinos. Insistían en que debían
seguirse las tradiciones como si fuesen requerimientos de
Dios. Hasta tenían los preceptos de los hombres en más
alta estima que la Palabra de Dios, y les molestaba mucho
la clara penetración de Jesús al distinguir entre lo falso y lo
verdadero. Condenaban su estricta obediencia a la ley de
Dios como terquedad.

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29 de enero 2014

Praying

Lectura para hoy:

                El Deseado de Todas las Gentes, página 64, 65

Pero durante un día entero habían perdido
de vista a Aquel que no debían haber olvidado un
momento. Y al quedar aliviada su ansiedad, no se habían
censurado a sí mismos, sino que le habían echado la culpa
a él.

Era natural que los padres de Jesús le considerasen
como su propio hijo. El estaba diariamente con ellos; en
muchos respectos su vida era igual a la de los otros niños,
y les era difícil comprender que era el Hijo de Dios. Corrían
el peligro de no apreciar la bendición que se les concedía
con la presencia del Redentor del mundo. El pesar de
verse separados de él, y el suave reproche que sus
palabras implicaban, estaban destinados a hacerles ver el
carácter sagrado de su cometido.

En la respuesta que dio a su madre, Jesús demostró por
primera vez que comprendía su relación con Dios. Antes
de su nacimiento, el ángel había dicho a María: “Este será
grande, y será llamado Hijo del Altísimo: y le dará el Señor
Dios el trono de David su padre: y reinará en la casa de
Jacob por siempre.” (Lucas 1: 32, 33) María había
ponderado estas palabras en su corazón; sin embargo,
aunque creía que su hijo había de ser el Mesías de Israel,
no comprendía su misión. En esta ocasión, no entendió
sus palabras; pero sabía que había negado que fuera hijo
de José y se había declarado Hijo de Dios.

Jesús no ignoraba su relación con sus padres
terrenales. Desde Jerusalén volvió a casa con ellos, y les
ayudó en su vida de trabajo. Ocultó en su corazón el
misterio de su misión, esperando sumiso el momento
señalado en que debía emprender su labor. Durante
dieciocho años después de haber aseverado ser Hijo de
Dios, reconoció el vínculo que le unía a la familia de
Nazaret, y cumplió los deberes de hijo, hermano, amigo y
ciudadano.

Al revelársele a Jesús su misión en el templo, rehuyó el
contacto de la multitud. Deseaba volver tranquilamente de
Jerusalén, con aquellos que conocían el secreto de su
vida. Mediante el servicio pascual, Dios estaba tratando de
apartar a sus hijos de sus congojas mundanales, y
recordarles la obra admirable que él realizara al librarlos de
Egipto. El deseaba que viesen en esta obra una promesa
de la liberación del pecado. Así como la sangre del cordero
inmolado protegió los hogares de Israel, la sangre de
Cristo había de salvar sus almas;  pero podían ser
salvos por Cristo únicamente en la medida en que por la fe
se apropiaban la vida de él. No había virtud en el servicio
simbólico, sino en la medida en que dirigía a los
adoradores hacia Cristo como su Salvador personal. Dios
deseaba que fuesen inducidos a estudiar y meditar con
oración acerca de la misión de Cristo. Pero, con
demasiada frecuencia, cuando las muchedumbres
abandonaban a Jerusalén, la excitación del viaje y el trato
social absorbían su atención, y se olvidaban del servicio
que habían presenciado. El Salvador no sentía atracción
por esas compañías.

Jesús esperaba dirigir la atención de José y María a las
profecías referentes a un Salvador que había de sufrir,
mientras volviese solo con ellos de Jerusalén. En el
Calvario, trató de aliviar la pena de su madre. En estos
momentos también pensaba en ella. María había de
presenciar su última agonía, y Jesús deseaba que ella
comprendiese su misión, a fin de que fuese fortalecida
para soportar la prueba cuando la espada atravesara su
alma. Así como Jesús había estado separado de ella y ella
le había buscado con pesar tres días, cuando fuese
ofrecido por los pecados del mundo, lo volvería a perder
tres días. Y cuando saliese de la tumba, su pesar se
volvería a tornar en gozo. ¡Pero cuánto mejor habría
soportado la angustia de su muerte si hubiese
comprendido las Escrituras hacia las cuales trataba ahora
de dirigir sus pensamientos!

Si José y María hubiesen fortalecido su ánimo en Dios
por la meditación y la oración, podrían haberse dado
cuenta del carácter sagrado de su cometido, y no habrían
perdido de vista a Jesús. Por la negligencia de un día,
perdieron de vista al Salvador; pero el hallarle les costó
tres días de ansiosa búsqueda. Por la conversación
ociosa, la maledicencia o el descuido de la oración,
podemos en un día perder la presencia del Salvador, y
pueden requerirse muchos días de pesarosa búsqueda

para hallarle, y recobrar la paz que habíamos perdido.

