31 de marzo 2015

Moses
Lectura para hoy:

Éxodo 1, 2, 3

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Éxodo 1 (RVR1960)- Aflicción de los israelitas en Egipto
1 Éstos son los nombres de los hijos de Israel que entraron en Egipto con Jacob; cada uno entró con su familia: 2 Rubén, Simeón, Leví, Judá, 3 Isacar, Zabulón, Benjamín, 4 Dan, Neftalí, Gad y Aser. 5 Todas las personas que le nacieron a Jacob fueron setenta. Y José estaba en Egipto. 6 Y murió José, y todos sus hermanos, y toda aquella generación. 7 Y los hijos de Israel fructificaron y se multiplicaron, y fueron aumentados y fortalecidos en extremo, y se llenó de ellos la tierra.

8 Entretanto, se levantó sobre Egipto un nuevo rey que no conocía a José; y dijo a su pueblo: 9 He aquí, el pueblo de los hijos de Israel es mayor y más fuerte que nosotros. 10 Ahora, pues, seamos sabios para con él, para que no se multiplique, y acontezca que viniendo guerra, él también se una a nuestros enemigos y pelee contra nosotros, y se vaya de la tierra. 11 Entonces pusieron sobre ellos comisarios de tributos que los molestasen con sus cargas; y edificaron para Faraón las ciudades de almacenaje, Pitón y Ramesés. 12 Pero cuanto más los oprimían, tanto más se multiplicaban y crecían, de manera que los egipcios temían a los hijos de Israel. 13 Y los egipcios hicieron servir a los hijos de Israel con dureza, 14 y amargaron su vida con dura servidumbre, en hacer barro y ladrillo, y en toda labor del campo y en todo su servicio, al cual los obligaban con rigor.

15 Y habló el rey de Egipto a las parteras de las hebreas, una de las cuales se llamaba Sifra, y otra Fúa, y les dijo: 16 Cuando asistáis a las hebreas en sus partos, y veáis el sexo, si es hijo, matadlo; y si es hija, entonces viva. 17 Pero las parteras temieron a Dios, y no hicieron como les mandó el rey de Egipto, sino que preservaron la vida a los niños. 18 Y el rey de Egipto hizo llamar a las parteras y les dijo: ¿Por qué habéis hecho esto, que habéis preservado la vida a los niños? 19 Y las parteras respondieron a Faraón: Porque las mujeres hebreas no son como las egipcias; pues son robustas, y dan a luz antes que la partera venga a ellas. 20 Y Dios hizo bien a las parteras; y el pueblo se multiplicó y se fortaleció en gran manera. 21 Y por haber las parteras temido a Dios, él prosperó sus familias. 22 Entonces Faraón mandó a todo su pueblo, diciendo: Echad al río a todo hijo que nazca, y a toda hija preservad la vida.

Éxodo 2 (RVR1960) – Nacimiento de Moisés
1 Un varón de la familia de Leví fue y tomó por mujer a una hija de Leví, 2 la que concibió, y dio a luz un hijo; y viéndole que era hermoso, le tuvo escondido tres meses. 3 Pero no pudiendo ocultarle más tiempo, tomó una arquilla de juncos y la calafateó con asfalto y brea, y colocó en ella al niño y lo puso en un carrizal a la orilla del río. 4 Y una hermana suya se puso a lo lejos, para ver lo que le acontecería.

5 Y la hija de Faraón descendió a lavarse al río, y paseándose sus doncellas por la ribera del río, vio ella la arquilla en el carrizal, y envió una criada suya a que la tomase. 6 Y cuando la abrió, vio al niño; y he aquí que el niño lloraba. Y teniendo compasión de él, dijo: De los niños de los hebreos es éste. 7 Entonces su hermana dijo a la hija de Faraón: ¿Iré a llamarte una nodriza de las hebreas, para que te críe este niño? 8 Y la hija de Faraón respondió: Ve. Entonces fue la doncella, y llamó a la madre del niño, 9 a la cual dijo la hija de Faraón: Lleva a este niño y críamelo, y yo te lo pagaré. Y la mujer tomó al niño y lo crió. 10 Y cuando el niño creció, ella lo trajo a la hija de Faraón, la cual lo prohijó, y le puso por nombre Moisés, diciendo: Porque de las aguas lo saqué.

Moisés huye de Egipto
11 En aquellos días sucedió que crecido ya Moisés, salió a sus hermanos, y los vio en sus duras tareas, y observó a un egipcio que golpeaba a uno de los hebreos, sus hermanos. 12 Entonces miró a todas partes, y viendo que no parecía nadie, mató al egipcio y lo escondió en la arena. 13 Al día siguiente salió y vio a dos hebreos que reñían; entonces dijo al que maltrataba al otro: ¿Por qué golpeas a tu prójimo? 14 Y él respondió: ¿Quién te ha puesto a ti por príncipe y juez sobre nosotros? ¿Piensas matarme como mataste al egipcio? Entonces Moisés tuvo miedo, y dijo: Ciertamente esto ha sido descubierto. 15 Oyendo Faraón acerca de este hecho, procuró matar a Moisés; pero Moisés huyó de delante de Faraón, y habitó en la tierra de Madián.

16 Y estando sentado junto al pozo, siete hijas que tenía el sacerdote de Madián vinieron a sacar agua para llenar las pilas y dar de beber a las ovejas de su padre. 17 Mas los pastores vinieron y las echaron de allí; entonces Moisés se levantó y las defendió, y dio de beber a sus ovejas. 18 Y volviendo ellas a Reuel su padre, él les dijo: ¿Por qué habéis venido hoy tan pronto? 19 Ellas respondieron: Un varón egipcio nos defendió de mano de los pastores, y también nos sacó el agua, y dio de beber a las ovejas. 20 Y dijo a sus hijas: ¿Dónde está? ¿Por qué habéis dejado a ese hombre? Llamadle para que coma. 21 Y Moisés convino en morar con aquel varón; y él dio su hija Séfora por mujer a Moisés. 22 Y ella le dio a luz un hijo; y él le puso por nombre Gersón, porque dijo: Forastero soy en tierra ajena. 23 Aconteció que después de muchos días murió el rey de Egipto, y los hijos de Israel gemían a causa de la servidumbre, y clamaron; y subió a Dios el clamor de ellos con motivo de su servidumbre. 24 Y oyó Dios el gemido de ellos, y se acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob. 25 Y miró Dios a los hijos de Israel, y los reconoció Dios.

Éxodo 3 (RVR1960) – Llamamiento de Moisés
1 Apacentando Moisés las ovejas de Jetro su suegro, sacerdote de Madián, llevó las ovejas a través del desierto, y llegó hasta Horeb, monte de Dios. 2 Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía. 3 Entonces Moisés dijo: Iré yo ahora y veré esta grande visión, por qué causa la zarza no se quema. 4 Viendo Jehová que él iba a ver, lo llamó Dios de en medio de la zarza, y dijo: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí. 5 Y dijo: No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es.

6 Y dijo: Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob. Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios. 7 Dijo luego Jehová: Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias, 8 y he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye leche y miel, a los lugares del cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del heveo y del jebuseo. 9 El clamor, pues, de los hijos de Israel ha venido delante de mí, y también he visto la opresión con que los egipcios los oprimen. 10 Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel.

11 Entonces Moisés respondió a Dios: ¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel? 12 Y él respondió: Ve, porque yo estaré contigo; y esto te será por señal de que yo te he enviado: cuando hayas sacado de Egipto al pueblo, serviréis a Dios sobre este monte. 13 Dijo Moisés a Dios: He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé? 14 Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros. 15 Además dijo Dios a Moisés: Así dirás a los hijos de Israel: Jehová, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Éste es mi nombre para siempre; con él se me recordará por todos los siglos.

16 Ve, y reúne a los ancianos de Israel, y diles: Jehová, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, me apareció diciendo: En verdad os he visitado, y he visto lo que se os hace en Egipto; 17 y he dicho: Yo os sacaré de la aflicción de Egipto a la tierra del cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del heveo y del jebuseo, a una tierra que fluye leche y miel. 18 Y oirán tu voz; e irás tú, y los ancianos de Israel, al rey de Egipto, y le diréis: Jehová el Dios de los hebreos nos ha encontrado; por tanto, nosotros iremos ahora camino de tres días por el desierto, para que ofrezcamos sacrificios a Jehová nuestro Dios. 19 Mas yo sé que el rey de Egipto no os dejará ir sino por mano fuerte. 20 Pero yo extenderé mi mano, y heriré a Egipto con todas mis maravillas que haré en él, y entonces os dejará ir. 21 Y yo daré a este pueblo gracia en los ojos de los egipcios, para que cuando salgáis, no vayáis con las manos vacías; 22 sino que pedirá cada mujer a su vecina y a su huéspeda alhajas de plata, alhajas de oro, y vestidos, los cuales pondréis sobre vuestros hijos y vuestras hijas; y despojaréis a Egipto.

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30 de marzo 2015

Pharaoh
Lectura para hoy:

Patriarcas y Profetas p. 243-245

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Los hombres a quienes Dios favoreció, y a quienes confió grandes responsabilidades, fueron a veces vencidos por la  tentación y cometieron pecados, tal como nosotros hoy luchamos, vacilamos y frecuentemente caemos en el error. Sus vidas, con todos sus defectos y extravíos, están ante nosotros, para que nos sirvan de aliento y amonestación. Si se los hubiera presentado como personas intachables, nosotros, con nuestra naturaleza pecaminosa, podríamos desesperar por nuestros errores y fracasos. Pero viendo cómo lucharon otros con desalientos como los nuestros, cómo cayeron en la tentación como nos ha ocurrido a nosotros, y cómo, sin embargo, se reanimaron y llegaron a triunfar mediante la gracia de Dios, nos sentimos alentados en nuestra lucha por la justicia. Así como ellos, aunque vencidos algunas veces, recuperaron lo perdido y fueron bendecidos por Dios, también nosotros podemos ser vencedores mediante el poder de Jesús. Por otro lado, la narración de sus vidas puede servirnos de amonestación. Muestra que de ninguna manera justifica Dios al culpable. Ve el pecado que haya en aquellos a quienes más favoreció, y lo castiga en ellos aun más severamente que en los que tienen menos luz y responsabilidad.

