28 de enero 2014

Boy

Lectura para hoy:

                El Deseado de Todas las Gentes, página 61- 63

La Pascua iba seguida de los siete días de panes
ázimos. El segundo día de la fiesta, se presentaba una
gavilla de cebada delante del Señor como primicias de la
mies del año. Todas las ceremonias de la fiesta eran
figuras de la obra de Cristo. La liberación de Israel del
yugo egipcio era una lección objetiva de la redención, que
la Pascua estaba destinada a rememorar. El cordero
inmolado, el pan sin levadura, la gavilla de las primicias,
representaban al Salvador.

Para la mayor parte del pueblo que vivía en los días de
Cristo, la observancia de esta fiesta había degenerado en
formalismo. Pero ¡cuál no era su significado para el Hijo de
Dios!

Por primera vez, el niño Jesús miraba el templo. Veía a
los sacerdotes de albos vestidos cumplir su solemne
ministerio. Contemplaba la sangrante víctima sobre el altar
del sacrificio. Juntamente con los adoradores, se inclinaba
en oración mientras que la nube de incienso ascendía
delante de Dios. Presenciaba los impresionantes ritos del
servicio pascual. Día tras día, veía más claramente su
significado. Todo acto parecía ligado con su propia vida.
Se despertaban nuevos impulsos en él. Silencioso y
absorto, parecía estar estudiando un gran problema. El
misterio de su misión se estaba revelando al Salvador.

Arrobado en la contemplación de estas escenas, no
permaneció al lado de sus padres. Buscó la soledad.
Cuando terminaron los servicios pascuales, se demoró en
los atrios del templo; y cuando los adoradores salieron de
Jerusalén, él fue dejado atrás.

En esta visita a Jerusalén, los padres de Jesús

desearon ponerle en relación con los grandes maestros de
Israel. Aunque era obediente en todo detalle a la Palabra
de Dios, no se conformaba con los ritos y las costumbres
de los rabinos. José y María esperaban que se le pudiese
inducir a reverenciar a esos sabios y a prestar más
diligente atención a sus requerimientos. Pero en el templo
Jesús había sido enseñado por Dios, y empezó en seguida
a impartir lo que había recibido.

En aquel tiempo, una dependencia del templo servía de
local para una escuela sagrada, semejante a las escuelas
de los profetas. Allí rabinos eminentes se reunían con sus
alumnos, y allí se dirigió el niño Jesús. Sentándose a los
pies de aquellos hombres graves y sabios, escuchaba sus
enseñanzas. Como quien busca sabiduría, interrogaba a
esos maestros acerca de las profecías y de los
acontecimientos que entonces ocurrían y señalaban el
advenimiento del Mesías.

Jesús se presentó como quien tiene sed del
conocimiento de Dios. Sus preguntas sugerían verdades
profundas que habían quedado obscurecidas desde hacía
mucho tiempo, y que, sin embargo, eran vitales para la
salvación de las almas. Al paso que cada pregunta
revelaba cuán estrecha y superficial era la sabiduría de los
sabios, les presentaba una lección divina, y hacía ver la
verdad desde un nuevo punto de vista. Los rabinos
hablaban de la admirable exaltación que la venida del
Mesías proporcionaría a la nación judía; pero Jesús
presentó la profecía de Isaías, y les preguntó qué
significaban aquellos textos que señalaban los sufrimientos
y la muerte del Cordero de Dios.

Los doctores le dirigieron preguntas, y quedaron
asombrados al oír sus respuestas. Con la humildad de un
niño, repitió las palabras de la Escritura, dándoles una
profundidad de significado que los sabios no habían
concebido. De haber seguido los trazos de la verdad que él
señalaba, habrían realizado una reforma en la religión de
su tiempo. Se habría despertado un profundo interés en las
cosas espirituales; y al iniciar Jesús su ministerio, muchos
habrían estado preparados para recibirle.

Los rabinos sabían que Jesús no había recibido
instrucción en sus escuelas; y, sin embargo, su
comprensión de las profecías excedía en mucho a la suya.
En este reflexivo niño galileo discernían grandes
promesas. Desearon asegurárselo como alumno, a fin de
que llegase a ser un maestro de Israel. Querían
encargarse de su educación, convencidos de que una
mente tan original debía ser educada bajo su dirección.

