30 DE ABRIL 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 21:15-16; CS 309-310

Apocalipsis 21:15-16
15 El ángel que hablaba conmigo llevaba una caña de oro para medir la ciudad, sus puertas y su muralla. 16 La ciudad era cuadrada; medía lo mismo de largo que de ancho. El ángel midió la ciudad con la caña, y tenía dos mil doscientos kilómetros:[a] su longitud, su anchura y su altura eran iguales.

CS 309-310
La profunda oscuridad del día fue seguida, una o dos horas antes de la caída de la tarde, por un aclaramiento parcial del cielo, pues apareció el sol, aunque oscurecido por una neblina negra y densa. “Después de la puesta del sol, las nubes volvieron a apiñarse y oscureció muy pronto”. “La oscuridad de la noche no fue menos extraordinaria y terrorífica que la del día, pues no obstante ser casi tiempo de luna llena, ningún objeto se distinguía sin la ayuda de luz artificial, la cual vista de las casas vecinas u otros lugares distantes parecía pasar por una oscuridad como la de Egipto, casi impenetrable para sus rayos” (Isaiah Thomas, Massachusetts Spy; or American Oracle of Liberty, 25 de mayo, 1780, tomo 9, no 472). Un testigo ocular de la escena dice: “No pude sustraerme, en aquel momento, a la idea de que si todos los cuerpos luminosos del universo hubiesen quedado envueltos en impenetrable oscuridad, o hubiesen dejado de existir, las tinieblas no habrían podido ser más intensas” (Carta del Dr. S. Tenney, de Exeter, N. H., diciembre de 1785, Massachusetts Historical Society Collections, 1792, serie 1, tomo 1, p. 97). Aunque la luna llegó aquella noche a su plenitud, “no logró en lo más mínimo disipar las sombras sepulcrales”. Después de media noche desapareció la oscuridad, y cuando la luna volvió a verse, parecía de sangre.

El 19 de mayo de 1780 figura en la historia como “el día oscuro”. Desde el tiempo de Moisés, no se ha registrado jamás período alguno de oscuridad tan densa y de igual extensión y duración. La descripción de este acontecimiento que han hecho los historiadores no es más que un eco de las palabras del Señor, expresadas por el profeta Joel, dos mil quinientos años antes de su cumplimiento: “El sol se tornará en tinieblas, y la luna en sangre, antes de que venga el día grande y espantoso de Jehová”. Joel 2:31.

Cristo había mandado a sus discípulos que se fijasen en las señales de su advenimiento, y que se alegrasen cuando viesen las pruebas de que se acercaba. “Cuando estas cosas comenzaren a hacerse—dijo—, mirad, y levantad vuestras cabezas, porque vuestra redención está cerca”. Llamó la atención de sus discípulos a los árboles a punto de brotar en primavera, y dijo: “Cuando ya brotan, viéndolo, de vosotros mismos entendéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando viereis hacerse estas cosas, entended que está cerca el reino de Dios”. Lucas 21:28, 30, 31.

Pero a medida que el espíritu de humildad y piedad fue reemplazado en la iglesia por el orgullo y formalismo, se enfriaron el amor a Cristo y la fe en su venida. Absorbido por la mundanalidad y la búsqueda de placeres, el profeso pueblo de Dios fue quedando ciego y no vio las instrucciones del Señor referentes a las señales de su venida. La doctrina del segundo advenimiento había sido descuidada; los pasajes de las Sagradas Escrituras que a ella se refieren fueron oscurecidos por falsas interpretaciones, hasta quedar ignorados y olvidados casi por completo. Tal fue el caso especialmente en las iglesias de los Estados Unidos de Norteamérica.

La libertad y comodidad de que gozaban todas las clases de la sociedad, el deseo ambicioso de riquezas y lujo, que creaba una atención exclusiva a juntar dinero, la ardiente persecución de la popularidad y del poder, que parecían estar al alcance de todos, indujeron a los hombres a concentrar sus intereses y esperanzas en las cosas de esta vida, y a posponer para el lejano porvenir aquel solemne día en que el presente estado de cosas habrá de acabar.

Cuando el Salvador dirigió la atención de sus discípulos hacia las señales de su regreso, predijo el estado de apostasía que existiría precisamente antes de su segundo advenimiento. Habría, como en los días de Noé, actividad febril en los negocios mundanos y sed de placeres, y los seres humanos iban a comprar, vender, sembrar, edificar, casarse y darse en matrimonio, olvidándose entre tanto de Dios y de la vida futura. La amonestación de Cristo para los que vivieran en aquel tiempo es: “Mirad, pues, por vosotros mismos, no sea que vuestros corazones sean entorpecidos con la glotonería, y la embriaguez, y los cuidados de esta vida, y así os sobrevenga de improviso aquel día”. “Velad, pues, en todo tiempo, y orad, a fin de que logréis evitar todas estas cosas que van a suceder, y estar en pie delante del Hijo del hombre”. Lucas 21:34, 36 (VM).

