30 de septiembre 2014

Segunda venida
Lectura para hoy:
 
Mateo 24  (RVR1960)

Jesús predice la destrucción del templo
1 Cuando Jesús salió del templo y se iba, se acercaron sus discípulos para mostrarle los edificios del templo. 2 Respondiendo él, les dijo: ¿Veis todo esto? De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada.

Señales antes del fin
3 Y estando él sentado en el monte de los Olivos, los discípulos se le acercaron aparte, diciendo: Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo? 4 Respondiendo Jesús, les dijo: Mirad que nadie os engañe. 5 Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán. 6 Y oiréis de guerras y
rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin. 7 Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. 8 Y todo esto será principio
de dolores.

9 Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre. 10 Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán. 11 Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos; 12 y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará. 13 Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo. 14 Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin.

15 Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel (el que lee, entienda), 16 entonces los que estén en Judea, huyan a los montes. 17 El que esté en la azotea, no descienda para tomar algo de su casa; 18 y el que esté en el campo, no vuelva atrás para tomar su capa. 19 Mas ¡ay de las que estén encintas, y de las que críen en aquellos días!
20 Orad, pues, que vuestra huida no sea en invierno ni en día de reposo; 21 porque habrá
entonces gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora,
ni la habrá. 22 Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo; mas por causa
de los escogidos, aquellos días serán acortados.

23 Entonces, si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está, no lo creáis. 24 Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos. 25 Ya os lo he dicho antes. 26 Así que, si os dijeren: Mirad, está en el desierto, no salgáis; o mirad, está en los aposentos, no lo creáis. 27 Porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del Hombre. 28 Porque dondequiera que estuviere el cuerpo muerto, allí se juntarán las águilas.

La venida del Hijo del Hombre
29 E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas. 30 Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. 31 Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro.

32 De la higuera aprended la parábola: Cuando ya su rama está tierna, y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. 33 Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas. 34 De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca. 35 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. 36 Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo mi Padre.

37 Mas como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre. 38 Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, 39 y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre. 40 Entonces estarán dos en el campo; el uno será tomado, y el otro será dejado. 41 Dos mujeres estarán moliendo en un molino; la una será tomada, y la otra será dejada. 42 Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor.

43 Pero sabed esto, que si el padre de familia supiese a qué hora el ladrón habría de venir, velaría, y no dejaría minar su casa. 44 Por tanto, también vosotros estad preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis. 45 ¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, al cual puso su señor sobre su casa para que les dé el alimento a tiempo? 46 Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así. 47 De cierto os digo que sobre todos sus bienes le pondrá. 48 Pero si aquel siervo malo dijere en su corazón: Mi señor tarda en venir; 49 y comenzare a golpear a sus consiervos, y aun a comer y a beber con los borrachos, 50 vendrá el señor de aquel siervo en día que éste no espera, y a la hora que no sabe, 51 y lo castigará duramente, y pondrá su parte con los hipócritas; allí será el lloro y el crujir de dientes.

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29 de septiembre 2014

Filacteria
Lectura para hoy:
 
El Deseado de Todas la Gentes p. 576-580

Capítulo 67 – Ayes Sobre los Fariseos

Era el último día que Cristo enseñara en el templo. La atención de todos los que formaban las vastas muchedumbres que se habían reunido en Jerusalén había sido atraída a él; el pueblo se había congregado en los atrios del templo, y atento a la contienda que se había desarrollado, no había perdido una palabra de las que cayeron de los labios de Jesús.

Nunca se había presenciado una escena tal. Allí estaba el joven galileo, sin honores terrenales ni insignias reales. En derredor de él estaban los sacerdotes con sus lujosos atavíos, los gobernantes con sus mantos e insignias que indicaban su posición exaltada, y los escribas teniendo en las manos los rollos a los cuales se referían con frecuencia. Jesús estaba serenamente delante de ellos con la dignidad de un rey. Como investido de la autoridad celestial, miraba sin vacilación a sus adversarios, que habían rechazado y despreciado sus enseñanzas, y estaban sedientos de su
vida.

Le habían asaltado en gran número, pero sus maquinaciones para entramparle y condenarle habían sido inútiles. Había hecho frente a un desafío tras otro, presentando la verdad pura y brillante en contraste con las tinieblas y los errores de los sacerdotes y fariseos. Había expuesto a estos dirigentes su verdadera condición, y la retribución que con seguridad se atraerían si persistían en sus malas acciones. La amonestación había sido dada fielmente. Sin embargo, Cristo tenía aún otra obra que hacer. Le quedaba todavía un propósito por cumplir.

El interés del pueblo en Cristo y su obra había aumentado constantemente. A los circunstantes les encantaba su enseñanza, pero también los dejaba muy perplejos. Habían respetado a los sacerdotes y rabinos por su inteligencia y piedad aparente. En todos los asuntos religiosos, habían prestado siempre obediencia implícita a su autoridad. Pero ahora veían que estos hombres trataban de desacreditar a Jesús, maestro cuya virtud y conocimiento se destacaban con mayor brillo a cada asalto que sufría. Miraban los semblantes agachados de los sacerdotes y ancianos, y allí veían confusión y derrota. Se maravillaban de que los sacerdotes no quisieran creer en Jesús, cuando sus enseñanzas eran tan claras y sencillas. No sabían ellos mismos qué conducta asumir. Con ávida ansiedad, se fijaban en los movimientos de aquellos cuyos consejos habían seguido siempre.

En las parábolas que Cristo había pronunciado, era su propósito amonestar a los sacerdotes e instruir a la gente que estaba dispuesta a ser enseñada. Pero era necesario hablar aun más claramente. La gente estaba esclavizada por su actitud reverente hacia la tradición y por su fe ciega en un sacerdocio corrompido. Cristo debía romper esas cadenas. El carácter de los sacerdotes, gobernantes y fariseos debía ser expuesto plenamente.

