31 de agosto 2014

Lectura para hoy: 
                   Juan 12: 1-11
                   El Deseado de todas las gentes p. 512-514

 Juan 12: 1-11 (RVR 1960) – Jesús es ungido en Betania

1 Seis días antes de la pascua, vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, el que había estado muerto, y a quien había resucitado de los muertos. 2 Y le hicieron allí una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él. 3 Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume. 4 Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote hijo de Simón, el que le había de entregar: 5 ¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres? 6 Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella. 7 Entonces Jesús dijo: Déjala; para el día de mi sepultura ha guardado esto. 8 Porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros, mas a mí no siempre me tendréis.

El complot contra Lázaro

9 Gran multitud de los judíos supieron entonces que él estaba allí, y vinieron, no solamente por causa de Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien había resucitado de los muertos. 10 Pero los principales sacerdotes acordaron dar muerte también a Lázaro, 11 porque a causa de él muchos de los judíos se apartaban y creían en Jesús.


El Deseado de todas las gentes p. 512-514

Con todo, el Sanedrín temía tomar medidas imprudentes contra Jesús, no fuese que el pueblo llegara a exasperarse y la violencia tramada contra él cayera sobre ellos mismos. En vista de esto, el concilio postergó la ejecución de la sentencia que había pronunciado. El Salvador comprendía las conspiraciones de los sacerdotes. Sabía que ansiaban eliminarle y que su propósito se cumpliría pronto. Pero no le incumbía a él precipitar la crisis, y se retiró de esa región llevando consigo a los discípulos. Así, mediante su ejemplo, Jesús recalcó de nuevo la instrucción que les había dado: “Mas cuando os persiguieren en esta ciudad, huid a la otra.” (Mateo 10: 23) Había un amplio campo en el cual trabajar por la salvación de las almas; y a menos que la lealtad a él lo requiriera, los siervos del Señor no debían poner en peligro su vida.

Jesús había consagrado ahora al mundo tres años de labor pública. Ante el mundo estaba su ejemplo de abnegación y desinteresada benevolencia. Su vida de pureza, sufrimiento y devoción era conocida por todos. Sin embargo, sólo durante ese corto período de tres años pudo el mundo soportar la presencia de su Redentor. Su vida fue una vida sujeta a persecuciones e insultos. Arrojado de Belén por un rey celoso, rechazado por su propio pueblo en Nazaret, condenado a muerte sin causa en Jerusalén, Jesús, con sus pocos discípulos fieles, halló temporariamente refugio en una ciudad extranjera. El que se había conmovido siempre por el infortunio humano, que había sanado al enfermo, devuelto la vista al ciego, el oído al sordo y el habla al mudo, el que había alimentado al hambriento y consolado al afligido, fue expulsado por el pueblo al cual se había esforzado por salvar. El que anduvo sobre las agitadas olas y con una palabra acalló su rugiente furia, el que echaba fuera demonios que al salir reconocían que era el Hijo de Dios, el que interrumpió el sueño de la muerte, el que sostuvo a miles pendientes de sus palabras de sabiduría, no podía alcanzar el corazón de aquellos que estaban cegados por el prejuicio y el odio, y rechazaban tercamente la luz.

Capítulo 60 – La Ley del Nuevo Reino 

EL TIEMPO de la Pascua se estaba acercando, y de nuevo Jesús se dirigió hacia Jerusalén. Su corazón tenía la paz de la perfecta unidad con la voluntad del Padre, y con paso ansioso avanzaba hacia el lugar del sacrificio. Pero un sentimiento de misterio, de duda y temor, sobrecogía a los discípulos. El Salvador “iba delante de ellos, y se espantaban, y le seguían con miedo.”

Otra vez Jesús llamó a sí a los doce, y con mayor claridad que nunca les explicó su entrega y sufrimientos. “He aquí —dijo él— subimos a Jerusalén, y serán cumplidas todas las cosas que fueron escritas por los profetas, del Hijo del hombre. Porque será entregado a las gentes, y será escarnecido, e injuriado y escupido. Y después que le hubieren azotado, le matarán: mas al tercer día resucitará. Pero ellos nada de estas cosas entendían, y esta palabra les era encubierta, y no entendían lo que se decía.”

¿No habían proclamado poco antes por doquiera: “¿El reino de los cielos se ha acercado”? ¿No había prometido Cristo mismo que muchos se sentarían con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de Dios? ¿No había prometido a cuantos lo habían dejado todo por su causa cien veces tanto en esta vida y una parte en su reino? ¿Y no había hecho a los doce la promesa especial de que ocuparían puestos de alto honor en su reino, a saber que se sentarían en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel? Acababa de decir que debían cumplirse todas las cosas escritas en los profetas concernientes a él. ¿Y no habían predicho los profetas la gloria del reino del Mesías? Frente a estos pensamientos, sus palabras tocante a su entrega, persecución y muerte parecían vagas y confusas. Ellos creían que a pesar de cualesquiera dificultades que pudieran sobrevenir, el reino se establecería pronto.