La condición en que se hallaría entonces la iglesia está descrita en las palabras del Salvador en el Apocalipsis: “Tienes nombre que vives, y estás muerto”. Y a los que no quieren dejar su indolente descuido, se les dirige el solemne aviso: “Si no velares, vendré a ti como ladrón, y no sabrás en qué hora vendré a ti”. Apocalipsis 3:1,3.

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29 DE ABRIL 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 21:12-14; CS 307-308

Apocalipsis 21: 12-14
12  Una muralla grande y alta, y doce puertas custodiadas por doce ángeles, en la que estaban escritos los nombres de las doce tribus de Israel. 13  Tres puertas daban al este, tres al norte, tres al sur y tres al oeste. 14  La muralla de la ciudad tenía doce cimientos, en los que estaban los nombres de los doce apóstoles del Cordero.

CS 307-308
“La sacudida” del terremoto “fue seguida instantáneamente del hundimiento de todas las iglesias y conventos, de casi todos los grandes edificios públicos y más de la cuarta parte de las casas. Unas horas después estallaron en diferentes barrios incendios que se propagaron con tal violencia durante casi tres días que la ciudad quedó completamente destruida. El terremoto sobrevino en un día de fiesta en que las iglesias y conventos estaban llenos de gente, y escaparon muy pocas personas” (Encyclopaedia Americana, art. Lisboa, nota, ed. 1831). “El terror del pueblo era indescriptible. Nadie lloraba; el siniestro superaba la capacidad de derramar lágrimas. Todos corrían de un lado a otro, delirantes de horror y espanto, golpeándose la cara y el pecho, gritando: ‘¡Misericordia! ¡Llegó el fin del mundo!’ Las madres se olvidaban de sus hijos y corrían de un lado a otro llevando crucifijos. Desgraciadamente, muchos corrieron a refugiarse en las iglesias; pero en vano se expuso el sacramento; en vano aquella pobre gente abrazaba los altares; imágenes, sacerdotes y feligreses fueron envueltos en la misma ruina”. Se calcula que noventa mil personas perdieron la vida en aquel aciago día.

Veinticinco años después apareció la segunda señal mencionada en la profecía: el oscurecimiento del sol y de la luna. Lo que hacía esto aun más sorprendente, era la circunstancia de que el tiempo de su cumplimiento había sido indicado de un modo preciso. En su conversación con los discípulos en el Monte de los Olivos, después de describir el largo período de prueba por el que debía pasar la iglesia, es decir, los mil doscientos sesenta años de la persecución papal, acerca de los cuales había prometido que la tribulación sería acortada, el Salvador mencionó en las siguientes palabras ciertos acontecimientos que debían preceder su venida y fijó además el tiempo en que se realizaría el primero de estos: “En aquellos días, después de aquella aflicción, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor”. Marcos 13:24. Los 1.260 días, o años, terminaron en 1798. La persecución había concluido casi por completo desde hacía casi un cuarto de siglo. Después de esta persecución, según las palabras de Cristo, el sol debía oscurecerse. Pues bien, el 19 de mayo de 1780 se cumplió esta profecía.

“Único o casi único en su especie, por lo misterioso del hasta ahora inexplicado fenómeno que en él se verificó, […] fue el día oscuro del 19 de mayo de 1780, inexplicable oscurecimiento de todo el cielo visible y atmósfera de Nueva Inglaterra”. R. M. Devens, Our First Century, 89.

Un testigo ocular que vivía en Massachusetts describe el acontecimiento del modo siguiente: “Por la mañana salió el sol despejado, pero pronto se anubló. Las nubes fueron espesándose y del seno de la oscuridad que ostentaban brillaron relámpagos, se oyeron truenos y cayó un leve aguacero. A eso de las nueve, las nubes se atenuaron y, revistiendo un tinte cobrizo, demudaron el aspecto del suelo, peñas y árboles al punto que no parecían ser de nuestra tierra. A los pocos minutos, un denso nubarrón negro se extendió por todo el firmamento dejando tan solo un estrecho borde en el horizonte, y haciendo tan oscuro el día como suele serlo en verano a las nueve de la noche […].

“Temor, zozobra y terror se apoderaron gradualmente de los ánimos. Desde las puertas de sus casas, las mujeres contemplaban la lóbrega escena; los hombres volvían de las faenas del campo; el carpintero dejaba las herramientas, el herrero la fragua, el comerciante el mostrador. Los niños fueron despedidos de las escuelas y huyeron a sus casas llenos de miedo. Los caminantes hacían alto en la primera casa que encontraban. ¿Qué va a pasar? Preguntaban todos. No parecía sino que un huracán fuera a desatarse por toda la región, o que el día del juicio estuviera inminente.

