17 de julio 2014

Luz

Lectura para hoy: 
                   Juan 8: 12-59

Juan 8: 12-59 Validez del testimonio de Jesús (NVI)
12 Una vez más Jesús se dirigió a la gente, y les dijo:
Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. 13 —Tú te presentas como tu propio testigo —alegaron los fariseos—, así que tu testimonio no es válido.

14 —Aunque yo sea mi propio testigo —repuso Jesús—, mi testimonio es válido, porque sé de dónde he venido y a dónde voy. Pero ustedes no saben de dónde vengo ni a dónde voy. 15 Ustedes juzgan según criterios humanos; yo, en cambio, no juzgo a nadie. 16 Y si lo hago, mis juicios son válidos porque no los emito por mi cuenta sino en unión con el Padre que me envió. 17 En la ley de ustedes está escrito que el testimonio de dos personas es válido. 18 Uno de mis testigos soy yo mismo, y el Padre que me envió también da testimonio de mí.

19 ¿Dónde está tu padre?
—Si supieran quién soy yo, sabrían también quién es mi Padre.
20 Estas palabras las dijo Jesús en el lugar donde se depositaban las ofrendas, mientras enseñaba en el templo. Pero nadie le echó mano porque aún no había llegado su tiempo.

Yo no soy de este mundo
21 De nuevo Jesús les dijo:
—Yo me voy, y ustedes me buscarán, pero en su pecado morirán. Adonde yo voy, ustedes no pueden ir. 22 Comentaban, por tanto, los judíos: «¿Acaso piensa suicidarse? ¿Será por eso que dice: “Adonde yo voy, ustedes no pueden ir”?»

23 —Ustedes son de aquí abajo —continuó Jesús—; yo soy de allá arriba. Ustedes son de este mundo; yo no soy de este mundo. 24 Por eso les he dicho que morirán en sus pecados, pues si no creen que yo soy el que afirmo ser, en sus pecados morirán.

25 —¿Quién eres tú? —le preguntaron.
—En primer lugar, ¿qué tengo que explicarles?—contestó Jesús—. 26 Son muchas las cosas que tengo que decir y juzgar de ustedes. Pero el que me envió es veraz, y lo que le he oído decir es lo mismo que le repito al mundo. 27 Ellos no entendieron que les hablaba de su Padre. 28 Por eso Jesús añadió:
—Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, sabrán ustedes que yo soy, y que no hago nada por mi propia cuenta, sino que hablo conforme a lo que el Padre me ha enseñado. 29 El que me envió está conmigo; no me ha dejado solo, porque siempre hago lo que le agrada.
30 Mientras aún hablaba, muchos creyeron en él.

Los hijos de Abraham
31 Jesús se dirigió entonces a los judíos que habían creído en él, y les dijo:
Si se mantienen fieles a mis enseñanzas, serán realmente mis discípulos; 32 y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.
33 —Nosotros somos descendientes de Abraham —le contestaron—, y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo puedes decir que seremos liberados?

34 —Ciertamente les aseguro que todo el que peca es esclavo del pecado —respondió Jesús—.35 Ahora bien, el esclavo no se queda para siempre en la familia; pero el hijo sí se queda en ella para siempre. 36 Así que si el Hijo los libera, serán ustedes verdaderamente libres. 37 Yo sé que ustedes son descendientes de Abraham. Sin embargo, procuran matarme porque no está en sus planes aceptar mi palabra. 38 Yo hablo de lo que he visto en presencia del Padre; así también ustedes, hagan lo que del Padre han escuchado.

39 —Nuestro padre es Abraham —replicaron.
—Si fueran hijos de Abraham, harían lo mismo que él hizo. 40 Ustedes, en cambio, quieren matarme, ¡a mí, que les he expuesto la verdad que he recibido de parte de Dios! Abraham jamás haría tal cosa.41 Las obras de ustedes son como las de su padre. —Nosotros no somos hijos nacidos de prostitución —le reclamaron—. Un solo Padre tenemos, y es Dios mismo.

Los hijos del diablo
42 —Si Dios fuera su Padre —les contestó Jesús—, ustedes me amarían, porque yo he venido de Dios y aquí me tienen. No he venido por mi propia cuenta, sino que él me envió. 43 ¿Por qué no entienden mi modo de hablar? Porque no pueden aceptar mi palabra. 44 Ustedes son de su padre, el diablo, cuyos deseos quieren cumplir. Desde el principio éste ha sido un asesino, y no se mantiene en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando miente, expresa su propia naturaleza, porque es un mentiroso. ¡Es el padre de la mentira! 45 Y sin embargo a mí, que les digo la verdad, no me creen.

46 ¿Quién de ustedes me puede probar que soy culpable de pecado? Si digo la verdad, ¿por qué no me creen? 47 El que es de Dios escucha lo que Dios dice. Pero ustedes no escuchan, porque no son de Dios.

Declaración de Jesús acerca de sí mismo
48 —¿No tenemos razón al decir que eres un samaritano, y que estás endemoniado? —replicaron los judíos.
49 —No estoy poseído por ningún demonio —contestó Jesús—. Tan sólo honro a mi Padre; pero ustedes me deshonran a mí. 50 Yo no busco mi propia gloria; pero hay uno que la busca, y él es el juez. 51 Ciertamente les aseguro que el que cumple mi palabra, nunca morirá.

