30 DE NOVIEMBRE 2016

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Lectura para hoy: PR 528 – 529

Las huestes del mal no tienen ya poder para mantener cautiva a la iglesia, porque “ha caído, ha caído Babilonia, aquella grande ciudad,” que “ha dado a beber a todas las naciones del vino del furor de su fornicación;” y al Israel espiritual se da este mensaje: “Salid de ella, pueblo mío, porque no seáis participantes de sus pecados, y que no recibáis de sus plagas.” Apocalipsis 14:8; 18:4. Así como los cautivos desterrados escucharon el mensaje: “Huid de en medio de Babilonia” (Jeremías 51:6), y fueron devueltos a la tierra prometida, los que hoy temen a Dios prestan atención a la orden de retirarse de la Babilonia espiritual, y pronto se destacarán como trofeos de la gracia divina en la tierra hecha nueva, la Canaán celestial.

En los días de Malaquías, los impenitentes preguntaban en son de burla: “¿Dónde está el Dios de juicio?” Y recibieron la solemne respuesta: “Luego vendrá a su templo el Señor, … el ángel del pacto… ¿Y quién podrá sufrir el tiempo de su venida? o ¿quién podrá estar cuando él se mostrará? Porque él es como fuego purificador, y como jabón de lavadores. Y sentarse ha para afinar y limpiar la plata: porque limpiará los hijos de Leví, los afinará como a oro y como a plata; y ofrecerán a Jehová ofrenda con justicia. Y será suave a Jehová la ofrenda de Judá y de Jerusalem, como en los días pasados, y como en los años antiguos.” Malaquías 2:17; 3:1-4.

Cuando estaba por aparecer el Mesías prometido, éste fué el mensaje del precursor de Cristo: Arrepentíos, publicanos y pecadores; arrepentíos, fariseos y saduceos, “que el reino de los cielos se ha acercado.” Mateo 3:2. Hoy, en el espíritu y poder de Elías y de Juan el Bautista, los mensajeros enviados por Dios recuerdan a un mundo destinado al juicio los acontecimientos solemnes que pronto han de suceder en relación con las horas finales del tiempo de gracia y la aparición de Cristo Jesús como Rey de reyes y Señor de señores. Pronto será juzgado cada uno por lo que haya hecho por medio del cuerpo. La hora del juicio ha llegado, y a los miembros de su iglesia en la tierra incumbe la solemne responsabilidad de dar aviso a los que están, por así decirlo, en la misma margen de la ruina eterna. A todo ser humano que quiera escuchar en este vasto mundo, deben presentarse claramente los principios que están en juego en la gran controversia que se desarrolla, pues de ellos dependen los destinos de toda la humanidad.

En estas horas finales del tiempo de gracia concedido a los hijos de los hombres, cuando falta tan poco para que la suerte de cada alma sea decidida para siempre, el Señor del cielo y de la tierra espera que su iglesia se levante a obrar como nunca antes. Los que han sido libertados en Cristo por un conocimiento de la verdad preciosa son considerados por el Señor Jesús como sus escogidos, favorecidos por sobre todos los demás en la tierra; y él espera de ellos que manifiesten las alabanzas de Aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable. Las bendiciones tan liberalmente concedidas deben ser comunicadas a otros. La buena nueva de la salvación debe ir a toda nación, tribu, lengua y pueblo.

En las visiones de los profetas antiguos se representaba al Señor de gloria como otorgando luz especial a su iglesia en los días de tinieblas e incredulidad que preceden a su segunda venida. Como Sol de Justicia, iba a levantarse sobre su iglesia, para traer “salud” “en sus alas.” Malaquías 4:2. Y de todo verdadero discípulo debe irradiar una influencia que difunda vida, valor, auxilio y verdadera sanidad. La venida de Cristo se producirá en el momento más obscuro de la historia de esta tierra. Los días de Noé y de Lot representan la condición del mundo precisamente antes que venga el Hijo del hombre. Apuntando hacia este tiempo, las Escrituras declaran que Satanás obrará con potencia y “con todo engaño de iniquidad.” 2 Tesalonicenses 2:9, 10. Su obra queda claramente revelada por el aumento acelerado de las tinieblas, los múltiples errores, herejías y engaños de estos postreros días.

No sólo está Satanás llevando cautivo al mundo, sino que sus seducciones están leudando a las iglesias que profesan ser de nuestro Señor Jesucristo. La gran apostasía se desarrollará en tinieblas tan densas como las de medianoche. Para el pueblo de Dios, será una noche de prueba, de llanto y de persecución por causa de la verdad. Pero de esa noche de tinieblas resplandecerá la luz de Dios.

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29 DE NOVIEMBRE 2016

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Lectura para hoy: PR 526 – 527

Habiendo descrito ante los sacerdotes el acto culminante de su maldad, Cristo les preguntó: “Cuando viniere el señor de la viña, ¿qué hará a aquellos labradores?” Los sacerdotes habían estado siguiendo la narración con profundo interés; y sin considerar la relación que con ellos tenía el asunto, se unieron al pueblo para contestar: “A los malos destruirá miserablemente, y su viña dará a renta a otros labradores, que le paguen el fruto a sus tiempos.” Sin darse cuenta de ello, habían pronunciado su propia condenación.

Jesús los miró, y bajo esa mirada escrutadora comprendieron que leía los secretos de su corazón. Su divinidad fulguró delante de ellos con poder inconfundible. Se vieron retratados en los labradores, e involuntariamente exclamaron: ¡No lo permita Dios! Con solemnidad y pesar, Cristo preguntó: “¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los que edificaban, ésta fue hecha por cabeza de esquina: por el Señor es hecho esto, y es cosa maravillosa en nuestros ojos? Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que haga los frutos de él. Y el que cayere sobre esta piedra, será quebrantado; y sobre esta piedra, será quebrantado; y sobre quien ella cayere, le desmenuzará.” Mateo 21:34-44.

