31 DE JULIO 2017

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Lectura para hoy: 1 Corintios 8 HA 337

Lo sacrificado a los ídolos
1 En cuanto a lo sacrificado a los ídolos, es cierto que todos tenemos conocimiento. El conocimiento envanece, mientras que el amor edifica. El que cree que sabe algo, todavía no sabe como debiera saber. Pero el que ama a Dios es conocido por él.

De modo que, en cuanto a comer lo sacrificado a los ídolos, sabemos que un ídolo no es absolutamente nada, y que hay un solo Dios. Pues, aunque haya los así llamados dioses, ya sea en el cielo o en la tierra (y por cierto que hay muchos «dioses» y muchos «señores»), para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, de quien todo procede y para el cual vivimos; y no hay más que un solo Señor, es decir, Jesucristo, por quien todo existe y por medio del cual vivimos.

Pero no todos tienen conocimiento de esto. Algunos siguen tan acostumbrados a los ídolos que, cuando comen carne a sabiendas de que ha sido sacrificada a un ídolo, su conciencia se contamina por ser débil. Pero lo que comemos no nos acerca a Dios; no somos mejores por comer ni peores por no comer.

Sin embargo, tengan cuidado de que su libertad no se convierta en motivo de tropiezo para los débiles. 10 Porque, si alguien de conciencia débil te ve a ti, que tienes este conocimiento, comer en el templo de un ídolo, ¿no se sentirá animado a comer lo que ha sido sacrificado a los ídolos? 11 Entonces ese hermano débil, por quien Cristo murió, se perderá a causa de tu conocimiento. 12 Al pecar así contra los hermanos, hiriendo su débil conciencia, pecan ustedes contra Cristo. 13 Por lo tanto, si mi comida ocasiona la caída de mi hermano, no comeré carne jamás, para no hacerlo caer en pecado.

HA 337

El apóstol habló con fervor y evidente sinceridad, y sus palabras eran convincentes. Claudio Lisias, en su carta a Félix, había dado testimonio similar en cuanto a la conducta de Pablo. Además, Félix conocía mejor la religión judía de lo que muchos suponían. La sencilla declaración de Pablo sobre los hechos del caso, capacitó a Félix para entender aun más claramente los móviles que regían a los judíos al acusar al apóstol de sedición y conducta traidora.

El gobernador no iba a complacerlos condenando injustamente a un ciudadano romano, ni entregándolo para que lo mataran sin un juicio imparcial. Sin embargo, Félix no conocía ningún móvil más elevado que el interés propio, y estaba dominado por el amor a la alabanza y el deseo de ascender. El temor de ofender a los judíos le impidió hacer plena justicia al hombre que reconocía inocente. Y decidió, por lo tanto, suspender el juicio hasta que Lisias estuviera presente, diciendo: “Cuando descendiere el tribuno Lisias acabaré de conocer de vuestro negocio.”

El apóstol permaneció preso, pero Félix mandó al centurión que aliviara a Pablo de las prisiones, “y que no vedase a ninguno de sus familiares servirle, o venir a él.”

No mucho tiempo después, Félix y su esposa Drusila hicieron traer a Pablo, a fin de que en una entrevista privada pudiesen oír de él “la fe que es en Jesucristo.” Estaban deseosos y hasta ansiosos de oír esas nuevas verdades, verdades que posiblemente nunca volverían a oír, y que, si las rechazaban, darían sumario testimonio contra ellos en el día de Dios.

Pablo consideró que ésta era una oportunidad dada por Dios, y la aprovechó fielmente. Sabía que estaba en presencia de alguien que tenía facultad de quitarle la vida o de libertarlo; sin embargo, no se dirigió a Félix y Drusila con alabanza o adulación. Sabía que sus palabras serían para ellos sabor de vida o de muerte, y olvidando todas las consideraciones egoístas, trató de despertar en ellos la conciencia de su peligro.

30 DE JULIO 2017

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Lectura para hoy: HA 335-336

HA 335-336  Capítulo 39—El juicio en Cesarea
Cinco días después de la llegada de Pablo a Cesarea, llegaron sus acusadores de Jerusalén, acompañados por Tértulo, orador que habían contratado como abogado. Se dió pronto audiencia al caso. Pablo fué traído delante de la asamblea, y Tértulo comenzó a acusarlo. Considerando que la adulación tendría más influencia en el gobernador romano que la simple declaración de la verdad y la justicia, el astuto orador comenzó su discurso alabando a Félix: “Como por causa tuya vivamos en grande paz, y muchas cosas sean bien gobernadas en el pueblo por tu prudencia, siempre y en todo lugar lo recibimos con todo hacimiento de gracias, oh excelentísimo Félix.”

Tértulo descendió aquí a la mentira descarada, porque el carácter de Félix era vil y despreciable. Se dice de él, que “en la práctica de toda clase de concupiscencia y maldad, ejerció el poder de un rey con el temperamento de un esclavo.”  Los que escuchaban a Tértulo sabían que sus palabras de adulación no eran ciertas; pero su deseo de asegurar la condenación de Pablo era más fuerte que su amor por la verdad.