52 —¡Ahora estamos convencidos de que estás endemoniado! —exclamaron los judíos—. Abraham murió, y también los profetas, pero tú sales diciendo que si alguno guarda tu palabra, nunca morirá.53 ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Abraham? Él murió, y también murieron los profetas. ¿Quién te crees tú?

54 Si yo me glorifico a mí mismo —les respondió Jesús—, mi gloria no significa nada. Pero quien me glorifica es mi Padre, el que ustedes dicen que es su Dios, 55 aunque no lo conocen. Yo, en cambio, sí lo conozco. Si dijera que no lo conozco, sería tan mentiroso como ustedes; pero lo conozco y cumplo su palabra. 56 Abraham, el padre de ustedes, se regocijó al pensar que vería mi día; y lo vio y se alegró. 57 —Ni a los cincuenta años llegas —le dijeron los judíos—, ¿y has visto a Abraham?

58 —Ciertamente les aseguro que, antes de que Abraham naciera, ¡yo soy! 59 Entonces los judíos tomaron piedras para arrojárselas, pero Jesús se escondió y salió inadvertido del templo.

Foto: http://bit.ly/1uhkQJ4

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16 de julio 2014

Agua

Lectura para hoy: 
                   El Deseado de todas las gentes, p. 424-427

En medio de la fiesta, cuando la expectación acerca de él estaba en su apogeo, entró en el atrio del templo en presencia de la multitud. Porque estaba ausente de la fiesta, se había dicho que no se atrevía a colocarse bajo el poder de los sacerdotes y príncipes. Todos se sorprendieron al notar su presencia. Toda voz se acalló. Todos se admiraban de la dignidad y el valor de su porte en medio de enemigos poderosos sedientos de su vida. Así de pie, convertido en el centro de atracción de esa vasta muchedumbre, Jesús les habló como nadie lo había hecho. Sus palabras demostraban un conocimiento de las leyes e instituciones de Israel, del ritual de los sacrificios y las enseñanzas de los profetas, que superaba por mucho al de los sacerdotes y rabinos.

Quebrantó las barreras del formalismo y la tradición. Las escenas de la vida futura parecían abiertas delante de él. Como quien contemplaba lo invisible, hablaba de lo terreno y lo celestial, de lo humano y de lo divino, con autoridad positiva. Sus palabras eran muy claras y convincentes; y de nuevo, como en Capernaúm, la gente se asombró de su doctrina; “porque su palabra era con potestad.” (Lucas 4: 32) Con una variedad de representaciones advirtió a sus oyentes la calamidad que seguiría a todos los que rechazasen las bendiciones que él había venido a traerles. Les había dado toda prueba posible de que venía de Dios, y había hecho todo esfuerzo posible para inducirlos al arrepentimiento. No quería ser rechazado y asesinado por su propia nación si podía salvarla de la culpabilidad de un hecho semejante.

Todos se admiraban de su conocimiento de la ley y las profecías; y de uno a otro pasaba la pregunta: “¿Cómo sabe éste letras, no habiendo aprendido?” Nadie era considerado apto para ser maestro religioso a menos que hubiese estudiado en la escuela de los rabinos, y tanto Jesús como Juan el Bautista habían sido representados como ignorantes porque no habían recibido esta preparación. Los que les oían se asombraban de su conocimiento de las Escrituras, “no habiendo aprendido.” A la verdad no habían aprendido de los hombres; pero el Dios del cielo era su Maestro, y de él habían recibido la más alta sabiduría.

Mientras Jesús hablaba en el atrio del templo, la gente permanecía hechizada. Los mismos hombres que eran más violentos contra él se veían imposibilitados para perjudicarle. Por el momento, todos los demás intereses eran olvidados. Día tras día enseñaba a la gente, hasta el último, “el postrer día grande de la fiesta.” La mañana de aquel día halló al pueblo cansado por el largo período de festividades. De repente, Jesús alzó la voz, en tono que repercutía por los atrios del templo, y dijo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, ríos de agua viva correrán de su vientre.”

La condición del pueblo daba fuerza a este llamamiento. Habían estado participando de una continua escena de pompa y festividad, sus ojos estaban deslumbrados por la luz y el color, y sus oídos halagados por la más rica música; pero no había nada en toda esta ceremonia que satisficiese las necesidades del espíritu, nada que aplacase la sed del alma por lo imperecedero. Jesús los invitaba a venir y beber en la fuente de la vida, de aquello que sería en ellos un manantial de agua que brotara para vida eterna.

El sacerdote había cumplido esa mañana la ceremonia que conmemoraba la acción de golpear la roca en el desierto. Esa roca era un símbolo de Aquel que por su muerte haría fluir raudales de salvación a todos los sedientos. Las palabras de Cristo eran el agua de vida. Allí en presencia de la congregada muchedumbre se puso aparte para ser herido, a fin de que el agua de la vida pudiese fluir al mundo. Al herir a Cristo, Satanás pensaba destruir al Príncipe de la vida; pero de la roca herida fluía agua viva. Mientras Jesús hablaba al pueblo, los corazones se conmovían con una extraña reverencia y muchos estaban dispuestos a exclamar, como la mujer de Samaria: “Dame esta agua, para que no tenga sed.”

