23 DE ABRIL 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 20:13-15; CS 294-295

Apocalipsis 20:13-15
13 El mar devolvió sus muertos; la muerte y el infierno devolvieron los suyos; y cada uno fue juzgado según lo que había hecho. 14 La muerte y el infierno fueron arrojados al lago de fuego. Este lago de fuego es la muerte segunda. 15 Aquel cuyo nombre no estaba escrito en el libro de la vida era arrojado al lago de fuego.

CS 294-295
“Por mi parte, no puedo deplorar lo bastante la triste condición de las iglesias reformadas que han llegado a un punto final en religión, y no quieren ir más allá de lo que fueron los promotores de su reforma. No se puede hacer ir a los luteranos más allá de lo que Lutero vio; […] y a los calvinistas ya los veis manteniéndose con tenacidad en el punto en que los dejó el gran siervo de Dios que no lo logró ver todo. Es esta una desgracia por demás digna de lamentar, pues por más que en su tiempo fueron luces que ardieron y brillaron, no llegaron a penetrar todos los planes de Dios, y si vivieran hoy estarían tan dispuestos a recibir la luz adicional como lo estuvieron para aceptar la primera que les fue dispensada”. D. Neal, History of the Puritan 1:269.

“Recordad el pacto de vuestra iglesia, en el que os comprometisteis a andar en todos los caminos que el Señor os ha dado u os diere a conocer. Recordad vuestra promesa y el pacto que hicisteis con Dios y unos con otros, de recibir cualquier verdad y luz que se os muestre en su Palabra escrita. Pero, con todo, tened cuidado, os ruego, de ver qué es lo que aceptáis como verdad. Examinadlo, consideradlo, y comparadlo con otros pasajes de las Escrituras de verdad antes de aceptarlo; porque no es posible que el mundo cristiano, salido hace poco de tan densas tinieblas anticristianas, pueda llegar en seguida a un conocimiento perfecto en todas las cosas”. Martyn 5:70, 71.

El deseo de tener libertad de conciencia fue lo que dio valor a los peregrinos para exponerse a los peligros de un viaje a través del mar, para soportar las privaciones y riesgos de las soledades selváticas y con la ayuda de Dios echar los cimientos de una gran nación en las playas de América. Y sin embargo, aunque eran honrados y temerosos de Dios, los peregrinos no comprendieron el gran principio de la libertad religiosa, y aquella libertad por cuya consecución se impusieran tantos sacrificios, no estuvieron dispuestos a concederla a otros. “Muy pocos aun entre los más distinguidos pensadores y moralistas del siglo XVII tuvieron un concepto justo de ese gran principio, esencia del Nuevo Testamento, que reconoce a Dios como único juez de la fe humana”. Ibíd., 297.

La doctrina que sostiene que Dios concedió a la iglesia el derecho de regir la conciencia y de definir y castigar la herejía, es uno de los errores papales más arraigados. A la vez que los reformadores rechazaban el credo de Roma, no estaban ellos mismos libres por completo del espíritu de intolerancia de ella. Las densas tinieblas en que, al través de los interminables siglos de su dominio, el papado había envuelto a la cristiandad, no se habían disipado del todo. En cierta ocasión dijo uno de los principales ministros de la colonia de la Bahía de Massachusetts: “La tolerancia fue la que hizo anticristiano al mundo. La iglesia no se perjudica jamás castigando a los herejes”. Ibíd., 335. Los colonos acordaron que solamente los miembros de la iglesia tendrían voz en el gobierno civil. Organizóse una especie de iglesia de estado, en la cual todos debían contribuir para el sostén del ministerio, y los magistrados tenían amplios poderes para suprimir la herejía. De esa manera el poder secular quedaba en manos de la iglesia, y no se hizo esperar mucho el resultado inevitable de semejantes medidas: la persecución.

Once años después de haber sido fundada la primera colonia, llegó Roger Williams al Nuevo Mundo. Como los primeros peregrinos, vino para disfrutar de libertad religiosa, pero de ellos se diferenciaba en que él vio lo que pocos de sus contemporáneos habían visto, a saber que esa libertad es derecho inalienable de todos, cualquiera que fuere su credo. Investigó diligentemente la verdad, pensando, como Robinson, que no era posible que hubiese sido recibida ya toda la luz que de la Palabra de Dios dimana. Williams “fue la primera persona del cristianismo moderno que estableció el gobierno civil de acuerdo con la doctrina de la libertad de conciencia, y la igualdad de opiniones ante la ley” (Bancroft, parte 1, cap. 15). Sostuvo que era deber de los magistrados restringir el crimen mas nunca regir la conciencia. Decía: “El público o los magistrados pueden fallar en lo que atañe a lo que los hombres se deben unos a otros, pero cuando tratan de señalar a los hombres las obligaciones para con Dios, obran fuera de su lugar y no puede haber seguridad alguna, pues resulta claro que si el magistrado tiene tal facultad, bien puede decretar hoy una opinión y mañana otra contraria, tal como lo hicieron en Inglaterra varios reyes y reinas, y en la iglesia romana los papas y los concilios, a tal extremo que la religión se ha convertido en una completa confusión”. Martyn 5:340.

