30 de junio 2015

Piedras
Lectura para hoy:
Patriarcas y Profetas p. 432-435

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Enfurecido por esta decisión maldijo al juez, y en el ardor de su ira blasfemó contra el nombre de Dios. Inmediatamente se le llevó ante Moisés. Se había dado el mandamiento: “El que maldijera a su padre o a su madre, morirá;” pero no se había dictado medida aplicable a este caso. Era tan terrible este delito que era necesaria la dirección especial de Dios para resolver lo procedente. Se puso al hombre bajo custodia mientras se averiguaba cuál era la voluntad del Señor. Dios mismo pronunció la sentencia; y por orden divina se condujo al blasfemador fuera del campamento, y allí se le dio muerte por apedreamiento. Los que habían presenciado el pecado colocaron las manos sobre la cabeza de él, atestiguando así solemnemente la veracidad del cargo que se le hacía. Luego le tiraron las primeras piedras, y el pueblo que estaba cerca participó después en la ejecución de la sentencia. A esto siguió la promulgación de una nueva ley que había de aplicarse a ofensas semejantes: “Y a los hijos de Israel hablarás, diciendo: Cualquiera que maldijera a su Dios, llevará su iniquidad. Y el que blasfemara el nombre de Jehová, ha de ser muerto; toda la congregación lo apedreará: así el extranjero como el natural, si blasfemara el Nombre, que muera.” (Exo. 21: 17.)

Hay quienes expresan dudas acerca del amor y la justicia de Dios al aplicar un castigo tan severo por un delito consistente en palabras habladas en un momento de acaloramiento. Pero tanto el amor como la justicia eligen que se demuestre que las palabras inspiradas por la malicia contra Dios constituyen un gran pecado. El castigo que se le impuso al primer ofensor había de advertir a los demás que el nombre de Dios debe reverenciarse. Pero si el pecado de este hombre hubiese quedado impune, otros se habrían desmoralizado; y como resultado eventual habría sido necesario sacrificar muchas vidas.

La “multitud mixta” que acompañaba a los israelitas desde Egipto daba continuamente origen a dificultades y tentaciones. Los que la componían decían haber renunciado a la idolatría y profesaban adorar al Dios verdadero; pero su educación y disciplina anteriores habían moldeado sus hábitos y sus caracteres, de modo que en mayor o menor medida estaban corrompidos por la idolatría y la irreverencia hacia Dios. Ellos eran los que más a menudo suscitaban contiendas; eran los primeros en quejarse, y corrompían el campamento con sus prácticas idólatras y sus murmuraciones contra Dios.

Poco después del regreso al desierto, ocurrió un ejemplo de violación del sábado, en circunstancias que dieron especial culpabilidad al caso. Al anunciar el Señor que desheredaría a Israel, se despertó un espíritu de rebelión. Un hombre del pueblo, airado por haber sido excluido de Canaán, resolvió desafiar abiertamente la ley de Dios, y se atrevió a violar públicamente el cuarto mandamiento, saliendo a recoger leña en sábado. Se había prohibido terminantemente encender fuego el séptimo día durante la estada en el desierto. La prohibición no había de extenderse a la tierra de Canaán, donde la severidad del clima haría a menudo necesario que se tuviese fuego; pero éste no se necesitaba en el desierto para calentarse. El acto llevado a cabo por este hombre era una violación voluntaria y deliberada del cuarto mandamiento. Era un pecado, no de negligencia, sino de presunción.

Se le sorprendió mientras lo cometía, y se le llevó ante Moisés. Ya se había declarado que la violación del sábado sería castigada de muerte; pero aun no se había revelado cómo debía ejecutarse la pena. Moisés presentó el caso al Señor, y se le dio la orden: “Irremisiblemente muera aquel hombre; apedréelo con piedras toda la congregación fuera del campo.” (Núm. 15: 35.) Los pecados de blasfemia y violación voluntaria del sábado recibieron el mismo castigo, pues eran ambos una expresión de menosprecio por la autoridad de Dios.

En nuestros días, muchos rechazan el sábado de la creación como si fuese una institución judaica, y alegan que si se lo ha de guardar debe aplicarse la pena capital por su violación; pero vemos que la blasfemia recibió el mismo castigo que la violación del sábado. ¿Hemos de concluir, por lo tanto, que el tercer mandamiento también se ha de poner a un lado como algo que se aplica solamente a los judíos? Sin embargo, el argumento que se basa en la pena de muerte, es tan aplicable al tercer mandamiento, al quinto, o a casi todos los diez mandamientos, como al cuarto. Aunque Dios no castigue la transgresión de su ley con penas temporales, su Palabra declara que la paga del pecado es la muerte; y en la ejecución final del juicio se descubrirá que la muerte es el destino de los transgresores de su santa ley.

Durante los cuarenta años que los israelitas permanecieron en el desierto, el milagro del maná les recordó cada semana la obligación sagrada del sábado. Sin embargo, ni aun esto les inducía a obedecer. Aunque no se atrevían a cometer transgresiones tan osadas como la que recibiera tan señalado castigo, eran sin embargo muy negligentes en la observancia del cuarto mandamiento. Dios declara por medio de su profeta: “Mis sábados profanaron en gran manera.” (Véase Eze. 20: 13- 24.) esto se enumeró entre los motivos por los cuales se excluía a la primera generación de la tierra prometida. Pero sus hijos no aprendieron la lección. Tal fue su negligencia del sábado durante los cuarenta años de peregrinaciones, que a pesar de que Dios no les impidió entrar en Canaán, declaró que serían diseminados entre los paganos después de establecerse en la tierra prometida.

De Cades los hijos de Israel habían regresado al desierto; y una vez terminada su estada allí, “llegaron…toda la congregación, al desierto de Zin, en el mes primero, y asentó el pueblo en Cades.” (Núm. 20: 1.) Allí murió y fue sepultada María. Tal fue la suerte de los millones que con grandes esperanzas salieron de Egipto. De la escena de regocijo a orillas del mar Rojo, cuando Israel salió con cantos y danzas a celebrar el triunfo de Jehová, llegaron a la sepultura del desierto, fin de toda una vida de peregrinación. El pecado había arrebatado de sus labios la copa de la bendición. ¿Aprendería la próxima generación la lección?

“Con todo esto pecaron aún, y no dieron crédito a sus maravillas. . . . Si los mataba, entonces buscaban a Dios; entonces se volvían solícitos en busca suya. Y acordábanse que Dios era su refugio, y el Dios Alto su redentor.” Pero no se volvían a Dios con un propósito sincero. Aunque al verse atacados y amenazados por sus enemigos, pedían la ayuda del único que podía librarlos, “sus corazones no eran rectos con él, ni estuvieron firmes en su pacto. Empero él misericordioso, perdonaba la maldad, y no los destruía: y abundó para apartar su ira. . . Y acordóse que eran carne; soplo que va y no vuelve”

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29 de junio 2015

Young man
Lectura para hoy:
Números 18, 19
Patriarcas y Profetas p. 430-431

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Números 18 (RVR1960) – Sostenimiento de sacerdotes y levitas
1 Jehová dijo a Aarón: Tú y tus hijos, y la casa de tu padre contigo, llevaréis el pecado del santuario; y tú y tus hijos contigo llevaréis el pecado de vuestro sacerdocio. 2 Y a tus hermanos también, la tribu de Leví, la tribu de tu padre, haz que se acerquen a ti y se junten contigo, y te servirán; y tú y tus hijos contigo serviréis delante del tabernáculo del testimonio. 3 Y guardarán lo que tú ordenes, y el cargo de todo el tabernáculo; mas no se acercarán a los utensilios santos ni al altar, para que no mueran ellos y vosotros.

