31 DE OCTUBRE 2016

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Lectura para hoy: Neh. 5; PR. 477- 478

Capítulo 5 Nehemías defiende a los pobres
1 Los hombres y las mujeres del pueblo protestaron enérgicamente contra sus hermanos judíos, pues había quienes decían:
«Si contamos a nuestros hijos y a nuestras hijas, ya somos muchos. Necesitamos conseguir trigo para subsistir.»

Otros se quejaban: «Por conseguir trigo para no morirnos de hambre, hemos hipotecado nuestros campos, viñedos y casas.»

Había también quienes se quejaban:
«Tuvimos que empeñar nuestros campos y viñedos para conseguir dinero prestado y así pagar el tributo al rey. Y aunque nosotros y nuestros hermanos somos de la misma sangre, y nuestros hijos y los suyos son iguales, a nosotros nos ha tocado vender a nuestros hijos e hijas como esclavos. De hecho, hay hijas nuestras sirviendo como esclavas, y no podemos rescatarlas, puesto que nuestros campos y viñedos están en poder de otros.»

Cuando oí sus palabras de protesta, me enojé muchísimo. Y después de reflexionar, reprendí a los nobles y gobernantes:
— ¡Es inconcebible que sus propios hermanos les exijan el pago de intereses!

Convoqué además una gran asamblea contra ellos, y allí les recriminé:
—Hasta donde nos ha sido posible, hemos rescatado a nuestros hermanos judíos que fueron vendidos a los paganos. ¡Y ahora son ustedes quienes venden a sus hermanos, después de que nosotros los hemos rescatado! Todos se quedaron callados, pues no sabían qué responder.

Yo añadí:
—Lo que están haciendo ustedes es incorrecto. ¿No deberían mostrar la debida reverencia a nuestro Dios y evitar así el reproche de los paganos, nuestros enemigos? 10 Mis hermanos y mis criados, y hasta yo mismo, les hemos prestado dinero y trigo. Pero ahora, ¡quitémosles esa carga de encima! 11 Yo les ruego que les devuelvan campos, viñedos, olivares y casas, y también el uno por ciento de la plata, del trigo, del vino y del aceite que ustedes les exigen.

12 —Está bien —respondieron ellos—, haremos todo lo que nos has pedido. Se lo devolveremos todo, sin exigirles nada.

Entonces llamé a los sacerdotes, y ante éstos les hice jurar que cumplirían su promesa. 13 Luego me sacudí el manto y afirmé:
— ¡Así sacuda Dios y arroje de su casa y de sus propiedades a todo el que no cumpla esta promesa! ¡Así lo sacuda Dios y lo deje sin nada!

Toda la asamblea respondió: — ¡Amén!
Y alabaron al Señor, y el pueblo cumplió lo prometido.

14 Desde el año veinte del reinado de Artajerjes, cuando fui designado gobernador de la tierra de Judá, hasta el año treinta y dos, es decir, durante doce años, ni mis hermanos ni yo utilizamos el impuesto que me correspondía como gobernador. 15 En cambio, los gobernadores que me precedieron habían impuesto cargas sobre el pueblo, y cada día les habían exigido comida y vino por un valor de cuarenta monedas de plata. También sus criados oprimían al pueblo. En cambio yo, por temor a Dios, no hice eso. 16 Al contrario, tanto yo como mis criados trabajamos en la reconstrucción de la muralla y no compramos ningún terreno.

17 A mi mesa se sentaban ciento cincuenta hombres, entre judíos y oficiales, sin contar a los que llegaban de países vecinos. 18 Era tarea de todos los días preparar un buey, seis ovejas escogidas y algunas aves; y cada diez días se traía vino en abundancia. Pero nunca utilicé el impuesto que me correspondía como gobernador, porque ya el pueblo tenía una carga muy pesada. 19 ¡Recuerda, Dios mío, todo lo que he hecho por este pueblo, y favoréceme!

PR 477- 478 – Capítulo 54—Reproches contra la extorsión

Aun no se había terminado la muralla de Jerusalén cuando se llamó la atención de Nehemías a las condiciones desafortunadas de las clases más pobres del pueblo. Con la intranquilidad que reinaba, los cultivos se habían descuidado en cierta medida. Además, debido a la conducta egoísta de algunos que habían regresado a Judea, la bendición del Señor no descansaba sobre su tierra, y había escasez de cereal.

A fin de obtener alimento para sus familias, los pobres se veían obligados a comprar a crédito y a precios exorbitantes. También estaban compelidos a tomar dinero prestado a interés para pagar los gravosos impuestos que les cobraban los reyes de Persia. Y para aumentar la angustia de los pobres, los más ricos de entre los judíos habían aprovechado aquellas necesidades para enriquecerse.

Mediante Moisés el Señor había ordenado a Israel que cada tercer año se recogiese un diezmo para beneficio de los pobres; y además se había provisto ayuda con la suspensión de las labores agrícolas cada séptimo año, a fin de que mientras la tierra quedase en barbecho lo que produjese espontáneamente fuese dejado para los menesterosos. La fidelidad en dedicar estas ofrendas al alivio de los pobres y a otros usos benévolos, habría contribuído a recordar al pueblo la verdad de que Dios lo posee todo, así como su oportunidad de ser intermediarios de sus bendiciones. Dios quería que los israelitas recibiesen una preparación que desarraigase el egoísmo y diese amplitud y nobleza a su carácter.

