31 DE MARZO 2018

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Lectura para hoy: CS 246-247

En ninguna parte fueron recibidas las doctrinas reformadas de un modo tan general como en los Países Bajos. Y en pocos países sufrieron sus adherentes tan espantosas persecuciones. En Alemania Carlos V había publicado edictos contra la Reforma, y de buena gana hubiera llevado a la hoguera a todos los partidarios de ella; pero allí estaban los príncipes oponiendo una barrera a su tiranía. En los Países Bajos su poder era mayor, y los edictos de persecución se seguían unos a otros en rápida sucesión. Leer la Biblia, oírla leer, predicarla, o aun referirse a ella en la conversación, era incurrir en la pena de muerte por la hoguera. Orar a Dios en secreto, abstenerse de inclinarse ante las imágenes, o cantar un salmo, eran otros tantos hechos castigados también con la muerte. Aun los que abjuraban de sus errores eran condenados, si eran hombres, a ser degollados, y si eran mujeres, a ser enterradas vivas. Millares perecieron durante los reinados de Carlos y de Felipe II.

En cierta ocasión llevaron ante los inquisidores a toda una familia acusada de no oír misa y de adorar a Dios en su casa. Interrogado el hijo menor respecto de las prácticas de la familia, contestó: “Nos hincamos de rodillas y pedimos a Dios que ilumine nuestra mente y nos perdone nuestros pecados. Rogamos por nuestro soberano, porque su reinado sea próspero y su vida feliz. Pedimos también a Dios que guarde a nuestros magistrados” (Wylie, lib. 18, cap. 6). Algunos de los jueces quedaron hondamente conmovidos, pero, no obstante, el padre y uno de los hijos fueron condenados a la hoguera.

La ira de los perseguidores era igualada por la fe de los mártires. No solo los hombres sino aun delicadas señoras y doncellas desplegaron un valor inquebrantable. “Las esposas se colocaban al lado de sus maridos en la hoguera y mientras estos eran envueltos en las llamas, ellas los animaban con palabras de consuelo, o cantándoles” salmos. “Las doncellas, al ser enterradas vivas, se acostaban en sus tumbas con la tranquilidad con que hubieran entrado en sus aposentos o subían a la hoguera y se entregaban a las llamas, vestidas con sus mejores galas, lo mismo que si fueran a sus bodas” (ibíd.).

Así como en los tiempos en que el paganismo procuró aniquilar el evangelio, la sangre de los cristianos era simiente (véase Tertuliano, Apología, párr. 50). La persecución no servía más que para aumentar el número de los testigos de la verdad. Año tras año, el monarca enloquecido de ira al comprobar su impotencia para doblegar la determinación del pueblo, se ensañaba más y más en su obra de exterminio, pero en vano. Finalmente, la revolución acaudillada por el noble Guillermo de Orange dio a Holanda la libertad de adorar a Dios.

En las montañas del Piamonte, en las llanuras de Francia, y en las costas de Holanda, el progreso del evangelio era señalado con la sangre de sus discípulos. Pero en los países del norte halló pacífica entrada. Ciertos estudiantes de Wittenberg, al regresar a sus hogares, introdujeron la fe reformada en la península escandinava. La publicación de los escritos de Lutero ayudó a esparcir la luz. El pueblo rudo y sencillo del norte se alejó de la corrupción, de la pompa y de las supersticiones de Roma, para aceptar la pureza, la sencillez y las verdades vivificadoras de la Biblia.

Tausen, “el reformador de Dinamarca”, era hijo de un campesino. Desde su temprana edad dio pruebas de poseer una inteligencia vigorosa; tenía sed de instruirse; pero no pudiendo aplacarla, debido a las circunstancias de sus padres, entró en un claustro. Allí la pureza de su vida, su diligencia y su lealtad le granjearon la buena voluntad de su superior. Los exámenes demostraron que tenía talento y que podría prestar buenos servicios a la iglesia. Se resolvió permitirle que se educase en una universidad de Alemania o de los Países Bajos. Se le concedió libertad para elegir la escuela a la cual quisiera asistir, siempre que no fuera la de Wittenberg. No convenía exponer al educando a la ponzoña de la herejía, pensaban los frailes.