En su discurso, Tértulo acusó a Pablo de crímenes que, si hubiesen sido probados, habrían dado como resultado su condenación por alta traición al gobierno. “Porque hemos hallado que este hombre es pestilencial—declaró el orador, —y levantador de sediciones entre todos los Judíos por todo el mundo, y príncipe de la secta de los Nazarenos: el cual también tentó a violar el templo.” Tértulo declaró entonces que Lisias, el comandante de la guarnición de Jerusalén, había arrebatado violentamente a Pablo de manos de los judíos cuando estaban por juzgarlo por su ley eclesiástica, y los había forzado así a traer el asunto delante de él. Estas declaraciones fueron hechas con el propósito de inducir al procurador a entregar a Pablo al tribunal judío. Todas las acusaciones fueron vehementemente sostenidas por los judíos presentes, los cuales no hicieron ningún esfuerzo por ocultar su odio al preso.

Félix era bastante perspicaz para discernir la disposición y el carácter de los acusadores de Pablo. Sabía con qué motivo le habían adulado, y notó también que no habían probado sus cargos contra Pablo. Así que volviéndose hacia el acusado le hizo señas de que se defendiese. Pablo no desperdició palabras en adulaciones, pero declaró sencillamente que podía defenderse gustosamente ante Félix, puesto que éste había sido durante tanto tiempo procurador que comprendía las leyes y costumbres de los judíos. Refiriéndose a las acusaciones que le hacían, mostró claramente que ninguna era verdadera. Declaró que no había provocado disturbio en parte alguna de Jerusalén, ni había profanado el templo. “Ni me hallaron en el templo disputando con ninguno, ni haciendo concurso de multitud, ni en sinagogas, ni en la ciudad; ni te pueden probar las cosas de que ahora me acusan.”

Si bien confesó que “conforme a aquel Camino que llaman herejía,” había adorado al Dios de sus padres, aseveró que había creído siempre en “todas las cosas que en la ley y en los profetas están escritas,” y que de acuerdo con las enseñanzas claras de las Escrituras, tenía fe en la resurrección de los muertos. Y declaró además que el propósito dominante de su vida era tener “siempre conciencia sin remordimiento acerca de Dios y acerca de los hombres.”

Con candidez y sinceridad declaró el objeto de su visita a Jerusalén, y las circunstancias de su arresto y juicio: “Mas pasados muchos años, vine a hacer limosnas a mi nación, y ofrendas, cuando me hallaron purificado en el templo (no con multitud ni con alboroto) unos Judíos de Asia; los cuales debieron comparecer delante de ti, y acusarme, si contra mí tenían algo. O digan estos mismos si hallaron en mí alguna cosa mal hecha, cuando yo estuve en el concilio, si no sea que, estando entre ellos prorrumpí en alta voz: Acerca de la resurrección de los muertos soy hoy juzgado de vosotros.”

29 DE JULIO 2017

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Lectura para hoy: 1 Corintios 7:32-40 HA 334

32 Yo preferiría que estuvieran libres de preocupaciones. El soltero se preocupa de las cosas del Señor y de cómo agradarlo. 33 Pero el casado se preocupa de las cosas de este mundo y de cómo agradar a su esposa; 34 sus intereses están divididos. La mujer no casada, lo mismo que la joven soltera,  se preocupa de las cosas del Señor; se afana por consagrarse al Señor tanto en cuerpo como en espíritu. Pero la casada se preocupa de las cosas de este mundo y de cómo agradar a su esposo. 35 Les digo esto por su propio bien, no para ponerles restricciones, sino para que vivan con decoro y plenamente dedicados al Señor.

36 Si alguno piensa que no está tratando a su prometida  como es debido, y ella ha llegado ya a su madurez, por lo cual él se siente obligado a casarse, que lo haga. Con eso no peca; que se casen. 37 Pero el que se mantiene firme en su propósito, y no está dominado por sus impulsos, sino que domina su propia voluntad, y ha resuelto no casarse con su prometida, también hace bien. 38 De modo que el que se casa con su prometida hace bien, pero el que no se casa hace mejor.

39 La mujer está ligada a su esposo mientras él vive; pero, si el esposo muere, ella queda libre para casarse con quien quiera, con tal de que sea en el Señor. 40 En mi opinión, ella será más feliz si no se casa; y creo que yo también tengo el Espíritu de Dios.

HA 334

Las palabras de reproche del Salvador a los hombres de Nazaret se aplicaron, en el caso de Pablo, no solamente a los judíos incrédulos, sino también a sus propios hermanos en la fe. Si los dirigentes de la iglesia hubiesen abandonado plenamente sus sentimientos de amargura contra el apóstol, y le hubieran aceptado como a uno especialmente llamado por Dios para dar el Evangelio a los gentiles, el Señor habría permitido que lo tuvieran por más tiempo. Dios no había dispuesto que las labores de Pablo terminaran tan pronto; pero no hizo un milagro para contrarrestar el curso de las circunstancias creadas por el proceder de los dirigentes de la iglesia de Jerusalén.

El mismo espíritu conduce aún a los mismos resultados. El dejar de apreciar y aprovechar las provisiones de la gracia divina ha privado a la iglesia de muchas bendiciones. Cuán a menudo el Señor habría prolongado la obra de algún fiel ministro si sus labores hubieran sido apreciadas. Pero si la iglesia permite que el enemigo de las almas pervierta el entendimiento, de modo que se falseen e interpreten mal las palabras y los actos del siervo de Cristo; si se llega a obstruir su camino y estorbar su utilidad, el Señor los priva algunas veces de la bendición que había dado.

