18 DE FEBRERO 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 14:14-16; CS 161-162

La cosecha de la tierra
14 Miré, y apareció una nube blanca, sobre la cual estaba sentado alguien «semejante al Hijo del hombre». En la cabeza tenía una corona de oro y, en la mano, una hoz afilada.

15 Entonces salió del templo otro ángel y le gritó al que estaba sentado en la nube: «Mete la hoz y recoge la cosecha; ya es tiempo de segar, pues la cosecha de la tierra está madura». 16 Así que el que estaba sentado sobre la nube pasó la hoz, y la tierra fue segada.

CS 161-162

“No penséis—decía—que Dios esté en este templo de un modo más especial que en cualquier otro lugar de la creación. Sea la que fuere la comarca que vosotros habitáis, Dios os rodea y os oye […]. ¿Será acaso con obras muertas, largas peregrinaciones, ofrendas, imágenes, la invocación de la virgen o de los santos, con lo que alcanzaréis la gracia de Dios? […] ¿De qué sirve el conjunto de palabras de que formamos nuestras oraciones? ¿Qué eficacia tienen la rica capucha del fraile, la cabeza rapada, hábito largo y bien ajustado, y las zapatillas bordadas de oro? ¡Al corazón es a lo que Dios mira, y nuestro corazón está lejos de Dios!” “Cristo—añadía—, que se ofreció una vez en la cruz, es la hostia y la víctima que satisfizo eternamente a Dios por los pecados de todos los fieles” (ibíd.).

Muchos de los que le oían recibían con desagrado estas enseñanzas. Era para ellos un amargo desengaño saber que su penoso viaje era absolutamente inútil. No podían comprender el perdón que se les ofrecía de gracia por medio de Cristo. Estaban conformes con el antiguo camino del cielo que Roma les había marcado. Rehuían la perplejidad de buscar algo mejor. Era más fácil confiar la salvación de sus almas a los sacerdotes y al papa que buscar la pureza de corazón.

Otros, en cambio, recibieron con alegría las nuevas de la redención por Cristo. Las observancias establecidas por Roma no habían infundido paz a su alma y, llenos de fe, aceptaban la sangre del Salvador en propiciación por sus pecados. Estos regresaron a sus hogares para revelar a otros la luz preciosa que habían recibido. Así fue llevada la verdad de aldea en aldea, de pueblo en pueblo, y el número de peregrinos que iban al santuario de la virgen, disminuyó notablemente. Menguaron las ofrendas, y en consecuencia la prebenda de Zuinglio menguó también, porque de aquellas sacaba su subsistencia. Pero sentíase feliz al ver quebrantarse el poder del fanatismo y de la superstición.

Las autoridades de la iglesia no ignoraban la obra que Zuinglio estaba realizando, pero en aquel momento no pensaron intervenir. Abrigaban todavía la esperanza de ganarlo para su causa y se esforzaron en conseguirlo por medio de agasajos; entre tanto la verdad fue ganando terreno y extendiéndose en los corazones del pueblo.

Los trabajos de Zuinglio en Einsiedeln le prepararon para una esfera de acción más amplia en la cual pronto iba a entrar. Pasados tres años, fue llamado a desempeñar el cargo de predicador en la catedral de Zúrich. Era esta ciudad en aquel entonces la más importante de la confederación Suiza, y la influencia que el predicador pudiera ejercer en ella debía tener un radio más extenso. Pero los eclesiásticos que le habían llamado a Zúrich, deseosos de evitar sus innovaciones, procedieron a darle instrucciones acerca de sus deberes.

“Pondréis todo vuestro cuidado—le dijeron—en recaudar las rentas del cabildo, sin descuidar siquiera las de menor cuantía. Exhortaréis a los fieles, ya desde el púlpito, ya en el confesonario, a que paguen los censos y los diezmos, y a que muestren con sus ofrendas cuánto aman a la iglesia. Procuraréis multiplicar las rentas procedentes de los enfermos, de las misas, y en general de todo acto eclesiástico”. “Respecto a la administración de los sacramentos, a la predicación y a la vigilancia requerida para apacentar la grey, son también deberes del cura párroco. No obstante, podéis descargaros de esta última parte de vuestro ministerio tomando un vicario sustituto, sobre todo para la predicación. Vos no debéis administrar los sacramentos sino a los más notables, y solo después que os lo hayan pedido; os está prohibido administrarlos sin distinción de personas” (ibíd., cap. 6).