Tausen fue a Colonia, que era en aquella época uno de los baluartes del romanismo. Pronto le desagradó el misticismo de los maestros de la escuela. Por aquel mismo tiempo llegaron a sus manos los escritos de Lutero. Los leyó maravillado y deleitado; y sintió ardientes deseos de recibir instrucción personal del reformador. Pero no podía conseguirlo sin ofender a su superior monástico ni sin perder su sostén. Pronto tomó su resolución, y se matriculó en la universidad de Wittenberg.

Cuando volvió a Dinamarca se reintegró a su convento. Nadie le sospechaba contagiado de luteranismo; tampoco reveló él su secreto, sino que se esforzó, sin despertar los prejuicios de sus compañeros, en conducirlos a una fe más pura y a una vida más santa. Abrió las Sagradas Escrituras y explicó el verdadero significado de sus doctrinas, y finalmente les predicó a Cristo como la justicia de los pecadores, y su única esperanza de salvación. Grande fue la ira del prior, que había abrigado firmes esperanzas de que Tausen llegase a ser valiente defensor de Roma. Inmediatamente lo cambiaron a otro monasterio, y lo confinaron en su celda, bajo estricta vigilancia.

Con terror vieron sus nuevos guardianes que pronto algunos de los monjes se declaraban ganados al protestantismo. Al través de los barrotes de su encierro, Tausen había comunicado a sus compañeros el conocimiento de la verdad. Si aquellos padres dinamarqueses hubiesen cumplido hábilmente el plan de la iglesia para tratar con la herejía, la voz de Tausen no hubiera vuelto a oírse, pero, en vez de confinarlo para siempre en el silencio sepulcral de algún calabozo subterráneo, le expulsaron del monasterio, y quedaron entonces reducidos a la impotencia. Un edicto real, que se acababa de promulgar, ofrecía protección a los propagadores de la nueva doctrina. Tausen principió a predicar. Las iglesias le fueron abiertas y el pueblo acudía en masa a oírle. Había también otros que predicaban la Palabra de Dios. El Nuevo Testamento fue traducido en el idioma danés y circuló con profusión. Los esfuerzos que hacían los papistas para detener la obra solo servían para esparcirla más y más, y al poco tiempo Dinamarca declaró que aceptaba la fe reformada.

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30 DE MARZO 2018

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Lectura para hoy: CS 244-245

Capítulo 14—En los Países Bajos y Escandinavia
En los Países Bajos se levantó muy temprano una enérgica protesta contra la tiranía papal. Setecientos años antes de los tiempos de Lutero, dos obispos que habían sido enviados en delegación a Roma, al darse cuenta del verdadero carácter de la “santa sede”, dirigieron sin temor al pontífice romano las siguientes acusaciones: Dios “hizo reina y esposa suya a la iglesia, y la proveyó con bienes abundantes para sus hijos, dotándola con una herencia perenne e incorruptible, entregándole corona y cetro eternos; […] pero estos favores vos los habéis usurpado como un ladrón. Os introducís en el templo del Señor y en él os eleváis como Dios; en vez de pastor, sois el lobo de las ovejas, […] e intentáis hacernos creer que sois el obispo supremo cuando no sois más que un tirano […]. Lejos de ser siervo de siervos, como a vos mismo os llamáis, sois un intrigante que desea hacerse señor de señores […]. Hacéis caer en el desprecio los mandamientos de Dios […]. El Espíritu Santo es el edificador de las iglesias en todos los ámbitos del mundo […]. La ciudad de nuestro Dios, de la que somos ciudadanos abarca todas las partes del cielo, y es mayor que la que los santos profetas llamaron Babilonia y que aseverando ser divina, se iguala al cielo, se envanece de poseer ciencia inmortal, y finalmente sostiene, aunque sin razón, que nunca erró ni puede errar jamás”. Brandt, History of the Reformation in and about the Low Countries 1:6.

Otros hombres se levantaron siglo tras siglo para repetir esta protesta. Y aquellos primitivos maestros que, atravesando diferentes países y conocidos con diferentes nombres, poseían el carácter de los misioneros valdenses y esparcían por todas partes el conocimiento del evangelio, penetraron en los Países Bajos. Sus doctrinas cundieron con rapidez. Tradujeron la Biblia valdense en verso al holandés. “En ella hay—decían—muchas ventajas; no tiene chanzas, ni fábulas, ni cuentos, ni engaños; solo tiene palabras de verdad. Bien puede tener por aquí y por allí alguna que otra corteza dura, pero aun en estos trozos no es difícil descubrir la médula y lo dulce de lo bueno y lo santo”. Ibíd., 1:14. Esto es lo que escribían en el siglo XII los amigos de la antigua fe.