Juan, hijo de Zebedeo, había sido uno de los dos primeros discípulos que siguieran a Jesús. El y su hermano Santiago habían estado entre el primer grupo que había dejado todo por servirle. Alegremente habían abandonado su familia y sus amigos para poder estar con él; habían caminado y conversado con él; habían estado con él en el retiro del hogar y en las asambleas públicas. El había aquietado sus temores, aliviado sus sufrimientos y confortado sus pesares, los había librado de peligros y con paciencia y ternura les había enseñado, hasta que sus corazones parecían unidos al suyo, y en su ardor y amor anhelaban estar más cerca de él que nadie en su reino. En toda oportunidad posible, Juan se situaba junto al Salvador, y Santiago anhelaba ser honrado con una estrecha relación con él.

La madre de ellos era discípula de Cristo y le había servido generosamente con sus recursos. Con el amor y la ambición de una madre por sus hijos, codiciaba para ellos el lugar más honrado en el nuevo reino. Por esto, los animó a hacer una petición.

La madre y sus hijos vinieron a Jesús para pedirle que les otorgara algo que anhelaban en su corazón. “¿Qué queréis que os haga?” preguntó él.

La madre pidió: Di que se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu mano derecha, y el otro a tu izquierda, en tu reino.”

 

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30 de agosto 2014

Alabaster
Lectura para hoy:
 
                   Mateo 26:6-13
                   Marcos 14: 3-11
                   Lucas 7: 36-50
                   Juan 11: 55-57

                  El Deseado de todas las gentes p. 511

Mateo 26:6-13 (RVR 1960) – Jesús es ungido en Betania

6 Y estando Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso,7 vino a él una mujer, con un vaso de alabastro de perfume de gran precio, y lo derramó sobre la cabeza de él, estando sentado a la mesa. 8 Al ver esto, los discípulos se enojaron, diciendo: ¿Para qué este desperdicio? 9 Porque esto podía haberse vendido a gran precio, y haberse dado a los pobres. 10 Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Por qué molestáis a esta mujer? pues ha hecho conmigo una buena obra. 11 Porque siempre tendréis pobres con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis. 12 Porque al derramar este perfume sobre mi cuerpo, lo ha hecho a fin de prepararme para la sepultura. 13 De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella.

Marcos 14: 3-11 (RVR 1960) – Jesús es ungido en Betania

3 Pero estando él en Betania, en casa de Simón el leproso, y sentado a la mesa, vino una mujer con un vaso de alabastro de perfume de nardo puro de mucho precio; y quebrando el vaso de alabastro, se lo derramó sobre su cabeza. 4 Y hubo algunos que se enojaron dentro de sí, y dijeron: ¿Para qué se ha hecho este desperdicio de perfume? 5 Porque podía haberse vendido por más de trescientos denarios, y haberse dado a los pobres. Y murmuraban contra ella. 6 Pero Jesús dijo: Dejadla, ¿por qué la molestáis? Buena obra me ha hecho. 7 Siempre tendréis a los pobres con vosotros, y cuando queráis les podréis hacer bien; pero a mí no siempre me tendréis. 8 Ésta ha hecho lo que podía; porque se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura. 9 De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella.

Judas ofrece entregar a Jesús
10 Entonces Judas Iscariote, uno de los doce, fue a los principales sacerdotes para entregárselo. 11 Ellos, al oírlo, se alegraron, y prometieron darle dinero. Y Judas buscaba oportunidad para entregarle.


Lucas 7: 36-50 (RVR 1960) – 
Jesús en el hogar de Simón el fariseo

36 Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa. 37 Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; 38 y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume. 39 Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Éste, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora. 40 Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro. 41 Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; 42 y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más? 43 Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado.

44 Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. 45 No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. 46 No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies. 47 Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama. 48Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados. 49Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste, que también perdona pecados? 50 Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, ve en paz.


Juan 11: 55-57 (RVR 1960)

55 Y estaba cerca la pascua de los judíos; y muchos subieron de aquella región a Jerusalén antes de la pascua, para purificarse. 56 Y buscaban a Jesús, y estando ellos en el templo, se preguntaban unos a otros: ¿Qué os parece? ¿No vendrá a la fiesta? 57 Y los principales sacerdotes y los fariseos habían dado orden de que si alguno supiese dónde estaba, lo manifestase, para que le prendiesen.


El Deseado de todas las gentes p. 511
Entre los paganos, el conocimiento confuso de que uno había de morir por la raza humana los había llevado a ofrecer sacrificios humanos. Así, por el sacrificio de Cristo, Caifás proponía salvar a la nación culpable, no de la transgresión, sino en la transgresión, a fin de que pudiera continuar en el pecado. Y por este razonamiento, pensaba acallar las protestas de aquellos que pudieran atreverse, no obstante, a decir que nada digno de muerte habían hallado en Jesús.

En este concilio, los enemigos de Cristo se sintieron profundamente convencidos de culpa. El Espíritu Santo había impresionado sus mentes. Pero Satanás se esforzaba por dominarlos. Insistía en los perjuicios que ellos habían sufrido por causa de Cristo. Cuán poco había honrado él su justicia. Cristo presentaba una justicia mucho mayor, que debían poseer todos los que quisieran ser hijos de Dios.