Zuinglio oyó en silencio estas explicaciones, y en contestación, después de haber expresado su gratitud por el honor que le habían conferido al haberle llamado a tan importante puesto, procedió a explicar el plan de trabajo que se había propuesto adoptar. “La vida de Jesús—dijo—ha estado demasiado tiempo oculta al pueblo. Me propongo predicar sobre todo el Evangelio según San Mateo, […] ciñéndome a la fuente de la Sagrada Escritura, escudriñándola y comparándola con ella misma, buscando su inteligencia por medio de ardientes y constantes oraciones. A la gloria de Dios, a la alabanza de su único Hijo, a la pura salvación de las almas, y a su instrucción en la verdadera fe, es a lo que consagraré mi ministerio” (ibíd.). Aunque algunos de los eclesiásticos desaprobaron este plan y procuraron disuadirle de adoptarlo, Zuinglio se mantuvo firme. Declaró que no iba a introducir un método nuevo, sino el antiguo método empleado por la iglesia en lo pasado, en tiempos de mayor pureza religiosa.

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17 DE FEBRERO 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 14:11-13; CS 159-160

11 El humo de ese tormento sube por los siglos de los siglos. No habrá descanso ni de día ni de noche para el que adore a la bestia y su imagen, ni para quien se deje poner la marca de su nombre». 12 ¡En esto consiste la perseverancia de los santos, los cuales obedecen los mandamientos de Dios y se mantienen fieles a Jesús!

13 Entonces oí una voz del cielo, que decía:
«Escribe: Dichosos los que de ahora en adelante mueren en el Señor».
«Sí —dice el Espíritu—, ellos descansarán de sus fatigosas tareas, pues sus obras los acompañan».

CS 159-160
Los dominicos de Berna vieron que si les fuera posible ganar a un joven de tanto talento obtendrían ganancias y honra. Su tierna juventud, sus dotes de orador y escritor, y su genio musical y poético, serían de más efecto que la pompa y el fausto desplegados en los servicios, para atraer al pueblo y aumentar las rentas de su orden. Valiéndose de engaños y lisonjas, intentaron inducir a Zuinglio a que entrara en su convento. Cuando Lutero era estudiante se encerró voluntariamente en una celda y se habría perdido para el mundo si la providencia de Dios no le hubiera libertado. No se le dejó a Zuinglio correr el mismo riesgo. Supo providencialmente su padre cuáles eran los designios de los frailes, y como no tenía intención de que su hijo siguiera la vida indigna y holgazana de los monjes, vio que su utilidad para el porvenir estaba en inminente peligro, y le ordenó que regresara a su casa sin demora.

El mandato fue obedecido; pero el joven no podía sentirse contento por mucho tiempo en su valle natal, y pronto volvió a sus estudios, yéndose a establecer después de algún tiempo en Basilea. En esta ciudad fue donde Zuinglio oyó por primera vez el evangelio de la gracia de Dios. Wittenbach, profesor de idiomas antiguos, había sido llevado, en su estudio del griego y del hebreo, al conocimiento de las Sagradas Escrituras, y por su medio la luz divina esparcía sus rayos en las mentes de los estudiantes que recibían de él enseñanza. Declaraba el catedrático que había una verdad más antigua y de valor infinitamente más grande que las teorías enseñadas por los filósofos y los escolásticos. Esta antigua verdad consistía en que la muerte de Cristo era el único rescate del pecador. Estas palabras fueron para Zuinglio como el primer rayo de luz que alumbra al amanecer.

Pronto fue llamado Zuinglio de Basilea, para entrar en la que iba a ser la obra de su vida. Su primer campo de acción fue una parroquia alpina no muy distante de su valle natal. Habiendo recibido las órdenes sacerdotales, “se aplicó con ardor a investigar la verdad divina; porque estaba bien enterado—dice un reformador de su tiempo—de cuánto deben saber aquellos a quienes les está confiado el cuidado del rebaño del Señor” (Wylie, lib. 8, cap. 5). A medida que escudriñaba las Escrituras, más claro le resultaba el contraste entre las verdades en ellas encerradas y las herejías de Roma. Se sometía a la Biblia y la reconocía como la Palabra de Dios y única regla suficiente e infalible. Veía que ella debía ser su propio intérprete. No se atrevía a tratar de explicar las Sagradas Escrituras para sostener una teoría o doctrina preconcebida, sino que consideraba su deber aprender lo que ellas enseñan directamente y de un modo evidente. Procuraba valerse de toda ayuda posible para obtener un conocimiento correcto y pleno de sus enseñanzas, e invocaba al Espíritu Santo, el cual, declaraba él, quería revelar la verdad a todos los que la investigasen con sinceridad y en oración.

“Las Escrituras—decía Zuinglio—vienen de Dios, no del hombre. Y ese mismo Dios que brilla en ellas te dará a entender que las palabras son de Dios. La Palabra de Dios […] no puede errar. Es brillante, se explica a sí misma, se descubre, ilumina el alma con toda salvación y gracia, la consuela en Dios, y la humilla hasta que se anonada, se niega a sí misma, y se acoge a Dios”. Zuinglio mismo había experimentado la verdad de estas palabras. Hablando de ello, escribió lo siguiente: “Cuando […] comencé a consagrarme enteramente a las Sagradas Escrituras, la filosofía y la teología [escolástica] me suscitaban objeciones sin número, y al fin resolví dejar a un lado todas estas quimeras y aprender las enseñanzas de Dios en toda su pureza, tomándolas de su preciosa Palabra. Desde entonces pedí a Dios luz y las Escrituras llegaron a ser mucho más claras para mí” (ibíd., cap. 6).