4 Se juntarán, pues, contigo, y tendrán el cargo del tabernáculo de reunión en todo el servicio del tabernáculo; ningún extraño se ha de acercar a vosotros. 5 Y tendréis el cuidado del santuario, y el cuidado del altar, para que no venga más la ira sobre los hijos de Israel. 6 Porque he aquí, yo he tomado a vuestros hermanos los levitas de entre los hijos de Israel, dados a vosotros en don de Jehová, para que sirvan en el ministerio del tabernáculo de reunión. 7 Mas tú y tus hijos contigo guardaréis vuestro sacerdocio en todo lo relacionado con el altar, y del velo adentro, y ministraréis. Yo os he dado en don el servicio de vuestro sacerdocio; y el extraño que se acercare, morirá.

8 Dijo más Jehová a Aarón: He aquí yo te he dado también el cuidado de mis ofrendas; todas las cosas consagradas de los hijos de Israel te he dado por razón de la unción, y a tus hijos, por estatuto perpetuo. 9 Esto será tuyo de la ofrenda de las cosas santas, reservadas del fuego; toda ofrenda de ellos, todo presente suyo, y toda expiación por el pecado de ellos, y toda expiación por la culpa de ellos, que me han de presentar, será cosa muy santa para ti y para tus hijos. 10 En el santuario la comerás; todo varón comerá de ella; cosa santa será para ti. 11 Esto también será tuyo: la ofrenda elevada de sus dones, y todas las ofrendas mecidas de los hijos de Israel, he dado a ti y a tus hijos y a tus hijas contigo, por estatuto perpetuo; todo limpio en tu casa comerá de ellas.

12 De aceite, de mosto y de trigo, todo lo más escogido, las primicias de ello, que presentarán a Jehová, para ti las he dado. 13 Las primicias de todas las cosas de la tierra de ellos, las cuales traerán a Jehová, serán tuyas; todo limpio en tu casa comerá de ellas. 14 Todo lo consagrado por voto en Israel será tuyo.

15 Todo lo que abre matriz, de toda carne que ofrecerán a Jehová, así de hombres como de animales, será tuyo; pero harás que se redima el primogénito del hombre; también harás redimir el primogénito de animal inmundo. 16 De un mes harás efectuar el rescate de ellos, conforme a tu estimación, por el precio de cinco siclos, conforme al siclo del santuario, que es de veinte geras. 17 Mas el primogénito de vaca, el primogénito de oveja y el primogénito de cabra, no redimirás; santificados son; la sangre de ellos rociarás sobre el altar, y quemarás la grosura de ellos, ofrenda encendida en olor grato a Jehová. 18 Y la carne de ellos será tuya; como el pecho de la ofrenda mecida y como la espaldilla derecha, será tuya.

19 Todas las ofrendas elevadas de las cosas santas, que los hijos de Israel ofrecieren a Jehová, las he dado para ti, y para tus hijos y para tus hijas contigo, por estatuto perpetuo; pacto de sal perpetuo es delante de Jehová para ti y para tu descendencia contigo. 20 Y Jehová dijo a Aarón: De la tierra de ellos no tendrás heredad, ni entre ellos tendrás parte. Yo soy tu parte y tu heredad en medio de los hijos de Israel.

21 Y he aquí yo he dado a los hijos de Leví todos los diezmos en Israel por heredad, por su ministerio, por cuanto ellos sirven en el ministerio del tabernáculo de reunión. 22 Y no se acercarán más los hijos de Israel al tabernáculo de reunión, para que no lleven pecado por el cual mueran. 23 Mas los levitas harán el servicio del tabernáculo de reunión, y ellos llevarán su iniquidad; estatuto perpetuo para vuestros descendientes; y no poseerán heredad entre los hijos de Israel. 24 Porque a los levitas he dado por heredad los diezmos de los hijos de Israel, que ofrecerán a Jehová en ofrenda; por lo cual les he dicho: Entre los hijos de Israel no poseerán heredad.

25 Y habló Jehová a Moisés, diciendo: 26 Así hablarás a los levitas, y les dirás: Cuando toméis de los hijos de Israel los diezmos que os he dado de ellos por vuestra heredad, vosotros presentaréis de ellos en ofrenda mecida a Jehová el diezmo de los diezmos. 27 Y se os contará vuestra ofrenda como grano de la era, y como producto del lagar. 28 Así ofreceréis también vosotros ofrenda a Jehová de todos vuestros diezmos que recibáis de los hijos de Israel; y daréis de ellos la ofrenda de Jehová al sacerdote Aarón. 29 De todos vuestros dones ofreceréis toda ofrenda a Jehová; de todo lo mejor de ellos ofreceréis la porción que ha de ser consagrada. 30 Y les dirás: Cuando ofreciereis lo mejor de ellos, será contado a los levitas como producto de la era, y como producto del lagar.

31 Y lo comeréis en cualquier lugar, vosotros y vuestras familias; pues es vuestra remuneración por vuestro ministerio en el tabernáculo de reunión. 32 Y no llevaréis pecado por ello, cuando hubiereis ofrecido la mejor parte de él; y no contaminaréis las cosas santas de los hijos de Israel, y no moriréis.

Números 19 (RVR1960) – La purificación de los inmundos
1 Jehová habló a Moisés y a Aarón, diciendo: 2 Esta es la ordenanza de la ley que Jehová ha prescrito, diciendo: Di a los hijos de Israel que te traigan una vaca alazana, perfecta, en la cual no haya falta, sobre la cual no se haya puesto yugo; 3 y la daréis a Eleazar el sacerdote, y él la sacará fuera del campamento, y la hará degollar en su presencia. 4 Y Eleazar el sacerdote tomará de la sangre con su dedo, y rociará hacia la parte delantera del tabernáculo de reunión con la sangre de ella siete veces; 5 y hará quemar la vaca ante sus ojos; su cuero y su carne y su sangre, con su estiércol, hará quemar.

6 Luego tomará el sacerdote madera de cedro, e hisopo, y escarlata, y lo echará en medio del fuego en que arde la vaca. 7 El sacerdote lavará luego sus vestidos, lavará también su cuerpo con agua, y después entrará en el campamento; y será inmundo el sacerdote hasta la noche. 8 Asimismo el que la quemó lavará sus vestidos en agua, también lavará en agua su cuerpo, y será inmundo hasta la noche. 9 Y un hombre limpio recogerá las cenizas de la vaca y las pondrá fuera del campamento en lugar limpio, y las guardará la congregación de los hijos de Israel para el agua de purificación; es una expiación. 10 Y el que recogió las cenizas de la vaca lavará sus vestidos, y será inmundo hasta la noche; y será estatuto perpetuo para los hijos de Israel, y para el extranjero que mora entre ellos.

11 El que tocare cadáver de cualquier persona será inmundo siete días. 12 Al tercer día se purificará con aquella agua, y al séptimo día será limpio; y si al tercer día no se purificare, no será limpio al séptimo día. 13 Todo aquel que tocare cadáver de cualquier persona, y no se purificare, el tabernáculo de Jehová contaminó, y aquella persona será cortada de Israel; por cuanto el agua de la purificación no fue rociada sobre él, inmundo será, y su inmundicia será sobre él. 14 Esta es la ley para cuando alguno muera en la tienda: cualquiera que entre en la tienda, y todo el que esté en ella, será inmundo siete días.  15 Y toda vasija abierta, cuya tapa no esté bien ajustada, será inmunda; 16 y cualquiera que tocare algún muerto a espada sobre la faz del campo, o algún cadáver, o hueso humano, o sepulcro, siete días será inmundo.