Luego empezaron las persecuciones de Roma; pero en medio de hogueras y tormentos seguían multiplicándose los creyentes que declaraban con firmeza que la Biblia es la única autoridad infalible en materia de religión, y que “ningún hombre debe ser obligado a creer, sino que debe ser persuadido por la predicación”. Martyn 2:87.

Las enseñanzas de Lutero hallaron muy propicio terreno en los Países Bajos, y levantáronse hombres fieles y sinceros a predicar el evangelio. De una de las provincias de Holanda vino Menno Simonis. Educado católico romano, y ordenado para el sacerdocio, desconocía por completo la Biblia, y no quería leerla por temor de ser inducido en herejía. Cuando le asaltó una duda con respecto a la doctrina de la transubstanciación, la consideró como una tentación de Satanás, y por medio de oraciones y confesiones trató, pero en vano, de librarse de ella. Participando en escenas de disipación, procuró acallar la voz acusadora de su conciencia, pero inútilmente. Después de algún tiempo, fue inducido a estudiar el Nuevo Testamento, y esto unido a los escritos de Lutero, le hizo abrazar la fe reformada. Poco después, presenció en un pueblo vecino la decapitación de un hombre por el delito de haber sido bautizado de nuevo. Esto le indujo a estudiar las Escrituras para investigar el asunto del bautismo de los niños. No pudo encontrar evidencia alguna en favor de él, pero comprobó que en todos los pasajes relativos al bautismo, la condición impuesta para recibirlo era que se manifestase arrepentimiento y fe.

Menno abandonó la iglesia romana y consagró su vida a enseñar las verdades que había recibido. Habían surgido en Alemania y en los Países Bajos cierta clase de fanáticos que defendían doctrinas sediciosas y absurdas, contrarias al orden y a la decencia, y originaban agitaciones y tumultos. Menno previó las funestas consecuencias a que llevarían estos movimientos y se opuso con energía a las erróneas doctrinas y a los designios desenfrenados de los fanáticos. Fueron muchos los que, habiendo sido engañados por aquellos perturbadores, volvieron sobre sus pasos y renunciaron a sus perniciosas doctrinas. Además, quedaban muchos descendientes de los antiguos cristianos, fruto de las enseñanzas de los valdenses.

Entre ambas clases de personas trabajó Menno con gran empeño y con mucho éxito. Viajó durante veinticinco años, con su esposa y sus hijos, y exponiendo muchas veces su vida. Atravesó los Países Bajos y el norte de Alemania, y aunque trabajaba principalmente entre las clases humildes, ejercía dilatada influencia. Dotado de natural elocuencia, si bien de instrucción limitada, era hombre de firme integridad, de espíritu humilde, de modales gentiles, de piedad sincera y profunda; y como su vida era un ejemplo de la doctrina que enseñaba, ganábase la confianza del pueblo. Sus partidarios eran dispersados y oprimidos. Sufrían mucho porque se les confundía con los fanáticos de Munster. Y sin embargo, a pesar de todo, era muy grande el número de los que eran convertidos por su ministerio.

29 DE MARZO 2018

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Lectura para hoy: CS 240-243

Al ir Herrezuelo al cadalso “lo único que le conmovió fue el ver a su esposa en ropas de penitente; y la mirada que echó (pues no podía hablar) al pasar cerca de ella, camino del lugar de la ejecución, parecía decir: ‘¡Esto sí que es difícil soportarlo!’ Escuchó sin inmutarse a los frailes que le hostigaban con sus importunas exhortaciones para que se retractase, mientras le conducían a la hoguera. ‘El bachiller Herrezuelo—dice Gonzalo de Illescas en su Historia pontifical—se dejó quemar vivo con valor sin igual. Estaba yo tan cerca de él que podía verlo por completo y observar todos sus movimientos y expresiones. No podía hablar, pues estaba amordazado: […] pero todo su continente revelaba que era una persona de extraordinaria resolución y fortaleza, que antes que someterse a creer con sus compañeros lo que se les exigiera, resolvió morir en las llamas. Por mucho que lo observara, no pude notar ni el más mínimo síntoma de temor o de dolor; eso sí, se reflejaba en su semblante una tristeza cual nunca había yo visto’” (M’Crie, cap. 7).