Jesús conocía las necesidades del alma. La pompa, las riquezas y los honores no pueden satisfacer el corazón. “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.” Los ricos, los pobres, los encumbrados y los humildes son igualmente bienvenidos. El promete aliviar el ánimo cargado, consolar a los tristes, dar esperanza a los abatidos. Muchos de los que oyeron a Jesús lloraban esperanzas frustradas; muchos alimentaban un agravio secreto; muchos estaban tratando de satisfacer su inquieto anhelo con las cosas del mundo y la alabanza de los hombres; pero cuando habían ganado todo, encontraban que habían trabajado tan sólo para llegar a una cisterna rota en la cual no podían aplacar su sed. Allí estaban en medio del resplandor de la gozosa escena, descontentos y tristes. Este clamor repentino: “Si alguno tiene sed,” los arrancó de su pesarosa meditación, y mientras escuchaban las palabras que siguieron, su mente se reanimó con una nueva esperanza. El Espíritu Santo presentó delante de ellos el símbolo hasta que vieron en él el inestimable don de la salvación.

El clamor que Cristo dirige al alma sedienta sigue repercutiendo, y llega a nosotros con más fuerza que a aquellos que lo oyeron en el templo en aquel último día de la fiesta. El manantial está abierto para todos. A los cansados y exhaustos se ofrece la refrigerante bebida de la vida eterna. Jesús sigue clamando: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.” “Y el que tiene sed, venga: y el que quiere, tome del agua de la vida de balde.” “Mas el que bebiere del agua que yo le daré, para siempre no tendrá sed: mas el agua que yo le daré, será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.” (Apocalipsis 22: 17; Juan 4: 14)

Capítulo 50 – Entre Trampas y Peligros
TODO el tiempo que Jesús pasó en Jerusalén durante la fiesta, fue seguido por espías. Día tras día se probaban nuevas estratagemas para reducirle al silencio. Los sacerdotes y gobernantes estaban atentos para entramparle. Se proponían impedir por la violencia que obrase. Pero esto no era todo. Querían humillar a este rabino galileo delante de la gente.

El primer día de su presencia en la fiesta, los gobernantes habían acudido a él y le habían preguntado con qué autoridad enseñaba. Querían apartar de él la atención de la gente y atraerla a la cuestión de su derecho para enseñar y a su propia importancia y autoridad. “Mi doctrina no es mía —dijo Jesús,— sino de aquel que me envió. El que quisiere hacer su voluntad, conocerá de la doctrina si viene de Dios, o si yo hablo de mí mismo.” Jesús hizo frente a la pregunta de estos sembradores de sospechas, no contestando la sospecha misma, sino presentando la verdad vital para la salvación del alma.

Foto: http://bit.ly/1luM3Tj

15 de julio 2014

arena

Lectura para hoy: 
                   Juan 8: 1-11
                   El Deseado de todas las gentes, p. 421-423

 Juan 8: 1-11 (NBD) – La mujer sorprendida en adulterio
 Pero Jesús se fue al monte de los Olivos. A la mañana siguiente regresó al templo. La gente se le acercó, y él se sentó a enseñarles. Entonces los maestros de la ley y los fariseos llevaron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio. La pusieron en medio del grupo y le dijeron a Jesús:
—Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el momento mismo en que cometía adulterio. La ley de Moisés nos ordena que debemos apedrear a esa clase de mujeres. ¿Tú qué dices?

Ellos le estaban poniendo una trampa al hacerle esa pregunta, para así tener de qué acusarlo. Pero Jesús se inclinó y comenzó a escribir en el suelo con su dedo. Como seguían haciéndole preguntas, se enderezó y les dijo:
—Aquel de ustedes que nunca haya pecado, tire la primera piedra.
Y se inclinó de nuevo a seguir escribiendo en el suelo. Al oír esto, los más viejos comenzaron a irse, y luego poco a poco los demás también se fueron. Sólo la mujer seguía allí y Jesús se quedó solo con ella.

10 Entonces él se enderezó y le preguntó:
—Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?
11 Ella dijo:
—Nadie, Señor.
Yo tampoco te condeno. Vete y no vuelvas a pecar.

El Deseado de todas las gentes, p. 421-423
Al alba del día, los sacerdotes emitían una larga y aguda nota con sus trompetas de plata, y las trompetas que contestaban, así como los alegres gritos del pueblo desde sus cabañas, que repercutían por las colinas y los valles, daban la bienvenida al día de fiesta. Después, el sacerdote sacaba de las aguas del Cedrón un cántaro de agua, y, alzándolo en alto mientras resonaban las trompetas, subía las altas gradas del templo, al compás de la música, con paso lento y mesurado, cantando mientras tanto: “Nuestros pies estuvieron en tus puertas, oh Jerusalem.” (Salmo 122: 2)

Llevaba el cántaro al altar, que ocupaba una posición central en el atrio de los sacerdotes. Allí había dos palanganas de plata, con un sacerdote de pie al lado de cada una. El cántaro de agua era derramado en una, y un cántaro de vino en la otra; y el contenido de ambas, fluyendo por un caño que comunicaba con el Cedrón, era conducido al Mar Muerto. La presentación del agua consagrada representaba la fuente que a la orden de Dios había brotado de la roca para aplacar la sed de los hijos de Israel. Entonces repercutían los acordes jubilosos: “Porque mi fortaleza y mi canción es . . . Jehová; sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salud.” (Isaías 12: 2, 3)

Mientras los hijos de José se preparaban para asistir a la fiesta de las cabañas, vieron que Jesús no hacía nada que significase intención de asistir a ella. Le consideraban con ansiedad. Desde la curación realizada en Betesda, no había asistido a las fiestas nacionales. A fin de evitar un conflicto inútil con los dirigentes de Jerusalén, había limitado sus labores a Galilea. Su aparente indiferencia hacia las grandes asambleas religiosas, y la enemistad manifestada hacia él por los sacerdotes y rabinos, eran una causa de perplejidad para los que le rodeaban, y aun para sus discípulos y su familia.