Después del entierro de Jacob, el temor se volvió a apoderar del corazón de los hermanos de José. No obstante la bondad de éste hacia ellos, la conciencia culpable los hizo desconfiados y suspicaces. Tal vez José había postergado su venganza por consideración a su padre, y ahora les impondría el largamente aplazado castigo por su crimen. No se atrevieron a comparecer personalmente ante él, sino que le enviaron un mensaje: “Tu padre mandó antes de su muerte, diciendo: Así diréis a José: Ruégote que perdones ahora la maldad de tus hermanos y su pecado, porque mal te trataron: por tanto ahora te rogamos que perdones la maldad de los siervos del Dios de tu padre.” Este mensaje conmovió a José y le hizo derramar lágrimas, así que, animados por esto, sus hermanos fueron y se postraron ante él, diciéndole: “Henos aquí por tus siervos.” El amor de José hacia sus hermanos era profundo y desinteresado, y sintió dolor ante la idea de que le creyeran capaz de abrigar un espíritu vengativo contra ellos. “No temáis —dijo él:— ¿estoy yo en lugar de Dios? Vosotros pensasteis mal sobre mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos.”

La vida de José ilustra la vida de Cristo. Fue la envidia la que impulsó a los hermanos de José a venderlo como esclavo. Esperaban impedir que llegase a ser superior a ellos. Y cuando fue llevado a Egipto, se vanagloriaron de que ya no serían molestados con sus sueños y de que habían eliminado toda posibilidad de que éstos se cumplieran. Pero su proceder fue contrarrestado por Dios y él lo hizo servir para cumplir el mismo acontecimiento que trataban de impedir. De la misma manera los sacerdotes y dirigentes judíos sintieron celos de Cristo y temieron que desviaría de ellos la atención del pueblo. Le dieron muerte para impedir que llegase a ser rey, pero al obrar así provocaron ese mismo resultado. Mediante su servidumbre en Egipto, José se convirtió en el salvador de la familia de su padre. No obstante, este hecho no aminoró la culpa de sus hermanos. Asimismo la crucifixión de Cristo por sus enemigos le hizo Redentor de la humanidad, Salvador de la raza perdida y soberano de todo el mundo; pero el crimen de sus asesinos fue tan execrable como si la mano providencial de Dios no hubiese dirigido los acontecimientos para su propia gloria y para bien de los hombres. Así como José fue vendido a los paganos por sus propios hermanos, Cristo fue vendido a sus enemigos más enconados por uno de sus discípulos. José fue acusado falsamente y arrojado en una prisión por su virtud; asimismo Cristo fue menospreciado y rechazado porque su vida recta y abnegada reprendía el pecado; y aunque no fue culpable de mal alguno, fue condenado por el testimonio de testigos falsos.

La paciencia y la mansedumbre de José bajo la injusticia y la opresión, el perdón que otorgó espontáneamente y su noble benevolencia para con sus hermanos inhumanos, representan la paciencia sin quejas del Salvador en medio de la malicia y el abuso de los impíos, y su perdón que otorgó no sólo a sus asesinos, sino también a todos los que se alleguen a él confesando sus pecados y buscando perdón. José vivió cincuenta y cuatro años después de la muerte de su padre. Alcanzó a ver “los hijos de Ephraim, hasta la tercera generación: también los hijos de Machir, hijo de Manasés, fueron criados sobre las rodillas de José.” Presenció el aumento y la prosperidad de su pueblo, y durante todos estos años su fe en la divina restauración de Israel a la tierra prometida fue inconmovible.

Cuando vio que se acercaba su fin, llamó a todos sus parientes. Aunque había sido tan honrado en la tierra de los Faraones, Egipto no era para él más que el lugar de su destierro; lo último que hizo fue indicar que había echado su suerte con Israel. Sus últimas palabras fueron: “Dios ciertamente os visitará, y os hará subir de esta tierra a la tierra que juró a Abrahán, a Isaac, y a Jacob.” E hizo jurar solemnemente a los hijos de Israel que llevaran sus huesos consigo a la tierra de Canaán. “Y murió José de edad de ciento y diez años; y embalsamáronlo, y fue puesto en un ataúd en Egipto.” A través de los siglos de trabajo que siguieron, aquel ataúd, recuerdo de las postreras palabras de José, daba testimonio a Israel de que ellos eran sólo peregrinos en Egipto, y les ordenaba que cifraran sus esperanzas en la tierra prometida, pues el tiempo de la liberación llegaría con toda seguridad.

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29 de marzo 2015

Biblia
Lectura para hoy:

Patriarcas y Profetas p. 240-242

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Leví tampoco recibió, herencia, excepto cuarenta y ocho ciudades diseminadas en diferentes partes de la tierra. En el caso de esta tribu, sin embargo, su fidelidad a Jehová, cuando las otras tribus apostataron, mereció que fuera apartada para el servicio sagrado del santuario, y de esa manera la maldición se trocó en bendición. Las más altas bendiciones de la primogenitura se transfirieron a Judá. El significado del nombre, que quiere decir alabanza, se describe en la historia profética de esta tribu: “Judá, alabarte han tus hermanos: Tu mano en la cerviz de tus enemigos: Los hijos de tu padre se inclinarán a ti. Cachorro de león Judá: De la presa subiste, hijo mío: Encorvóse, echóse como león, así como león viejo; ¿Quién lo despertará? No será quitado el cetro de Judá, y el legislador de entre sus pies, hasta que venga Shiloh; Y a él se congregarán los pueblos.”

El león, rey de la selva, es símbolo apropiado de la tribu de la cual descendió David, y del hijo de David, Shiloh, el verdadero “león de la tribu de Judá,” ante quien todos los poderes se inclinarán finalmente, y a quien todas las naciones rendirán homenaje. Para la mayoría de sus hijos Jacob predijo un futuro próspero. Finalmente llegó al nombre de José, y el corazón del padre desbordó al invocar las bendiciones sobre “el Nazareo de sus hermanos.” “Ramo fructífero José, Ramo fructífero junto a fuente, cuyos vástagos se extienden sobre el muro, y causáronle amargura, y asaeteáronle, y aborreciéronle los arqueros: Mas su arco quedó en fortaleza, y los brazos de sus manos se corroboraron por las manos del Fuerte de Jacob, (de allí el pastor y la piedra de Israel,) del Dios de tu padre, el cual te ayudará, y del Omnipotente, el cual te bendecirá con bendiciones de los cielos de arriba, con bendiciones del abismo que está abajo y con bendiciones del seno y de la matriz.

Las bendiciones de tu padre fueron mayores que las bendiciones de mis progenitores: Hasta el término de los collados eternos serán sobre la cabeza de José, y sobre la mollera del Nazareo de sus hermanos.” Jacob había sido siempre un hombre de profundos y ardientes afectos; su amor por sus hijos era fuerte y tierno, y el testimonio que dio de ellos en su lecho de muerte no fue expresión de parcialidad ni resentimiento. Había perdonado a todos, y los amó a todos hasta el fin. Su ternura paternal se habría expresado sólo en palabras de ánimo y de esperanza; pero el poder de Dios se posó sobre él, y bajo la influencia de la inspiración fue constreñido a declarar la verdad, por penosa que fuera. Una vez pronunciadas las últimas bendiciones, Jacob repitió el encargo referente al sitio de su entierro: “Yo voy a ser reunido con mi pueblo: sepultadme con mis padres . . . en la cueva que está en el campo de Macpela. . . . Allí sepultaron a Abrahán y a Sara su mujer; allí sepultaron a Isaac y a Rebeca su mujer; allí también sepulté yo a Lea.” De esta manera el último acto de su vida fue manifestar su fe en la promesa de Dios.

Los últimos años de Jacob le proporcionaron un atardecer tranquilo y descansado después de un inquieto y fatigoso día. Se habían juntado obscuras nubes sobre su camino; sin embargo, la puesta de su sol fue clara, y el fulgor del cielo iluminó la hora de su partida. Dice la Escritura: “Al tiempo de la tarde habrá luz.” “Considera al integro, y mira al justo: que la postrimería de cada uno de ellos es paz.” (Zac. 14: 7; Sal. 37: 37.) Jacob había pecado, y había sufrido hondamente.Había tenido que pasar muchos años de trabajo, cuidado y dolor desde el día en que su gran pecado le obligó a huir de las tiendas de su padre. Había sido fugitivo sin hogar, separado de su madre a quien nunca volvió a ver; trabajó siete años por la que amó, sólo para ser vilmente defraudado; trabajó veinte años al servicio de un pariente codicioso y rapaz; vio aumentar su riqueza y crecer a sus hijos en su derredor, pero halló poco regocijo en su contenciosa y dividida familia; se sintió dolorido por la vergüenza de su hija, por la venganza de los hermanos de ésta, por la muerte de Raquel, por el monstruoso delito de Rubén, por el pecado de Judá, por el cruel engaño y la malicia perpetrada en José. ¡Cuán negra y larga es la lista de iniquidades expuestas a la vista!

Vez tras vez había cosechado el fruto de aquella primera mala acción. Vez tras vez vio repetidos entre sus hijos los pecados de los cuales él mismo había sido culpable. Pero aunque la disciplina había sido amarga, había cumplido su obra. El castigo, aunque doloroso, había producido el “fruto apacible de justicia.” (Heb. 12: 11.) La inspiración registra fielmente las faltas de los hombres buenos que fueron distinguidos por el favor de Dios; en realidad, sus defectos resaltaban más que sus virtudes. Muchos se han preguntado el porqué de esto, y ha sido motivo de que el infiel se burle de la Biblia. Pero una de las evidencias más poderosas de la veracidad de la Escritura consiste en que ella no hermosea las acciones de sus personajes principales ni tampoco oculta sus pecados. Las mentes de los hombres están tan sujetas a prejuicios que no es posible que la historia humana sea absolutamente imparcial. Si la Biblia hubiera sido escrita por personas no inspiradas, habría presentado indudablemente el carácter de sus hombres distinguidos bajo un aspecto más favorable. Pero tal como es, nos proporciona un relato correcto de sus vidas.

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28 de marzo 2015

Sunset
Lectura para hoy:

Patriarcas y Profetas p. 236-239

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Al llegar a Egipto, la compañía se dirigió a la tierra de Gosén. Allí fue José, en su carro oficial, acompañado de un séquito principesco, olvidó el esplendor de su ambiente y la dignidad de su posición; un solo pensamiento llenaba su mente, un anhelo conmovía su corazón. Cuando divisó la llegada de los viajeros, no pudo ya reprimir el amor cuyos anhelos había sofocado durante tan largos años. Saltó de su carro, y corrió a dar la bienvenida a su padre. “Echóse sobre su cuello, y lloró sobre su cuello bastante. Entonces Israel dijo a José: Muera yo ahora, ya que he visto tu rostro, pues aun vives.”