Su esposa no olvidó jamás su mirada de despedida. “La idea— dice el historiador—de que había causado dolor a su corazón durante el terrible conflicto por el que tuvo que pasar, avivó la llama del afecto que hacia la religión reformada ardía secretamente en su pecho; y habiendo resuelto, confiada en el poder que se perfecciona en la flaqueza”, seguir el ejemplo de constancia dado por el mártir, “interrumpió resueltamente el curso de penitencia a que había dado principio”. En el acto fue arrojada en la cárcel, donde durante ocho años resistió a todos los esfuerzos hechos por los inquisidores para que se retractara, y por fin murió ella también en la hoguera como había muerto su marido. Quién no será del mismo parecer que su paisano, De Castro, cuando exclama: “¡Infelices esposos, iguales en el amor, iguales en las doctrinas e iguales en la muerte! ¿Quién negará una lágrima a vuestra memoria y un sentimiento de horror y de desprecio a unos jueces que, en vez de encadenar los entendimientos con la dulzura de la Palabra divina, usaron como armas del raciocinio, los potros y las hogueras?” De Castro, 171.

Tal fue la suerte que corrieron muchos que en España se habían identificado íntimamente con la Reforma protestante en el siglo XVI, pero de esto “no debemos sacar la conclusión de que los mártires españoles sacrificaran sus vidas y derramaran su sangre en vano. Ofrecieron a Dios sacrificios de grato olor. Dejaron en favor de la verdad un testimonio que no se perdió del todo” (M’Crie, Prefacio).

Al través de los siglos este testimonio hizo resaltar la constancia de los que prefirieron obedecer a Dios antes que a los hombres; y subsiste hoy día para inspirar aliento a quienes decidan mantenerse firmes, en la hora de prueba, en defensa de las verdades de la Palabra de Dios, y para que con su constancia y fe inquebrantable sean testimonios vivos del poder transformador de la gracia redentora.

28 DE MARZO 2018

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Lectura para hoy: CS 238-239

Debido a los rigores de su encierro, Constantino no llegó a vivir dos años desde que entró en la cárcel. Hasta sus últimos momentos se mantuvo fiel a la fe protestante y conservó su serena confianza en Dios. Providencialmente fue encerrado en el mismo calabozo de Constantino uno de los jóvenes monjes del monasterio de San Isidoro del Campo, al cual le cupo el privilegio de atenderle durante su última enfermedad y de cerrarle los ojos en paz (M’Crie, cap. 7).

El Dr. Constantino no fue el único amigo y capellán del emperador que sufriera a causa de sus relaciones con la causa protestante. El Dr. Agustín Cazalla, tenido durante muchos años por uno de los mejores oradores sagrados de España, y que había oficiado a menudo ante la familia real; se encontraba entre los que habían sido apresados y encarcelados en Valladolid. En el momento de su ejecución pública volvióse hacia la princesa Juana, ante quien había predicado muchas veces, y señalando a su hermana que había sido también condenada, dijo: “Os suplico, Alteza, tengáis compasión de esa mujer inocente que tiene trece hijos huérfanos”. No obstante no se la absolvió, si bien su suerte es desconocida. Pero se sabe que los esbirros de la Inquisición, en su insensata ferocidad, no estando contentos aún con haber condenado a los vivos, entablaron juicio contra la madre de aquella, Doña Leonor de Vivero, que había muerto años antes, acusándola de que su casa había servido de “templo a los luteranos”. “Se falló que había muerto en estado de herejía, que su memoria era digna de difamación y que se confiscaba su hacienda, y se mandaron exhumar sus huesos y quemarlos públicamente junto con su efigie; ítem más que se arrasara su casa, que se esparramara sal sobre el solar y que se erigiera allí mismo una columna con una inscripción que explicara el motivo de la demolición. Todo lo cual fue hecho”, y el monumento ha permanecido en pie durante cerca de tres siglos.

Fue durante ese auto cuando la fe sublime y la constancia inquebrantable de los protestantes quedaron realzadas en el comportamiento de “Antonio Herrezuelo, jurisconsulto sapientísimo, y de doña Leonor de Cisneros, su mujer, dama de veinticuatro años, discreta y virtuosa a maravilla y de una hermosura tal que parecía fingida por el deseo”.