En sus enseñanzas, se había espaciado en las bendiciones de la obediencia a la ley de Dios, y, sin embargo, él mismo parecía indiferente al servicio que había sido establecido divinamente. Su trato con los publicanos y otros de mala fama, su desprecio por las observancias rabínicas y la libertad con que dejaba de lado las exigencias tradicionales acerca del sábado, todo parecía ponerle en antagonismo con las autoridades religiosas y suscitaba muchas preguntas. Sus hermanos pensaban que era un error de su parte enajenarse a los grandes y sabios de la nación. Pensaban que estos hombres debían tener razón y que Jesús estaba haciendo mal al ponerse en antagonismo con ellos. Pero habían presenciado su vida sin tacha y aunque no se contaban entre sus discípulos, habían quedado profundamente impresionados por sus obras. Su popularidad en Galilea halagaba su ambición; todavía esperaban que daría una prueba de su poder que indujera a los fariseos a ver que él era lo que pretendía ser. ¡Y si fuese el Mesías, el Príncipe de Israel! Ellos acariciaban este pensamiento con orgullosa satisfacción.

Tanta ansiedad sentían acerca de esto, que rogaron a Jesús que fuese a Jerusalén. “Y dijéronle sus hermanos: Pásate de aquí, y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces. Que ninguno que procura ser claro hace algo en oculto. Si estas cosas haces, manifiéstate al mundo.” El “si” expresaba duda e incredulidad. Le atribuían cobardía y debilidad. Si él sabía que era el Mesías, ¿por qué guardaba esta extraña reserva e inacción ? Si poseía realmente tal poder, ¿por qué no iba audazmente a Jerusalén y aseveraba sus derechos? ¿Por qué no cumplía en Jerusalén las obras maravillosas que de él se relataban en Galilea? No te ocultes en provincias aisladas, decían, a realizar tus obras poderosas para beneficio de campesinos y pescadores ignorantes. Preséntate en la capital, conquista el apoyo de sacerdotes y gobernantes, y une la nación, para establecer el nuevo reino.

Estos hermanos de Jesús razonaban por el mismo motivo egoísta que con tanta frecuencia se encuentra en el corazón de los que aman la ostentación. Ese espíritu era el que gobernaba el mundo. Ellos se ofendían porque, en vez de buscar un trono temporal, Cristo se había declarado el pan de vida. Quedaron muy desilusionados cuando tantos de sus discípulos le abandonaron. Ellos mismos se apartaron de él para escapar a la cruz que representaba el reconocer lo que sus obras revelaban: que era el Enviado de Dios.

“Díceles entonces Jesús: Mi tiempo aún no ha venido; mas vuestro tiempo siempre está presto. No puede el mundo aborreceros a vosotros; mas a mí me aborrece, porque yo doy testimonio de el, que sus obras son malas. Vosotros subid a esta fiesta; yo no subo aún a esta fiesta, porque mi tiempo aún no es cumplido. Y habiéndoles dicho esto, quedóse en Galilea.” Sus hermanos le habían hablado en tono de autoridad, prescribiéndole la conducta que debía seguir. Les devolvió su reprensión, clasificándolos no con sus discípulos abnegados, sino con el mundo. “No puede el mundo aborreceros a vosotros — dijo;— mas a mí me aborrece, porque yo doy testimonio de él, que sus obras son malas.” El mundo no odia a los que le son semejantes en espíritu. Los ama como suyos.

Para Cristo, el mundo no era un lugar de comodidad y engrandecimiento propio. No buscaba una oportunidad para recibir su poder y su gloria. No le ofrecía ningún premio tal. Era el lugar al cual su Padre le había enviado. Había sido dado para la vida del mundo, para realizar el gran plan de redención. Estaba haciendo su obra en favor de la especie caída. Pero no había de ser presuntuoso, ni precipitarse al peligro, ni tampoco apresurar una crisis. Cada acontecimiento de su obra tenía su hora señalada. Debía esperar con paciencia. Sabía que iba a ser blanco del odio del mundo; sabía que su obra le conduciría a la muerte; pero exponerse prematuramente no habría sido obrar según la voluntad de su Padre.

Desde Jerusalén las noticias de los milagros de Cristo se habían difundido dondequiera que estaban dispersos los judíos; y aunque durante muchos meses él había permanecido ausente de las fiestas, el interés en él no había disminuido. Muchos, de todas partes del mundo, habían venido a la fiesta de las cabañas con la esperanza de verle. Al principio de la fiesta, muchos preguntaron por él. Los fariseos y gobernantes esperaban que viniese, deseosos de tener oportunidad para condenarle.