Zuinglio no había recibido de Lutero la doctrina que predicaba. Era la doctrina de Cristo. “Si Lutero predica a Jesucristo—decía el reformador suizo—hace lo que yo hago. Los que por su medio han llegado al conocimiento de Jesucristo son más que los conducidos por mí. Pero no importa. Yo no quiero llevar otro nombre que el de Jesucristo, de quien soy soldado, y no reconozco otro jefe. No he escrito una sola palabra a Lutero, ni Lutero a mí. Y ¿por qué? […] Pues para que se viese de qué modo el Espíritu de Dios está de acuerdo consigo mismo, ya que, sin acuerdo previo, enseñamos con tanta uniformidad la doctrina de Jesucristo” (D’Aubigné, lib. 8, cap. 9).

En 1516 fue llamado Zuinglio a predicar regularmente en el convento de Einsiedeln, donde iba a ver más de cerca las corrupciones de Roma y donde iba a ejercer como reformador una influencia que se dejaría sentir más allá de sus Alpes natales. Entre los principales atractivos de Einsiedeln había una virgen de la que se decía que estaba dotada del poder de hacer milagros. Sobre la puerta de la abadía estaba grabada esta inscripción: “Aquí se consigue plena remisión de todos los pecados” (ibíd., cap. 5). En todo tiempo acudían peregrinos a visitar el santuario de la virgen, pero en el día de la gran fiesta anual de su consagración venían multitudes de toda Suiza y hasta de Francia y Alemania. Zuinglio, muy afligido al ver estas cosas, aprovechó la oportunidad para proclamar la libertad por medio del evangelio a aquellas almas esclavas de la superstición.

16 DE FEBRERO 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 14:6-10; CS 157-158

Los tres ángeles
Luego vi a otro ángel que volaba en medio del cielo, y que llevaba el evangelio eterno para anunciarlo a los que viven en la tierra, a toda nación, raza, lengua y pueblo. Gritaba a gran voz:  «Teman a Dios y denle gloria, porque ha llegado la hora de su juicio. Adoren al que hizo el cielo, la tierra, el mar y los manantiales».

Lo seguía un segundo ángel que gritaba:
«¡Ya cayó! Ya cayó la gran Babilonia, la que hizo que todas las naciones bebieran el excitante vino de su adulterio».

Los seguía un tercer ángel que clamaba a grandes voces:
«Si alguien adora a la bestia y a su imagen, y se deja poner en la frente o en la mano la marca de la bestia, 10 beberá también el vino del furor de Dios, que en la copa de su ira está puro, no diluido. Será atormentado con fuego y azufre, en presencia de los santos ángeles y del Cordero.

Capítulo 9—Se enciende una luz en Suiza
En la elección de los instrumentos que sirvieron para reformar la iglesia se nota el mismo plan divino que en la de quienes la establecieron. El Maestro celestial pasó por alto a los grandes de la tierra, a los hombres que gozaban de reputación y de riquezas, y estaban acostumbrados a recibir alabanzas y homenajes como caudillos del pueblo. Eran tan orgullosos y tenían tanta confianza en la superioridad de que se jactaban, que no hubieran podido amoldarse a simpatizar con sus semejantes ni convertirse en colaboradores del humilde Nazareno. Fue a los indoctos y rudos pescadores de Galilea a quienes dirigió él su llamamiento: “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres”. Mateo 4:19.

Estos sí que eran humildes y dóciles. Cuanto menos habían sentido la influencia de las falsas doctrinas de su tiempo, tanto más fácil era para Cristo instruirlos y educarlos para su servicio. Otro tanto sucedió cuando la Reforma. Los principales reformadores eran hombres de humilde condición y más ajenos que sus coetáneos a todo sentimiento de orgullo de casta, así como a la influencia del fanatismo clerical. El plan de Dios es valerse de instrumentos humildes para la realización de grandes fines. La gloria no se tributa entonces a los hombres, sino a Aquel que obra por medio de ellos el querer y el hacer según su buena voluntad.

Pocas semanas después que naciera Lutero en la cabaña de un minero de Sajonia, nació Ulrico Zuinglio, en la choza de un pastor de los Alpes. Las circunstancias de que Zuinglio se vio rodeado en su niñez y su primera educación contribuyeron a prepararlo para su futura misión. Criado entre bellezas naturales imponentes, quedó desde temprano impresionado por el sentimiento de la inmensidad, el poder y la majestad de Dios. La historia de las hazañas que tuvieran por teatro sus montes natales inflamó las aspiraciones de su juventud. Junto a su piadosa abuela oyó los pocos relatos bíblicos que ella espigara entre las leyendas y tradiciones de la iglesia. Con verdadero interés oía él hablar de los grandes hechos de los patriarcas y de los profetas, de los pastores que velaban sobre sus ganados en los cerros de Palestina donde los ángeles les hablaron del Niño de Belén y del Hombre del Calvario.

