28 DE FEBRERO 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 17:1-3; CS 181-182

La mujer montada en la bestia
1 Uno de los siete ángeles que tenían las siete copas se me acercó y me dijo:
«Ven, y te mostraré el castigo de la gran prostituta que está sentada sobre muchas aguas. Con ella cometieron adulterio los reyes de la tierra, y los habitantes de la tierra se embriagaron con el vino de su inmoralidad».

Luego el ángel me llevó en el Espíritu a un desierto. Allí vi a una mujer montada en una bestia escarlata. La bestia estaba cubierta de nombres blasfemos contra Dios, y tenía siete cabezas y diez cuernos.

Capítulo 11—La protesta de los príncipes
Uno de los testimonios más nobles dados en favor de la Reforma, fue la protesta presentada por los príncipes cristianos de Alemania, ante la dieta de Spira, el año 1529. El valor, la fe y la entereza de aquellos hombres de Dios, aseguraron para las edades futuras la libertad de pensamiento y la libertad de conciencia. Esta protesta dio a la iglesia reformada el nombre de protestante; y sus principios son “la verdadera esencia del protestantismo” (D’Aubigné, lib. 13, cap. 6).

Había llegado para la causa de la Reforma un momento sombrío y amenazante. A despecho del edicto de Worms, que colocaba a Lutero fuera de la ley, y prohibía enseñar o creer sus doctrinas, la tolerancia religiosa había prevalecido en el imperio. La providencia de Dios había contenido las fuerzas que se oponían a la verdad. Carlos V se esforzaba por aniquilar la Reforma, pero muchas veces, al intentar dañarla, se veía obligado a desviar el golpe. Vez tras vez había parecido inevitable la inmediata destrucción de los que se atrevían a oponerse a Roma; pero, en el momento crítico, aparecían los ejércitos de Turquía en las fronteras del oriente, o bien el rey de Francia o el papa mismo, celosos de la grandeza del emperador, le hacían la guerra; y de esta manera, entre el tumulto y las contiendas de las naciones la Reforma había podido extenderse y fortalecerse.

Por último, los soberanos papistas pusieron tregua a sus disputas para hacer causa común contra los reformadores. En 1526, la dieta de Spira había concedido a cada estado plena libertad en asuntos religiosos, hasta tanto que se reuniese un concilio general; pero en cuanto desaparecieron los peligros que imponían esta concesión el emperador convocó una segunda dieta en Spira, para 1529, con el fin de aplastar la herejía. Quería inducir a los príncipes, en lo posible, por medios pacíficos, a que se declararan contra la Reforma, pero si no lo conseguía por tales medios, Carlos estaba dispuesto a echar mano de la espada.

Los papistas se consideraban triunfantes. Se presentaron en gran número en Spira y manifestaron abiertamente sus sentimientos hostiles para con los reformadores y para con todos los que los favorecían. Decía Melanchton: “Nosotros somos la escoria y la basura del mundo, mas Dios proveerá para sus pobres hijos y cuidará de ellos” (ibíd., cap. 5). A los príncipes evangélicos que asistieron a la dieta se les prohibió que se predicara el evangelio en sus residencias. Pero la gente de Spira estaba sedienta de la Palabra de Dios y, no obstante dicha prohibición, miles acudían a los cultos que se celebraban en la capilla del elector de Sajonia.

Esto precipitó la crisis. Una comunicación imperial anunció a la dieta que habiendo originado graves desórdenes la autorización que concedía la libertad de conciencia, el emperador mandaba que fuese suprimida. Este acto arbitrario excitó la indignación y la alarma de los cristianos evangélicos. Uno de ellos dijo: “Cristo ha caído de nuevo en manos de Caifás y de Pilato”. Los romanistas se volvieron más intransigentes. Un fanático papista dijo: “Los turcos son mejores que los luteranos; porque los turcos observan días de ayuno mientras que los luteranos los profanan. Si hemos de escoger entre las Sagradas Escrituras de Dios y los antiguos errores de la iglesia, tenemos que rechazar aquellas”. Melanchton decía: “Cada día, Faber, en plena asamblea, arroja una piedra más contra los evangélicos” (ibíd.).

27 DE FEBRERO 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 16:19-21; CS 179

19 La gran ciudad se partió en tres, y las ciudades de las naciones se desplomaron. Dios se acordó de la gran Babilonia y le dio a beber de la copa llena del vino del furor de su castigo.

20 Entonces huyeron todas las islas y desaparecieron las montañas. 21 Del cielo cayeron sobre la gente enormes granizos, de casi cuarenta kilos cada uno. Y maldecían a Dios por esa terrible plaga.

CS 179
El contraste entre los discípulos del evangelio y los que sostenían las supersticiones papistas no era menos notable entre los estudiantes que entre las masas populares. “En oposición a los antiguos campeones de la jerarquía que había descuidado el estudio de los idiomas y de la literaturas, […] levantábanse jóvenes de mente privilegiada, muchos de los cuales se consagraban al estudio de las Escrituras, y se familiarizaban con los tesoros de la literatura antigua. Dotados de rápida percepción, de almas elevadas y de corazones intrépidos, pronto llegaron a alcanzar estos jóvenes tanta competencia, que durante mucho tiempo nadie se atrevía a hacerles frente […]. De manera que en los concursos públicos en que estos jóvenes campeones de la Reforma se encontraban con doctores papistas, los atacaban con tanta facilidad y confianza que los hacían vacilar y los exponían al desprecio de todos” (ibíd.).

Cuando el clero se dio cuenta de que iba menguando el número de los congregantes, invocó la ayuda de los magistrados, y por todos los medios a su alcance procuró atraer nuevamente a sus oyentes. Pero el pueblo había hallado en las nuevas enseñanzas algo que satisfacía las necesidades de sus almas, y se apartaba de aquellos que por tanto tiempo le habían alimentado con las cáscaras vacías de los ritos supersticiosos y de las tradiciones humanas.

Cuando la persecución ardía contra los predicadores de la verdad, ponían estos en práctica las palabras de Cristo: “Cuando pues os persiguieren en una ciudad, huid a otra”. Mateo 10:23 (VM). La luz penetraba en todas partes. Los fugitivos hallaban en algún lugar puertas hospitalarias que les eran abiertas, y morando allí, predicaban a Cristo, a veces en la iglesia, o, si se les negaba ese privilegio, en casas particulares o al aire libre. Cualquier sitio en que hallasen un oyente se convertía en templo. La verdad, proclamada con tanta energía y fidelidad, se extendía con irresistible poder.