José llevó a cinco de sus hermanos para presentarlos a Faraón, y para que se les diera la tierra en que iban a establecer sus hogares. La gratitud hacia su primer ministro induciría al monarca a honrarlos con nombramientos para ocupar cargos oficiales; pero José, leal al culto de Jehová, trató de salvar a sus hermanos de las tentaciones a que se expondrían en una corte pagana; por consiguiente, les aconsejó que cuando el rey les preguntase, le dijesen francamente su ocupación. Los hijos de Jacob siguieron este consejo, teniendo cuidado también de manifestar que habían venido a morar temporalmente en la tierra, y no a permanecer allí, reservándose de esa manera el derecho de marcharse cuando lo desearan. El rey les asignó un lugar, como había ofrecido, en lo mejor del país, en la tierra de Gosén. Poco tiempo después, José llevó también a su padre para presentarlo al rey. El patriarca era extraño al ambiente de las cortes reales; pero en medio de las sublimes escenas de la naturaleza había tenido comunión con el Monarca más poderoso; y ahora con consciente superioridad, alzó las manos y bendijo a Faraón.

En su primer saludo a José, Jacob habló como si con esta conclusión jubilosa de su largo dolor y ansiedad, estuviese listo para morir. Pero todavía se le otorgaron diecisiete años en el quieto retiro de Gosén. Estos años fueron un feliz contraste con los que los habían precedido. Jacob vio en sus hijos evidencias de un verdadero arrepentimiento. Vio a su familia rodeada de todas las condiciones necesarias para convertirse en una gran nación; y su fe se afirmó en la segura promesa de su futuro establecimiento en Canaán. Él mismo estaba rodeado de todas las demostraciones de amor y favor que el primer ministro de Egipto podía dispensar y feliz en la compañía de su hijo por tanto tiempo perdido, descendió quieta y apaciblemente al sepulcro. Cuando sintió que se aproximaba la muerte, mandó llamar a José. Aferrándose siempre con firmeza a la promesa de Dios referente a la posesión de Canaán, dijo: “Ruégote que no me entierres en Egipto. Mas cuando durmiere con mis padres, llevarme has de Egipto, y me sepultarás en el sepulcro de ellos.” José prometió hacerlo, pero Jacob no estaba satisfecho con esto; le pidió que le jurara solemnemente que le enterraría junto a sus padres en la cueva de Macpela.

Otro asunto importante exigía atención; los hijos de José habían de ser formalmente recibidos entre los hijos de Israel. A la última entrevista con su padre, José llevó consigo a Efraín y Manasés. Estos jóvenes estaban ligados por parte de su madre a la orden más alta del sacerdocio egipcio; y si ellos eligieran unirse a los egipcios, la posición de su padre les abriría el camino a la opulencia y la distinción. Pero José deseaba que ellos se unieran a su propio pueblo. Manifestó su fe en la promesa del pacto, en favor de sus hijos, renunciando a todos los honores de la corte egipcia a cambio de un lugar entre las despreciadas tribus de pastores a quienes se habían confiado los oráculos de Dios. Dijo Jacob: “Y ahora tus dos hijos Ephraim y Manasés, que te nacieron en la tierra de Egipto, antes que viniese a ti a la tierra de Egipto, míos son; como Rubén y Simeón, serán míos.” Habían de ser adoptados como sus propios hijos, y llegarían a ser jefes de tribus separadas. De esa manera uno de los privilegios de la primogenitura, perdida por Rubén, había de recaer en José; a saber, una porción doble en Israel.

La vista de Jacob estaba debilitada por la edad, y no se había dado cuenta de la presencia de los jóvenes, pero al ver sus siluetas, dijo: “¿Quiénes son éstos?” Al saberlo, agregó: “Allégalos ahora a mí, y los bendeciré.” Al acercárselos, el patriarca los abrazó y los besó, poniendo sus manos solemnemente sobre sus cabezas para bendecirlos. Entonces pronunció la oración: “El Dios en cuya presencia anduvieron mis padres Abrahán e Isaac, el Dios que me mantiene desde que yo soy hasta este día, el Ángel que me liberta de todo mal, bendiga a estos mozos: y mi nombre sea llamado en ellos, y el nombre de mis padres Abrahán e Isaac: y multipliquen en gran manera en medio de la tierra.”

No había ya en él espíritu de autoindependencia, ni confianza en los arteros poderes humanos. Dios había sido su guardador y su sostén. No se quejó de los malos días pasados. Ya no consideraba sus pruebas y dolores como cosas que habían obrado contra él. Su memoria sólo evocó la misericordia y las bondades del que había estado con él durante toda su peregrinación. Terminada la bendición, dejando para las generaciones venideras que iban a pasar por largos años de esclavitud y dolor este testimonio de su fe, Jacob le aseguró a su hijo: “He aquí, yo muero, mas Dios será con vosotros, y os hará volver a la tierra de vuestros padres.”

Por fin todos los hijos de Jacob se reunieron alrededor de su lecho de muerte. Jacob llamó a sus hijos y dijo: “Juntaos y oíd, hijos de Jacob; y escuchad a vuestro padre Israel.” “Y os declararé lo que os ha de acontecer en los postreros días.” A menudo había pensado ansiosamente en el futuro de sus hijos, y había tratado de concebir un cuadro de la historia de las diferentes tribus. Ahora, mientras sus hijos esperaban su última bendición, el Espíritu de la inspiración se posó sobre él; y se presentó ante él en profética visión el futuro de sus descendientes. Uno después de otro, mencionó los nombres de sus hijos, describió el carácter de cada uno, y predijo brevemente la historia futura de sus tribus. “Rubén, tú eres mi primogénito, Mi fortaleza y el principio de mi vigor; Principal en dignidad, principal en poder.” Así describió el padre la que debió haber sido la posición de Rubén como hijo primogénito; pero el grave pecado que cometiera en Edar le había hecho indigno de la bendición de la primogenitura. Jacob continuó: “Corriente como las aguas, no seas el principal.” El sacerdocio fue otorgado a Leví, el reino y la promesa mesiánica a Judá, y la doble porción de la herencia a José.

Nunca ascendió la tribu de Rubén a una posición eminente en Israel; no fue tan numerosa como la de Judá, la de José, o la de Dan; y se contó entre las primeras que fueron llevadas en cautiverio. Simeón y Leví seguían en edad a Rubén. Ambos se habían unido en su crueldad contra los siquemitas, y también habían sido los más culpables en la venta de José. Acerca de ellos se declaró: “Yo los apartaré en Jacob, Y los esparciré en Israel.” Cuando se hizo el censo de Israel poco antes de su entrada a Canaán, la tribu de Simeón resultó la más pequeña. Moisés, en su última bendición, no aludió a Simeón. Al establecerse en Canaán, esta tribu recibió sólo una pequeña porción de la parte de Judá, y las familias que después se hicieron poderosas formaron distintas colonias, y se establecieron fuera de las fronteras de la tierra santa.

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27 de marzo 2015

Heritage
Lectura para hoy:

Patriarcas y Profetas p. 233-235

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“Ahora, pues —dijo él,— Cuando llegare yo a tu siervo mi padre, y el mozo no fuere conmigo, como su alma está ligada al alma de él, sucederá que cuando no vea al mozo, morirá: y tus siervos harán descender las canas de tu siervo nuestro padre con dolor a la sepultura. Como tu siervo salió por fiador del mozo con mi padre, diciendo: Si no te lo volviere, entonces yo seré culpable para mi padre todos los días; ruégote por tanto que quede ahora tu siervo por el mozo, por siervo de mi señor, y que el mozo vaya con sus hermanos. Porque ¿cómo iré yo a mi padre sin el mozo? No podré, por no ver el mal que sobrevendrá a mi padre.”

José estaba satisfecho. Había visto en sus hermanos los frutos del verdadero arrepentimiento. Al oír el noble ofrecimiento de Judá, ordenó que todos excepto estos hombres se retiraran; entonces, llorando en alta voz, exclamó: “Yo soy José: ¿vive aún mi padre?” Sus hermanos permanecieron inmóviles, mudos de temor y asombro. ¡El gobernador de Egipto era su hermano José, a quien por envidia habían querido asesinar, y a quien por fin habían vendido como esclavos! Todos los tormentos que le habían hecho sufrir pasaron ante ellos. Recordaron cómo habían menospreciado sus sueños, y cómo habían luchado por evitar que se cumplieran. Sin embargo, habían participado en el cumplimiento de esos sueños; y ahora estaban por completo en su poder, y sin duda alguna, él se vengaría del daño que había sufrido. Viendo su confusión, les dijo amablemente: “Llegaos ahora a mi,” y cuando se acercaron, él prosiguió: “Yo soy José vuestro hermano el que vendisteis para Egipto. Ahora pues, no os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; que para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros.”

Considerando que ya habían sufrido ellos lo suficiente por su crueldad hacia él, noblemente trató de desvanecer sus temores y de reducir la amargura de su remordimiento. “Que ya ha habido dos años de hambre en medio de la tierra —continuó José,— y aun quedan cinco años en que ni habrá arada ni siega. Y Dios me envió delante de vosotros, para que vosotros quedaseis en la tierra, y para daros vida por medio de grande salvamento. Así pues, no me enviasteis vosotros acá, sino Dios, que me ha puesto por padre de Faraón, y por señor de toda su casa, y por gobernador en toda la tierra de Egipto. Daos prisa, id a mi padre y decidle. Así dice tu hijo José: Dios me ha puesto por señor de todo Egipto; ven a mí, no te detengas: y habitarás en la tierra de Gosén, y estarás cerca de mí, tú y tus hijos, y los hijos de tus hijos, tus ganados y tus vacas, y todo lo que tienes. Y allí te alimentaré, pues aun quedan cinco años de hambre, porque no perezcas de pobreza tú y tu casa, y todo lo que tienes:, y he aquí, vuestros ojos ven, y los ojos de mi hermano Benjamín, que mi boca os habla.” “Y echóse sobre el cuello de Benjamín su hermano, y lloró; y también Benjamín lloró sobre su cuello. Y besó a todos sus hermanos, y lloró sobre ellos: y después sus hermanos hablaron con él.” Confesaron humildemente su pecado, y le pidieron perdón. Durante mucho tiempo habían sufrido ansiedad y remordimiento, y ahora se regocijaron de que José estuviera vivo. La noticia de lo que había ocurrido llegó pronto a oídos del rey, quien, anheloso de manifestar su gratitud a José, confirmó la invitación del gobernador a su familia, diciendo: “El bien de la tierra de Egipto será vuestro.” Los hermanos de José fueron enviados con gran provisión de alimentos y carruajes, y todo lo necesario para trasladar a Egipto a todas sus familias y las personas que dependían de ellas. José hizo regalos más valiosos a Benjamín que a los otros hermanos. Luego, teniendo que sobrevinieran disputas entre ellos durante el viaje de regreso, cuando estaban por partir les dio el encargo: “No riñáis por el camino.”