Si el pueblo le hubiese recibido, Cristo habría evitado a la nación judía su condenación. Pero la envidia y los celos la hicieron implacable. Sus hijos resolvieron que no recibirían a Jesús de Nazaret como el Mesías. Rechazaron la Luz del mundo y desde ese momento su vida quedó rodeada de tinieblas como de medianoche. La suerte predicha cayó sobre la nación judía. Sus propias fieras pasiones, irrefrenadas, obraron su ruina. En su ira ciega se destruyeron unos a otros. Su orgullo rebelde y obstinado atrajo sobre ellos la ira de sus conquistadores romanos. Jerusalén fué destruida, el templo reducido a ruinas, y su sitio arado como un campo. Los hijos de Judá perecieron de las maneras más horribles. Millones fueron vendidos para servir como esclavos en tierras paganas.

Lo que Dios quiso hacer en favor del mundo por Israel, la nación escogida, lo realizará finalmente mediante su iglesia que está en la tierra hoy. Ya dió “su viña… a renta a otros labradores,” a saber a su pueblo guardador del pacto, que le dará fielmente “el fruto a sus tiempos.” Nunca ha carecido el Señor en esta tierra de representantes fieles, que consideraron como suyos los intereses de él. Estos testigos de Dios se cuentan entre el Israel espiritual, y se cumplirán en su favor todas las promesas del pacto que hizo Jehová con su pueblo en la antigüedad.

Hoy la iglesia de Dios tiene libertad para llevar a cabo el plan divino para la salvación de la humanidad perdida. Durante muchos siglos el pueblo de Dios sufrió la restricción de sus libertades. Se prohibía predicar el Evangelio en su pureza, y se imponían las penas más severas a quienes osaran desobedecer los mandatos de los hombres. En consecuencia, la gran viña moral del Señor quedó casi completamente desocupada. El pueblo se veía privado de la luz que dimana de la Palabra de Dios. Las tinieblas del error y de la superstición amenazaban con borrar todo conocimiento de la verdadera religión. La iglesia de Dios en la tierra se hallaba tan ciertamente en cautiverio durante ese largo plazo de implacable persecución, como estuvieron los hijos de Israel cautivos en Babilonia durante el destierro.

Pero, gracias a Dios, su iglesia no está ya en servidumbre. Al Israel espiritual han sido devueltos los privilegios que fueron concedidos al pueblo de Dios cuando se le libertó de Babilonia. En todas partes de la tierra, hombres y mujeres están respondiendo al mensaje enviado por el Cielo, acerca del cual Juan el revelador profetizó que sería proclamado antes del segundo advenimiento de Cristo: “Temed a Dios, y dadle honra; porque la hora de su juicio es venida.” Apocalipsis 14:7.

28 DE NOVIEMBRE 2016

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Lectura para hoy: PR 524 – 525

Con todas estas minuciosas y gravosas exacciones, resultaba en la práctica imposible que el pueblo guardase la ley. Los grandes principios de justicia presentados en el Decálogo y las gloriosas verdades reveladas en el servicio simbólico se obscurecían por igual, sepultados bajo una masa de tradiciones y estatutos humanos. Los que deseaban realmente servir a Dios y procuraban observar toda la ley según lo ordenado por los sacerdotes y príncipes, gemían bajo una carga pesadísima.

Como nación, el pueblo de Israel, aunque deseaba el advenimiento del Mesías, estaba tan separado de Dios en su corazón y en su vida que no podía tener un concepto correcto del carácter ni de la misión del Redentor prometido. En vez de desear la redención del pecado, así como la gloria y la paz de la santidad, su corazón anhelaba obtener liberación de sus enemigos nacionales y recobrar el poder mundanal. Esperaba al Mesías como conquistador que quebrase todo yugo y exaltase a Israel para que dominase todas las naciones. Así había logrado Satanás preparar el corazón del pueblo para que rechazase al Salvador cuando apareciera. El orgullo que había en el corazón de ese pueblo y sus falsos conceptos acerca del carácter y la misión del Mesías les impedirían pesar con sinceridad las evidencias de su carácter de tal.

Durante más de mil años el pueblo judío había aguardado la venida del Salvador prometido. Sus esperanzas más halagüeñas se habían basado en ese acontecimiento. Durante mil años, en cantos y profecías, en los ritos del templo y en las oraciones familiares, se había reverenciado su nombre; y sin embargo cuando vino, no le reconocieron como el Mesías a quien tanto habían esperado. “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.” Juan 1:11. Para sus corazones amantes del mundo, el Amado del cielo fué “como raíz de tierra seca.” A sus ojos no hubo “parecer en él, ni hermosura;” no discernieron en él belleza que se lo hiciese desear. Isaías 53:2.

Toda la vida de Jesús de Nazaret entre el pueblo judío fué un reproche para el egoísmo que este pueblo reveló al no querer reconocer los justos derechos del Dueño de la viña que se les había dado a cultivar. Odiaron su ejemplo de veracidad y piedad; y cuando llegó la prueba final, que significaba obedecer para tener la vida eterna o desobedecer y merecer la muerte eterna, rechazaron al Santo de Israel y se hicieron responsables de su crucifixión en el Calvario.