Preguntaban ansiosamente: “¿Dónde está?” Pero nadie lo sabía. En todas las mentes predominaban pensamientos relativos a él. Por temor a los sacerdotes y príncipes, nadie se atrevía a reconocerle como el Mesías, mas por doquiera había discusiones serenas pero fervorosas acerca de él. Muchos le defendían como enviado de Dios, mientras que otros le denunciaban como engañador del pueblo. Mientras tanto, Jesús había llegado silenciosamente a Jerusalén. Había elegido una ruta poco frecuentada, a fin de evitar a los viajeros que se dirigían a la ciudad desde todas partes. Si se hubiese unido a cualquiera de las caravanas que subían a la fiesta, la atención pública hubiera sido atraída hacia él al entrar en la ciudad, y una demostración popular en su favor habría predispuesto a las autoridades contra él. Para evitar esto, prefirió hacer el viaje solo.Foto: http://bit.ly/1AQh1yU

14 de julio 2014

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Lectura para hoy: 
                   El Deseado de todas las gentes, p. 419, 420

Capítulo 49 – La Fiesta de las Cabañas 

TRES veces al año, los judíos debían congregarse en Jerusalén con propósitos religiosos. Desde la columna de nube que le envolvía, el invisible Conductor de Israel había dado las instrucciones referentes a estas reuniones. Durante el cautiverio, los judíos no pudieron observarlas; pero cuando el pueblo volvió a su patria reanudó la observancia de estas fiestas recordativas. Dios quería que estos aniversarios llamasen hacia él la atención del pueblo. Con tan sólo pocas excepciones, los sacerdotes y dirigentes de la nación habían perdido de vista este propósito. El que había ordenado estas asambleas nacionales y comprendía su significado presenciaba su perversión.

La fiesta de las cabañas era la reunión final del año. Dios quería que en esta ocasión el pueblo reflexionase en su bondad y misericordia. Todo el país había estado bajo su dirección y recibiendo su bendición. Día y noche, su cuidado se había ejercido de continuo. El sol y la lluvia habían hecho fructificar la tierra. Se había recogido la cosecha de los valles y llanuras de Palestina. Se habían juntado las olivas, y guardado el precioso aceite en vasijas. Las palmeras habían dado sus provisiones. Los purpúreos racimos de la vid habían sido hollados en el lagar.

La fiesta duraba siete días, y para su celebración los habitantes de Palestina, con muchos de otros países, dejaban sus casas y acudían a Jerusalén. De lejos y de cerca venía la gente, trayendo en las manos una prenda de regocijo. Ancianos y jóvenes, ricos y pobres, todos traían algún don como tributo de agradecimiento a Aquel que había coronado el año con su bondad, y hecho a sus sendas rebosar gordura. Todo lo que podía agradar al ojo, y dar expresión al gozo universal, era traído de los bosques; la ciudad tenía la apariencia de una hermosa selva.

Esta fiesta no sólo se celebraba en agradecimiento por la cosecha, sino también en memoria del cuidado protector de Dios sobre Israel en el desierto. A fin de conmemorar su vida en tiendas, los israelitas moraban durante la fiesta en cabañas o tabernáculos de ramas verdes. Los erigían en las calles, en los atrios del templo, o en los techos de las casas. Las colinas y los valles que rodeaban a Jerusalén estaban también salpicados de estas moradas de hojas, y bullían de gente.

Con cantos sagrados y agradecimiento, los adoradores celebraban esta ocasión. Un poco antes de la fiesta venía el día de las expiaciones, en el cual, después de confesar sus pecados, el pueblo era declarado en paz con el Cielo. Así quedaba preparado el regocijo de la fiesta. Se elevaba triunfalmente el salmo: “Alabad a Jehová, porque es bueno; porque para siempre es su misericordia,” (Salmo 106: 1) mientras que toda clase de música, mezclada con clamores de hosanna, acompañaba el canto al unísono. El templo era el centro del gozo universal. Allí se veía la pompa de las ceremonias de los sacrificios. Allí, alineado a ambos lados de las gradas de mármol blanco del edificio sagrado, el coro de levitas dirigía el servicio de canto. La multitud de los adoradores, agitando sus palmas y ramas de mirto, unía su voz a los acordes, y repetía el coro; y luego la melodía era entonada por voces cercanas y lejanas, hasta que de las colinas circundantes parecían brotar cantos de alabanza.

Por la noche, el templo y su atrio resplandecían de luz artificial. La música, la agitación de las palmas, los gratos hosannas, el gran concurso de gente, sobre el cual la luz se derramaba desde las lámparas colgantes, el atavío de los sacerdotes y la majestad de las ceremonias se combinaban para formar una escena que impresionaba profundamente a los espectadores. Pero la ceremonia más impresionante de la fiesta, la que causaba el mayor regocijo, era una conmemoración de cierto acontecimiento de la estada en el desierto.
Foto: http://bit.ly/1sIcPvQ

13 de julio 2014

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Lectura para hoy: 
                   Juan 7: 16-36, 40-53
            

 Juan 7: 16-36 (RVR60)

16 Jesús les respondió y dijo: Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió. 17 El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta. 18 El que habla por su propia cuenta, su propia gloria busca; pero el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero, y no hay en él injusticia.