“Hubo que prender velas, y la lumbre del hogar brillaba como en noche de otoño sin luna […]. Las aves se recogieron en sus gallineros, el ganado se juntó en sus encierros, las ranas cantaron, los pájaros entonaron sus melodías del anochecer, y los murciélagos se pusieron a revolotear. Solo el hombre sabía que no había llegado la noche […].

“El Dr. N. Whittaker, pastor de la Iglesia del Tabernáculo, en Salem, dirigió cultos en la sala de reuniones, y predicó un sermón en el cual sostuvo que la oscuridad era sobrenatural. Otras congregaciones también se reunieron en otros puntos. En todos los casos, los textos de los sermones improvisados fueron los que parecían indicar que la oscuridad concordaba con la profecía bíblica […]. La oscuridad alcanzó su mayor densidad poco después de las once” (The Essex Antiquarian, abril de 1899, tomo 3, no 4, pp. 53, 54). “En la mayor parte del país fue tanta la oscuridad durante el día, que la gente no podía decir qué hora era ni por el reloj de bolsillo ni por el de pared. Tampoco pudo comer, ni atender a los quehaceres de casa sin vela prendida”.

La extensión de esta oscuridad fue también muy notable. Se la observó al este hasta Falmouth, y al oeste, hasta la parte más lejana del estado de Connecticut y en la ciudad de Albany; hacia el sur fue observada a lo largo de toda la costa, y por el norte lo fue hasta donde se extendían las colonias americanas” (William Gordon, History of the Rise, Progress, and Establishment of the Independence of the USA, tomo 3, p. 57).

28 DE ABRIL 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 21:9-11; CS 305-306

Apocalipsis 21:9-11
Se acercó uno de los siete ángeles que tenían las siete copas llenas con las últimas siete plagas. Me habló así: «Ven, que te voy a presentar a la novia, la esposa del Cordero». 10 Me llevó en el Espíritu a una montaña grande y elevada, y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, procedente de Dios. 11 Resplandecía con la gloria de Dios, y su brillo era como el de una piedra preciosa, semejante a una piedra de jaspe transparente.

CS 305-306
Lutero declaró: “Estoy verdaderamente convencido de que el día del juicio no tardará más de trescientos años. Dios no quiere ni puede sufrir por más tiempo a este mundo malvado”. “Se acerca el gran día en que el reino de las abominaciones será derrocado”. Ibíd., 158, 134.

“Este viejo mundo no está lejos de su fin”, decía Melanchton. Calvino invita a los cristianos a “desear sin vacilar y con ardor el día de la venida de Cristo como el más propicio de todos los acontecimientos”, y declara que “toda la familia de los fieles no perderá de vista ese día”. “Debemos tener hambre de Cristo—dice— debemos buscarle, contemplarle hasta la aurora de aquel gran día en que nuestro Señor manifestará la gloria de su reino en su plenitud” (ibíd.).

“¿No llevó acaso nuestro Señor Jesús nuestra carne al cielo?— dice Knox, el reformador escocés—, ¿y no ha de regresar por ventura? Sabemos que volverá, y esto con prontitud”. Ridley y Látimer, que dieron su vida por la verdad, esperaban con fe la venida del Señor. Ridley escribió: “El mundo llega sin duda a su fin. Así lo creo y por eso lo digo. Clamemos del fondo de nuestros corazones a nuestro Salvador, Cristo, con Juan el siervo de Dios: Ven, Señor Jesús, ven”. Ibíd., 151, 145.

“El pensar en la venida del Señor—decía Baxter—es dulce en extremo para mí y me llena de alegría”. “Es obra de fe y un rasgo característico de sus santos desear con ansia su advenimiento y vivir con tan bendita esperanza”. “Si la muerte es el último enemigo que ha de ser destruido en la resurrección podemos representarnos con cuánto ardor los creyentes esperarán y orarán por la segunda venida de Cristo, cuando esta completa y definitiva victoria será alcanzada”. “Ese es el día que todos los creyentes deberían desear con ansia por ser el día en que habrá de quedar consumada toda la obra de su redención, cumplidos todos los deseos y esfuerzos de sus almas”. “¡Apresura, oh Señor, ese día bendito!” (Richard Baxter, Works, tomo 17 pp. 555; 500; 182, 183). Tal fue la esperanza de la iglesia apostólica, de la “iglesia del desierto”, y de los reformadores.

