31 de marzo de 2014

5776072628_bb99595074_o

Lectura para hoy:     

                         Mateo 4:12-17

                         Marcos 1:21-39

 Mateo 4:12-17 (RVR60)
12 Cuando Jesús oyó que Juan estaba preso, volvió a Galilea; 13 y dejando a Nazaret, vino y habitó en Capernaum, ciudad marítima, en la región de Zabulón y de Neftalí, 14 para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo:
15 Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
Camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles;
16 El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz;
Y a los asentados en región de sombra de muerte,
Luz les resplandeció.
17 Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.

Marcos 1:21-39 (RVR60)

21 Y entraron en Capernaum; y los días de reposo,entrando en la sinagoga, enseñaba. 22 Y se admiraban de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. 23 Pero había en la sinagoga de ellos un hombre con espíritu inmundo, que dio voces, 24 diciendo: ¡Ah! ¿qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Sé quién eres, el Santo de Dios. 25 Pero Jesús le reprendió, diciendo: ¡Cállate, y sal de él! 26 Y el espíritu inmundo, sacudiéndole con violencia, y clamando a gran voz, salió de él. 27 Y todos se asombraron, de tal manera que discutían entre sí, diciendo: ¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta, que con autoridad manda aun a los espíritus inmundos, y le obedecen? 28 Y muy pronto se difundió su fama por toda la provincia alrededor de Galilea. 
Jesús sana a la suegra de Pedro
(Mt. 8.14-15; Lc. 4.38-39)
29 Al salir de la sinagoga, vinieron a casa de Simón y Andrés, con Jacobo y Juan. 30 Y la suegra de Simón estaba acostada con fiebre; y en seguida le hablaron de ella. 31 Entonces él se acercó, y la tomó de la mano y la levantó; e inmediatamente le dejó la fiebre, y ella les servía.
Muchos sanados al ponerse el sol
(Mt. 8.16-17; Lc. 4.40-41)
32 Cuando llegó la noche, luego que el sol se puso, le trajeron todos los que tenían enfermedades, y a los endemoniados; 33 y toda la ciudad se agolpó a la puerta.34 Y sanó a muchos que estaban enfermos de diversas enfermedades, y echó fuera muchos demonios; y no dejaba hablar a los demonios, porque le conocían.
Jesús recorre Galilea predicando
(Lc. 4.42-44)
35 Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba36 Y le buscó Simón, y los que con él estaban; 37 y hallándole, le dijeron: Todos te buscan. 38 Él les dijo: Vamos a los lugares vecinos, para que predique también allí; porque para esto he venido. 39 Y predicaba en las sinagogas de ellos en toda Galilea, y echaba fuera los demonios.

 

 

30 de marzo de 2014

Sinagogue in Melbourne

Lectura para hoy:     

                         El Deseado de Todas las Gentes, p. 213-216

 

Las palabras de Jesús a sus oyentes en la sinagoga llegaron a la raíz de su justicia propia, haciéndoles sentir la amarga verdad de que se habían apartado de Dios y habían perdido su derecho a ser su pueblo. Cada palabra cortaba como un cuchillo, mientras Jesús les presentaba su verdadera condición. Ahora despreciaban la fe que al principio les inspirara. No querían admitir que Aquel que había surgido de la pobreza y la humildad fuese otra cosa que un hombre común.

 

Su incredulidad engendró malicia. Satanás los dominó, y con ira clamaron contra el Salvador. Se habían apartado de Aquel cuya misión era sanar y restaurar; y ahora manifestaban los atributos del destructor.

 

Cuando Jesús se refirió a las bendiciones dadas a los gentiles, el fiero orgullo nacional de sus oyentes despertó, y las palabras de él se ahogaron en un tumulto de voces. Esa gente se había jactado de guardar la ley; pero ahora que veía ofendidos sus prejuicios, estaba lista para cometer homicidio. La asamblea se disolvió, y empujando a Jesús, le echó de la sinagoga y de la ciudad. Todos parecían ansiosos de matarle. Le llevaron hasta la orilla de un precipicio, con la intención de despeñarle. Gritos y maldiciones llenaban el aire. Algunos le tiraban piedras, cuando repentinamente desapareció de entre ellos. Los mensajeros celestiales que habían estado a su lado en la sinagoga estaban con él en medio de la muchedumbre enfurecida. Le resguardaron de sus enemigos y le condujeron a un lugar seguro.

 

También los ángeles habían protegido a Lot y le habían conducido en salvo de en medio de Sodoma. Así protegieron a Eliseo en la pequeña ciudad de la montaña. Cuando las colinas circundantes estaban ocupadas por caballos y carros del rey de Siria, y por la gran hueste de sus hombres armados, Eliseo contempló las laderas más cercanas cubiertas con los ejércitos de Dios: caballos y carros de fuego en derredor del siervo del Señor.

 

Así, en todas las edades, los ángeles han estado cerca de los fieles que siguieran a Cristo. La vasta confederación del mal está desplegada contra todos aquellos que quisieren vencer; pero Cristo quiere que miremos las cosas que no se ven, los ejércitos del cielo acampados en derredor de los que aman a Dios, para librarlos. De qué peligros, vistos o no vistos, hayamos sido salvados por la intervención de los ángeles, no lo sabremos nunca hasta que a la luz de la eternidad veamos las providencias de Dios. Entonces sabremos que toda la familia del cielo estaba interesada en la familia de esta tierra, y que los mensajeros del trono de Dios acompañaban nuestros pasos día tras día.