Los hijos de Jacob volvieron a su padre con la grata noticia: “José vive aún, y él es señor en toda la tierra de Egipto.” Al principio el anciano se sintió abrumado. No podía creer lo que oía; pero al ver la larga caravana de carros y animales cargados, y a Benjamín otra vez con él, se convenció, y en la plenitud de su regocijo, exclamó: “Basta; José mi hijo vive todavía: iré, y le veré antes que yo muera.” Quedaba otro acto de humillación para los diez hermanos. Confesaron a su padre el engallo y la crueldad que durante tantos años habían amargado la vida de él y la de ellos. Jacob no los había creído capaces de tan vil pecado, pero vio que todo había sido dirigido para bien, y perdonó y bendijo a sus descarriados hijos. Muy pronto el padre y los hijos, con sus familias, sus rebaños y manadas, y muchos asistentes, se pusieron en camino a Egipto. Viajaron con corazón regocijado, y cuando llegaron a Beerseba el patriarca ofreció sacrificios de agradecimiento, e imploró al Señor que les otorgase una garantía de que iría con ellos. En una visión nocturna recibió la divina palabra: “No temas de descender a Egipto, porque yo te pondré allí en gran gente. Yo descenderé contigo a Egipto, y yo también te haré volver.”

La promesa: “No temas de descender a Egipto, porque yo te pondré allí en gran gente,” era muy significativa. Se había prometido que su posteridad sería tan numerosa como las estrellas; pero hasta entonces el pueblo elegido había aumentado lentamente. Y la tierra de Canaán no ofrecía en ese tiempo campo propicio para el desarrollo de la nación que se había predicho. Estaba en posesión de tribus paganas poderosas que no habrían de ser desalojadas hasta “la cuarta generación.” De haber quedado allí, para convertirse en un pueblo numeroso, los descendientes de Israel hubiesen tenido que expulsar a los habitantes de la tierra o dispersarse entre ellos. Conforme a la disposición divina, no podían hacer lo primero; y si se mezclaban con los cananeos, se expondrían a ser seducidos por la idolatría. Egipto, sin embargo, ofrecía las condiciones necesarias para el cumplimiento del propósito divino. Se les ofrecía allí un sector del país bien regado y fértil, con todas las ventajas necesarias para un rápido aumento. Y la antipatía que habían de encontrar en Egipto debido a su ocupación, pues “los Egipcios abominan todo pastor de ovejas,” les permitiría seguir siendo un pueblo distinto y separado, y serviría para impedirles que participaran en la idolatría egipcia.

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26 de marzo 2015

Benjamin
Lectura para hoy:

Patriarcas y Profetas p. 229-232

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La sequía continuaba, y al cabo de cierto tiempo la provisión de granos que habían traído de Egipto estaba casi agotada. Los hijos de Jacob sabían muy bien que sería en vano regresar a Egipto sin Benjamín. Tenían poca esperanza de cambiar la resolución del padre, y esperaban la crisis en silencio. La sombra del hambre se hacia cada vez más obscura en los ansiosos rostros de todo el campamento. El anciano leyó su necesidad; por fin dijo: “Volved, y comprad para nosotros un poco de alimento.” Judá contestó: “Aquel varón nos protestó con ánimo resuelto, diciendo: No veréis mi rostro sin vuestro hermano con vosotros. Si enviares a nuestro hermano con nosotros, descenderemos y te compraremos alimento: pero si no le enviares, no descenderemos: porque aquel varón nos dijo: No veréis mi rostro sin vuestro hermano con vosotros.” Viendo que la resolución de su padre empezaba a vacilar, agregó: “Envía al mozo conmigo, y nos levantaremos e iremos, a fin de que vivamos y no muramos nosotros, y tú, y nuestros niños,” y se ofreció como garante de su hermano, comprometiéndose a aceptar la culpa para siempre, si no devolvía Benjamín a su padre.

Jacob no pudo negar su consentimiento por más tiempo, y ordenó a sus hijos que se prepararan para el viaje. También les mandó que llevaran al gobernador un regalo de las cosas que podía proporcionar aquel país devastado por el hambre, “un poco de bálsamo, y un poco del miel, aromas y mirra, nueces y almendras,” y también una cantidad doble de dinero. “Tomad también a vuestro hermano, y levantaos, y volved a aquel varón.” Cuando sus hijos se disponían a emprender su incierto viaje, el anciano padre se puso de pie, y levantando los brazos al cielo pronunció esta oración: “El Dios Omnipotente os dé misericordias delante de aquel varón, y os suelte al otro vuestro hermano, y a este Benjamín. Y si he de ser privado de mis hijos, séalo.”

Otra vez viajaron a Egipto, y se presentaron ante José. Cuando los ojos de éste vieron a Benjamín, el hijo de su propia madre, se conmovió mucho. Sin embargo, ocultó su emoción, y ordenó que los llevaran a su casa, e hicieran preparativos para que comieran con él. Al ser llevados al palacio del gobernador, los hermanos se alarmaron grandemente, temiendo que se los llamase a cuenta por el dinero encontrado en los sacos. Creyeron que pudiera haberse puesto allí intencionalmente, con el fin de tener una excusa para convertirlos en esclavos. En su angustia, consultaron al mayordomo de la casa, y le explicaron las circunstancias de su visita a Egipto; y en prueba de su inocencia le informaron que habían traído de vuelta el dinero encontrado en los sacos, y también más dinero para comprar alimentos; y agregaron: “No sabemos quién haya puesto nuestro dinero en nuestros costales.” El hombre contestó: “Paz a vosotros, no temáis; vuestro Dios y el Dios de vuestro padre os dio el tesoro en vuestros costales: vuestro dinero vino a mí.” Su ansiedad se alivió, y cuando se les unió Simeón, que había sido libertado de su prisión, creyeron que Dios era realmente misericordioso con ellos.

Cuando el gobernador volvió a verlos, le presentaron sus regalos, y humildemente inclináronse a él a tierra. José recordó nuevamente sus sueños, y después de saludar a sus huéspedes, se apresuró a preguntarles: “¿Vuestro padre, el anciano que dijisteis, lo pasa bien? ¿vive todavía?” “Bien va a tu siervo nuestro padre; aun vive,” fue la respuesta, mientras se inclinaban reverentemente otra vez. Entonces sus ojos se fijaron en Benjamín, y dijo: “¿Es éste vuestro hermano menor, de quien me hablasteis? . . . Dios tenga misericordia de ti, hijo mío.” Pero abrumado por sus sentimientos de ternura, no pudo decir más. “entróse en su cámara, y lloró allí.” Después de recobrar su dominio propio, volvió, y todos procedieron al festín. De acuerdo con las leyes de casta, a los egipcios se les prohibía comer con gente de cualquier otra nación. A los hijos de Jacob, por lo tanto, se les asignó una mesa separada, mientras que el gobernador, debido a su alta jerarquía, comía solo, y los egipcios también comían en mesas aparte. Cuando todos estaban sentados, los hermanos se sorprendieron al ver que estaban dispuestos en orden exacto, conforme a sus edades. “Y él tomó viandas de delante de si para ellos; mas la porción de Benjamín era cinco veces como cualquiera de las de ellos.” Mediante esta demostración de favor en beneficio de Benjamín, José esperaba averiguar si sentían hacia el hermano menor la envidia y el odio que le habían manifestado a él.

Creyendo todavía que José no comprendía su lengua, los hermanos conversaron libremente entre sí; de modo que le dieron buena oportunidad de conocer sus verdaderos sentimientos. Deseaba probarlos aún más, y, antes de su partida ordenó que ocultaran su propia copa de plata en el saco del menor. Alegremente emprendieron su viaje de regreso. Simeón y Benjamín iban con ellos; sus animales iban cargados de cereales, y todos creían que habían escapado felizmente de los peligros que parecieron circundarlos. Pero apenas habían llegado a las afueras de la ciudad cuando fueron alcanzados por el mayordomo del gobernador, quien les hizo la hiriente pregunta: “¿Por qué habéis vuelto mal por bien? ¿No es esta copa en la que bebe mi señor, y por medio de la cual él suele adivinar? Habéis hecho mal en lo que hicisteis.” (V.M.) Se suponía que esa copa poseía la virtud de descubrir cualquier substancia venenosa que se pusiese en ella. En aquel entonces, las copas de esta clase eran altamente apreciadas como una protección contra el envenenamiento. A la acusación del mayordomo los viajeros contestaron: ¿Por qué dice mi señor tales cosas? Nunca tal hagan tus siervos. He aquí, el dinero que hallamos en la boca de nuestros costales, te lo volvimos a traer desde la tierra de Canaán; ¿Cómo, pues, habíamos de hurtar de casa de tu señor plata ni oro? Aquel de tus siervos en quien fuere hallada la copa, que muera, y aun nosotros seremos siervos de mi señor.” “También ahora sea conforme a vuestras palabras —dijo el mayordomo— aquel en quien se hallare, será mi siervo, y vosotros seréis sin culpa”.