No solo predecían las profecías cómo ha de producirse la venida de Cristo y el objeto de ella, sino también las señales que iban a anunciar a los hombres cuándo se acercaría ese acontecimiento. Jesús dijo: “Habrá señales en el sol, y en la luna, y en las estrellas”. Lucas 21:25. “El sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor; y las estrellas caerán del cielo, y las virtudes que están en los cielos serán conmovidas; y entonces verán al Hijo del hombre, que vendrá en las nubes con mucha potestad y gloria”. Marcos 13:24-26. El revelador describe así la primera de las señales que iban a preceder el segundo advenimiento: “Fue hecho un gran terremoto; y el sol se puso negro como un saco de cilicio, y la luna se puso toda como sangre”. Apocalipsis 6:12.

Estas señales se vieron antes de principios del siglo XIX. En cumplimiento de esta profecía, en 1755 se sintió el más espantoso terremoto que se haya registrado. Aunque generalmente se lo llama el terremoto de Lisboa, se extendió por la mayor parte de Europa, África y América. Se sintió en Groenlandia en las Antillas, en la isla de Madera, en Noruega, en Suecia, en Gran Bretaña e Irlanda. Abarcó por lo menos diez millones de kilómetros cuadrados. La conmoción fue casi tan violenta en África como en Europa. Gran parte de Argel fue destruida; y a corta distancia de Marruecos, un pueblo de ocho a diez mil habitantes desapareció en el abismo. Una ola formidable barrió las costas de España y África, sumergiendo ciudades y causando inmensa desolación.

Fue en España y Portugal donde la sacudida alcanzó su mayor violencia. Se dice que en Cádiz, la oleada llegó a sesenta pies de altura. Algunas de las montañas “más importantes de Portugal fueron sacudidas hasta sus cimientos y algunas de ellas se abrieron en sus cumbres, que quedaron partidas de un modo asombroso, en tanto que trozos enormes se desprendieron sobre los valles adyacentes. Se dice que de esas montañas salieron llamaradas de fuego”. Sir Charles Lyell, Principles of Geology, 495.

En Lisboa “se oyó bajo la tierra un ruido de trueno, e inmediatamente después una violenta sacudida derribó la mayor parte de la ciudad. En unos seis minutos murieron sesenta mil personas. El mar se retiró primero y dejó seca la barra, luego volvió en una ola que se elevaba hasta cincuenta pies sobre su nivel ordinario”. “Entre los sucesos extraordinarios ocurridos en Lisboa durante la catástrofe, se cuenta la sumersión del nuevo malecón, construído completamente de mármol y con ingente gasto. Un gran gentío se había reunido allí en busca de un sitio fuera del alcance del derrumbe general; pero de pronto el muelle se hundió con todo el gentío que lo llenaba, y ni uno de los cadáveres salió jamás a la superficie” (ibíd.).

27 DE ABRIL 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 21:7-8; CS 303-304

Apocalipsis 21:7-8
El que salga vencedor heredará todo esto, y yo seré su Dios y él será mi hijo. Pero los cobardes, los incrédulos, los abominables, los asesinos, los que cometen inmoralidades sexuales, los que practican artes mágicas, los idólatras y todos los mentirosos recibirán como herencia el lago de fuego y azufre. Esta es la segunda muerte».

CS 303-304
Cuando el Señor estuvo a punto de separarse de sus discípulos, los consoló en su aflicción asegurándoles que volvería: “¡No se turbe vuestro corazón! […] En la casa de mi Padre muchas moradas hay; […] voy a prepararos el lugar. Y si yo fuere y os preparare el lugar, vendré otra vez, y os recibiré conmigo”. “Cuando el Hijo del hombre vendrá en su gloria, y todos los ángeles con él, entonces se sentará sobre el trono de su gloria; y delante de él serán juntadas todas las naciones”. Juan 14:1-3; Mateo 25:31, 32 (VM).

Los ángeles que estuvieron en el Monte de los Olivos después de la ascensión de Cristo, repitieron a los discípulos la promesa de volver que él les hiciera: “Este mismo Jesús que ha sido tomado de vosotros arriba al cielo, así vendrá del mismo modo que le habéis visto ir al cielo”. Y el apóstol Pablo, hablando por inspiración, asegura: “El Señor mismo descenderá del cielo con mandato soberano, con la voz del arcángel y con trompeta de Dios”. El profeta de Patmos dice: “¡He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá!” Hechos 1:11; 1 Tesalonicenses 4:16; Apocalipsis 1:7 (VM).

En torno de su venida se agrupan las glorias de “la restauración de todas las cosas, de la cual habló Dios por boca de sus santos profetas, que ha habido desde la antigüedad”. Entonces será quebrantado el poder del mal que tanto tiempo duró; “¡el reino del mundo” vendrá “a ser el reino de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará para siempre jamás!” “¡Será manifestada la gloria de Jehová, y la verá toda carne juntamente!” “Jehová hará crecer justicia y alabanza en presencia de todas las naciones”. Él “será corona de gloria y diadema de hermosura para el resto de su pueblo”. Hechos 3:21; Apocalipsis 11:15; Isaías 40:5; 61:11; 28:5 (VM).