17 Y para el inmundo tomarán de la ceniza de la vaca quemada de la expiación, y echarán sobre ella agua corriente en un recipiente; 18 y un hombre limpio tomará hisopo, y lo mojará en el agua, y rociará sobre la tienda, sobre todos los muebles, sobre las personas que allí estuvieren, y sobre aquel que hubiere tocado el hueso, o el asesinado, o el muerto, o el sepulcro. 19 Y el limpio rociará sobre el inmundo al tercero y al séptimo día; y cuando lo haya purificado al día séptimo, él lavará luego sus vestidos, y a sí mismo se lavará con agua, y será limpio a la noche.

20 Y el que fuere inmundo, y no se purificare, la tal persona será cortada de entre la congregación, por cuanto contaminó el tabernáculo de Jehová; no fue rociada sobre él el agua de la purificación; es inmundo. 21 Les será estatuto perpetuo; también el que rociare el agua de la purificación lavará sus vestidos; y el que tocare el agua de la purificación será inmundo hasta la noche. 22 Y todo lo que el inmundo tocare, será inmundo; y la persona que lo tocare será inmunda hasta la noche.

Patriarcas y Profetas p. 430-431

Capítulo 36 – En el Desierto
Durante casi cuarenta años los hijos de Israel se pierden de vista en la obscuridad del desierto. “Y los días —dice Moisés— que anduvimos de Cades-barnea hasta que pasamos el arroyo de Zered, fueron treinta y ocho años; hasta que se acabó toda la generación de los hombres de guerra de en medio del campo, como Jehová les había jurado. Y también la mano de Jehová fue sobre ellos para destruirlos de en medio del campo, hasta acabarlos.” (Deut. 2: 14, 15.)

Durante todos estos años se le recordó constantemente al pueblo que estaba bajo la reprensión divina. En la rebelión de Cades había rechazado a Dios y por el momento Dios lo había rechazado. Puesto que los israelitas habían sido infieles a su pacto, no debían recibir la señal de él, o sea el rito de la circuncisión. Su deseo de regresar a la tierra de su esclavitud había demostrado que eran indignos de la libertad, y por consiguiente, no se había de observar la Pascua, instituida para conmemorar su liberación de la esclavitud.

No obstante, el hecho de que subsistía el servicio del tabernáculo atestiguaba que Dios no había abandonado totalmente a su pueblo. Su providencia seguía supliendo sus necesidades. “Jehová tu Dios te ha bendecido en toda obra de tus manos dijo Moisés, al repasar la historia de su peregrinaje: —él sabe que andas por este gran desierto; estos cuarenta años Jehová fue contigo; y ninguna cosa te ha faltado.” (Vers. 2.) Y el himno de los levitas, conservado por Nehemías, describe vívidamente el cuidado de Dios por Israel, aun durante aquellos años cuando estaban desechados y desterrados: “Tú, con todo, por tus muchas misericordias no los abandonaste en el desierto: la columna de nube no se apartó de ellos de día, para guiarlos por el camino, ni la columna de fuego de noche, para alumbrarles el camino por el cual habían de ir. Y diste tu Espíritu bueno para enseñarlos, y no retiraste tu maná de su boca, y agua les diste en su sed. Y sustentástelos cuarenta años en el desierto; de ninguna cosa tuvieron necesidad: sus vestidos no se envejecieron, ni se hincharon sus pies.” (Neh. 9: 19-21.)

Las peregrinaciones por el desierto fueron ordenadas no solamente como castigo para los rebeldes y murmuradores, sino que habían de servir también como disciplina para la nueva generación que se iba desarrollando, a fin de prepararla para su entrada en la tierra prometida. Moisés le dijo: “Como castiga el hombre a su hijo, así Jehová tu Dios te castiga,” “para afligirte, por probarte, para saber lo que estaba en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos. Y te afligió, e hízote tener hambre, y te sustentó con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres la habían conocido; para hacerte saber que el hombre no vivirá de sólo pan, mas de toda palabra que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre.” (Deut. 8: 5, 2, 3.) “Hallólo en tierra de desierto, y en desierto horrible y yermo; trájolo alrededor, instruyólo, gardólo como la niña de su ojo.” “En toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz los salvó: en su amor y en su clemencia los redimió, y los trajo, y los levantó todos los días del siglo.” (Deut. 32: 10; Isa. 63: 9.)

No obstante, los únicos anales que tenemos de su vida en el desierto presentan ejemplos de rebelión contra Dios. La rebelión de Coré resultó en la destrucción de catorce mil israelitas. Y hubo casos aislados reveladores del mismo espíritu de menosprecio por la autoridad divina. En cierta ocasión el hijo de una israelita y un egipcio, uno de los miembros del populacho mixto que había salido de Egipto con Israel, abandonando la parte del campamento que le era asignada, entró en la de los israelitas y aseveró tener derecho a levantar su tienda allí. La ley divina se lo prohibía, pues los descendientes de un egipcio estaban excluidos de la congregación hasta la tercera generación. Se entabló una disputa entre él y un israelita, y habiéndose presentado el asunto a los jueces, el fallo fue adverso al transgresor.

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28 de junio 2015

Almedro
Lectura para hoy:
Patriarcas y Profetas p. 426-429

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Se vio una manifestación de la gloria divina en la nube sobre el tabernáculo y salió de la nube una voz que habló a Moisés y a Aarón, diciendo: “Apartaos de en medio de esta congregación, y consumirélos en un momento.”

No había culpabilidad de pecado en Moisés. Por tanto, no temió ni se apresuró a irse para dejar que la congregación pereciera. Moisés se demoró y con ello manifestó en esta temible crisis el verdadero interés del pastor por el rebaño confiado a su cuidado. Rogó para que la ira de Dios no destruyera totalmente al pueblo por él, escogido. Su intercesión impidió que el brazo de la venganza acabara completamente con el desobediente y rebelde pueblo de Israel.

Pero el ángel de la ira había salido; la plaga estaba haciendo su obra de exterminio. Atendiendo a la orden de su hermano, Aarón tomó un incensario, y con él se dirigió apresuradamente al medio de la congregación, “e hizo expiación por el pueblo.” “Y púsose entre los muertos y los vivos.” Mientras subía el humo de incienso, también se elevaban a Dios las oraciones de Moisés en el tabernáculo, y la plaga se detuvo; pero no antes que catorce mil israelitas yacieran muertos, como evidencia de la culpabilidad que entraña la murmuración y la rebelión.

Pero se dio otra prueba de que el sacerdocio se había instituido en la familia de Aarón. Por orden divina cada tribu preparó una vara, y escribió su nombre en ella. El nombre de Aarón estaba en la de Leví. Las varas fueron colocadas en el tabernáculo, “delante del testimonio” (Véase Números 17). El florecimiento de cualquier vara indicaría que Dios había escogido a esa tribu para el sacerdocio. A la mañana siguiente aconteció que … vino Moisés al tabernáculo del testimonio; y he aquí que la vara de Aarón de la casa de Leví había brotado, y echado flores, y arrojado renuevos, y producido almendras.” Fue mostrada al pueblo, y colocada después en el tabernáculo como testimonio para las generaciones venideras. El milagro decidió definitivamente el asunto del sacerdocio. Quedó plenamente probado que Moisés y Aarón habían hablado por autoridad divina; y el pueblo se vio obligado a creer la desagradable verdad de que había de morir en el desierto. “He aquí nosotros somos muertos — dijeron,— perdidos somos, todos nosotros somos perdidos.” Confesaron que habían pecado al rebelarse contra sus jefes, y que Coré y sus coasociados habían recibido de Dios un castigo justo.

