21 DE MARZO 2018

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Lectura para hoy: CS 226-227

Uno de los colportores más tesoneros y afortunados en la empresa fue Julián Hernández, un enano que, disfrazado a menudo de buhonero o de arriero, hizo muchos viajes a España, ya cruzando los Pirineos, ya entrando por alguno de los puertos del sur de España. Según testimonio del escritor jesuita, fray Santiáñez, era Julián un español que “salió de Alemania con designio de infestar toda España y corrió gran parte de ella, repartiendo muchos libros de perversa doctrina por varias partes y sembrando las herejías de Lutero en hombres y mujeres; y especialmente en Sevilla. Era sobremanera astuto y mañoso, (condición propia de herejes). Hizo gran daño en toda Castilla y Andalucía. Entraba y salía por todas partes con mucha seguridad con sus trazas y embustes, pegando fuego en donde ponía los pies”.

Mientras la difusión de impresos daba a conocer en España las doctrinas reformadas, “debido a la extensión del gobierno de Carlos Quinto sobre Alemania y los Países Bajos, se estrechaban más las relaciones de España con estos países, proporcionando a los españoles, tanto seglares como eclesiásticos, una buena oportunidad para informarse acerca de las doctrinas protestantes, y no pocos les dieron favorable acogida”. Fisher, Historia de la Reformación, 360. Entre ellos se encontraban algunos que, como Alfonso y Juan de Valdés, hijos de Don Fernando de Valdés, corregidor de la antigua ciudad de Cuenca, desempeñaban altos puestos públicos.

Alfonso de Valdés que, como secretario imperial, acompañó a Carlos Quinto con motivo de su coronación, en 1520, y a la dieta de Worms, en 1521, aprovechó su viaje a Alemania y a los Países Bajos para informarse bien respecto al origen y a la propagación del movimiento evangélico, y escribió dos cartas a sus amigos de España haciendo un relato completo de cuanto había oído, incluso un informe detallado de la comparecencia de Lutero ante la dieta. Unos diez años después estuvo con Carlos Quinto en la dieta de Augsburgo, donde tuvo oportunidad para conversar libremente con Melanchton, a quien aseguró que “su influencia había contribuido a librar el ánimo del emperador de […] falsas impresiones; y que en una entrevista posterior se le había encargado dijera a Melanchton que su majestad deseaba que este escribiera un compendio claro de las opiniones de los luteranos, poniéndolas en oposición, artículo por artículo, con las de sus adversarios. El reformador accedió gustoso al pedido, y el resultado de su labor fue comunicado por Valdés a Campegio, legado del papa. Este acto no se le escapó al ojo vigilante de la Inquisición. Luego que Valdés regresó a su país natal, se le acusó ante el ‘Santo Oficio’ y fue condenado como sospechoso de luteranismo” (M’Crie, cap. 4).

El poder del Espíritu Santo que asistió a los reformadores en la tarea de presentar las verdades de la Palabra de Dios durante las grandes dietas convocadas de tanto en tanto por Carlos Quinto, hizo gran impresión en el ánimo de los nobles y de los dignatarios de la iglesia que de España acudieron a aquellas. Por más que a algunos de estos, como al arzobispo Carranza, se les contase durante muchos años entre los más decididos partidarios del catolicismo romano, con todo no pocos cedieron al fin a la convicción de que era verdaderamente Dios quien dirigía y enseñaba a aquellos intrépidos defensores de la verdad, que, con la Biblia, abogaban por el retorno al cristianismo primitivo y a la libertad del evangelio.

Entre los primeros reformadores españoles que se valieron de la imprenta para esparcir el conocimiento de la verdad bíblica, hay que mencionar a Juan de Valdés, hermano de Alfonso, sabio jurisconsulto y secretario del virrey español de Nápoles. Sus obras se caracterizaban por un “amor a la libertad, digno del más alto encarecimiento”. Escritas “con gran maestría y agudeza, en estilo ameno y con pensamientos muy originales” contribuyeron grandemente a echar los cimientos del protestantismo en España.