En vano se mancomunaban las autoridades civiles y eclesiásticas para detener el avance de la herejía. Inútilmente recurrían a la cárcel, al tormento, al fuego y a la espada. Millares de creyentes sellaban su fe con su sangre, pero la obra seguía adelante. La persecución no servía sino para hacer cundir la verdad, y el fanatismo que Satanás intentara unir a ella, no logró sino hacer resaltar aún más el contraste entre la obra diabólica y la de Dios.

26 DE FEBRERO 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 16:17-18; CS 177-178

 17 El séptimo ángel derramó su copa en el aire, y desde el trono del templo salió un vozarrón que decía: «¡Se acabó!» 18 Y hubo relámpagos, estruendos, truenos y un violento terremoto. Nunca, desde que el género humano existe en la tierra, se había sentido un terremoto tan grande y violento.

 CS 177-178

A su regreso de la Wartburg, terminó Lutero su traducción del Nuevo Testamento y no tardó el evangelio en ser ofrecido al pueblo de Alemania en su propia lengua. Esta versión fue recibida con agrado por todos los amigos de la verdad, pero fue vilmente desechada por los que preferían dejarse guiar por las tradiciones y los mandamientos de los hombres.

Se alarmaron los sacerdotes al pensar que el vulgo iba a poder discutir con ellos los preceptos de la Palabra de Dios y descubrir la ignorancia de ellos. Las armas carnales de su raciocinio eran impotentes contra la espada del Espíritu. Roma puso en juego toda su autoridad para impedir la circulación de las Santas Escrituras; pero los decretos, los anatemas y el mismo tormento eran inútiles. Cuanto más se condenaba y prohibía la Biblia, mayor era el afán del pueblo por conocer lo que ella enseñaba. Todos los que sabían leer deseaban con ansia estudiar la Palabra de Dios por sí mismos. La llevaban consigo, la leían y releían, y no se quedaban satisfechos antes de saber grandes trozos de ella de memoria. Viendo la buena voluntad con que fue acogido el Nuevo Testamento, Lutero dio comienzo a la traducción del Antiguo y la fue publicando por partes conforme las iba terminando.

Sus escritos tenían aceptación en la ciudad y en las aldeas. “Lo que Lutero y sus amigos escribían, otros se encargaban de esparcirlo por todas partes. Los monjes que habían reconocido el carácter ilegítimo de las obligaciones monacales y deseaban cambiar su vida de indolencia por una de actividad, pero se sentían muy incapaces de proclamar por sí mismos la Palabra de Dios, cruzaban las provincias vendiendo los escritos de Lutero y sus colegas. Al poco tiempo Alemania pululaba con estos intrépidos colportores” (ibíd., lib. 9, cap. II).

Estos escritos eran estudiados con profundo interés por ricos y pobres, por letrados e ignorantes. De noche, los maestros de las escuelas rurales los leían en alta voz a pequeños grupos que se reunían al amor de la lumbre. Cada esfuerzo que en este sentido se hacía convencía a algunas almas de la verdad, y ellas a su vez habiendo recibido la Palabra con alegría, la comunicaban a otros.

Así se cumplían las palabras inspiradas: “La entrada de tus palabras alumbra; a los simples les da inteligencia”. Salmos 119:130 (VM). El estudio de las Sagradas Escrituras producía un cambio notable en las mentes y en los corazones del pueblo. El dominio papal les había impuesto un yugo férreo que los mantenía en la ignorancia y en la degradación. Con escrúpulos supersticiosos, observaban las formas, pero era muy pequeña la parte que la mente y el corazón tomaban en los servicios. La predicación de Lutero, al exponer las sencillas verdades de la Palabra de Dios, y la Palabra misma, al ser puesta en manos del pueblo, despertaron sus facultades aletargadas, y no solo purificaban y ennoblecían la naturaleza espiritual, sino que daban nuevas fuerzas y vigor a la inteligencia.

Veíanse a personas de todas las clases sociales defender, con la Biblia en la mano, las doctrinas de la Reforma. Los papistas que habían abandonado el estudio de las Sagradas Escrituras a los sacerdotes y a los monjes, les pidieron que viniesen en su auxilio a refutar las nuevas enseñanzas. Empero, ignorantes de las Escrituras y del poder de Dios, monjes y sacerdotes fueron completamente derrotados por aquellos a quienes habían llamado herejes e indoctos. “Desgraciadamente—decía un escritor católico—, Lutero ha convencido a sus correligionarios de que su fe debe fundarse solamente en la Santa Escritura” (ibíd., lib. 9, cap. II). Las multitudes se congregaban para escuchar a hombres de poca ilustración defender la verdad y hasta discutir acerca de ella con teólogos instruidos y elocuentes. La vergonzosa ignorancia de estos grandes hombres se descubría tan luego como sus argumentos eran refutados por las sencillas enseñanzas de la Palabra de Dios. Los hombres de trabajo, los soldados y hasta los niños, estaban más familiarizados con las enseñanzas de la Biblia que los sacerdotes y los sabios doctores.

25 DE FEBRERO 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 16:12-16; CS 175-176

12 El sexto ángel derramó su copa sobre el gran río Éufrates, y se secaron sus aguas para abrir paso a los reyes del oriente. 13 Y vi salir de la boca del dragón, de la boca de la bestia y de la boca del falso profeta tres espíritus malignos que parecían ranas. 14 Son espíritus de demonios que hacen señales milagrosas y que salen a reunir a los reyes del mundo entero para la batalla del gran día del Dios Todopoderoso.

15 «¡Cuidado! ¡Vengo como un ladrón! Dichoso el que se mantenga despierto, con su ropa a la mano, no sea que ande desnudo y sufra vergüenza por su desnudez». 16 Entonces los espíritus de los demonios reunieron a los reyes en el lugar que en hebreo se llama Armagedón.

CS 175-176

Los maestros del fanatismo se abandonaban al influjo de sus impresiones y consideraban cada pensamiento y cada impulso como voz de Dios; en consecuencia, se fueron a los extremos. Algunos llegaron hasta quemar sus Biblias, exclamando: “La letra mata, el Espíritu es el que da vida”. Las enseñanzas de Munzer apelaban a la afición del hombre a lo maravilloso, y de paso daban rienda suelta a su orgullo al colocar en realidad las ideas y las opiniones de los hombres por encima de la Palabra de Dios. Millares de personas aceptaban sus doctrinas. Pronto llegó a condenar el orden en el culto público y declaró que obedecer a los príncipes era querer servir a Dios y a Belial.