Las palabras de Jesús habían conmovido sus corazones
como nunca lo habían sido por palabras de labios
humanos. Dios estaba tratando de dar luz a aquellos
dirigentes de Israel, y empleaba el único medio por el cual
podían ser alcanzados. Su orgullo se habría negado a
admitir que podían recibir instrucción de alguno. Si Jesús
hubiese aparentado tratar de enseñarles, habrían
desdeñado escucharle. Pero se lisonjeaban de que le
estaban enseñando, o por lo menos examinando su
conocimiento de las Escrituras. La modestia y gracia
juvenil de Jesús desarmaba sus prejuicios.
Inconscientemente se abrían sus mentes a la Palabra de
Dios, y el Espíritu Santo hablaba a sus corazones.

No podían sino ver que su expectativa concerniente al
Mesías no estaba sostenida por la profecía; pero no
querían renunciar a las teorías que habían halagado su
ambición. No querían admitir que no habían interpretado
correctamente las Escrituras que pretendían enseñar. Se

preguntaban unos a otros: ¿ Cómo tiene este joven
conocimiento no habiendo nunca aprendido? La luz estaba
resplandeciendo en las tinieblas; “mas las tinieblas no la
comprendieron.” (Juan 1: 5)

Mientras tanto, José y María estaban en gran
perplejidad y angustia. Al salir de Jerusalén habían perdido
de vista a Jesús, y no sabían que se había quedado atrás.
El país estaba entonces densamente poblado, y las
caravanas de Galilea eran muy grandes. Había mucha
confusión al salir de la ciudad. Mientras viajaban, el placer
de andar con amigos y conocidos absorbió su
atención, y no notaron la ausencia de Jesús hasta que
llegó la noche. Entonces, al detenerse para descansar,
echaron de menos la mano servicial de su hijo.
Suponiendo que estaría con el grupo que los acompañaba,
no sintieron ansiedad. Aunque era joven, habían confiado
implícitamente en él esperando que cuando le necesitasen,
estaría listo para ayudarles, anticipándose a sus
menesteres como siempre lo había hecho. Pero ahora sus
temores se despertaron. Le buscaron por toda la
compañía, pero en vano. Estremeciéndose, recordaron
cómo Herodes había tratado de destruirle en su infancia.
Sombríos presentimientos llenaron sus corazones; y se
hizo cada uno amargos reproches.

Volviendo a Jerusalén, prosiguieron su búsqueda. Al día
siguiente, mientras andaban entre los adoradores del
templo, una voz familiar les llamó la atención. No podían
equivocarse; no había otra voz como la suya, tan seria y
ferviente, aunque tan melodiosa.

En la escuela de los rabinos, encontraron a Jesús.
Aunque llenos de regocijo, no podían olvidar su pesar y
ansiedad. Cuando estuvo otra vez reunido con ellos, la
madre le dijo, con palabras que implicaban un reproche:
“Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo
te hemos buscado con dolor.”

“¿Por qué me buscabais? —contestó Jesús.— ¿No
sabíais que en los negocios de mi Padre me conviene
estar?” Y como no parecían comprender sus palabras, él
señaló hacia arriba. En su rostro había una luz que los
admiraba. La divinidad fulguraba a través de la humanidad.
Al hallarle en el templo, habían escuchado lo que sucedía
entre él y los rabinos, y se habían asombrado de sus
preguntas y respuestas. Sus palabras despertaron en ellos
pensamientos que nunca habrían de olvidarse.

Y la pregunta que les dirigiera encerraba una lección. ”
¿No sabíais —les dijo— que en los negocios de mi Padre
me conviene estar?” Jesús estaba empeñado en la obra
que había venido a hacer en el mundo; pero José y María
habían descuidado la suya. Dios les había conferido
mucha honra al confiarles a su Hijo. Los santos ángeles
habían dirigido los pasos de José a fin de conservar la vida
de Jesús.

Foto: http://bit.ly/1irJCDt