20 DE MARZO 2018

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Lectura para hoy: CS 224-225

“Si el cristiano encuentra su salud eterna en la renovación de su bautismo por la fe—preguntaba el autor de este tratado—, ¿qué necesidad tiene de las prescripciones de Roma? Declaro pues— añadía—que ni el papa, ni el obispo, ni cualquier hombre que sea, tiene derecho de imponer lo más mínimo a un cristiano sin su consentimiento. Todo lo que no se hace así, se hace tiránicamente. Somos libres con respecto a todos […]. Dios aprecia todas las cosas según la fe, y acontece a menudo que el simple trabajo de un criado o de una criada es más grato a Dios que los ayunos y obras de un fraile, por faltarle a este la fe. El pueblo cristiano es el verdadero pueblo de Dios” (D’Aubigné, Histoire de la Réformation du seizième siècle, lib. 6, cap. 6).

En otro tratado se enseñaba que el verdadero cristiano, al ejercer la libertad que da la fe, tiene buen cuidado también en respetar los poderes establecidos. El amor a sus semejantes le induce a portarse de un modo circunspecto y a ser leal a los que gobiernan el país. “Aunque el cristiano […] [sea] libre, se hace voluntariamente siervo, para obrar con sus hermanos como Dios obró con él mismo por Jesucristo”. “Yo quiero—dice el autor—servir libre, gozosa y desinteresadamente a un Padre que me ha dado toda la abundancia de sus bienes; quiero obrar hacia mis hermanos, así como Cristo obró hacia mí”. “De la fe—prosigue el autor—dimana una vida llena de libertad, de caridad y de alegría. ¡Oh! ¡cuán elevada y noble es la vida del cristiano! […] Por la fe se eleva el cristiano hasta Dios; por el amor, desciende hasta al hombre; y no obstante permanece siempre en Dios. He aquí la verdadera libertad; libertad que sobrepuja a toda otra libertad, tanto como los cielos distan de la tierra” (D’Aubigné, Histoire de la Réformation du seizième siècle, lib. 6, cap. 7).

Estas exposiciones de la libertad del evangelio no podían dejar de llamar la atención en un país donde el amor a la libertad era tan arraigado. Los tratados y folletos pasaron de mano en mano. Los amigos del movimiento evangélico en Suiza, Alemania y los Países Bajos seguían mandando a España gran número de publicaciones. No era tarea fácil para los comerciantes burlar la vigilancia de los esbirros de la Inquisición, que hacían cuanto podían para acabar con las doctrinas reformadas, contrarrestando la ola de literatura que iba inundando al país.

No obstante, los amigos de la causa perseveraron, hasta que muchos miles de tratados y de libritos fueron introducidos de contrabando, burlando la vigilancia de los agentes apostados en los principales puertos del Mediterráneo y a lo largo de los pasos del Pirineo. A veces se metían estas publicaciones dentro de fardos de heno o de yute (cáñamo de las Indias), o en barriles de vino de Borgoña o de Champaña (H. C. Lea, Chapters from the Religious History of Spain, p. 28). A veces iban empaquetadas en un barril interior impermeable dentro de otro barril más grande lleno de vino. Año tras año, durante la mayor parte del siglo décimosexto, hiciéronse esfuerzos constantes para abastecer al pueblo con Testamentos y Biblias en castellano y con los escritos de los reformadores. Era una época en que “la Palabra impresa había tomado un vuelo que la llevaba, como el viento lleva las semillas, hasta los países más remotos” (D’Aubigné, lib. 1, cap. 9).

Entretanto, la Inquisición trataba de impedir con redoblada vigilancia que dichos libros llegasen a manos del pueblo. “Los dueños de librerías tuvieron que entregarle tantos libros, que casi se arruinaban” (Dr. J. P. Fisher, Historia de la Reformación, p. 359). Ediciones enteras fueron confiscadas, y no obstante ejemplares de obras importantes, inclusive muchos Nuevos Testamentos y porciones del Antiguo, llegaban a los hogares del pueblo, merced a los esfuerzos de los comerciantes y colportores. Esto sucedía así especialmente en las provincias del norte, en Cataluña, Aragón y Castilla la Vieja, donde los valdenses habían sembrado pacientemente la semilla que empezaba a brotar y que prometía abundante cosecha.

19 DE MARZO 2018

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Lectura para hoy: CS  222-223

A pesar de tan extraordinarios esfuerzos para despojar a los hombres de sus libertades civiles y religiosas, y hasta de la del pensamiento, “el ardor del entusiasmo religioso, unido al instinto profundo de la libertad civil” (ibíd., XI), indujo a muchos hombres y mujeres piadosos a aferrarse tenazmente a las enseñanzas de la Biblia y a sostener el derecho que tenían de adorar a Dios según los dictados de su conciencia. De aquí que por España se propagase un movimiento análogo al de la revolución religiosa que se desarrollaba en otros países.