“Herrezuelo era hombre de una condición altiva y de una firmeza en sus pareceres, superior a los tormentos del ‘Santo’ Oficio. En todas las audiencias que tuvo con sus jueces, […] se manifestó desde luego protestante, y no solo protestante, sino dogmatizador de su secta en la ciudad de Toro, donde hasta entonces había morado. Exigiéronle los jueces de la Inquisición que declarase uno a uno los nombres de aquellas personas llevadas por él a las nuevas doctrinas; pero ni las promesas, ni los ruegos, ni las amenazas bastaron a alterar el propósito de Herrezuelo en no descubrir a sus amigos y parciales. ¿Y qué más? ni aun los tormentos pudieron quebrantar su constancia, más firme que envejecido roble o que soberbia peña nacida en el seno de los mares.

“Su esposa […] presa también en los calabozos de la Inquisición; al fin débil como joven de veinticuatro años [después de cerca de dos años de encarcelamiento], cediendo al espanto de verse reducida a la estrechez de los negros paredones que formaban su cárcel, tratada como delincuente, lejos de su marido a quien amaba aún más que a su propia vida, […] y temiendo todas las iras de los inquisidores, declaró haber dado franca entrada en su pecho a los errores de los herejes, manifestando al propio tiempo con dulces lágrimas en los ojos su arrepentimiento […].

“Llegado el día en que se celebraba el auto de fe con la pompa conveniente al orgullo de los inquisidores, salieron los reos al cadalso y desde él escucharon la lectura de sus sentencias. Herrezuelo iba a ser reducido a cenizas en la voracidad de una hoguera: y su esposa doña Leonor a abjurar las doctrinas luteranas, que hasta aquel punto había albergado en su alma, y a vivir, a voluntad del ‘Santo’ Oficio, en las casas de reclusión que para tales delincuentes estaban preparadas. En ellas, con penitencias y sambenito recibiría el castigo de sus errores y una enseñanza para en lo venidero desviarse del camino de su perdición y ruina”. De Castro, 167, 168.

27 DE MARZO 2018

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Lectura para hoy: CS 236-237

“Durante su viaje, Hernández había dado un ejemplar del Nuevo Testamento a un herrero en Flandes. El herrero enseñó el libro a un cura que obtuvo del donante una descripción de la persona que se lo había dado a él, y la transmitió inmediatamente a los inquisidores de España. Merced a estas señas, los esbirros inquisitoriales “le acecharon a su regreso y le prendieron cerca de la ciudad de Palma”. Le volvieron a conducir a Sevilla, y le encerraron entre los muros de la Inquisición, donde durante más de dos años se hizo cuanto fue posible para inducirle a que delatara a sus amigos, pero sin resultado alguno. Fiel hasta el fin, sufrió valientemente el martirio de la hoguera, gozoso de haber sido honrado con el privilegio de “introducir la luz de la verdad divina en su descarriado país, “y seguro de que el día del juicio final, al comparecer ante su Hacedor, oiría las palabras de aprobación divina que le permitirían vivir para siempre con su Señor.

No obstante, aunque desafortunados en sus esfuerzos para conseguir de Hernández datos que llevaran al descubrimiento de los amigos de este, “al fin llegaron los inquisidores a conocer el secreto que tanto deseaban saber” (M’Crie, cap. 7). Por aquel entonces, uno de sus agentes secretos consiguió informes análogos referentes a la iglesia de Valladolid.

Inmediatamente los que estaban a cargo de la Inquisición en España “despacharon mensajeros a los diferentes tribunales inquisitoriales del reino, ordenándoles que hicieran investigaciones con el mayor sigilo en sus respectivas jurisdicciones, y que estuvieran listos para proceder en común tan pronto como recibieran nuevas instrucciones” (ibíd.). Así, silenciosamente y con presteza, se consiguieron los nombres de centenares de creyentes, y al tiempo señalado y sin previo aviso, fueron estos capturados simultáneamente y encarcelados. Los miembros nobles de las prósperas iglesias de Valladolid y de Sevilla, los monjes que permanecieron en el monasterio de San Isidoro del Campo, los fieles creyentes que vivían lejos en el norte, al pie de los Pirineos, y otros más en Toledo, Granada, Murcia y Valencia, todos se vieron de pronto encerrados entre los muros de la Inquisición, para sellar luego su testimonio con su sangre.

“Las personas convictas de luteranismo […] eran tan numerosas que alcanzaron a abastecer con víctimas cuatro grandes y tétricos autos de fe en el curso de los dos años subsiguientes […]. Dos se celebraron en Valladolid, en 1559; uno en Sevilla, el mismo año, y otro el 22 de diciembre de 1560” (B. B. Wiffen, nota en su reimpresión de la Epístola consolatoria, de Juan Pérez, p. 17).