Lo mismo que Juan Lutero, el padre de Zuinglio deseaba dar educación a su hijo, para lo cual dejó este su valle natal en temprana edad. Su espíritu se desarrolló pronto, y resultó difícil saber dónde podrían hallarle profesores competentes. A los trece años fue a Berna, que poseía entonces la mejor escuela de Suiza. Sin embargo, surgió un peligro que amenazaba dar en tierra con lo que de él se esperaba. Los frailes hicieron esfuerzos muy resueltos para seducirlo a que entrara en un convento. Los monjes franciscanos y los dominicos rivalizaban por ganarse el favor del pueblo, y al efecto se esmeraban a porfía en el adorno de los templos, en la pompa de las ceremonias y en lo atractivo de las reliquias y de las imágenes milagrosas.

15 DE FEBRERO 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 14:1-5; CS 155-156

Apocalipsis 14:1-5 El Cordero y los 144.000
1 Luego miré, y apareció el Cordero. Estaba de pie sobre el monte Sión, en compañía de ciento cuarenta y cuatro mil personas que llevaban escrito en la frente el nombre del Cordero y de su Padre. Oí un sonido que venía del cielo, como el estruendo de una catarata y el retumbar de un gran trueno. El sonido se parecía al de músicos que tañen sus arpas. Y cantaban un himno nuevo delante del trono y delante de los cuatro seres vivientes y de los ancianos. Nadie podía aprender aquel himno, aparte de los ciento cuarenta y cuatro mil que habían sido rescatados de la tierra.

 Estos se mantuvieron puros, sin contaminarse con ritos sexuales. Son los que siguen al Cordero por dondequiera que va. Fueron rescatados como los primeros frutos de la humanidad para Dios y el Cordero. No se encontró mentira alguna en su boca, pues son intachables.

CS 155-156

Pero Dios había provisto un medio de escape para su siervo en aquella hora de peligro. Un ojo vigilante había seguido los movimientos de Lutero y un corazón sincero y noble se había resuelto a ponerle a salvo. Fácil era echar de ver que Roma no había de quedar satisfecha sino con la muerte del reformador; y solo ocultándose podía este burlar las garras del león. Dios dio sabiduría a Federico de Sajonia para idear un plan que salvara la vida de Lutero. Ayudado por varios amigos verdaderos se llevó a cabo el propósito del elector, y Lutero fue efectivamente sustraído a la vista de amigos y enemigos.

Mientras regresaba a su residencia, se vio rodeado de repente, separado de sus acompañantes y llevado por fuerza a través de los bosques al castillo de Wartburg, fortaleza que se alzaba sobre una montaña aislada. Tanto su secuestro como su escondite fueron rodeados de tanto misterio, que Federico mismo por mucho tiempo no supo dónde se hallaba el reformador. Esta ignorancia tenía un propósito, pues mientras el elector no conociera el paradero del reformador, no podía revelar nada. Se aseguró de que Lutero estuviera protegido, y esto le bastaba. Pasaron así la primavera, el verano y el otoño, y llegó el invierno, y Lutero seguía aún secuestrado. Ya exultaban Aleandro y sus partidarios al considerar casi apagada la luz del evangelio. Pero, en vez de ser esto así, el reformador estaba llenando su lámpara en los almacenes de la verdad y su luz iba a brillar con deslumbrantes fulgores.

En la amigable seguridad que disfrutaba en la Wartburg, congratulábase Lutero por haber sido sustraído por algún tiempo al calor y al alboroto del combate. Pero no podía encontrar satisfacción en prolongado descanso. Acostumbrado a la vida activa y al rudo combate, no podía quedar mucho tiempo ocioso. En aquellos días de soledad, tenía siempre presente la situación de la iglesia, y exclamaba desesperado: “¡Ay! ¡y que no haya nadie en este último día de su ira, que quede en pie delante del Señor como un muro, para salvar a Israel!” (ibíd., lib. 9, cap. 2). También pensaba en sí mismo y tenía miedo de ser tachado de cobardía por haber huido de la lucha. Se reprochaba su indolencia y la indulgencia con que se trataba a sí mismo. Y no obstante esto, estaba haciendo diariamente más de lo que hubiera podido hacer un hombre solo. Su pluma no permanecía nunca ociosa. En el momento en que sus enemigos se lisonjeaban de haberle acallado, los asombraron y confundieron las pruebas tangibles de su actividad. Un sinnúmero de tratados, provenientes de su pluma, circulaban por toda Alemania. También prestó entonces valioso servicio a sus compatriotas al traducir al alemán el Nuevo Testamento. Desde su Patmos perdido entre riscos siguió casi un año proclamando el evangelio y censurando los pecados y los errores de su tiempo.