 Sin tomar en cuenta sus formas y ceremonias, él había animado a los pecadores a ir directamente a Dios como a un Padre misericordioso y darle a conocer sus necesidades. Así, en opinión de ellos, había hecho caso omiso de los sacerdotes. Había rehusado reconocer la teología de las escuelas rabínicas. Había desenmascarado las malas prácticas de los sacerdotes y había dañado irreparablemente su influencia. Había menoscabado el efecto de sus máximas y tradiciones, declarando que aunque hacían cumplir estrictamente la ley ritual, invalidaban la ley de Dios. Satanás les traía ahora todo esto a la memoria.

Les insinuó que a fin de mantener su autoridad debían dar muerte a Jesús. Ellos siguieron este consejo. El hecho de que pudieran perder el poder que entonces ejercían era suficiente razón, pensaban, para que llegasen a alguna decisión. Con excepción de algunos miembros que no osaron expresar sus convicciones, el Sanedrín recibió las palabras de Caifás como palabras de Dios. El concilio sintió alivio; cesó la discordia. Decidieron dar muerte a Cristo en la primera oportunidad favorable. Al rechazar la prueba de la divinidad de Jesús, estos sacerdotes y gobernantes se habían encerrado a sí mismos en tinieblas impenetrables. Se habían puesto enteramente bajo el dominio de Satanás, para ser arrastrados por él al mismo abismo de la ruina eterna. Sin embargo, estaban tan engañados que estaban contentos consigo mismos. Se consideraban patriotas que procuraban la salvación de la nación.

Foto: http://bit.ly/1wQKSrK

29 de agosto 2014

Dusk

Lectura para hoy: 
                   El Deseado de todas las gentes p. 508-510

El muerto había sido resucitado en plena luz del día y ante una multitud de testigos. Ningún sofisma podía destruir tal evidencia. Por esta misma razón, la enemistad de los sacerdotes se hacía más mortífera. Estaban más determinados que nunca a detener la obra de Cristo.

Los saduceos, aunque no estaban a favor de Cristo, no habían estado tan llenos de malicia contra él como los fariseos. Su odio no había sido tan acerbo. Pero ahora estaban cabalmente alarmados. No creían en la resurrección de los muertos. Basados en lo que llamaban falsamente ciencia, habían razonado que era imposible que un cuerpo muerto tornara a la vida. Pero mediante unas pocas palabras de Cristo, su teoría había quedado desbaratada. Se había puesto de manifiesto la ignorancia de ellos tocante a las Escrituras y el poder de Dios. Veían la imposibilidad de destruir la impresión hecha en el pueblo por este milagro. ¿Cómo podrían los hombres ser apartados de Aquel que había triunfado hasta arrancar sus muertos al sepulcro? Se pusieron en circulación falsos informes, pero el milagro no podía negarse, y ellos no sabían cómo contrarrestar sus efectos. Hasta entonces, los saduceos no habían alentado el plan de matar a Cristo. Pero después de la resurrección de Lázaro, creyeron que únicamente mediante su muerte podrían ser reprimidas sus intrépidas denuncias contra ellos.

Los fariseos creían en la resurrección, y no podían sino ver en ese milagro una evidencia de que el Mesías estaba entre ellos. Pero siempre se habían opuesto a la obra de Cristo. Desde el principio, le habían aborrecido porque había desenmascarado sus pretensiones hipócritas. Les había quitado el manto de rigurosos ritos bajo el cual ocultaban su deformidad moral. La religión pura que él enseñaba había condenado la vacía profesión de piedad. Ansiaban vengarse de él por sus agudos reproches. Habían procurado inducirle a decir o hacer alguna cosa que les diera ocasión de condenarlo. En varias ocasiones, habían intentado apedrearlo, pero él se había apartado tranquilamente, y le habían perdido de vista.

Todos los milagros que realizaba en sábado eran para aliviar al afligido, pero los fariseos habían procurado condenarlo como violador del sábado. Habían tratado de incitar a los herodianos contra él. Presentándoselo como procurando establecer un reino rival, consultaron con ellos en cuanto a cómo matarlo. Para excitar a los romanos contra él, se lo habían representado como tratando de subvertir su autoridad. Habían ensayado todos los recursos para impedir que influyera en el pueblo. Pero hasta entonces sus tentativas habían fracasado. Las multitudes que habían presenciado sus obras de misericordia y oído sus enseñanzas puras y santas, sabían que los suyos no eran los hechos y palabras de un violador del sábado o blasfemo. Aun los oficiales enviados por los fariseos habían sentido tanto la influencia de sus palabras que no pudieron echar mano de él. En su desesperación, los judíos habían publicado finalmente un edicto decretando que cualquiera que profesase fe en Jesús fuera expulsado de la sinagoga.