En la rebelión de Coré se ve en pequeña escala el desarrollo del espíritu que llevó a Satanás a rebelarse en el cielo. El orgullo y la ambición indujeron a Lucifer a quejarse contra el gobierno de Dios, y a procurar derrocar el orden que había sido establecido en el cielo. Desde su caída se ha propuesto inculcar el mismo espíritu de envidia y descontento, la misma ambición de cargos y honores en las mentes humanas. Así obró en el ánimo de Coré, Datán y Abiram, para hacerles desear ser enaltecidos, y para incitar en ellos envidia, desconfianza y rebelión. Satanás les hizo rechazar a Dios como su jefe, al inducirles a desechar a los hombres escogidos por el Señor. No obstante, mientras que, murmurando contra Moisés y Aarón, blasfemaban contra Dios, se hallaban tan seducidos que se creían justos, y consideraban a los que habían reprendido fielmente su pecado como inspirados por Satanás.

¿No subsisten aún los mismos males básicos que ocasionaron la ruina de Coré? Abundan el orgullo y la ambición y cuando se abrigan estas tendencias, abren la puerta a la envidia y la lucha por la supremacía; el alma se aparta de Dios, e inconscientemente es arrastrada a las filas de Satanás. Como Coré y sus compañeros, muchos son hoy, aun entre quienes profesan ser seguidores de Cristo, los que piensan, hacen planes y trabajan tan anhelosamente por su propia exaltación, que para ganar la simpatía y el apoyo del pueblo, están dispuestos a tergiversar la verdad, a calumniar y hablar mal de los siervos del Señor, aun a atribuirles los motivos bajos y ambiciosos que animan su propio corazón. A fuerza de reiterar la mentira, y eso contra toda evidencia, llegan finalmente a creer que es la verdad. Mientras procuran destruir la confianza del pueblo en los hombres designados por Dios, creen estar realmente ocupados en una buena obra y prestando servicio a Dios.

Los hebreos no querían someterse a la dirección y a las restricciones del Señor. Estas los dejaban inquietos, y no querían recibir reprensiones. Tal era el secreto de las murmuraciones de ellos contra Moisés. Si se les hubiera dejado hacer su voluntad, habría habido menos quejas contra su jefe. A través de toda la historia de la iglesia, los siervos de Dios han tenido que arrostrar el mismo espíritu.

Al ceder al pecado, los hombres dan a Satanás acceso a sus mentes, y avanzan de una etapa de la maldad a otra. Al rechazar la luz, la mente se obscurece y el corazón se endurece de tal manera que les resulta más fácil dar el siguiente paso en el pecado y rechazar una luz aun más clara, hasta que por fin sus hábitos de hacer el mal se hacen permanentes. El pecado pierde para ellos su carácter inicuo. El que predica fielmente la Palabra de Dios y así condena a los pecados de ellos, es con demasiada frecuencia el objeto directo de su odio. No queriendo soportar el dolor y el sacrificio necesarios para reformarse, se vuelven contra los siervos del Señor, y denuncian sus reprensiones como intempestivas y severas. Como Coré, declaran que el pueblo no tiene culpa; quien lo reprende es causa de toda la dificultad. Y aplacando su conciencia con este engaño, los celosos y desconformes se combinan para sembrar la discordia en la iglesia y debilitar las manos de los que quieren engrandecerla. Todo progreso alcanzado por aquellos a quienes Dios llamó a dirigir su obra, despertó sospechas; cada una de sus acciones fue falseada por críticos celosos. Así fue en tiempo de Lutero, Wesley y otros reformadores, y así sucede hoy.

Coré no hubiera tomado el camino que siguió si hubiera sabido que todas las instrucciones y reprensiones comunicadas a Israel venían de Dios. Pero podría haberlo sabido. Dios había dado evidencias abrumadoras de que dirigía a Israel.  Pero Coré y sus compañeros rechazaron la luz hasta quedar tan ciegos que las manifestaciones más señaladas de su poder no bastaban ya para convencerlos. Las atribuían todas a instrumentos humanos o satánicos. Lo mismo hicieron los que, al día siguiente después de la destrucción de Coré y sus asociados, fueron a Moisés y Aarón y les dijeron: “Vosotros habéis muerto al pueblo de Jehová.” A pesar de que en la destrucción de los hombres que los sedujeron, habían recibido las indicaciones más convincentes de cuánto desagradaba a Dios el camino que llevaban, se atrevieron a atribuir sus juicios a Satanás, declarando que por el poder de éste Moisés y Aarón habían hecho morir hombres buenos y santos.

Este acto selló su perdición. Habían cometido el pecado contra el Espíritu Santo, pecado que endurece definitivamente el corazón del hombre contra la influencia de la gracia divina. “Cualquiera que hablare contra el Hijo del hombre, le será perdonado: mas cualquiera que hablare contra el Espíritu Santo, no le será perdonado” (Mat. 12: 32), dijo nuestro Salvador cuando las obras de gracia que había realizado en virtud del poder de Dios fueron atribuidas por los judíos a Belcebú. Por medio del Espíritu Santo es cómo Dios se comunica con el hombre; y los que rechazan deliberadamente este instrumento, considerándolo satánico, han cortado el medio de comunicación entre el alma y el Cielo.

Por la manifestación de su Espíritu, Dios obra para reprender y convencer al pecador; y si se rechaza finalmente la obra del Espíritu, nada queda ya que Dios pueda hacer por el alma. Se empleó el último recurso de la misericordia divina. El transgresor se aisló totalmente de Dios; y el pecado no tiene ya cura. No hay ya reserva de poder mediante la cual Dios pueda obrar para convencer y convertir al pecador. “Déjalo” (Ose. 4: 17), es la orden divina. Entonces “ya no queda sacrificio por el pecado, sino una horrenda esperanza de juicio, y hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios.” (Heb. 10: 26, 27.)

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27 de junio 2015

Broken

Lectura para hoy:
Patriarcas y Profetas p. 423-425

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Al día siguiente, los doscientos cincuenta príncipes, encabezados por Coré, se presentaron con sus incensarios. Se los hizo entrar en el atrio del tabernáculo, mientras el pueblo se reunía afuera, para esperar el resultado. No fue Moisés quien reunió la congregación para presenciar la derrota de Coré y su compañía, sino que los rebeldes, en su presunción ciega, la convocaron para que todos fuesen testigos de su victoria. Gran parte de la congregación se puso abiertamente de parte de Coré, cuyas esperanzas de realizar su propósito contra Aarón eran grandes.

Cuando estaban todos así reunidos delante de Dios, “la gloria de Jehová apareció a toda la congregación.” Moisés y Aarón recibieron esta divina advertencia: “Apartaos de entre esta congregación, y consumirlos he en un momento.” Pero ellos se postraron de hinojos y rogaron: “Dios, Dios de los espíritus de toda carne, ¿no es un hombre el que pecó? ¿y airarte has tú contra toda la congregación?”

Coré se había retirado de la asamblea, para unirse a Datan y a Abiram, cuando Moisés, acompañado por los setenta ancianos, bajó para dar la última advertencia a los hombres que se habían negado a comparecer ante él. Como multitudes los seguían, antes de pronunciar su mensaje, Moisés ordenó al pueblo por instrucción divina: “Apartaos ahora de las tiendas de estos impíos hombres, y no toquéis ninguna cosa suya, porque no perezcáis en todos sus pecados.” La advertencia fue obedecida, porque se apoderó de todos la aprensión de que iba a caer un castigo. Los rebeldes principales se vieron abandonados por aquellos a quienes habían engañado, pero su osadía no disminuyó. Se quedaron de pie con sus familias a las puertas de sus tiendas, como desafiando la advertencia divina.

Entonces Moisés declaró, en el nombre del Dios de Israel, a oídos de la congregación: “En esto conoceréis que Jehová me ha enviado para que hiciese todas estas cosas; que no de mi corazón las hice. Si como mueren todos los hombres murieren éstos, o si fueren ellos visitados a la manera de todos los hombres, Jehová no me envió. Mas si Jehová hiciese una nueva cosa, y la tierra abriere su boca, y los tragare con todas sus cosas, y descendieron vivos al abismo, entonces conoceréis que estos hombres irritaron a Jehová.”