“Sobre la cátedra de Moisés —dijo él,— se sentaron los escribas y los Fariseos: así que todo lo que os dijeren que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras: porque dicen y no hacen.” Los escribas y los fariseos aseveraban estar investidos de autoridad divina similar a la de Moisés. Aseveraban reemplazarle como expositores de la ley y jueces del pueblo. Como tales, exigían del pueblo absoluto respeto y obediencia. Jesús invitó a sus oyentes a hacer lo que los rabinos les enseñaban según la ley, pero no a seguir su ejemplo. Ellos mismos no practicaban sus propias enseñanzas. Y, además, enseñaban muchas cosas contrarias a las Escrituras.

Jesús dijo: “Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; mas ni aun con su dedo las quieren mover.” Los fariseos imponían una multitud de reglamentos fundados en la tradición, que restringían irracionalmente la libertad personal. Y explicaban ciertas porciones de la ley de tal manera que imponían al pueblo observancias que ellos mismos pasaban por alto en secreto, y de las cuales, cuando respondía a su propósito, hasta aseveraban estar exentos.

Su objeto constante consistía en hacer ostentación de su piedad. Para ellos, nada era demasiado sagrado para servir a este fin. Dios había dicho a Moisés acerca de sus leyes: “Has de atarlas por señal en tu mano, y estarán por frontales entre tus ojos.” (Deuteronomio 6: 8) Estas palabras tienen un significado profundo. A medida que se medite en la Palabra de Dios y se la practique, el ser entero quedará ennoblecido. Al obrar con justicia y misericordia, las manos revelarán, como señal, los principios de la ley de Dios. Se mantendrán libres de cohecho, y de todo lo que sea corrupto y engañoso. Serán activas en obras de amor y compasión. Los ojos, dirigidos hacia un propósito noble, serán claros y veraces. El semblante y los ojos expresivos atestiguarán el carácter inmaculado de aquel que ama y honra la Palabra de Dios.Pero los judíos del tiempo de Cristo no discernían todo eso.

La orden dada a Moisés había sido torcida en el sentido de que los preceptos de la Escritura debían llevarse sobre la persona. Por consiguiente se escribían en tiras de pergamino o filacterias que se ataban en forma conspicua en derredor de la cabeza y de las muñecas. Pero esto no daba a la ley de Dios dominio más firme sobre la mente y el corazón. Se llevaban estos pergaminos simplemente como insignias para llamar la atención. Se creía que daban a quienes los llevasen un aire de devoción capaz de inspirar reverencia al pueblo.

Jesús asestó un golpe a esta vana pretensión: “Antes, todas sus obras hacen para ser mirados de los hombres; porque ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas; y las salutaciones en las plazas, y ser llamados de los hombres Rabbí, Rabbí. Mas vosotros, no queráis ser llamados Rabbí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo; y todos vosotros sois hermanos. Y vuestro padre no llaméis a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el cual está en los cielos. Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo.”

En estas claras palabras, el Salvador reveló la ambición egoísta que constantemente procuraba obtener cargos y poder manifestando una humildad ficticia, mientras el corazón estaba lleno de avaricia y envidia. Cuando las personas eran invitadas a una fiesta, los huéspedes se sentaban de acuerdo con su jerarquía, y los que obtenían el puesto más honorable recibían la primera atención y favores especiales. Los fariseos estaban siempre maquinando para obtener estos honores. Jesús reprendió esta práctica. También reprendió la vanidad manifestada al codiciar el título de rabino o maestro. Declaró que este título no pertenecía a los hombres, sino a Cristo.

Los sacerdotes, escribas, gobernantes, expositores y administradores de la ley, eran todos hermanos, hijos de un mismo Padre. Jesús enseñó enfáticamente a la gente que no debía dar a ningún hombre un título de honor que indicase su dominio de la conciencia y la fe.

Si Cristo estuviese en la tierra hoy rodeado por aquellos que llevan el título de “Reverendo” o “Reverendísimo,” ¿no repetiría su aserto: “Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo”? La Escritura declara acerca de Dios: “Santo y terrible [reverendo, en inglés] es su nombre.” (Salmo 111:9) ¿A qué ser humano cuadra un título tal ? Cuán poco revela el hombre de la sabiduría y justicia que indica. Cuántos de los que asumen este título representan falsamente el nombre y el carácter de Dios.  Ay, cuántas veces la ambición y el despotismo mundanales y los pecados más viles han estado ocultos bajo las bordadas vestiduras de un cargo alto y santo!

El Salvador continuó:
“El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo. Porque el que se ensalzare, será humillado; y el que se humillare, será ensalzado.” Repetidas veces Cristo había enseñado que la verdadera grandeza se mide por el valor moral. En la estima del cielo, la grandeza de carácter consiste en vivir para el bienestar de nuestros semejantes, en hacer obras de amor y misericordia. Cristo, el Rey de gloria, fue siervo del hombre caído.

“¡Ay de vosotros, escribas y Fariseos, hipócritas! —dijo Jesús,— porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; que ni vosotros entráis, ni a los que están entrando dejáis entrar.” Pervirtiendo las Escrituras, los sacerdotes y doctores de la ley cegaban la mente de aquellos que de otra manera habrían recibido un conocimiento del reino de Cristo y la vida interior y divina que es esencial para la verdadera santidad.

Foto: http://bit.ly/1xq0Ect

28 de septiembre 2014

lightbeam
Lectura para hoy:
Juan 12: 20-50

                          El Deseado de Todas las Gentes p. 574, 575

Juan 12: 20-50 (NTV) – Jesús anuncia su muerte
20 Algunos griegos que habían ido a Jerusalén para celebrar la Pascua 21 le hicieron una visita a Felipe, que era de Betsaida de Galilea. Le dijeron: «Señor, queremos conocer a Jesús». 22 Felipe se lo comentó a Andrés, y juntos fueron a preguntarle a Jesús.

23 Jesús respondió: «Ya ha llegado el momento para que el Hijo del Hombre entre en su gloria. 24 Les digo la verdad, el grano de trigo, a menos que sea sembrado en la tierra y muera, queda solo. Sin embargo, su muerte producirá muchos granos nuevos, una abundante cosecha de nuevas vidas. 25 Los que aman su vida en este mundo la perderán. Los que no le dan importancia a su vida en este mundo la conservarán por toda la eternidad. 26 Todo el que quiera ser mi discípulo debe seguirme, porque mis siervos tienen que estar donde yo estoy. El Padre honrará a todo el que me sirva.