Dios había dado también esas instrucciones mediante Moisés: “Si dieres a mi pueblo dinero emprestado, al pobre que está contigo, no te portarás con él como logrero.” “No tomarás de tu hermano logro de dinero, ni logro de comida, ni logro de cosa alguna de que se suele tomar.” También había dicho: “Cuando hubiere en ti menesteroso de alguno de tus hermanos en alguna de tus ciudades, en tu tierra que Jehová tu Dios te da, no endurecerás tu corazón, ni cerrarás tu mano a tu hermano pobre: mas abrirás a él tu mano liberalmente, y en efecto le prestarás lo que basta, lo que hubiere menester… Porque no faltarán menesterosos de en medio de la tierra; por eso yo te mando, diciendo: Abrirás tu mano a tu hermano, a tu pobre, y a tu menesteroso en tu tierra.” Éxodo 22:25; Deuteronomio 23:19; 15:7, 8, 11.

Después que regresaron los desterrados de Babilonia, hubo ocasiones en que los judíos pudientes obraron en forma directamente contraria a esas órdenes. Cuando los pobres se habían visto obligados a pedir dinero prestado para pagar su tributo al rey, los ricos se lo habían prestado, pero cobrándoles un interés elevado. Hipotecando las tierras de los pobres, habían reducido gradualmente a los infortunados deudores a la más profunda miseria. Muchos habían tenido que vender en servidumbre a sus hijos e hijas; y no parecía haber para ellos esperanza de mejorar su condición, ni medio de redimir a sus hijos ni sus tierras, y sólo veían delante de sí la perspectiva de una angustia cada vez peor, necesidad perpetua y esclavitud. Eran, sin embargo, de la misma nación, hijos del mismo pacto que sus hermanos más favorecidos.

Al fin el pueblo presentó su situación a Nehemías. “He aquí—le explicaron—que nosotros sujetamos nuestros hijos y nuestras hijas a servidumbre, y hay algunas de nuestras hijas sujetas: mas no hay facultad en nuestras manos para rescatarlas, porque nuestras tierras y nuestras viñas son de otros.”

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30 DE OCTUBRE 2016

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Lectura para hoy: PR. 474- 476

Pero Nehemías continuó buscando en Dios dirección y apoyo, “y el pueblo tuvo ánimo para obrar.” La empresa siguió adelante hasta que se cerraron las brechas y toda la muralla llegó más o menos a la mitad de la altura que se le quería dar. Al ver los enemigos de Israel cuán inútiles eran sus esfuerzos, se llenaron de ira. Hasta entonces no se habían atrevido a recurrir a medidas violentas; porque sabían que Nehemías y sus compañeros actuaban comisionados por el rey, y temían que una oposición activa contra él provocase el desagrado real. Pero ahora, en su ira, se hicieron culpables del crimen del cual habían acusado a Nehemías. Juntándose para consultarse, “conspiraron todos a una para venir a combatir a Jerusalén.”

 Al mismo tiempo que los samaritanos maquinaban contra Nehemías y su obra, algunos de los judíos principales, sintiendo desafecto, procuraron desalentarle exagerando las dificultades que entrañaba la empresa.

Dijeron: “Las fuerzas de los acarreadores se han enflaquecido, y el escombro es mucho, y no podemos edificar el muro.”

También provino desaliento de otra fuente. “Los Judíos que habitaban entre ellos,” los que no participaban en la obra, reunieron las declaraciones de sus enemigos, y las emplearon para debilitar el valor de los que trabajaban y crear desafecto entre ellos.

Pero los desafíos y el ridículo, la oposición y las amenazas no parecían lograr otra cosa que inspirar en Nehemías una determinación más firme e incitarle a una vigilancia aún mayor. Reconocía los peligros que debía arrostrar en esta guerra contra sus enemigos, pero su valor no se arredraba. Declara: “Entonces oramos a nuestro Dios, y … pusimos guarda contra ellos de día y de noche… Entonces puse por los bajos del lugar, detrás del muro, en las alturas de los peñascos, puse el pueblo por familias con sus espadas, con sus lanzas, y con sus arcos. Después miré, y levantéme, y dije a los principales y a los magistrados, y al resto del pueblo: No temáis delante de ellos: acordaos del Señor grande y terrible, y pelead por vuestros hermanos, por vuestros hijos y por vuestras hijas, por vuestras mujeres y por vuestras casas.

“Y sucedió que como oyeron nuestros enemigos que lo habíamos atendido, Dios disipó el consejo de ellos, y volvímonos todos al muro, cada uno a su obra. Más fué que desde aquel día la mitad de los mancebos trabajaba en la obra, y la otra mitad de ellos tenía lanzas y escudos, y arcos, y corazas. … Los que edificaban en el muro, y los que llevaban cargas y los que cargaban, con la una mano trabajaban en la obra, y en la otra tenían la espada. Porque los que edificaban, cada uno tenía su espada ceñida a sus lomos, y así edificaban.”