El pueblo que comenzaba a emanciparse del yugo del papado, tascaba el freno bajo las restricciones de la autoridad civil. Las enseñanzas revolucionarias de Munzer, con su presunta aprobación divina, los indujeron a sublevarse contra toda sujeción y a abandonarse a sus prejuicios y a sus pasiones. Siguiéronse las más terribles escenas de sedición y contienda y los campos de Alemania se empaparon de sangre.

La angustia de corazón que Lutero había experimentado hacía tanto tiempo en Erfurt, se apoderó de él nuevamente con redoblada fuerza al ver que los resultados del fanatismo eran considerados como efecto de la Reforma. Los príncipes papistas declaraban—y muchos estaban dispuestos a dar crédito al aserto—que la rebelión era fruto legítimo de las doctrinas de Lutero. A pesar de que estos cargos carecían del más leve fundamento, no pudieron menos que causar honda pena al reformador. Parecíale insoportable que se deshonrase así la causa de la verdad identificándola con tan grosero fanatismo. Por otra parte, los jefes de la revuelta odiaban a Lutero no solo porque se había opuesto a sus doctrinas y se había negado a reconocerles autorización divina, sino porque los había declarado rebeldes ante las autoridades civiles. En venganza le llamaban vil impostor. Parecía haberse atraído la enemistad tanto de los príncipes como del pueblo.

Los romanistas se regocijaban y esperaban ver pronto la ruina de la Reforma. Hasta culpaban a Lutero de los mismos errores que él mismo se afanara tanto en corregir. El partido de los fanáticos, declarando falsamente haber sido tratado con injusticia, logró ganar la simpatía de mucha gente, y, como sucede con frecuencia con los que se inclinan del lado del error, fueron pronto aquellos considerados como mártires. De esta manera los que desplegaran toda su energía en oposición a la Reforma fueron compadecidos y admirados como víctimas de la crueldad y de la opresión. Esta era la obra de Satanás, y la impulsaba el mismo espíritu de rebelión que se manifestó por primera vez en los cielos.

Satanás procura constantemente engañar a los hombres y les hace llamar pecado a lo que es bueno, y bueno a lo que es pecado.  ¡Y cuánto éxito ha tenido su obra! ¡Cuántas veces se crítica a los siervos fieles de Dios porque permanecen firmes en defensa de la verdad! Hombres que solo son agentes de Satanás reciben alabanzas y lisonjas y hasta pasan por mártires, en tanto que otros que deberían ser considerados y sostenidos por su fidelidad a Dios, son abandonados y objeto de sospecha y de desconfianza.

La falsa piedad y la falsa santificación siguen haciendo su obra de engaño. Bajo diversas formas dejan ver el mismo espíritu que las caracterizara en días de Lutero, pues apartan a las mentes de las Escrituras e inducen a los hombres a seguir sus propios sentimientos e impresiones en vez de rendir obediencia a la ley de Dios. Este es uno de los más eficaces inventos de Satanás para desprestigiar la pureza y la verdad.

Denodadamente defendió Lutero el evangelio contra los ataques de que era objeto desde todas partes. La Palabra de Dios demostró ser un arma poderosa en cada conflicto. Con ella combatió el reformador la usurpada autoridad del papa y la filosofía racionalista de los escolásticos, a la vez que se mantenía firme como una roca contra el fanatismo que pretendía aliarse con la Reforma.

Cada uno a su manera, estos elementos opuestos dejaban a un lado las Sagradas Escrituras y exaltaban la sabiduría humana como el gran recurso para conocer la verdad religiosa. El racionalismo hace un ídolo de la razón, y la constituye como criterio religioso. El romanismo, al atribuir a su soberano pontífice una inspiración que proviene en línea recta de los apóstoles y continúa invariable al través de los tiempos, da amplia oportunidad para toda clase de extravagancias y corrupciones que se ocultan bajo la santidad del mandato apostólico. La inspiración a que pretendían Munzer y sus colegas no procedía sino de los desvaríos de su imaginación y su influencia subvertía toda autoridad, humana o divina. El cristianismo recibe la Palabra de Dios como el gran tesoro de la verdad inspirada y la piedra de toque de toda inspiración.

24 DE FEBRERO 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 16:9-11; CS 173-174

Todos sufrieron terribles quemaduras, pero ni así se arrepintieron; en vez de darle gloria a Dios, que tiene poder sobre esas plagas, maldijeron su nombre.

10 El quinto ángel derramó su copa sobre el trono de la bestia, y el reino de la bestia quedó sumido en la oscuridad. La gente se mordía la lengua de dolor 11 y, por causa de sus padecimientos y de sus llagas, maldecían al Dios del cielo, pero no se arrepintieron de sus malas obras.

CS 173-174

Con exquisita precaución y humildad, pero a la vez con decisión y firmeza, volvió Lutero a su trabajo. “Con la Biblia—dijo—, debemos rebatir y echar fuera lo que logró imponerse por medio de la fuerza. Yo no deseo que se valgan de la violencia contra los supersticiosos y los incrédulos […]. No hay que constreñir a nadie. La libertad es la esencia misma de la fe” (ibíd., cap. 8).

Pronto se supo por todo Wittenberg que Lutero había vuelto y que iba a predicar. El pueblo acudió de todas partes, al punto que no podía caber en la iglesia. Subiendo al púlpito, instruyó el reformador a sus oyentes; con notable sabiduría y mansedumbre los exhortó y los amonestó. Refiriéndose en su sermón a las medidas violentas de que algunos habían echado mano para abolir la misa, dijo:

“La misa es una cosa mala. Dios se opone a ella. Debería abolirse, y yo desearía que en su lugar se estableciese en todas partes la santa cena del evangelio. Pero no apartéis de ella a nadie por la fuerza. Debemos dejar el asunto en manos de Dios. No somos nosotros los que hemos de obrar, sino su Palabra. Y ¿por qué? me preguntaréis. Porque los corazones de los hombres no están en mis manos como el barro en las del alfarero. Tenemos derecho de hablar, pero no tenemos derecho de obligar a nadie. Prediquemos; y confiemos lo demás a Dios. Si me resuelvo a hacer uso de la fuerza, ¿qué conseguiré? Fingimientos, formalismo, ordenanzas humanas, hipocresía […]. Pero en todo esto no se hallará sinceridad de corazón, ni fe, ni amor. Y donde falte esto, todo falta, y yo no daría ni una paja por celebrar una victoria de esta índole […]. Dios puede hacer más mediante el mero poder de su Palabra que vosotros y yo y el mundo entero con nuestros esfuerzos unidos. Dios sujeta el corazón, y una vez sujeto, todo está ganado […].