22 DE ABRIL 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 20:10-12; CS 292-293

Apocalipsis 20:10-12
10 El diablo, que los había engañado, será arrojado al lago de fuego y azufre, donde también habrán sido arrojados la bestia y el falso profeta. Allí serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.

Juicio de los muertos
11 Luego vi un gran trono blanco y a alguien que estaba sentado en él. De su presencia huyeron la tierra y el cielo, sin dejar rastro alguno. 12 Vi también a los muertos, grandes y pequeños, de pie delante del trono. Se abrieron unos libros, y luego otro, que es el libro de la vida. Los muertos fueron juzgados según lo que habían hecho, conforme a lo que estaba escrito en los libros.

CS 292-293 Capítulo 17—América, tierra de libertad
A pesar de haber renunciado al romanismo, los reformadores ingleses conservaron muchas de sus formas. De manera que aunque habían rechazado la autoridad y el credo de Roma, no pocas de sus costumbres y ceremonias se incorporaron en el ritual de la iglesia anglicana. Se aseveraba que estas cosas no eran asuntos de conciencia; que por más que no estaban ordenadas en las Santas Escrituras, y por lo mismo no eran necesarias, sin embargo como tampoco estaban prohibidas no eran intrínsecamente malas. Por la observancia de esas prácticas se hacía menos notable la diferencia que separaba de Roma a las iglesias reformadas y se procuraba a la vez promover con más esperanzas de éxito la aceptación del protestantismo entre los romanistas.

Para los conservadores y los partidarios de las transigencias, estos argumentos eran decisivos. Empero había otros que no pensaban así. El mero hecho de que semejantes prácticas “tendían a colmar la sima existente entre Roma y la Reforma” (Martyn 5:22), era para ellos argumento terminante contra la conservación de las mismas. Las consideraban como símbolos de la esclavitud de que habían sido libertados y a la cual no tenían ganas de volver. Argüían que en su Palabra Dios tiene establecidas reglas para su culto y que los hombres no tienen derecho para quitar ni añadir otras. El comienzo de la gran apostasía consistió precisamente en que se quiso suplir la autoridad de Dios con la de la iglesia. Roma empezó por ordenar cosas que Dios no había prohibido, y acabó por prohibir lo que él había ordenado explícitamente.

Muchos deseaban ardientemente volver a la pureza y sencillez que caracterizaban a la iglesia primitiva. Consideraban muchas de las costumbres arraigadas en la iglesia anglicana como monumentos de idolatría y no podían en conciencia unirse a dicha iglesia en su culto; pero como la iglesia estaba sostenida por el poder civil no consentía que nadie sustentara opiniones diferentes en asunto de formas. La asistencia a los cultos era requerida por la ley, y no podían celebrarse sin licencia asambleas religiosas de otra naturaleza, so pena de prisión, destierro o muerte.

A principios del siglo XVII el monarca que acababa de subir al trono de Inglaterra declaró que estaba resuelto a hacer que los puritanos “se conformaran, o de lo contrario […] que fueran expulsados del país, o tratados todavía peor” (George Bancroft, History of the United States of America, parte 1, cap. 12). Acechados, perseguidos, apresados, no esperaban mejores días para lo por venir y muchos se convencieron de que para los que deseaban servir a Dios según el dictado de su conciencia, “Inglaterra había dejado de ser lugar habitable” (J. G. Palfrey, History of New England, cap. 3). Algunos decidieron refugiarse en Holanda. A fin de lograrlo tuvieron que sufrir pérdidas, cárceles y mil dificultades. Sus planes eran frustrados y ellos entregados en manos de sus enemigos. Pero al fin triunfó su firme perseverancia y encontraron refugio en las playas hospitalarias de la república holandesa.