Entonces el reino de paz del Mesías esperado por tan largo tiempo, será establecido por toda la tierra. “Jehová ha consolado a Sión, ha consolado todas sus desolaciones; y ha convertido su desierto en un Edén, y su soledad en jardín de Jehová”. “La gloria del Líbano le será dada, la hermosura del Carmelo y de Sarón”. “Ya no serás llamada Azuba [dejada], y tu tierra en adelante no será llamada Asolamiento; sino que serás llamada Héfzi-ba [mi deleite en ella], y tu tierra, Beúla [casada]”. “De la manera que el novio se regocija sobre la novia, así tu Dios se regocijará sobre ti”. Isaías 51:3; 35:2; 62:4, 5 (VM).

La venida del Señor ha sido en todo tiempo la esperanza de sus verdaderos discípulos. La promesa que hizo el Salvador al despedirse en el Monte de los Olivos, de que volvería, iluminó el porvenir para sus discípulos al llenar sus corazones de una alegría y una esperanza que las penas no podían apagar ni las pruebas disminuir. Entre los sufrimientos y las persecuciones, “el aparecimiento en gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo” era la “esperanza bienaventurada”. Cuando los cristianos de Tesalónica, agobiados por el dolor, enterraban a sus amados que habían esperado vivir hasta ser testigos de la venida del Señor, Pablo, su maestro, les recordaba la resurrección, que había de verificarse cuando viniese el Señor. Entonces los que hubiesen muerto en Cristo resucitarían, y juntamente con los vivos serían arrebatados para recibir a Cristo en el aire. “Y así—dijo—estaremos siempre con el Señor. Consolaos pues los unos a los otros con estas palabras”. 1 Tesalonicenses 4:16-18 (VM).

En la peñascosa isla de Patmos, el discípulo amado oyó la promesa: “Ciertamente, vengo en breve”. Y su anhelante respuesta expresa la oración que la iglesia exhaló durante toda su peregrinación: “¡Ven, Señor Jesús!” Apocalipsis 22:20.

Desde la cárcel, la hoguera y el patíbulo, donde los santos y los mártires dieron testimonio de la verdad, llega hasta nosotros a través de los siglos la expresión de su fe y esperanza. Estando “seguros de la resurrección personal de Cristo, y, por consiguiente, de la suya propia, a la venida de Aquel—como dice uno de estos cristianos—, ellos despreciaban la muerte y la superaban”. Daniel T. Taylor, The Reign of Christ on Earth; or, The Voice of the Church in all ages, 33. Estaban dispuestos a bajar a la tumba, a fin de que pudiesen “resucitar libertados”. Esperaban al “Señor que debía venir del cielo entre las nubes con la gloria de su Padre”, “trayendo para los justos el reino eterno”. Los valdenses acariciaban la misma fe. Wiclef aguardaba la aparición del Redentor como la esperanza de la iglesia. Ibíd., 54, 129-134.

26 DE ABRIL 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 21:5-6; CS 301-302

Apocalipsis 21:5-6
El que estaba sentado en el trono dijo: «¡Yo hago nuevas todas las cosas!» Y añadió: «Escribe, porque estas palabras son verdaderas y dignas de confianza».

También me dijo: «Ya todo está hecho. Yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin. Al que tenga sed le daré a beber gratuitamente de la fuente del agua de la vida.

CS 301-302  Capítulo 18—Heraldos de una nueva era
Una de las verdades más solemnes y más gloriosas que revela la Biblia, es la de la segunda venida de Cristo para completar la gran obra de la redención. Al pueblo peregrino de Dios, que por tanto tiempo hubo de morar “en región y sombra de muerte”, le es dada una valiosa esperanza inspiradora de alegría con la promesa de la venida de Aquel que es “la resurrección y la vida” para hacer “volver a su propio desterrado”. La doctrina del segundo advenimiento es verdaderamente la nota tónica de las Sagradas Escrituras.

Desde el día en que la primera pareja se alejara apesadumbrada del Edén, los hijos de la fe han esperado la venida del Prometido que había de aniquilar el poder destructor de Satanás y volverlos a llevar al paraíso perdido. Hubo santos desde los antiguos tiempos que miraban hacia el tiempo del advenimiento glorioso del Mesías como hacia la consumación de sus esperanzas. Enoc, que se contó entre la séptima generación descendiente de los que moraran en el Edén y que por tres siglos anduvo con Dios en la tierra, pudo contemplar desde lejos la venida del Libertador. “He aquí que viene el Señor, con las huestes innumerables de sus santos ángeles, para ejecutar juicio sobre todos”. Judas 14, 15 (VM). El patriarca Job, en la lobreguez de su aflicción, exclamaba con confianza inquebrantable: “Pues yo sé que mi Redentor vive, y que en lo venidero ha de levantarse sobre la tierra; […] aun desde mi carne he de ver a Dios; a quien yo tengo de ver por mí mismo, y mis ojos le mirarán; y ya no como a un extraño”. Job 19:25-27 (VM).