Así que, cuando los sacerdotes, gobernantes y ancianos se reunieron en concilio, era firme su determinación de acallar a Aquel que obraba tales maravillas que todos los hombres se admiraban. Los fariseos y los saduceos estaban más cerca de la unión que nunca. Divididos hasta entonces, se unificaron por oposición a Cristo. Nicodemo y José habían impedido en concilios anteriores la condenación de Jesús, y por esta razón no fueron convocados esta vez. Había en el concilio otros hombres influyentes que creían en Cristo, pero nada pudo su influencia contra la de los malignos fariseos.

Sin embargo, los miembros del concilio no estaban todos de acuerdo. El Sanedrín no constituía entonces un cuerpo legal. Existía sólo por tolerancia. Algunos de sus miembros ponían en duda la conveniencia de dar muerte a Cristo. Temían que ello provocara una insurrección entre el pueblo e indujera a los romanos a retirar a los sacerdotes los favores que hasta ahora habían disfrutado y a despojarlos del poder que todavía conservaban. Los saduceos, aunque unidos en su odio contra Cristo, se inclinaban a ser cautelosos en sus movimientos, por temor a que los romanos los privaran de su alta posición.

En este concilio, convocado para planear la muerte de Cristo, estaba presente el Testigo que oyó las palabras jactanciosas de Nabucodonosor, que presenció la fiesta idólatra de Belsasar, que estaba presente cuando Cristo en Nazaret se proclamó a sí mismo el Ungido. Este Testigo estaba ahora haciendo sentir a los gobernantes qué clase de obra estaban haciendo. Los sucesos de la vida de Cristo surgieron ante ellos con una claridad que los alarmó. Recordaron la escena del templo, cuando Jesús, entonces de doce años, de pie ante los sabios doctores de la ley, les hacía preguntas que los asombraban. El milagro recién realizado daba testimonio de que Jesús no era sino el Hijo de Dios. Las Escrituras del Antiguo Testamento concernientes al Cristo resplandecían ante su mente con su verdadero significado. Perplejos y turbados, los gobernantes preguntaron: “¿Qué hacemos?” Había división en el concilio. Bajo la impresión del Espíritu Santo, los sacerdotes y gobernantes no podían desterrar el sentimiento de que estaban luchando contra Dios.

Mientras el concilio estaba en el colmo de la perplejidad, Caifás, el sumo sacerdote, se puso de pie. Era un hombre orgulloso y cruel, despótico e intolerante. Entre sus relaciones familiares, había saduceos soberbios, atrevidos, temerarios, llenos de ambición y crueldad ocultas bajo un manto de pretendida justicia. Caifás había estudiado las profecías y aunque ignoraba su verdadero significado dijo con gran autoridad y aplomo: “Vosotros no sabéis nada; ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación se pierda.” Aunque Jesús sea inocente, aseguraba el sumo sacerdote, debía ser quitado del camino.

Molestaba porque atraía el pueblo a sí y menoscababa la autoridad de los gobernantes. El era uno solo; y era mejor que muriese antes de permitir que la autoridad de los gobernantes fuese debilitada. En caso de que el pueblo llegara a perder la confianza en sus gobernantes, el poder nacional sería destruido. Caifás afirmaba que después de este milagro los adeptos de Jesús se levantarían probablemente en revolución. Los romanos vendrán entonces —decía él,— y cerrarán nuestro templo; abolirán nuestras leyes, y nos destruirán como nación. ¿Qué valor tiene la vida de este galileo en comparación con la vida de la nación? Si él obstaculiza el bienestar de Israel, ¿no se presta servicio a Dios matándole? Mejor es que un hombre perezca, y no que toda la nación sea destruida.

Al declarar que un hombre moriría por toda la nación, Caifás demostró que tenía cierto conocimiento de las profecías, aunque muy limitado. Pero Juan, al describir la escena, toma la profecía y expone su amplio y profundo significado. El dice: “Y no solamente por aquella nación, mas también para que juntase en uno los hijos de Dios que estaban derramados.” ¡Cuán inconscientemente reconocía el arrogante Caifás la misión del Salvador!

En los labios de Caifás esta preciosísima verdad se convertía en mentira. La idea que él defendía se basaba en un principio tomado del paganismo.

Foto: http://bit.ly/1tQAETA

 

28 de agosto 2014

Sombra
Lectura para hoy:
 
                   Lucas 19: 1-10
                   El Deseado de todas las gentes p. 506, 507

Lucas 19: 1-10 (NTV) – Jesús y Zaqueo

 

1 Jesús entró en Jericó y comenzó a pasar por la ciudad. 2 Había allí un hombre llamado Zaqueo. Era jefe de los cobradores de impuestos de la región y se había hecho muy rico. 3 Zaqueo trató de mirar a Jesús pero era de poca estatura y no podía ver por encima de la multitud. 4 Así que se adelantó corriendo y se subió a una higuera sicómoro que estaba junto al camino, porque Jesús iba a pasar por allí. 