Al lado de Nehemías había un hombre con trompeta, y en diferentes partes de la muralla se hallaban sacerdotes con las trompetas sagradas. El pueblo estaba dispersado en sus labores; pero al acercarse el peligro a cualquier punto, los trabajadores oían la indicación de juntarse allí sin dilación. “Nosotros pues trabajábamos en la obra— dice Nehemías;—y la mitad de ellos tenían lanzas desde la subida del alba hasta salir las estrellas.”

A los que habían estado viviendo en pueblos y aldeas fuera de Jerusalén se les pidió que se alojasen dentro de los muros, a fin de custodiar la obra y de estar listos para trabajar por la mañana. Esto evitaba demoras innecesarias y quitaba al enemigo la oportunidad, que sin esto aprovecharía, de atacar a los obreros mientras iban a sus casas o volvían de ellas. Nehemías y sus compañeros no rehuían las penurias ni los servicios arduos. Ni siquiera durante los cortos plazos dedicados al sueño, de día ni de noche se sacaban la ropa ni deponían su armadura.

La oposición y otras cosas desalentadoras que en los tiempos de Nehemías los constructores sufrieron de parte de sus enemigos abiertos y de los que se decían amigos suyos, es una figura de lo que experimentarán en nuestro tiempo los que trabajan para Dios. Los cristianos son probados, no sólo por la ira, el desprecio y la crueldad de sus enemigos, sino por la indolencia, inconsecuencia, tibieza y traición de los que se dicen sus amigos y ayudadores. Se los hace objeto de burlas y oprobio. Y el mismo enemigo que induce a despreciarlos recurre a medidas más crueles y violentas cuando se le presenta una oportunidad favorable.
Para lograr sus propósitos, Satanás se vale de todo elemento

no consagrado. Entre los que profesan apoyar la causa de Dios, hay quienes se unen con sus enemigos y así exponen su causa a los ataques de sus más acerbos adversarios. Aun los que desean ver prosperar la obra de Dios debilitan las manos de sus siervos oyendo, difundiendo y creyendo a medias las calumnias, jactancias y amenazas de sus adversarios. Satanás obra con éxito asombroso mediante sus agentes; y todos los que ceden a su influencia están sujetos a un poder hechizador que destruye la sabiduría de los sabios y el entendimiento de los prudentes. Pero, como Nehemías, los hijos de Dios no deben temer ni despreciar a sus enemigos. Cifrando su confianza en Dios, deben ir adelante con firmeza, hacer su obra con abnegación y entregar a su providencia la causa que representan.

En medio del gran desaliento, Nehemías puso su confianza en Dios, e hizo de él su segura defensa. Y el que sostuvo entonces a su siervo ha sido el apoyo de su pueblo en toda época. En toda crisis sus hijos pueden declarar confiadamente: “Si Dios por nosotros, ¿quién contra nosotros?” Romanos 8:31. Por grande que sea la astucia con que Satanás y sus agentes hagan sus maquinaciones, Dios puede discernirlas y anular todos sus consejos. La respuesta que la fe dará hoy será la misma que dió Nehemías: “Nuestro Dios peleará por nosotros;” porque Dios se encarga de la obra y nadie puede impedir que ésta alcance el éxito final.

29 DE OCTUBRE 2016

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Lectura para hoy: PR. 472- 473
Los sacerdotes se contaron entre los primeros en contagiarse del espíritu de celo y fervor que manifestaba Nehemías. Debido a la influencia que por su cargo ejercían, estos hombres podían hacer mucho para estorbar la obra o para que progresase; y la cordial cooperación que le prestaron desde el mismo comienzo contribuyó no poco a su éxito. La mayoría de los príncipes y gobernadores de Israel cumplieron noblemente su deber, y el libro de Dios hace mención honorable de estos hombres fieles. Hubo, sin embargo, entre los grandes de los tecoitas, algunos que “no prestaron su cerviz a la obra de su Señor.” La memoria de estos siervos perezosos quedó señalada con oprobio y se transmitió como advertencia para todas las generaciones futuras.

En todo movimiento religioso hay quienes, si bien no pueden negar que la causa es de Dios, se mantienen apartados y se niegan a hacer esfuerzo alguno para ayudar. Convendría a los tales recordar lo anotado en el cielo en el libro donde no hay omisiones ni errores, y por el cual seremos juzgados. Allí se registra toda oportunidad de servir a Dios que no se aprovechó; y allí también se recuerda para siempre todo acto de fe y amor.

El ejemplo de aquellos tecoitas tuvo poco peso frente a la influencia inspiradora de Nehemías. El pueblo en general estaba animado de patriotismo y celo. Hombres de capacidad e influencia organizaron en compañías a las diversas categorías de ciudadanos, y cada caudillo se hizo responsable de construir cierta parte de la muralla. Acerca de algunos, se ha dejado escrito que edificaron “cada uno enfrente de su casa.”