 

Cuando en la sinagoga Jesús leyó la profecía, se detuvo antes de la especificación final referente a la obra del Mesías. Habiendo leído las palabras: “A proclamar año de la buena voluntad de Jehová,” omitió la frase: “Y día de venganza del Dios nuestro.” (Isaías 61:2) Esta frase era tan cierta como la primera de la profecía, y con su silencio Jesús no negó la verdad. Pero sus oyentes se deleitaban en espaciarse en esa última expresión, y deseaban ansiosamente su cumplimiento. Pronunciaban juicios contra los paganos, no discerniendo que su propia culpa era mayor que la de los demás. Ellos mismos estaban en la más profunda necesidad de la misericordia que estaban tan listos para negar a los paganos. Ese día en la sinagoga, cuando Jesús se levantó entre ellos, tuvieron oportunidad de aceptar el llamamiento del cielo. Aquel que “es amador de misericordia,” (Miqueas 7:18) anhelaba salvarlos de la ruina que sus pecados atraían.

 

No iba a abandonarlos sin llamarlos una vez más al arrepentimiento. Hacia la terminación de su ministerio en Galilea, volvió a visitar el hogar de su niñez. Desde que se le rechazara allí, la fama de su predicación y sus milagros había llenado el país. Nadie podía negar ahora que poseía un poder más que humano. Los habitantes de Nazaret sabían que iba haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos del diablo. Alrededor de ellos había pueblos enteros donde no se oía un gemido de enfermedad en ninguna casa; porque él había pasado por allí, sanando a todos sus enfermos. La misericordia revelada en todo acto de su vida atestiguaba su ungimiento divino.

 

Otra vez, mientras escuchaban sus palabras, los nazarenos fueron movidos por el Espíritu divino. Pero tampoco entonces quisieron admitir que ese hombre, que se había criado entre ellos, era mayor que ellos o diferente. Todavía sentían el amargo recuerdo de que, mientras aseveraba ser el Prometido, les había negado un lugar con Israel; porque les había demostrado que eran menos dignos del favor de Dios que una mujer y un hombre paganos. Por ello, aunque se preguntaban: “¿De dónde tiene éste esta sabiduría, y estas maravillas?” no le quisieron recibir como el Cristo divino. Por causa de su incredulidad, el Salvador no pudo hacer muchos milagros entre ellos. Tan sólo algunos corazones fueron abiertos a su bendición, y con pesar se apartó, para no volver nunca.

 

La incredulidad, una vez albergada, continuó dominando a los hombres de Nazaret. Así dominó al Sanedrín y la nación. Para los sacerdotes y la gente, el primer rechazamiento de la demostración del Espíritu Santo fue el principio del fin. A fin de demostrar que su primera resistencia era correcta, continuaron desde entonces cavilando en las palabras de Cristo. Su rechazamiento del Espíritu culminó en la cruz del Calvario, en la destrucción de su ciudad, en la dispersión de la nación a los vientos del cielo.

 

¡Oh, cuánto anhelaba Cristo revelar a Israel los preciosos tesoros de la verdad! Pero tal era su ceguera espiritual que fue imposible revelarle las verdades relativas a su reino. Se aferraron a su credo y a sus ceremonias inútiles, cuando la verdad del cielo aguardaba su aceptación. Gastaban su dinero en tamo y hojarasca, cuando el pan de vida estaba a su alcance. ¿Por qué no fueron a la Palabra de Dios, para buscar diligentemente y ver si estaban en error? Las escrituras del Antiguo Testamento presentaban claramente todo detalle del ministerio de Cristo, y repetidas veces citaba él de los profetas y decía: “Hoy se ha cumplido esta escritura en vuestros oídos.” Si ellos hubiesen escudriñado honradamente las Escrituras, sometiendo sus teorías a la prueba de la Palabra de Dios, Jesús no habría necesitado llorar por su impenitencia. No habría necesitado declarar: “He aquí vuestra casa os es dejada desierta.” (Lucas 13: 5) Podrían haber conocido las evidencias de su carácter de Mesías, y la calamidad que arruinó su orgullosa ciudad podría haber sido evitada.

 

Pero las miras de los judíos se habían estrechado por su fanatismo irracional. Las lecciones de Cristo revelaban sus deficiencias de carácter y exigían arrepentimiento. Si ellos aceptaban estas enseñanzas, debían cambiar sus prácticas y abandonar las esperanzas que habían acariciado. A fin de ser honrados por el Cielo, debían sacrificar la honra de los hombres. Si obedecían a las palabras de este nuevo rabino, debían ir contra las opiniones de los grandes pensadores y maestros de aquel tiempo.

 

La verdad era impopular en el tiempo de Cristo. Es impopular en el nuestro. Lo fue desde que por primera vez Satanás la hizo desagradable al hombre, presentándole fábulas que conducen a la exaltación propia. ¿No encontramos hoy teorías y doctrinas que no tienen fundamento en la Palabra de Dios? Los hombres se aferran hoy tan tenazmente a ellas como los judíos a sus tradiciones.

 

Los dirigentes judíos estaban llenos de orgullo espiritual. Su deseo de glorificar al yo se manifestaba aun en el ritual del santuario. Amaban los lugares destacados en la sinagoga, y los saludos en las plazas; les halagaba el sonido de los títulos en labios de los hombres. A medida que la verdadera piedad declinaba entre ellos, se volvían más celosos de sus tradiciones y ceremonias.