Al paso que los descubrimientos que se realizaban en un mundo nuevo prometían al soldado y al mercader territorios sin límites y riquezas fabulosas, muchos miembros de entre las familias más nobles fijaron resueltamente sus miradas en las conquistas más vastas y riquezas más duraderas del evangelio. Las enseñanzas de las Sagradas Escrituras estaban abriéndose paso silenciosamente en los corazones de hombres como el erudito Alfonso de Valdés, secretario de Carlos Quinto; su hermano, Juan de Valdés, secretario del virrey de Nápoles; y el elocuente Constantino Ponce de la Fuente, capellán y confesor de Carlos Quinto, de quien Felipe II dijo que era “muy gran filósofo y profundo teólogo y de los más señalados hombres en el púlpito y elocuencia que ha habido de tiempos acá”.

Más allá aún fue la influencia de las Sagradas Escrituras al penetrar en el rico monasterio de San Isidro del Campo, donde casi todos los monjes recibieron gozosos la Palabra de Dios cual antorcha para sus pies y luz sobre su camino. Hasta el arzobispo Carranza, después de haber sido elevado a la primacía, se vio obligado durante cerca de veinte años a batallar en defensa de su vida entre los muros de la Inquisición, porque abogaba por las doctrinas de la Biblia.

Ya en 1519 empezaron a aparecer, en forma de pequeños folletos en latín, los escritos de los reformadores de otros países, a los que siguieron, meses después, obras de mayor aliento, escritas casi todas en castellano. En ellas se ponderaba la Biblia como piedra de toque que debía servir para probar cualquier doctrina, se exponía sabiamente la necesidad que había de reformas, y se explicaban con claridad las grandes verdades relativas a la justificación por la fe y a la libertad mediante el evangelio.

“La primera, la más noble, la más sublime de todas las obras— enseñaban los reformadores—es la fe en Jesucristo. De esta obra deben proceder todas las obras”. “Un cristiano que tiene fe en Dios lo hace todo con libertad y con gozo; mientras que el hombre que no está con Dios vive lleno de cuidados y sujeto siempre a servidumbre. Este se pregunta a sí mismo con angustia, cuántas obras buenas tendrá que hacer; corre acá y acullá; pregunta a este y a aquel; no encuentra la paz en parte alguna, y todo lo ejecuta con disgusto y con temor”. “La fe viene únicamente de Jesucristo, y nos es prometida y dada gratuitamente. ¡Oh hombre! represéntate a Cristo, y considera cómo Dios te muestra en él su misericordia, sin ningún mérito de tu parte. Saca de esta imagen de su gracia la fe y la certidumbre de que todos tus pecados te están perdonados: esto no lo pueden producir las obras. De la sangre, de las llagas, de la misma muerte de Cristo es de donde mana esa fe que brota en el corazón”.

En uno de los tratados se explicaba del siguiente modo la diferencia que media entre la excelencia de la fe y las obras humanas:

“Dios dijo: ‘Quien creyere y fuere bautizado, será salvo’. Esta promesa de Dios debe ser preferida a toda la ostentación de las obras, a todos los votos, a todas las satisfacciones, a todas las indulgencias, y a cuanto ha inventado el hombre; porque de esta promesa, si la recibimos con fe, depende toda nuestra felicidad. Si creemos, nuestro corazón se fortalece con la promesa divina; y aunque el fiel quedase despojado de todo, esta promesa en que cree, le sostendría. Con ella resistiría al adversario que se lanzara contra su alma; con ella podrá responder a la despiadada muerte, y ante el mismo juicio de Dios. Su consuelo en todas sus adversidades consistirá en decir: Yo recibí ya las primicias de ella en el bautismo; si Dios es conmigo, ¿quién será contra mí? ¡Oh! ¡qué rico es el cristiano y el bautizado! nada puede perderle a no ser que se niegue a creer”.