La venida de Cristo que ha de inaugurar el reino de la justicia, ha inspirado los más sublimes y conmovedores acentos de los escritores sagrados. Los poetas y profetas de la Biblia hablaron de ella con ardientes palabras de fuego celestial. El salmista cantó el poder y la majestad del Rey de Israel: “¡Desde Sión, perfección de la hermosura, ha resplandecido Dios! Vendrá nuestro Dios, y no guardará silencio […]. Convocará a los altos cielos, y a la tierra, para juzgar a su pueblo”. “Alégrense los cielos, y gócese la tierra […] delante de Jehová; porque viene, sí, porque viene a juzgar la tierra. ¡Juzgará al mundo con justicia, y a los pueblos con su verdad!” Salmos 50:2-4; 96:11-13 (VM).

El profeta Isaías dice: “¡Despertad, y cantad, vosotros que moráis en el polvo! porque como el rocío de hierbas es tu rocío, y la tierra echará fuera los muertos”. “¡Vivirán tus muertos; los cadáveres de mi pueblo se levantarán!” “¡Tragado ha a la muerte para siempre, y Jehová el Señor enjugará las lágrimas de sobre todas las caras, y quitará el oprobio de su pueblo de sobre toda la tierra! Porque Jehová así lo ha dicho. Y se dirá en aquel día: ¡He aquí, este es nuestro Dios, le hemos esperado, y él nos salvará! ¡este es Jehová, le hemos esperado; estaremos alegres, y nos regocijaremos en su salvación!” Isaías 26:19; 25:8, 9 (VM).

Habacuc también, arrobado en santa visión, vio la venida de Cristo. “¡Viene Dios desde Temán, y el Santo desde el monte Parán: su gloria cubre los cielos, y la tierra se llena de su alabanza! También su resplandor es como el fuego”. “¡Se para y mide la tierra! ¡echa una mirada, y hace estremecer a las naciones! se esparcen también como polvo las montañas sempiternas, se hunden los collados eternos; ¡suyos son los senderos de la eternidad!” “Para que cabalgues sobre tus caballos, sobre tus carros de salvación”. “¡Te ven las montañas, y se retuercen en angustia: […] el abismo da su voz y levanta en alto sus manos! ¡El sol y la luna se paran en sus moradas! a la luz de sus flechas pasan adelante, al brillo de su relumbrante lanza”. “Sales para la salvación de tu pueblo, para la salvación de tu ungido”. Habacuc 3:3-13 (VM).

25 DE ABRIL 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 21:3-4; CS 298-300

Apocalipsis 21:3-4
Oí una potente voz que provenía del trono y decía: «¡Aquí, entre los seres humanos, está la morada de Dios! Él acampará en medio de ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Él les enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir».

CS 298-300
Con el fin de asegurar lo que buscaban, “se contentaban con ganar apenas su subsistencia y se acomodaban a una vida de frugalidad y de trabajo. No pedían de aquel suelo sino la justa retribución de su propio trabajo. Ninguna visión de oro venía a engañarles en su camino […]. Se conformaban con el progreso lento pero firme de su estado social. Soportaban pacientemente las privaciones de la vida rústica, y regaron con sus lágrimas y con el sudor de su frente el árbol de la libertad, hasta verlo echar profundas raíces en la tierra”.

La Biblia era considerada como la base de la fe, la fuente de la sabiduría y la carta magna de la libertad. Sus principios se enseñaban cuidadosamente en los hogares, en las escuelas y en las iglesias, y sus frutos se hicieron manifiestos, en lo que se ganó en inteligencia, en pureza y en templanza. Podíase vivir por años entre los puritanos “sin ver un borracho, ni oír una blasfemia ni encontrar un mendigo” (Bancroft, parte 1, cap. 19). Quedaba demostrado que los principios de la Biblia son las más eficaces salvaguardias de la grandeza nacional. Las colonias débiles y aisladas vinieron a convertirse pronto en una confederación de estados poderosos, y el mundo pudo fijarse admirado en la paz y prosperidad de una “iglesia sin papa y de un estado sin rey”.

Pero un número siempre creciente de inmigrantes arribaba a las playas de América, atraído e impulsado por motivos muy distintos de los que alentaran a los primeros peregrinos. Si bien la fe primitiva y la pureza ejercían amplia influencia y poder subyugador, estas virtudes se iban debilitando más y más cada día en la misma proporción en que iba en aumento el número de los que llegaban guiados tan solo por la esperanza de ventajas terrenales.