 

Por cuanto el prejuicio egoísta había obscurecido su entendimiento, no podían armonizar el poder de las convincentes palabras de Cristo con la humildad de su vida. No apreciaban el hecho de que la verdadera grandeza no necesita ostentación externa. La pobreza de ese hombre parecía completamente opuesta a su aserto de ser el Mesías. Se preguntaban: Si es lo que dice ser, ¿por qué es tan modesto? Si prescindía de la fuerza de las armas, ¿qué llegaría a ser de su nación? ¿Cómo se lograría que el poder y la gloria tanto tiempo esperados convertiesen a las naciones en súbditas de la ciudad de los judíos? ¿No habían enseñado los sacerdotes que Israel debía gobernar sobre toda la tierra? ¿Era posible que los grandes maestros religiosos estuviesen en error?

 

Pero no fue simplemente la ausencia de gloria externa en la vida de Jesús lo que indujo a los judíos a rechazarle. Era él la personificación de la pureza, y ellos eran impuros. Moraba entre los hombres como ejemplo de integridad inmaculada. Su vida sin culpa hacía fulgurar la luz sobre sus corazones. Su sinceridad revelaba la falta de sinceridad de ellos. Ponía de manifiesto el carácter huero de su piedad presuntuosa, y les revelaba la iniquidad en toda su odiosidad. Esa luz no era bienvenida para ellos.

 

Si Cristo hubiese encauzado la atención general hacia los fariseos y ensalzado su saber y piedad, le habrían recibido con gozo. Pero cuando hablaba del reino de Dios como dispensación de misericordia para toda la humanidad, presentaba una fase de la religión que ellos no querían tolerar. Su propio ejemplo y enseñanza no habían tendido nunca a hacer deseable el servicio de Dios. Cuando veían a Jesús prestar atención a aquellos a quienes ellos odiaban y repelían, se excitaban las peores pasiones de sus orgullosos corazones. Con toda su jactancia de que bajo el “León de la tribu de Judá” Israel sería exaltado a la preeminencia sobre todas las naciones, podrían haber soportado la defraudación de sus ambiciosas esperanzas mejor que la reprensión de sus pecados de parte de Cristo y el oprobio que sentían en presencia de su pureza.

Foto: http://bit.ly/1odmH2q

29 de marzo de 2014

Malawi 2012

Lectura para hoy:     

                         Lucas 5:1-11 (RV60)

Aconteció que estando Jesús junto al lago de Genesaret, el gentío se agolpaba sobre él para oír la palabra de Dios. Y vio dos barcas que estaban cerca de la orilla del lago; y los pescadores, habiendo descendido de ellas, lavaban sus redes. Y entrando en una de aquellas barcas, la cual era de Simón, le rogó que la apartase de tierra un poco; y sentándose, enseñaba desde la barca a la multitud. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red

 

Y habiéndolo hecho, encerraron gran cantidad de peces, y su red se rompía. Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que viniesen a ayudarles; y vinieron, y llenaron ambas barcas, de tal manera que se hundían. Viendo esto Simón Pedro, cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecadorPorque por la pesca que habían hecho, el temor se había apoderado de él, y de todos los que estaban con él, 10 y asimismo de Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: No temas; desde ahora serás pescador de hombres11 Y cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo, le siguieron.

 

 Foto: http://bit.ly/1pmkBKA

28 de marzo de 2014

Imagen

 

Lectura para hoy:     

                         Mateo 14:18-22

                         Marcos 1:16-20

                         El Deseado de Todas las Gentes, p. 211, 212

 

 Mateo 14:18-22 (RV60)

18 Él les dijo: Traédmelos acá.19 Entonces mandó a la gente recostarse sobre la hierba; y tomando los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, bendijo, y partió y dio los panes a los discípulos, y los discípulos a la multitud. 20 Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que sobró de los pedazos, doce cestas llenas. 21 Y los que comieron fueron como cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.

 

Marcos 1:16-20 (RV60)

16 Andando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. 17 Y les dijo Jesús: Venid en pos de mí, y haré que seáis pescadores de hombres. 18 Y dejando luego sus redes, le siguieron. 19 Pasando de allí un poco más adelante, vio a Jacobo hijo de Zebedeo, y a Juan su hermano, también ellos en la barca, que remendaban las redes. 20 Y luego los llamó; y dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, le siguieron.

El Deseado de Todas las Gentes, p. 211, 212

¿Quién es este Jesús? preguntaron. l que se había arrogado la gloria del Mesías era el hijo de un carpintero, y había trabajado en su oficio con su padre José. Le habían visto subiendo y bajando trabajosamente por las colinas; conocían a sus hermanos y hermanas, su vida y sus ocupaciones. Le habían visto convertirse de niño en adolescente, y de adolescente en hombre. Aunque su vida había sido intachable, no querían creer que fuese el Prometido.

 

¡Qué contraste entre su enseñanza acerca del nuevo reino y lo que habían oído decir a su anciano rabino! Nada había dicho Jesús acerca de librarlos de los romanos. Habían oído hablar de sus milagros, y esperaban que su poder se ejerciese en beneficio de ellos; pero no habían visto indicación de semejante propósito.

 

Al abrir la puerta a la duda, y por haberse enternecido momentáneamente, sus corazones se fueron endureciendo tanto más. Satanás estaba decidido a que los ojos ciegos no fuesen abiertos ese día, ni libertadas las almas aherrojadas en la esclavitud. Con intensa energía, obró para aferrarlas en su incredulidad. No tuvieron en cuenta la señal ya dada, cuando fueron conmovidos por la convicción de que era su Redentor quien se dirigía a ellos.