Tampoco disminuyó la energía de Nehemías una vez iniciado el trabajo. Con incansable vigilancia sobreveía la construcción, dirigía a los obreros, notaba los impedimentos y atendía a las emergencias. A lo largo de toda la extensión de aquellas tres millas de muralla [cinco kilómetros], se sentía constantemente su influencia. Con palabras oportunas alentaba a los temerosos, despertaba a los rezagados y aprobaba a los diligentes. Observaba siempre los movimientos de los enemigos, que de vez en cuando se reunían a la distancia y entraban en conversación, como para maquinar perjuicios, y luego, acercándose a los obreros, intentaban distraer su atención.

En sus muchas actividades, Nehemías no olvidaba la Fuente de su fuerza. Elevaba constantemente su corazón a Dios, el gran Sobreveedor de todos.
“El Dios de los cielos—exclamaba,—él nos prosperará;” y estas palabras, repetidas por los ecos del ambiente, hacían vibrar el corazón de todos los que trabajaban en la muralla.

Pero la reedificación de las defensas de Jerusalén no progresó sin impedimentos. Satanás estaba obrando para incitar oposición y desaliento. Sambalat, Tobías y Gesem, sus principales agentes en este movimiento, se dedicaron a estorbar la obra de reconstrucción. Procuraron ocasionar división entre los obreros. Ridiculizaban los esfuerzos de los constructores, declarando imposible la empresa y prediciendo que fracasaría.

“¿Qué hacen estos débiles Judíos?—exclamaba Sambalat en son de burla.—¿Hanles de permitir? … ¿han de resucitar de los montones del polvo las piedras que fueron quemadas?” Y Tobías, aún más despectivo, añadía: “Aun lo que ellos edifican, si subiere una zorra derribará su muro de piedra.”

Los edificadores no tardaron en tener que hacer frente a una oposición más activa. Se veían obligados a protegerse continuamente de las maquinaciones de sus adversarios, que, manifestando amistad, procuraban de diversas maneras sembrar confusión y perplejidad, y despertar la desconfianza. Se esforzaban por destruir el valor de los judíos; tramaban conspiraciones para hacer caer a Nehemías en sus redes; y había judíos de corazón falso dispuestos a ayudar en la empresa traicionera. Se difundió la calumnia de que Nehemías intrigaba contra el monarca de Persia, con la intención de exaltarse como rey de Israel, y que todos los que le ayudaban eran traidores.

28 DE OCTUBRE 2016

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Lectura para hoy: PR. 470- 471
Escogiendo a unos pocos hombres a quienes reconocía dignos de confianza, Nehemías les contó las circunstancias que le habían inducido a venir a Jerusalén, el fin que se proponía alcanzar y los planes que pensaba seguir. Obtuvo inmediatamente que se interesaran en su empresa, y prometieron ayudarle.

La tercera noche después de su llegada, Nehemías se levantó a la medianoche, y con unos pocos compañeros de confianza salió a examinar por su cuenta la desolación de Jerusalén. Montado en su mula, pasó de una parte de la ciudad a otra, examinando las puertas y los muros en ruinas de la ciudad de sus padres. Penosas reflexiones llenaban la mente del patriota judío mientras que con corazón apesadumbrado miraba las derribadas defensas de su amada Jerusalén. Los recuerdos de la grandeza que gozara antaño Israel contrastaban agudamente con las evidencias de su humillación.

En secreto y en silencio, recorrió Nehemías el circuito de las murallas. Declara: “No sabían los magistrados dónde yo había ido, ni qué había hecho; ni hasta entonces lo había yo declarado a los Judíos y sacerdotes, ni a los nobles y magistrados, ni a los demás que hacían la obra.” Pasó el resto de la noche en oración, porque sabía que al llegar la mañana necesitaría hacer esfuerzos ardorosos para despertar y unir a sus compatriotas desalentados y divididos.

Nehemías había traído un mandato real que requería a los habitantes que cooperasen con él en la reedificación de los muros de la ciudad; pero no confiaba en el ejercicio de la autoridad y procuró más bien ganar la confianza y simpatía del pueblo, porque sabía que la unión de los corazones tanto como la de las manos era esencial para la gran obra que le aguardaba. Por la mañana, cuando congregó al pueblo, le presentó argumentos calculados para despertar sus energías dormidas y unir sus fuerzas dispersas.

Los que oían a Nehemías no sabían nada de su jira nocturna, ni tampoco se la mencionó él. Pero el hecho de que la había realizado contribuyó mucho a su éxito; porque pudo hablar de las condiciones de la ciudad con una precisión y una minucia que asombraron a sus oyentes. Las impresiones que había sentido mientras se percataba de la debilidad y degradación de Jerusalén daban fervor y poder a sus palabras.

Recordó al pueblo el oprobio en que vivía entre los paganos, y cómo se despreciaba su religión y se blasfemaba a su Dios. Les dijo que en una tierra lejana había oído hablar de su aflicción, que había solicitado el favor del Cielo para ellos, y que, mientras oraba, había resuelto pedir al rey que le permitiera acudir en su auxilio. Había rogado a Dios que el rey no sólo le otorgase ese permiso, sino que también le invistiese de autoridad y le diese la ayuda que necesitaba para la obra; y la respuesta dada a su oración demostraba que el plan era del Señor.