“Estoy listo para predicar, alegar y escribir; pero a nadie constreñiré, porque la fe es un acto voluntario. Recordad todo lo que ya he hecho. Me encaré con el papa, combatí las indulgencias y a los papistas; pero sin violencia, sin tumultos. Expuse con claridad la Palabra de Dios; prediqué y escribí, esto es todo lo que hice. Y sin embargo, mientras yo dormía, […] la Palabra que había predicado afectó al papado como nunca le perjudicó príncipe ni emperador alguno. Y sin embargo nada hice; la Palabra sola lo hizo todo. Si hubiese yo apelado a la fuerza, el suelo de Alemania habría sido tal vez inundado con sangre. ¿Pero cuál hubiera sido el resultado? La ruina y la destrucción del alma y del cuerpo. En consecuencia, me quedo quieto, y dejo que la Palabra se extienda a lo largo y a lo ancho de la tierra” (ibíd.).

Por siete días consecutivos predicó Lutero a las ansiosas muchedumbres. La Palabra de Dios quebrantó la esclavitud del fanatismo. El poder del evangelio hizo volver a la verdad al pueblo que se había descarriado.

Lutero no deseaba verse con los fanáticos cuyas enseñanzas habían causado tan grave perjuicio. Harto los conocía por hombres de escaso juicio y de pasiones desordenadas, y que, pretendiendo ser iluminados directamente por el cielo, no admitirían la menor contradicción ni atenderían a un solo consejo ni a un solo cariñoso reproche. Arrogándose la suprema autoridad, exigían de todos que, sin la menor resistencia, reconociesen lo que ellos pretendían. Pero como solicitasen una entrevista con él, consintió en recibirlos; y denunció sus pretensiones con tanto éxito que los impostores se alejaron en el acto de Wittenberg.

El fanatismo quedó detenido por un tiempo; pero pocos años después resucitó con mayor violencia y logró resultados más desastrosos. Respecto a los principales directores de este movimiento, dijo Lutero: “Para ellos las Sagradas Escrituras son letra muerta; todos gritan: ‘¡El Espíritu! ¡El Espíritu!’ Pero yo no quisiera ir por cierto adonde su espíritu los guía. ¡Quiera a Dios en su misericordia guardarme de pertenecer a una iglesia en la cual solo haya santos! Deseo estar con los humildes, los débiles, los enfermos, todos los cuales conocen y sienten su pecado y suspiran y claman de continuo a Dios desde el fondo de sus corazones para que él los consuele y los sostenga” (ibíd., lib. 10, cap. 10).

Tomás Munzer, el más activo de los fanáticos, era hombre de notable habilidad que, si la hubiese encauzado debidamente, habría podido hacer mucho bien; pero desconocía aun los principios más rudimentarios de la religión verdadera. “Deseaba vehementemente reformar el mundo, olvidando, como otros muchos iluminados, que la reforma debía comenzar por él mismo” (ibíd., lib. 9, cap. 8). Ambicionaba ejercer cargos e influencia, y no quería ocupar el segundo puesto, ni aun bajo el mismo Lutero. Declaraba que, al colocar la autoridad de la Escritura en sustitución de la del papa, los reformadores no hacían más que establecer una nueva forma de papado. Y se declaraba divinamente comisionado para llevar a efecto la verdadera reforma. “El que tiene este espíritu—decía Munzer—posee la verdadera fe, aunque ni por una sola vez en su vida haya visto las Sagradas Escrituras” (ibíd., lib. 10, cap. 10).

23 DE FEBRERO 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 16:5-8; CS 171-172

Oí que el ángel de las aguas decía:
«Justo eres tú, el Santo, que eres y que eras, porque juzgas así: ellos derramaron la sangre de santos y de profetas, y tú les has dado a beber sangre, como se lo merecen».

Oí también que el altar respondía:
«Así es, Señor, Dios Todopoderoso, verdaderos y justos son tus juicios».
El cuarto ángel derramó su copa sobre el sol, al cual se le permitió quemar con fuego a la gente.

CS 171-172

Uno de estos profetas aseveraba haber sido instruido por el ángel Gabriel. Un estudiante que se le unió abandonó los estudios, declarándose investido de poder por Dios mismo para exponer su Palabra. Se les unieron otros, de por sí inclinados al fanatismo. Los procederes de estos iluminados crearon mucha excitación. La predicación de Lutero había hecho sentir al pueblo en todas partes la necesidad de una reforma, y algunas personas de buena fe se dejaron extraviar por las pretensiones de los nuevos profetas

Los cabecillas de este movimiento fueron a Wittenberg y expusieron sus exigencias a Melanchton y a sus colaboradores. Decían: “Somos enviados por Dios para enseñar al pueblo. Hemos conversado familiarmente con Dios, y por lo tanto, sabemos lo que ha de acontecer. Para decirlo en una palabra: somos apóstoles y profetas y apelamos al doctor Lutero” (ibíd., cap. 7).  Los reformadores estaban atónitos y perplejos. Era este un factor con que nunca habían tenido que habérselas y se hallaban sin saber qué partido tomar. Melanchton dijo: “Hay en verdad espíritus extraordinarios en estos hombres; pero ¿qué espíritus serán? […] Por una parte debemos precavernos de contristar el Espíritu de Dios, y por otra, de ser seducidos por el espíritu de Satanás” (ibíd.).

Pronto se dio a conocer el fruto de toda esta enseñanza. El pueblo fue inducido a descuidar la Biblia o a rechazarla del todo. Las escuelas se llenaron de confusión. Los estudiantes, despreciando todas las sujeciones, abandonaron sus estudios y se separaron de la universidad. Los hombres que se tuvieron a sí mismos por competentes para reavivar y dirigir la obra de la Reforma, lograron solo arrastrarla al borde de la ruina. Los romanistas, recobrando confianza, exclamaban alegres: “Un esfuerzo más, y todo será nuestro” (ibíd.).