18 DE MARZO 2018

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Lectura para hoy: CS 220-221

Carlos Quinto ascendió al trono como soberano de España y Nápoles, de los Países Bajos, de Alemania y Austria “en tiempo en que Alemania se encontraba en un estado de agitación sin precedente”. Con la invención de la imprenta se difundió la Biblia por los hogares del pueblo, y como muchos aprendieran a leer para sí la Palabra de Dios, la luz de la verdad disipó las tinieblas de la superstición como por obra de una nueva revelación. Era evidente que había habido un alejamiento de las enseñanzas de los fundadores de la iglesia primitiva, tal cual se hallaban relatadas en el Nuevo Testamento. Entre las órdenes monásticas “la vida conventual habíase corrompido al extremo de que los monjes más virtuosos no podían ya soportarla” (Kurtz, Kirchengeschichte, sec.

Otras muchas personas relacionadas con la iglesia se asemejaban muy poco a Jesús y a sus apóstoles. Los católicos sinceros, que amaban y honraban la antigua religión, se horrorizaban ante el espectáculo que se les ofrecía por doquiera. Entre todas las clases sociales se notaba “una viva percepción de las corrupciones” que se habían introducido en la iglesia, y “un profundo y general anhelo por la reforma” (ibíd., sec. 122).

“Deseosos de respirar un ambiente más sano, surgieron por todos partes evangelistas inspirados por una doctrina más pura” (ibíd., sec. 125). Muchos católicos cristianos, nobles y serios, entre los que se contaban no pocos del clero español e italiano, se unieron a dicho movimiento, que rápidamente iba extendiéndose por Alemania y Francia. Como lo declaró el sabio arzobispo de Toledo, Bartolomé de Carranza, en sus Comentarios del Catecismo, aquellos piadosos prelados querían ver “revivir en su sencillez y pureza el antiguo espíritu de nuestros antepasados y de la iglesia primitiva” (Bartolomé Carranza y Miranda, Comentarios sobre el catecismo cristiano, Amberes, 1558, 233; citado por Kurtz, sec. 139).

El clero de España era competente para tomar parte directiva en este retorno al cristianismo primitivo. Siempre amante de la libertad, el pueblo español durante los primeros siglos de la era cristiana se había negado resueltamente a reconocer la supremacía de los obispos de Roma; y solo después de transcurridos ocho siglos le reconocieron al fin a Roma el derecho de entremeterse con autoridad en sus asuntos internos. Fue precisamente con el fin de aniquilar ese espíritu de libertad, característico del pueblo español hasta en los siglos posteriores en que había reconocido ya la supremacía papal, con el que, en 1483, Fernando e Isabel, en hora fatal para España, permitieron el establecimiento de la Inquisición como tribunal permanente en Castilla y su restablecimiento en Aragón, con Tomás de Torquemada como inquisidor general.

Durante el reinado de Carlos Quinto “la represión de las libertades del pueblo, que ya había ido tan lejos en tiempo de su abuelo, y que su hijo iba a reducir a sistema, siguió desenfrenadamente, […] no obstante las apelaciones de las Cortes. Todas las artes de su famoso ministro, el cardenal Jiménez, fueron requeridas para impedir un rompimiento manifiesto. Al principio del reinado del monarca (1520) las ciudades de Castilla se vieron impulsadas a sublevarse para conservar sus antiguas libertades. Solo a duras penas logró sofocarse la insurrección (1521)” (The New International Encyclopaedia, ed. de 1904, art. “Carlos Quinto”). La política de este soberano consistía, como había consistido la de su abuelo Fernando, en oponerse al espíritu de toda una época, considerando tanto las almas como los cuerpos de las muchedumbres como propiedad personal de un individuo (Motley, Introducción, X). Como lo ha dicho un historiador: “El soberbio imperio de Carlos Quinto levantóse sobre la tumba de la libertad” (ibíd., Prefacio).

17 DE MARZO 2018

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Lectura para hoy: CS 217-219

Para otorgarles más poder, se expidió una bula que restablecía la Inquisición (véase el Apéndice). No obstante el odio general que inspiraba, aun en los países católicos, el terrible tribunal fue restablecido por los gobernantes obedientes al papa; y muchas atrocidades demasiado terribles para cometerse a la luz del día, volvieron a perpetrarse en los secretos y oscuros calabozos. En muchos países, miles y miles de representantes de la flor y nata de la nación, de los más puros y nobles, de los más inteligentes y cultos, de los pastores más piadosos y abnegados, de los ciudadanos más patriotas e industriosos, de los más brillantes literatos, de los artistas de más talento y de los artesanos más expertos, fueron asesinados o se vieron obligados a huir a otras tierras.