En seguida principió la búsqueda. “Ellos entonces se dieron prisa, y derribando cada uno su costal en tierra, abrió cada cual el costal suyo.” Y el mayordomo los examinó a todos; comenzando con Rubén, siguió en orden hasta llegar al menor. La copa se encontró en el saco de Benjamín. Los hermanos desgarraron su ropa en señal de profundo dolor, y regresaron lentamente a la ciudad. De acuerdo con su propia promesa, Benjamín estaba condenado a una vida de esclavitud. Siguieron al mayordomo hasta el palacio, y encontrando al gobernador todavía allí, se postraron ante él. “¿Qué obra es esta que habéis hecho?” —dijo.— ¿No sabéis que un hombre como yo sabe adivinar?” José se proponía obtener de ellos un reconocimiento de su pecado. Jamás había pretendido poseer el poder de adivinar, pero quería hacerles creer que podía leer los secretos de su vida. Judá contestó: “¿Qué diremos a mi señor? ¿qué hablaremos? ¿o con qué nos justificaremos? Dios ha hallado la maldad de tus siervos: he aquí, nosotros somos siervos de mi señor, nosotros, y también aquél en cuyo poder fue hallada la copa.” “Nunca yo tal haga —fue la respuesta:— al varón en cuyo poder fue hallada la copa, él será mi siervo; vosotros id en paz a vuestro padre.” En su profundo dolor, Judá se acercó al gobernador y exclamó: “Ay señor mío, ruégote que hable tu siervo una palabra en oídos de mi señor, y no se encienda tu enojo contra tu siervo, pues que tú eres como Faraón.” Con palabras de conmovedora elocuencia describió el profundo pesar de su padre por la pérdida de José, y su aversión a permitir que Benjamin fuese con ellos a Egipto, pues era el único hijo que le quedaba de su madre Raquel, a quien Jacob había amado tan tiernamente.

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25 de marzo 2015

Jacob
Lectura para hoy:

Patriarcas y Profetas p. 225-228

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Capítulo 21 –  José y sus Hermanos
Al principiar los años fructíferos, comenzaron los preparativos para el hambre que se aproximaba. Bajo la dirección de José, se construyeron inmensos graneros en los lugares principales de todo Egipto, y se hicieron amplios preparativos para conservar el excedente de la esperada cosecha. Se siguió el mismo procedimiento durante los siete años de abundancia hasta que la cantidad de granos guardados era incalculable. Y luego, de acuerdo con la predicción de José, comenzaron los siete años de escasez. “Y hubo hambre en todos los países, mas en toda la tierra de Egipto había pan. Y cuando se sintió el hambre en toda la tierra de Egipto, el pueblo clamó a Faraón por pan. Y dijo Faraón a todos los egipcios: Id a José, y haced lo que él os dijere. Y el hambre estaba por toda la extensión del país. Entonces abrió José todo granero donde había, y vendía a los egipcios.” (Gén. 41:54-56.)

El hambre se extendió a la tierra de Canaán, y fue muy severa en la parte del país donde moraba Jacob. Habiendo oído hablar de la abundante provisión hecha por el rey de Egipto, diez de los hijos de Jacob se trasladaron allá para comprar granos. Al llegar, los llevaron a ver al virrey, y juntamente con otros solicitantes se presentaron ante el gobernador de la tierra. “E inclináronse a él rostro por tierra.”. “José, pues, conoció a sus hermanos; pero ellos no le conocieron.” Su nombre hebreo había sido cambiado por el que le había puesto el rey; y había muy poca semejanza entre el primer ministro de Egipto y el mancebo a quien ellos habían vendido a los ismaelitas, Al ver a sus hermanos inclinándose y saludándole con reverencias, José recordó sus sueños, y las escenas del pasado se presentaron vivamente ante él.

Su mirada penetrante, al examinar el grupo, descubrió que Benjamín no estaba entre ellos. ¿Habría sido él también víctima de la traicionera crueldad de aquellos hombres rudos? Decidió averiguar la verdad. “Espías sois —les dijo severamente;— por ver lo descubierto del país habéis venido.” Contestaron ellos: “No, señor mío: mas tus siervos han venido a comprar alimentos. Todos nosotros somos hijos de un varón: somos hombres de verdad: tus siervos nunca fueron espías.” José deseaba saber si todavía tenían el mismo espíritu arrogante que cuando él estaba con ellos, y también quería obtener alguna información respecto a su hogar; no obstante, sabía muy bien cuán engañosas podían ser las declaraciones que ellos hicieran. Los acusó de nuevo, y contestaron: “Tus siervos somos doce hermanos, hijos dé un varón en la tierra de Canaán; y he aquí el menor está hoy con nuestro padre, y otro no parece.” Fingiendo dudar de la veracidad de lo que decían y considerarlos aún como espías, el gobernador declaró que los probaría, exigiendo que permanecieran en Egipto hasta que uno de ellos fuese a traer a su hermano menor. Si no consentían en hacer esto, serían tratados como espías. Pero los hijos de Jacob no podían aceptar tal arreglo, puesto que el tiempo que se necesitaba para cumplirlo haría padecer a sus familias por falta de alimento; y ¿cuál de ellos emprendería el viaje solo, dejando a sus hermanos en la prisión? ¿Cómo haría frente a su padre en tales circunstancias? Parecía que se los condenara a muerte o que se los hiciera esclavos; y si traían a Benjamín, tal vez sería sólo para que participara de la suerte de los demás hermanos. Decidieron permanecer allí y sufrir juntos, más bien que aumentar la tristeza de su padre con la pérdida del único hijo que le quedaba. Por lo tanto se los puso en la cárcel, donde permanecieron tres días.

Durante los años en que José había estado separado de sus hermanos, estos hijos de Jacob habían cambiado de carácter. Habían sido envidiosos, turbulentos, engañosos, crueles y vengativos; pero ahora, al ser probados por la adversidad, se mostraron desinteresados, fieles el uno al otro, consagrados a su padre y sujetos a su autoridad, aunque ya tenían bastante edad. Los tres días que pasaron en la prisión egipcia fueron para ellos de amarga tristeza, mientras reflexionaban en sus pecados pasados. Porque a menos que se presentara Benjamín, su condenación como espías parecía segura, y tenían poca esperanza de obtener que su padre consintiera en enviar a Benjamín. Al tercer día, José hizo llevar a sus hermanos ante él. No se atrevía a detenerlos por más tiempo. Su padre y las familias que estaban con él podían estar sufriendo por la escasez de alimentos. “Haced esto, y vivid —dijo:— Yo temo a Dios: si sois hombres de verdad, quede preso en la casa de vuestra cárcel uno de vuestros hermanos; y vosotros id, llevad el alimento para el hambre de vuestra casa— pero habéis de traerme a vuestro hermano menor, y serán verificadas vuestras palabras, y no moriréis.

Ellos convinieron en aceptar esta propuesta, aunque expresando poca esperanza de que su padre permitiera a Benjamín volver con ellos. José se había comunicado con ellos mediante un intérprete, y sin sospechar que el gobernador los comprendía, conversaron libremente el uno con el otro en su presencia. Se acusaron mutuamente de cómo habían tratado a José—, “Verdaderamente hemos pecado contra nuestro hermano, que vimos la angustia de su alma cuando nos rogaba, y no le oímos: por eso, ha venido sobre nosotros esta angustia.” Rubén que había querido librarlo en Dotán, agregó: “¿No os hablé yo y dije: No pequéis contra el mozo; y no escuchasteis? He aquí también su sangre es requerida.” José, que escuchaba, no pudo dominar su emoción, y salió y lloró. Al volver, ordenó que se atara a Simeón ante ellos, y le hizo volver a la cárcel. En el trato cruel hacia su hermano, Simeón había sido el instigador y protagonista, y por esta razón la elección recayó sobre él. Antes de permitir la salida de sus hermanos, José ordenó que se les diera abundancia de cereal, y que el dinero de cada uno fuera puesto secretamente en la boca de su saco. Se les proporcionó también forraje para sus bestias para el viaje de regreso.

En el camino, uno de ellos, al abrir su saco, se sorprendió al encontrar su bolsa de plata. Al anunciarlo a los otros, se sintieron alarmados y perplejos, y se dijeron el uno al otro: “¿Qué es esto que nos ha hecho Dios?” ¿Debían considerarlo como una demostración de la bondad del Señor, o que él lo había permitido para castigarlos por sus pecados y afligirles más hondamente todavía? Reconocían que Dios había visto sus pecados, y que ahora estaba castigándolos.

Jacob esperaba ansiosamente el regreso de sus hijos, y a su vuelta todo el campamento se reunió anhelante alrededor de ellos mientras relataban a su padre todo lo que había ocurrido. La alarma y el recelo llenaron el corazón de todos. La conducta del gobernador egipcio sugería algún mal propósito, y sus temores se confirmaron, cuando al abrir los sacos cada uno encontró su dinero. En su angustia el anciano padre exclamó: “Habéisme privado de mis hijos; José no parece, ni Simeón tampoco, y a Benjamín le llevaréis: contra mí son todas estas cosas.” Rubén respondió: “Harás morir a mis dos hijos, si no te lo volviere; entrégalo en mi mano, que yo lo volveré a ti.” Estas palabras temerarias no aliviaron la preocupación de Jacob. Su contestación fue: “No descenderá mi hijo con vosotros; que su hermano es muerto, y él solo ha quedado: y si le aconteciera algún desastre en el camino por donde vais, haréis descender mis canas con dolor a la sepultura.”

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24 de marzo 2015

Old man
Lectura para hoy:

Génesis 38, 50

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Génesis 38 (NTV)
1 En esos días, Judá dejó su casa y se fue a Adulam, donde se quedó con un hombre llamado Hira. 2 Allí vio a una mujer cananea, la hija de Súa, y se casó con ella. Cuando se acostaron, 3 ella quedó embarazada y dio a luz un hijo, y le puso por nombre Er. 4 Después volvió a quedar embarazada y dio a luz otro hijo, y le puso por nombre Onán. 5 Además, dio a luz un tercer hijo y lo llamó Sela. Cuando nació Sela, ellos vivían en Quezib. 6 Con el transcurso del tiempo, Judá arregló que Er, su hijo mayor, se casara con una joven llamada Tamar. 7 Pero Er era un hombre perverso ante los ojos del Señor, y el Señor le quitó la vida. 8 Entonces Judá dijo a Onán, hermano de Er: «Cásate con Tamar, como nuestra ley exige al hermano de un hombre que haya muerto. Tú debes darle un heredero a tu hermano». 9 Pero Onán no estaba dispuesto a tener un hijo que no fuera su propio heredero. Por eso, cada vez que tenía relaciones sexuales con la mujer de su hermano, derramaba el semen en el suelo. Esto evitaba que ella tuviera un hijo de su hermano. 10 Así que el Señor consideró una maldad que Onán negara un hijo a su hermano muerto, y el Señor también le quitó la vida a Onán.