 

Pero Jesús les dio entonces una evidencia de su divinidad revelando sus pensamientos secretos. Les dijo: “Sin duda me diréis este refrán: Médico, cúrate a ti mismo: de tantas cosas que hemos oído haber sido hechas en Capernaúm, haz también aquí en tu tierra. Y dijo: De cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su tierra. Mas en verdad os digo, que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, que hubo una grande hambre en toda la tierra; pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a Sarepta de Sidón, a una mujer viuda. Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; mas ninguno de ellos fue limpio, sino Naamán el siro.”

 

Por esta relación de sucesos ocurridos en la vida de los profetas, Jesús hizo frente a las dudas de sus oyentes. A los siervos a quienes Dios había escogido para una obra especial, no se les permitió trabajar por la gente de corazón duro e incrédula. Pero los que tenían corazón para sentir y fe para creer se vieron especialmente favorecidos por las evidencias de su poder mediante los profetas. En los días de Elías, Israel se había apartado de Dios. Se aferraba a sus pecados y rechazaba las amonestaciones del Espíritu enviadas por medio de los mensajeros del Señor. Así se había apartado del conducto por medio del cual podía recibir la bendición de Dios. El Señor pasó por alto las casas de Israel, y halló refugio para su siervo en una tierra pagana, en la casa de una mujer que no pertenecía al pueblo escogido. Pero ella fue favorecida porque seguía la luz que había recibido, y su corazón estaba abierto para recibir la mayor luz que Dios le enviaba mediante su profeta.

 

Por esta misma razón, los leprosos de Israel fueron pasados por alto en tiempo de Eliseo. Pero Naamán, noble pagano que había sido fiel a sus convicciones de lo recto y había sentido su gran necesidad de ayuda, estaba en condición de recibir los dones de la gracia de Dios. No solamente fue limpiado de su lepra, sino también bendecido con un conocimiento del verdadero Dios.

 

Nuestra situación delante de Dios depende, no de la cantidad de luz que hemos recibido, sino del empleo que damos a la que tenemos. Así, aun los paganos que eligen lo recto en la medida en que lo pueden distinguir, están en una condición más favorable que aquellos que tienen gran luz y profesan servir a Dios, pero desprecian la luz y por su vida diaria contradicen su profesión de fe.

27 de marzo de 2014

Foto

Lectura para hoy:     

                         El Deseado de todas las gentes, 208-210

 

Capítulo 24            

“¿No es éste el hijo del carpintero?”

 

UNA SOMBRA cruzó los agradables días del ministerio de Cristo en Galilea. La gente de Nazaret lo rechazó. Decía: “¿No es éste el hijo del carpintero?”

 

Durante su niñez y juventud Jesús había adorado entre sus hermanos en la sinagoga de Nazaret. Desde que iniciara su ministerio había estado ausente, pero ellos no ignoraban lo que le había acontecido. Cuando volvió a aparecer entre ellos, su interés y expectativa se avivaron en sumo grado. Allí estaban las caras familiares de quienes conociera desde la infancia. Allí estaban su madre, sus hermanos y sus hermanas, y todos los ojos se dirigieron hacia él cuando entró en la sinagoga el sábado y ocupó su lugar entre los adoradores.

 

En el culto regular del día, el anciano leyó de los profetas y exhortó a la gente a esperar todavía al que había de venir, al que iba a introducir un reino glorioso y desterrar toda la opresión. Repasando la evidencia de que la venida del Mesías estaba cerca, procuró alentar a sus oyentes. Describió la gloria de su advenimiento, recalcando la idea de que aparecería a la cabeza de ejércitos para librar a Israel.

 

Cuando un rabino estaba presente en la sinagoga se esperaba que diese el sermón, y cualquier israelita podía hacer la lectura de los profetas. En ese sábado se pidió a Jesús que tomase parte en el culto. “Se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías”. Según se lo comprendía, el pasaje por él leído se refería al Mesías:

 

El Espíritu del Señor está sobre mí,

por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;

me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;

a pregonar libertad a los cautivos,

y vista a los ciegos;

a poner en libertad a los oprimidos;

a predicar el año agradable del Señor.

 

“Y enrollando el libro, lo dio al ministro… y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él… Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca”.

 

Jesús estaba delante de la gente como un exponente vivo de las profecías concernientes a él mismo. Explicando las palabras que había leído, habló del Mesías como un aliviador del oprimido, liberador de los cautivos, sanador de los afligidos, restaurador de la vista a los ciegos y revelador de la luz de la verdad al mundo. Su actitud impresionante y el maravilloso significado de sus palabras conmovieron a los oyentes con un poder que nunca antes habían sentido. El flujo de la influencia divina quebrantó toda barrera; como Moisés, contemplaban al Invisible. Mientras sus corazones estaban movidos por el Espíritu Santo, respondieron con fervientes amenes y alabanzas al Señor.

 

Pero cuando Jesús anunció: “Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy”, se sintieron inducidos repentinamente a pensar en sí mismos y en los asertos de quien les dirigía la palabra. Ellos, israelitas, hijos de Abraham, habían sido representados como estando en servidumbre. Se les hablaba como a presos que debían ser librados del poder del mal; como estando en tinieblas, necesitados de la luz de la verdad. Su orgullo se ofendió, y sus recelos se despertaron. Las palabras de Jesús indicaban que su obra en favor de ellos era completamente diferente de lo que deseaban. Tal vez iba a investigar sus acciones con demasiado detenimiento. A pesar de su meticulosidad en las ceremonias externas, rehuían la inspección de esos ojos claros y escrutadores.