En su fuga habían tenido que abandonar sus casas, sus bienes y sus medios de subsistencia. Eran forasteros en tierra extraña, entre gente de costumbres y de lengua diferentes de las de ellos. Se vieron obligados a ocuparse en trabajos desconocidos hasta entonces para ellos, a fin de ganarse el pan de cada día. Hombres de mediana edad que se habían ocupado durante toda su vida en labrar la tierra, se vieron en la necesidad de aprender oficios mecánicos. Pero se acomodaron animosamente a la situación y no perdieron tiempo en la ociosidad ni en quejas inútiles. Aunque afectados a menudo por la pobreza, daban gracias a Dios por las bendiciones que les concedía y se regocijaban de poder tener comunión espiritual sin que se les molestara. “Comprendían que eran peregrinos y no se preocupaban mucho por aquellas cosas; sino que levantaban la vista al cielo, su anhelada patria, y serenaban su espíritu” (Bancroft, parte 1, cap. 12).

Aunque vivían en el destierro y en medio de contratiempos, crecían su amor y su fe; confiaban en las promesas del Señor, el cual no los olvidó en el tiempo de la prueba. Sus ángeles estaban a su lado para animarlos y sostenerlos. Y cuando les pareció ver la mano de Dios señalándoles hacia más allá del mar una tierra en donde podrían fundar un estado, y dejar a sus hijos el precioso legado de la libertad religiosa, avanzaron sin miedo por el camino que la Providencia les indicaba.

Dios había permitido que viniesen pruebas sobre su pueblo con el fin de habilitarlo para la realización de los planes misericordiosos que él tenía preparados para ellos. La iglesia había sido humillada para ser después ensalzada. Dios iba a manifestar su poder en ella e iba a dar al mundo otra prueba de que él no abandona a los que en él confían. El había predominado sobre los acontecimientos para conseguir que la ira de Satanás y la conspiración de los malvados redundasen para su gloria y llevaran a su pueblo a un lugar seguro. La persecución y el destierro abrieron el camino de la libertad.

En cuanto se vieron obligados a separarse de la iglesia anglicana, los puritanos se unieron en solemne pacto como pueblo libre del Señor para “andar juntos en todos sus caminos que les había hecho conocer, o en los que él les notificase”. J. Brown, The Pilgrim Fathers, 74. En esto se manifestaba el verdadero espíritu de la Reforma, el principio esencial del protestantismo. Con ese fin partieron los peregrinos de Holanda en busca de un hogar en el Nuevo Mundo. John Robinson, su pastor, a quien la Providencia le impidió compañarlos, en su discurso de despedida les dijo:

“Hermanos: Dentro de muy poco tiempo vamos a separarnos y solo el Señor sabe si viviré para volver a ver vuestros rostros; pero sea cual fuere lo que el Señor disponga, yo os encomiendo a él y os exhorto ante Dios y sus santos ángeles a que no me sigáis más allá de lo que yo he seguido a Cristo. Si Dios quiere revelaros algo por medio de alguno de sus instrumentos, estad prontos a recibirlo como lo estuvisteis para recibir la verdad por medio de mi ministerio; pues seguro estoy de que el Señor tiene más verdades y más luces que sacar de su Santa Palabra”. Martyn 5:70.

21 DE ABRIL 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 20:7-9; CS 289-291

Apocalipsis 20:7-9  Juicio final de Satanás
Cuando se cumplan los mil años, Satanás será liberado de su prisión, y saldrá para engañar a las naciones que están en los cuatro ángulos de la tierra —a Gog y a Magog—, a fin de reunirlas para la batalla. Su número será como el de las arenas del mar. Marcharán a lo largo y a lo ancho de la tierra, y rodearán el campamento del pueblo de Dios, la ciudad que él ama. Pero caerá fuego del cielo y los consumirá por completo.

CS 289-291

Durante los cincuenta años que precedieron a 1792, se daba muy escasa importancia a la obra de las misiones en el extranjero. No se fundaron sociedades nuevas, y eran muy pocas las iglesias que se esforzaban por extender el evangelio en los países paganos. Pero en las postrimerías del siglo XVIII se vio un cambio notable. Los hombres comenzaron a sentirse descontentos con los resultados del racionalismo y comprendieron la gran necesidad que tenían de la revelación divina y de la experiencia religiosa. Desde entonces la obra de las misiones en el extranjero se extendió rápidamente (véase el Apéndice).

Los adelantos de la imprenta dieron notable impulso a la circulación de la Biblia. El incremento de los medios de comunicación entre los diferentes países, la supresión de las barreras del prejuicio y del exclusivismo nacional, y la pérdida del dominio temporal del pontífice de Roma, han ido abriéndole paso a la Palabra de Dios. Hace ya muchos años que la Biblia se vende en las calles de Roma sin que haya quien lo impida, y en el día de hoy ha sido llevada a todas las partes del mundo habitado.