En la parábola de la viña que dió hacia el final de su ministerio en esta tierra, Cristo llamó la atención de los maestros judíos a las ricas bendiciones concedidas a Israel, y les mostró en ellas el derecho que Dios tenía a que le obedeciesen. Les presentó claramente la gloria del propósito de Dios, que ellos podrían haber cumplido por su obediencia. Descorriendo el velo que ocultaba lo futuro, reveló cómo, al no cumplir ese propósito, toda la nación perdía su bendición y se acarreaba la ruina. Dijo Cristo: “Fué un hombre, padre de familia, el cual plantó una viña; y la cercó de vallado, y cavó en ella un lagar, y edificó una torre, y la dió a renta a labradores, y se partió lejos.” Mateo 21:33. El Salvador se refería a “la viña de Jehová de los ejércitos,” que siglos antes el profeta Isaías había declarado era “la casa de Israel.” Isaías 5:7.

“Y cuando se acercó el tiempo de los frutos—continuó diciendo Cristo, el dueño de la viña,—envió sus siervos a los labradores, para que recibiesen sus frutos. Mas los labradores, tomando a los siervos, al uno hirieron, y al otro mataron, y al otro apedrearon. Envió de nuevo otros siervos, más que los primeros; e hicieron con ellos de la misma manera. Y a la postre les envió su hijo, diciendo: Tendrán respeto a mi hijo. Mas los labradores, viendo al hijo, dijeron entre sí: Este es el heredero; venid, matémosle, y tomemos su heredad. Y tomado, le echaron fuera de la viña, y le mataron.”

 

27 DE NOVIEMBRE 2016

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Lectura para hoy: PR 521 – 523

Sin embargo, ningún fracaso temporal de Israel había de frustrar el plan secular para redimir a la humanidad. Tal vez aquellos a quienes el profeta hablaba no escucharían el mensaje dado; pero los propósitos de Jehová se cumplirían a pesar de ello. El Señor declaró por su mensajero: “Desde donde el sol nace hasta donde se pone, es grande mi nombre entre las gentes; y en todo lugar se ofrece a mi “La casa de Israel” nombre perfume, y presente limpio; porque grande es mi nombre entre las gentes.” Vers. 11. El pacto “de vida y de paz” que Dios había hecho con los hijos de Leví, el pacto que habría traído indecibles bendiciones si se lo hubiese cumplido, el Señor ofreció renovarlo con los que habían sido una vez caudillos espirituales, pero que por la transgresión se habían tornado “viles y bajos a todo el pueblo.” Malaquías 2:5, 9.

Solemnemente los que obraban mal fueron avisados de que vendría el día del juicio y que Jehová se proponía castigar a todo transgresor con una presta destrucción. No obstante, nadie era dejado sin esperanza; las profecías de juicio que emitía Malaquías iban acompañadas de invitaciones a los impenitentes para que hicieran la paz con Dios. El Señor los instaba así: “Tornaos a mí, y yo me tornaré a vosotros.” Malaquías 3:7.

Parecería que todo corazón debiera responder a una invitación tal. El Dios del cielo ruega a sus hijos errantes que vuelvan a él, a fin de poder cooperar de nuevo con él para llevar adelante su obra en la tierra. El Señor extiende su mano para tomar la de Israel, a fin de ayudarle a regresar a la senda estrecha de la abnegación y a compartir con él la herencia como hijos de Dios. ¿Escucharán la súplica? ¿Discernirán su única esperanza? ¡Cuán triste es el relato de que en tiempos de Malaquías los israelitas titubeaban en entregar sus orgullosos corazones en una obediencia presta y amante para una cooperación cordial! En su respuesta se nota el esfuerzo por justificarse: “¿En qué hemos de tornar?”

El Señor revela a su pueblo uno de sus pecados especiales. Pregunta: “¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado.” No reconociendo todavía su pecado, los desobedientes preguntan: “¿En qué te hemos robado?” La respuesta del Señor es definida: “Los diezmos y las primicias. Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado. Traed todos los diezmos al alfolí, y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y vaciaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde. Increparé también por vosotros al devorador, y no os corromperá el fruto de la tierra; ni vuestra vid en el campo abortará, dice Jehová de los ejércitos. Y todas las gentes os dirán bienaventurados; porque seréis tierra deseable, dice Jehová de los ejércitos.” Malaquías 3:7-12.

Dios bendice el trabajo de las manos de los hombres, para que ellos le devuelvan la porción que le pertenece. Les da el sol y la lluvia; hace florecer la vegetación; les da salud y capacidad para adquirir recursos. Toda bendición proviene de su mano bondadosa, y él desea que hombres y mujeres manifiesten su gratitud devolviéndole una porción en diezmos y ofrendas, ofrendas de agradecimiento, de buena voluntad y pacíficas. Han de consagrar sus recursos al servicio de él, para que su viña no permanezca árida. Deben estudiar lo que el Señor haría si estuviese en su lugar. Deben llevarle en oración todos los asuntos difíciles. Han de revelar un interés altruísta en el fortalecimiento de su obra en todas partes del mundo.

Mediante mensajes como los dados por Malaquías, el último profeta del Antiguo Testamento, así como mediante la opresión impuesta por los enemigos paganos, los israelitas aprendieron finalmente la lección de que la verdadera prosperidad depende de la obediencia a la ley de Dios. Pero en el caso de muchos de entre el pueblo, la obediencia no era fruto de la fe ni del amor. Sus motivos eran egoístas. Prestaban un servicio exterior para alcanzar grandeza nacional. El pueblo escogido no llegó a ser la luz del mundo, sino que se encerró en sí mismo y se aisló del mundo para salvaguardarse de ser seducido por la idolatría. Las restricciones que Dios había dictado para prohibir los casamientos mixtos entre su pueblo y los paganos, y para impedir que Israel participase en las prácticas idólatras de las naciones circundantes, se pervirtieron al punto de constituir un muro de separación entre los israelitas y todos los demás pueblos, para privar a esos pueblos de las bendiciones que Dios había ordenado a Israel comunicar al mundo.