 

5 Cuando Jesús pasó, miró a Zaqueo y lo llamó por su nombre: «¡Zaqueo! —le dijo—, ¡baja enseguida! Debo hospedarme hoy en tu casa». 6 Zaqueo bajó rápidamente y, lleno de entusiasmo y alegría, llevó a Jesús a su casa; 7 pero la gente estaba disgustada, y murmuraba: «Fue a hospedarse en la casa de un pecador de mala fama».

 

8 Mientras tanto, Zaqueo se puso de pie delante del Señor y dijo:
—Señor, daré la mitad de mi riqueza a los pobres y, si estafé a alguien con sus impuestos, le devolveré cuatro veces más.
9 Jesús respondió:
—La salvación ha venido hoy a esta casa, porque este hombre ha demostrado ser un verdadero hijo de Abraham. 10 Pues el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar a los que están perdidos.


El Deseado de todas las gentes p. 506, 507

Vuelve a serles demostrado que el obrero humano ha de cooperar con Dios. La humanidad ha de trabajar por la humanidad. Lázaro queda libre, y está de pie ante la congregación, no demacrado por la enfermedad, ni con miembros débiles y temblorosos, sino como un hombre en la flor de la vida, provisto de una noble virilidad. Sus ojos brillan de inteligencia y de amor por su Salvador. Se arroja a los pies de Jesús para adorarle.

Los espectadores quedan al principio mudos de asombro. Luego sigue una inefable escena de regocijo y agradecimiento. Las hermanas reciben a su hermano vuelto a la vida como el don de Dios, y con lágrimas de gozo expresan en forma entrecortada su agradecimiento al Salvador. Y mientras el hermano, las hermanas y los amigos se regocijan en esta reunión, Jesús se retira de la escena. Cuando buscan al Dador de la vida, no le pueden hallar. 

Capítulo 59 – Conspiraciones Sacerdotales

BETANIA estaba tan cerca de Jerusalén que pronto llegaron a la ciudad las noticias de la resurrección de Lázaro. Por medio de los espías que habían presenciado el milagro, los dirigentes judíos fueron puestos rápidamente al tanto de los hechos. Convocaron inmediatamente una reunión del Sanedrín, para decidir lo que debía hacerse. Cristo había demostrado ahora plenamente su dominio sobre la muerte y el sepulcro. Este gran milagro era la evidencia máxima que ofrecía Dios a los hombres en prueba de que había enviado su Hijo al mundo para salvarlo. Era una demostración del poder divino que bastaba para convencer a toda mente dotada de razón y conciencia iluminada. Muchos de los que presenciaron la resurrección de Lázaro fueron inducidos a creer en Jesús. Pero el odio de los sacerdotes contra él se intensificó. Habían rechazado todas las pruebas menores de su divinidad, y este nuevo milagro no hizo sino enfurecerlos.

  Foto: http://bit.ly/1C0LZ8l

27 de agosto 2014

Vendajes

Lectura para hoy: 
                   El Deseado de todas las gentes p. 503-505

“¿Dónde le pusisteis? —preguntó.— Dícenle: Señor, ven y ve.” Juntos se dirigieron a la tumba. Era una escena triste. Lázaro había sido muy querido, y sus hermanas le lloraban con corazones quebrantados, mientras que los que habían sido sus amigos mezclaban sus lágrimas con las de las hermanas enlutadas.

A la vista de esta angustia humana, y por el hecho de que los amigos afligidos pudiesen llorar a sus muertos mientras el Salvador del mundo estaba al lado, “lloró Jesús.” Aunque era Hijo de Dios, había tomado sobre sí la naturaleza humana y le conmovía el pesar humano. Su corazón compasivo y tierno se conmueve siempre de simpatía hacia los dolientes. Llora con los que lloran y se regocija con los que se regocijan.

No era sólo por su simpatía humana hacia María y Marta por lo que Jesús lloró. En sus lágrimas había un pesar que superaba tanto al pesar humano como los cielos superan a la tierra. Cristo no lloraba por Lázaro, pues iba a sacarle de la tumba. Lloró porque muchos de los que estaban ahora llorando por Lázaro maquinarían pronto la muerte del que era la resurrección y la vida. Pero ¡cuán incapaces eran los judíos de interpretar debidamente sus lágrimas! Algunos que no podían ver como causa de su pesar sino las circunstancias externas de la escena que estaba delante de él, dijeron suavemente: “Mirad cómo le amaba.” Otros, tratando de sembrar incredulidad en el corazón de los presentes, decían con irrisión: “¿No podía éste que abrió los ojos al ciego, hacer que éste no muriera?” Si Jesús era capaz de salvar a Lázaro, ¿por qué le dejó morir?

Con ojo profético, Cristo vio la enemistad de los fariseos y saduceos. Sabía que estaban premeditando su muerte. Sabía que algunos de los que ahora manifestaban aparentemente tanta simpatía, no tardarían en cerrarse la puerta de la esperanza y los portales de la ciudad de Dios.

Estaba por producirse, en su humillación y crucifixión, una escena que traería como resultado la destrucción de Jerusalén, y en esa ocasión nadie lloraría a los muertos. La retribución que iba a caer sobre Jerusalén quedó plenamente retratada delante de él. Vio a Jerusalén rodeada por las legiones romanas. Sabía que muchos de los que estaban llorando a Lázaro morirían en el sitio de la ciudad, y sin esperanza.