En nuestro trato mutuo, debemos tener cuidado de no
olvidar a Jesús, ni pasar por alto el hecho de que no está
con nosotros. Cuando nos dejamos absorber por las cosas
mundanales de tal manera que no nos acordamos de
Aquel en quien se concentra nuestra esperanza de vida
eterna, nos separamos de Jesús y de los ángeles
celestiales. Estos seres santos no pueden permanecer
donde no se desea la presencia del Salvador ni se nota su
ausencia. Esta es la razón por la cual existe con tanta
frecuencia el desaliento entre los que profesan seguir a
Cristo.

Foto: http://bit.ly/1dT0twY

28 de enero 2014

Boy

Lectura para hoy:

                El Deseado de Todas las Gentes, página 61- 63

La Pascua iba seguida de los siete días de panes
ázimos. El segundo día de la fiesta, se presentaba una
gavilla de cebada delante del Señor como primicias de la
mies del año. Todas las ceremonias de la fiesta eran
figuras de la obra de Cristo. La liberación de Israel del
yugo egipcio era una lección objetiva de la redención, que
la Pascua estaba destinada a rememorar. El cordero
inmolado, el pan sin levadura, la gavilla de las primicias,
representaban al Salvador.

Para la mayor parte del pueblo que vivía en los días de
Cristo, la observancia de esta fiesta había degenerado en
formalismo. Pero ¡cuál no era su significado para el Hijo de
Dios!

Por primera vez, el niño Jesús miraba el templo. Veía a
los sacerdotes de albos vestidos cumplir su solemne
ministerio. Contemplaba la sangrante víctima sobre el altar
del sacrificio. Juntamente con los adoradores, se inclinaba
en oración mientras que la nube de incienso ascendía
delante de Dios. Presenciaba los impresionantes ritos del
servicio pascual. Día tras día, veía más claramente su
significado. Todo acto parecía ligado con su propia vida.
Se despertaban nuevos impulsos en él. Silencioso y
absorto, parecía estar estudiando un gran problema. El
misterio de su misión se estaba revelando al Salvador.

Arrobado en la contemplación de estas escenas, no
permaneció al lado de sus padres. Buscó la soledad.
Cuando terminaron los servicios pascuales, se demoró en
los atrios del templo; y cuando los adoradores salieron de
Jerusalén, él fue dejado atrás.

En esta visita a Jerusalén, los padres de Jesús

desearon ponerle en relación con los grandes maestros de
Israel. Aunque era obediente en todo detalle a la Palabra
de Dios, no se conformaba con los ritos y las costumbres
de los rabinos. José y María esperaban que se le pudiese
inducir a reverenciar a esos sabios y a prestar más
diligente atención a sus requerimientos. Pero en el templo
Jesús había sido enseñado por Dios, y empezó en seguida
a impartir lo que había recibido.

En aquel tiempo, una dependencia del templo servía de
local para una escuela sagrada, semejante a las escuelas
de los profetas. Allí rabinos eminentes se reunían con sus
alumnos, y allí se dirigió el niño Jesús. Sentándose a los
pies de aquellos hombres graves y sabios, escuchaba sus
enseñanzas. Como quien busca sabiduría, interrogaba a
esos maestros acerca de las profecías y de los
acontecimientos que entonces ocurrían y señalaban el
advenimiento del Mesías.

Jesús se presentó como quien tiene sed del
conocimiento de Dios. Sus preguntas sugerían verdades
profundas que habían quedado obscurecidas desde hacía
mucho tiempo, y que, sin embargo, eran vitales para la
salvación de las almas. Al paso que cada pregunta
revelaba cuán estrecha y superficial era la sabiduría de los
sabios, les presentaba una lección divina, y hacía ver la
verdad desde un nuevo punto de vista. Los rabinos
hablaban de la admirable exaltación que la venida del
Mesías proporcionaría a la nación judía; pero Jesús
presentó la profecía de Isaías, y les preguntó qué
significaban aquellos textos que señalaban los sufrimientos
y la muerte del Cordero de Dios.

Los doctores le dirigieron preguntas, y quedaron
asombrados al oír sus respuestas. Con la humildad de un
niño, repitió las palabras de la Escritura, dándoles una
profundidad de significado que los sabios no habían
concebido. De haber seguido los trazos de la verdad que él
señalaba, habrían realizado una reforma en la religión de
su tiempo. Se habría despertado un profundo interés en las
cosas espirituales; y al iniciar Jesús su ministerio, muchos
habrían estado preparados para recibirle.