27 »Ahora mi alma está muy entristecida. ¿Acaso debería orar: “Padre, sálvame de esta hora”? ¡Pero esa es precisamente la razón por la que vine! 28 Padre, glorifica tu nombre»Entonces habló una voz del cielo: «Ya he glorificado mi nombre y lo haré otra vez». 29 Al oír la voz, algunos de la multitud pensaron que era un trueno, mientras que otros decían que un ángel le había hablado.

30 Entonces Jesús les dijo: «La voz fue para beneficio de ustedes, no mío31 Ha llegado el tiempo de juzgar a este mundo, cuando Satanás —quien gobierna este mundo— será expulsado. 32 Y, cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí». 33 Con eso quería dar a entender de qué forma iba a morir.

34 La multitud respondió:
—Según entendimos de las Escrituras,el Mesías vivirá para siempre. ¿Cómo puedes decir, entonces, que el Hijo del Hombre va a morir? Además, ¿quién es este Hijo del Hombre?

35 Jesús contestó:
—Mi luz brillará para ustedes solo un poco más de tiempo. Caminen en la luz mientras puedan, para que la oscuridad no los tome por sorpresa, porque los que andan en la oscuridad no pueden ver adónde van. 36 Pongan su confianza en la luz mientras aún haya tiempo; entonces se convertirán en hijos de la luz. Después de decir esas cosas, Jesús salió y desapareció de la vista de ellos.

Incredulidad de la gente
37 A pesar de todas las señales milagrosas que Jesús había hecho, la mayoría de la gente aún no creía en él. 38 Eso era precisamente lo que el profeta Isaías había predicho:
«Señor, ¿quién ha creído nuestro mensaje?
¿A quién ha revelado el Señor su brazo poderoso?».

39 Pero la gente no podía creer, porque como también dijo Isaías:
40 «El Señor les ha cegado los ojos
y les ha endurecido el corazón,
para que sus ojos no puedan ver
y sus corazones no puedan entender
y ellos no puedan regresar a mí
para que yo los sane».

41 Isaías se refería a Jesús cuando dijo esas palabras, porque vio el futuro y habló de la gloria del Mesías. 42 Sin embargo, hubo muchos que sí creyeron en él, entre ellos algunos líderes judíos; pero no lo admitían por temor a que los fariseos los expulsaran de la sinagoga; 43 porque amaban más la aprobación humana que la aprobación de Dios.

44 Jesús le gritó a la multitud: «Si confían en mí, no confían solo en mí, sino también en Dios, quien me envió. 45 Pues, cuando me ven a mí, están viendo al que me envió. 46 Yo he venido como una luz para brillar en este mundo de oscuridad, a fin de que todos los que pongan su confianza en mí no queden más en la oscuridad. 47 No voy a juzgar a los que me oyen pero no me obedecen, porque he venido para salvar al mundo y no para juzgarlo. 48 Pero todos los que me rechazan a mí y rechazan mi mensaje serán juzgados el día del juicio por la verdad que yo he hablado. 49 Yo no hablo con autoridad propia; el Padre, quien me envió, me ha ordenado qué decir y cómo decirlo. 50 Y sé que sus mandatos llevan a la vida eterna; por eso digo todo lo que el Padre me indica que diga»

El Deseado de Todas las Gentes p. 574, 575

La sabiduría de la respuesta de Cristo había convencido al escriba. Sabía que la religión judía consistía en  ceremonias externas más bien que en piedad interna. Sentía en cierta medida la inutilidad de las ofrendas ceremoniales, y del derramamiento de sangre para la expiación del pecado si no iba acompañado de fe. El amor y la obediencia a Dios, la consideración abnegada para con el hombre, le parecían de más valor que todos estos ritos.

La disposición de este hombre a reconocer la corrección del raciocinio de Cristo y su respuesta decidida y pronta delante de la gente, manifestaban un espíritu completamente diferente del de los sacerdotes y gobernantes. El corazón de Jesús se compadeció del honrado escriba que se había atrevido a afrontar el ceño de los sacerdotes y las amenazas de los gobernantes al expresar las convicciones de su corazón. “Jesús entonces, viendo que había respondido sabiamente, le dice: No estás lejos del reino de Dios.”

El escriba estaba cerca del reino de Dios porque reconocía que las obras de justicia son más aceptables para Dios que los holocaustos y sacrificios. Pero necesitaba reconocer el carácter divino de Cristo, y por la fe en él recibir el poder para hacer las obras de justicia. El servicio ritual no tenía ningún valor a menos que estuviese relacionado con Cristo por una fe viva. Aun la ley moral no cumple su propósito a menos que se entienda en su
relación con el Salvador.

Cristo había demostrado repetidas veces que la ley de su Padre contenía algo más profundo que sólo órdenes autoritarias. En la ley se encarnaba el mismo principio revelado en el Evangelio. La ley señala su deber al hombre y le muestra su culpabilidad. Este debe buscar en Cristo perdón y poder para hacer lo que la ley ordena.  

Los fariseos se habían acercado en derredor de Jesús mientras contestaba la pregunta del escriba. Ahora él les dirigió una pregunta: “¿Qué os parece del Cristo? ¿de quién es Hijo?” Esta pregunta estaba destinada a probar su fe acerca del Mesías, a demostrar si le consideraban simplemente como hombre o como Hijo de Dios. Un coro de voces contestó: “De David.” Tal era el título que laprofecía había dado al Mesías. Cuando Jesús revelaba su divinidad por sus poderosos milagros, cuando sanaba a los enfermos y resucitaba a los muertos, la gente se había preguntado entre sí: “¿No es éste el Hijo de David?”

La mujer sirofenisa, el ciego Bartimeo y muchos otros, habían clamado a él por ayuda: “Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí.” (Mateo 15 : 22) Mientras cabalgaba en dirección a Jerusalén, había sido saludado con la gozosa aclamación: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” (Mateo 21: 9) Y en el templo los niñitos se habían hecho eco ese mismo día de este alegre reconocimiento. Pero muchos de los que llamaban a Jesús Hijo de David, no reconocían su divinidad. No comprendían que el Hijo de David era también el Hijo de Dios.