11 Entonces Judá le dijo a Tamar, su nuera: «Vuelve a la casa de tus padres y permanece viuda hasta que mi hijo Sela tenga edad suficiente para casarse contigo». (Pero en realidad, Judá no pensaba hacerlo porque temía que Sela también muriera, igual que sus dos hermanos). Entonces Tamar regresó a vivir a la casa de sus padres. 12 Unos años después, murió la esposa de Judá. Cumplido el período de luto, Judá y su amigo Hira el adulamita subieron a Timna para supervisar la esquila de sus ovejas. 13 Alguien le dijo a Tamar: «Mira, tu suegro sube a Timna para esquilar sus ovejas». 14 Tamar ya sabía que Sela había crecido, pero aún no se había arreglado nada para que ella se casara con él. Así que se quitó la ropa de viuda y se cubrió con un velo para disfrazarse. Luego se sentó junto al camino, a la entrada de la aldea de Enaim, la cual está rumbo a Timna. 15 Judá la vio y creyó que era una prostituta, porque ella tenía el rostro cubierto. 16 Entonces se detuvo y le hizo una propuesta indecente:—Déjame tener sexo contigo —le dijo, sin darse cuenta de que era su propia nuera.—¿Cuánto me pagarás por tener sexo contigo? —preguntó Tamar. 17 —Te enviaré un cabrito de mi rebaño —prometió Judá.—¿Pero qué me darás como garantía de que enviarás el cabrito? —preguntó ella. 18 —¿Qué clase de garantía quieres? —respondió él. Ella contestó:—Déjame tu sello de identidad junto con su cordón, y el bastón que llevas. Entonces Judá se los entregó. Después tuvo relaciones sexuales con ella, y Tamar quedó embarazada. 19 Luego ella regresó a su casa, se quitó el velo y se puso la ropa de viuda como de costumbre.

20 Más tarde Judá le pidió a su amigo Hira el adulamita que llevara el cabrito a la mujer y recogiera las cosas que le había dejado como garantía, pero Hira no pudo encontrarla. 21 Entonces preguntó a los hombres de ese lugar:—¿Dónde puedo encontrar a la prostituta del templo local que se sentaba junto al camino, a la entrada de Enaim?—Nunca hemos tenido una prostituta del templo aquí —contestaron ellos. 22 Entonces Hira regresó a donde estaba Judá y le dijo:—No pude encontrarla por ninguna parte, y los hombres de la aldea afirman que nunca ha habido una prostituta del templo pagano en ese lugar. 23 —Entonces deja que se quede con las cosas que le di —dijo Judá—. Envié el cabrito, tal como acordamos, pero tú no pudiste encontrarla. Si regresamos a buscarla, seremos el hazmerreír del pueblo. 24 Unos tres meses después, le dijeron a Judá:—Tu nuera Tamar se ha comportado como una prostituta y ahora, como consecuencia, está embarazada.—¡Sáquenla y quémenla! —ordenó Judá. 25 Pero cuando la sacaban para matarla, ella envió el siguiente mensaje a su suegro: «El dueño de estas cosas fue quien me dejó embarazada. Fíjese bien. ¿De quién son este sello, este cordón y este bastón?». 26 Judá los reconoció enseguida y dijo:—Ella es más justa que yo, porque no arreglé que ella se casara con mi hijo Sela. Y Judá nunca más volvió a acostarse con Tamar.

27 Cuando llegó el tiempo de que Tamar diera a luz, se descubrió que esperaba gemelos. 28 Durante el parto, uno de los niños sacó la mano, entonces la partera le ató un hilo rojo en la muñeca y anunció: «Este salió primero». 29 Pero luego el niño metió la mano de vuelta, ¡y salió primero su hermano! Entonces la partera exclamó: «¡Vaya! ¿Cómo hiciste para abrirte brecha y salir primero?». Y lo llamaron Fares. 30 Luego nació el niño que llevaba el hilo rojo en la muñeca, y lo llamaron Zera.


Génesis 50 (NTV)

1 José se abrazó al cuerpo de su padre, y lloró y lo besó. 2 Después ordenó a los médicos que estaban a su servicio que embalsamaran el cuerpo de su padre, y Jacob fue embalsamado. 3 El proceso para embalsamarlo llevó cuarenta días, que es el tiempo habitual. Y los egipcios guardaron luto por Jacob durante setenta días. 4 Cumplido el periodo del luto, José se acercó a los consejeros del faraón y les dijo: «Les ruego que me hagan el favor de hablar al faraón por mí. 5 Díganle que mi padre me hizo pronunciar un juramento. Me dijo: “Escucha, yo estoy a punto de morir. Lleva mi cuerpo de regreso a la tierra de Canaán y entiérrame en la tumba que preparé para mí mismo”. Por lo tanto, le ruego que me permita ir a enterrar a mi padre. Y después del entierro, regresaré sin demora». 6 El faraón concedió la petición de José y le dijo: «Ve y entierra a tu padre, tal como él te hizo prometer». 7 Entonces José partió para enterrar a su padre. Lo acompañaron todos los funcionarios del faraón, todos los ancianos de la casa del faraón, y todos los oficiales de alto rango de Egipto. 8 José llevó a los de su propia casa y a sus hermanos y a los de sus casas, pero dejó en la tierra de Gosén a los niños pequeños y a los rebaños y a las manadas. 9 Una gran cantidad de carros de guerra con sus conductores acompañaron a José.

10 Cuando llegaron al campo de trillar de Atad, cerca del río Jordán, llevaron a cabo un gran servicio conmemorativo muy solemne, con un período de siete días de luto por el padre de José. 11 Los cananeos que vivían en ese lugar los observaron lamentarse en el campo de trillar de Atad, y luego cambiaron el nombre del lugar (situado cerca del Jordán); lo llamaron Abel-mizraim, porque dijeron: «Este es un lugar de gran lamento para estos egipcios». 12 Así que los hijos de Jacob hicieron tal como él les había ordenado. 13 Llevaron su cuerpo a la tierra de Canaán y lo enterraron en la cueva que está en el campo de Macpela, cerca de Mamre. Esa es la cueva que Abraham le había comprado a Efrón el hitita como lugar de sepultura permanente.

José perdona a sus hermanos
14 Después de haber enterrado a Jacob, José regresó a Egipto junto con sus hermanos y todos los que lo habían acompañado al entierro de su padre. 15 Pero ahora que su padre había muerto, los hermanos de José tuvieron temor, y se decían: «Ahora José mostrará su enojo y se vengará por todo el mal que le hicimos». 16 Entonces enviaron a José un mensaje que decía: «Antes de morir, tu padre nos mandó que 17 te dijéramos: “Por favor, perdona a tus hermanos por el gran mal que te hicieron, por el pecado de haberte tratado con tanta crueldad”. Por eso nosotros, los siervos del Dios de tu padre, te suplicamos que perdones nuestro pecado». Cuando José recibió el mensaje, perdió el control y se echó a llorar. 18 Entonces sus hermanos llegaron, y se arrojaron al suelo delante de José y dijeron:—Mira, ¡somos tus esclavos! 19 Pero José les respondió:—No me tengan miedo. ¿Acaso soy Dios para castigarlos? 20 Ustedes se propusieron hacerme mal, pero Dios dispuso todo para bien. Él me puso en este cargo para que yo pudiera salvar la vida de muchas personas. 21 No, no tengan miedo. Yo seguiré cuidando de ustedes y de sus hijos. Así que hablándoles con ternura y bondad, los reconfortó.

Muerte de José
22 José y sus hermanos con sus familias siguieron viviendo en Egipto. José vivió hasta los ciento diez años de edad. 23 Alcanzó a ver a tres generaciones de los descendientes de su hijo Efraín, y vivió lo suficiente para ver el nacimiento de los hijos de Maquir, el hijo de Manasés, a quienes recibió como suyos. 24 José les dijo a sus hermanos: «Yo pronto moriré pero ciertamente Dios los ayudará y los sacará de esta tierra de Egipto. Él los hará volver a la tierra que solemnemente prometió dar a Abraham, a Isaac y a Jacob».25 Entonces José hizo jurar a los hijos de Israel y les dijo: «Cuando Dios venga a ayudarlos y los lleve de regreso, deben llevarse mis huesos con ustedes».  26 José murió a los ciento diez años de edad y los egipcios lo embalsamaron, y pusieron su cuerpo en un ataúd en Egipto.

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23 de marzo 2015

Father son
Lectura para hoy:

Génesis 48, 49

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Génesis 48 (RVR1960) – Jacob bendice a Efraín y a Manasés
1 Sucedió después de estas cosas que dijeron a José: He aquí tu padre está enfermo. Y él tomó consigo a sus dos hijos, Manasés y Efraín. 2 Y se le hizo saber a Jacob, diciendo: He aquí tu hijo José viene a ti. Entonces se esforzó Israel, y se sentó sobre la cama, 3 y dijo a José: El Dios Omnipotente me apareció en Luz en la tierra de Canaán, y me bendijo, 4 y me dijo: He aquí yo te haré crecer, y te multiplicaré, y te pondré por estirpe de naciones; y daré esta tierra a tu descendencia después de ti por heredad perpetua. 5 Y ahora tus dos hijos Efraín y Manasés, que te nacieron en la tierra de Egipto, antes que viniese a ti a la tierra de Egipto, míos son; como Rubén y Simeón, serán míos. 6 Y los que después de ellos has engendrado, serán tuyos; por el nombre de sus hermanos serán llamados en sus heredades. 7 Porque cuando yo venía de Padan-aram, se me murió Raquel en la tierra de Canaán, en el camino, como media legua de tierra viniendo a Efrata; y la sepulté allí en el camino de Efrata, que es Belén.

8 Y vio Israel los hijos de José, y dijo: ¿Quiénes son éstos? 9 Y respondió José a su padre: Son mis hijos, que Dios me ha dado aquí. Y él dijo: Acércalos ahora a mí, y los bendeciré. 10 Y los ojos de Israel estaban tan agravados por la vejez, que no podía ver. Les hizo, pues, acercarse a él, y él les besó y les abrazó. 11 Y dijo Israel a José: No pensaba yo ver tu rostro, y he aquí Dios me ha hecho ver también a tu descendencia. 12 Entonces José los sacó de entre sus rodillas, y se inclinó a tierra. 13 Y los tomó José a ambos, Efraín a su derecha, a la izquierda de Israel, y Manasés a su izquierda, a la derecha de Israel; y los acercó a él. 14 Entonces Israel extendió su mano derecha, y la puso sobre la cabeza de Efraín, que era el menor, y su mano izquierda sobre la cabeza de Manasés, colocando así sus manos adrede, aunque Manasés era el primogénito. 15 Y bendijo a José, diciendo: El Dios en cuya presencia anduvieron mis padres Abraham e Isaac, el Dios que me mantiene desde que yo soy hasta este día, 16 el Ángel que me liberta de todo mal, bendiga a estos jóvenes; y sea perpetuado en ellos mi nombre, y el nombre de mis padres Abraham e Isaac, y multiplíquense en gran manera en medio de la tierra.