Al mismo tiempo, por sus pecados los judíos se estaban separando ellos mismos de Dios. Eran incapaces de discernir el profundo significado espiritual de su servicio simbólico. Dominados por un sentimiento de justicia propia, confiaban en sus propias obras, en los sacrificios y los ritos mismos, en vez de los méritos de Aquel a quien señalaban todas esas cosas. De este modo, “ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia” (Romanos 10:3), se encerraron en un formalismo egoísta. Careciendo del Espíritu y de la gracia de Dios, procuraron suplir esta falta mediante una rigurosa observancia de las ceremonias y los ritos religiosos. Sin conformarse con los ritos que Dios mismo había ordenado, agravaron los mandamientos divinos con innumerables exacciones propias. Cuanto más se alejaban de Dios, más rigurosos se volvían en la observancia de esas formas.

26 DE NOVIEMBRE 2016

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Lectura para hoy: PR 519 – 520 Capítulo 59—“La casa de Israel”

Al proclamar las verdades del Evangelio eterno a toda nación, tribu, lengua y pueblo, la iglesia de Dios en la tierra está cumpliendo hoy la antigua profecía: “Florecerá y echará renuevos Israel, y la haz del mundo se henchirá de fruto.” Isaías 27:6. Los que siguen a Jesús, en cooperación con los seres celestiales, están ocupando rápidamente los lugares desiertos de la tierra; y como resultado de sus labores obtienen una abundante mies de preciosas almas. Hoy, como nunca antes, la diseminación de la verdad bíblica por medio de una iglesia consagrada ofrece a los hijos de los hombres los beneficios predichos siglos ha en la promesa hecha a Abrahán y a todo Israel, a la iglesia de Dios en la tierra en toda época: “Bendecirte he, … y serás bendición.” Génesis 12:2.

Esta promesa de bendición debiera haberse cumplido en gran medida durante los siglos que siguieron al regreso de los israelitas de las tierras de su cautiverio. Dios quería que toda la tierra fuese preparada para el primer advenimiento de Cristo, así como hoy se está preparando el terreno para su segunda venida. Al fin de los años de aquel humillante destierro, Dios aseguró misericordiosamente a su pueblo Israel, mediante Zacarías: “Yo he restituído a Sión, y moraré en medio de Jerusalem: y Jerusalem se llamará Ciudad de Verdad, y el monte de Jehová de los ejércitos, Monte de Santidad.” Y acerca de su pueblo dijo: “He aquí, … yo seré a ellos por Dios con verdad y con justicia.” Zacarías 8:3, 7, 8.

Estas promesas les eran hechas a condición de que obedecieran. No debían repetirse los pecados que habían caracterizado a los israelitas antes del cautiverio. El Señor exhortó a los que estaban reedificando: “Juzgad juicio verdadero, y haced misericordia y piedad cada cual con su hermano: no agraviéis a la viuda, ni al huérfano, ni al extranjero, ni al pobre; ni ninguno piense mal en su corazón contra su hermano.” “Hablad verdad cada cual con su prójimo; juzgad en vuestras puertas verdad y juicio de paz.” Zacarías 7:9, 10; 8:16.

Ricas eran las recompensas, tanto temporales como espirituales, que se prometían a quienes pusieran en práctica estos principios de justicia. El Señor declaró: “Habrá simiente de paz; la vid dará su fruto, y dará su producto la tierra, y los cielos darán su rocío; y haré que el resto de este pueblo posea todo esto. Y será que como fuisteis maldición entre las gentes, oh casa de Judá y casa de Israel, así os salvaré, y seréis bendición.” Zacarías 8:12, 13

Mediante el cautiverio babilónico los israelitas quedaron eficazmente curados del culto a las imágenes talladas. Después de su regreso, dedicaron mucha atención a la instrucción religiosa y al estudio de lo que había sido escrito en el libro de la ley y en los profetas concerniente al culto del Dios verdadero. La reconstrucción del templo les permitió seguir con todos los servicios rituales del santuario. Bajo la dirección de Zorobabel, Esdras y Nehemías, se comprometieron repetidas veces a cumplir todos los mandamientos y estatutos de Jehová. Los tiempos de prosperidad que siguieron evidenciaron ampliamente cuán dispuesto estaba Dios a aceptarlos y perdonarlos; y sin embargo, con miopía fatal, se desviaron vez tras vez de su glorioso destino, y guardaron egoístamente para sí lo que habría impartido sanidad y vida espiritual a incontables multitudes.

Este incumplimiento del propósito divino era muy aparente en días de Malaquías. El mensajero del Señor reprendió severamente los males que privaban a Israel de prosperidad temporal y de poder espiritual. En esta reprensión de los transgresores, el profeta no perdonó a los sacerdotes ni al pueblo. La “carga de la palabra de Jehová contra Israel, por mano de Malaquías” era que las lecciones pasadas no se olvidasen, y que el pacto hecho por Jehová con la casa de Israel se cumpliese con fidelidad. La bendición de Dios podía obtenerse tan sólo por un arrepentimiento de todo corazón. Instaba el profeta: “Ahora pues, orad a la faz de Dios que tenga piedad de nosotros.” Malaquías 1:1, 9.