No lloró Cristo sólo por la escena que tenía delante de sí. Descansaba sobre él el peso de la tristeza de los siglos. Vio los terribles efectos de la transgresión de la ley de Dios. Vio que en la historia del mundo, empezando con la muerte de Abel, había existido sin cesar el conflicto entre lo bueno y lo malo. Mirando a través de los años venideros, vio los sufrimientos y el pesar, las lágrimas y la muerte que habían de ser la suerte de los hombres. Su corazón fue traspasado por el dolor de la familia humana de todos los siglos y de todos los países. Los ayes de la raza pecaminosa pesaban sobre su alma, y la fuente de sus lágrimas estalló mientras anhelaba aliviar toda su angustia.

“Y Jesús, conmoviéndose otra vez en sí mismo, vino al sepulcro.” Lázaro había sido puesto en una cueva rocosa, y una piedra maciza había sido puesta frente a la entrada. “Quitad la piedra,” dijo Cristo. Pensando que él deseaba tan sólo mirar al muerto, Marta objetó diciendo que el cuerpo había estado sepultado cuatro días y que la corrupción había empezado ya su obra. Esta declaración, hecha antes de la resurrección de Lázaro, no dejó a los enemigos de Cristo lugar para decir que había subterfugio.

En lo pasado, los fariseos habían hecho circular falsas declaraciones acerca de las más maravillosas manifestaciones del poder de Dios. Cuando Cristo devolvió la vida a la hija de Jairo, había dicho: “La muchacha no es muerta, mas duerme.” (Marcos 5: 39) Como ella había estado enferma tan sólo un corto tiempo y fue resucitada inmediatamente después de su muerte, los fariseos declararon que la niña no había muerto; que Cristo mismo había dicho que estaba tan sólo dormida. Habían tratado de dar la impresión de que Cristo no podía sanar a los enfermos, que había engaños en sus milagros. Pero en este caso, nadie podía negar que Lázaro había muerto.

Cuando el Señor está por hacer una obra, Satanás induce a alguno a objetar. “Quitad la piedra,” dijo Cristo. En cuanto sea posible, preparad el camino para mi obra. Pero la naturaleza positiva y ambiciosa de Marta se manifestó. Ella no quería que el cuerpo ya en descomposición fuese expuesto a las miradas. El corazón humano es tardo para comprender las palabras de Cristo, y la fe de Marta no había asimilado el verdadero significado de su promesa.

Cristo reprendió a Marta, pero sus palabras fueron pronunciadas con la mayor amabilidad. “¿No te he dicho que, si creyeres, verás la gloria de Dios?” ¿Por qué habríais de dudar de mi poder ? ¿Por qué razonar contrariamente a mis requerimientos? Tenéis mi palabra. Si queréis creer, veréis la gloria de Dios. Las imposibilidades naturales no pueden impedir la obra del Omnipotente. El escepticismo y la incredulidad no son humildad. La creencia implícita en la palabra de Cristo es verdadera humildad, verdadera entrega propia.

“Quitad la piedra.” Cristo podría haber ordenado a la piedra que se apartase, y habría obedecido a su voz. Podría haber ordenado a los ángeles que estaban a su lado que la sacasen. A su orden, manos invisibles habrían removido la piedra. Pero había de ser sacada por manos humanas. Así Cristo quería mostrar que la humanidad ha de cooperar con la divinidad. No se pide al poder divino que haga lo que el poder humano puede hacer. Dios no hace a un lado la ayuda del hombre. Le fortalece y coopera con él mientras emplea las facultades y capacidades que se le dan. La orden se cumplió. La piedra fue puesta a un lado. Todo fue hecho abierta y deliberadamente. Se dio a todos oportunidad de ver que no había engaño. Allí estaba el cuerpo de Lázaro en su tumba rocosa, frío y silencioso en la muerte. Los clamores de los plañidores se acallan. Sorprendida y expectante, la congregación está alrededor del sepulcro, esperando lo que ha de seguir.

Sereno, Cristo está de pie delante de la tumba. Una solemnidad sagrada descansa sobre todos los presentes. Cristo se acerca aun más al sepulcro y, alzando los ojos al cielo, dice: “Padre, gracias te doy que me has oído.” No mucho tiempo antes de esto, los enemigos de Cristo le habían acusado de blasfemia y habían recogido piedras para arrojárselas porque aseveraba ser Hijo de Dios. Le acusaron de realizar milagros por el poder de Satanás. Pero aquí Cristo llama a Dios su Padre y con perfecta confianza declara que es Hijo de Dios.

En todo lo que hacía, Cristo cooperaba con su Padre. Siempre se esmeraba por hacer evidente que no realizaba su obra independientemente; era por la fe y la oración cómo hacía sus milagros. Cristo deseaba que todos conociesen su relación con su Padre. “Padre —dijo,— gracias te doy que me has oído. Que yo sabía que siempre me oyes; mas por causa de la compañía que está alrededor, lo dije, para que crean que tú me has enviado.” En esta ocasión, los discípulos y la gente iban a recibir la evidencia más convincente de la relación que existía entre Cristo y Dios. Se les había de demostrar que el aserto de que Cristo no era una mentira.