En respuesta a la declaración de que el Cristo era el Hijo de David, Jesús dijo: “¿Pues cómo David en Espíritu [el Espíritu de inspiración proveniente de Dios] le llama Señor, diciendo: Dijo el Señor a mi Señor:  Siéntate a mi diestra, entre tanto que pongo tus enemigos por estrado de tus pies? Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su Hijo? Y nadie le podía responder palabra; ni osó alguno desde aquel día preguntarle más.”

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27 de septiembre 2014

life againLectura para hoy:
                          El Deseado de Todas las Gentes p. 570-573

Los saduceos eran mucho menos numerosos que sus oponentes, y no tenían mucho dominio sobre el pueblo común; pero muchos de ellos eran ricos y ejercían la influencia que imparte la riqueza. En sus filas figuraba la mayor parte de los sacerdotes, y de entre ellos se elegía generalmente al sumo sacerdote. Pero esto se hacía, sin embargo, con la expresa estipulación de que no fuesen
recalcadas sus opiniones escépticas. Debido al número y la popularidad de los fariseos, era necesario para los saduceos dar su aquiescencia externa a sus doctrinas mientras ocupaban un cargo sacerdotal. Pero el hecho mismo de que eran elegibles para tales cargos, daba influencia a sus errores.

Los saduceos rechazaban la enseñanza de Jesús. El estaba animado por un espíritu cuya manifestación en esta forma no querían reconocer; y su enseñanza acerca de Dios y de la vida futura contradecía sus teorías. Creían en Dios, como el único ser superior al hombre; pero argüían que una providencia directora y una previsión divina privarían al hombre del carácter de agente moral libre y le degradarían a la posición de un esclavo. Creían que, habiendo creado al hombre, Dios le había abandonado a sí mismo, independiente de una influencia superior.

Sostenían que el hombre estaba libre para regir su propia vida y amoldar los acontecimientos del mundo; que su destino estaba en sus propias manos. Negaban que el Espíritu de Dios obrase por medio de los esfuerzos humanos o medios naturales. Sin embargo, sostenían que, por el debido empleo de sus facultades naturales, el hombre podía elevarse e ilustrarse; que por exigencias rigurosas y austeras podía purificarse su vida.

Sus ideas acerca de Dios amoldaban su carácter. Como en su opinión no tenía él interés en el hombre, tenían poca consideración unos para con otros; había poca unión entre ellos. Rehusando reconocer la influencia del Espíritu Santo sobre las acciones humanas, carecían de su poder en sus vidas. Como el resto de los judíos, se jactaban mucho de
su derecho de nacimiento como hijos de Abrahán y de su estricta adhesión a los requerimientos de la ley; pero estaban desprovistos del verdadero espíritu de la ley, así como de la fe y benevolencia de Abrahán. Sus simpatías naturales eran muy estrechas. Creían que era posible para todos los hombres conseguir las comodidades y bendiciones de la vida; y sus corazones no se conmovían por las necesidades y los sufrimientos ajenos. Vivían para sí mismos.

Por sus palabras y obras, Cristo testificaba de un poder  divino que produce resultados sobrenaturales, de una vida futura más allá de la presente, de Dios como Padre de los
hijos de los hombres, que siempre vela por sus intereses verdaderos. Revelaba la obra del poder divino en la benevolencia y compasión que reprendía el carácter egoísta y exclusivo de los saduceos. Enseñaba que para el bien temporal y eterno del hombre, Dios obra en el corazón
por el Espíritu Santo. Demostraba el error de confiar en el poder humano para aquella transformación del carácter que puede ser realizada única mente por el Espíritu de Dios.

Los saduceos estaban resueltos a desacreditar esta enseñanza. Al buscar una controversia con Jesús, confiaban en que arruinarían su reputación, aun cuando no pudiesen obtener su condenación. La resurrección fue el tema acerca del cual decidieron interrogarle. En caso de
manifestarse de acuerdo con ellos, iba a ofender aun más a los fariseos. Si difiriese de su parecer, se proponían poner su enseñanza en ridículo.

Los saduceos razonaban que si el cuerpo se ha de componer en su estado inmortal de las mismas partículas de materia que en su estado mortal, entonces cuando resucite de los muertos, tendrá que tener carne y sangre, y reasumir en el mundo eterno la vida interrumpida en la tierra. En tal caso, concluían que las relaciones terrenales se reanudarían, el esposo y la esposa volverían a unirse, se consumarían los matrimonios, y todas las cosas irían como antes de la muerte, perpetuándose en la vida futura las fragilidades y pasiones de esta vida.

En respuesta a sus preguntas, Jesús alzó el velo de la vida futura. “En la resurrección —dijo— ni los hombres tomarán mujeres, ni las mujeres maridos; mas son como los ángeles de Dios en el cielo.” Demostró que los saduceos estaban equivocados en su creencia. Sus premisas eran falsas. “Erráis —añadió,— ignorando las Escrituras y el poder de Dios.” No los acusó, como había
acusado a los fariseos, de hipocresía, sino de error en sus creencias.

Los saduceos se habían lisonjeado de que entre todos los hombres eran los que se adherían más estrictamente a las Escrituras. Pero Jesús demostró que no conocían su verdadero significado. Este conocimiento debe ser grabado en el corazón por la iluminación del Espíritu Santo. Su
ignorancia de las Escrituras y del poder de Dios, declaró él, eran causa de la confusión de su fe y de las tinieblas mentales en que se hallaban. Trataban de abarcar los misterios de Dios con su raciocinio finito. Cristo los invitó a abrir sus mentes a las verdades sagradas que ampliarían y fortalecerían el entendimiento.

