1 DE MAYO 2018

Escúchalo aquí.

Lectura para hoy: Apocalipsis 21:17-19; CS 311-312

Apocalipsis 21:17-19
17 Midió también la muralla, y tenía sesenta y cinco metros, según las medidas humanas que el ángel empleaba. 18 La muralla estaba hecha de jaspe, y la ciudad era de oro puro, semejante a cristal pulido. 19 Los cimientos de la muralla de la ciudad estaban decorados con toda clase de piedras preciosas: el primero con jaspe, el segundo con zafiro, el tercero con ágata, el cuarto con esmeralda,

CS 311-312
Era necesario despertar a los hombres y hacerles sentir su peligro para inducirlos a que se preparasen para los solemnes acontecimientos relacionados con el fin del tiempo de gracia. El profeta de Dios declara: “Grande es el día de Jehová, y muy terrible: ¿quién lo podrá sufrir?”. Joel 2:11. ¿Quién soportará la aparición de Aquel de quien está escrito: “Tú eres de ojos demasiado puros para mirar el mal, ni puedes contemplar la iniquidad”? Habacuc 1:13 (VM). Para los que claman: “Dios mío, te hemos conocido”, y sin embargo han quebrantado su pacto y se apresuraron tras otro dios, encubriendo la iniquidad en sus corazones y amando las sendas del pecado, para los tales “será el día de Jehová tinieblas, y no luz; oscuridad, que no tiene resplandor”. Oseas 8:2, 1; Salmos 16:4; Amós 5:20. “Sucederá en aquel tiempo—dice el Señor—que yo registraré a Jerusalén con lámparas, y castigaré a los hombres que, como vino, están asentados sobre sus heces; los cuales dicen en su corazón: ¡Jehová no hará bien, ni tampoco hará mal!” “Castigaré el mundo por su maldad, y los impíos por su iniquidad; y acabaré con la arrogancia de los presumidos, y humillaré la altivez de los terribles”. “No podrá librarlos su plata ni su oro”; “y sus riquezas vendrán a ser despojo, y sus casas una desolación”. Sofonías 1:12, 18, 13; Isaías 13:11 (VM).

El profeta Jeremías mirando hacia lo por venir, hacia aquel tiempo terrible, exclamó: “¡Se conmueve mi corazón; no puede estarse quieto, por cuanto has oído, oh alma mía, el sonido de la trompeta y la alarma de guerra! ¡Destrucción sobre destrucción es anunciada!” Jeremías 4:19, 20 (VM).

“Día de ira es aquel día; día de apretura y de angustia, día de devastación y desolación, día de tinieblas y de espesa oscuridad, día de nubes y densas tinieblas; día de trompeta y de grito de guerra”. “He aquí que viene el día de Jehová, […] para convertir la tierra en desolación, y para destruir de en medio de ella sus pecadores”. Sofonías 1:15, 16; Isaías 13:9 (VM).

Ante la perspectiva de aquel gran día, la Palabra de Dios exhorta a su pueblo del modo más solemne y expresivo a que despierte de su letargo espiritual, y a que busque su faz con arrepentimiento y humillación: “¡Tocad trompeta en Sión, y sonad alarma en mi santo monte!, ¡tiemblen todos los moradores de la tierra!, porque viene el día de Jehová, porque está ya cercano”. “¡Proclamad riguroso ayuno! ¡Convocad asamblea solemnísima! ¡Reunid al pueblo! ¡Proclamad una convocación obligatoria! ¡Congregad a los ancianos! ¡Juntad a los muchachos! […] ¡Salga el novio de su recámara, y la novia de su tálamo! Entre el pórtico y el altar, lloren los sacerdotes, ministros de Jehová”. “Volveos a mí de todo vuestro corazón; con ayuno también, y con llanto, y con lamentos; rasgad vuestros corazones y no vuestros vestidos, y volveos a Jehová vuestro Dios; porque él es clemente y compasivo, lento en iras y grande en misericordia”. Joel 2:1, 15-17, 12, 13 (VM).

Una gran obra de reforma debía realizarse para preparar a un pueblo que pudiese subsistir en el día de Dios. El Señor vio que muchos de los que profesaban pertenecer a su pueblo no edificaban para la eternidad, y en su misericordia iba a enviar una amonestación para despertarlos de su estupor e inducirlos a prepararse para la venida de su Señor.

Esta amonestación nos es presentada en el capítulo catorce del Apocalipsis. En él encontramos un triple mensaje proclamado por seres celestiales y seguido inmediatamente por la venida del Hijo del hombre para segar “la mies de la tierra”. La primera de estas amonestaciones anuncia la llegada del juicio. El profeta vio un ángel “volando en medio del cielo, teniendo un evangelio eterno que anunciar a los que habitan sobre la tierra, y a cada nación, y tribu, y lengua, y pueblo; y dice a gran voz: ¡Temed a Dios y dadle gloria; porque ha llegado la hora de su juicio; y adorad al que hizo el cielo y la tierra, y el mar y las fuentes de agua!” Apocalipsis 14:6, 7 (VM).

Este mensaje es declarado parte del “evangelio eterno”. La predicación del evangelio no ha sido encargada a los ángeles, sino a los hombres. En la dirección de esta obra se han empleado ángeles santos y ellos tienen a su cargo los grandes movimientos para la salvación de los hombres; pero la proclamación misma del evangelio es llevada a cabo por los siervos de Cristo en la tierra.

Hombres fieles, obedientes a los impulsos del Espíritu de Dios y a las enseñanzas de su Palabra, iban a pregonar al mundo esta amonestación. Eran los que habían estado atentos a la “firme […] palabra profética”, la “lámpara que luce en un lugar tenebroso, hasta que el día esclarezca, y el lucero nazca”. 2 Pedro 1:19 (VM). Habían estado buscando el conocimiento de Dios más que todos los tesoros escondidos, estimándolo más que “la ganancia de plata”, y “su rédito” más “que el oro puro”. Proverbios 3:14 (VM). Y el Señor les reveló los grandes asuntos del reino. “El secreto de Jehová es para los que le temen; y a ellos hará conocer su alianza”. Salmos 25:14.

Los que llegaron a comprender esta verdad y se dedicaron a proclamarla no fueron los teólogos eruditos. Si estos hubiesen sido centinelas fieles y hubieran escudriñado las Santas Escrituras con diligencia y oración, habrían sabido qué hora era de la noche; las profecías les habrían revelado los acontecimientos que estaban por realizarse. Pero tal no fue su actitud, y fueron hombres más humildes los que proclamaron el mensaje. Jesús había dicho: “Andad entre tanto que tenéis luz, para que no os sorprendan las tinieblas” Juan 12:35. Los que se apartan de la luz que Dios les ha dado, o no la procuran cuando está a su alcance, son dejados en las tinieblas. Pero el Salvador dice también: “El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. Juan 8:12 (VM). Cualquiera que con rectitud de corazón trate de hacer la voluntad de Dios siguiendo atentamente la luz que ya le ha sido dada, recibirá aun más luz; a esa alma le será enviada alguna estrella de celestial resplandor para guiarla a la plenitud de la verdad.

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