Estos eran los medios de que se valía Roma para apagar la luz de la Reforma, para privar de la Biblia a los hombres, y restaurar la ignorancia y la superstición de la Edad Media. Empero, debido a la bendición de Dios y al esfuerzo de aquellos nobles hombres que él había suscitado para suceder a Lutero, el protestantismo no fue vencido. Esto no se debió al favor ni a las armas de los príncipes. Los países más pequeños, las naciones más humildes e insignificantes, fueron sus baluartes. La pequeña Ginebra, a la que rodeaban poderosos enemigos que tramaban su destrucción; Holanda en sus bancos de arena del Mar del Norte, que luchaba contra la tiranía de España, el más grande y el más opulento de los reinos de aquel tiempo; la glacial y estéril Suecia, esas fueron las que ganaron victorias para la Reforma.

Calvino trabajó en Ginebra cerca de treinta años; primero para establecer una iglesia que se adhiriese a la moralidad de la Biblia, y después para fomentar el movimiento de la Reforma por toda Europa. Su carrera como caudillo público no fue inmaculada, ni sus doctrinas estuvieron exentas de error. Pero así y todo fue el instrumento que sirvió para dar a conocer verdades especialmente importantes en su época, y para mantener los principios del protestantismo, defendiéndolos contra la ola creciente del papismo, así como para instituir en las iglesias reformadas la sencillez y la pureza de vida en lugar de la corrupción y el orgullo fomentados por las enseñanzas del romanismo.

De Ginebra salían publicaciones y maestros que esparcían las doctrinas reformadas. Y a ella acudían los perseguidos de todas partes, en busca de instrucción, de consejo y de aliento. La ciudad de Calvino se convirtió en refugio para los reformadores que en toda la Europa occidental eran objeto de persecución. Huyendo de las tremendas tempestades que siguieron desencadenándose por varios siglos, los fugitivos llegaban a las puertas de Ginebra. Desfallecientes de hambre, heridos, expulsados de sus hogares, separados de los suyos, eran recibidos con amor y se les cuidaba con ternura; y hallando allí un hogar, eran una bendición para aquella su ciudad adoptiva, por su talento, su sabiduría y su piedad. Muchos de los que se refugiaron allí regresaron a sus propias tierras para combatir la tiranía de Roma. Knox, el valiente reformador de Escocia, no pocos de los puritanos ingleses, los protestantes de Holanda y de España y los hugonotes de Francia, llevaron de Ginebra la antorcha de la verdad con que desvanecer las tinieblas en sus propios países.

Capítulo 13—El despertar de España

Los comienyos del siglo XVI coinciden con “el período heroico de la historia de España, el período de la victoria final sobre los moros y de la romántica conquista de un nuevo mundo, período en que el entusiasmo religioso y militar elevó el carácter nacional de un modo extraordinario. Tanto en la guerra como en la diplomacia y en el arte de gobernar, se reconocía y temía la preeminencia de los españoles”. A fines del siglo XV, Colón había descubierto y reunido a la corona de España “territorios dilatadísimos y fabulosamente ricos”. En los primeros años del siglo XVI fue cuando el primer europeo vio el Océano Pacífico; y mientras se colocaba en Aquisgrán la corona de Carlomagno y Barbarroja sobre la cabeza de Carlos Quinto, “Magallanes llevaba a cabo el gran viaje que había de tener por resultado la circunnavegación del globo, y Cortés hallábase empeñado en la ardua conquista de México”. Veinte años después “Pizarro había llevado a feliz término la conquista del Perú” (Encyclopaedia Britannica, novena ed., art. “Carlos Quinto”).

16 DE MARZO 2018

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Lectura para hoy: CS 215-216

La ciudad se había declarado ya partidaria de la Reforma cuando Calvino, después de varios trabajos y vicisitudes, penetró en ella. Volvía de su última visita a su tierra natal y dirigíase a Basilea, cuando hallando el camino invadido por las tropas de Carlos V, tuvo que hacer un rodeo y pasar por Ginebra.

En esta visita reconoció Farel la mano de Dios. Aunque Ginebra había aceptado ya la fe reformada, quedaba aún una gran obra por hacer. Los hombres se convierten a Dios por individuos y no por comunidades; la obra de regeneración debe ser realizada en el corazón y en la conciencia por el poder del Espíritu Santo, y no por decretos de concilios. Si bien el pueblo ginebrino había desechado el yugo de Roma, no por eso estaba dispuesto a renunciar también a los vicios que florecieran en su seno bajo el dominio de aquella. Y no era obra de poca monta la de implantar entre aquel pueblo los principios puros del evangelio, y prepararlo para que ocupara dignamente el puesto a que la Providencia parecía llamarle.