Pero no fue únicamente para preservar a Lutero de la ira de sus enemigos, ni para darle un tiempo de descanso en el que pudiese hacer estos importantes trabajos, para lo que Dios separó a su siervo del escenario de la vida pública. Había otros resultados más preciosos que alcanzar. En el descanso y en la oscuridad de su montaña solitaria, quedó Lutero sin auxilio humano y fuera del alcance de las alabanzas y de la admiración de los hombres. Así fue salvado del orgullo y de la confianza en sí mismo, que a menudo son frutos del éxito. Por medio del sufrimiento y de la humillación fue preparado para andar con firmeza en las vertiginosas alturas adonde había sido llevado de repente.

A la vez que los hombres se regocijan en la libertad que les da el conocimiento de la verdad, se sienten inclinados a ensalzar a aquellos de quienes Dios se ha valido para romper las cadenas de la superstición y del error. Satanás procura distraer de Dios los pensamientos y los afectos de los hombres y hacer que se fijen en los agentes humanos; induce a los hombres a dar honra al mero instrumento, ocultándole la Mano que dirige todos los sucesos de la providencia. Con demasiada frecuencia acontece que los maestros religiosos así alabados y reverenciados, pierden de vista su dependencia de Dios y sin sentirlo empiezan a confiar en sí mismos. Resulta entonces que quieren gobernar el espíritu y la conciencia del pueblo, el cual está dispuesto a considerarlos como guías en vez de mirar a la Palabra de Dios. La obra de reforma ve así frenada su marcha por el espíritu que domina a los que la sostienen. Dios quiso evitar este peligro a la Reforma. Quiso que esa obra recibiese, no la marca de los hombres, sino la impresión de Dios. Los ojos de los hombres estaban fijos en Lutero como en el expositor de la verdad; pero él fue arrebatado de en medio de ellos para que todas las miradas se dirigieran al eterno Autor de la verdad.

14 DE FEBRERO 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 13:15-18; CS 153-154

Apocalipsis 13:15-18
15 Se le permitió infundir vida a la imagen de la primera bestia, para que hablara y mandara matar a quienes no adoraran la imagen. 16 Además logró que a todos, grandes y pequeños, ricos y pobres, libres y esclavos, se les pusiera una marca en la mano derecha o en la frente, 17 de modo que nadie pudiera comprar ni vender, a menos que llevara la marca, que es el nombre de la bestia o el número de ese nombre.

18 En esto consiste la sabiduría: el que tenga entendimiento, calcule el número de la bestia, pues es número de un ser humano: seiscientos sesenta y seis.

CS 153-154

Se hicieron esfuerzos supremos para conseguir que Lutero consintiera en transigir con Roma. Príncipes y nobles le manifestaron que si persistía en sostener sus opiniones contra la iglesia y los concilios, pronto se le desterraría del imperio y entonces nadie le defendería. A esto respondió el reformador: “El evangelio de Cristo no puede ser predicado sin escándalo […]. ¿Cómo es posible que el temor o aprensión de los peligros me desprenda del Señor y de su Palabra divina, que es la única verdad? ¡No, antes daré mi cuerpo, mi sangre y mi vida!” (D’Aubigné, lib. 7, cap. 10).

Se le instó nuevamente a someterse al juicio del emperador, pues entonces no tendría nada que temer. “Consiento de veras—dijo—en que el emperador, los príncipes y aun los más humildes cristianos, examinen y juzguen mis libros; pero bajo la condición de que tomarán por norma la Sagrada Escritura. Los hombres no tienen más que someterse a ella. Mi conciencia depende de ella, y soy esclavo de su observancia” (ibíd.).

En respuesta a otra instancia, dijo: “Consiento en renunciar al salvoconducto. Abandono mi persona y mi vida entre las manos del emperador, pero la Palabra de Dios, ¡nunca!” (ibíd.). Expresó que estaba dispuesto a someterse al fallo de un concilio general, pero con la condición expresa de que el concilio juzgara según las Escrituras. “En lo que se refiere a la Palabra de Dios y a la fe—añadió—cada cristiano es tan buen juez como el mismo papa secundado por un millón de concilios”. Martyn 1:410. Finalmente los amigos y los enemigos de Lutero se convencieron de que todo esfuerzo encaminado a una reconciliación sería inútil.

Si el reformador hubiera cedido en un solo punto, Satanás y sus ejércitos habrían ganado la victoria. Pero la inquebrantable firmeza de él fue el medio de emancipar a la iglesia y de iniciar una era nueva y mejor. La influencia de este solo hombre que se atrevió a pensar y a obrar por sí mismo en materia de religión, iba a afectar a la iglesia y al mundo, no solo en aquellos días sino en todas las generaciones futuras. Su fidelidad y su firmeza fortalecerían la resolución de todos aquellos que, al través de los tiempos, pasaran por experiencia semejante. El poder y la majestad de Dios prevalecieron sobre los consejos de los hombres y sobre el gran poder de Satanás.