De pie, llenos de terror y expectación, en espera del acontecimiento, todos los israelitas fijaron los ojos en Moisés. Cuando terminó de hablar, la tierra sólida se partió, y los rebeldes cayeron vivos al abismo, con todo lo que les pertenecía, “y perecieron de en medio de la congregación.” El pueblo huyó, sintiéndose condenado como copartícipe del pecado.

Pero el castigo no terminó en eso. Un fuego que fulguró de la nube alcanzó a los doscientos cincuenta príncipes que habían ofrecido incienso, y los consumió. Estos hombres, que no habían sido los primeros en rebelarse, no fueron destruidos con los conspiradores principales. Se les dio oportunidad de ver el fin de ellos, y de arrepentirse; pero sus simpatías estaban con los rebeldes, y compartieron su suerte.

Mientras Moisés suplicaba a Israel que huyera de la destrucción inminente, todavía podría haberse evitado el castigo divino, si Coré y sus asociados se hubiesen arrepentido y hubiesen pedido perdón. Pero su terca persistencia selló su perdición. La congregación entera compartía su culpa, pues todos, cual más, cual menos, habían simpatizado con ellos. Sin embargo, en su gran misericordia Dios distinguió entre los jefes rebeldes y aquellos a quienes habían inducido a la rebelión. Al pueblo que se había dejado engañar se le dio plazo para que se arrepintiera. Había tenido una evidencia abrumadora de que los rebeldes erraban y de que Moisés estaba en lo justo. La señalada manifestación del poder de Dios había eliminado toda incertidumbre.

Jesús, el Ángel que iba delante de los hebreos, trató de salvarlos de la destrucción. Se prolongó el plazo para obtener perdón. El juicio de Dios había venido muy cerca, y los exhortó a arrepentirse. Una intervención especial e irresistible del Cielo había detenido la rebelión de ellos. Si querían responder a la intervención de la providencia de Dios, podían salvarse. Pero aunque huyeron de los juicios, por temor a la destrucción, su rebelión no fue curada. Regresaron a sus tiendas aquella noche, horrorizados, pero no arrepentidos.

Tanto los había lisonjeado Coré y sus asociados, que se creyeron realmente muy buenos, y que habían sido perjudicados y maltratados por Moisés. Si llegaban a admitir que Coré y sus compañeros estaban equivocados, y que Moisés estaba en lo justo, entonces se verían obligados a recibir como palabra de Dios la sentencia de que debían morir en el desierto. No querían someterse a esto, y procuraron creer que Moisés los había engañado. Habían acariciado la esperanza de que se estaba por establecer un nuevo orden de cosas, en el cual la alabanza reemplazarla a la reprensión, y el ocio y el bienestar a la ansiedad y la lucha. Los hombres que acababan de perecer habían pronunciado palabras de adulación, y habían profesado gran interés y amor por ellos, de modo que el pueblo concluyó que Coré y sus compañeros debieron ser buenos hombres, cuya destrucción Moisés había ocasionado por alguno u otro medio.

Es casi imposible a los hombres infligir a Dios mayor insulto que el que consiste en menospreciar y rechazar los instrumentos que él quiere emplear para salvarlos. No sólo habían hecho esto los israelitas, sino que hasta se habían propuesto dar muerte a Moisés y a Aarón. No obstante, no se percataban de la necesidad que tenían de pedir perdón a Dios por su grave pecado. No dedicaron aquella noche de gracia al arrepentimiento y la confesión, sino a idear alguna manera de resistir a las pruebas de que eran los mayores de los pecadores. Seguían albergando odio contra los hombres designados por Dios, y se preparaban para resistir la autoridad de ellos. Satanás estaba allí para pervertir su juicio, y llevarlos con los ojos vendados a la destrucción.

Todo Israel había huido alarmado cuando oyó el clamor de los pecadores condenados que descendían al abismo, y dijo: “No nos trague también la tierra.” Pero al “día siguiente toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón, diciendo: Vosotros habéis muerto al pueblo de Jehová.” Y estaba a punto de hacer violencia a sus fieles y abnegados jefes.

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26 de junio 2015

Loneliness
Lectura para hoy:
Patriarcas y Profetas p. 419-422

Escúchalo aquí.

Coré y sus compañeros en la conspiración habían sido favorecidos con manifestaciones especiales del poder y de la grandeza de Dios. Pertenecían al grupo que acompañó a Moisés en el ascenso al monte y presenció la gloria divina. Pero desde entonces habían cambiado. Habían albergado una tentación, ligera al principio, pero ella se había fortalecido al ser alentada, hasta que sus mentes quedaron dominadas por Satanás, y se aventuraron a emprender su obra de desafecto. Con la excusa de interesarse mucho en la prosperidad del pueblo comenzaron a susurrar su descontento el uno al otro, y luego a los jefes de Israel. Sus insinuaciones encontraron tan buena acogida que se aventuraron a ir más lejos, y por último, creyeron verdaderamente que los movía el celo por Dios.

Lograron conquistar a doscientos cincuenta príncipes, que eran hombres de mucho renombre en la congregación. Con estos poderosos e influyentes sostenedores se creyeron capaces de efectuar un cambio radical en el gobierno, y de mejorar en gran manera la administración de Moisés y Aarón.

Los celos habían provocado la envidia; y la envidia, la rebelión. Tanto habían discutido el derecho de Moisés a su gran autoridad y honor, que llegaron a considerarlo como ocupante de un cargo envidiable que cualquiera de ellos podría desempeñar tan bien como él. Se convencieron erróneamente, a sí mismos y mutuamente, de que Moisés y Aarón habían asumido de por sí los puestos que ocupaban. Los descontentos decían que aquellos caudillos se habían exaltado a sí mismos por sobre la congregación del Señor, al investirse del sacerdocio y el gobierno, sin que la casa de ellos mereciese distinguirse por sobre las otras casas de Israel. No eran más santos que el pueblo, y debiera bastarles el estar equiparados a sus hermanos, quienes eran igualmente favorecidos con la presencia y protección especiales de Dios.

Los conspiradores trabajaron luego con el pueblo. A los que yerran y merecen reprensión, nada les agrada más que recibir simpatía y alabanza. Y así obtuvieron Coré y sus asociados la atención y el apoyo de la congregación. Declararon errónea la acusación de que las murmuraciones del pueblo habían atraído sobre él la ira de Dios. Dijeron que la congregación no era culpable, puesto que sólo había deseado aquello a lo cual tenia derecho; pero Moisés era un gobernante intolerante que había reprendido al pueblo como pecador, cuando era un pueblo santo, entre el cual se hallaba el Señor.

Coré reseñó la historia de su peregrinación por el desierto, donde se los había puesto en estrecheces, y muchos habían perecido a causa de su murmuración y de su desobediencia. Sus oyentes creyeron ver claramente que se habrían evitado sus dificultades si Moisés hubiera seguido una conducta distinta. Decidieron que todos sus desastres eran imputables a él, y que su exclusión de Canaán se debía por lo tanto a la mala administración  dirección de Moisés y Aarón; que si Coré fuese su adalid, y les animara, espaciándose en sus buenas acciones en vez de reprender sus pecados, realizarían un viaje apacible y próspero; en vez de errar de acá para allá en el desierto, procederían inmediatamente a la tierra prometida.

En esta obra de desafecto reinó entre los elementos discordantes de la congregación mayor unión y armonía que en cualquier momento anterior. El éxito de Coré con el pueblo aumentó su confianza, y confirmó su creencia de que si no se la reprimía la usurpación de la autoridad por Moisés resultaría fatal para las libertades de Israel; también alegaba que Dios le había revelado el asunto, y le había autorizado para cambiar el gobierno antes de que fuese demasiado tarde. Pero muchos no estaban dispuestos a aceptar las acusaciones de Coré contra Moisés. Recordaban la paciencia y las labores abnegadas de éste último y el recuerdo perturbaba su conciencia. Fue menester, en consecuencia, atribuir a algún motivo egoísta el profundo interés de Moisés por Israel; y se reiteró la vieja imputación de que los había sacado a perecer en el desierto a fin de apoderarse de sus bienes.