Al saber Lutero en la Wartburg lo que ocurría, dijo, con profunda consternación: “Siempre esperaba yo que Satanás nos mandara esta plaga” (ibíd.). Se dio cuenta del verdadero carácter de estos fementidos profetas y vio el peligro que amenazaba a la causa de la verdad. La oposición del papa y del emperador no le habían sumido en la perplejidad y congoja que ahora experimentaba. De entre los que profesaban ser amigos de la Reforma se habían levantado sus peores enemigos. Las mismas verdades que le habían producido tan profundo regocijo y consuelo eran empleadas para despertar pleitos y confusión en la iglesia.

En la obra de la Reforma, Lutero había sido impulsado por el Espíritu de Dios y llevado más allá de lo que pensara. No había tenido el propósito de tomar tales resoluciones ni de efectuar cambios tan radicales. Había sido solamente instrumento en manos del poder infinito. Sin embargo, temblaba a menudo por el resultado de su trabajo. Dijo una vez: “Si yo supiera que mi doctrina hubiera dañado a un ser viviente por pobre y oscuro que hubiera sido—lo cual es imposible, pues ella es el mismo evangelio—, hubiera preferido mejor morir diez veces antes que negarme a retractarme” (ibíd.).

Y ahora hasta el mismo Wittenberg, el verdadero centro de la Reforma, caía rápidamente bajo el poder del fanatismo y de los desórdenes. Esta terrible situación no era efecto de las enseñanzas de Lutero; pero no obstante por toda Alemania sus enemigos se la achacaban a él. Con el ánimo deprimido, preguntábase a veces a sí mismo: “¿Será posible que así remate la gran obra de la Reforma?’ (ibíd.). Pero cuando hubo orado fervientemente al respecto, volvió la paz a su alma. “La obra no es mía sino tuya—decía él—, y no consentirás que se malogre por causa de la superstición o del fanatismo”. Él solo pensamiento de seguir apartado del conflicto en una crisis tal, le era insoportable; de modo que decidió volver a Wittenberg.

Sin más tardar arriesgó el viaje. Se hallaba proscrito en todo el imperio. Sus enemigos tenían libertad para quitarle la vida, y a sus amigos les era prohibido protegerle. El gobierno imperial aplicaba las medidas más rigurosas contra sus adherentes, pero vio que peligraba la obra del evangelio, y en el nombre del Señor se adelantó sin miedo a combatir por la verdad.

En una carta que dirigió al elector, después de manifestar el propósito que alentaba de salir de la Wartburg, decía: “Sepa su alteza que me dirijo a Wittenberg bajo una protección más valiosa que la de príncipes y electores. No he pensado solicitar la ayuda de su alteza; y tan lejos estoy de impetrar vuestra protección, que yo mismo abrigo más bien la esperanza de protegeros a vos. Si supiese yo que su alteza querría o podría tomar mi defensa, no iría a Wittenberg. Ninguna espada material puede adelantar esta causa. Dios debe hacerlo todo sin la ayuda o la cooperación del hombre. El que tenga más fe será el que podrá presentar mejor defensa” (ibíd., cap. 8).

En una segunda carta que escribió, camino de Wittenberg, añadía Lutero: “Héme aquí, dispuesto a sufrir la reprobación de su alteza y el enojo del mundo entero. ¿No son los vecinos de Wittenberg mi propia grey? ¿No los encomendó Dios a mi cuidado? y ¿no deberé, si es necesario, dar mi vida por amor de ellos? Además, temo ver una terrible revuelta en Alemania, que ha de acarrear a nuestro país el castigo de Dios” (ibíd., cap. 7).

22 DE FEBRERO 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 16:1-4; CS 169-170

Las siete copas de la ira de Dios
1 Oí una voz que desde el templo decía a gritos a los siete ángeles:
«¡Vayan y derramen sobre la tierra las siete copas del furor de Dios!»

El primer ángel fue y derramó su copa sobre la tierra, y a toda la gente que tenía la marca de la bestia y que adoraba su imagen le salió una llaga maligna y repugnante. El segundo ángel derramó su copa sobre el mar, y el mar se convirtió en sangre como de gente masacrada, y murió todo ser viviente que había en el mar.

El tercer ángel derramó su copa sobre los ríos y los manantiales, y estos se convirtieron en sangre.

Capítulo 10—Progresos de la reforma

La misteriosa desaparición de Lutero despertó consternación en toda Alemania, y por todas partes se oían averiguaciones acerca de su paradero. Circulaban los rumores más descabellados y muchos creían que había sido asesinado. Oíanse lamentos, no solo entre sus partidarios declarados, sino también entre millares de personas que aún no se habían decidido abiertamente por la Reforma. Muchos se comprometían por juramento solemne a vengar su muerte.

Los principales jefes del romanismo vieron aterrorizados a qué grado había llegado la animosidad contra ellos, y aunque al principio se habían regocijado por la supuesta muerte de Lutero, pronto desearon huir de la ira del pueblo. Los enemigos del reformador no se habían visto tan preocupados por los actos más atrevidos que cometiera mientras estaba entre ellos como por su desaparición. Los que en su ira habían querido matar al arrojado reformador estaban dominados por el miedo ahora que él no era más que un cautivo indefenso. “El único medio que nos queda para salvarnos—dijo uno—consiste en encender antorchas e ir a buscar a Lutero por toda la tierra, para devolverle a la nación que le reclama” (D’Aubigné, lib. 9, cap. 1). El edicto del emperador parecía completamente ineficaz. Los legados del papa se llenaron de indignación al ver que dicho edicto llamaba menos la atención que la suerte de Lutero.

Las noticias de que él estaba a salvo, aunque prisionero, calmaron los temores del pueblo y hasta acrecentaron el entusiasmo en su favor. Sus escritos se leían con mayor avidez que nunca antes. Un número siempre creciente de adeptos se unía a la causa del hombre heroico que frente a desventajas abrumadoras defendía la Palabra de Dios. La Reforma iba cobrando constantemente fuerzas. La semilla que Lutero había sembrado brotaba en todas partes. Su ausencia realizó una obra que su presencia no habría realizado. Otros obreros sintieron nueva responsabilidad al serles quitado su jefe, y con nueva fe y ardor se adelantaron a hacer cuanto pudiesen para que la obra tan noblemente comenzada no fuese estorbada.