“Y habiendo dicho estas cosas, clamó a gran voz: Lázaro, ven fuera. “Su voz, clara y penetrante, entra en los oídos del muerto. La divinidad fulgura a través de la humanidad. En su rostro, iluminado por la gloria de Dios, la gente ve la seguridad de su poder. Cada ojo está fijo en la entrada de la cueva. Cada oído está atento al menor sonido. Con interés intenso y doloroso, aguardan todos la prueba de la divinidad de Cristo, la evidencia que ha de comprobar su aserto de que es Hijo de Dios, o extinguir esa esperanza para siempre. Hay agitación en la tumba silenciosa, y el que estaba muerto se pone de pie a la puerta del sepulcro. Sus movimientos son trabados por el sudario en que fuera puesto, y Cristo dice a los espectadores asombrados: “Desatadle, y dejadle ir.”

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26 de agosto 2014

Lázaro

Lectura para hoy: 
                   Mateo 20: 20-28
                   Marcos 10: 32-45
                   Lucas 18: 31-34
                   El Deseado de todas las gentes p. 501-502

Mateo 20: 20-28 (RV1960) – Petición de Santiago y de Juan

 

20 Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, postrándose ante él y pidiéndole algo. 21 Él le dijo: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda. 22 Entonces Jesús respondiendo, dijo: No sabéis lo que pedís.

 

¿Podéis beber del vaso que yo he de beber, y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado? Y ellos le dijeron: Podemos. 23 Él les dijo: A la verdad, de mi vaso beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados; pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre. 24 Cuando los diez oyeron esto, se enojaron contra los dos hermanos.

 

25 Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. 26 Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, 27 y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; 28 como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.

Marcos 10: 32-45 (RV1960)  Nuevamente Jesús anuncia su muerte

32 Iban por el camino subiendo a Jerusalén; y Jesús iba delante, y ellos se asombraron, y le seguían con miedo. Entonces volviendo a tomar a los doce aparte, les comenzó a decir las cosas que le habían de acontecer:

33 He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles; 34 y le escarnecerán, le azotarán, y escupirán en él, y le matarán; mas al tercer día resucitará.

Petición de Santiago y de Juan
35 Entonces Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, se le acercaron, diciendo: Maestro, querríamos que nos hagas lo que pidiéremos. 36 Él les dijo: ¿Qué queréis que os haga? 37 Ellos le dijeron: Concédenos que en tu gloria nos sentemos el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda. 38 Entonces Jesús les dijo: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber del vaso que yo bebo, o ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado? 39 Ellos dijeron: Podemos. Jesús les dijo: A la verdad, del vaso que yo bebo, beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados; 40 pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado. 41 Cuando lo oyeron los diez, comenzaron a enojarse contra Jacobo y contra Juan.

42 Mas Jesús, llamándolos, les dijo: Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre ellas potestad. 43 Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, 44 y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos. 45 Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.

Lucas 18: 31-34 (RV1960) – Nuevamente Jesús anuncia su muerte

31 Tomando Jesús a los doce, les dijo: He aquí subimos a Jerusalén, y se cumplirán todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre. 32 Pues será entregado a los gentiles, y será escarnecido, y afrentado, y escupido. 33 Y después que le hayan azotado, le matarán; mas al tercer día resucitará. 34 Pero ellos nada comprendieron de estas cosas, y esta palabra les era encubierta, y no entendían lo que se les decía.

El Deseado de todas las gentes p. 501-502

El mensaje fue dado a Marta con tanta reserva que las otras personas que estaban en la pieza no lo oyeron. Absorta en su pesar, María no oyó las palabras. Levantándose en seguida, Marta salió al encuentro de su Señor, pero pensando que ella había ido al sepulcro donde estaba Lázaro, María permaneció sumida silenciosamente en su pesar.

Marta se apresuró a ir al encuentro de Jesús, con el corazón agitado por encontradas emociones. En el rostro expresivo de él, leyó ella la misma ternura y amor que siempre había habido allí. Su confianza en él no había variado, pero recordaba a su amado hermano a quien Jesús también amaba. Con el pesar que brotaba de su corazón porque Cristo no había venido antes y, sin embargo, con la esperanza de que aun ahora podría hacer algo para consolarlas, dijo: “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no fuera muerto.” Vez tras vez, en medio del tumulto creado por los plañidores,  las hermanas habían repetido estas palabras.

Con compasión humana y divina, Jesús miró el rostro entristecido y acongojado de Marta. Esta no tenía deseo de relatar lo sucedido; todo estaba expresado por las palabras patéticas: “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no fuera muerto.” Pero mirando aquel rostro lleno de amor, añadió: “Mas también sé ahora, que todo lo que pidieres de Dios, te dará Dios.”