Relató todo esto, y habiendo demostrado que estaba sostenido por la autoridad combinada del Dios de Israel y del rey de Persia, Nehemías preguntó directamente al pueblo si quería aprovechar esta oportunidad y levantarse para edificar la muralla.  El llamamiento llegó directamente a los corazones. Al señalares cómo se había manifestado el favor del Cielo hacia ellos, los avergonzó de sus temores, y con nuevo valor clamaron a una voz: “Levantémonos, y edifiquemos.” “Así esforzaron sus manos para bien.”

Nehemías ponía toda su alma en la empresa que había iniciado. Su esperanza, su energía, su entusiasmo y su determinación eran contagiosos e inspiraban a otros el mismo intenso valor y elevado propósito. Cada hombre se trocó a su vez en un Nehemías, y contribuyó a fortalecer el corazón y la mano de su vecino.

Cuando los enemigos de Israel supieron lo que los judíos esperaban hacer, los escarnecieron diciendo: “¿Qué es esto que hacéis vosotros? ¿os rebeláis contra el rey?” Pero Nehemías contestó: “El Dios de los cielos, él nos prosperará, y nosotros sus siervos nos levantaremos y edificaremos: que vosotros no tenéis parte, ni derecho, ni memoria en Jerusalem.”

27 DE OCTUBRE 2016

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Lectura para hoy: Neh. 3- 4; PR. 469

Nehemías 3 Se inicia la reconstrucción
1 Entonces el sumo sacerdote Eliasib y sus compañeros los sacerdotes trabajaron en la reconstrucción de la puerta de las Ovejas. La repararon y la colocaron en su lugar, y reconstruyeron también la muralla desde la torre de los Cien hasta la torre de Jananel. El tramo contiguo lo reconstruyeron los hombres de Jericó, y el tramo siguiente, Zacur hijo de Imrí.

La puerta de los Pescados la reconstruyeron los descendientes de Sená. Colocaron las vigas y pusieron la puerta en su lugar, con sus cerrojos y barras. El tramo contiguo lo reconstruyó Meremot, hijo de Urías y nieto de Cos, y el tramo siguiente Mesulán, hijo de Berequías y nieto de Mesezabel. El siguiente tramo lo reconstruyó Sadoc hijo de Baná. Los de Tecoa reconstruyeron el siguiente tramo de la muralla, aunque sus notables no quisieron colaborar con sus dirigentes.

La puerta de Jesaná la reconstruyeron Joyadá hijo de Paseaj y Mesulán hijo de Besodías. Colocaron las vigas y pusieron en su lugar la puerta con sus cerrojos y barras. El tramo contiguo lo reconstruyeron Melatías de Gabaón y Jadón de Meronot. A éstos se les unieron los de Gabaón y los de Mizpa, que estaban bajo el dominio del gobernador de la provincia al oeste del río Éufrates.

Uziel hijo de Jaraías, que era uno de los plateros, reconstruyó el siguiente tramo de la muralla, y uno de los perfumistas, llamado Jananías, el siguiente. Entre los dos reconstruyeron la muralla de Jerusalén hasta la muralla Ancha. El siguiente tramo lo reconstruyó Refaías hijo de Jur, que era gobernador de una mitad del distrito de Jerusalén; 10 el siguiente, Jedaías hijo de Jarumaf, cuya casa quedaba al frente, y el siguiente, Jatús hijo de Jasabnías.

11 Malquías hijo de Jarín y Jasub hijo de Pajat Moab reconstruyeron el siguiente tramo de la muralla y la torre de los Hornos. 12 Salún hijo de Halojés, que era gobernador de la otra mitad del distrito de Jerusalén, reconstruyó el siguiente tramo con la ayuda de sus hijas.

13 La puerta del Valle la reconstruyeron Janún y los habitantes de Zanoa, y la colocaron en su lugar con sus cerrojos y barras. Levantaron también quinientos metros de muralla hasta la puerta del Basurero. 14 Malquías hijo de Recab, gobernador del distrito de Bet Haqueren, reconstruyó la puerta del Basurero y la colocó en su lugar con sus cerrojos y barras.

15 Salún hijo de Coljozé, gobernador del distrito de Mizpa, reconstruyó la puerta de la Fuente, la techó y la colocó en su lugar con sus cerrojos y barras. Reconstruyó también el muro del estanque de Siloé, que está junto al jardín del rey, hasta las gradas que llevan a la Ciudad de David. 16 Nehemías hijo de Azbuc, gobernador de una mitad del distrito de Betsur, reconstruyó el siguiente tramo hasta el lugar que está frente a los sepulcros de David, hasta el estanque artificial y hasta el cuartel de la guardia real.

17 El sector que sigue lo reconstruyeron los levitas y Rejún hijo de Baní. En el tramo siguiente Jasabías, gobernador de una mitad del distrito de Queilá, hizo las obras de reconstrucción por cuenta de su distrito, 18 y las continuaron sus compañeros: Bavay hijo de Henadad, gobernador de la otra mitad del distrito de Queilá, 19 y Ezer hijo de Jesúa, gobernador de Mizpa, que reconstruyó el tramo que sube frente al arsenal de la esquina. 20 El tramo siguiente, es decir, el sector que va desde la esquina hasta la puerta de la casa del sumo sacerdote Eliasib, lo reconstruyó con entusiasmo Baruc hijo de Zabay. 21 El sector que va desde la puerta de la casa de Eliasib hasta el extremo de la misma lo reconstruyó Meremot, hijo de Urías y nieto de Cos.