Por algún tiempo esta obra se llevó adelante secretamente. No obstante, tan pronto como el movimiento hubo adquirido suficiente fuerza como para permitir una franca ruptura, Coré se presentó a la cabeza de la facción, y públicamente acusó a Moisés y Aarón de usurpar una autoridad que Coré y sus asociados tenían derecho a compartir. Alegó, además, que el pueblo había sido privado de su libertad y de su independencia. “¡Mucho os arrogáis —dijeron los conspiradores,— ya que toda la Congregación, cada individuo de ella, es santo, y Jehová está en medio de ellos! ¿por qué pues os ensalzáis sobre la Asamblea de Jehová?” (Núm. 16:3, V.M.)  Moisés no había sospechado la existencia de tan arraigada maquinación y cuando comprendió su terrible significado, cayó postrado sobre su rostro en muda y fervorosa súplica a Dios.

Se levantó entristecido, pero sereno y fuerte. Había recibido instrucciones divinas. “Mañana —dijo— mostrará Jehová quien es suyo, y al santo harálo llegar a sí; y al que él escogiera, él lo allegará a sí.” (Véase Números 16.) La prueba había de postergarse hasta el día siguiente, a fin de dar a todos tiempo para reflexionar. Entonces los que aspiraban al sacerdocio habían de venir cada uno con un incensario y ofrecer incienso en el tabernáculo en presencia de la congregación. La ley decía explícitamente que sólo los que habían sido ordenados para el oficio sagrado debían oficiar en el santuario. Y aun los sacerdotes, Nadab y Abiú, habían perecido por haber despreciado el mandamiento divino y ofrecido “fuego extraño.” No obstante, Moisés desafió a sus acusadores a que refirieran el asunto a Dios, si osaban hacer una apelación tan peligrosa.

Hablando directamente a Coré y a sus coasociados levitas, Moisés dijo: “¿Os es poco que el Dios de Israel os haya apartado de la congregación de Israel, haciéndoos allegar a sí para que ministraseis en el servicio del tabernáculo de Jehová, y estuvieseis delante de la congregación para ministrarles? ¿Y que te hizo acercar a ti, y a todos tus hermanos los hijos de Leví contigo; para que procuréis también el sacerdocio? Por tanto, tú y todo tu séquito sois los que os juntáis contra Jehová: pues Aarón, ¿qué es para que contra él murmuréis?”

Datán y Abiram no habían asumido una actitud tan atrevida como la asumida por Coré; y Moisés, movido por la esperanza de que se hubieran dejado atraer por la conspiración sin haberse corrompido totalmente, los llamó a comparecer ante él, para oír las acusaciones que ellos tenían contra él. Pero no quisieron acudir, e insolentemente se negaron a reconocer su autoridad. Su contestación, pronunciada a oídos de la congregación, fue: “¿Es poco que nos hayas hecho venir de una tierra que destila leche y miel, para hacernos morir en el desierto, sino que también te enseñorees de nosotros imperiosamente? Ni tampoco nos has metido tú en tierra que fluya leche y miel, ni nos has dado heredades de tierras y viñas; ¿has de arrancar los ojos de estos hombres? No subiremos.”

Así aplicaron al escenario de su esclavitud las mismas palabras con que el Señor había descrito la herencia prometida. Acusaron a Moisés de simular estar actuando bajo la dirección divina para afianzar su autoridad; y declararon que ya no se someterían a ser dirigidos como ciegos, primero hacia Canaán, y luego hacia el desierto, como mejor convenía a sus propósitos ambiciosos. Así se le atribuyó al que había sido como un padre tierno y paciente pastor, el negrísimo carácter de tirano y usurpador. Se le imputó la exclusión de Canaán que el pueblo sufriera como castigo de sus propios pecados.

Era evidente que el pueblo simpatizaba con el partido desafecto; pero Moisés no hizo esfuerzo alguno para justificarse. En presencia de la congregación, apeló solemnemente a Dios como testigo de la pureza de sus motivos y la rectitud de su conducta, y le imploró que lo juzgase.

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25 de junio 2015

Blossom
Lectura para hoy:
Números 17
Patriarcas y Profetas p. 417, 418

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Números 17 (NTV) – La vara de Aarón brota
1 Entonces el Señor le dijo a Moisés: 2 «Diles a los israelitas que te traigan doce varas de madera, una por cada jefe de las tribus de los antepasados de Israel, y escribe el nombre de cada jefe en su propia vara. 3 Escribe el nombre de Aarón sobre la vara de la tribu de Leví, pues debe haber una vara por cada jefe de tribu patriarcal. 4 Coloca las varas en el tabernáculo delante del arca que contiene las tablas del pacto, donde me encuentro contigo. 5 Entonces, de la vara del hombre que yo elija saldrán brotes y finalmente pondré fin a las murmuraciones y a las quejas de este pueblo en contra de ustedes».

6 Así que Moisés dio las instrucciones al pueblo de Israel, y cada uno de los doce jefes de las tribus, incluido Aarón, llevó una vara a Moisés; 7 Entonces Moisés colocó las varas en la presencia del Señor en el tabernáculo del pacto. 8 Al día siguiente, cuando Moisés entró en el tabernáculo del pacto, encontró que la vara de Aarón, que representaba a la tribu de Leví, ¡había retoñado, echado brotes, florecido y producido almendras maduras!

9 Después que Moisés sacó todas las varas de la presencia del Señor, las mostró al pueblo y cada hombre tomó su propia vara. 10 Entonces el Señor le dijo a Moisés: «Pon la vara de Aarón permanentemente delante del arca del pacto para que sirva de advertencia a los rebeldes. Esto deberá poner fin a las quejas contra mí y evitará más muertes». 11 Y Moisés hizo lo que el Señor le ordenó. 12 Entonces el pueblo de Israel le dijo a Moisés: «¡Estamos perdidos! ¡Moriremos! ¡Estamos arruinados! 13 Cualquiera que tan siquiera se acerque al tabernáculo del Señor morirá. ¿Acaso estamos todos condenados a morir?».

Patriarcas y Profetas p. 417, 418

Capítulo 35
 – La Rebelión de Coré
Los castigos infligidos a los israelitas lograron por un tiempo refrenar su murmuración y su insubordinación, pero aun tenían el espíritu de rebelión en el corazón, y produjo al fin los más amargos frutos. Las rebeliones anteriores no habían pasado de ser meros tumultos populares, nacidos de los impulsos repentinos del populacho excitado; pero ahora como resultado de un propósito obstinado de derrocar la autoridad de los jefes nombrados por Dios mismo, se tramó una conspiración de hondas raíces y grandes alcances.

Coré, el instigador principal de este movimiento, era un levita de la familia de Coat y primo de Moisés. Era hombre capaz e influyente. Aunque designado para el servicio del tabernáculo, se había quedado desconforme de su cargo y aspiraba a la dignidad del sacerdocio. El otorgamiento a Aarón y a su familia del oficio sacerdotal, que había sido ejercido anteriormente por el primogénito de cada familia, había provocado celos y desafecto, y por algún tiempo Coré había estado resistiendo secretamente la autoridad de Moisés y de Aarón, aunque sin atreverse a cometer acto alguno de abierta rebelión. Por último, concibió el osado propósito de derrocar tanto la autoridad civil como la religiosa; y no dejó de encontrar simpatizantes. Cerca de las tiendas de Coré y de los coatitas, al sur del tabernáculo, acampaba la tribu de Rubén, y las tiendas de Datán y Abiram, dos príncipes de esa tribu, estaban cerca de la de Coré. Dichos príncipes concedieron fácilmente su apoyo al ambicioso proyecto. Alegaban que, siendo ellos descendientes del hijo mayor de Jacob, les correspondía la autoridad civil, y decidieron compartir con Coré los honores del sacerdocio.