Jesús animó su fe diciendo: “Resucitará tu hermano.” Su respuesta no estaba destinada a inspirar esperanza en un cambio inmediato. Dirigía el Señor los pensamientos de Marta más allá de la restauración actual de su hermano, y los fijaba en la  resurrección de los justos. Lo hizo para que pudiese ver en la resurrección de Lázaro una garantía de la resurrección de todos los justos y la seguridad de que sucedería por el poder del Salvador.

Marta contestó: “Yo sé que resucitará en la resurrección en el día postrero.”

Tratando todavía de dar la verdadera dirección a su fe, Jesús declaró: “Yo soy la resurrección y la vida.” En Cristo hay vida original, que no proviene ni deriva de otra. “El que tiene al Hijo, tiene la vida.” (1 Juan 5:12) La divinidad de Cristo es la garantía que el creyente tiene de la vida eterna. “El que cree en mí —dijo Jesús,— aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees eso?” Cristo miraba hacia adelante, a su segunda venida. Entonces los justos muertos serán resucitados incorruptibles, y los justos vivos serán trasladados al cielo sin ver la muerte. El milagro que Cristo estaba por realizar, al resucitar a Lázaro de los muertos, representaría la resurrección de todos los justos muertos. Por sus palabras y por sus obras, se declaró el Autor de la resurrección. El que iba a morir pronto en la cruz, estaba allí con las llaves de la muerte, vencedor del sepulcro, y aseveraba su derecho y poder para dar vida eterna.

A las palabras del Salvador: “¿Crees esto?” Marta respondió: “Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.” No comprendía en todo su significado las palabras dichas por Cristo, pero confesó su fe en su divinidad y su confianza de que él podía hacer cuanto le agradase.

“Y esto dicho, fuese, y llamó en secreto a María su hermana, diciendo: El Maestro está aquí y te llama.” Dio su mensaje en forma tan queda como le fue posible; porque los sacerdotes y príncipes estaban listos para arrestar a Jesús en cuanto se les ofreciese la oportunidad. Los clamores de las plañideras impidieron que las palabras de Marta fuesen oídas.

Al recibir el mensaje, María se levantó apresuradamente y con mirada y rostro anhelantes salió de la pieza. Pensando que iba al sepulcro a llorar, las plañideras la siguieron. Cuando llegó al lugar donde Jesús estaba, se postró a sus pies y dijo con labios temblorosos: “Señor, si hubieras estado aquí, no fuera muerto mi hermano.” Los clamores de las plañideras eran dolorosos; y ella anhelaba poder cambiar algunas palabras tranquilas a solas con Jesús. Pero conocía la envidia y los celos que albergaban contra Cristo en su corazón algunos de los presentes, y se limitó a expresar su pesar.

Jesús entonces, como la vio llorando, y a los judíos que habían venido juntamente con ella llorando, se conmovió en espíritu, y turbóse.” Leyó el corazón de todos los presentes. Veía que, en muchos, lo que pasaba como demostración de pesar era tan sólo fingimiento. Sabía que algunos de los del grupo, que manifestaban ahora un pesar hipócrita, estarían antes de mucho maquinando la muerte, no sólo del poderoso taumaturgo, sino del que iba a ser resucitado de los muertos. Cristo podría haberlos despojado de su falso pesar. Pero dominó su justa indignación. No pronunció las palabras que podría haber pronunciado con toda verdad, porque amaba a la que, arrodillada a sus pies con tristeza, creía verdaderamente en él.

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21 de julio 2014

Northern lights

Lectura para hoy:
                     El Deseado de todas las gentes, p. 435-437

No es seguidor de Cristo el que, desviando la mirada, se aparta de los que yerran, dejándolos proseguir sin estorbos su camino descendente. Los que se adelantan para acusar a otros y son celosos en llevarlos a la justicia, son con frecuencia en su propia vida más culpables que ellos.

Los hombres aborrecen al pecador, mientras aman el pecado. Cristo aborrece el pecado, pero ama al pecador; tal ha de ser el espíritu de todos los que le sigan. El amor cristiano es lento en censurar, presto para discernir el arrepentimiento, listo para perdonar, para estimular, para afirmar al errante en la senda de la santidad, para corroborar sus pies en ella.

Capítulo 51 – La Luz de la Vida
“OTRA vez, pues, Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, mas tendrá la luz de la vida.” Cuando pronunció estas palabras, Jesús estaba en el atrio del templo especialmente relacionado con los ejercicios de la fiesta de las cabañas.

En el centro de este patio se levantaban dos majestuosas columnas que soportaban portalámparas de gran tamaño. Después del sacrificio de la tarde, se encendían todas las lámparas, que arrojaban su luz sobre Jerusalén. Esta ceremonia estaba destinada a conmemorar la columna de luz que guiaba a Israel en el desierto, y también a señalar la venida del Mesías. Por la noche, cuando las lámparas estaban encendidas, el atrio era teatro de gran regocijo. Los hombres canosos, los sacerdotes del templo y los dirigentes del pueblo, se unían en danzas festivas al sonido de la música instrumental y el canto de los levitas.

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