Millares se vuelven incrédulos porque sus mentes finitas no pueden comprender los misterios de Dios. No pueden explicar la maravillosa manifestación del poder divino en sus providencias, y por lo tanto rechazan las evidencias de un poder tal, atribuyéndolas a los agentes naturales que les son aun más difíciles de comprender. La única clave de los misterios que nos rodean consiste en reconocer en todos ellos la presencia y el poder de Dios. Los hombres necesitan reconocer a Dios como el Creador del universo, el que ordena y ejecuta todas las cosas. Necesitan una visión más amplia de su carácter y del misterio de sus agentes.

Cristo declaró a sus oyentes que si no hubiese resurrección de los muertos, las Escrituras que profesaban creer no tendrían utilidad. El dijo: “Y de la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os es dicho por Dios,  que dice: Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y
el Dios de Jacob?” Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Dios cuenta las cosas que no son como si fuesen. El ve el fin desde el principio, y contempla el resultado de su obra como si estuviese ya terminada. Los preciosos muertos, desde Adán hasta el último santo que muera, oirán la voz del Hijo de Dios, y saldrán del sepulcro para tener vida inmortal. Dios será su Dios, y ellos serán su pueblo. Habrá una relación íntima y tierna entre Dios y los santos resucitados. Esta condición, que se anticipa en su propósito, es contemplada por él como si ya existiese. Para él los muertos viven.

Los saduceos fueron reducidos al silencio por las palabras de Cristo. No le pudieron contestar. No había dicho una sola palabra de la cual pudiesen aprovecharse para condenarle. Sus adversarios no habían ganado nada, sino el desprecio del pueblo. Sin embargo, los fariseos no desesperaban de inducirle a decir algo que pudiesen usar contra él. Persuadieron a cierto sabio escriba a que interrogase a Jesús acerca de cuál de los diez preceptos de la ley tenía la mayor  importancia.

Los fariseos habían exaltado los cuatro primeros mandamientos, que señalaban el deber del hombre para con su Hacedor, como si fuesen de mucho mayor consecuencia que los otros seis, que definen los deberes del hombre para con sus semejantes. Como resultado, les faltaba piedad práctica. Jesús había demostrado a la gente su gran deficiencia y había enseñado la necesidad de las buenas obras, declarando que se conoce el árbol por sus frutos. Por esta razón, le habían acusado de exaltar los últimos seis mandamientos
más que los primeros cuatro.

El escriba se acercó a Jesús con una pregunta directa: “¿Cuál es el primer mandamiento de todos?” La respuesta de Cristo es directa y categórica: “El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel, el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Amarás pues al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de toda tu mente, y de todas tus fuerzas; este es el principal mandamiento.” El segundo es semejante al primero, dijo Cristo; porque se desprende de él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.” “De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.”

Los primeros cuatro mandamientos del Decálogo están resumidos en el primer gran precepto: “Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón.” Los últimos seis están incluidos en el otro: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Estos dos mandamientos son la expresión del principio del amor. No se puede guardar el primero y violar el segundo, ni se puede guardar el segundo mientras se viola el primero. Cuando Dios ocupe en el trono del corazón su lugar legítimo, nuestro prójimo recibirá el lugar que le corresponde. Le amaremos como a nosotros mismos. Únicamente cuando amemos a Dios en forma suprema, será posible amar a nuestro prójimo imparcialmente.

Y puesto que todos los mandamientos están resumidos en el amor a Dios y al prójimo, se sigue que ningún precepto puede quebrantarse sin violar este principio. Así enseñó Cristo a sus oyentes que la ley de Dios no consiste en cierto número de preceptos separados, algunos de los cuales son de gran importancia, mientras otros tienen poca y pueden ignorarse con impunidad. Nuestro Señor presenta los primeros cuatro y los últimos seis mandamientos como un conjunto divino, y enseña que el amor a Dios se manifestará por la obediencia a todos sus mandamientos.

El escriba que había interrogado a Jesús estaba bien instruido en la ley y se asombró de sus palabras. No esperaba que manifestase un conocimiento tan profundo y cabal de las Escrituras. Obtuvo una visión más amplia de los principios básicos de los preceptos sagrados. Delante
de los sacerdotes y gobernantes congregados, reconoció honradamente que Cristo había dado la debida interpretación a la ley, diciendo: “Bien, Maestro, verdad has dicho, que uno es Dios, y no
hay otro fuera de él; y que amarle de todo corazón, y de todo entendimiento, y de toda el alma, y de todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, más es que todos los holocaustos y sacrificios.

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26 de septiembre 2014

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Lectura para hoy:

                          El Deseado de Todas las Gentes p. 567-569

Capítulo 66 – Controversias

Los sacerdotes y gobernantes habían escuchado en silencio las acertadas reprensiones de Cristo. No podían refutar sus acusaciones, pero estaban tanto más resueltos a entramparlo, y con ese objeto le mandaron espías “que se simulasen justos, para sorprenderle en palabras, para que le entregasen al principado y a la potestad del presidente.” No le mandaron a los ancianos fariseos a quienes Jesús había hecho frente muchas veces, sino a jóvenes, ardientes y celosos, y a quienes, pensaban ellos, Cristo no conocía. Iban acompañados por algunos herodianos, que debían oír las palabras de Cristo, a fin de poder testificar contra él en su juicio.

Los fariseos y los herodianos habían sido acérrimos enemigos, pero estaban ahora unidos en la enemistad contra Cristo. Los fariseos se habían sentido siempre molestos bajo la exacción del tributo por los romanos. Sostenían que el pago del tributo era contrario a la ley de Dios. Pero ahora veían una oportunidad de tender un lazo a Jesús. Los espías vinieron a él, con aparente sinceridad, como deseosos de conocer su deber, y dijeron: “Maestro, sabemos que dices y enseñas bien, y que no tienes respeto a persona; antes enseñas el camino de Dios con verdad. ¿Nos es lícito dar tributo a César, o no?”

Las palabras: “Sabemos que dices y enseñas bien,” habrían sido una maravillosa admisión si hubiesen sido sinceras. Pero fueron pronunciadas con el fin de engañar. Sin embargo, su testimonio era verídico. Los fariseos sabían que Cristo hablaba y enseñaba correctamente, y por su propio testimonio serán juzgados.