Satanás empero no estaba ocioso. Intentó lo que ya había intentado en otros movimientos de reforma, es decir engañar y perjudicar al pueblo dándole una falsificación en lugar de la obra verdadera. Así como hubo falsos cristos en el primer siglo de la iglesia cristiana, así también se levantaron falsos profetas en el siglo XVI.

Unos cuantos hombres afectados íntimamente por la agitación religiosa, se imaginaron haber recibido revelaciones especiales del cielo, y se dieron por designados divinamente para llevar a feliz término la obra de la Reforma, la cual, según ellos, había sido débilmente iniciada por Lutero. En realidad, lo que hacían era deshacer la obra que el reformador había realizado. Rechazaban el gran principio que era la base misma de la Reforma, es a saber, que la Palabra de Dios es la regla perfecta de fe y práctica; y en lugar de tan infalible guía sustituían la norma variable e insegura de sus propios sentimientos e impresiones. Y así, por haberse despreciado al único medio seguro de descubrir el engaño y la mentira se le abrió camino a Satanás para que a su antojo dominase los espíritus.

21 DE FEBRERO 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 15:5-8; CS 167-168

5 Después de esto miré, y en el cielo se abrió el templo, el tabernáculo del testimonio. 6Del templo salieron los siete ángeles que llevaban las siete plagas. Estaban vestidos de lino limpio y resplandeciente, y ceñidos con bandas de oro a la altura del pecho. 7Uno de los cuatro seres vivientes dio a cada uno de los siete ángeles una copa de oro llena del furor de Dios, quien vive por los siglos de los siglos. 8El templo se llenó del humo que procedía de la gloria y del poder de Dios, y nadie podía entrar allí hasta que se terminaran las siete plagas de los siete ángeles.

CS 167-168

El punto señalado para el debate fue Baden, pero Zuinglio no concurrió. El concejo de Zúrich, sospechando los designios de los papistas, y advertido del peligro por las horrendas piras que habían sido encendidas ya en los cantones papistas para los confesores del evangelio, no permitió que su pastor se expusiera a este peligro. En Zúrich estaba siempre listo para recibir a todos los partidarios de Roma que esta pudiera enviar; pero ir a Baden, donde poco antes se había derramado la sangre de los martirizados por causa de la verdad, era lo mismo que exponerse a una muerte segura. Ecolampadio y Haller fueron elegidos para representar a los reformadores, en tanto que el famoso doctor Eck, sostenido por un ejército de sabios doctores y prelados, era el campeón de Roma.

Aunque Zuinglio no estaba presente en aquella conferencia, ejerció su influencia en ella. Los secretarios todos fueron elegidos por los papistas, y a todos los demás se les prohibió que sacasen apuntes, so pena de muerte. A pesar de esto, Zuinglio recibía cada día un relato fiel de cuanto se decía en Baden. Un estudiante que asistía al debate, escribía todas las tardes cuantos argumentos habían sido presentados, y otros dos estudiantes se encargaban de llevar a Zuinglio estos papeles, juntamente con cartas de Ecolampadio. El reformador contestaba dando consejos y proponiendo ideas. Escribía sus cartas durante la noche y por la mañana los estudiantes regresaban con ellas a Baden. Para burlar la vigilancia de la guardia en las puertas de la ciudad, estos mensajeros llevaban en la cabeza sendos canastos con aves de corral, de modo que se les dejaba entrar sin inconveniente alguno.

Así sostuvo Zuinglio la batalla contra sus astutos antagonistas: “Ha trabajado más—decía Miconius—, meditando y desvelándose, y transmitiendo sus opiniones a Baden, de lo que hubiera hecho disputando en medio de sus enemigos” (D’Aubigné, lib. II, cap. 13).

Los romanistas, engreídos con el triunfo que esperaban por anticipado, habían llegado a Baden luciendo sus más ricas vestiduras y brillantes joyas. Se regalaban a cuerpo de rey, cubrían sus mesas con las viandas más preciadas y delicadas y con los vinos más selectos. Aliviaban la carga de sus obligaciones eclesiásticas con banqueteos y regocijos. Los reformadores presentaban un pronunciado contraste, y el pueblo los miraba casi como una compañía de pordioseros, cuyas comidas frugales los detenían muy poco frente a la mesa.

El mesonero de Ecolampadio, que tenía ocasión de espiarlo en su habitación, le veía siempre ocupado en el estudio o en la oración y declaró admirado que el hereje era “muy piadoso”.  En la conferencia, “Eck subía orgullosamente a un púlpito soberbiamente decorado, en tanto que el humilde Ecolampadio, pobremente vestido, estaba obligado a sentarse frente a su adversario en tosca plataforma” (ibíd.). La voz estentórea de aquel y la seguridad de que se sentía poseído, nunca le abandonaron. Su celo era estimulado tanto por la esperanza del oro como por la de la fama; porque el defensor de la fe iba a ser recompensado con una hermosa cantidad. A falta de mejores argumentos, recurría a insultos y aun blasfemias.

Ecolampadio, modesto y desconfiado de sí mismo, había rehuido el combate, y entró en él con esta solemne declaración: “No reconozco otra norma de juicio que la Palabra de Dios” (ibíd.). Si bien de carácter manso y de modales corteses, demostró capacidad y entereza. En tanto que los romanistas, según su costumbre, apelaban a las tradiciones de la iglesia, el reformador se adhería firmemente a las Escrituras. “En nuestra Suiza—dijo—las tradiciones carecen de fuerza a no ser que estén de acuerdo con la constitución; y en asuntos de fe, la Biblia es nuestra única constitución” (ibíd.).

El contraste entre ambos contendientes no dejó de tener su efecto. La serena e inteligente argumentación del reformador, el cual se expresaba con tan noble mansedumbre y modestia, impresionó a los que veían con desagrado las orgullosas pretensiones de Eck.

El debate se prolongó durante dieciocho días. Al terminarlo los papistas cantaron victoria con gran confianza, y la dieta declaró vencidos a los reformadores y todos ellos, con Zuinglio, su jefe, separados de la iglesia. Pero los resultados de esta conferencia revelaron de qué parte estuvo el triunfo. El debate tuvo por consecuencia un gran impulso de la causa protestante, y no mucho después las importantes ciudades de Berna y Basilea se declararon en favor de la Reforma.