Pronto recibió Lutero orden del emperador de volver al lugar de su residencia, y comprendió que aquello era un síntoma precursor de su condenación. Nubes amenazantes se cernían sobre su camino, pero, al salir de Worms, su corazón rebosaba de alegría y de alabanza. “El mismo diablo—dijo él—custodiaba la ciudadela del papa; mas Cristo abrió en ella una ancha brecha y Satanás vencido se vio precisado a confesar que el Señor es más poderoso que él” (D’Aubigné, lib. 7, cap. II).

Después de su partida, deseoso aún de manifestar que su firmeza no había que tomarla por rebelión, escribió Lutero al emperador, diciendo entre otras cosas: “Dios, que es el que lee en el interior de los corazones, me es testigo de que estoy pronto a obedecer con diligencia a vuestra majestad, así en lo próspero como en lo adverso; ya por la vida, ya por la muerte; exceptuando solo la Palabra de Dios por la que el hombre existe. En todas las cosas relativas al tiempo presente, mi fidelidad será perenne, puesto que en la tierra ganar o perder son cosas indiferentes a la salvación. Pero Dios prohibe que en las cosas concernientes a los bienes eternos, el hombre se someta al hombre. En el mundo espiritual la sumisión es un culto verdadero que no debe rendirse sino al Creador” (ibíd.).

En su viaje de regreso fue recibido en los pueblos del tránsito con más agasajos que los que se le tributaran al ir a Worms. Príncipes de la iglesia daban la bienvenida al excomulgado monje, y gobernantes civiles tributaban honores al hombre a quien el monarca había despreciado. Se le instó a que predicase, y a despecho de la prohibición imperial volvió a ocupar el púlpito. Dijo: “Nunca me comprometí a encadenar la Palabra de Dios, y nunca lo haré”. Martyn 1:420.

No hacía mucho que el reformador dejara a Worms cuando los papistas consiguieron que el emperador expidiera contra él un edicto en el cual se le denunciaba como “el mismo Satanás bajo la figura humana y envuelto con hábito de fraile” (D’Aubigné, lib. 7, cap. II). Se ordenaba que tan pronto como dejara de ser valedero su salvoconducto, se tomaran medidas para detener su obra. Se prohibía guarecerle, suministrarle alimento, bebida o socorro alguno, con obras o palabras, en público o en privado. Debía apresársele en cualquier parte donde se le hallara y entregársele a las autoridades. Sus adeptos debían ser encarcelados también y sus bienes confiscados. Los escritos todos de Lutero debían ser destruidos y, finalmente, cualquiera que osara obrar en contradicción con el decreto quedaba incluido en las condenaciones del mismo. El elector de Sajonia y los príncipes más adictos a Lutero habían salido ya de Worms, y el decreto del emperador recibió la sanción de la dieta. Los romanistas no cabían de gozo. Consideraban que la suerte de la Reforma estaba ya sellada.

13 DE FEBRERO 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 13:11-14; CS 151-152

Apocalipsis 13:11-14 La bestia que sube de la tierra
11 Después vi que de la tierra subía otra bestia. Tenía dos cuernos como de cordero, pero hablaba como dragón. 12 Ejercía toda la autoridad de la primera bestia en presencia de ella, y hacía que la tierra y sus habitantes adoraran a la primera bestia, cuya herida mortal había sido sanada. 13 También hacía grandes señales milagrosas, incluso la de hacer caer fuego del cielo a la tierra, a la vista de todos. 14 Con estas señales que se le permitió hacer en presencia de la primera bestia, engañó a los habitantes de la tierra. Les ordenó que hicieran una imagen en honor de la bestia que, después de ser herida a espada, revivió.

CS 151-152
Carlos mismo dijo, en respuesta a la vil propuesta: “Aun cuando la buena fe y la fidelidad fuesen desterradas del universo, deberían hallar refugio en el corazón de los príncipes” (ibíd.). Pero los enemigos más encarnizados de Lutero siguieron hostigando al monarca para que hiciera con el reformador lo que Segismundo hiciera con Hus: abandonarle a la misericordia de la iglesia; pero Carlos V evocó la escena en que Hus, señalando las cadenas que le aherrojaban, le recordó al monarca su palabra que había sido quebrantada, y contestó: “Yo no quiero sonrojarme como Segismundo”. Lenfant 1:422.

Carlos empero había rechazado deliberadamente las verdades expuestas por Lutero. El emperador había declarado: “Estoy firmemente resuelto a seguir el ejemplo de mis antepasados” (D’Aubigné, lib. 7, cap. 9). Estaba decidido a no salirse del sendero de la costumbre, ni siquiera para ir por el camino de la verdad y de la rectitud. Por la razón de que sus padres lo habían sostenido, él también sostendría al papado y toda su crueldad y corrupción. De modo que se dispuso a no aceptar más luz que la que habían recibido sus padres y a no hacer cosa que ellos no hubiesen hecho.