25 DE NOVIEMBRE 2016

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Lectura para hoy: Zac. 7 – 8; Mal. 1 – 3

Zacarías 7 Justicia y misericordia en lugar de ayuno
1 En el cuarto año del reinado del rey Darío, en el día cuatro del mes noveno, que es el mes de quisleu, la palabra del Señor vino a Zacarías. El pueblo de Betel había enviado a Sarézer y a Reguen Mélec, y a sus hombres, a buscar el favor del Señor y a preguntarles a los sacerdotes de la casa del Señor Todopoderoso y a los profetas: «¿Debemos observar en el quinto mes un día de duelo y abstinencia, tal como lo hemos hecho todos estos años?»

Vino entonces a mí esta palabra de parte del Señor Todopoderoso:
«Dile a todo el pueblo de la tierra, y también a los sacerdotes:
“Cuando ustedes ayunaban y se lamentaban en los meses quinto y séptimo de los últimos setenta años, ¿realmente ayunaban por mí? Y cuando ustedes comen y beben, ¿acaso no lo hacen para sí mismos?”» ¿No son éstas las palabras que por medio de los antiguos profetas el Señor mismo proclamó cuando Jerusalén y las ciudades cercanas estaban habitadas y tenían paz, cuando el Néguev y las llanuras del oeste también estaban habitadas?

La palabra del Señor vino de nuevo a Zacarías. Le advirtió:
«Así dice el Señor Todopoderoso: »“Juzguen con verdadera justicia; muestren amor y compasión los unos por los otros. 10 No opriman a las viudas ni a los huérfanos, ni a los extranjeros ni a los pobres. No maquinen el mal en su corazón los unos contra los otros.”

11 »Pero ellos se negaron a hacer caso. Desafiantes volvieron la espalda, y se taparon los oídos. 12 Para no oír las instrucciones ni las palabras que por medio de los antiguos profetas el Señor Todopoderoso había enviado con su Espíritu, endurecieron su corazón como el diamante. Por lo tanto, el Señor Todopoderoso se llenó de ira.

13 “Como no me escucharon cuando los llamé, tampoco yo los escucharé cuando ellos me llamen —dice el Señor Todopoderoso—. 14 Como con un torbellino, los dispersé entre todas las naciones que no conocían. La tierra que dejaron quedó tan desolada que nadie siquiera pasaba por ella. Fue así como convirtieron en desolación la tierra que antes era una delicia.” »

Zacarías 8 El Señor promete bendecir a Jerusalén
1 Otra vez vino a mí la palabra del Señor Todopoderoso. Me hizo saber lo siguiente:
«Así dice el Señor Todopoderoso:
»“Siento grandes celos por Sión. Son tantos mis celos por ella que me llenan de furia.”

»Así dice el Señor:
»“Regresaré a Sión, y habitaré en Jerusalén. Y Jerusalén será conocida como la Ciudad de la Verdad, y el monte del Señor Todopoderoso Santidad”

»Así dice el Señor Todopoderoso:
»“Los ancianos y las ancianas volverán a sentarse en las calles de Jerusalén, cada uno con su bastón en la mano debido a su avanzada edad. Los niños y las niñas volverán a jugar en las calles de la ciudad.”

»Así dice el Señor Todopoderoso:
»“Al remanente de este pueblo podrá parecerle imposible en aquellos días, ¿pero también a mí me parecerá imposible?, afirma el Señor Todopoderoso.”

»Así dice el Señor Todopoderoso:
»“Salvaré a mi pueblo de los países de oriente y de occidente. Los haré volver para que vivan en Jerusalén; ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, en la verdad y en la justicia.”

»Así dice el Señor Todopoderoso:
»“¡Cobren ánimo, ustedes, los que en estos días han escuchado las palabras de los profetas, mientras se echan los cimientos para la reconstrucción del templo del Señor Todopoderoso! 10 Porque antes de estos días ni los hombres recibían su jornal ni los animales su alimento. Por culpa del enemigo tampoco los viajeros tenían seguridad, pues yo puse a la humanidad entera en contra de sus semejantes. 11 Pero ya no trataré al remanente de este pueblo como lo hice en el pasado —afirma el Señor Todopoderoso—. 12 Habrá paz cuando se siembre, y las vides darán su fruto; la tierra producirá sus cosechas y el cielo enviará su rocío. Todo esto se lo daré como herencia al remanente de este pueblo. 13 Judá e Israel, ¡no teman, sino cobren ánimo! Ustedes han sido entre las naciones objeto de maldición, pero yo los salvaré, y serán una bendición.”

14 »Así dice el Señor Todopoderoso:
»“Cuando sus antepasados me hicieron enojar, yo decidí destruirlos sin ninguna compasión —afirma el Señor Todopoderoso—. 15 Pero ahora he decidido hacerles bien a Jerusalén y a Judá. ¡Así que no tengan miedo! 16 » ”Lo que ustedes deben hacer es decirse la verdad, y juzgar en sus tribunales con la verdad y la justicia. ¡Eso trae la paz! 17 No maquinen el mal contra su prójimo, ni sean dados al falso testimonio, porque yo aborrezco todo eso, afirma el Señor.” »

18 Vino a mí la palabra del Señor Todopoderoso, y me declaró: 19 «Así dice el Señor Todopoderoso:  »“Para Judá, los ayunos de los meses cuarto, quinto, séptimo y décimo,
serán motivo de gozo y de alegría, y de animadas festividades. Amen, pues, la verdad y la paz.”

20 »Así dice el Señor Todopoderoso:
»“Todavía vendrán pueblos y habitantes de muchas ciudades, 21 que irán de una ciudad a otra diciendo a los que allí vivan: ‘¡Vayamos al Señor para buscar su bendición! ¡Busquemos al Señor Todopoderoso! ¡Yo también voy a buscarlo!’ 22 Y muchos pueblos y potentes naciones vendrán a Jerusalén en busca del Señor Todopoderoso y de su bendición.”