22 El siguiente tramo lo reconstruyeron los sacerdotes que vivían en los alrededores. 23 Benjamín y Jasub reconstruyeron el sector que está frente a sus propias casas. Azarías, hijo de Maseías y nieto de Ananías, reconstruyó el tramo que está junto a su propia casa. 24 Binuy hijo de Henadad reconstruyó el sector que va desde la casa de Azarías hasta el ángulo, es decir, hasta la esquina. 25 Palal hijo de Uzay reconstruyó el sector de la esquina que está frente a la torre alta que sobresale del palacio real, junto al patio de la guardia. El tramo contiguo lo reconstruyó Pedaías hijo de Parós. 26 Los servidores del templo que vivían en Ofel reconstruyeron el sector oriental que está frente a la puerta del Agua y la torre que allí sobresale. 27 Los hombres de Tecoa reconstruyeron el tramo que va desde el frente de la gran torre que allí sobresale, hasta la muralla de Ofel.

28 Los sacerdotes, cada uno frente a su casa, reconstruyeron el sector de la muralla sobre la puerta de los Caballos, 29 El siguiente tramo lo reconstruyó Sadoc hijo de Imer, pues quedaba frente a su propia casa. El sector que sigue lo reparó Semaías hijo de Secanías, guardián de la puerta oriental. 30 Jananías hijo de Selemías, y Janún, el sexto hijo de Salaf, reconstruyeron otro tramo. Mesulán hijo de Berequías reconstruyó el siguiente tramo, pues quedaba frente a su casa. 31 Malquías, que era uno de los plateros, reconstruyó el tramo que llega hasta las casas de los servidores del templo y de los comerciantes, frente a la puerta de la Inspección y hasta el puesto de vigilancia. 32 Y el sector que va desde allí hasta la puerta de las Ovejas lo reconstruyeron los plateros y los comerciantes.

Nehemías 4 Se obstaculiza la reconstrucción
1 Cuando Sambalat se enteró de que estábamos reconstruyendo la muralla, se disgustó muchísimo y se burló de los judíos. Ante sus compañeros y el ejército de Samaria dijo:
— ¿Qué están haciendo estos miserables judíos? ¿Creen que se les va a dejar que reconstruyan y que vuelvan a ofrecer sacrificios? ¿Piensan acaso terminar en un solo día? ¿Cómo creen que de esas piedras quemadas, de esos escombros, van a hacer algo nuevo?

Y Tobías el amonita, que estaba junto a él, añadió:
— ¡Hasta una zorra, si se sube a ese montón de piedras, lo echa abajo!

Por eso oramos:
«¡Escucha, Dios nuestro, cómo se burlan de nosotros! Haz que sus ofensas recaigan sobre ellos mismos: entrégalos a sus enemigos; ¡que los lleven en cautiverio! No pases por alto su maldad ni olvides sus pecados, porque insultan a los que reconstruyen.»

Continuamos con la reconstrucción y levantamos la muralla hasta media altura, pues el pueblo trabajó con entusiasmo. Pero cuando Sambalat y Tobías, y los árabes, los amonitas y los asdodeos se enteraron de que avanzaba la reconstrucción de la muralla y de que ya estábamos cerrando las brechas, se enojaron muchísimo y acordaron atacar a Jerusalén y provocar disturbios en ella. Oramos entonces a nuestro Dios y decidimos montar guardia día y noche para defendernos de ellos.

10 Por su parte, la gente de Judá decía:
«Los cargadores desfallecen, pues son muchos los escombros; ¡no vamos a poder  reconstruir esta muralla!»

11 Y nuestros enemigos maquinaban:
«Les caeremos por sorpresa y los mataremos; así haremos que la obra se suspenda.»

12 Algunos de los judíos que vivían cerca de ellos venían constantemente y nos advertían: «Los van a atacar por todos lados.» 13 Así que puse a la gente por familias, con sus espadas, arcos y lanzas, detrás de las murallas, en los lugares más vulnerables y desguarnecidos. 14 Luego de examinar la situación, me levanté y dije a los nobles y gobernantes, y al resto del pueblo: « ¡No les tengan miedo! Acuérdense del Señor, que es grande y temible, y peleen por sus hermanos, por sus hijos e hijas, y por sus esposas y sus hogares.»

15 Una vez que nuestros enemigos se dieron cuenta de que conocíamos sus intenciones y de que Dios había frustrado sus planes, todos regresamos a la muralla, cada uno a su trabajo. 16 A partir de aquel día la mitad de mi gente trabajaba en la obra, mientras la otra mitad permanecía armada con lanzas, escudos, arcos y corazas. Los jefes estaban pendientes de toda la gente de Judá. 17 Tanto los que reconstruían la muralla como los que acarreaban los materiales, no descuidaban ni la obra ni la defensa. 18 Todos los que trabajaban en la reconstrucción llevaban la espada a la cintura. A mi lado estaba el encargado de dar el toque de alarma. 19 Yo les había dicho a los nobles y gobernantes, y al resto del pueblo: «La tarea es grande y extensa, y nosotros estamos muy esparcidos en la muralla, distantes los unos de los otros. 20 Por eso, al oír el toque de alarma, cerremos filas. ¡Nuestro Dios peleará por nosotros!» 21 Así que, desde el amanecer hasta que aparecían las estrellas, mientras trabajábamos en la obra, la mitad de la gente montaba guardia lanza en mano.