Satanás está obrando continuamente por medio de sus agentes para desanimar y destruir a los elegidos por Dios para llevar a cabo una obra grande y buena. Ellos pueden estar listos para sacrificar aun la vida misma por el adelanto de la causa de Cristo; sin embargo, el gran engañador sugerirá o inspirará dudas a sus hermanos concernientes a ellos, dudas que si se abrigan, destruirán la confianza en su integridad de carácter, y así malograrán su utilidad. Demasiado a menudo tiene éxito en acarrearles, por medio de sus propios hermanos, tal tristeza de corazón que Dios en su gracia interviene para dar descanso a sus perseguidos siervos. Después que las manos están cruzadas sobre su pecho exánime, cuando la voz de amonestación y aliento se acalla, entonces los obstinados pueden despertar y ver la magnitud de las bendiciones de que se privaron. Su muerte puede realizar lo que no logró hacer su vida.

28 DE JULIO 2017

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Lectura para hoy: 1 Corintios 7:16-31 HA333

15 Sin embargo, si el cónyuge no creyente decide separarse, no se lo impidan. En tales circunstancias, el cónyuge creyente queda sin obligación; Dios nos ha llamado a vivir en paz. 16 ¿Cómo sabes tú, mujer, si acaso salvarás a tu esposo? ¿O cómo sabes tú, hombre, si acaso salvarás a tu esposa?

17 En cualquier caso, cada uno debe vivir conforme a la condición que el Señor le asignó y a la cual Dios lo ha llamado. Esta es la norma que establezco en todas las iglesias. 18 ¿Fue llamado alguno estando ya circuncidado? Que no disimule su condición. ¿Fue llamado alguno sin estar circuncidado? Que no se circuncide. 19 Para nada cuenta estar o no estar circuncidado; lo que importa es cumplir los mandatos de Dios. 20 Que cada uno permanezca en la condición en que estaba cuando Dios lo llamó. 21 ¿Eras esclavo cuando fuiste llamado? No te preocupes, aunque, si tienes la oportunidad de conseguir tu libertad, aprovéchala. 22 Porque el que era esclavo cuando el Señor lo llamó es un liberto del Señor; del mismo modo, el que era libre cuando fue llamado es un esclavo de Cristo. 23 Ustedes fueron comprados por un precio; no se vuelvan esclavos de nadie. 24 Hermanos, cada uno permanezca ante Dios en la condición en que estaba cuando Dios lo llamó.

25 En cuanto a las personas solteras, no tengo ningún mandato del Señor, pero doy mi opinión como quien por la misericordia del Señor es digno de confianza. 26 Pienso que, a causa de la crisis actual, es bueno que cada persona se quede como está. 27 ¿Estás casado? No procures divorciarte. ¿Estás soltero? No busques esposa. 28 Pero, si te casas, no pecas; y, si una joven se casa, tampoco comete pecado. Sin embargo, los que se casan tendrán que pasar por muchos aprietos, y yo quiero evitárselos.

29 Lo que quiero decir, hermanos, es que nos queda poco tiempo. De aquí en adelante los que tienen esposa deben vivir como si no la tuvieran; 30 los que lloran, como si no lloraran; los que se alegran, como si no se alegraran; los que compran algo, como si no lo poseyeran; 31 los que disfrutan de las cosas de este mundo, como si no disfrutaran de ellas; porque este mundo, en su forma actual, está por desaparecer.

HA333

El caso de Pablo no fué el primero en que un siervo de Dios encontrara entre los paganos un refugio contra la maldad del pueblo profeso de Jehová. Impulsados por su ira contra Pablo, los judíos habían añadido otro crimen a la sombría lista que caracterizaba su historia. Además, habían endurecido su corazón contra la verdad y hecho más segura su condena.

Pocos comprenden el pleno significado de las palabras que Cristo habló cuando, en la sinagoga de Nazaret, se anunció como el Ungido. Declaró que su misión era consolar, bendecir y salvar a los afligidos y pecadores. Luego, viendo que el orgullo y la incredulidad dominaban los corazones de sus oyentes, les recordó que en tiempos pasados Dios se había apartado de su pueblo escogido por causa de su incredulidad y rebelión y se había manifestado a los habitantes de tierras paganas que no habían rechazado la luz del cielo. La viuda de Sarepta y Naamán el siro, habían vivido de acuerdo con toda la luz que tenían, por lo cual se los consideró más justos que el pueblo escogido de Dios que se había apartado de él y había sacrificado sus principios a las conveniencias y honores mundanales.

En Nazaret Cristo dijo a los judíos una terrible verdad al declarar que en medio del Israel apóstata no había seguridad para el fiel mensajero de Dios. No querían conocer su valor ni apreciaban sus labores. Mientras los dirigentes judíos profesaban tener gran celo por el honor de Dios y el bien de Israel, eran enemigos de ambos. Por precepto y ejemplo, alejaban cada vez más al pueblo de la obediencia a Dios y lo llevaban adonde él no pudiera ser su defensa en el día de prueba.

27 DE JULIO 2017

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Lectura para hoy: HA 331-332

HA 331-332
Pablo deseaba desde hacía mucho tiempo visitar a Roma. Anhelaba grandemente testificar por Cristo allí; pero pensaba que la enemistad de los judíos había frustrado su propósito. Poco se figuraba, aun ahora, que iría en calidad de preso.