Farel estaba seguro de haber hallado en Calvino a uno que podría unírsele en esta empresa. En el nombre de Dios rogó al joven evangelista que se quedase allí a trabajar. Calvino retrocedió alarmado. Era tímido y amigo de la paz, y quería evitar el trato con el espíritu atrevido, independiente y hasta violento de los ginebrinos. Por otra parte, su poca salud y su afición al estudio le inclinaban al retraimiento. Creyendo que con su pluma podría servir mejor a la causa de la Reforma, deseaba encontrar un sitio tranquilo donde dedicarse al estudio, y desde allí, por medio de la prensa, instruir y edificar a las iglesias. Pero la solemne amonestación de Farel le pareció un llamamiento del cielo, y no se atrevió a oponerse a él. Le pareció, según dijo, “como si la mano de Dios se hubiera extendido desde el cielo y le sujetase para detenerle precisamente en aquel lugar que con tanta impaciencia quería dejar” (D’Aubigné, Histoire de la Réformation au temps de Calvin, lib. 9, cap. 17).

La causa protestante se veía entonces rodeada de grandes peligros. Los anatemas del papa tronaban contra Ginebra, y poderosas naciones amenazaban destruirla. ¿Cómo iba tan pequeña ciudad a resistir a la poderosa jerarquía que tan a menudo había sometido a reyes y emperadores? ¿Cómo podría vencer los ejércitos de los grandes capitanes del siglo? En toda la cristiandad se veía amenazado el protestantismo por formidables enemigos. Pasados los primeros triunfos de la Reforma, Roma reunió nuevas fuerzas con la esperanza de acabar con ella. Entonces fue cuando nació la orden de los jesuitas, que iba a ser el más cruel, el menos escrupuloso y el más formidable de todos los campeones del papado. Libres de todo lazo terrenal y de todo interés humano, insensibles a la voz del afecto natural, sordos a los argumentos de la razón y a la voz de la conciencia, no reconocían los miembros más ley, ni más sujeción que las de su orden, y no tenían más preocupación que la de extender su poderío (véase el Apéndice).

El evangelio de Cristo había capacitado a sus adherentes para arrostrar los peligros y soportar los padecimientos, sin desmayar por el frío, el hambre, el trabajo o la miseria, y para sostener con denuedo el estandarte de la verdad frente al potro, al calabozo y a la hoguera. Para combatir contra estas fuerzas, el jesuitismo inspiraba a sus adeptos un fanatismo tal, que los habilitaba para soportar peligros similares y oponer al poder de la verdad todas las armas del engaño. Para ellos ningún crimen era demasiado grande, ninguna mentira demasiado vil, ningún disfraz demasiado difícil de llevar. Ligados por votos de pobreza y de humildad perpetuas, estudiaban el arte de adueñarse de la riqueza y del poder para consagrarlos a la destrucción del protestantismo y al restablecimiento de la supremacía papal.

Al darse a conocer como miembros de la orden, se presentaban con cierto aire de santidad, visitando las cárceles, atendiendo a los enfermos y a los pobres, haciendo profesión de haber renunciado al mundo, y llevando el sagrado nombre de Jesús, de Aquel que anduvo haciendo bienes. Pero bajo esta fingida mansedumbre, ocultaban a menudo propósitos criminales y mortíferos. Era un principio fundamental de la orden, que el fin justifica los medios. Según dicho principio, la mentira, el robo, el perjurio y el asesinato, no solo eran perdonables, sino dignos de ser recomendados, siempre que vieran los intereses de la iglesia.

Con muy diversos disfraces se introducían los jesuitas en los puestos del estado, elevándose hasta la categoría de consejeros de los reyes, y dirigiendo la política de las naciones. Se hacían criados para convertirse en espías de sus señores. Establecían colegios para los hijos de príncipes y nobles, y escuelas para los del pueblo; y los hijos de padres protestantes eran inducidos a observar los ritos romanistas. Toda la pompa exterior desplegada en el culto de la iglesia de Roma se aplicaba a confundir la mente y ofuscar y embaucar la imaginación, para que los hijos traicionaran aquella libertad por la cual sus padres habían trabajado y derramado su sangre. Los jesuitas se esparcieron rápidamente por toda Europa y doquiera iban lograban reavivar el papismo.