22 En aquella ocasión también le dije a la gente:
«Todos ustedes, incluso los ayudantes, quédense en Jerusalén para que en la noche sirvan de centinelas y de día trabajen en la obra.» 23 Ni yo ni mis parientes y ayudantes, ni los de mi guardia personal, nos desvestíamos para nada: cada uno de nosotros se mantenía listo para la defensa.

PR. 469 Capítulo 53—Los edificadores de la muralla
Nehemías realizó sano y salvo su viaje a Jerusalén. Las cartas del rey para los gobernadores de las provincias situadas a lo largo de su ruta le aseguraron una recepción honorable y pronta ayuda.

Ningún enemigo se atrevía a molestar al funcionario custodiado por el poder del rey de Persia y tratado con tanta consideración por los gobernadores provinciales. Sin embargo, su llegada a Jerusalén con una escolta militar, al revelar que venía en alguna misión importante, excitó los celos de los tribus paganas que vivían cerca de la ciudad y que con frecuencia habían manifestado su enemistad contra los judíos, a los que colmaban de insultos y vituperios. En esta mala obra se destacaban ciertos jefes de dichas tribus: Sambalat el horonita, Tobías el amonita y Gesem el árabe. Desde el principio, esos caudillos observaron con ojos críticos los movimientos de Nehemías, y por todos los medios a su alcance procuraron estorbar sus planes y su obra.

Nehemías continuó ejerciendo la misma cautela y prudencia que hasta entonces habían distinguido su conducta. Sabiendo que acerbos y resueltos enemigos estaban listos para oponérsele, ocultó la índole de su misión hasta que un estudio de la situación le permitiese hacer sus planes. Esperaba asegurarse así la cooperación del pueblo y ponerlo a trabajar antes que se levantase la oposición de sus enemigos.

26 DE OCTUBRE 2016

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Lectura para hoy: PR. 467- 468
En aquel breve momento de oración al Rey de reyes, Nehemías cobró valor para exponer a Artajerjes su deseo de quedar por un tiempo libre de sus deberes en la corte; y solicitó autoridad para edificar los lugares asolados de Jerusalén, para hacer de ella nuevamente una ciudad fuerte y defendida. De esta petición dependían resultados portentosos para la nación judaica. “Y—explica Nehemías—otorgómelo el rey, según la benéfica mano de Jehová sobre mí.”

Habiendo obtenido la ayuda que procuraba, Nehemías procedió con prudencia y previsión a hacer los arreglos necesarios para asegurar el éxito de la empresa. No descuidó precaución alguna que favoreciese su realización. Ni siquiera a sus compatriotas reveló su propósito. Aunque sabía que muchos se alegrarían de su éxito, temía que algunos, mediante actos indiscretos, despertasen los celos de sus enemigos y provocasen tal vez el fracaso de la tentativa.

La petición que dirigió al rey tuvo acogida tan favorable que Nehemías se sintió alentado a pedir aún más ayuda. A fin de dar dignidad y autoridad a su misión, así como para estar protegido durante el viaje, solicitó y obtuvo una escolta militar. Consiguió cartas reales dirigidas a los gobernadores de las provincias de allende el Éufrates, por cuyo territorio debía cruzar en viaje a Judea; y obtuvo también una carta en la cual se ordenaba al guarda del bosque real en las montañas del Líbano que le proveyese la madera que necesitara. A fin de que nadie tuviese motivo para quejarse de que se había excedido, Nehemías tuvo cuidado de que la autoridad y los privilegios que se le otorgaban se definiesen claramente.

Este ejemplo de sabia previsión y de acción resuelta debe ser una lección para todos los cristianos. Los hijos de Dios deben no solamente orar con fe, sino también obrar con cuidado diligente y prudente. Tropiezan con muchas dificultades y a menudo estorban la obra de la Providencia en su favor porque consideran la prudencia y el esfuerzo esmerado como ajenos a la religión. Nehemías no creyó que había cumplido su deber cuando lloró y rogó al Señor. Unió a sus peticiones un esfuerzo santo y trabajó con fervor y oración por el éxito de la empresa en la cual se empeñaba. La consideración cuidadosa y los planes bien madurados son tan necesarios hoy para las realizaciones sagradas como en el tiempo en que fueron reedificados los muros de Jerusalén.

Nehemías no se conformaba con la incertidumbre. Los recursos que le faltaban, los solicitaba a los que estaban en condiciones de dárselos. Y el Señor sigue dispuesto a obrar en los corazones de los que se hallan en posesión de sus bienes, para que los entreguen en favor de la causa de la verdad. Los que trabajan para él deben valerse de la ayuda que él induce a los hombres a dar. Esos donativos pueden abrir vías por las cuales la luz de la verdad irá a muchas tierras entenebrecidas. Los donantes no tienen quizá fe en Cristo ni conocen su palabra; pero sus donativos no deben ser rehusados por
este motivo.