23 »Así dice el Señor Todopoderoso:
“En aquellos días habrá mucha gente, de todo idioma y de toda nación, que tomará a un judío por el borde de su capa y le dirá: ¡Déjanos acompañarte! ¡Hemos sabido que Dios está con ustedes!” »

Malaquías 1 El amor de Dios por su pueblo
1 Esta profecía es la palabra del Señor dirigida a Israel por medio de Malaquías.
«Yo los he amado», dice el Señor. «“¿Y cómo nos has amado?”, replican ustedes. »¿No era Esaú hermano de Jacob? Sin embargo, amé a Jacob pero aborrecí a Esaú, y convertí sus montañas en desolación y entregué su heredad a los chacales del desierto.»

Edom dice:
«Aunque nos han hecho pedazos, reconstruiremos sobre las ruinas.» Pero el Señor Todopoderoso dice: «Ustedes podrán reconstruir, pero yo derribaré. Serán llamados territorio malvado, pueblo contra el cual siempre estará indignado el Señor. Ustedes lo verán con sus propios ojos y dirán: “¡Se ha engrandecido el Señor aun más allá de las fronteras de Israel!”

El culto al Señor
»El hijo honra a su padre y el siervo a su señor. Ahora bien, si soy padre, ¿dónde está el honor que merezco? Y si soy señor, ¿dónde está el respeto que se me debe? Yo, el Señor Todopoderoso, les pregunto a ustedes, sacerdotes que desprecian mi nombre.
»Y encima preguntan: “¿En qué hemos despreciado tu nombre?”
»Pues en que ustedes traen a mi altar alimento mancillado.

»Y todavía preguntan:  “¿En qué te hemos mancillado?” »Pues en que tienen la mesa del Señor como algo despreciable. Ustedes traen animales ciegos para el sacrificio, y piensan que no tiene nada de malo; sacrifican animales cojos o enfermos, y piensan que no tiene nada de malo. ¿Por qué no tratan de ofrecérselos a su gobernante? ¿Creen que estaría él contento con ustedes? ¿Se ganarían su favor? —dice el Señor Todopoderoso—.

»Ahora pues, traten de apaciguar a Dios para que se apiade de nosotros. ¿Creen que con esta clase de ofrendas se van a ganar su favor? —dice el Señor Todopoderoso—. 10 ¡Cómo quisiera que alguno de ustedes clausurara el templo, para que no encendieran en vano el fuego de mi altar! No estoy nada contento con ustedes —dice el Señor Todopoderoso—, y no voy a aceptar ni una sola ofrenda de sus manos. 11 Porque desde donde nace el sol hasta donde se pone, grande es mi nombre entre las naciones. En todo lugar se ofrece incienso y ofrendas puras a mi nombre, porque grande es mi nombre entre las naciones —dice el Señor Todopoderoso—. 12 Pero ustedes lo profanan cuando dicen que la mesa del Señor está mancillada y que su alimento es despreciable.

13 Y exclaman:
“¡Qué hastío!” Y me tratan con desdén —dice el Señor Todopoderoso—. ¿Y creen que voy a aceptar de sus manos los animales lesionados, cojos o enfermos que ustedes me traen como sacrificio? —dice el Señor —. 14 »¡Maldito sea el tramposo que, teniendo un macho aceptable en su rebaño, se lo dedica al Señor y luego le ofrece un animal mutilado! Porque yo soy el gran rey —dice el Señor Todopoderoso—, y temido es mi nombre entre las naciones.

Malaquías 2 Juicio contra los sacerdotes
1 »Ahora, pues, este mandato es para ustedes, los sacerdotes. Si no me hacen caso ni se deciden a honrar mi nombre —dice el Señor Todopoderoso—, les enviaré una maldición, y maldeciré sus bendiciones. Ya las he maldecido, porque ustedes no se han decidido a honrarme.

»Por esto, voy a reprender a sus descendientes. Les arrojaré a la cara los desperdicios de los sacrificios de sus fiestas, y los barreré junto con ellos. Entonces sabrán que les he dado este mandato, a fin de que continúe mi pacto con Leví —dice el Señor Todopoderoso—. Mi pacto con él era de vida y paz, y se las di; era también de temor, y él me temió, y mostró ante mí profunda reverencia. En su boca había instrucción fidedigna; en sus labios no se encontraba perversidad. En paz y rectitud caminó conmigo, y apartó del pecado a muchos.

»Los labios de un sacerdote atesoran sabiduría, y de su boca los hombres buscan instrucción, porque es mensajero del Señor Todopoderoso. Pero ustedes se han desviado del camino y mediante su instrucción han hecho tropezar a muchos; ustedes han arruinado el pacto con Leví —dice el Señor Todopoderoso—. Por mi parte, yo he hecho que ustedes sean despreciables y viles ante todo el pueblo, porque no han guardado mis caminos sino que han mostrado parcialidad en cuestiones de la ley.»

Deslealtad de Judá
10 ¿No tenemos todos un solo Padre? ¿No nos creó un solo Dios? ¿Por qué, pues, profanamos el pacto de nuestros antepasados al traicionarnos unos a otros? 11 Judá ha sido traicionero. En Israel y en Jerusalén se ha cometido algo detestable: al casarse Judá con la hija de un dios extraño, ha profanado el santuario que el Señor ama. 12 En cuanto al hombre que haga eso, quienquiera que sea, que el Señor Todopoderoso lo excluya de los campamentos de Jacob, aun cuando le lleve ofrendas.