15 DE MARZO 2018

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Lectura para hoy: CS 213-214

Farel dio comienzo a sus trabajos en Suiza como humilde maestro de escuela. Se retiró a una parroquia apartada y se consagró a la enseñanza de los niños. Además de las clases usuales requeridas por el plan de estudios, introdujo con mucha prudencia las verdades de la Biblia, esperando alcanzar a los padres por medio de los niños. Algunos creyeron, pero los sacerdotes se apresuraron a detener la obra, y los supersticiosos campesinos fueron incitados a oponerse a ella. “Ese no puede ser el evangelio de Cristo—decían con insistencia los sacerdotes—, puesto que su predicación no trae paz sino guerra” (Wylie, lib. 14, cap. 3).

Y a semejanza de los primeros discípulos, cuando se le perseguía en una ciudad se iba para otra. Andaba de aldea en aldea, y de pueblo en pueblo, a pie, sufriendo hambre, frío, fatigas, y exponiendo su vida en todas partes. Predicaba en las plazas, en las iglesias y a veces en los púlpitos de las catedrales. En ocasiones se reunía poca gente a oírle; en otras, interrumpían su predicación con burlas y gritería, y le echaban abajo del púlpito. Más de una vez cayó en manos de la canalla, que le dio de golpes hasta dejarlo medio muerto. Sin embargo seguía firme en su propósito. Aunque le rechazaban a menudo, volvía a la carga con incansable perseverancia y logró al fin que una tras otra, las ciudades que habían sido los baluartes del papismo abrieran sus puertas al evangelio. Fue aceptada la fe reformada en aquella pequeña parroquia donde había trabajado primero. Las ciudades de Morat y de Neuchatel renunciaron también a los ritos romanos y quitaron de sus templos las imágenes de idolatría.

Farel había deseado mucho plantar en Ginebra el estandarte protestante. Si esa ciudad podía ser ganada a la causa, se convertiría en centro de la Reforma para Francia, Suiza e Italia. Para conseguirlo prosiguió su obra hasta que los pueblos y las aldeas de alrededor quedaron conquistados por el evangelio. Luego entró en Ginebra con un solo compañero. Pero no le permitieron que predicara sino dos sermones.

Habiéndose empeñado en vano los sacerdotes en conseguir de las autoridades civiles que le condenaran, lo citaron a un concejo eclesiástico y allí fueron ellos llevando armas bajo sus sotanas y resueltos a asesinarle. Fuera de la sala, una furiosa turba, con palos y espadas, se agolpó para estar segura de matarle en caso de que lograse escaparse del concejo. La presencia de los magistrados y de una fuerza armada le salvaron de la muerte. Al día siguiente, muy temprano, lo condujeron con su compañero a la ribera opuesta del lago y los dejaron fuera de peligro. Así terminó su primer esfuerzo para evangelizar a Ginebra.

Para la siguiente tentativa el elegido fue un instrumento menos destacado: un joven de tan humilde apariencia que era tratado con frialdad hasta por los que profesaban ser amigos de la Reforma. ¿Qué podría hacer uno como él allí donde Farel había sido rechazado? ¿Cómo podría un hombre de tan poco valor y tan escasa experiencia, resistir la tempestad ante la cual había huido el más fuerte y el más bravo? “¡No por esfuerzo, ni con poder, sino por mi Espíritu! dice Jehová de los ejércitos”. “Ha escogido Dios las cosas insensatas del mundo, para confundir a los sabios”. “Porque lo insensato de Dios, es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres”. Zacarías 4:6; 1 Corintios 1:27, 25 (VM).

Fromento principió su obra como maestro de escuela. Las verdades que inculcaba a los niños en la escuela, ellos las repetían en sus hogares. No tardaron los padres en acudir a escuchar la explicación de la Biblia, hasta que la sala de la escuela se llenó de atentos oyentes. Se distribuyeron gratis folletos y Nuevos Testamentos que alcanzaron a muchos que no se atrevían a venir públicamente a oír las nuevas doctrinas. Después de algún tiempo también este sembrador tuvo que huir; pero las verdades que había propagado quedaron grabadas en la mente del pueblo. La Reforma se había establecido e iba a desarrollarse y fortalecerse. Volvieron los predicadores, y merced a sus trabajos, el culto protestante se arraigó finalmente en Ginebra.