Los que interrogaban a Jesús pensaban que habían disfrazado suficientemente su propósito; pero Jesús leía su corazón como un libro abierto, y sondeó su hipocresía.¿Por qué me tentáis?” dijo dándoles así una señal que no habían pedido, al demostrarles que discernía su oculto propósito. Se vieron aun más confusos cuando añadió: “Mostradme la moneda.” Se la trajeron, y les preguntó: “¿De quién tiene la imagen y la inscripción? Y respondiendo dijeron: De César.” Señalando la inscripción de la moneda, Jesús dijo: “Pues dad a César lo que es de César; y lo que es de Dios, a Dios.”

Los espías habían esperado que Jesús contestase directamente su pregunta, en un sentido o en otro. Si les dijese: Es ilícito pagar tributo a César, le denunciarían a las autoridades romanas, y éstas le arrestarían por incitar a la rebelión. Pero en caso de que declarase lícito el pago del tributo, se proponían acusarle ante el pueblo como opositor de la ley de Dios. Ahora se sintieron frustrados y derrotados. Sus planes quedaron trastornados. La manera sumaria en que su pregunta había sido decidida no les dejaba nada más que decir.

La respuesta de Cristo no era una evasiva, sino una cándida respuesta a la pregunta. Teniendo en su mano la moneda romana, sobre la cual estaban estampados el nombre y la imagen de César, declaró que ya que estaban viviendo bajo la protección del poder romano, debían dar a ese poder el apoyo que exigía mientras no estuviese en conflicto con un deber superior. Pero mientras se sujetasen pacíficamente a las leyes del país, debían en toda oportunidad tributar su primera fidelidad a Dios.

Las palabras del Salvador: “Dad . . . lo que es de Dios, a Dios,” eran una severa reprensión para los judíos intrigantes. Si hubiesen cumplido fielmente sus obligaciones para con Dios, no habrían llegado a ser una nación quebrantada, sujeta a un poder extranjero. Ninguna insignia romana habría ondeado jamás sobre Jerusalén, ningún centinela romano habría estado en sus puertas, ningún gobernador romano habría regido dentro de sus murallas. La nación judía estaba entonces pagando la penalidad de su apartamiento de Dios.

Cuando los fariseos oyeron la respuesta de Cristo, “se maravillaron, y dejándole se fueron.” Había reprendido su hipocresía y presunción, y al hacerlo había expuesto un gran principio, un principio que define claramente los límites del deber que tiene el hombre para con el gobierno civil y su deber para con Dios. En muchos intelectos quedó decidida una cuestión que los había estado afligiendo. Desde entonces se aferraron al  principio correcto. Y aunque muchos se fueron desconformes, vieron que el principio básico de la cuestión había sido presentado claramente, y se asombraban del discernimiento previsor de Cristo.

No bien fueron reducidos al silencio los fariseos, llegaron los saduceos con sus preguntas arteras. Los dos partidos se hacían mutuamente una acerba oposición. Los fariseos eran rígidos adherentes de la tradición. Eran rigurosos en las ceremonias externas, diligentes en los lavamientos, ayunos, largas oraciones y limosnas ostentosas. Pero Cristo declaró que anulaban la ley de Dios enseñando como doctrinas los mandamientos de los hombres. Formaban una clase fanática e hipócrita. Sin embargo, había entre ellos personas de piedad verdadera, que aceptaban las enseñanzas de Cristo y llegaron a ser sus discípulos.

Los saduceos rechazaban las tradiciones de los fariseos. Profesaban creer la mayor parte de las Escrituras, y considerarlas como su norma de acción; pero en la práctica eran escépticos y materialistas. Los saduceos negaban la existencia de los ángeles, la resurrección de los muertos y la doctrina de una vida futura, con sus recompensas y castigos. En todos estos puntos, diferían de los fariseos.

Entre los dos partidos, la resurrección era un tema especial de controversia. Al principio, los fariseos creían firmemente en la resurrección, pero, con estas discusiones, sus opiniones acerca del estado futuro se volvieron confusas. La muerte llegó a ser para ellos un misterio inexplicable. Su incapacidad para hacer frente a los argumentos de los saduceos era ocasión de continua irritación. Las discusiones entre las dos partes tenían generalmente como resultado airadas disputas que los separaban siempre más.

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25 de septiembre 2014

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Lectura para hoy:

                          El Deseado de Todas las Gentes p. 563 – 566

Los judíos habían repetido a menudo esta profecía en las sinagogas aplicándola al Mesías venidero. Cristo era la piedra del ángulo de la dispensación judaica y de todo el plan de la salvación. Los edificadores judíos, los sacerdotes y gobernantes de Israel, estaban rechazando ahora esta piedra fundamental. El Salvador les llamó la atención a las profecías que debían mostrarles su peligro. Por todos los medios a su alcance procuró exponerles la naturaleza de la acción que estaban por realizar.

Y sus palabras tenían otro propósito. Al hacer la pregunta: “Cuando viniere el Señor de la viña, ¿qué hará a aquellos labradores?” Cristo se proponía que los fariseos contestaran como lo hicieron. Quería que ellos mismos se condenaran. Al no inducirlos al arrepentimiento, sus
amonestaciones sellarían su sentencia, y él deseaba que ellos vieran que se habían acarreado su propia ruina. El quería mostrarles cuán justo era Dios al privarlos de sus privilegios nacionales, cosa que ya había empezado, y terminaría no solamente con la destrucción de su templo y ciudad, sino con la dispersión de la nación.

Los oyentes comprendieron la amonestación. Pero a pesar de la sentencia que habían pronunciado sobre sí mismos, los sacerdotes y gobernantes estaban dispuestos a completar el cuadro diciendo: “Este es el heredero; venid, matémosle.” “Y buscando cómo echarle mano,
temieron al pueblo,” porque el sentimiento popular estaba en favor de Cristo.

Al citar la profecía de la piedra rechazada, Cristo se refirió a un acontecimiento verídico de la historia de Israel. El incidente estaba relacionado con la edificación del primer templo. Si bien es cierto que tuvo una aplicación especial en ocasión del primer advenimiento de Cristo, y
debiera haber impresionado con una fuerza especial a los judíos, tiene también una lección para nosotros.