El incrédulo Voltaire dijo con arrogancia en cierta ocasión: “Estoy cansado de oír de continuo que doce hombres establecieron la religión cristiana. Yo he de probar que un solo hombre basta para destruirla”. Han transcurrido varias generaciones desde que Voltaire murió y millones de hombres han secundado su obra de propaganda contra la Biblia. Pero lejos de agotarse la circulación del precioso libro, allí donde había cien ejemplares en tiempo de Voltaire hay diez mil hoy día, por no decir cien mil. Como dijo uno de los primitivos reformadores hablando de la iglesia cristiana: “La Biblia es un yunque sobre el cual se han gastado muchos martillos”. Ya había dicho el Señor: “Ninguna arma forjada contra ti tendrá éxito; y a toda lengua que en juicio se levantare contra ti, condenarás”. Isaías 54:17 (VM).

“La Palabra de nuestro Dios permanece para siempre”. “Seguros son todos sus preceptos; establecidos para siempre jamás, hechos en verdad y en rectitud”. Isaías 40:8; Salmos 111:7, 8 (VM). Lo que se edifique sobre la autoridad de los hombres será derribado; mas lo que se edifique sobre la roca inamovible de la Palabra de Dios, permanecerá para siempre.

20 DE ABRIL 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 20:4-6; CS 287-288

Apocalipsis 20:4-6
Entonces vi tronos donde se sentaron los que recibieron autoridad para juzgar. Vi también las almas de los que habían sido decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios. No habían adorado a la bestia ni a su imagen, ni se habían dejado poner su marca en la frente ni en la mano. Volvieron a vivir y reinaron con Cristo mil años. Esta es la primera resurrección; los demás muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron los mil años. Dichosos y santos los que tienen parte en la primera resurrección. La segunda muerte no tiene poder sobre ellos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años.

CS 287-288
Cuando Satanás obró por la iglesia romana para desviar a los hombres de la obediencia a Dios, nadie sospechaba quiénes fueran sus agentes y su obra estaba tan bien disfrazada que nadie comprendió que la miseria que de ella resultó fuera fruto de la transgresión. Pero su poder fue contrarrestado de tal modo por la obra del Espíritu de Dios que sus planes no llegaron a desarrollarse hasta su consumación. La gente no supo remontar del efecto a la causa ni descubrir el origen de tanta desgracia. Pero en la Revolución la asamblea nacional rechazó la ley de Dios, y durante el reinado del terror que siguió todos pudieron ver cuál era la causa de todas las desgracias.

Cuando Francia desechó a Dios y descartó la Biblia públicamente, hubo impíos y espíritus de las tinieblas que se llenaron de júbilo por haber logrado al fin el objeto que por tanto tiempo se habían propuesto: un reino libre de las restricciones de la ley de Dios. Y porque la maldad no era pronto castigada, el corazón de los hijos de los hombres estaba “plenamente resuelto a hacer el mal”. Empero la transgresión de una ley justa y recta debía traer inevitablemente como consecuencia la miseria y el desastre.

Si bien es verdad que no vino el juicio inmediatamente sobre los culpables, estaban estos labrando su ruina segura. Siglos de apostasía y de crimen iban acumulando la ira para el día de la retribución; y cuando llegaron al colmo de la iniquidad comprendieron los menospreciadores de Dios cuán terrible es agotar la paciencia divina. Fue retirado en gran medida el poder restrictivo del Espíritu de Dios que hubiera sido el único capaz de tener en jaque al poder cruel de Satanás y se le permitió al que se deleita en los sufrimientos de la humanidad que hiciese su voluntad. Los que habían preferido servir a la rebelión cosecharon los frutos de ella hasta que la tierra se llenó de crímenes tan horribles que la pluma se resiste a describirlos. De las provincias asoladas y de las ciudades arruinadas, levantábase un clamor terrible de desesperación, de angustia indescriptible.

Francia se estremecía como sacudida por un terremoto. La religión, la ley, la sociedad, el orden; la familia, el estado y la iglesia, todo lo abatía la mano impía que se levantara contra la ley de Dios. Bien dijo el sabio: “Por su misma maldad caerá el hombre malo”. “Pero aunque el pecador haga mal cien veces, y con todo se le prolonguen los días, sin embargo yo ciertamente sé que les irá bien a los que temen a Dios, por lo mismo que temen delante de él. Al hombre malo empero no le irá bien”. “Por cuanto aborrecieron la ciencia, y no escogieron el temor de Jehová; […] por tanto comerán del fruto de su mismo camino, y se hartarán de sus propios consejos”. Proverbios 11:5; Eclesiastés 8:12, 13; Proverbios 1:29, 31 (VM).