Son muchos los que en la actualidad se aferran a las costumbres y tradiciones de sus padres. Cuando el Señor les envía alguna nueva luz se niegan a aceptarla porque sus padres, no habiéndola conocido, no la recibieron. No estamos en la misma situación que nuestros padres, y por consiguiente nuestros deberes y responsabilidades no son los mismos tampoco. No nos aprobará Dios si miramos el ejemplo de nuestros padres para determinar lo que es nuestro deber, en vez de escudriñar la Biblia por nosotros mismos. Nuestra responsabilidad es más grande que la de nuestros antepasados. Somos deudores por la luz que recibieron ellos y que nos entregaron como herencia, y deudores por la mayor luz que nos alumbra hoy procedente de la Palabra de Dios.

Cristo dijo a los incrédulos judíos: “Si yo no hubiera venido y les hubiera hablado, no hubieran tenido pecado; mas ahora no tienen excusa por su pecado”. Juan 15:22 (VM). El mismo poder divino habló por boca de Lutero al emperador y a los príncipes de Alemania. Y mientras la luz resplandecía procedente de la Palabra de Dios, su Espíritu alegó por última vez con muchos de los que se hallaban en aquella asamblea. Así como Pilato, siglos antes, permitiera que el orgullo y la popularidad le cerraran el corazón para que no recibiera al Redentor del mundo; y así como el cobarde Félix rechazara el mensaje de verdad, diciendo: “Ahora vete; mas en teniendo oportunidad te llamaré”, y así como el orgulloso Agripa confesara: “Por poco me persuades a ser cristiano” (Hechos 24:25; 26:28), pero rechazó el mensaje que le era enviado del cielo, así también Carlos V, cediendo a las instancias del orgullo y de la política del mundo, decidió rechazar la luz de la verdad.

Corrían por todas partes muchos rumores de los proyectos hostiles a Lutero y despertaban gran agitación en la ciudad. Lutero se había conquistado muchos amigos que, conociendo la traidora crueldad de Roma para con los que se atrevían a sacar a luz sus corrupciones, resolvieron evitar a todo trance que él fuese sacrificado. Centenares de nobles se comprometieron a protegerle. No pocos denunciaban públicamente el mensaje imperial como prueba evidente de humillante sumisión al poder de Roma. Se fijaron pasquines en las puertas de las casas y en las plazas públicas, unos contra Lutero y otros en su favor. En uno de ellos se leían sencillamente estas enérgicas palabras del sabio: “¡Ay de ti, oh tierra, cuyo rey es un niño!” Eclesiastés 10:16 (VM). El entusiasmo que el pueblo manifestaba en favor de Lutero en todas partes del imperio, dio a conocer a Carlos y a la dieta que si se cometía una injusticia contra él bien podrían quedar comprometidas la paz del imperio y la estabilidad del trono.

Federico de Sajonia observó una bien estudiada reserva, ocultando cuidadosamente sus verdaderos sentimientos para con el reformador, y al mismo tiempo lo custodiaba con incansable vigilancia, observando todos sus movimientos y los de sus adversarios. Pero había muchos que no se cuidaban de ocultar su simpatía hacia Lutero. Era este visitado por príncipes, condes, barones y otras personas de distinción, clérigos y laicos. “El pequeño cuarto del doctor— escribía Spalatino—no podía contener a todos los que acudían a verle”. Martyn 1:404. El pueblo le miraba como si fuese algo más que humano. Y aun los que no creían en sus enseñanzas, no podían menos que admirar en él la sublime integridad que le hacía desafiar la muerte antes que violar los dictados de su conciencia.

12 DE FEBRERO 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 13:5-10; CS 149-150

Apocalipsis 13:5-10
A la bestia se le permitió hablar con arrogancia y proferir blasfemias contra Dios, y se le confirió autoridad para actuar durante cuarenta y dos meses. Abrió la boca para blasfemar contra Dios, para maldecir su nombre y su morada y a los que viven en el cielo. También se le permitió hacer la guerra a los santos y vencerlos, y se le dio autoridad sobre toda raza, pueblo, lengua y nación. A la bestia la adorarán todos los habitantes de la tierra, aquellos cuyos nombres no han sido escritos en el libro de la vida, el libro del Cordero que fue sacrificado desde la creación del mundo.

El que tenga oídos, que oiga. 10 El que deba ser llevado cautivo, a la cautividad irá. El que deba morir a espada, a filo de espada morirá. ¡En esto consisten[c] la perseverancia y la fidelidad de los santos!

CS 149-150

Los partidarios de Roma estaban derrotados; su causa ofrecía un aspecto muy desfavorable. Procuraron conservar su poderío, no por medio de las Escrituras, sino apelando a las amenazas, como lo hace siempre Roma en semejantes casos. El orador de la dieta dijo: “Si no te retractas, el emperador y los estados del imperio verán lo que debe hacerse con un hereje obstinado”. Los amigos de Lutero, que habían oído su noble defensa, poseídos de sincero regocijo, temblaron al oír las palabras del orador oficial; pero el doctor mismo, con toda calma, repuso: “¡Dios me ayude! porque de nada puedo retractarme” (ibíd.).