Los rabinos sabían que Jesús no había recibido
instrucción en sus escuelas; y, sin embargo, su
comprensión de las profecías excedía en mucho a la suya.
En este reflexivo niño galileo discernían grandes
promesas. Desearon asegurárselo como alumno, a fin de
que llegase a ser un maestro de Israel. Querían
encargarse de su educación, convencidos de que una
mente tan original debía ser educada bajo su dirección.

Las palabras de Jesús habían conmovido sus corazones
como nunca lo habían sido por palabras de labios
humanos. Dios estaba tratando de dar luz a aquellos
dirigentes de Israel, y empleaba el único medio por el cual
podían ser alcanzados. Su orgullo se habría negado a
admitir que podían recibir instrucción de alguno. Si Jesús
hubiese aparentado tratar de enseñarles, habrían
desdeñado escucharle. Pero se lisonjeaban de que le
estaban enseñando, o por lo menos examinando su
conocimiento de las Escrituras. La modestia y gracia
juvenil de Jesús desarmaba sus prejuicios.
Inconscientemente se abrían sus mentes a la Palabra de
Dios, y el Espíritu Santo hablaba a sus corazones.

No podían sino ver que su expectativa concerniente al
Mesías no estaba sostenida por la profecía; pero no
querían renunciar a las teorías que habían halagado su
ambición. No querían admitir que no habían interpretado
correctamente las Escrituras que pretendían enseñar. Se

preguntaban unos a otros: ¿ Cómo tiene este joven
conocimiento no habiendo nunca aprendido? La luz estaba
resplandeciendo en las tinieblas; “mas las tinieblas no la
comprendieron.” (Juan 1: 5)

Mientras tanto, José y María estaban en gran
perplejidad y angustia. Al salir de Jerusalén habían perdido
de vista a Jesús, y no sabían que se había quedado atrás.
El país estaba entonces densamente poblado, y las
caravanas de Galilea eran muy grandes. Había mucha
confusión al salir de la ciudad. Mientras viajaban, el placer
de andar con amigos y conocidos absorbió su
atención, y no notaron la ausencia de Jesús hasta que
llegó la noche. Entonces, al detenerse para descansar,
echaron de menos la mano servicial de su hijo.
Suponiendo que estaría con el grupo que los acompañaba,
no sintieron ansiedad. Aunque era joven, habían confiado
implícitamente en él esperando que cuando le necesitasen,
estaría listo para ayudarles, anticipándose a sus
menesteres como siempre lo había hecho. Pero ahora sus
temores se despertaron. Le buscaron por toda la
compañía, pero en vano. Estremeciéndose, recordaron
cómo Herodes había tratado de destruirle en su infancia.
Sombríos presentimientos llenaron sus corazones; y se
hizo cada uno amargos reproches.

Volviendo a Jerusalén, prosiguieron su búsqueda. Al día
siguiente, mientras andaban entre los adoradores del
templo, una voz familiar les llamó la atención. No podían
equivocarse; no había otra voz como la suya, tan seria y
ferviente, aunque tan melodiosa.

En la escuela de los rabinos, encontraron a Jesús.
Aunque llenos de regocijo, no podían olvidar su pesar y
ansiedad. Cuando estuvo otra vez reunido con ellos, la
madre le dijo, con palabras que implicaban un reproche:
“Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo
te hemos buscado con dolor.”

“¿Por qué me buscabais? —contestó Jesús.— ¿No
sabíais que en los negocios de mi Padre me conviene
estar?” Y como no parecían comprender sus palabras, él
señaló hacia arriba. En su rostro había una luz que los
admiraba. La divinidad fulguraba a través de la humanidad.
Al hallarle en el templo, habían escuchado lo que sucedía
entre él y los rabinos, y se habían asombrado de sus
preguntas y respuestas. Sus palabras despertaron en ellos
pensamientos que nunca habrían de olvidarse.

Y la pregunta que les dirigiera encerraba una lección. ”
¿No sabíais —les dijo— que en los negocios de mi Padre
me conviene estar?” Jesús estaba empeñado en la obra
que había venido a hacer en el mundo; pero José y María
habían descuidado la suya. Dios les había conferido
mucha honra al confiarles a su Hijo. Los santos ángeles
habían dirigido los pasos de José a fin de conservar la vida
de Jesús.