Mientras el Señor animaba a su siervo, los enemigos de Pablo tramaban afanosamente su destrucción. “Y venido el día, algunos de los Judíos se juntaron, e hicieron voto bajo de maldición, diciendo que ni comerían ni beberían hasta que hubiesen muerto a Pablo. Y eran más de cuarenta los que habían hecho esta conjuración.” Este era un ayuno como el que el Señor, por medio de Isaías, había condenado: “Para contiendas y debates ayunáis, y para herir con el puño inicuamente.” Isaías 58:4.

Los conspiradores “se fueron a los príncipes de los sacerdotes y a los ancianos, y dijeron: Nosotros hemos hecho voto debajo de maldición, que no hemos de gustar nada hasta que hayamos muerto a Pablo. Ahora pues, vosotros, con el concilio, requerid al tribuno que le saque mañana a vosotros como que queréis entender de él alguna cosa más cierta; y nosotros, antes que él llegue, estaremos aparejados para matarle.”

En lugar de rechazar esta cruel estratagema, los sacerdotes y gobernantes la aprobaron ansiosos. Pablo había dicho la verdad al comparar a Ananías con un sepulcro blanqueado. Pero Dios intervino para salvar la vida de su siervo. Un hijo de la hermana de Pablo, al oír el crimen que tramaban los asesinos, “entró en la fortaleza, y dió aviso a Pablo. Y Pablo, llamando a uno de los centuriones, dice: Lleva a este mancebo al tribuno, porque tiene cierto aviso que darle. El entonces tomándole, le llevó al tribuno, y dijo: El preso Pablo, llamándome, me rogó que trajese a ti este mancebo que tiene algo que hablarte.”

Claudio Lisias recibió bondadosamente al joven, y llevándole aparte, le preguntó: “¿Qué es lo que tienes que decirme?” El joven respondió: “Los Judíos han concertado rogarte que mañana saques a Pablo al concilio, como que han de inquirir de él alguna cosa más cierta. Mas tú no los creas; porque más de cuarenta hombres de ellos le acechan, los cuales han hecho voto debajo de maldición, de no comer ni beber hasta que le hayan muerto; y ahora están apercibidos esperando tu promesa. Entonces el tribuno despidió al mancebo, mandándole que a nadie dijese que le había dado aviso de esto.”

Lisias decidió en seguida trasladar a Pablo de su jurisdicción a la de Félix, el procurador. Como pueblo, los judíos estaban en un estado de excitación e irritación, y los tumultos ocurrían con frecuencia. La continua presencia del apóstol en Jerusalén podía conducir a consecuencias peligrosas para la ciudad, y aun para el mismo comandante. Por lo tanto, “llamados dos centuriones, mandó que apercibiesen para la hora tercia de la noche doscientos soldados, que fuesen hasta Cesarea, y setenta de a caballo, y doscientos lanceros; y que aparejasen cabalgaduras en que poniendo a Pablo, le llevasen en salvo a Félix el Presidente.”

No había tiempo que perder antes de enviar a Pablo. “Y los soldados, tomando a Pablo como les era mandado, lleváronle de noche a Antipatris.” Desde ese lugar los hombres de a caballo fueron con el preso hasta Cesarea, mientras los cuatrocientos infantes regresaron a Jerusalén. El oficial que estaba a cargo del destacamento entregó su preso a Félix, y le presentó también una carta que el tribuno le había confiado:

“Claudio Lisias al excelentísimo gobernador Félix: Salud. A este hombre, aprehendido de los Judíos, y que iban ellos a matar, libré yo acudiendo con la tropa, habiendo entendido que era Romano. Y queriendo saber la causa por qué le acusaban, le llevé al concilio de ellos: y hallé que le acusaban de cuestiones de la ley de ellos, y que ningún crimen tenía digno de muerte o de prisión. Mas siéndome dado aviso de asechanzas que le habían aparejado los Judíos, luego al punto le he enviado a ti, intimando también a los acusadores que traten delante de ti lo que tienen contra él. Pásalo bien.”  Después de leer esta comunicación, Felix preguntó de qué provincia era el preso, y al informársele de que era de Cilicia, dijo: “Te oiré … cuando vengan tus acusadores. Y mandó que le guardasen en el pretorio de Herodes.”

26 DE JULIO 2017

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Lectura para hoy: 1 Corintios 7:1-15 HA 330

Consejos matrimoniales
1 Paso ahora a los asuntos que me plantearon por escrito: «Es mejor no tener relaciones sexuales». Pero, en vista de tanta inmoralidad, cada hombre debe tener su propia esposa, y cada mujer su propio esposo. El hombre debe cumplir su deber conyugal con su esposa, e igualmente la mujer con su esposo. La mujer ya no tiene derecho sobre su propio cuerpo, sino su esposo. Tampoco el hombre tiene derecho sobre su propio cuerpo, sino su esposa. No se nieguen el uno al otro, a no ser de común acuerdo, y solo por un tiempo, para dedicarse a la oración. No tarden en volver a unirse nuevamente; de lo contrario, pueden caer en tentación de Satanás, por falta de dominio propio. Ahora bien, esto lo digo como una concesión y no como una orden. En realidad, preferiría que todos fueran como yo. No obstante, cada uno tiene de Dios su propio don: este posee uno; aquel, otro.