17 Pero viendo José que su padre ponía la mano derecha sobre la cabeza de Efraín, le causó esto disgusto; y asió la mano de su padre, para cambiarla de la cabeza de Efraín a la cabeza de Manasés. 18 Y dijo José a su padre: No así, padre mío, porque éste es el primogénito; pon tu mano derecha sobre su cabeza. 19 Mas su padre no quiso, y dijo: Lo sé, hijo mío, lo sé; también él vendrá a ser un pueblo, y será también engrandecido; pero su hermano menor será más grande que él, y su descendencia formará multitud de naciones. 20 Y los bendijo aquel día, diciendo: En ti bendecirá Israel, diciendo: Hágate Dios como a Efraín y como a Manasés. Y puso a Efraín antes de Manasés. 21 Y dijo Israel a José: He aquí yo muero; pero Dios estará con vosotros, y os hará volver a la tierra de vuestros padres. 22 Y yo te he dado a ti una parte más que a tus hermanos, la cual tomé yo de mano del amorreo con mi espada y con mi arco.

Génesis 49 (RVR1960) – Profecía de Jacob acerca de sus hijos
1 Y llamó Jacob a sus hijos, y dijo: Juntaos, y os declararé lo que os ha de acontecer en los días venideros. 2 Juntaos y oíd, hijos de Jacob, y escuchad a vuestro padre Israel.

3 Rubén, tú eres mi primogénito, mi fortaleza, y el principio de mi vigor; Principal en dignidad, principal en poder. 4 Impetuoso como las aguas, no serás el principal, por cuanto subiste al lecho de tu padre; Entonces te envileciste, subiendo a mi estrado.

5 Simeón y Leví son hermanos; Armas de iniquidad sus armas. 6 En su consejo no entre mi alma, ni mi espíritu se junte en su compañía. Porque en su furor mataron hombres, y en su temeridad desjarretaron toros. 7 Maldito su furor, que fue fiero; Y su ira, que fue dura. Yo los apartaré en Jacob, y los esparciré en Israel.

8 Judá, te alabarán tus hermanos; Tu mano en la cerviz de tus enemigos; Los hijos de tu padre se inclinarán a ti. 9 Cachorro de león, Judá; De la presa subiste, hijo mío. Se encorvó, se echó como león, así como león viejo: ¿quién lo despertará? 10 No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Siloh; Y a él se congregarán los pueblos. 11 Atando a la vid su pollino, y a la cepa el hijo de su asna, lavó en el vino su vestido, y en la sangre de uvas su manto. 12 Sus ojos, rojos del vino, Y sus dientes blancos de la leche.

13 Zabulón en puertos de mar habitará; Será para puerto de naves, y su límite hasta Sidón.

14 Isacar, asno fuerte que se recuesta entre los apriscos; 15 Y vio que el descanso era bueno, y que la tierra era deleitosa; y bajó su hombro para llevar, y sirvió en tributo.

16 Dan juzgará a su pueblo, como una de las tribus de Israel. 17 Será Dan serpiente junto al camino,  víbora junto a la senda, que muerde los talones del caballo, y hace caer hacia atrás al jinete. 18 Tu salvación esperé, oh Jehová.

19 Gad, ejército lo acometerá; Mas él acometerá al fin.

20 El pan de Aser será substancioso, y él dará deleites al rey.

21 Neftalí, cierva suelta, que pronunciará dichos hermosos.

22 Rama fructífera es José, rama fructífera junto a una fuente, cuyos vástagos se extienden sobre el muro.
23 Le causaron amargura, le asaetearon, y le aborrecieron los arqueros; 24 Mas su arco se mantuvo poderoso, y los brazos de sus manos se fortalecieron por las manos del Fuerte de Jacob (por el nombre del Pastor, la Roca de Israel), 25 Por el Dios de tu padre, el cual te ayudará, por el Dios Omnipotente, el cual te bendecirá con bendiciones de los cielos de arriba, con bendiciones del abismo que está abajo, con bendiciones de los pechos y del vientre. 26 Las bendiciones de tu padre fueron mayores que las bendiciones de mis progenitores; Hasta el término de los collados eternos serán sobre la cabeza de José, y sobre la frente del que fue apartado de entre sus hermanos.

27 Benjamín es lobo arrebatador; A la mañana comerá la presa, y a la tarde repartirá los despojos.

Muerte y sepelio de Jacob
28 Todos estos fueron las doce tribus de Israel, y esto fue lo que su padre les dijo, al bendecirlos; a cada uno por su bendición los bendijo. 29 Les mandó luego, y les dijo: Yo voy a ser reunido con mi pueblo. Sepultadme con mis padres en la cueva que está en el campo de Efrón el heteo, 30 en la cueva que está en el campo de Macpela, al oriente de Mamre en la tierra de Canaán, la cual compró Abraham con el mismo campo de Efrón el heteo, para heredad de sepultura. 31 Allí sepultaron a Abraham y a Sara su mujer; allí sepultaron a Isaac y a Rebeca su mujer; allí también sepulté yo a Lea. 32 La compra del campo y de la cueva que está en él, fue de los hijos de Het. 33 Y cuando acabó Jacob de dar mandamientos a sus hijos, encogió sus pies en la cama, y expiró, y fue reunido con sus padres.

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22 de marzo 2015

Famine
Lectura para hoy:

Génesis 45, 46, 47

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Génesis 45 (NTV) – José revela su identidad
1 José ya no pudo contenerse. Había mucha gente en la sala, y él les dijo a sus asistentes: «¡Salgan todos de aquí!». Así que estuvo a solas con sus hermanos en el momento de decirles quién era. 2 Entonces perdió el control y se echó a llorar. Lloraba con tanta fuerza que los egipcios podían oírlo, y la noticia pronto llegó hasta el palacio del faraón. 3 «¡Soy José! —dijo a sus hermanos—. ¿Vive mi padre todavía?». ¡Pero sus hermanos se quedaron mudos! Estaban atónitos al darse cuenta de que tenían a José frente a ellos. 4 «Por favor, acérquense», les dijo. Entonces ellos se acercaron, y él volvió a decirles: «Soy José, su hermano, a quien ustedes vendieron como esclavo en Egipto. 5 Pero no se inquieten ni se enojen con ustedes mismos por haberme vendido. Fue Dios quien me envió a este lugar antes que ustedes, a fin de preservarles la vida. 6 El hambre que ha azotado la tierra estos dos últimos años durará otros cinco años más, y no habrá ni siembra ni siega. 7 Dios me hizo llegar antes que ustedes para salvarles la vida a ustedes y a sus familias, y preservar la vida de muchos más. 8 Por lo tanto, fue Dios quien me envió a este lugar, ¡y no ustedes! Y fue él quien me hizo consejero del faraón, administrador de todo su palacio y gobernador de todo Egipto.

9 »Ahora, ¡apresúrense! Regresen a donde está mi padre y díganle: “Tu hijo José dice: ‘Dios me ha hecho señor de toda la tierra de Egipto. ¡Así que ven a verme de inmediato! 10 Podrás vivir en la región de Gosén, donde estarás cerca de mí, junto con tus hijos y tus nietos, tus rebaños y tus manadas, y todas tus posesiones. 11 Allí te cuidaré, porque aún quedan cinco años de hambre. De lo contrario, tú, los de tu casa y todos tus animales morirán de hambre’”. 12 »¡Miren! —agregó José—. Pueden comprobarlo con sus propios ojos, y también puede hacerlo mi hermano Benjamín, ¡que de veras soy José! 13 Díganle a mi padre acerca de la posición de honor que tengo aquí en Egipto. Descríbanle todo lo que han visto y, después, traigan a mi padre aquí lo más pronto posible». 14 Llorando de alegría, José abrazó a Benjamín, y Benjamín hizo lo mismo. 15 Luego José besó a cada uno de sus hermanos y lloró sobre ellos, y después comenzaron a hablar libremente con él.

El faraón invita a Jacob a Egipto
16 La noticia pronto llegó al palacio del faraón: «¡Han llegado los hermanos de José!». El faraón y sus funcionarios se alegraron mucho al saberlo. 17 El faraón le dijo a José: «Diles a tus hermanos: “Esto es lo que deben hacer: ¡Apúrense! Carguen sus animales y regresen a la tierra de Canaán. 18 Luego vayan a buscar a su padre y a sus familias y vuelvan aquí. Yo les daré la mejor tierra en Egipto, y comerán de lo mejor que esa tierra produce”». 19 Después el faraón le dijo a José: «Diles a tus hermanos: “Lleven carros de Egipto para transportar a sus niños y a sus esposas, y traigan a su padre aquí. 20 No se preocupen por sus bienes personales, pues lo mejor de la tierra de Egipto será de ustedes”». 21 Así que los hijos de Jacob hicieron lo que se les dijo. José les proporcionó carros, tal como el faraón había ordenado, y les dio provisiones para el viaje. 22 A cada uno le dio ropa nueva, pero a Benjamín le dio cinco mudas de ropa y trescientas monedas de plata. 23 También le envió a su padre diez burros cargados con los mejores productos de Egipto, y diez burras cargadas con grano, pan y otras provisiones que necesitaría para el viaje. 24 Entonces José despidió a sus hermanos y, cuando se iban, les dijo: «¡No se peleen por todo esto en el camino!». 25 Y ellos salieron de Egipto y regresaron donde vivía su padre Jacob, en la tierra de Canaán. 26 «¡José todavía vive! —le dijeron a su padre— ¡Y es el gobernador de toda la tierra de Egipto!». Jacob se quedó atónito al oír la noticia, y no podía creerlo. 27 Sin embargo, cuando le repitieron todo lo que José les había dicho y cuando vio los carros que había enviado para llevarlo, su alma se reanimó. 28 Entonces Jacob exclamó: «¡Debe ser verdad! ¡Mi hijo José está vivo! Tengo que ir y verlo antes de morir».