19¿No os dio Moisés la ley, y ninguno de vosotros cumple la ley? ¿Por qué procuráis matarme? 20 Respondió la multitud y dijo: Demonio tienes; ¿quién procura matarte? 21 Jesús respondió y les dijo: Una obra hice, y todos os maravilláis. 22 Por cierto, Moisés os dio la circuncisión (no porque sea de Moisés, sino de los padres); y en el día de reposo circuncidáis al hombre. 23 Si recibe el hombre la circuncisión en el día de reposo, para que la ley de Moisés no sea quebrantada, ¿os enojáis conmigo porque en el día de reposo sané completamente a un hombre? 24 No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio.

¿Es éste el Cristo?

25 Decían entonces unos de Jerusalén: ¿No es éste a quien buscan para matarle? 26 Pues mirad, habla públicamente, y no le dicen nada. ¿Habrán reconocido en verdad los gobernantes que éste es el Cristo? 27 Pero éste, sabemos de dónde es; mas cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde sea. 28 Jesús entonces, enseñando en el templo, alzó la voz y dijo: A mí me conocéis, y sabéis de dónde soy; y no he venido de mí mismo, pero el que me envió es verdadero, a quien vosotros no conocéis. 29 Pero yo le conozco, porque de él procedo, y él me envió. 30 Entonces procuraban prenderle; pero ninguno le echó mano, porque aún no había llegado su hora. 31 Y muchos de la multitud creyeron en él, y decían: El Cristo, cuando venga, ¿hará más señales que las que éste hace?
Los fariseos envían alguaciles para prender a Jesús
32 Los fariseos oyeron a la gente que murmuraba de él estas cosas; y los principales sacerdotes y los fariseos enviaron alguaciles para que le prendiesen. 33 Entonces Jesús dijo: Todavía un poco de tiempo estaré con vosotros, e iré al que me envió. 34 Me buscaréis, y no me hallaréis; y a donde yo estaré, vosotros no podréis venir. 35 Entonces los judíos dijeron entre sí: ¿Adónde se irá éste, que no le hallemos? ¿Se irá a los dispersos entre los griegos, y enseñará a los griegos? 36 ¿Qué significa esto que dijo: Me buscaréis, y no me hallaréis; y a donde yo estaré, vosotros no podréis venir?
Juan 7: 40-53 (RVR60) – División entre la gente

40 Entonces algunos de la multitud, oyendo estas palabras, decían: Verdaderamente éste es el profeta. 41 Otros decían: Éste es el Cristo. Pero algunos decían: ¿De Galilea ha de venir el Cristo? 42 ¿No dice la Escritura que del linaje de David, y de la aldea de Belén, de donde era David, ha de venir el Cristo? 43 Hubo entonces disensión entre la gente a causa de él. 44 Y algunos de ellos querían prenderle; pero ninguno le echó mano.
¡Nunca ha hablado hombre así!
45 Los alguaciles vinieron a los principales sacerdotes y a los fariseos; y éstos les dijeron: ¿Por qué no le habéis traído? 46 Los alguaciles respondieron: ¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre! 47 Entonces los fariseos les respondieron: ¿También vosotros habéis sido engañados? 48 ¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes, o de los fariseos? 49 Mas esta gente que no sabe la ley, maldita es. 50 Les dijo Nicodemo, el que vino a él de noche, el cual era uno de ellos: 51 ¿Juzga acaso nuestra ley a un hombre si primero no le oye, y sabe lo que ha hecho? 52 Respondieron y le dijeron: ¿Eres tú también galileo? Escudriña y ve que de Galilea nunca se ha levantado profeta.

Foto: http://bit.ly/1jz5P4G


 

 

12 de julio 2014

Abrazo

Lectura para hoy:                 
                   El Deseado de todas las gentes, p. 416-418

Con espíritu de mansedumbre, “considerándote a ti mismo, porque tú no seas también tentado,” (Gálatas 6: 1) ve al que yerra, y “redargúyele entre ti y él solo.” No le avergüences exponiendo su falta a otros, ni deshonres a Cristo haciendo público el pecado o error de quien lleva su nombre. Con frecuencia hay que decir claramente la verdad al que yerra; debe inducírsele a ver su error para que se reforme. Pero no hemos de juzgarle ni condenarle. No intentemos justificarnos. Sean todos nuestros esfuerzos para recobrarlo. Para tratar las heridas del alma se necesita el tacto más delicado, la más fina sensibilidad. Lo único que puede valernos en esto es el amor que fluye del que sufrió en el Calvario. Con ternura compasiva, trate el hermano con el hermano, sabiendo que si tiene éxito “salvará un alma de muerte” y “cubrirá multitud de pecados.” (Santiago 5: 20) Pero aun este esfuerzo puede ser inútil. Entonces, dijo Jesús, “toma aún contigo uno o dos.” Puede ser que su influencia unida prevalezca donde la del primero no tuvo éxito. No siendo partes en la dificultad, habrá más probabilidad de que obren imparcialmente, y este hecho dará a su consejo mayor peso para el que yerra.

Si no quiere escucharlos, entonces, pero no antes, se debe presentar el asunto a todo el cuerpo de creyentes. Únanse los miembros de la iglesia, como representantes de Cristo, en oración y súplica para que el ofensor sea restaurado. El Espíritu Santo hablará por medio de sus siervos, suplicando al descarriado que vuelva a Dios. El apóstol Pablo, hablando por inspiración, dice: “Como si Dios rogase por medio nuestro; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.” (2 Corintios 5: 20) El que rechaza este esfuerzo conjunto en su favor, ha roto el vínculo que le une a Cristo, y así se ha separado de la comunión de la iglesia. Desde entonces, dijo Jesús, “tenle por étnico y publicano.” Pero no se le ha de considerar como separado de la misericordia de Dios. No lo han de despreciar ni descuidar los que antes eran sus hermanos, sino que lo han de tratar con ternura y compasión, como una de las ovejas perdidas a las que Cristo está procurando todavía traer a su redil.