No iban a permanecer mucho tiempo en silencio los fieles testigos de Dios que habían sucumbido bajo el poder blasfemo “que sube del abismo”. “Después de los tres días y medio, el espíritu de vida, venido de Dios, entró en ellos, y se levantaron sobre sus pies: y cayó gran temor sobre los que lo vieron”. Apocalipsis 11:11 (VM). En 1793 había promulgado la Asamblea francesa los decretos que abolían la religión cristiana y desechaban la Biblia. Tres años y medio después, este mismo cuerpo legislativo adoptó una resolución que rescindía esos decretos y concedía tolerancia a las Sagradas Escrituras. El mundo contemplaba estupefacto los terribles resultados que se había obtenido al despreciar los Oráculos Sagrados y los hombres reconocían que la fe en Dios y en su Palabra son la base de la virtud y de la moralidad. Dice el Señor: “¿A quién injuriaste y a quién blasfemaste? ¿contra quién has alzado tu voz, y levantado tus ojos en alto? Contra el Santo de Israel”. “Por tanto, he aquí, les enseñaré de esta vez, enseñarles he mi mano y mi fortaleza, y sabrán que mi nombre es Jehová”. Isaías 37:23; Jeremías 16:21.

 Hablando de los dos testigos, el profeta dice además: “Y oyeron una grande voz del cielo, que les decía: Subid acá. Y subieron al cielo en una nube, y sus enemigos los vieron”. Apocalipsis 11:12. Desde que Francia les declarara la guerra, estos dos testigos de Dios han recibido mayor honra que nunca antes. En el año 1804 se organizó la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera. Este hecho fue seguido de otros semejantes en otras partes de Europa donde se organizaron sociedades similares con numerosas ramas esparcidas por muchas partes del continente. En 1816 se fundó la Sociedad Bíblica Americana. Cuando se creó la Sociedad Británica, la Biblia circulaba en cincuenta idiomas. Desde entonces ha sido traducida a centenares de idiomas y dialectos (véase el Apéndice).

19 DE ABRIL 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 20:1-3; CS 285-286

Apocalipsis 20:1-3  Los mil años
1 Vi además a un ángel que bajaba del cielo con la llave del abismo y una gran cadena en la mano. Sujetó al dragón, a aquella serpiente antigua que es el diablo y Satanás, y lo encadenó por mil años. Lo arrojó al abismo, lo encerró y tapó la salida para que no engañara más a las naciones, hasta que se cumplieran los mil años. Después habrá de ser soltado por algún tiempo.

CS 285-286
Harto bien había aprendido el pueblo las lecciones de crueldad y de tormento que con tanta diligencia Roma le enseñara. Al fin había llegado el día de la retribución. Ya no eran los discípulos de Jesús los que eran arrojados a las mazmorras o a la hoguera. Tiempo hacía ya que estos habían perecido o que se hallaban en el destierro; la desapiadada Roma sentía ya el poder mortífero de aquellos a quienes ella había enseñado a deleitarse en la perpetración de crímenes sangrientos. “El ejemplo de persecución que había dado el clero de Francia durante varios siglos se volvía contra él con señalado vigor. Los cadalsos se teñían con la sangre de los sacerdotes. Las galeras y las prisiones en donde antes se confinaba a los hugonotes, se hallaban ahora llenas de los perseguidores de ellos. Sujetos con cadenas al banquillo del buque y trabajando duramente con los remos, el clero católico romano experimentaba los tormentos que antes con tanta prodigalidad infligiera su iglesia a los mansos herejes” (véase el Apéndice).

“Llegó entonces el día en que el código más bárbaro que jamás se haya conocido fue puesto en vigor por el tribunal más bárbaro que se hubiera visto hasta entonces; día aquel en que nadie podía saludar a sus vecinos, ni a nadie se le permitía que hiciese oración […] so pena de incurrir en el peligro de cometer un crimen digno de muerte; en que los espías acechaban en cada esquina; en que la guillotina no cesaba en su tarea día tras día; en que las cárceles estaban tan llenas de presos que más parecían galeras de esclavos; y en que las acequias corrían al Sena llevando en sus raudales la sangre de las víctimas […].

Mientras que en París se llevaban cada día al suplicio carros repletos de sentenciados a muerte, los procónsules que eran enviados por el comité supremo a los departamentos desplegaban tan espantosa crueldad que ni aun en la misma capital se veía cosa semejante. La cuchilla de la máquina infernal no daba abasto a la tarea de matar gente. Largas filas de cautivos sucumbían bajo descargas graneadas de fusilería. Se abrían intencionalmente boquetes en las barcazas sobrecargadas de cautivos. Lyon se había convertido en desierto. En Arrás ni aun se concedía a los presos la cruel misericordia de una muerte rápida. Por toda la ribera del Loira, río abajo desde Saumur al mar, se veían grandes bandadas de cuervos y milanos que devoraban los cadáveres desnudos que yacían unidos en abrazos horrendos y repugnantes. No se hacía cuartel ni a sexo ni a edad. El número de muchachos y doncellas menores de diecisiete años que fueron asesinados por orden de aquel execrable gobierno se cuenta por centenares. Pequeñuelos arrebatados del regazo de sus madres eran ensartados de pica en pica entre las filas jacobinas” (véase el Apéndice). En apenas diez años perecieron multitudes de seres humanos.