Génesis 46 (NTV) – Viaje de Jacob a Egipto
1 Entonces Jacob emprendió el viaje a Egipto con todas sus posesiones. Y cuando llegó a Beerseba, ofreció sacrificios al Dios de su padre Isaac. 2 Durante la noche, Dios le habló en una visión.  —¡Jacob! ¡Jacob! —lo llamó.—Aquí estoy —respondió Jacob. 3 —Yo soy Dios, el Dios de tu padre —dijo la voz—. No tengas temor de descender a Egipto, porque allí haré de tu familia una gran nación. 4 Yo descenderé contigo a Egipto y te volveré a traer. Morirás en Egipto, pero José estará contigo para cerrar tus ojos. 5 Entonces Jacob salió de Beerseba, y sus hijos lo llevaron a Egipto. Lo transportaron a él, junto con los pequeños y las esposas, en los carros que el faraón les había provisto. 6 También se llevaron todos los animales y los bienes personales que habían adquirido en la tierra de Canaán. Así que Jacob partió hacia Egipto con toda su familia 7 —hijos y nietos, hijas y nietas—; se fue con todos sus descendientes.

8 Estos son los nombres de los descendientes de Israel —los hijos de Jacob— que fueron a Egipto:Rubén fue el hijo mayor de Jacob. 9 Los hijos de Rubén fueron: Hanoc, Falú, Hezrón y Carmi. 10 Los hijos de Simeón fueron: Jemuel, Jamín, Ohad, Jaquín, Zohar y Saúl. (La madre de Saúl fue una mujer cananea). 11 Los hijos de Leví fueron: Gersón, Coat y Merari. 12 Los hijos de Judá fueron: Er, Onán, Sela, Fares y Zera (aunque Er y Onán habían muerto en la tierra de Canaán). Los hijos de Fares fueron: Hezrón y Hamul. 13 Los hijos de Isacar fueron: Tola, Fúa, Jasub y Simrón. 14 Los hijos de Zabulón fueron: Sered, Elón y Jahleel. 15 Esos fueron los hijos de Lea y Jacob que nacieron en Padán-aram, además de su hija Dina. Los descendientes de Jacob por medio de Lea (tanto hombres como mujeres) fueron treinta y tres. 16 Los hijos de Gad fueron: Zifón, Hagui, Suni, Ezbón, Eri, Arodi y Areli. 17 Los hijos de Aser fueron: Imna, Isúa, Isúi y Bería. La hermana de ellos se llamaba Sera. Los hijos de Bería fueron: Heber y Malquiel. 18 Esos fueron los hijos de Zilpa, la sierva que Lea recibió de su padre Labán. Los descendientes de Jacob por medio de Zilpa fueron dieciséis. 19 Los hijos de Raquel, esposa de Jacob, fueron: José y Benjamín. 20 Los hijos de José que nacieron en la tierra de Egipto fueron: Manasés y Efraín. La madre de ellos fue Asenat, hija de Potifera, sacerdote de On. 21 Los hijos de Benjamín fueron: Bela, Bequer, Asbel, Gera, Naamán, Ehi, Ros, Mupim, Hupim y Ard.22 Esos fueron los hijos de Raquel y Jacob. Los descendientes de Jacob por medio de Raquel fueron catorce. 23 El hijo de Dan fue Husim. 24 Los hijos de Neftalí fueron: Jahzeel, Guni, Jezer y Silem. 25 Esos fueron los hijos de Bilha, la sierva que Raquel recibió de su padre Labán. Los descendientes de Jacob por medio de Bilha fueron siete. 26 Todos los descendientes directos de Jacob que partieron con él a Egipto, sin contar a las esposas de sus hijos, fueron sesenta y seis. 27 Además, José tuvo dos hijos que nacieron en Egipto. Así que, en total, había setenta miembros de la familia de Jacob en la tierra de Egipto.

La familia de Jacob llega a Gosén
28 Cuando ya estaban cerca de llegar, Jacob mandó que Judá se adelantara a fin de encontrarse con José y averiguar el camino a la región de Gosén. Cuando por fin llegaron, 29 José preparó su carro de guerra y viajó hasta Gosén para recibir a su padre Jacob. Cuando José llegó, corrió a los brazos de su padre y lloró sobre su hombro un largo rato. 30 Finalmente, Jacob le dijo a José: «Ahora estoy listo para morir porque he vuelto a ver tu rostro y sé que aún vives». 31 Entonces José dijo a sus hermanos y a toda la familia de su padre: «Iré al faraón y le diré: “Mis hermanos y toda la familia de mi padre han venido a verme desde la tierra de Canaán. 32 Son pastores y crían animales. Han traído sus rebaños y sus manadas y todo lo que poseen”». 33 Después dijo: «Cuando el faraón los llame y les pregunte a qué se dedican, 34 ustedes deben decirle: “Nosotros, sus siervos, hemos criado ganado toda nuestra vida, igual que nuestros antepasados”. Cuando le digan eso, él los dejará vivir aquí en la región de Gosén, porque los egipcios desprecian a los pastores».

Génesis 47 (NTV) – Jacob bendice al faraón
1 Entonces José fue a ver al faraón y le dijo: «Mi padre y mis hermanos han llegado desde la tierra de Canaán. Vinieron con todos sus rebaños, sus manadas y sus posesiones, y ahora están en la región de Gosén». 2 José llevó con él a cinco de sus hermanos y se los presentó al faraón. 3 El faraón preguntó a los hermanos:—¿A qué se dedican?—Nosotros, sus siervos —contestaron ellos—, somos pastores, al igual que nuestros antepasados. 4 Hemos venido a vivir a Egipto por un tiempo, debido a que en Canaán no hay pastos para nuestros rebaños, porque el hambre es muy intensa allí. Por lo tanto, le rogamos que nos permita vivir en la región de Gosén. 5 Entonces el faraón le dijo a José: «Ahora que tu padre y tus hermanos han venido a estar aquí contigo, 6 escoge el lugar que quieras en toda la tierra de Egipto para que ellos vivan. Dales la mejor tierra de Egipto. Que vivan en la región de Gosén, y si alguno de ellos tiene alguna destreza especial, ponlo a cargo de mis rebaños también». 7 Entonces José hizo entrar a su padre Jacob y se lo presentó al faraón. Entonces Jacob bendijo al faraón. 8 —¿Cuántos años tienes? —le preguntó el faraón. 9 Jacob respondió:—He andado por este mundo ya ciento treinta arduos años; pero mi vida ha sido corta en comparación con la de mis antepasados. 10 Entonces Jacob volvió a bendecir al faraón antes de salir del palacio. 11 Por lo tanto, José asignó la mejor tierra de Egipto —la región de Ramsés— a su padre y a sus hermanos, y los estableció allí, tal como el faraón había ordenado. 12 Y José proveyó alimentos a su padre y a sus hermanos en cantidades proporcionadas al número de familiares, incluidos los niños más pequeños.

Administración de José durante el tiempo de hambre
13 Mientras tanto, el hambre se hizo tan intensa que se acabó todo el alimento, y la gente por toda la tierra de Egipto y la de Canaán se moría de hambre. 14 José, al vender el grano a la población, con el tiempo, obtuvo todo el dinero que había en Egipto y en Canaán, y lo depositó en la tesorería del faraón. 15 Cuando los habitantes de Egipto y de Canaán se quedaron sin dinero, todos los egipcios acudieron a José.—¡Ya no tenemos dinero! —clamaron—. Por favor, dénos alimentos, ¡o moriremos ante sus propios ojos! 16 José respondió:—Ya que no tienen dinero, tráiganme sus animales. Yo les daré alimentos a cambio de sus animales. 17 Entonces llevaron sus animales a José a cambio de alimentos. A cambio de sus caballos, rebaños de ovejas y cabras, manadas de ganado y burros, José les proveyó alimentos para un año más. 18 Entonces ese año llegó a su fin. Al año siguiente, ellos acudieron nuevamente a José y le dijeron: «No podemos ocultarle la verdad, señor. Se nos acabó el dinero, y todas nuestras manadas de animales son suyas. Ya no nos queda nada para entregarle, excepto nuestro cuerpo y nuestras tierras. 19 ¿Por qué morir delante de sus propios ojos? Cómprenos a nosotros y también a nuestras tierras a cambio de alimentos; ofrecemos nuestras tierras y nos ofrecemos nosotros mismos como esclavos para el faraón. Solamente provéanos de grano para que podamos vivir y no muramos, y para que la tierra no quede vacía y desolada».

20 José, pues, compró toda la tierra de Egipto para el faraón. Todos los egipcios le vendieron sus campos debido a que el hambre era severa. Así que pronto toda la tierra pasó a ser posesión del faraón. 21 Y en cuanto a los habitantes, los hizo esclavos a todos, desde un extremo de Egipto hasta el otro. 22 Las únicas tierras que no compró fueron las que pertenecían a los sacerdotes. Ellos recibían una ración de alimentos directamente del faraón, por lo cual no tuvieron que vender sus tierras. 23 Entonces José le dijo al pueblo:—Miren, hoy los he comprado a ustedes y a sus tierras para el faraón. Les proporcionaré semillas para que puedan sembrar los campos. 24 Después, cuando llegue el tiempo de la cosecha, una quinta parte de los cultivos será del faraón. Ustedes podrán quedarse con las otras cuatro quintas partes como semilla para sus campos y alimento para ustedes, los de su casa y sus niños. 25 —¡Usted nos ha salvado la vida! —exclamaron ellos—. Permítanos, señor nuestro, ser los esclavos del faraón. 26 Entonces José emitió un decreto, aún vigente en la tierra de Egipto, según el cual el faraón recibiría una quinta parte de todas las cosechas cultivadas en su tierra. Solo la región perteneciente a los sacerdotes no fue entregada al faraón.

27 Mientras tanto, el pueblo de Israel se estableció en la región de Gosén, en Egipto. Allí adquirieron propiedades, y fueron prósperos y la población creció con rapidez. 28 Jacob vivió diecisiete años después de haber llegado a Egipto, así que en total vivió ciento cuarenta y siete años. 29 Cuando se acercaba el momento de su muerte, Jacob llamó a su hijo José, y le dijo:—Te ruego que me hagas un favor. Pon tu mano debajo de mi muslo y jura que me tratarás con amor inagotable al hacer honor a esta última petición: no me entierres en Egipto; 30 cuando muera, llévate mi cuerpo de Egipto y entiérrame con mis antepasados. Entonces José prometió:—Haré lo que me pides. 31 —Jura que lo harás —insistió Jacob. Así que José hizo juramento, y Jacob se inclinó con humildad en la cabecera de su cama.

Foto: http://bit.ly/1ErmTxe