30 de enero 2014

BibleLectura para hoy:

                El Deseado de Todas las Gentes, página 66- 68

Muchos asisten a los servicios religiosos, y se sienten
refrigerados y consolados por la Palabra de Dios; pero por
descuidar la meditación, la vigilancia y la oración, pierden
la bendición, y se hallan más indigentes que antes de
recibirla. Con frecuencia les parece que Dios los ha tratado
duramente. No ven que ellos tienen la culpa. Al separarse
de Jesús, se han privado de la luz de su presencia.

Sería bueno que cada día dedicásemos una hora de
reflexión a la contemplación de la vida de Cristo.
Debiéramos tomarla punto por punto, y dejar que la
imaginación se posesione de cada escena, especialmente
de las finales. Y mientras nos espaciemos así en su gran
sacrificio por nosotros, nuestra confianza en él será más
constante, se reavivará nuestro amor, y quedaremos más
imbuidos de su Espíritu. Si queremos ser salvos al fin,
debemos aprender la lección de penitencia y humillación al
pie de la cruz.

Mientras nos asociamos unos con otros, podemos ser
una bendición mutua. Si pertenecemos a Cristo, nuestros
pensamientos más dulces se referirán a él. Nos
deleitaremos en hablar de él; y mientras hablemos unos a
otros de su amor, nuestros corazones serán enternecidos
por las influencias divinas. Contemplando la belleza de su
carácter, seremos “transformados de gloria en gloria en la
misma semejanza.” (2 Corintios 3: 18)

Capítulo 9
             Días de Conflicto

DESDE SUS más tiernos años, el niño judío estaba
rodeado por los requerimientos de los rabinos. Había
reglas rígidas para cada acto, aun para los más pequeños
detalles de la vida. Los maestros de la sinagoga instruían a
la juventud en los incontables reglamentos que los
israelitas ortodoxos debían observar. Pero Jesús no se
interesaba en esos asuntos. Desde la niñez, actuó
independientemente de las leyes rabínicas. Las Escrituras
del Antiguo Testamento eran su constante estudio, y
estaban siempre sobre sus labios las palabras: “Así dice
Jehová.”

A medida que empezó a comprender la condición del
pueblo, vio que los requerimientos de la sociedad y los de
Dios estaban en constante contradicción. Los hombres se
apartaban de la Palabra de Dios, y ensalzaban las teorías
que habían inventado. Observaban ritos tradicionales que
no poseían virtud alguna. Su servicio era una mera
repetición de ceremonias; y las verdades sagradas que
estaban destinadas a enseñar eran ocultadas a los
adoradores.

El vio que en estos servicios sin fe no hallaban
paz. No conocían la libertad de espíritu que obtendrían
sirviendo a Dios en verdad. Jesús había venido para
enseñar el significado del culto a Dios, y no podía
sancionar la mezcla de los requerimientos humanos con
los preceptos divinos. El no atacaba los preceptos ni las
prácticas de los sabios maestros; pero cuando se le
reprendía por sus propias costumbres sencillas presentaba
la Palabra de Dios en justificación de su conducta.

De toda manera amable y sumisa, Jesús procuraba
agradar a aquellos con quienes trataba. Porque era tan
amable y discreto, los escribas y ancianos suponían que
recibiría fácilmente la influencia de su enseñanza. Le
instaban a recibir las máximas y tradiciones que habían
sido transmitidas desde los antiguos rabinos, pero él pedía
verlas autorizadas en la Santa Escritura. Estaba
dispuesto a escuchar toda palabra que procede de la boca
de Dios; pero no podía obedecer a lo inventado por los
hombres. Jesús parecía conocer las Escrituras desde el
principio al fin, y las presentaba con su verdadero
significado. Los rabinos se avergonzaban de ser instruidos
por un niño. Sostenían que incumbía a ellos explicar las
Escrituras, y que a él le tocaba aceptar su interpretación.
Se indignaban porque él se oponía a su palabra.
Sabían que en las Escrituras no podían encontrar
autorización para sus tradiciones. Se daban cuenta de que
en comprensión espiritual, Jesús los superaba por mucho.
Sin embargo, se airaban porque no obedecía sus dictados.
No pudiendo convencerle, buscaron a José y María y les
presentaron su actitud disidente. Así sufrió él reprensión y
censura.

En edad muy temprana, Jesús había empezado a obrar
por su cuenta en la formación de su carácter, y ni siquiera
el respeto y el amor por sus padres podían apartarlo de la
obediencia a la Palabra de Dios. La declaración: “Escrito
está” constituía su razón por todo acto que difería de las
costumbres familiares. Pero la influencia de los rabinos le
amargaba la vida. Aun en su juventud tuvo que aprender la
dura lección del silencio y la paciente tolerancia.

Sus hermanos, como se llamaba a los hijos de José, se
ponían del lado de los rabinos. Insistían en que debían
seguirse las tradiciones como si fuesen requerimientos de
Dios. Hasta tenían los preceptos de los hombres en más
alta estima que la Palabra de Dios, y les molestaba mucho
la clara penetración de Jesús al distinguir entre lo falso y lo
verdadero. Condenaban su estricta obediencia a la ley de
Dios como terquedad.

Foto: http://bit.ly/1dZggc7