El estado de ánimo que prevalecía en el pueblo favoreció en gran manera los fines de Coré. En la amargura de su desilusión revivieron sus dudas, celos y odios antiguos, y nuevamente se elevaron sus quejas contra su paciente caudillo. Continuamente se olvidaban los israelitas de que estaban sujetos a la dirección divina. No recordaban que el Ángel del pacto era su jefe invisible ni que, velada por la columna de nube, la presencia de Cristo iba delante de ellos, como tampoco que de él recibía Moisés todas sus instrucciones.

No querían someterse a la sentencia terrible de que todos ellos debían morir en el desierto, y en consecuencia estaban dispuestos a valerse de cualquier pretexto para creer que no era Dios, sino Moisés, quien los dirigía, y quien había pronunciado su condenación. Los mejores esfuerzos del hombre más manso de la tierra no lograron sofocar la insubordinación de ese pueblo; y aunque en sus filas quebrantadas y raleadas tenían a la vista las pruebas de cuánto había desagradado a Dios su perversidad anterior, no tomaron la lección a pecho. Otra vez fueron vencidos por la tentación.

La vida humilde de Moisés como pastor, había sido mucho más apacible y feliz que su puesto actual de jefe de aquella vasta asamblea de espíritus turbulentos. Sin embargo, Moisés no se atrevía a escoger. En lugar de un cayado de pastor se le había dado una vara de poder, que no podía deponer hasta que Dios le exonerase. 

El que lee los secretos de todos los corazones había observado los propósitos de Coré y de sus compañeros, y había dado a su pueblo suficientes advertencias e instrucciones para permitirle eludir la seducción de estos conspiradores. Los israelitas habían visto el castigo de Dios caer sobre María por sus celos y sus quejas contra Moisés. El Señor había declarado que Moisés era más que profeta. “Boca a boca hablaré con él,” había dicho, y había agregado: “¿Por qué pues no tuvisteis temor de hablar contra mi siervo Moisés?” (Núm. 12: 8.) Estas eran instrucciones que no iban dirigidas  solamente a Aarón y a María, sino también a todo Israel.

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24 de junio 2015

Death
Lectura para hoy:
Números 15, 16

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Números 15 (RVR1960) – Leyes sobre las ofrendas
1  Jehová habló a Moisés, diciendo: 2 Habla a los hijos de Israel, y diles: Cuando hayáis entrado en la tierra de vuestra habitación que yo os doy, 3 y hagáis ofrenda encendida a Jehová, holocausto, o sacrificio, por especial voto, o de vuestra voluntad, o para ofrecer en vuestras fiestas solemnes olor grato a Jehová, de vacas o de ovejas; 4 entonces el que presente su ofrenda a Jehová traerá como ofrenda la décima parte de un efa de flor de harina, amasada con la cuarta parte de un hin de aceite.

5 De vino para la libación ofrecerás la cuarta parte de un hin, además del holocausto o del sacrificio, por cada cordero. 6 Por cada carnero harás ofrenda de dos décimas de flor de harina, amasada con la tercera parte de un hin de aceite; 7 y de vino para la libación ofrecerás la tercera parte de un hin, en olor grato a Jehová. 8 Cuando ofrecieres novillo en holocausto o sacrificio, por especial voto, o de paz a Jehová, 9 ofrecerás con el novillo una ofrenda de tres décimas de flor de harina, amasada con la mitad de un hin de aceite; 10 y de vino para la libación ofrecerás la mitad de un hin, en ofrenda encendida de olor grato a Jehová.

11 Así se hará con cada buey, o carnero, o cordero de las ovejas, o cabrito. 12 Conforme al número así haréis con cada uno, según el número de ellos. 13 Todo natural, harán estas cosas así, para ofrecer ofrenda encendida de olor grato a Jehová. 14 Y cuando habitare con vosotros extranjero, o cualquiera que estuviere entre vosotros por vuestras generaciones, si hiciere ofrenda encendida de olor grato a Jehová, como vosotros hiciereis, así hará él. 15 Un mismo estatuto tendréis vosotros de la congregación y el extranjero que con vosotros mora; será estatuto perpetuo por vuestras generaciones; como vosotros, así será el extranjero delante de Jehová. 16 Una misma ley y un mismo decreto tendréis, vosotros y el extranjero que con vosotros mora.

17 También habló Jehová a Moisés, diciendo: 18 Habla a los hijos de Israel, y diles: Cuando hayáis entrado en la tierra a la cual yo os llevo, 19 cuando comencéis a comer del pan de la tierra, ofreceréis ofrenda a Jehová. 20 De lo primero que amaséis, ofreceréis una torta en ofrenda; como la ofrenda de la era, así la ofreceréis. 21 De las primicias de vuestra masa daréis a Jehová ofrenda por vuestras generaciones. 22 Y cuando errareis, y no hiciereis todos estos mandamientos que Jehová ha dicho a Moisés, 23 todas las cosas que Jehová os ha mandado por medio de Moisés, desde el día que Jehová lo mandó, y en adelante por vuestras edades, 24 si el pecado fue hecho por yerro con ignorancia de la congregación, toda la congregación ofrecerá un novillo por holocausto en olor grato a Jehová, con su ofrenda y su libación conforme a la ley, y un macho cabrío en expiación.

25 Y el sacerdote hará expiación por toda la congregación de los hijos de Israel; y les será perdonado, porque yerro es; y ellos traerán sus ofrendas, ofrenda encendida a Jehová, y sus expiaciones delante de Jehová por sus yerros. 26 Y será perdonado a toda la congregación de los hijos de Israel, y al extranjero que mora entre ellos, por cuanto es yerro de todo el pueblo. 27 Si una persona pecare por yerro, ofrecerá una cabra de un año para expiación. 28 Y el sacerdote hará expiación por la persona que haya pecado por yerro; cuando pecare por yerro delante de Jehová, la reconciliará, y le será perdonado. 29 El nacido entre los hijos de Israel, y el extranjero que habitare entre ellos, una misma ley tendréis para el que hiciere algo por yerro. 30 Mas la persona que hiciere algo con soberbia, así el natural como el extranjero, ultraja a Jehová; esa persona será cortada de en medio de su pueblo. 31 Por cuanto tuvo en poco la palabra de Jehová, y menospreció su mandamiento, enteramente será cortada esa persona; su iniquidad caerá sobre ella.

Lapidación de un violador del día de reposo
32 Estando los hijos de Israel en el desierto, hallaron a un hombre que recogía leña en día de reposo. 33 Y los que le hallaron recogiendo leña, lo trajeron a Moisés y a Aarón, y a toda la congregación;  34 y lo pusieron en la cárcel, porque no estaba declarado qué se le había de hacer. 35 Y Jehová dijo a Moisés: Irremisiblemente muera aquel hombre; apedréelo toda la congregación fuera del campamento. 36 Entonces lo sacó la congregación fuera del campamento, y lo apedrearon, y murió, como Jehová mandó a Moisés.

Franjas en los vestidos
37 Y Jehová habló a Moisés, diciendo: 38 Habla a los hijos de Israel, y diles que se hagan franjas en los bordes de sus vestidos,por sus generaciones; y pongan en cada franja de los bordes un cordón de azul. 39 Y os servirá de franja, para que cuando lo veáis os acordéis de todos los mandamientos de Jehová, para ponerlos por obra; y no miréis en pos de vuestro corazón y de vuestros ojos, en pos de los cuales os prostituyáis. 40 Para que os acordéis, y hagáis todos mis mandamientos, y seáis santos a vuestro Dios. 41 Yo Jehová vuestro Dios, que os saqué de la tierra de Egipto, para ser vuestro Dios. Yo Jehová vuestro Dios.