Foto: cortesía de Big Book Media ©All Rights Reserved

26 de marzo de 2014

Imagen

Lectura para hoy:     

                         El Deseado de todas las gentes, 205-207

 

La nota predominante de la predicación de Cristo era: “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio”. Así el mensaje evangélico, tal como lo daba el Salvador mismo, se basaba en las profecías. El “tiempo” que él declaraba cumplido era el período dado a conocer por el ángel Gabriel a Daniel. Dijo el ángel: “Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos”. En la profecía, un día representa un año. Las 70 semanas, o 490 días, representaban 490 años. Y se había dado un punto de partida para este período: “Sabe, pues, y entiende, que desde la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas”; 69 semanas, es decir, 483 años. La orden para restaurar y edificar Jerusalén, completada por el decreto de Artajerjes Longímano, entró a regir en el otoño del año 457 a.C. Desde ese tiempo, 483 años llegan hasta el otoño del año 27 d.C. Según la profecía, ese período había de llegar hasta el Mesías, el Ungido. En el año 27 d.C., Jesús, en ocasión de su bautismo, recibió la unción del Espíritu Santo, y poco después empezó su ministerio. Entonces fue proclamado el mensaje: “El tiempo se ha cumplido”.

 

Luego el ángel dijo: “Y por otra semana [siete años] confirmará el pacto con muchos”. Por espacio de siete años, después que el Salvador empezara su ministerio, el evangelio debía ser predicado especialmente a los judíos; por Cristo mismo durante tres años y medio, y después por los apóstoles. “A la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda”. En la primavera del año 31 d.C., Cristo, el verdadero sacrificio, fue ofrecido en el Calvario. Entonces el velo del templo se rasgó en dos, demostrando que el significado y el carácter sagrado del ritual de los sacrificios habían terminado. Había llegado el tiempo en que debían cesar los sacrificios y las oblaciones terrenales.

 

La semana –7 años– terminó en el año 34 d.C. Entonces, por medio del apedreamiento de Esteban los judíos finalmente sellaron su rechazo del evangelio; los discípulos, dispersados por la persecución, “iban por todas partes anunciando el evangelio”; poco después se convirtió Saulo el perseguidor y llegó a ser Pablo, el apóstol de los gentiles.

 

El tiempo de la venida de Cristo, su ungimiento por el Espíritu Santo, su muerte y la proclamación del evangelio a los gentiles habían sido indicados de manera definida. Era el privilegio del pueblo judío comprender esas profecías, y reconocer su cumplimiento en la misión de Jesús. Cristo instó a sus discípulos a reconocer la importancia del estudio de la profecía. Refiriéndose a la que fue dada a Daniel con respecto a su tiempo, dijo: “El que lee, entienda”. Después de su resurrección explicó a los discípulos en “todos los profetas… lo que de él decían”. El Salvador había hablado por medio de todos los profetas. “El Espíritu de Cristo que estaba en ellos… anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos”.

 

Fue Gabriel, el ángel que sigue en jerarquía al Hijo de Dios, quien trajo el mensaje divino a Daniel. Fue a Gabriel, “su ángel”, a quien envió Cristo para revelar el futuro al amado Juan; y se pronuncia una bendición sobre quienes leen y oyen las palabras de la profecía y guardan las cosas en ella escritas.

 

“No hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas”. Aunque “las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios… las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre”. Dios nos ha dado esas cosas, y su bendición acompañará el estudio reverente, con oración, de las escrituras proféticas.

 

Así como el mensaje de la primera venida de Cristo anunciaba el reino de su gracia, el mensaje de su segunda venida anuncia el reino de su gloria. Y el segundo mensaje, como el primero, está basado en las profecías. Las palabras del ángel a Daniel acerca de los últimos días serán comprendidas en el tiempo del fin. En ese tiempo, “muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia será aumentada”. “Los impíos procederán impíamente, y ninguno de los impíos entenderá, pero los entendidos comprenderán”. El Salvador mismo anunció las señales de su venida y dijo: “Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios… Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez, y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día… Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del hombre”.

 

Hemos llegado al período predicho en esos pasajes. El tiempo del fin ha llegado, las visiones de los profetas están deselladas, y sus solemnes amonestaciones nos indican que la venida de nuestro Señor en gloria está cercana.

 

Los judíos interpretaron erróneamente y aplicaron mal la Palabra de Dios, y no reconocieron el tiempo de su visitación. Esos años del ministerio de Cristo y sus apóstoles –los preciosos últimos años de gracia concedidos al pueblo escogido– los dedicaron a tramar la destrucción de los mensajeros del Señor. Las ambiciones terrenales los absorbieron, y el ofrecimiento del reino espiritual les fue hecho en vano. Así también hoy el reino de este mundo absorbe los pensamientos de los hombres, y no toman nota de las profecías que se cumplen rápidamente y de los indicios de que el reino de Dios llega presto.

 

“Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón; porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas”. Aunque no sabemos la hora en que ha de volver nuestro Señor, podemos saber que está cerca. “Por tanto, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios”.

 

 

25 de marzo de 2014

Imagen

Lectura para hoy:     

                         Lucas 4:16-30

Jesús en Nazaret

16Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo* entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. 17Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito:

18 El Espíritu del Señor está sobre mí, 

Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; 

Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; 

A pregonar libertad a los cautivos, 

Y vista a los ciegos; 

A poner en libertad a los oprimidos;

19 A predicar el año agradable del Señor.

 

20Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él21Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros. 22Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían: ¿No es éste el hijo de José? 23Él les dijo: Sin duda me diréis este refrán: Médico, cúrate a ti mismo; de tantas cosas que hemos oído que se han hecho en Capernaum, haz también aquí en tu tierra. 24Y añadió: De cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su propia tierra.

 

25Y en verdad os digo que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en toda la tierra; 26pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. 27Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio. 28Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira; 29y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle. 30Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue.