A los solteros y a las viudas les digo que sería mejor que se quedaran como yo. Pero, si no pueden dominarse, que se casen, porque es preferible casarse que quemarse de pasión.

10 A los casados les doy la siguiente orden (no yo, sino el Señor): que la mujer no se separe de su esposo. 11 Sin embargo, si se separa, que no se vuelva a casar; de lo contrario, que se reconcilie con su esposo. Así mismo, que el hombre no se divorcie de su esposa.

12 A los demás les digo yo (no es mandamiento del Señor): Si algún hermano tiene una esposa que no es creyente, y ella consiente en vivir con él, que no se divorcie de ella. 13 Y, si una mujer tiene un esposo que no es creyente, y él consiente en vivir con ella, que no se divorcie de él. 14 Porque el esposo no creyente ha sido santificado por la unión con su esposa, y la esposa no creyente ha sido santificada por la unión con su esposo creyente. Si así no fuera, sus hijos serían impuros, mientras que, de hecho, son santos.

HA 330
En la confusión que siguió a esto, los saduceos se esforzaban en apoderarse del apóstol para matarlo, y los fariseos luchaban con todo ardor por protegerlo. “El tribuno, teniendo temor de que Pablo fuese despedazado de ellos, mandó venir soldados, y arrebatarle de en medio de ellos, y llevarle a la fortaleza.”
Después, reflexionando sobre las arduas experiencias de aquel día, receló Pablo de que su conducta no hubiese sido agradable a Dios. ¿Acaso se había equivocado al visitar a Jerusalén? ¿Le había conducido a este desastroso resultado su gran deseo de estar en armonía con sus hermanos?

La posición que los judíos como profeso pueblo de Dios ocupaban ante el mundo incrédulo, causaba al apóstol intensa angustia de espíritu. ¿Cómo los considerarían estos oficiales paganos? Pretendían ser adoradores de Jehová y ocupar oficios sagrados, y sin embargo se entregaban al dominio de una ira ciega e irrazonable, tratando de destruir aun a sus hermanos que se atrevían a diferir de ellos en fe religiosa, y convirtieron a su más solemne consejo deliberante en una escena de lucha y salvaje confusión. Pablo sentía que el nombre de su Dios había sido injuriado a la vista de los paganos. Y ahora estaba en la cárcel, y sabía que sus enemigos, impulsados por su extrema maldad, recurrirían a cualquier medio para matarlo.

¿Podía ser que hubiera terminado su obra por las iglesias, y que entrarían ahora en ellas lobos rapaces? La causa de Cristo estaba muy cerca del corazón de Pablo, y con profunda ansiedad pensaba en los peligros de las diseminadas iglesias, expuestas a las persecuciones de hombres tales como los que había encontrado en el concilio del Sanedrín. Angustiado y descorazonado, lloró y oró.

En aquella hora tenebrosa el Señor no olvidó a su siervo. Le había librado de las turbas asesinas en los atrios del templo. Estuvo con él ante el concilio del Sanedrín. Estaba con él en la fortaleza; y se reveló a su fiel testigo en respuesta a las fervorosas oraciones en procura de dirección. “Y la noche siguiente, presentándosele el Señor, le dijo: Confía, Pablo; que como has testificado de mí en Jerusalem, así es menester testifiques también en Roma.”

25 DE JULIO 2017

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Lectura para hoy: HA 328-329

HA 328-329
Entonces se esforzó por mostrar que su trabajo entre los gentiles no había sido emprendido por su propia elección. El había deseado trabajar entre su propia nación; pero en ese mismo templo la voz de Dios le había hablado en santa visión, y había dirigido sus pies “lejos a los Gentiles.”  Hasta este punto la gente había escuchado con mucha atención; pero cuando Pablo llegó en su relato al punto en que dijo que había sido escogido como embajador de Cristo a los gentiles, volvió a estallar la furia del pueblo; pues, acostumbrados a considerarse como único pueblo favorecido por Dios, no querían consentir en que los menospreciados gentiles participasen de los privilegios que hasta entonces tuvieron por exclusivamente suyos. Levantando sus voces sobre la del orador, gritaron: “Quita de la tierra a un tal hombre, porque no conviene que viva.”

“Y dando ellos voces, y arrojando sus ropas y echando polvo al aire, mandó el tribuno que le llevasen a la fortaleza, y ordenó que fuese examinado con azotes, para saber por qué causa clamaban así contra él.

“Y como le ataron con correas, Pablo dijo al centurión que estaba presente:
¿Os es lícito azotar a un hombre Romano sin ser condenado? Y como el centurión oyó esto, fué y dió aviso al tribuno, diciendo: ¿Qué vas a hacer? porque este hombre es Romano. Y viniendo el tribuno, le dijo: Dime, ¿eres tú Romano? Y él dijo: Sí. Y respondió el tribuno: Yo con grande suma alcancé esta ciudadanía. Entonces Pablo dijo: Pero yo lo soy de nacimiento. Así que, luego se apartaron de él los que le habían de atormentar: y aun el tribuno también tuvo temor, entendiendo que era Romano, por haberle atado.

“Y al día siguiente, queriendo saber de cierto la causa por qué era acusado de los Judíos, le soltó de las prisiones, y mandó venir a los príncipes de los sacerdotes, y a todo su concilio: y sacando a Pablo, le presentó delante de ellos.”