25 DE OCTUBRE 2016

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Lectura para hoy: PR. 465- 466
Mientras Nehemías oraba, se fortalecieron su fe y su valor. Se le ocurrieron santos argumentos. Señaló el deshonor que recaería sobre Dios si su pueblo, que ahora se había vuelto hacia él, fuese dejado en la debilidad y opresión; e insistió en que el Señor cumpliese su promesa: “Si os volviereis a mí, y guardareis mis mandamientos y los hiciereis, aun cuando estuvieren tus desterrados en las partes más lejanas debajo del cielo, de allí los recogeré y los traeré al lugar que escogí para hacer habitar allí mi Nombre.” Nehemías 1:9 (VM), véase Deuteronomio 4:29-31. Esta promesa había sido dada a los hijos de Israel por intermedio de Moisés antes que entrasen en Canaán; y había subsistido sin cambio a través de los siglos. El pueblo de Dios se había tornado ahora a él con arrepentimiento y fe, y esta promesa no fallaría.

Con frecuencia había derramado Nehemías su alma en favor de su pueblo. Pero mientras oraba esta vez, se formó un propósito santo en su espíritu. Resolvió que si lograra el consentimiento del rey y la ayuda necesaria para conseguir herramientas y material, emprendería él mismo la tarea de reedificar las murallas de Jerusalén y de restaurar la fuerza nacional de Israel. Pidió al Señor que le hiciese obtener el favor del rey, a fin de poder cumplir ese plan. Suplicó: “Concede hoy próspero suceso a tu siervo, y dale gracia delante de aquel varón.”

Durante cuatro meses Nehemías aguardó una oportunidad favorable para presentar su petición al rey. Mientras tanto, aunque su corazón estaba apesadumbrado, se esforzó por conducirse animosamente en la presencia real. En aquellas salas adornadas con lujo y esplendor, todos debían aparentar alegría y felicidad. La angustia no debía echar su sombra sobre el rostro de ningún acompañante de la realeza. Pero mientras Nehemías se hallaba retraído, oculto de los ojos humanos, muchas eran las oraciones, las confesiones y las lágrimas que Dios y los ángeles oían y veían.

Al fin, el pesar que abrumaba el corazón del patriota ya no pudo esconderse. Las noches de insomnio y los días llenos de congoja dejaron sus rastros en el semblante de Nehemías. El rey, velando por su propia seguridad, estaba acostumbrado a observar los rostros y a penetrar los disfraces, de modo que se dió cuenta de que alguna aflicción secreta acosaba a su copero. Le preguntó: “¿Por qué está triste tu rostro, pues no estás enfermo? No es esto sino quebranto de corazón.”

La pregunta llenó a Nehemías de aprensión. ¿No se enojaría el rey al saber que mientras el cortesano parecía dedicado a su servicio estaba pensando en su pueblo lejano y afligido? ¿No perdería la vida el ofensor? ¿Quedaría en la nada el plan con el cual soñara para devolver a Jerusalén su fuerza? “Entonces—escribe—temí en gran manera.” Con labios temblorosos y ojos arrasados en lágrimas, reveló la causa de su pesar. “El rey viva para siempre—contestó.— ¿Cómo no estará triste mi rostro, cuando la ciudad, casa de los sepulcros de mis padres, está desierta, y sus puertas consumidas del fuego?”

La mención de la condición en que estaba Jerusalén despertó la simpatía del monarca sin evocar sus prejuicios. Otra pregunta dió a Nehemías la oportunidad que aguardaba desde hacía mucho: “¿Qué cosa pides?” Pero el varón de Dios no se atrevía a responder antes de haber solicitado la dirección de Uno mayor que Artajerjes. Tenía un cometido sagrado que cumplir, para el cual necesitaba ayuda del rey; y comprendía que mucho dependía de que presentase el asunto en forma que obtuviese su aprobación y su auxilio. Dice él: “Entonces oré al Dios de los cielos.” En esa breve oración, Nehemías se acercó a la presencia del Rey de reyes, y ganó para sí un poder que puede desviar los corazones como se desvían las aguas de los ríos.

La facultad de orar como oró Nehemías en el momento de su necesidad es un recurso del cual dispone el cristiano en circunstancias en que otras formas de oración pueden resultar imposibles. Los que trabajan en las tareas de la vida, apremiados y casi abrumados de perplejidad, pueden elevar a Dios una petición para ser guiados divinamente. Cuando los que viajan, por mar o por tierra, se ven amenazados por algún grave peligro, pueden entregarse así a la protección del Cielo. En momentos de dificultad o peligro repentino, el corazón puede clamar por ayuda a Aquel que se ha comprometido a acudir en auxilio de sus fieles creyentes cuando quiera que le invoquen. En toda circunstancia y condición, el alma cargada de pesar y cuidados, o fieramente asaltada por la tentación, puede hallar seguridad, apoyo y socorro en el amor y el poder inagotables de un Dios que guarda su pacto.