Foto: cortesía de Big Book Media ©All Rights Reserved

 

24 de marzo de 2014

Imagen

Lectura para hoy:     

                         Mateo 13:53-58; Marcos 1:16-20 

                        El Deseado de todas las gentes, p. 203, 204

 

Mateo 13:53-58 – Jesús en Nazaret

53Aconteció que cuando terminó Jesús estas parábolas, se fue de allí. 54Y venido a su tierra, les enseñaba en la sinagoga de ellos, de tal manera que se maravillaban, y decían: ¿De dónde tiene éste esta sabiduría y estos milagros? 55¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas? 56¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todas estas cosas? 57Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: No hay profeta sin honra, sino en su propia tierra y en su casa. 58Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad de ellos. 

Marcos 1:16-20 – Jesús llama a cuatro pescadores

16Andando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. 17Y les dijo Jesús: Venid en pos de mí, y haré que seáis pescadores de hombres. 18Y dejando luego sus redes, le siguieron. 19Pasando de allí un poco más adelante, vio a Jacobo hijo de Zebedeo, y a Juan su hermano, también ellos en la barca, que remendaban las redes. 20Y luego los llamó; y dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, le siguieron.

El Deseado de todas las gentes, 203, 204

Capítulo 23

“El reino de Dios se ha acercado”

 “JESÚS vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio”.

La venida del Mesías había sido anunciada primeramente en Judea. El nacimiento del precursor había sido predicho a Zacarías mientras oficiaba ante el altar en el templo de Jerusalén. Sobre las colinas de Belén los ángeles habían proclamado el nacimiento de Jesús. A Jerusalén habían venido los magos a buscarlo. En el templo, Simeón y Ana habían atestiguado su divinidad. Jerusalén y toda Judea habían escuchado la predicación de Juan el Bautista; y tanto la delegación del Sanedrín como la muchedumbre habían oído su testimonio acerca de Jesús. En Judea, Cristo había reclutado sus primeros discípulos. Allí había transcurrido gran parte de los comienzos de su ministerio. La manifestación de su divinidad en la purificación del templo, sus milagros de sanidad y las lecciones de verdad divina que procedían de sus labios, todo proclamaba lo que después de la curación del paralítico en Betesda había declarado ante el Sanedrín: su filiación con el Eterno.

Si los líderes de Israel hubiesen recibido a Cristo, los habría honrado como mensajeros suyos para llevar el evangelio al mundo. A ellos les fue dada primeramente la oportunidad de ser heraldos del reino y de la gracia de Dios. Pero Israel no conoció el tiempo de su visitación. Los celos y la desconfianza de los líderes judíos maduraron en abierto odio, y el corazón de la gente se apartó de Jesús.

El Sanedrín había rechazado el mensaje de Cristo y procuraba su muerte; por tanto, Jesús se apartó de Jerusalén, de los sacerdotes, del templo, de los dirigentes religiosos, de la gente que había sido instruida en la ley, y se dirigió a otra clase para proclamar su mensaje y para congregar a los que habrían de anunciar el evangelio a todas las naciones.

Así como la luz y la vida de los hombres fue rechazada por las autoridades eclesiásticas en los días de Cristo, así ha sido rechazada en toda generación sucesiva. Vez tras vez se ha repetido la historia de la retirada de Cristo de Judea. Cuando los reformadores predicaban la Palabra de Dios, no pensaban separarse de la iglesia establecida; pero los dirigentes religiosos no quisieron tolerar la luz, y los que la llevaban se vieron obligados a buscar otra clase, quienes anhelaran conocer la verdad.

En nuestros días, pocos de los que profesan seguir a los reformadores están movidos por su espíritu. Pocos escuchan la voz de Dios y están listos para aceptar la verdad en cualquier forma que se les presente. Con frecuencia, los que siguen los pasos de los reformadores están obligados a apartarse de las iglesias que aman para proclamar la clara enseñanza de la Palabra de Dios. Y muchas veces los que buscan la luz se ven obligados por la misma enseñanza a abandonar la iglesia de sus padres para poder obedecer.

Los rabinos de Jerusalén despreciaban a los habitantes de Galilea por ser rudos e ignorantes; sin embargo, éstos ofrecían a la obra del Salvador un campo más favorable que los primeros. Eran más fervientes y sinceros; menos dominados por el fanatismo; su mente estaba mejor dispuesta para recibir la verdad. Al ir a Galilea, Jesús no buscaba el enclaustramiento o aislamiento. La provincia estaba habitada en ese tiempo por una población numerosa, con una mayor mezcla de personas de diversas nacionalidades que la de Judea.

Mientras Jesús viajaba por Galilea, enseñando y sanando, acudían a él multitudes de las ciudades y los pueblos. Muchos venían aun de Judea y de las provincias adyacentes. Con frecuencia se veía obligado a ocultarse de la gente. El entusiasmo era tan grande que le era necesario tomar precauciones, no fuese que las autoridades romanas se alarmasen por temor a una insurrección. Nunca antes había vivido el mundo momentos tales. El cielo había descendido a los hombres. Almas hambrientas y sedientas, que habían aguardado durante mucho tiempo la redención de Israel, ahora se regocijaban en la gracia de un Salvador misericordioso.