Todo esto era del agrado de Satanás. Con este fin había estado trabajando desde hacía muchos siglos. Su política es el engaño desde el principio hasta el fin, y su firme intento es acarrear a los hombres dolor y miseria, desfigurar y corromper la obra de Dios, estorbar sus planes divinos de benevolencia y amor, y de esta manera contristar al cielo. Confunde con sus artimañas las mentes de los hombres y hace que estos achaquen a Dios la obra diabólica, como si toda esta miseria fuera resultado de los planes del Creador. Asimismo, cuando los que han sido degradados y embrutecidos por su cruel dominio alcanzan su libertad, los impulsa al crimen, a los excesos y a las atrocidades. Y luego los tiranos y los opresores se valen de semejantes cuadros del libertinaje para ilustrar las consecuencias de la libertad.

Cuando un disfraz del error ha sido descubierto, Satanás le da otro, y la gente lo saluda con el mismo entusiasmo con que acogió el anterior. Cuando el pueblo descubrió que el romanismo era un engaño, y él, Satanás, ya no podía conseguir por ese medio que se violase la ley de Dios, optó entonces por hacerle creer que todas las religiones eran engañosas y la Biblia una fábula; y arrojando lejos de sí los estatutos divinos se entregó a una iniquidad desenfrenada.

El error fatal que ocasionó tantos males a los habitantes de Francia fue el desconocimiento de esta gran verdad: que la libertad bien entendida se basa en las prohibiciones de la ley de Dios. “¡Oh si hubieras escuchado mis mandamientos! entonces tu paz habría sido como un río, y tu justicia como las olas del mar”. “¡Mas no hay paz, dice Jehová, para los inicuos!” “Aquel empero que me oyere a mí, habitará seguro, y estará tranquilo, sin temor de mal”. Isaías 48:18, 22; Proverbios 1:33 (VM).

Los ateos, los incrédulos y los apóstatas se oponen abiertamente a la ley de Dios; pero los resultados de su influencia prueban que el bienestar del hombre depende de la obediencia a los estatutos divinos. Los que no quieran leer esta lección en el libro de Dios, tendrán que leerla en la historia de las naciones.

18 DE ABRIL 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 19:19-21; CS 283-284

Apocalipsis 19:19-21
19 Entonces vi a la bestia y a los reyes de la tierra con sus ejércitos, reunidos para hacer guerra contra el jinete de aquel caballo y contra su ejército. 20 Pero la bestia fue capturada junto con el falso profeta. Este es el que hacía señales milagrosas en presencia de ella, con las cuales engañaba a los que habían recibido la marca de la bestia y adoraban su imagen. Los dos fueron arrojados vivos al lago de fuego y azufre. 21 Los demás fueron exterminados por la espada que salía de la boca del que montaba a caballo, y todas las aves se hartaron de la carne de ellos.

CS 283-284
Valiéndose Roma de la ambición de los reyes y de las clases dominantes, había ejercido su influencia para sujetar al pueblo en la esclavitud, pues comprendía que de ese modo el estado se debilitaría y ella podría dominar completamente gobiernos y súbditos. Por su previsora política advirtió que para esclavizar eficazmente a los hombres necesitaba subyugar sus almas y que el medio más seguro para evitar que escapasen de su dominio era convertirlos en seres impropios para la libertad. Mil veces más terrible que el padecimiento físico que resultó de su política, fue la degradación moral que prevaleció en todas partes. Despojado el pueblo de la Biblia y sin más enseñanzas que la del fanatismo y la del egoísmo, quedó sumido en la ignorancia y en la superstición y tan degradado por los vicios que resultaba incapaz de gobernarse por sí solo.

Empero los resultados fueron muy diferentes de lo que Roma había procurado. En vez de que las masas se sujetaran ciegamente a sus dogmas, su obra las volvió incrédulas y revolucionarias; odiaron al romanismo y al sacerdocio a los que consideraban cómplices en la opresión. El único Dios que el pueblo conocía era el de Roma, y la enseñanza de esta su única religión. Considerando la crueldad y la iniquidad de Roma como fruto legítimo de las enseñanzas de la Biblia, no quería saber nada de estas.