Cuando se levantó el templo de Salomón, las inmensas piedras usadas para los muros y el fundamento habían sido preparadas por completo en la cantera. De allí se las traía al lugar de la edificación, y no había necesidad de usar herramientas con ellas; lo único que tenían que hacer los
obreros era colocarlas en su lugar. Se había traído una piedra de un tamaño poco común y de una forma peculiar para ser usada en el fundamento; pero los obreros no podían encontrar lugar para ella, y no querían aceptarla.

Era una molestia para ellos mientras quedaba abandonada en el camino. Por mucho tiempo, permaneció rechazada. Pero cuando los edificadores llegaron al fundamento de la esquina, buscaron mucho tiempo una piedra de suficiente tamaño y fortaleza, y de la forma apropiada para ocupar ese lugar y soportar el gran peso que había de descansar sobre ella. Si hubiesen escogido erróneamente la piedra de ese lugar, hubiera estado en peligro todo el edificio.

Debían encontrar una piedra capaz de resistir la influencia del sol, de las heladas y la tempestad. Se habían escogido diversas piedras en diferentes oportunidades, pero habían quedado desmenuzadas bajo la presión del inmenso peso. Otras no podían soportar el efecto de los bruscos cambios atmosféricos. Pero al fin la atención de los edificadores se dirigió a la piedra por tanto tiempo rechazada. Había quedado expuesta al aire, al sol y a la tormenta, sin revelarla más leve rajadura. Los edificadores la examinaron. Había soportado todas las pruebas menos una. Si podía
soportar la prueba de una gran presión, la aceptarían como piedra de esquina. Se hizo la prueba. La piedra fue aceptada, se la llevó a la posición asignada y se encontró que ocupaba exactamente el lugar.

En visión profética, se le mostró a Isaías que esta piedra era un símbolo de Cristo. El dice:”A Jehová de los ejércitos, a él santificad: sea él vuestro temor, y él sea vuestro miedo. Entonces él será por santuario; mas a las dos casas de Israel por piedra para tropezar, y por  tropezadero para caer, y por lazo y por red al morador de Jerusalén. Y muchos tropezarán
entre ellos, y caerán, y serán quebrantados: enredaránse, y serán presos.” Conduciéndoselo en visión profética al primer advenimiento, se le mostró al profeta que Cristo había de soportar aflicciones y pruebas de las cuales era un símbolo el trato dado a la piedra principal del ángulo del templo de Salomón.

“Por tanto, el Señor Jehová dice así: He aquí que yo fundo en Sión una piedra, piedra de fortaleza, de esquina, de precio, de cimiento estable: el que creyere, no se apresure.” (Isaías 8: 13-15; 28: 16)
En su sabiduría infinita, Dios escogió la piedra fundamental, y la colocó él mismo. La llamó “cimiento estable.” El mundo entero puede colocar sobre él sus cargas y pesares; puede soportarlos todos. Con perfecta seguridad, pueden todos edificar sobre él. Cristo es una “piedra probada.” Nunca chasquea a los que confían en él.

El ha soportado la carga de la culpa de Adán y de su posteridad, y ha salido más que vencedor de los poderes del mal. Ha llevado las cargas arrojadas sobre él por cada pecador arrepentido. En Cristo ha hallado alivio el corazón culpable. El es el fundamento estable. Todo el que deposita en él su confianza, descansa perfectamente seguro.

En la profecía de Isaías se declara que Cristo es un fundamento seguro y a la vez una piedra de tropiezo. El apóstol Pedro, escribiendo bajo la inspiración del Espíritu Santo, muestra claramente para quiénes es Cristo una piedra fundamental, y para quiénes una roca de escándalo “Si empero habéis gustado que el Señor es benigno; al cual allegándoos, piedra viva, reprobada cierto de los hombres, empero elegida de Dios, preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados una casa espiritual, y un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo.

Por lo cual también contiene la Escritura: He aquí, pongo en Sión la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa; y el que creyere en ella, no será confundido. Ella es pues honor a vosotros que creéis: mas para los desobedientes, la piedra que los edificadores reprobaron, ésta fue hecha la cabeza del ángulo; y piedra de tropiezo, y roca de escándalo a aquellos que tropiezan en la palabra, siendo desobedientes.” (1 Pedro 2: 3-8)

Para todos los que creen, Cristo es el fundamento seguro. Estos son los que caen sobre la Roca y son quebrantados. Así se representan la sumisión a Cristo y la fe en él. Caer sobre la Roca y ser quebrantado es abandonar nuestra justicia propia e ir a Cristo con la humildad de un niño, arrepentidos de nuestras transgresiones y creyendo en su amor perdonador. Y es asimismo por la fe y la obediencia cómo edificamos sobre Cristo como nuestro fundamento.

Sobre esta piedra viviente pueden edificar por igual los judíos y los gentiles. Es el único fundamento sobre el cual podemos edificar con seguridad. Es bastante ancho para todos y bastante fuerte para soportar el peso y la carga del mundo entero. Y por la comunión con Cristo, la piedra viviente, todos los que edifican sobre este fundamento llegan a ser piedras vivas. Muchas personas se modelan, pulen y hermosean por sus propios esfuerzos, pero no pueden llegar a ser “piedras vivas,” porque no están en comunión con Cristo.

Sin esta comunión, el hombre no puede salvarse. Sin la vida de Cristo en nosotros, no podemos resistir los embates de la tentación. Nuestra seguridad eterna depende de nuestra edificación sobre el fundamento seguro. Multitudes están edificando hoy sobre
fundamentos que no han sido probados. Cuando caiga la lluvia, brame la tempestad y vengan las crecientes, su casa caerá porque no está fundada sobre la Roca eterna, la principal piedra del ángulo, Cristo Jesús.