La medida adoptada por los primitivos colonos de no conceder voz ni voto ni tampoco empleo alguno en el gobierno civil sino a los miembros de la iglesia, produjo resultados perniciosos. Dicha medida había sido tomada para conservar la pureza del estado, pero dio al fin por resultado la corrupción de la iglesia. Siendo indispensable profesar la religión para poder tomar parte en la votación o para desempeñar un puesto público, muchos se unían a la iglesia tan solo por motivos de conveniencia mundana y de intrigas políticas, sin experimentar un cambio de corazón.

Así llegaron las iglesias a componerse en considerable proporción de gente no convertida, y en el ministerio mismo había quienes no solo erraban en la doctrina, sino que ignoraban el poder regenerador del Espíritu Santo. De este modo quedó otra vez demostrado el mal resultado que tan a menudo comprobamos en la historia de la iglesia desde el tiempo de Constantino hasta hoy, y que da el pretender fundar la iglesia valiéndose de la ayuda del estado, y el apelar al poder secular para el sostenimiento del evangelio de Aquel que dijo: “Mi reino no es de este mundo”. Juan 18:36. El consorcio de la iglesia con el estado, por muy poco estrecho que sea, puede en apariencia acercar el mundo a la iglesia, mientras que en realidad es la iglesia la que se acerca al mundo.

El gran principio que defendieron tan noblemente Robinson y Roger Williams, de que la verdad es progresiva, y de que los cristianos deberían estar prontos para aceptar toda la luz que proceda de la santa Palabra de Dios, lo perdieron de vista sus descendientes. Las iglesias protestantes de América—lo mismo que las de Europa—tan favorecidas al recibir las bendiciones de la Reforma, dejaron de avanzar en el camino que ella les había trazado. Si bien es verdad que de tiempo en tiempo surgieron hombres fieles que proclamaron nuevas verdades y denunciaron el error tanto tiempo acariciado, la mayoría, como los judíos en el tiempo de Cristo, o como los papistas en el de Lutero, se contentaba con creer lo que sus padres habían creído, y con vivir como ellos habían vivido.

De consiguiente la religión degeneró de nuevo en formalismo; y los errores y las supersticiones que hubieran podido desaparecer de haber seguido la iglesia avanzando en la luz de la Palabra de Dios, se conservaron y siguieron practicándose. De este modo, el espíritu inspirado por la Reforma murió paulatinamente, hasta que llegó a sentirse la necesidad de una reforma en las iglesias protestantes tanto como se necesitara en la iglesia romana en tiempo de Lutero. Se notaba el mismo estupor espiritual y la misma mundanalidad, la misma reverencia hacia las opiniones de los hombres, y la sustitución de teorías humanas en lugar de las enseñanzas de la Palabra de Dios.

La vasta circulación que alcanzó la Biblia en los comienzos del siglo XIX, y la abundante luz que de esa manera se esparció por todo el mundo, no fue seguida por el adelanto correspondiente en el conocimiento de la verdad revelada, ni en la religión experimental. Satanás no pudo, como en las edades pasadas, quitarle al pueblo la Palabra de Dios, que había sido puesta al alcance de todos; pero para poder alcanzar su objeto indujo a muchos a tenerla en poca estima. Los hombres descuidaron el estudio de las Sagradas Escrituras y siguieron aceptando interpretaciones torcidas y falsas y conservando doctrinas que no tenían fundamento alguno en la Biblia.

Viendo el fracaso de sus esfuerzos para destruir la verdad pormedio de la persecución, Satanás había recurrido de nuevo al plan de transigencias que condujo a la apostasía y a la formación de la iglesia de Roma. Había inducido a los cristianos a que se aliasen, no con los paganos, sino con aquellos que por su devoción a las cosas de este mundo demostraban ser tan idólatras como los mismos adoradores de imágenes. Y los resultados de esta unión no fueron menos perniciosos entonces que en épocas anteriores; el orgullo y el despilfarro fueron fomentados bajo el disfraz de la religión, y se corrompieron las iglesias. Satanás siguió pervirtiendo las doctrinas de la Biblia, y empezaron a echar profundas raíces las tradiciones que iban a perder a millones de almas. La iglesia amparaba y defendía estas tradiciones, en lugar de defender “la fe que una vez fue entregada a los santos”. Así se degradaron los principios que los reformadores sustentaron y por los cuales sufrieran tanto.

24 DE ABRIL 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 21:1-2; CS 296-297

Apocalipsis 21:1-2  La nueva Jerusalén
1Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir, lo mismo que el mar. Vi además la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, procedente de Dios, preparada como una novia hermosamente vestida para su prometido.