Foto: cortesía de Big Book Media ©All Rights Reserved

23 de marzo 2014

Imagen

Lectura para hoy:     

                 El Deseado de todas las gentes, p. 200-202

El pecado de Herodes estaba siempre delante de él. Constantemente procuraba hallar alivio de las acusaciones de su conciencia culpable. Su confianza en Juan era inconmovible. Cuando recordaba su vida de abnegación, sus súplicas fervientes y solemnes, su sano criterio en los consejos, y luego recordaba cómo había hallado la muerte, Herodes no podía encontrar reposo. Mientras atendía los asuntos del Estado, recibiendo honores de los hombres, mostraba un rostro sonriente y un porte digno, pero ocultaba un corazón ansioso, siempre oprimido por el temor de que una maldición pesara sobre él.

Herodes había quedado profundamente impresionado por las palabras de Juan, de que nada puede ocultarse de Dios. Estaba convencido de que Dios estaba presente en todo lugar, que había presenciado la disipación de la sala del banquete, que había oído la orden de decapitar a Juan, y que había visto la alegría de Herodías y el insulto que infligió a la cercenada cabeza de quien la había reprendido. Y muchas cosas que Herodes había oído de los labios del profeta hablaban ahora a su conciencia más claramente de lo que lo hiciera su predicación en el desierto.

Cuando Herodes oyó hablar de las obras de Cristo, se perturbó en gran manera. Pensó que Dios había resucitado a Juan de los muertos y lo había enviado con poder aun mayor para condenar el pecado. Temía constantemente que Juan vengase su muerte condenándolo a él y a su casa. Herodes estaba cosechando lo que Dios había declarado que sería el resultado de una conducta pecaminosa: “Corazón temeroso, y desfallecimiento de ojos, y tristeza de alma; y tendrás tu vida como algo que pende delante de ti, y estarás temeroso de noche y de día, y no tendrás seguridad de tu vida. Por la mañana dirás: ¡Quién diera que fuese la tarde!, y a la tarde dirás: ¡Quién diera fuese la mañana!, por el miedo de tu corazón con que estarás amedrentado, y por lo que verán tus ojos”. Los pensamientos del pecador son sus acusadores; no puede haber torturador más intenso que los aguijones de una conciencia culpable, que no le dan reposo ni de día ni de noche.

Para muchos, un profundo misterio rodea la suerte de Juan el Bautista. Se preguntan por qué se lo debía dejar languidecer y morir en la cárcel. Nuestra visión humana no puede penetrar el misterio de esta sombría providencia; pero eso nunca puede conmover nuestra confianza en Dios si recordamos que Juan no era más que un participante de los sufrimientos de Cristo. Todos los que sigan a Cristo llevarán la corona del sacrificio. Serán por cierto mal comprendidos por los hombres egoístas, y blanco de los feroces asaltos de Satanás. El reino de éste se estableció para destruir ese principio de la abnegación, y peleará contra él dondequiera que se manifieste.

La niñez, juventud y edad adulta de Juan se caracterizaron por la firmeza y la fuerza moral. Cuando su voz se oyó en el desierto diciendo: “Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas”, Satanás temió por la seguridad de su reino. El carácter pecaminoso del pecado se reveló de tal manera que los hombres temblaron. Se quebró el control que Satanás había estado ejerciendo sobre muchos que habían estado bajo su poder. Había sido incansable en sus esfuerzos para apartar al Bautista de una vida de entrega a Dios sin reserva; pero había fracasado. No había logrado vencer a Jesús. En la tentación del desierto Satanás había sido derrotado, y su ira era grande. Resolvió causar pesar a Cristo hiriendo a Juan. Iba a hacer sufrir al que no podía inducir a pecar.

Jesús no se interpuso para librar a su siervo. Sabía que Juan soportaría la prueba. El Salvador habría ido gozosamente a Juan para alegrar la lobreguez de la mazmorra con su presencia. Pero no debía colocarse en las manos de sus enemigos ni hacer peligrar su propia misión. Gustosamente habría librado a su siervo fiel. Pero por causa de los millares que en años posteriores debían pasar de la cárcel a la muerte, Juan debía beber la copa del martirio. Mientras los seguidores de Jesús languideciesen en celdas solitarias, o perecieran por la espada, el potro o la hoguera, aparentemente abandonados de Dios y de los hombres, ¡qué apoyo iba a ser para su corazón el pensamiento de que Juan el Bautista, cuya fidelidad Cristo mismo atestiguara, había experimentado algo similar!

Se le permitió a Satanás abreviar la vida terrenal del mensajero de Dios; pero el destructor no podía tocar esa vida que “está escondida con Cristo en Dios”. Se regocijó por haber causado pesar a Cristo; pero fracasó en vencer a Juan. La misma muerte lo puso para siempre fuera del alcance de la tentación. En su guerra, Satanás estaba revelando su propio carácter. Puso de manifiesto, delante del universo que la presenciaba, su enemistad hacia Dios y el hombre.

Aunque ninguna liberación milagrosa fue concedida a Juan, no fue abandonado. Siempre tuvo la compañía de los ángeles celestiales, quienes le hacían comprender las profecías concernientes a Cristo y las preciosas promesas de la Escritura. Éstas eran su sostén, como iban a ser el sostén del pueblo de Dios a través de los siglos venideros. A Juan el Bautista, como a los que vinieron después de él, se les aseguró: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Dios nunca conduce a sus hijos de otra manera que la que ellos elegirían si pudiesen ver el fin desde el principio, y discernir la gloria del propósito que están cumpliendo como colaboradores suyos. Ni Enoc, que fue trasladado al cielo, ni Elías, que ascendió en un carro de fuego, fueron mayores o más honrados que Juan el Bautista, que pereció solo en la mazmorra. “A vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él”. Y de todos los dones que el Cielo puede conceder a los hombres, la comunión con Cristo en sus sufrimientos es el más importante cometido y el más alto honor.