Entre los primeros que fueron apresados en Sevilla figuraba el Dr. Constantino Ponce de la Fuente, que había trabajado tanto tiempo sin despertar sospechas. “Cuando se le dio la noticia a Carlos V, el cual se encontraba entonces en el monasterio de Yuste, de que se había encarcelado a su capellán favorito, exclamó: ‘¡Si Constantino es hereje, gran hereje es!’ y cuando más tarde un inquisidor le aseguró que había sido declarado reo, replicó suspirando: ‘¡No podéis condenar a otro mayor!’” (Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, tomo 2, 829; citado por M’Crie, cap. 7).

No obstante no fue fácil probar la culpabilidad de Constantino. En efecto, parecían ser incapaces los inquisidores de probar los cargos levantados contra él, cuando por casualidad “encontraron, entre otros muchos, un gran libro, escrito todo de puño y letra del mismo Constantino, en el cual, abiertamente y como si escribiese para sí mismo, trataba en particular de estos capítulos (según los mismos inquisidores declararon en su sentencia, publicada después en el cadalso), a saber: del estado de la iglesia; de la verdadera iglesia y de la iglesia del papa, a quien llamaba anticristo; del sacramento de la eucaristía y del invento de la misa, acerca de todo lo cual, afirmaba él, estaba el mundo fascinado a causa de la ignorancia de las Sagradas Escrituras; de la justificación del hombre; del purgatorio, al que llamaba cabeza de lobo e invento de los frailes en pro de su gula; de las bulas e indulgencias papales; de los méritos de los hombres; de la confesión […]”. Al enseñársele el volumen a Constantino, este dijo: “Reconozco mi letra, y así confieso haber escrito todo esto, y declaro ingenuamente ser todo verdad. Ni tenéis ya que cansaros en buscar contra mí otros testimonios: tenéis aquí ya una confesión clara y explícita de mi creencia: obrad pues, y haced de mí lo que queráis”. R. Gonzales de Montes, 320-322; 289, 290.

26 DE MARZO 2018

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Lectura para hoy: CS 234-235

“Habiendo recibido un buen surtido de ejemplares de las Escrituras y de libros protestantes, en castellano, los frailes los leyeron con gran avidez, circunstancia que contribuyó a confirmar desde luego a cuantos habían sido instruidos, y a librar a otros de las preocupaciones de que eran esclavos. Debido a esto el prior y otras personas de carácter oficial, de acuerdo con la cofradía, resolvieron reformar su institución religiosa. Las horas, llamadas de rezo, que habían solido pasar en solemnes romerías, fueron dedicadas a oír conferencias sobre las Escrituras; los rezos por los difuntos fueron suprimidos o sustituidos con enseñanzas para los vivos; se suprimieron por completo las indulgencias y las dispensas papales, que constituyeran lucrativo monopolio; se dejaron subsistir las imágenes, pero ya no se las reverenciaba; la temperancia habitual sustituyó a los ayunos supersticiosos; y a los novicios se les instruía en los principios de la verdadera piedad, en lugar de iniciarlos en los hábitos ociosos y degradantes del monaquismo. Del sistema antiguo no quedaba más que el hábito monacal y la ceremonia exterior de la misa, que no podían abandonar sin exponerse a inevitable e inminente peligro.

“Los buenos efectos de semejante cambio no tardaron en dejarse sentir fuera del monasterio de San Isidoro del Campo. Por medio de sus pláticas y de la circulación de libros, aquellos diligentes monjes difundieron el conocimiento de la verdad por las comarcas vecinas y la dieron a conocer a muchos que vivían en ciudades bastante distantes de Sevilla” (M’Crie, cap. 6).

Por deseable que fuese “la reforma introducida por los monjes de San Isidoro en su convento, […] no obstante ella los puso en situación delicada a la par que dolorosa. No podían deshacerse del todo de las formas monásticas sin exponerse al furor de sus enemigos; no podían tampoco conservarlas sin incurrir en culpable inconsecuencia”.