El apóstol iba ahora a ser juzgado por el mismo tribunal del que había formado parte antes de su conversión. Ante los magistrados judíos compareció con tranquilo aspecto, y su semblante denotaba la paz de Cristo. “Poniendo los ojos en el concilio—dijo:—Varones hermanos, yo con toda buena conciencia he conversado delante de Dios hasta el día de hoy.”

Después de oír estas palabras, sus odios se encendieron de nuevo; “el príncipe de los sacerdotes, Ananías, mandó entonces a los que estaban delante de él que le hiriesen en la boca.” A su inhumana orden, Pablo exclamó: “Herirte ha Dios, pared blanqueada: ¿y estás tú sentado para juzgarme conforme a la ley, y contra la ley me mandas herir? Y los que estaban presentes dijeron: ¿Al sumo sacerdote de Dios maldices?” Con su habitual cortesía Pablo respondió: “No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote; pues escrito está: Al príncipe de tu pueblo no maldecirás.

“Entonces Pablo, sabiendo que la una parte era de Saduceos, y la otra de Fariseos, clamó en el concilio: Varones hermanos, yo soy Fariseo, hijo de Fariseo: de la esperanza y de la resurrección de los muertos soy yo juzgado. Y como hubo dicho esto, fué hecha disensión entre los Fariseos y los Saduceos; y la multitud fué dividida. Porque los Saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu, mas los Fariseos confiesan ambas cosas.” Los dos partidos empezaron a disputar entre sí; y de este modo se quebrantó su oposición contra Pablo. “Los escribas de la parte de los Fariseos, contendían diciendo: Ningún mal hallamos en este hombre; que si espíritu le ha hablado, o ángel, no resistamos a Dios.”

24 DE JULIO 2017

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Lectura para hoy: 1 Corintios 6:11-20 HA 327

La inmoralidad sexual
12 «Todo me está permitido», pero no todo es para mi bien. «Todo me está permitido», pero no dejaré que nada me domine. 13 «Los alimentos son para el estómago y el estómago para los alimentos»; así es, y Dios los destruirá a ambos. Pero el cuerpo no es para la inmoralidad sexual, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo. 14 Con su poder Dios resucitó al Señor, y nos resucitará también a nosotros. 15 ¿No saben que sus cuerpos son miembros de Cristo mismo? ¿Tomaré acaso los miembros de Cristo para unirlos con una prostituta? ¡Jamás! 16 ¿No saben que el que se une a una prostituta se hace un solo cuerpo con ella? Pues la Escritura dice: «Los dos llegarán a ser un solo cuerpo». 17 Pero el que se une al Señor se hace uno con él en espíritu.

18 Huyan de la inmoralidad sexual. Todos los demás pecados que una persona comete quedan fuera de su cuerpo; pero el que comete inmoralidades sexuales peca contra su propio cuerpo. 19 ¿Acaso no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, quien está en ustedes y al que han recibido de parte de Dios? Ustedes no son sus propios dueños; 20 fueron comprados por un precio. Por tanto, honren con su cuerpo a Dios.

HA 327

El apóstol se mantenía tranquilo y dueño de sí en medio del tumulto. Su mente estaba fija en Dios, y sabía que le rodeaban los ángeles del cielo. No quería dejar el templo sin hacer un esfuerzo para proclamar la verdad a sus compatriotas, y cuando iban a conducirlo al castillo, le dijo al tribuno: “¿Me será lícito hablarte algo?” Lisias replicó: “¿Sabes griego? ¿No eres tú aquel Egipcio que levantaste una sedición antes de estos días, y sacaste al desierto cuatro mil hombres salteadores?” Entonces repuso Pablo: “Yo de cierto soy hombre Judío, ciudadano de Tarso, ciudad no obscura de Cilicia: empero ruégote que me permitas que hable al pueblo.”

Concedido el permiso, “Pablo, estando en pie en las gradas, hizo señal con la mano al pueblo.” El ademán del apóstol atrajo la atención del gentío, y su porte le inspiró respeto. “Y hecho grande silencio, habló en lengua hebrea, diciendo: Varones hermanos y padres, oíd la razón que ahora os doy.” Al oír las familiares palabras hebreas, “guardaron más silencio;” y en medio del silencio general, continuó:

“Yo de cierto soy Judío, nacido en Tarso de Cilicia, mas criado en esta ciudad a los pies de Gamaliel, enseñado conforme a la verdad de la ley de la patria, celoso de Dios, como todos vosotros sois hoy.” Nadie podía negar las declaraciones del apóstol, siendo que los hechos que relataba eran bien conocidos para muchos que vivían todavía en Jerusalén.

Habló entonces de su celo anterior en perseguir a los discípulos de Cristo, hasta la muerte; y narró las circunstancias de su conversión, contando a sus oyentes cómo su propio corazón orgulloso había sido inducido a postrarse ante el Nazareno crucificado. Si hubiera procurado discutir con sus opositores, se habrían negado tercamente a escucharle. Pero el relato de su experiencia fué acompañado de tan convincente poder que momentáneamente pareció enternecer y rendir los corazones.