20 DE FEBRERO 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 15:1-4; CS 165-166

Siete ángeles con siete plagas
1 Vi en el cielo otra señal grande y maravillosa: siete ángeles con las siete plagas, que son las últimas, pues con ellas se consumará la ira de Dios. Vi también un mar como de vidrio mezclado con fuego. De pie, a la orilla del mar, estaban los que habían vencido a la bestia, a su imagen y al número de su nombre. Tenían las arpas que Dios les había dado, y cantaban el himno de Moisés, siervo de Dios, y el himno del Cordero:

«Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios Todopoderoso. Justos y verdaderos son tus caminos, Rey de las naciones. ¿Quién no te temerá, oh Señor? ¿Quién no glorificará tu nombre?  Solo tú eres santo. Todas las naciones vendrán y te adorarán, porque han salido a la luz las obras de tu justicia».

165-166
Zuinglio había alcanzado ya un conocimiento más claro de las verdades de este y experimentaba mejor en sí mismo su poder regenerador. La caída del hombre y el plan de redención eran los temas en los cuales se espaciaba. “En Adán—decía él—todos somos muertos, hundidos en corrupción y en condenación” (Wylie, lib. 8, cap. 9). Pero “Jesucristo […] nos ha dado una redención que no tiene fin […]. Su muerte aplaca continuamente la justicia divina en favor de todos aquellos que se acogen a aquel sacrificio con fe firme e inconmovible”. Y explicaba que el hombre no podía disfrutar de la gracia de Cristo, si seguía en el pecado. “Donde se cree en Dios, allí está Dios; y donde está Dios, existe un celo que induce a obrar bien” (D’Aubigné, lib. 8, cap. 9).

Creció tanto el interés en las predicaciones de Zuinglio, que la catedral se llenaba materialmente con las multitudes de oyentes que acudían para oírle. Poco a poco, a medida que podían soportarla, el predicador les exponía la verdad. Cuidaba de no introducir, desde el principio, puntos que los alarmasen y creasen en ellos prejuicios. Su obra era ganar sus corazones a las enseñanzas de Cristo, enternecerlos con su amor y hacerles tener siempre presente su ejemplo; y a medida que recibieran los principios del evangelio, abandonarían inevitablemente sus creencias y prácticas supersticiosas.

Paso a paso avanzaba la Reforma en Zúrich. Alarmados, los enemigos se levantaron en activa oposición. Un año antes, el fraile de Wittenberg había lanzado su “No” al papa y al emperador en Worms, y ahora todo parecía indicar que también en Zúrich habría oposición a las exigencias del papa. Fueron dirigidos repetidos ataques contra Zuinglio. En los cantones que reconocían al papa, de vez en cuando algunos discípulos del evangelio eran entregados a la hoguera, pero esto no bastaba; el que enseñaba la herejía debía ser amordazado. Por lo tanto, el obispo de Constanza envió tres diputados al concejo de Zúrich, para acusar a Zuinglio de enseñar al pueblo a violar las leyes de la iglesia, con lo que trastornaba la paz y el buen orden de la sociedad. Insistía él en que si se menospreciaba la suprema autoridad de la iglesia, vendría como consecuencia una anarquía general. Zuinglio replicó que por cuatro años había estado predicando el evangelio en Zúrich, “y que la ciudad estaba más tranquila que cualquiera otra ciudad de la confederación”.

Preguntó:“¿No es, por tanto, el cristianismo la mejor salvaguardia para la seguridad general?”—Wylie, lib. 8, cap. II.

Los diputados habían exhortado a los concejales a que no abandonarán la iglesia, porque, fuera de ella, decían, no hay salvación. Zuinglio replicó: “¡Que esta acusación no os conmueva! El fundamento de la iglesia es aquella piedra de Jesucristo, cuyo nombre dio a Pedro por haberle confesado fielmente. En toda nación el que cree de corazón en el Señor Jesús se salva. Fuera de esta iglesia, y no de la de Roma, es donde nadie puede salvarse” (D’Aubigné, lib. 8, cap. II). Como resultado de la conferencia, uno de los diputados del obispo se convirtió a la fe reformada.

El concejo se abstuvo de proceder contra Zuinglio, y Roma se preparó para un nuevo ataque. Cuando el reformador se vio amenazado por los planes de sus enemigos, exclamó: “¡Que vengan contra mí! Yo los temo lo mismo que un peñasco escarpado teme las olas que se estrellan a sus pies” (Wylie, lib. 8, cap. II). Los esfuerzos de los eclesiásticos solo sirvieron para adelantar la causa que querían aniquilar. La verdad seguía cundiendo. En Alemania, los adherentes abatidos por la desaparición inexplicable de Lutero, cobraron nuevo aliento al notar los progresos del evangelio en Suiza.

A medida que la Reforma se fue afianzando en Zúrich, se vieron más claramente sus frutos en la supresión del vicio y en el dominio del orden y de la armonía. “La paz tiene su habitación en nuestro pueblo—escribía Zuinglio—; no hay disputas, ni hipocresías, ni envidias, ni escándalos. ¿De dónde puede venir tal unión sino del Señor y de la doctrina que enseñamos, la cual nos colma de los frutos de la piedad y de la paz?” (ibíd., cap. 15).

Las victorias obtenidas por la Reforma indujeron a los romanistas a hacer esfuerzos más resueltos para dominarla. Viendo cuán poco habían logrado con la persecución para suprimir la obra de Lutero en Alemania, decidieron atacar a la Reforma con sus mismas armas. Sostendrían una discusión con Zuinglio y encargándose de los asuntos se asegurarían el triunfo al elegir no solo el lugar en que se llevaría a efecto el acto, sino también los jueces que decidirían de parte de quién estaba la verdad. Si lograban por una vez tener a Zuinglio en su poder, tendrían mucho cuidado de que no se les escapase. Una vez acallado el jefe, todo el movimiento sería pronto aplastado. Este plan, por supuesto, se mantuvo en la mayor reserva.