CS 296-297
La asistencia a los cultos de la iglesia establecida era obligatoria so pena de multa o de encarcelamiento. “Williams reprobó tal ley; la peor cláusula del código inglés era aquella en la que se obligaba a todos a asistir a la iglesia parroquial. Consideraba él que obligar a hombres de diferente credo a unirse entre sí, era una flagrante violación de los derechos naturales del hombre; forzar a concurrir a los cultos públicos a los irreligiosos e indiferentes era tan solo exigirles que fueran hipócritas […]. ‘Ninguno—decía él—debe ser obligado a practicar ni a sostener un culto contra su consentimiento’. ‘¡Cómo!—replicaban sus antagonistas, espantados de los principios expresados por Williams—, ¿no es el obrero digno de su salario?’ ‘Sí—respondía él—, cuando ese salario se lo dan los que quieren ocuparle’” (Bancroft, parte 1, cap. 15).

Roger Williams era respetado y querido como ministro fiel, como hombre de raras dotes, de intachable integridad y sincera benevolencia. Sin embargo, su actitud resuelta al negar que los magistrados civiles tuviesen autoridad sobre la iglesia y al exigir libertad religiosa, no podía ser tolerada. Se creía que la aplicación de semejante nueva doctrina, “alteraría el fundamento del estado y el gobierno del país” (ibíd.). Le sentenciaron a ser desterrado de las colonias y finalmente, para evitar que le arrestasen, se vio en la necesidad de huir en medio de los rigores de un crudo invierno, y se refugió en las selvas vírgenes.

“Durante catorce semanas—cuenta él—, anduve vagando en medio de la inclemencia del invierno, careciendo en absoluto de pan y de cama”. Pero “los cuervos me alimentaron en el desierto”, y el hueco de un árbol le servía frecuentemente de albergue. Martyn 5:349, 350. Así prosiguió su penosa huida por entre la nieve y los bosques casi inaccesibles, hasta que encontró refugio en una tribu de indios cuya confianza y afecto se había ganado esforzándose por darles a conocer las verdades del evangelio.

Después de varios meses de vida errante llegó al fin a orillas de la bahía de Narragansett, donde echó los cimientos del primer estado de los tiempos modernos que reconoció en el pleno sentido de la palabra los derechos de la libertad religiosa. El principio fundamental de la colonia de Roger Williams, era “que cada hombre debía tener libertad para adorar a Dios según el dictado de su propia conciencia”. Ibíd., 354. Su pequeño estado, Rhode Island, vino a ser un lugar de refugio para los oprimidos, y siguió creciendo y prosperando hasta que su principio fundamental—la libertad civil y religiosa—llegó a ser la piedra angular de la república americana de los Estados Unidos.

En el antiguo documento que nuestros antepasados expidieron como su carta de derechos—la Declaración de Independencia— declaraban lo siguiente: “Sostenemos como evidentes estas verdades, a saber, que todos los hombres han sido creados iguales, que han sido investidos por su Creador con ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Y la Constitución garantiza en los términos más explícitos, la inviolabilidad de la conciencia: “No se exigirá examen alguno religioso como calificación para obtener un puesto público de confianza en los Estados Unidos”. “El Congreso no dictará leyes para establecer una religión ni para estorbar el libre ejercicio de ella”.

“Los que formularon la Constitución reconocieron el principio eterno de que la relación del hombre con Dios se halla por sobre toda legislación humana y que los derechos de la conciencia son inalienables. No se necesitaba argumentar para establecer esta verdad; pues la sentimos en nuestro mismo corazón. Fue este sentimiento el que, desafiando leyes humanas, sostuvo a tantos mártires en tormentos y llamas. Reconocían que su deber para con Dios era superior a los decretos de los hombres y que nadie podía ejercer autoridad sobre sus conciencias. Es un principio innato que nada puede desarraigar” (Congressional Documents, EE.UU., serie no 200, documento no 271).

Cuando circuló por los países de Europa la noticia de que había una tierra donde cada hombre podía disfrutar del producto de su trabajo y obedecer a las convicciones de su conciencia, millares se apresuraron a venir al Nuevo Mundo. Las colonias se multiplicaron con rapidez. “Por una ley especial, Massachusetts ofreció bienvenida y ayuda, a costa del pueblo, a todos los cristianos de cualquiera nacionalidad que pudieran huir al través del Atlántico ‘para escapar de las guerras, del hambre y de la opresión de sus perseguidores’. De esa manera los fugitivos y oprimidos eran, por la ley, considerados como huéspedes de la comunidad”. Martyn 5:417. A los veinte años de haberse efectuado el primer desembarco en Plymouth, había ya establecidos en Nueva Inglaterra otros tantos miles de peregrinos.