23 DE JULIO 2017

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Lectura para hoy: HA 325-326

HA 325-326
Muchos de los judíos que habían aceptado el Evangelio tenían todavía en alta estima la ley ceremonial, y estaban muy dispuestos a hacer concesiones imprudentes, esperando ganar así la confianza de sus compatriotas, quitar su prejuicio y ganarlos a la fe de Cristo como Redentor del mundo. Pablo comprendía que mientras muchos de los miembros dirigentes de la iglesia de Jerusalén continuaran abrigando prejuicios contra él, tratarían constantemente de contrarrestar su influencia. Tenía la impresión de que si por alguna concesión razonable pudiera ganarlos a la verdad, podría quitar un gran obstáculo para el éxito del Evangelio en otros lugares. Pero no estaba autorizado por Dios para concederles tanto como ellos pedían.

Cuando pensamos en el gran deseo que tenía Pablo de estar en armonía con sus hermanos, en su ternura por los débiles en la fe, en su reverencia por los apóstoles que habían estado con Cristo, y hacia Santiago, el hermano del Señor, y en su propósito de llegar a ser todo para todos, siempre que esto no le obligara a sacrificar sus principios, no nos sorprende tanto que se sintiese constreñido a desviarse del curso firme y decidido que hasta entonces había seguido. Pero en vez de lograr el propósito deseado, sus esfuerzos de conciliación sólo precipitaron la crisis, apresuraron sus predichos sufrimientos, y le separaron de sus hermanos, de modo que la iglesia quedó privada de uno de sus más fuertes pilares, y los corazones cristianos de todas partes se llenaron de tristeza.

Al día siguiente Pablo empezó a llevar a cabo los consejos de los ancianos. Los cuatro hombres que estaban bajo el voto del nazareato, cuyo término estaba a punto de expirar, fueron introducidos por Pablo en el templo, “para anunciar el cumplimiento de los días de la purificación, hasta ser ofrecida ofrenda por cada uno de ellos.” Debían ofrecerse aún por la purificación ciertos sacrificios costosos.

Aquellos que habían aconsejado a Pablo que tomara esta medida no habían considerado plenamente el gran peligro al cual se expondría así. Por entonces Jerusalén estaba llena de adoradores procedentes de muchos países. Cuando, en cumplimiento de la comisión que Dios le diera, Pablo había llevado el Evangelio a los gentiles, había visitado muchas de las mayores ciudades del mundo, y era bien conocido por miles que desde regiones extranjeras habían acudido a Jerusalén para asistir a las fiestas. Entre éstos había hombres cuyos corazones estaban llenos de verdadero odio contra Pablo; y para él, entrar en el templo en una ocasión pública era poner en peligro su vida. Por varios días entró y salió entre los adoradores al parecer sin ser notado; pero antes que terminara el período especificado, mientras hablaba con un sacerdote concerniente a los sacrificios que debían ofrecerse, fué reconocido por algunos judíos de Asia.

Estos se precipitaron sobre él con furia demoníaca gritando: “Varones Israelitas, ayudad: Este es el hombre que por todas partes enseña a todos contra el pueblo, y la ley, y este lugar.” Y cuando el pueblo acudió a prestar ayuda, agravaron la acusación, diciendo: “Y además de esto ha metido Gentiles en el templo, y ha contaminado este lugar santo.”

Según la ley judía, era un crimen punible de muerte el que un incircunciso penetrara en los atrios interiores del edificio sagrado. Habían visto a Pablo en la ciudad en compañía de Trófimo, de Efeso, y suponían que Pablo le había introducido en el templo. Pero no había hecho tal cosa; y como Pablo era judío, no violaba la ley al entrar en el templo. No obstante ser de todo punto falsa la acusación, sirvió para excitar los prejuicios populares. Al propalarse los gritos por los atrios del templo, la gente allí reunida fué presa de salvaje excitación. La noticia cundió rápidamente por Jerusalén, y “toda la ciudad se alborotó, y agolpóse el pueblo.”

Que un apóstata de Israel pretendiera profanar el templo precisamente cuando miles habían venido de todas partes del mundo para adorar, excitó las pasiones más fieras de la turba. “Y tomando a Pablo, hiciéronle salir fuera del templo, y luego las puertas fueron cerradas.”

“Y procurando ellos matarle, fué dado aviso al tribuno de la compañía, que toda la ciudad de Jerusalem estaba alborotada.” Claudio Lisias conocía muy bien a los levantiscos elementos con los cuales tenía que tratar, y “tomando luego soldados y centuriones, corrió a ellos. Y ellos como vieron al tribuno y a los soldados, cesaron de herir a Pablo.” Ignorante de la causa del tumulto, pero en vista de que la furia de la multitud se dirigía contra Pablo, el tribuno romano se figuró que era cierto sedicioso egipcio de quien había oído hablar, y que hasta entonces no habían logrado capturar. Por lo tanto, “le prendió, y le mandó atar con dos cadenas; y preguntó quién era y qué había hecho.” En seguida se levantaron muchas voces en clamorosa y colérica acusación; “unos gritaban una cosa, y otros otra: y como no podía entender nada de cierto a causa del alboroto, le mandó llevar a la fortaleza. Y como llegó a las gradas, aconteció que fué llevado de los soldados a causa de la violencia del pueblo; porque multitud de pueblo venía detrás, gritando: Mátale.”