13 Otra cosa que ustedes hacen es inundar de lágrimas el altar del Señor; lloran y se lamentan porque él ya no presta atención a sus ofrendas ni las acepta de sus manos con agrado. 14 Y todavía preguntan por qué.

Pues porque el Señor actúa como testigo entre ti y la esposa de tu juventud, a la que traicionaste aunque es tu compañera, la esposa de tu pacto. 15 ¿Acaso no hizo el Señor un solo ser, que es cuerpo y espíritu? Y ¿por qué es uno solo? Porque busca descendencia dada por Dios. Así que cuídense ustedes en su propio espíritu, y no traicionen a la esposa de su juventud. 16 «Yo aborrezco el divorcio —dice el Señor, Dios de Israel—, y al que cubre de violencia sus vestiduras», dice el Señor Todopoderoso. Así que cuídense en su espíritu, y no sean traicioneros.

Acusaciones contra Judá
17 Ustedes han cansado al Señor con sus palabras. Y encima preguntan: «¿En qué lo hemos cansado?» En que dicen: «Todo el que hace lo malo agrada al Señor, y él se complace con ellos»; y murmuran: «¿Dónde está el Dios de justicia?»

Malaquías 3
1 El Señor Todopoderoso responde:
«Yo estoy por enviar a mi mensajero para que prepare el camino delante de mí. De pronto vendrá a su templo el Señor a quien ustedes buscan; vendrá el mensajero del pacto, en quien ustedes se complacen.» Pero ¿quién podrá soportar el día de su venida? ¿Quién podrá mantenerse en pie cuando él aparezca? Porque será como fuego de fundidor o lejía de lavandero. Se sentará como fundidor y purificador de plata; purificará a los levitas y los refinará como se refinan el oro y la plata. Entonces traerán al Señor ofrendas conforme a la justicia, y las ofrendas de Judá y Jerusalén serán aceptables al Señor, como en tiempos antiguos, como en años pasados.

«De modo que me acercaré a ustedes para juicio. Estaré presto a testificar contra los hechiceros, los adúlteros y los perjuros, contra los que explotan a sus asalariados; contra los que oprimen a las viudas y a los huérfanos, y niegan el derecho del extranjero, sin mostrarme ningún temor —dice el Señor Todopoderoso—.

Fidelidad en las ofrendas
»Yo, el Señor, no cambio. Por eso ustedes, descendientes de Jacob, no han sido exterminados. Desde la época de sus antepasados se han apartado de mis preceptos y no los han guardado. Vuélvanse a mí, y yo me volveré a ustedes —dice el Señor Todopoderoso—.

»Pero ustedes replican: “¿En qué sentido tenemos que volvernos?” »¿Acaso roba el hombre a Dios? ¡Ustedes me están robando!

»Y todavía preguntan:
“¿En qué te robamos?” »En los diezmos y en las ofrendas. Ustedes —la nación entera— están bajo gran maldición, pues es a mí a quien están robando.

10 »Traigan íntegro el diezmo para los fondos del templo, y así habrá alimento en mi casa. Pruébenme en esto —dice el Señor Todopoderoso—, y vean si no abro las compuertas del cielo y derramo sobre ustedes bendición hasta que sobreabunde. 11 Exterminaré a la langosta, para que no arruine sus cultivos y las vides en los campos no pierdan su fruto —dice el Señor Todopoderoso—. 12 Entonces todas las naciones los llamarán a ustedes dichosos, porque ustedes tendrán una nación encantadora —dice el Señor Todopoderoso—.

Insolencia de Judá
13 »Ustedes profieren insolencias contra mí —dice el Señor —. »Y encima preguntan:
“¿Qué insolencias hemos dicho contra ti?”

14 »Ustedes han dicho:
“Servir a Dios no vale la pena. ¿Qué ganamos con cumplir sus mandatos y vestirnos de luto delante del Señor Todopoderoso 15 si nos toca llamar dichosos a los soberbios, y los que hacen lo malo no sólo prosperan sino que incluso desafían a Dios y se salen con la suya?”

16 Los que temían al Señor hablaron entre sí, y él los escuchó y les prestó atención. Entonces se escribió en su presencia un libro de memorias de aquellos que temen al Señor y honran su nombre. 17 «El día que yo actúe ellos serán mi propiedad exclusiva —dice el Señor Todopoderoso—. Tendré compasión de ellos, como se compadece un hombre del hijo que le sirve. 18 Y ustedes volverán a distinguir entre los buenos y los malos, entre los que sirven a Dios y los que no le sirven.

24 DE NOVIEMBRE 2016

Escúchalo aquí.

Lectura para hoy: PR 515 – 518

El tiempo en que iban a producirse el primer advenimiento y algunos de los principales acontecimientos relacionados con la vida y la obra del Salvador, fué comunicado a Daniel por el ángel Gabriel. Dijo éste: “Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para acabar la prevaricación, y concluir el pecado, y expiar la iniquidad; y para traer la justicia de los siglos, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos.” Daniel 9:24. En la profecía un día representa un año. Véase Números 14:34; Ezequiel 4:6. Las setenta semanas, o 490 días, representan 490 años. El punto de partida de este plazo se da así: “Sepas pues y entiendas, que desde la salida de la palabra para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas” (Daniel 9:25), es decir 69 semanas, o 483 años.