Roma había dado a los hombres una idea falsa del carácter de Dios, y pervertido sus requerimientos. En consecuencia, al fin el pueblo rechazó la Biblia y a su Autor. Roma había exigido que se creyese ciegamente en sus dogmas, que declaraba sancionados por las Escrituras. En la reacción que se produjo, Voltaire y sus compañeros desecharon en absoluto la Palabra de Dios e hicieron cundir por todas partes el veneno de la incredulidad. Roma había hollado al pueblo con su pie de hierro, y las masas degradadas y embrutecidas, al sublevarse contra tamaña tiranía, desconocieron toda sujeción. Se enfurecieron al ver que por mucho tiempo habían aceptado tan descarados embustes y rechazaron la verdad juntamente con la mentira; y confundiendo la libertad con el libertinaje, los esclavos del vicio se regocijaron con una libertad imaginaria.

Al estallar la Revolución el rey concedió al pueblo que lo representara en la asamblea nacional un número de delegados superior al del clero y al de los nobles juntos. Era pues el pueblo dueño de la situación; pero no estaba preparado para hacer uso de su poder con sabiduría y moderación. Ansioso de reparar los agravios que había sufrido, decidió reconstituir la sociedad. Un populacho encolerizado que guardaba en su memoria el recuerdo de tantos sufrimientos, resolvió levantarse contra aquel estado de miseria que había venido ya a ser insoportable, y vengarse de aquellos a quienes consideraba como responsables de sus padecimientos. Los oprimidos, poniendo en práctica las lecciones que habían aprendido bajo el yugo de los tiranos, se convirtieron en opresores de los mismos que antes les habían oprimido.

La desdichada Francia recogió con sangre lo que había sembrado. Terribles fueron las consecuencias de su sumisión al poder avasallador de Roma. Allí donde Francia, impulsada por el papismo, prendiera la primera hoguera en los comienzos de la Reforma, allí también la Revolución levantó su primera guillotina. En el mismo sitio en que murieron quemados los primeros mártires del protestantismo en el siglo XVI, fueron precisamente decapitadas las primeras víctimas en el siglo XVIII. Al rechazar Francia el evangelio que le brindaba bienestar, franqueó las puertas a la incredulidad y a la ruina. Una vez desechadas las restricciones de la ley de Dios, se echó de ver que las leyes humanas no tenían fuerza alguna para contener las pasiones, y la nación fue arrastrada a la rebeldía y a la anarquía. La guerra contra la Biblia inició una era conocida en la historia como “el reinado del terror”. La paz y la dicha fueron desterradas de todos los hogares y de todos los corazones. Nadie tenía la vida segura. El que triunfaba hoy era considerado al día siguiente como sospechoso y le condenaban a muerte. La violencia y la lujuria dominaban sin disputa.

El rey, el clero y la nobleza, tuvieron que someterse a las atrocidades de un pueblo excitado y frenético. Su sed de venganza subió de punto cuando el rey fue ejecutado, y los mismos que decretaron su muerte le siguieron bien pronto al cadalso. Se resolvió matar a cuantos resultasen sospechosos de ser hostiles a la Revolución. Las cárceles se llenaron y hubo en cierta ocasión dentro de sus muros más de doscientos mil presos. En las ciudades del reino se registraron crímenes horrorosos. Se levantaba un partido revolucionario contra otro, y Francia quedó convertida en inmenso campo de batalla donde las luchas eran inspiradas y dirigidas por las violencias y las pasiones. “En París sucedíanse los tumultos uno a otro y los ciudadanos divididos en diversos partidos, no parecían llevar otra mira que el exterminio mutuo”. Y para agravar más aun la miseria general, la nación entera se vio envuelta en prolongada y devastadora guerra con las mayores potencias de Europa. “El país estaba casi en bancarrota, el ejército reclamaba pagos atrasados, los parisienses se morían de hambre, las provincias habían sido puestas a saco por los bandidos y la civilización casi había desaparecido en la anarquía y la licencia”.

17 DE ABRIL 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 19:15-18; CS 281-282

Apocalipsis 19:15-18
15 De su boca sale una espada afilada, con la que herirá a las naciones. «Las gobernará con puño de hierro». Él mismo exprime uvas en el lagar del furor del castigo que viene de Dios Todopoderoso. 16 En su manto y sobre el muslo lleva escrito este nombre:

Rey de reyes y Señor de señores.
17 Vi a un ángel que, parado sobre el sol, gritaba a todas las aves que vuelan en medio del cielo: «Vengan, reúnanse para la gran cena de Dios, 18 para que coman carne de reyes, de jefes militares y de magnates; carne de caballos y de sus jinetes; carne de toda clase de gente, libres y esclavos, grandes y pequeños».