 Foto: cortesía de Big Book Media ©All Rights Reserved

22 de marzo 2014

Imagen

Lectura para hoy:     

                 El Deseado de todas las gentes, p. 198, 199

                 Marcos 1:14, 15 

Marcos 1:14, 15 – Jesús principia su ministerio

14Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, 15diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio.

El Deseado de todas las gentes, p. 198, 199

 Herodes creía que Juan era un profeta de Dios, y tenía la plena intención de devolverle la libertad. Pero lo iba postergando por temor a Herodías. Herodías sabía que por medio de medidas directas nunca podría obtener el consentimiento de Herodes para dar muerte a Juan, y resolvió lograr su propósito a través de una estratagema. El día del cumpleaños del rey se ofrecería una fiesta a los oficiales del Estado y los nobles de la corte; habría banquete y borrachera. Así Herodes no estaría en guardia, y ella podría influir en él a voluntad.

Cuando llegó el gran día, y el rey estaba comiendo y bebiendo con sus señores, Herodías mandó a su hija a la sala del banquete a que danzase para entretenimiento de los invitados. Salomé estaba en su primer florecimiento como mujer; y su voluptuosa belleza cautivó los sentidos de los señores disolutos. No era costumbre que las damas de la corte apareciesen en esas fiestas, y se tributó un cumplido halagador a Herodes cuando esta hija de sacerdotes y príncipes de Israel danzó para diversión de sus huéspedes.

El rey estaba embotado por el vino. La pasión lo dominaba y la razón estaba destronada. Sólo veía la sala del placer con sus invitados divirtiéndose, la mesa del banquete, el vino centelleante, las luces deslumbrantes y la joven danzando delante de él. En la temeridad del momento deseó hacer algún acto de ostentación que lo exaltase delante de los grandes de su reino. Con juramentos prometió a la hija de Herodías cualquier cosa que pidiese, incluso hasta la mitad de su reino.

Salomé se apresuró a consultar a su madre para saber lo que debía pedir. La respuesta estaba lista: la cabeza de Juan el Bautista. Salomé no conocía la sed de venganza que había en el corazón de su madre, y primero se negó a presentar la petición; pero la resolución de Herodías prevaleció. La joven volvió para formular esta horrible exigencia: “Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista”.

Herodes quedó atónito y confundido. Cesó el ruidoso júbilo y un silencio siniestro cayó sobre la escena de disipación. El rey quedó horrorizado al pensar en quitar la vida de Juan. Sin embargo, había empeñado su palabra y no quería parecer voluble o atolondrado. El juramento había sido hecho en honor a sus huéspedes, y si uno de ellos hubiese pronunciado una palabra contra el cumplimiento de su promesa, gustosamente le habría permitido vivir al profeta. Les dio oportunidad de hablar en favor del preso.

Habían recorrido largas distancias para oír la predicación de Juan, y sabían que era un hombre sin delitos y un siervo de Dios. Pero aunque disgustados por la petición de la joven, estaban demasiado entontecidos para intervenir con una protesta. Ninguna voz se alzó para salvar la vida del mensajero del cielo. Esos hombres ocupaban altos puestos de confianza en la nación, y sobre ellos descansaban graves responsabilidades; sin embargo, se habían entregado al banqueteo y la borrachera hasta que sus sentidos quedaron embotados. Tenían la cabeza mareada por la frívola escena de música y danza, y su conciencia dormía. Con su silencio pronunciaron la sentencia de muerte sobre el profeta de Dios para satisfacer la venganza de una mujer entregada a los vicios.

Herodes esperó en vano ser dispensado de su juramento; luego ordenó, de mala gana, la ejecución del profeta. Pronto fue traída la cabeza de Juan a la presencia del rey y sus invitados. Sellados para siempre estaban esos labios que habían amonestado fielmente a Herodes a que se apartase de su vida de pecado. Nunca más se oiría su voz llamando a los hombres al arrepentimiento. La disipación de una noche había costado la vida de uno de los mayores profetas.

¡Cuán a menudo ha sido sacrificada la vida de los inocentes por la intemperancia de los que debieran haber sido guardianes de la justicia! El que lleva a sus labios la copa embriagante se hace responsable de toda la injusticia que pueda cometer bajo su poder embotador. Al adormecer sus sentidos se incapacita para juzgar serenamente, o para tener una clara percepción de lo bueno y de lo malo. Prepara el terreno para que por su medio Satanás oprima y destruya al inocente. “El vino es escarnecedor, la cerveza alborotadora; y cualquiera que por ellos errare, no será sabio”. Por esta causa “la justicia se puso lejos… y el que se apartó del mal fue puesto en prisión”. Los que tienen jurisdicción sobre la vida de sus semejantes deberían ser tenidos por culpables de un crimen cuando se entregan a la intemperancia. Todos los que aplican las leyes deben ser observadores de éstas. Deben ser hombres que ejerzan dominio propio. Necesitan tener pleno goce de sus facultades físicas, mentales y morales, con el fin de poseer vigor intelectual y un alto sentido de la justicia.

La cabeza de Juan el Bautista fue llevada a Herodías, quien la recibió con feroz satisfacción. Se regocijaba en su venganza y se lisonjeaba de que la conciencia de Herodes ya no lo perturbaría. Pero su pecado no le dio felicidad. Su nombre se hizo notorio y aborrecido, mientras que Herodes estuvo más atormentado por el remordimiento que antes por las amonestaciones del profeta. La influencia de las enseñanzas de Juan no se hundió en el silencio; había de extenderse a toda generación hasta el fin de los tiempos.

Foto: cortesía de Big Book Media ©All Rights Reserved