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27 de enero 2014

SunriseLectura para hoy:

                El Deseado de Todas las Gentes, página 59, 60

Había tres fiestas anuales: la Pascua, Pentecostés y la
fiesta de las Cabañas, en las cuales todos los hombres de
Israel debían presentarse delante del Señor en Jerusalén.
De estas fiestas, la Pascua era la más concurrida.Acudían
muchos de todos los países donde se hallaban dispersos
los judíos. De todas partes de Palestina, venían los
adoradores en grandes multitudes. El viaje desde Galilea
ocupaba varios días, y los viajeros se unían en grandes
grupos para obtener compañía y protección. Las mujeres y
los ancianos iban montados en bueyes o asnos en los
lugares escabrosos del camino. Los hombres fuertes y los
jóvenes viajaban a pie. El tiempo de la Pascua
correspondía a fines de marzo o principios de abril, y todo
el país era alegrado por las flores y el canto de los pájaros.
A lo largo de todo el camino, había lugares memorables en

la historia de Israel, y los padres y las madres relataban a
sus hijos las maravillas que Dios había hecho en favor de
su pueblo en los siglos pasados. Amenizaban su viaje con
cantos y música, y cuando por fin se vislumbraban las
torres de Jerusalén, todas las voces cantaban la triunfante
estrofa:
“En tus atrios descansarán nuestros pies ¡oh Jerusalem!
. . Reine la paz dentro de tus muros, y la abundancia en . .
. tus palacios.” (Salmo 122: 2, 7)

La observancia de la Pascua empezó con el nacimiento
de la nación hebrea. La última noche de servidumbre en
Egipto, cuando aun no se veían indicios de liberación, Dios
le ordenó que se preparase para una liberación inmediata.
El había advertido al faraón del juicio final de los egipcios,
e indicó a los hebreos que reuniesen a sus familias en sus
moradas. Habiendo asperjado los dinteles de sus puertas
con la sangre del cordero inmolado, habían de comer el
cordero asado, con pan sin levadura y hierbas amargas.
“Así habéis de comerlo —dijo,— ceñidos vuestros lomos,
vuestros zapatos en vuestros pies, y vuestro bordón en
vuestra mano; y lo comeréis apresuradamente: es la
Pascua de Jehová.” (Éxodo 12: 11) A la medianoche,
todos los primogénitos de los egipcios perecieron.
Entonces el rey envió a Israel el mensaje: “Salid de en
medio de mi pueblo; . . . e id, servid a Jehová, como habéis
dicho.” (Éxodo 12: 31) Los hebreos salieron de Egipto
como una nación independiente. El Señor había ordenado
que la Pascua fuese observada anualmente. “Y —dijo él,—
cuando os dijeren vuestros hijos: ¿Qué rito es este
vuestro? vosotros responderéis: Es la víctima de la Pascua
de Jehová, el cual pasó las casas de los hijos de Israel en
Egipto, cuando hirió a los Egipcios.” Y así, de generación
en generación, había de repetirse la historia de esa
liberación maravillosa.

 

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26 de enero 2014

Family

Lectura para hoy:

                El Deseado de Todas las Gentes, página 57, 58

Sin embargo, Jesús rehuía la ostentación. Durante
todos los años de su estada en Nazaret, no manifestó su
poder milagroso. No buscó ninguna posición elevada, ni
asumió títulos. Su vida tranquila y sencilla, y aun el silencio
de las Escrituras acerca de sus primeros años, nos
enseñan una lección importante. Cuanto más tranquila y
sencilla sea la vida del niño, cuanto más libre de excitación
artificial y más en armonía con la naturaleza, más
favorable será para el vigor físico y mental y para la fuerza
espiritual.

Jesús es nuestro ejemplo. Son muchos los que se
espacian con interés en el período de su ministerio público,
mientras pasan por alto la enseñanza de sus primeros
años. Pero es en su vida familiar donde es el modelo para
todos los niños y jóvenes. El Salvador condescendió en ser
pobre, a fin de enseñarnos cuán íntimamente podemos
andar con Dios nosotros los de suerte humilde. Vivió para
agradar, honrar y glorificar a su Padre en las cosas
comunes de la vida. Empezó su obra consagrando el
humilde oficio del artesano que trabaja para ganarse el pan
cotidiano. Estaba haciendo el servicio de Dios tanto
cuando trabajaba en el banco del carpintero como cuando
hacía milagros para la muchedumbre. Y todo joven que
siga fiel y obedientemente el ejemplo de Cristo en su
humilde hogar, puede aferrarse a estas palabras que el
Padre dijo de él por el Espíritu Santo: “He aquí mi siervo,
yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma toma
contentamiento.” (Isaías 42: 1)

 

Capítulo 8
                La Visita de Pascua

ENTRE los judíos, el año duodécimo era la línea de
demarcación entre la niñez y la adolescencia. Al cumplir
ese año, el niño hebreo era llamado hijo de la ley y
también hijo de Dios. Se le daban oportunidades
especiales para instruirse en la religión, y se esperaba que
participase en sus fiestas y ritos sagrados. De acuerdo con
esta costumbre, Jesús hizo en su niñez una visita de
Pascua a Jerusalén. Como todos los israelitas devotos,
José y María subían cada año para asistir a la Pascua; y
cuando Jesús tuvo la edad requerida, le llevaron consigo.

Foto: http://bit.ly/1aCqD4J