CS 281-282
“Pero un fanatismo ciego e inexorable echó de su suelo a todos los que enseñaban la virtud, a los campeones del orden y a los honrados defensores del trono; dijo a los que hubieran podido dar a su país ‘renombre y gloria’: Escoged entre la hoguera o el destierro. Al fin la ruina del estado fue completa; ya no quedaba en el país conciencia que proscribir, religión que arrastrar a la hoguera ni patriotismo que desterrar” (Wylie, lib. 13, cap. 20). Todo lo cual dio por resultado la Revolución con sus horrores.

“Con la huida de los hugonotes quedó Francia sumida en general decadencia. Florecientes ciudades manufactureras quedaron arruinadas; los distritos más fértiles volvieron a quedar baldíos, el entorpecimiento intelectual y el decaimiento de la moralidad sucedieron al notable progreso que antes imperara. París quedó convertido en un vasto asilo: se calcula que precisamente antes de estallar la Revolución doscientos mil indigentes dependían de los socorros del rey. Únicamente los jesuitas prosperaban en la nación decaída, y gobernaban con infame tiranía sobre las iglesias y las escuelas, las cárceles y las galeras”.

El evangelio hubiera dado a Francia la solución de estos problemas políticos y sociales que frustraron los propósitos de su clero, de su rey y de sus gobernantes, y arrastraron finalmente a la nación entera a la anarquía y a la ruina. Pero bajo el dominio de Roma el pueblo había perdido las benditas lecciones de sacrificio y de amor que diera el Salvador. Todos se habían apartado de la práctica de la abnegación en beneficio de los demás. Los ricos no tenían quien los reprendiera por la opresión con que trataban a los pobres, y a estos nadie los aliviaba de su degradación y servidumbre. El egoísmo de los ricos y de los poderosos se hacía más y más manifiesto y avasallador. Por varios siglos el libertinaje y la ambición de los nobles habían impuesto a los campesinos extorsiones agotadoras. El rico perjudicaba al pobre y este odiaba al rico.

En muchas provincias sucedía que los nobles eran dueños del suelo y los de las clases trabajadoras simples arrendatarios; y de este modo, el pobre estaba a merced del rico, y se veía obligado a someterse a sus exorbitantes exigencias. La carga del sostenimiento de la iglesia y del estado pesaba sobre los hombros de las clases media y baja del pueblo, las cuales eran recargadas con tributos por las autoridades civiles y por el clero. “El placer de los nobles era considerado como ley suprema; y que el labriego y el campesino pereciesen de hambre no era para conmover a sus opresores […]. En todo momento el pueblo debía velar exclusivamente por los intereses del propietario. Los agricultores llevaban una vida de trabajo duro y continuo, y de una miseria sin alivio; y si alguna vez osaban quejarse se les trataba con insolente desprecio.

En los tribunales siempre se fallaba en favor del noble y en contra del campesino; los jueces aceptaban sin escrúpulo el cohecho; en virtud de este sistema de corrupción universal, cualquier capricho de la aristocracia tenía fuerza de ley. De los impuestos exigidos a la gente común por los magnates seculares y por el clero, no llegaba ni la mitad al tesoro del reino, ni al arca episcopal, pues la mayor parte de lo que cobraban lo gastaban los recaudadores en la disipación y en francachelas. Y los que de esta manera despojaban a sus consúbditos estaban libres de impuestos y con derecho por la ley o por la costumbre a ocupar todos los puestos del gobierno. La clase privilegiada estaba formada por ciento cincuenta mil personas, y para regalar a esta gente se condenaba a millones de seres a una vida de degradación irremediable” (véase el Apéndice).

La corte estaba completamente entregada a la lujuria y al libertinaje. El pueblo y sus gobernantes se veían con desconfianza. Se sospechaba de todas las medidas que dictaba el gobierno, porque se le consideraba intrigante y egoísta. Por más de medio siglo antes de la Revolución, ocupó el trono Luis XV, quien aun en aquellos tiempos corrompidos sobresalió en su frivolidad, su indolencia y su lujuria. Al observar aquella depravada y cruel aristocracia y la clase humilde sumergida en la ignorancia y en la miseria, al estado en plena crisis financiera y al pueblo exasperado, no se necesitaba tener ojo de profeta para ver de antemano una inminente insurrección. A las amonestaciones que le daban sus consejeros, solía contestar el rey: “Procurad que todo siga así mientras yo viva; después de mi muerte, suceda lo que quiera”. En vano se le hizo ver la necesidad que había de una reforma. Bien comprendía él el mal estado de las cosas, pero no tenía ni valor ni poder suficiente para remediarlo. Con acierto describía él la suerte de Francia con su respuesta tan egoísta como indolente: “¡Después de mí el diluvio!”