La instrucción de Cristo en cuanto al trato con los que yerran repite en forma más específica la enseñanza dada a Israel por Moisés: “No aborrecerás a tu hermano en tu corazón: ingenuamente reprenderás a tu prójimo, y no consentirás sobre él pecado.” (Levítico 19: 17) Es decir, que si uno descuida el deber que Cristo ordenó en cuanto a restaurar a quienes están en error y pecado, se hace partícipe del pecado. Somos tan responsables de los males que podríamos haber detenido como si los hubiésemos cometido nosotros mismos.

Pero debemos presentar el mal al que lo hace. No debemos hacer de ello un asunto de comentario y crítica entre nosotros mismos; ni siquiera después que haya sido expuesto a la iglesia nos es permitido repetirlo a otros. El conocimiento de las faltas de los cristianos será tan sólo una piedra de tropiezo para el mundo incrédulo; y espaciándonos en estas cosas no podemos sino recibir daño nosotros mismos; porque contemplando es como somos transformados. Mientras tratamos de corregir los errores de un hermano, el Espíritu de Cristo nos inducirá a escudarle en lo posible de la crítica aun de sus propios hermanos, y tanto más de la censura del mundo incrédulo. Nosotros mismos erramos y necesitamos la compasión y el perdón de Cristo, y él nos invita a tratarnos mutuamente como deseamos que él nos trate.

“Todo lo que ligareis en la tierra, será ligado en el cielo; y todo lo que desatareis en la tierra, será desatado en el cielo.” Obráis como embajadores del cielo, y lo que resulte de vuestro trabajo es para la eternidad. Pero no hemos de llevar esta gran responsabilidad solos. Cristo mora dondequiera que se obedezca su palabra con corazón sincero. No sólo está presente en las asambleas de la iglesia, sino que estará dondequiera que sus discípulos, por pocos que sean, se reúnan en su nombre. Y dice: “Si dos de vosotros se convinieren en la tierra, de toda cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos.”

Jesús dice: “Mi Padre que está en los cielos,” como para recordar a sus discípulos que mientras que por su humanidad está vinculado con ellos, participa de sus pruebas y simpatiza con ellos en sus sufrimientos, por su divinidad está unido con el trono del Infinito. ¡Admirable garantía! Los seres celestiales se unen con los hombres en simpatía y labor para la salvación de lo que se había perdido. Y todo el poder del cielo se pone en combinación con la capacidad humana para atraer las almas a Cristo.

 

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11 de julio 2014

Hands
Lectura para hoy:
                    El Deseado de todas las gentes, p. 413-415

Santiago y Juan habían pensado que al reprimir a este hombre buscaban la honra de su Señor; mas empezaban a ver que habían sido celosos por la propia. Reconocieron su error y aceptaron la reprensión de Jesús: “No se lo prohibáis; porque ninguno hay que haga milagro en mi nombre que luego pueda decir mal de mí.” Ninguno de los que en alguna forma se manifestaban amistosos con Cristo debía ser repelido. Había muchos que estaban profundamente conmovidos por el carácter y la obra de Cristo y cuyo corazón se estaba abriendo a él con fe; y los discípulos, que no podían discernir los motivos, debían tener cuidado de no desalentar a esas almas. Cuando Jesús ya no estuviese personalmente entre ellos y la obra quedase en sus manos, no debían participar de un espíritu estrecho y exclusivista, sino manifestar la misma abarcante simpatía que habían visto en su Maestro.

El hecho de que alguno no obre en todas las cosas conforme a nuestras ideas y opiniones personales no nos justifica para prohibirle que trabaje para Dios. Cristo es el gran Maestro; nosotros no hemos de juzgar ni dar órdenes, sino que cada uno debe sentarse con humildad a los pies de Jesús y aprender de él. Cada alma a la cual Dios ha hecho voluntaria es un conducto por medio del cual Cristo revelará su amor perdonador. ¡Cuán cuidadosos debemos ser para no desalentar a uno de los que transmiten la luz de Dios, a fin de no interceptar los rayos que él quiere hacer brillar sobre el mundo! La dureza y frialdad manifestadas por un discípulo hacia una persona a la que Cristo estaba atrayendo —un acto como el de Juan al prohibir a otro que realizase milagros en nombre de Cristo,— podía desviar sus pies por la senda del enemigo y causar la pérdida de un alma. Jesús dijo que antes de hacer una cosa semejante, “mejor le fuera si se le atase una piedra de molino al cuello, y fuera echado en la mar.” Y añadió: “Y si tu mano te escandalizare, córtala; mejor te es entrar a la vida manco, que teniendo dos manos ir a la Gehenna, al fuego que no puede ser apagado. Y si tu pie te fuere ocasión de caer, córtalo: mejor te es entrar a la vida cojo, que teniendo dos pies ser echado en la Gehenna.”