La orden de reedificar a Jerusalén, según la completó el decreto de Artajerjes Longímano (véase Esdras 6:14; 7:1, 9), entró en vigencia en el otoño del año 457 ant. de J.C. Desde esa fecha, 483 años llegan hasta el otoño del año 27 de nuestra era. De acuerdo con la profecía, ese plazo debía llegar hasta el Mesías, o Ungido. En el año 27 de nuestra era, Jesús recibió, en ocasión de su bautismo, el ungimiento del Espíritu Santo, y poco después comenzó su ministerio. Se proclamó entonces el mensaje: “El tiempo es cumplido.” Marcos 1:15. Había dicho el ángel: “En otra semana [7 años] confirmará el pacto a muchos.” Durante siete años después que el Salvador iniciara su ministerio, el Evangelio iba a ser predicado especialmente a los judíos; por Cristo mismo durante tres años y medio, y después por los apóstoles. “A la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda.” Daniel 9:27. En la primavera del año 31 de nuestra era, Cristo, el verdadero Sacrificio, fué ofrecido en el Calvario. Entonces el velo del templo se rasgó en dos, por lo cual se demostró que dejaban de existir el carácter sagrado y el significado del servicio de los sacrificios. Había llegado el momento en que debían cesar el sacrificio y la oblación terrenales.

Aquella semana, o siete años, terminó en el año 34 de nuestra era. Entonces, al apedrear a Esteban, los judíos sellaron finalmente su rechazamiento del Evangelio; los discípulos, dispersados por la persecución, “iban por todas partes anunciando la palabra” (Hechos 8:4); y poco después se convirtió Saulo el perseguidor, para llegar a ser Pablo, el apóstol de los gentiles. Las muchas profecías concernientes al advenimiento del Salvador inducían a los hebreos a vivir en una actitud de constante expectación. Muchos murieron en la fe, sin haber recibido las promesas; pero, habiéndolas visto desde lejos, creyeron y confesaron que eran extranjeros y advenedizos en la tierra. Desde los días de Enoc, las promesas repetidas por intermedio de los patriarcas y los profetas habían mantenido viva la esperanza de su aparición.

Al principio Dios no había revelado la fecha exacta del primer advenimiento; y aun cuando la profecía de Daniel la daba a conocer, no todos interpretaban correctamente el mensaje. Transcurrieron los siglos uno tras otro; finalmente callaron las voces de los profetas. La mano del opresor pesaba sobre Israel. Al apartarse los judíos de Dios, la fe se empañó y la esperanza casi dejó de iluminar el futuro. Muchos no comprendían las palabras de los profetas; y aun aquellos cuya fe se había conservado vigorosa estaban a punto de exclamar: “Se van prolongando los días, y fracasa toda visión.” Ezequiel 12:22 (VM). Pero en el concilio celestial había sido determinada la hora en que Cristo había de venir; y llegado “el cumplimiento del tiempo, Dios envió su Hijo, … para que redimiese a los que estaban debajo de la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.” Gálatas 4:4, 5.

La humanidad debía recibir lecciones en su lenguaje. El Mensajero del pacto debía hablar. Su voz debía oírse en su propio templo. El, que es Autor de la verdad, debía separarla del tamo de las expresiones humanas, que la habían anulado. Los principios del gobierno de Dios y el plan de redención debían ser definidos claramente. Las lecciones del Antiguo Testamento debían presentarse a los hombres en toda su plenitud. Cuando finalmente apareció el Salvador “hecho semejante a los hombres” (Filipenses 2:7), e inició su ministerio de gracia, Satanás pudo tan sólo herirle el calcañar, mientras que con cada acto que le humillara e hiciera sufrir, Cristo hería la cabeza de su adversario.

La angustia que el pecado había producido se derramó en el seno del que era sin pecado; y sin embargo mientras Cristo soportaba la contradicción de los pecadores, pagaba la deuda del hombre pecaminoso y deshacía la servidumbre en la cual la humanidad había estado sujeta. Toda angustia y todo insulto que sufría obraba para liberar la humanidad. Si Satanás hubiese logrado que Cristo cediese a una sola tentación, o que manchase su pureza perfecta por un solo acto o aun por un pensamiento, el príncipe de las tinieblas habría triunfado sobre el Garante del hombre y habría ganado para sí toda la familia humana. Pero si bien Satanás podía afligir, no podía contaminar; podía ocasionar angustia, pero no profanar. Hizo de la vida de Cristo una larga escena de conflicto y prueba; y sin embargo, con cada ataque iba perdiendo su dominio sobre la humanidad.

En el desierto de la tentación, en el huerto de Getsemaní y en la cruz, nuestro Salvador cruzó armas con el príncipe de las tinieblas. Sus heridas llegaron a ser los trofeos de su victoria en favor de la familia humana. Mientras Cristo pendía agonizante de la cruz, mientras los malos espíritus se regocijaban, y los hombres impíos le escarnecían, su calcañar fué en verdad herido por Satanás. Pero ese mismo acto aplastaba la cabeza de la serpiente. Por la muerte destruyó “al que tenía el imperio de la muerte, es a saber, al diablo.” Hebreos 2:14. Este acto decidió el destino del jefe de los rebeldes, y aseguró para siempre el plan de la salvación. Al morir, Cristo venció el poder de la muerte; al resucitar, abrió para sus seguidores las puertas del sepulcro. En esa última gran contienda vemos cumplirse la profecía: “Esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.” Génesis 3:15.

“Muy amados, ahora somos hijos de Dios, y aun no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él apareciere, seremos semejantes a él, porque le veremos como él es.” 1 Juan 3:2. Nuestro Redentor abrió el camino, para que aun el más pecaminoso, el más necesitado, el más oprimido y despreciado, pueda hallar acceso al Padre.  “Jehová, tú eres mi Dios: te ensalzaré, alabaré tu nombre; porque has hecho maravillas, los consejos antiguos, la verdad firme.” Isaías 25:1.