Números 16 (RVR1960) – La rebelión de Coré
1  Coré hijo de Izhar, hijo de Coat, hijo de Leví, y Datán y Abiram hijos de Eliab, y On hijo de Pelet, de los hijos de Rubén, tomaron gente, 2 y se levantaron contra Moisés con doscientos cincuenta varones de los hijos de Israel, príncipes de la congregación, de los del consejo, varones de renombre. 3 Y se juntaron contra Moisés y Aarón y les dijeron: ¡Basta ya de vosotros! Porque toda la congregación, todos ellos son santos, y en medio de ellos está Jehová; ¿por qué, pues, os levantáis vosotros sobre la congregación de Jehová?

4 Cuando oyó esto Moisés, se postró sobre su rostro; 5 y habló a Coré y a todo su séquito, diciendo: Mañana mostrará Jehová quién es suyo, y quién es santo, y hará que se acerque a él; al que él escogiere, él lo acercará a sí. 6 Haced esto: tomaos incensarios, Coré y todo su séquito, 7 y poned fuego en ellos, y poned en ellos incienso delante de Jehová mañana; y el varón a quien Jehová escogiere, aquel será el santo; esto os baste, hijos de Leví.

8 Dijo más Moisés a Coré: Oíd ahora, hijos de Leví: 9 ¿Os es poco que el Dios de Israel os haya apartado de la congregación de Israel, acercándoos a él para que ministréis en el servicio del tabernáculo de Jehová, y estéis delante de la congregación para ministrarles, 10 y que te hizo acercar a ti, y a todos tus hermanos los hijos de Leví contigo? ¿Procuráis también el sacerdocio? 11 Por tanto, tú y todo tu séquito sois los que os juntáis contra Jehová; pues Aarón, ¿qué es, para que contra él murmuréis? 12 Y envió Moisés a llamar a Datán y Abiram, hijos de Eliab; mas ellos respondieron: No iremos allá. 13 ¿Es poco que nos hayas hecho venir de una tierra que destila leche y miel, para hacernos morir en el desierto, sino que también te enseñorees de nosotros imperiosamente? 14 Ni tampoco nos has metido tú en tierra que fluya leche y miel, ni nos has dado heredades de tierras y viñas. ¿Sacarás los ojos de estos hombres? No subiremos.

15 Entonces Moisés se enojó en gran manera, y dijo a Jehová: No mires a su ofrenda; ni aun un asno he tomado de ellos, ni a ninguno de ellos he hecho mal. 16 Después dijo Moisés a Coré: Tú y todo tu séquito, poneos mañana delante de Jehová; tú, y ellos, y Aarón; 17 y tomad cada uno su incensario y poned incienso en ellos, y acercaos delante de Jehová cada uno con su incensario, doscientos cincuenta incensarios; tú también, y Aarón, cada uno con su incensario. 18 Y tomó cada uno su incensario, y pusieron en ellos fuego, y echaron en ellos incienso, y se pusieron a la puerta del tabernáculo de reunión con Moisés y Aarón. 19 Ya Coré había hecho juntar contra ellos toda la congregación a la puerta del tabernáculo de reunión; entonces la gloria de Jehová apareció a toda la congregación.

20 Y Jehová habló a Moisés y a Aarón, diciendo: 21 Apartaos de entre esta congregación, y los consumiré en un momento. 22 Y ellos se postraron sobre sus rostros, y dijeron: Dios, Dios de los espíritus de toda carne, ¿no es un solo hombre el que pecó? ¿Por qué airarte contra toda la congregación? 23 Entonces Jehová habló a Moisés, diciendo:  24 Habla a la congregación y diles: Apartaos de en derredor de la tienda de Coré, Datán y Abiram. 25 Entonces Moisés se levantó y fue a Datán y a Abiram, y los ancianos de Israel fueron en pos de él. 26 Y él habló a la congregación, diciendo: Apartaos ahora de las tiendas de estos hombres impíos, y no toquéis ninguna cosa suya, para que no perezcáis en todos sus pecados. 27 Y se apartaron de las tiendas de Coré, de Datán y de Abiram en derredor; y Datán y Abiram salieron y se pusieron a las puertas de sus tiendas, con sus mujeres, sus hijos y sus pequeñuelos.

28 Y dijo Moisés: En esto conoceréis que Jehová me ha enviado para que hiciese todas estas cosas, y que no las hice de mi propia voluntad. 29 Si como mueren todos los hombres murieren éstos, o si ellos al ser visitados siguen la suerte de todos los hombres, Jehová no me envió. 30 Mas si Jehová hiciere algo nuevo, y la tierra abriere su boca y los tragare con todas sus cosas, y descendieren vivos al Seol, entonces conoceréis que estos hombres irritaron a Jehová. 31 Y aconteció que cuando cesó él de hablar todas estas palabras, se abrió la tierra que estaba debajo de ellos. 32 Abrió la tierra su boca, y los tragó a ellos, a sus casas, a todos los hombres de Coré, y a todos sus bienes. 33 Y ellos, con todo lo que tenían, descendieron vivos al Seol, y los cubrió la tierra, y perecieron de en medio de la congregación.

34 Y todo Israel, los que estaban en derredor de ellos, huyeron al grito de ellos; porque decían: No nos trague también la tierra. 35 También salió fuego de delante de Jehová, y consumió a los doscientos cincuenta hombres que ofrecían el incienso. 36 Entonces Jehová habló a Moisés, diciendo: 37 Di a Eleazar hijo del sacerdote Aarón, que tome los incensarios de en medio del incendio, y derrame más allá el fuego; porque son santificados 38 los incensarios de estos que pecaron contra sus almas; y harán de ellos planchas batidas para cubrir el altar; por cuanto ofrecieron con ellos delante de Jehová, son santificados, y serán como señal a los hijos de Israel.

39 Y el sacerdote Eleazar tomó los incensarios de bronce con que los quemados habían ofrecido; y los batieron para cubrir el altar, 40 en recuerdo para los hijos de Israel, de que ningún extraño que no sea de la descendencia de Aarón se acerque para ofrecer incienso delante de Jehová, para que no sea como Coré y como su séquito; según se lo dijo Jehová por medio de Moisés. 41 El día siguiente, toda la congregción de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón, diciendo: Vosotros habéis dado muerte al pueblo de Jehová. 42 Y aconteció que cuando se juntó la congregación contra Moisés y Aarón, miraron hacia el tabernáculo de reunión, y he aquí la nube lo había cubierto, y apareció la gloria de Jehová.

43 Y vinieron Moisés y Aarón delante del tabernáculo de reunión. 44 Y Jehová habló a Moisés, diciendo: 45 Apartaos de en medio de esta congregación, y los consumiré en un momento. Y ellos se postraron sobre sus rostros. 46 Y dijo Moisés a Aarón: Toma el incensario, y pon en él fuego del altar, y sobre él pon incienso, y ve pronto a la congregación, y haz expiación por ellos, porque el furor ha salido de la presencia de Jehová; la mortandad ha comenzado.  47 Entonces tomó Aarón el incensario, como Moisés dijo, y corrió en medio de la congregación; y he aquí que la mortandad había comenzado en el pueblo; y él puso incienso, e hizo expiación por el pueblo, 48 y se puso entre los muertos y los vivos; y cesó la mortandad. 49 Y los que murieron en aquella mortandad fueron catorce mil setecientos, sin los muertos por la rebelión de Coré. 50 Después volvió Aarón a Moisés a la puerta del tabernáculo de reunión, cuando la mortandad había cesado.

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