22 DE JULIO 2017

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Lectura para hoy: 1 Corintios 6:1-10 HA 323-324

Pleitos entre creyentes
1 Si alguno de ustedes tiene un pleito con otro, ¿cómo se atreve a presentar demanda ante los inconversos, en vez de acudir a los creyentes? ¿Acaso no saben que los creyentes juzgarán al mundo? Y, si ustedes han de juzgar al mundo, ¿cómo no van a ser capaces de juzgar casos insignificantes? ¿No saben que aun a los ángeles los juzgaremos? ¡Cuánto más los asuntos de esta vida! Por tanto, si tienen pleitos sobre tales asuntos, ¿cómo es que nombran como jueces a los que no cuentan para nada ante la iglesia? Digo esto para que les dé vergüenza. ¿Acaso no hay entre ustedes nadie lo bastante sabio como para juzgar un pleito entre creyentes? Al contrario, un hermano demanda a otro, ¡y esto ante los incrédulos!

En realidad, ya es una grave falla el solo hecho de que haya pleitos entre ustedes. ¿No sería mejor soportar la injusticia? ¿No sería mejor dejar que los defrauden? Lejos de eso, son ustedes los que defraudan y cometen injusticias, ¡y conste que se trata de sus hermanos!

¿No saben que los malvados no heredarán el reino de Dios? ¡No se dejen engañar! Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los sodomitas, ni los pervertidos sexuales, 10 ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los calumniadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios. 11 Y eso eran algunos de ustedes. Pero ya han sido lavados, ya han sido santificados, ya han sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios.

HA 323-324

Después de la presentación de las ofrendas, Pablo “contó por menudo lo que Dios había hecho entre los Gentiles por su ministerio.” Esta enumeración de hechos produjo en todos los corazones, aun en los que habían dudado, la convicción de que la bendición del cielo había acompañado sus labores. “Y ellos como lo oyeron, glorificaron a Dios.” Sintieron que los métodos de trabajo seguidos por el apóstol llevaban el sello del cielo.

Las generosas contribuciones que tenían delante añadían peso al testimonio del apóstol en cuanto a la fidelidad de las nuevas iglesias establecidas entre los gentiles. Los hombres que, mientras figuraban entre los encargados de la obra en Jerusalén, habían insistido en que se tomaran medidas arbitrarias de control, vieron desde un nuevo punto de vista el ministerio de Pablo, y se convencieron de que era su propio proceder el equivocado; que ellos habían sido esclavos de las costumbres y tradiciones judías, y que la obra del Evangelio había sido grandemente estorbada porque no habían comprendido que la muralla de separación entre los judíos y gentiles había sido derribada por la muerte de Cristo.

Se ofrecía una áurea oportunidad a todos los hombres dirigentes de confesar francamente que Dios había obrado por medio del apóstol Pablo y que ellos habían errado al permitir que los informes de los enemigos despertaran sus celos y prejuicios. Pero en lugar de unirse en un esfuerzo por hacer justicia al perjudicado, le dieron un consejo que mostraba el sentimiento todavía acariciado por ellos de que Pablo debía ser considerado en alto grado responsable por los prejuicios existentes. No tomaron noblemente su defensa ni se esforzaron por mostrar su error a los desafectos, sino que trataron de hacerle transigir aconsejándole que siguiera un proceder que, en su opinión, haría desaparecer todo lo que fuese causa de aprensión errónea.

“Ya ves, hermano—dijeron, en respuesta a su testimonio, — cuántos millares de Judíos hay que han creído; y todos son celadores de la ley: mas fueron informados acerca de ti, que enseñas a apartarse de Moisés a todos los Judíos que están entre los Gentiles, diciéndoles que no han de circuncidar a los hijos, ni andar según la costumbre. ¿Qué hay, pues? La multitud se reunirá de cierto: porque oirán que has venido. Haz pues esto que te decimos: Hay entre nosotros cuatro hombres que tienen voto sobre sí: tomando a éstos contigo, purifícate con ellos, y gasta con ellos, para que rasuren sus cabezas, y todos entiendan que no hay nada de lo que fueron informados acerca de ti; sino que tú también andas guardando la ley. Empero cuanto a los que de los Gentiles han creído, nosotros hemos escrito haberse acordado que no guarden nada de esto; solamente que se abstengan de lo que fuere sacrificado a los ídolos, y de sangre, y de ahogado, y de fornicación.”

Los hermanos esperaban que Pablo, al seguir el proceder aconsejado, pudiera contradecir en forma decisiva los falsos informes concernientes a él. Le aseguraron que la decisión del concilio anterior respecto a los conversos gentiles y a la ley ceremonial, estaba todavía en vigencia. Pero el consejo que le daban ahora no estaba de acuerdo con aquella decisión. El Espíritu de Dios no había sugerido esta instrucción; era el fruto de la cobardía.

Los dirigentes de la iglesia de Jerusalén sabían que por no conformarse a la ley ceremonial, los cristianos se acarrearían el odio de los judíos y se expondrían a la persecución. El Sanedrín estaba haciendo todo lo que podía para impedir el progreso del Evangelio. Ese cuerpo escogía a hombres para que siguieran a los apóstoles, especialmente a Pablo, y se opusieran de toda forma posible a su obra. Si los creyentes en Cristo fueran condenados ante el Sanedrín como transgresores de la ley, serían rápida y severamente castigados como apóstatas de la fe judía.