Todo bien pensado, resolvieron que no sería cuerdo tratar de fugarse del convento, y que lo único que podían hacer era “quedarse donde estaban y encomendarse a lo que dispusiera una Providencia omnipotente y bondadosa”. Acontecimientos subsiguientes les hicieron reconsiderar el asunto, llegando al acuerdo de dejar a cada cual libre de hacer, según las circunstancias, lo que mejor y más prudente le pareciera. “Consecuentemente, doce de entre ellos abandonaron el monasterio y, por diferentes caminos, lograron ponerse a salvo fuera de España, y a los doce meses se reunieron en Ginebra” (ibíd.).

Hacía unos cuarenta años que las primeras publicaciones que contenían las doctrinas reformadas habían penetrado en España. Los esfuerzos combinados de la Iglesia Católica romana no habían logrado contrarrestar el avance secreto del movimiento, y año tras año la causa del protestantismo se había robustecido, hasta contarse por miles los adherentes a la nueva fe. De cuando en cuando se iban algunos a otros países para gozar de la libertad religiosa. Otros salían de su tierra para colaborar en la obra de crear toda una literatura especialmente adecuada para fomentar la causa que amaban más que la misma vida. Otros aún, cual los monjes que abandonaron el monasterio de San Isidoro, se sentían impelidos a salir debido a las circunstancias peculiares en que se hallaban.

La desaparición de estos creyentes, muchos de los cuales se habían destacado en la vida política y religiosa, había despertado, desde hacía mucho tiempo, las sospechas de la Inquisición y andando el tiempo, algunos de los ausentes fueron descubiertos en el extranjero, desde donde se afanaban por fomentar la causa protestante en España. Esto indujo a creer que había muchos protestantes en España. Sin embargo los creyentes habían sido tan discretos, que ninguno de los familiares de la Inquisición podía ni siquiera fijar el paradero de ellos.

Fue entonces cuando una serie de circunstancias llevó al descubrimiento de los centros del movimiento en España, y de muchos creyentes. En 1556 Juan Pérez, que vivía a la sazón en Ginebra, terminó su versión castellana del Nuevo Testamento. Esta edición, junto con ejemplares del catecismo español que preparó el año siguiente y con una traducción de los Salmos, deseaba mandarla a España, pero durante algún tiempo le fué imposible encontrar a nadie que estuviese dispuesto a acometer tan arriesgada empresa. Finalmente, Julián Hernández, el fiel colportor, se ofreció a hacer la prueba. Colocando los libros dentro de dos grandes barriles, logró burlar los esbirros de la Inquisición y llegó a Sevilla, desde donde se distribuyeron rápidamente los preciosos volúmenes. Esta edición del Nuevo Testamento fue la primera versión protestante que alcanzara circulación bastante grande en España.

25 DE MARZO 2018

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Lectura para hoy: CS 233

Si se tienen en cuenta el carácter y la alta categoría de los caudillos del protestantismo en Sevilla, no resulta extraño que la luz del evangelio brillase allí con claridad bastante para iluminar no solo muchos hogares del bajo pueblo, sino también los palacios de príncipes, nobles y prelados. La luz brilló con tanta claridad que, como sucedió en Valladolid, penetró hasta en algunos de los monasterios, que a su vez se convirtieron centros de luz y bendición. “El capellán del monasterio dominicano de San Pablo propagaba con celo” las doctrinas reformadas. Se contaban discípulos en el convento de Santa Isabel y en otras instituciones religiosas de Sevilla y sus alrededores.

Empero fue en “el convento jeronimiano de San Isidoro del Campo, uno de los más célebres monasterios de España”, situado a unos dos kilómetros de Sevilla, donde la luz de la verdad divina brilló con más fulgor. Uno de los monjes, García de Arias, llamado vulgarmente Dr. Blanco, enseñaba precavidamente a sus hermanos “que el recitar en los coros de los conventos, de día y de noche, las sagradas preces, ya rezando ya cantando, no era rogar a Dios; que los ejercicios de la verdadera religión eran otros que los que pensaba el vulgo religioso; que debían leerse y meditarse con suma atención las Sagradas Escrituras, y que solo de ellas se podía sacar el verdadero conocimiento de Dios y de su voluntad”. R. Gonzalez de Montes, 258-272; 237-247.

Esta enseñanza la puso hábilmente en realce otro monje, Casiodoro de Reina, “que se hizo célebre posteriormente traduciendo la Biblia en el idioma de su país”. La instrucción dada por tan notables personalidades preparó el camino para “el cambio radical” que, en 1557, fue introducido “en los asuntos internos de aquel monasterio”.