Se indicó a Lutero que se retirase mientras los príncipes deliberaban. Todos se daban cuenta de que era un momento de gran crisis. La persistente negativa de Lutero a someterse podía afectar la historia de la iglesia por muchos siglos. Se acordó darle otra oportunidad para retractarse. Por última vez le hicieron entrar de nuevo en la sala. Se le volvió a preguntar si renunciaba a sus doctrinas. Contestó: “No tengo otra respuesta que dar, que la que he dado”. Era ya bien claro y evidente que no podrían inducirle a ceder, ni de grado ni por fuerza, a las exigencias de Roma.

Los caudillos papales estaban acongojados porque su poder, que había hecho temblar a los reyes y a los nobles, era así despreciado por un pobre monje, y se propusieron hacerle sentir su ira, entregándole al tormento. Pero, reconociendo Lutero el peligro que corría, había hablado a todos con dignidad y serenidad cristiana. Sus palabras habían estado exentas de orgullo, pasión o falsedad. Se había perdido de vista a sí mismo y a los grandes hombres que le rodeaban, y solo sintió que se hallaba en presencia de Uno que era infinitamente superior a los papas, a los prelados, a los reyes y a los emperadores. Cristo mismo había hablado por medio del testimonio de Lutero con tal poder y grandeza, que tanto en los amigos como en los adversarios despertó pavor y asombro. El Espíritu de Dios había estado presente en aquel concilio impresionando vivamente los corazones de los jefes del imperio. Varios príncipes reconocieron sin embozo la justicia de la causa del reformador. Muchos se convencieron de la verdad; pero en algunos la impresión no fue duradera. Otros aún hubo que en aquel momento no manifestaron sus convicciones, pero que, habiendo estudiado las Escrituras después, llegaron a ser intrépidos sostenedores de la Reforma.

El elector Federico había aguardado con ansiedad la comparecencia de Lutero ante la dieta y escuchó su discurso con profunda emoción. Experimentó regocijo y orgullo al presenciar el valor del fraile, su firmeza y el modo en que se mostraba dueño de sí mismo, y resolvió defenderle con mayor firmeza que antes. Comparó entre sí a ambas partes contendientes, y vio que la sabiduría de los papas, de los reyes y de los prelados había sido anulada por el poder de la verdad. El papado había sufrido una derrota que iba a dejarse sentir en todas las naciones al través de los siglos.

Al notar el legado el efecto que produjeran las palabras de Lutero, temió, como nunca había temido, por la seguridad del poder papal, y resolvió echar mano de todos los medios que estuviesen a su alcance para acabar con el reformador. Con toda la elocuencia y la habilidad diplomática que le distinguían en gran manera, le pintó al joven emperador la insensatez y el peligro que representaba el sacrificar, en favor de un insignificante fraile, la amistad y el apoyo de la poderosa sede de Roma.

Sus palabras no fueron inútiles. El día después de la respuesta de Lutero, Carlos mandó a la dieta un mensaje en que manifestaba su determinación de seguir la política de sus antecesores de sostener y proteger la religión romana. Ya que Lutero se negaba a renunciar a sus errores, se tornarían las medidas más enérgicas contra él y contra las herejías que enseñaba. “Un solo fraile, extraviado por su propia locura, se levanta contra la fe de la cristiandad. Sacrificaré mis reinos, mi poder, mis amigos, mis tesoros, mi cuerpo, mi sangre, mi espíritu y mi vida para contener esta impiedad. Voy a despedir al agustino Lutero, prohibiéndole causar el más leve tumulto entre el pueblo; en seguida procederé contra él y sus secuaces, como contra herejes declarados, por medio de la excomunión, de la suspensión y por todos los medios convenientes para destruirlos. Pido a los miembros de los estados que se conduzcan como fieles cristianos” (ibíd., cap. 9). No obstante el emperador declaró que el salvoconducto de Lutero debía ser respetado y que antes de que se pudiese proceder contra él, debía dejársele llegar a su casa sano y salvo.

Dos opiniones encontradas fueron entonces propuestas por los miembros de la dieta. Los emisarios y representantes del papa solicitaron que el salvoconducto del reformador fuera violado. “El Rin—decían—debe recibir sus cenizas, como recibió hace un siglo las de Juan Hus” (ibíd.). Pero los príncipes alemanes, si bien papistas y enemigos jurados de Lutero, se opusieron a que se violara así la fe pública, alegando que aquello sería un baldón en el honor de la nación. Recordaron las calamidades que habían sobrevenido por la muerte de Juan Hus y declararon que ellos no se atrevían a acarrearlas a Alemania ni a su joven emperador.