“A aquellos que tropiezan en la palabra, siendo desobedientes,” Cristo es una roca de escándalo. Pero “la piedra que desecharon los que edificaban, ésta fue hecha por cabeza de esquina.” Como la piedra rechazada, Cristo soportó en su misión terrenal el desdén y el ultraje. Fue “despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto: . . . fue menospreciado, y no lo estimamos.” (Isaías 53:3) Pero estaba cerca el tiempo en que había de ser glorificado. Por su resurrección, había de ser “declarado Hijo de Dios con potencia.” (Romanos 1: 4) En su segunda venida, habría  de revelarse como Señor del cielo y de la tierra. Aquellos
que estaban ahora por crucificarle, tendrían que reconocer su grandeza. Ante el universo, la piedra rechazada vendría a ser cabeza del ángulo.

“Y sobre quien ella cayere, le desmenuzará.” El pueblo que rechazó a Cristo, iba a ver pronto su ciudad y su nación destruidas. Su gloria había de ser deshecha y disipada como el polvo delante del viento. ¿Y qué destruyó a los judíos? Fue la roca que hubiera constituido su  seguridad si hubiesen edificado sobre ella. Fue la bondad de Dios que habían despreciado, la justicia que habían menospreciado, la misericordia que habían descuidado.

Los hombres se opusieron resueltamente a Dios, y todo lo que hubiera sido su salvación fue su ruina. Todo lo que Dios ordenó para que vivieran, les resultó causa de muerte. En la crucifixión de Cristo por los judíos, estaba envuelta la destrucción de Jerusalén. La sangre vertida en el Calvario fue el peso que los hundió en la ruina para este mundo y el venidero. Así será en el gran día final, cuando se pronuncie sentencia sobre los que rechazan la gracia de Dios. Cristo, su roca de escándalo, les parecerá entonces una montaña vengadora. La gloria de su rostro, que es vida para los justos, será fuego consumidor para los impíos. Por causa del amor rechazado, la gracia menospreciada, el pecador será destruido.

Mediante muchas ilustraciones y repetidas amonestaciones, Jesús mostró cuál sería para los judíos el resultado de rechazar al Hijo de Dios. Por estas palabras, él se estaba dirigiendo a todos los que en cada siglo rehusan recibirle como su Redentor. Cada amonestación es para ellos. El templo profanado, el hijo desobediente, los falsos labradores, los edificadores insensatos, tienen
su contraparte en la experiencia de cada pecador. A menos que el pecador se arrepienta, la sentencia que aquellos anunciaron será suya.

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24 de septiembre 2014

Coins
Lectura para hoy:

                          El Deseado de Todas las Gentes p. 562
Marcos 12:41-44
Lucas 21:1-4


 Marcos 12:41-44 (RVR1960) – La ofrenda de la viuda
41 Estando Jesús sentado delante del arca de la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho. 42 Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea un cuadrante. 43 Entonces llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca; 44 porque todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento.

Lucas 21:1-4 (RVR1960) – La ofrenda de la viuda
Levantando los ojos, vio a los ricos que echaban sus ofrendas en el arca de las ofrendas. 2Vio también a una viuda muy pobre, que echaba allí dos blancas. Y dijo: En verdad os digo, que esta viuda pobre echó más que todos. Porque todos aquéllos echaron para las ofrendas de Dios de lo que les sobra; mas ésta, de su pobreza echó todo el sustento que tenía.

El Deseado de Todas las Gentes p. 562
“Oíd otra parábola —dijo Cristo:— Fue un hombre, padre de familia, el cual plantó una viña; y la cercó de vallado, y cavó en ella un lagar, y edificó una torre, y la dio a renta a labradores, y se partió lejos. Y cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores,
para que recibiesen sus frutos. Mas los labradores, tomando a los siervos, al uno hirieron, y al otro mataron, y  al otro apedrearon.

Envió de nuevo otros siervos, más que los primeros; e hicieron con ellos de la misma manera. Y a
la postre les envió su hijo, diciendo: Tendrán respeto a mi hijo. Mas los labradores, viendo al hijo, dijeron entre sí: Este es el heredero; venid, matémosle, y tomemos su heredad. Y tomando, le echaron fuera de la viña, y le mataron. Pues cuando viniere el señor de la viña, ¿qué hará a aquellos labradores?”

Jesús se dirigió a todos los presentes; pero los sacerdotes y gobernantes respondieron. “A los malos destruirá miserablemente —dijeron,— y su viña dará a renta a otros labradores, que le paguen el fruto a sus tiempos.” Los que hablaban no habían percibido al principio la aplicación de la parábola, mas ahora vieron que habían pronunciado su propia condenación.

En la parábola, el señor de la viña representaba a Dios, la viña a la nación judía, el vallado la ley divina que la protegía. La torre era un símbolo del templo. El señor de la viña había hecho todo lo necesario para su prosperidad. “¿Qué más se había de hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella?” (Isaías 5: 4) Así se representaba el infatigable cuidado de Dios por Israel. Y como los labradores debían devolver al dueño una debida proporción de los frutos de la viña, así el pueblo de Dios debía honrarle mediante una vida que correspondiese a sus sagrados privilegios.

Pero como los labradores habían matado a los siervos que el señor les envió en busca de fruto, así los judíos habían dado muerte a los profetas a quienes Dios les enviara para llamarlos al arrepentimiento. Mensajero tras mensajero había sido muerto. Hasta aquí la aplicación de la parábola no podía confundirse, y en lo que siguiera no sería menos evidente.

En el amado hijo a quien el señor de la viña envió finalmente a sus desobedientes siervos, a quien ellos habían prendido y matado, los sacerdotes y gobernantes vieron un cuadro claro de Jesús y su suerte inminente. Ya estaban ellos maquinando la muerte de Aquel a quien el Padre les había enviado como último llamamiento. En la retribución infligida a los ingratos labradores, estaba pintada la sentencia de los que matarían a Cristo.

Mirándolos con piedad, el Salvador continuó: “¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los que edificaban, ésta fue hecha por cabeza de esquina: por el Señor es hecho esto, y es cosa maravillosa en nuestros ojos? Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que haga los frutos de él. Y el que cayere sobre esta piedra, será quebrantado; y sobre quien ella cayere, le desmenuzara.”

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