¿Por qué empleó Jesús este lenguaje vehemente, que no podría haber sido más enérgico? Porque “el Hijo del hombre vino a salvar lo que se había perdido.” ¿Habrán de tener sus discípulos menos consideración hacia las almas de sus semejantes que la manifestada por la Majestad del cielo? Cada alma costó un precio infinito, y ¡cuán terrible es el pecado de apartar un alma de Cristo de manera que para ella el amor, la humillación y la agonía del Salvador hayan sido vanos! “¡Ay del mundo por los escándalos! porque necesario es que vengan escándalos.” El mundo, inspirado por Satanás, se opondrá seguramente a los que siguen a Cristo y tratará de destruir su fe; pero ¡ay de aquel que lleve el nombre de Cristo, y sin embargo sea hallado haciendo esta obra! Nuestro Señor queda avergonzado por aquellos que aseveran servirle, pero representan falsamente su carácter; y multitudes son engañadas, y conducidas por sendas falsas.

Cualquier hábito o práctica que pueda inducir a pecar y atraer deshonra sobre Cristo, debe ser desechado cueste lo que costare. Lo que deshonra a Dios no puede beneficiar al alma. La bendición del Cielo no puede acompañar a un hombre que viole los eternos principios de la justicia. Y un pecado acariciado es suficiente para realizar la degradación del carácter y extraviar a otros. Si para salvar el cuerpo de la muerte uno se cortaría un pie o una mano, o aun se arrancaría un ojo, ¡con cuánto más fervor deberíamos desechar el pecado, que trae muerte al alma! En el ceremonial del templo, se añadía sal a todo sacrificio. Esto, como la ofrenda del incienso, significaba que únicamente la justicia de Cristo podía hacer el culto aceptable para Dios. Refiriéndose a esta práctica dijo Jesús: “Todo sacrificio será salado con sal.” “Tened sal en vosotros, y paz unos con otros.” Todos los que quieran presentarse “en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios,” (Romanos 12: 1) deben recibir la sal que salva, la justicia de nuestro Salvador. Entonces vienen a ser “la sal de la tierra” (Mateo 5: 13) que restringe el mal entre los hombres, como la sal preserva de la corrupción. Pero si la sal ha perdido su sabor; si no hay más que una profesión de piedad, sin el amor de Cristo, no hay poder para lo bueno. La vida no puede ejercer influencia salvadora sobre el mundo. Vuestra energía y eficiencia en la edificación de mi reino —dice Jesús,— dependen de que recibáis mi Espíritu. Debéis participar de mi gracia, a fin de ser sabor de vida para vida. Entonces no habrá rivalidad ni esfuerzo para complacerse a sí mismo, ni se deseará el puesto más alto. Poseeréis ese amor que no busca lo suyo, sino que otro se enriquezca. Fije el pecador arrepentido sus ojos en “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo;” y contemplándolo, se transformará. Su temor se trueca en gozo, sus dudas en esperanza. Brota la gratitud. El corazón de piedra se quebranta. Una oleada de amor inunda el alma.

Cristo es en él una fuente de agua que brota para vida eterna. Cuando vemos a Jesús, Varón de dolores y experimentado en quebrantos, trabajando para salvar a los perdidos, despreciado, escarnecido, echado de una ciudad a la otra hasta que su misión fue cumplida; cuando le contemplamos en Getsemaní, sudando gruesas gotas de sangre, y muriendo en agonía sobre la cruz; cuando vemos eso, no podemos ya reconocer el clamor del yo. Mirando a Jesús, nos avergonzaremos de nuestra frialdad, de nuestro letargo, de nuestro egoísmo. Estaremos dispuestos a ser cualquier cosa o nada, para servir de todo corazón al Maestro. Nos regocijará el llevar la cruz en pos de Jesús, el sufrir pruebas, vergüenza o persecución por su amada causa. “Así que, los que somos más firmes debemos sobrellevar las flaquezas de los flacos, y no agradarnos a nosotros mismos.” (Romanos 15: 1) A nadie que crea en Cristo se le debe tener en poco, aun cuando su fe sea débil y sus pasos vacilen como los de un niñito. Todo lo que nos da ventaja sobre otro —sea la educación o el refinamiento, la nobleza de carácter, la preparación cristiana o la experiencia religiosa— nos impone una deuda para con los menos favorecidos; y debemos servirlos en cuanto esté en nuestro poder. Si somos fuertes, debemos corroborar las manos de los débiles.

Los ángeles de gloria, que contemplan constantemente el rostro del Padre en el cielo, se gozan en servir a sus pequeñuelos. Las almas temblorosas, que tienen tal vez muchos rasgos de carácter censurables, les son especialmente encargadas. Hay siempre ángeles presentes donde más se necesitan, con aquellos que tienen que pelear la batalla más dura contra el yo y cuyo ambiente es más desalentador. Y los verdaderos seguidores de Cristo cooperarán en ese ministerio. Si alguno de estos pequeñuelos fuese vencido y obrase mal contra nosotros, es nuestro deber procurar su restauración. No esperemos que haga el primer esfuerzo de reconciliación. “¿Qué os parece? —pregunta Cristo.— Si tuviese algún hombre cien ovejas, y se descarriase una de ellas, ¿no iría por los montes, dejadas las noventa y nueve, a buscar la que se había descarriado? Y si aconteciese hallarla, de cierto os digo, que más se goza de aquella, que de las noventa y nueve que no se descarriaron. Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños.”

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