19 DE FEBRERO 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 14:17-20; CS 163-164

17 Del templo que está en el cielo salió otro ángel, que también llevaba una hoz afilada. 18 Del altar salió otro ángel, que tenía autoridad sobre el fuego, y le gritó al que llevaba la hoz afilada: «Mete tu hoz y corta los racimos del viñedo de la tierra, porque sus uvas ya están maduras». 19 El ángel pasó la hoz sobre la tierra, recogió las uvas y las echó en el gran lagar de la ira de Dios. 20 Las uvas fueron exprimidas fuera de la ciudad, y del lagar salió sangre, la cual llegó hasta los frenos de los caballos en una extensión de trescientos kilómetros.

CS 163-164

Ya se había despertado el interés de los que escuchaban las verdades que él enseñaba, y el pueblo se reunía en gran número a oír la predicación. Muchos que desde hacía tiempo habían dejado de asistir a los oficios, se hallaban ahora entre sus oyentes. Inició Zuinglio su ministerio abriendo los Evangelios y leyendo y explicando a sus oyentes la inspirada narración de la vida, doctrina y muerte de Cristo. En Zúrich, como en Einsiedeln, presentó la Palabra de Dios como la única autoridad infalible, y expuso la muerte de Cristo como el solo sacrificio completo. “Es a Jesucristo—dijo—a quien deseo conduciros; a Jesucristo, verdadero manantial de salud” (ibíd.). En torno del predicador se reunían multitudes de personas de todas las clases sociales, desde los estadistas y los estudiantes, hasta los artesanos y los campesinos. Escuchaban sus palabras con el más profundo interés. Él no proclamaba tan solo el ofrecimiento de una salvación gratuita, sino que denunciaba sin temor los males y las corrupciones de la época. Muchos regresaban de la catedral dando alabanzas a Dios. “¡Este, decían, es un predicador de verdad! él será nuestro Moisés, para sacarnos de las tinieblas de Egipto” (ibíd.).

Pero, por más que al principio fuera su obra acogida con entusiasmo, vino al fin la oposición. Los frailes se propusieron estorbar su obra y condenar sus enseñanzas. Muchos le atacaron con burlas y sátiras; otros le lanzaron insolencias y amenazas. Sin empbargo Zuinglio todo lo soportaba con paciencia, diciendo: “Si queremos convertir a Jesucristo a los malos, es menester cerrar los ojos a muchas cosas” (ibíd.).

Por aquel tiempo un nuevo agente vino a dar impulso a la obra de la Reforma. Un amigo de esta mandó a Zúrich a un tal Luciano que llevaba consigo varios de los escritos de Lutero. Este amigo, residente en Basilea, había pensado que la venta de estos libros sería un poderoso auxiliar para la difusión de la luz. “Averiguad—dijo a Zuinglio en una carta—si Luciano posee bastante prudencia y habilidad; si así es, mandadlo de villa en villa, de lugar en lugar, y aun de casa en casa entre los suizos, con los escritos de Lutero, y en particular con la exposición de la oración dominical escrita para los seglares. Cuanto más conocidos sean, tantos más compradores hallarán” (ibíd.). De este modo se esparcieron los rayos de luz.

Cuando Dios se dispone a quebrantar las cadenas de la ignorancia y de la superstición, es cuando Satanás trabaja con mayor esfuerzo para sujetar a los hombres en las tinieblas, y para apretar aun más las ataduras que los tienen sujetos. A medida que se levantaban en diferentes partes del país hombres que presentaban al pueblo el perdón y la justificación por medio de la sangre de Cristo, Roma procedía con nueva energía a abrir su comercio por toda la cristiandad, ofreciendo el perdón a cambio de dinero. Cada pecado tenía su precio, y se otorgaba a los hombres licencia para cometer crímenes, con tal que abundase el dinero en la tesorería de la iglesia. De modo que seguían adelante dos movimientos: uno que ofrecía el perdón de los pecados por dinero, y el otro que lo ofrecía por medio de Cristo; Roma que daba licencia para pecar, haciendo de esto un recurso para acrecentar sus rentas, y los reformadores que condenaban el pecado y señalaban a Cristo como propiciación y Redentor.

En Alemania la venta de indulgencias había sido encomendada a los dominicos y era dirigida por el infame Tetzel. En Suiza el tráfico fue puesto en manos de los franciscanos, bajo la dirección de un fraile italiano llamado Samsón. Había prestado este ya buenos servicios a la iglesia y reunido en Suiza y Alemania grandes cantidades para el tesoro del papa. Cruzaba entonces a Suiza, atrayendo a grandes multitudes, despojando a los pobres campesinos de sus escasas ganancias y obteniendo ricas ofrendas entre los ricos. Pero la influencia de la Reforma hacía disminuir el tráfico de las indulgencias aunque sin detenerlo del todo. Todavía estaba Zuinglio en Einsiedeln cuando Samsón se presentó con su mercadería en una población vecina. Enterándose de su misión, el reformador trató inmediatamente de oponérsele. No se encontraron frente a frente, pero fue tan completo el éxito de Zuinglio al exponer las pretensiones del fraile, que este se vio obligado a dejar aquel lugar y tomar otro rumbo.

En Zúrich predicó Zuinglio con ardor contra estos monjes traficantes en perdón, y cuando Samsón se acercó a dicha ciudad le salió al encuentro un mensajero enviado por el concejo para ordenarle que no entrara. No obstante, logró al fin introducirse por estratagema, pero a poco le despidieron sin que hubiese vendido ni un solo perdón y no tardó en abandonar a Suiza.

Un fuerte impulso recibió la Reforma con la aparición de la peste o “gran mortandad”, que azotó a Suiza en el año 1519. Al verse los hombres cara a cara con la muerte, se convencían de cuán vanos e inútiles eran los perdones que habían comprado poco antes, y ansiaban tener un fundamento más seguro sobre el cual basar su fe. Zuinglio se contagió en Zúrich y se agravó de tal modo que se perdió toda esperanza de salvarle y circuló por muchos lugares el rumor de que había muerto. En aquella hora de prueba su valor y su esperanza no vacilaron. Miraba con los ojos de la fe hacia la cruz del Calvario y confió en la propiciación absoluta allí alcanzada para perdón de los pecados. Cuando volvió a la vida después de haberse visto a las puertas del sepulcro, se dispuso a predicar el evangelio con más fervor que nunca antes, y sus palabras iban revestidas de nuevo poder. El pueblo dio la bienvenida con regocijo a su amado pastor que volvía de los umbrales de la muerte. Ellos mismos habían tenido que atender a enfermos y moribundos, y reconocían mejor que antes el valor del evangelio.