14 DE MARZO 2018

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Lectura para hoy: CS 211-212

Terribles eran las tinieblas de la nación que había rechazado la luz de la verdad. “La gracia que trae salvación” se había manifestado; pero Francia, después de haber comprobado su poder y su santidad, después que millares de sus hijos hubieron sido alumbrados por su belleza, después que su radiante luz se hubo esparcido por ciudades y pueblos, se desvió y escogió las tinieblas en vez de la luz. Habían rehusado los franceses el don celestial cuando les fuera ofrecido. Habían llamado a lo malo bueno, y a lo bueno malo, hasta llegar a ser víctimas de su propio engaño. Y ahora, aunque creyeran de todo corazón que servían a Dios persiguiendo a su pueblo, su sinceridad no los dejaba sin culpa. Habían rechazado precisamente aquella luz que los hubiera salvado del engaño y librado sus almas del pecado de derramar sangre.

Se juró solemnemente en la gran catedral que se extirparía la herejía, y en aquel mismo lugar, tres siglos más tarde iba a ser entronizada la “diosa Razón” por un pueblo que se había olvidado del Dios viviente. Volvióse a formar la procesión y los representantes de Francia se marcharon dispuestos a dar principio a la obra que habían jurado llevar a cabo. “De trecho en trecho, a lo largo del camino, se habían preparado hogueras para quemar vivos a ciertos cristianos protestantes, y las cosas estaban arregladas de modo que cuando se encendieran aquellas al acercarse el rey, debía detenerse la procesión para presenciar la ejecución” (Wylie, lib. 13, cap. 21). Los detalles de los tormentos que sufrieron estos confesores de Cristo, no son para descritos; pero no hubo desfallecimiento en las víctimas. Al ser instado uno de esos hombres para que se retractase, dijo: “Yo solo creo en lo que los profetas y apóstoles predicaron en los tiempos antiguos, y en lo que la comunión de los santos ha creído. Mi fe confía de tal manera en Dios que puedo resistir a todos los poderes del infierno” (D’Aubigné, Histoire de la Réformation au temps de Calvin, lib. 4, cap. 12).

La procesión se detenía cada vez frente a los sitios de tormento. Al volver al lugar de donde había partido, el palacio real, se dispersó la muchedumbre y se retiraron el rey y los prelados, satisfechos de los autos de aquel día y congratulándose entre sí porque la obra así comenzada se proseguiría hasta lograrse la completa destrucción de la herejía.

El evangelio de paz que Francia había rechazado iba a ser arrancado de raíz, lo que acarrearía terribles consecuencias. El 21 de enero de 1793, es decir, a los doscientos cincuenta y ocho años cabales, contados desde aquel día en que Francia entera se comprometiera a perseguir a los reformadores, otra procesión, organizada con un fin muy diferente, atravesaba las calles de París. “Nuevamente era el rey la figura principal; otra vez veíase el mismo tumulto y oíase la misma gritería; pedíanse de nuevo más víctimas; volviéronse a erigir negros cadalsos, y nuevamente las escenas del día se clausuraron con espantosas ejecuciones; Luis XVI fue arrastrado a la guillotina, forcejeando con sus carceleros y verdugos que lo sujetaron fuertemente en la temible máquina hasta que cayó sobre su cuello la cuchilla y separó de sus hombros la cabeza que rodó sobre los tablones del cadalso” (Wylie, lib. 13, cap. 21). Y no fue él la única víctima; allí cerca del mismo sitio perecieron decapitados por la guillotina dos mil ochocientos seres humanos, durante el sangriento reinado del terror.

La Reforma había presentado al mundo una Biblia abierta, había desatado los sellos de los preceptos de Dios, e invitado al pueblo a cumplir sus mandatos. El amor infinito había presentado a los hombres con toda claridad los principios y los estatutos del cielo. Dios había dicho: “Los guardaréis pues para cumplirlos; porque en esto consistirá vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a la vista de las naciones; las cuales oirán hablar de todos estos estatutos, y dirán: Ciertamente pueblo sabio y entendido es esta gran nación”. Deuteronomio 4:6 (VM). Francia misma, al rechazar el don celestial, sembró la semilla de la anarquía y de la ruina; y la acción consecutiva e inevitable de la causa y del efecto resultó en la Revolución y el reinado del terror.

Mucho antes de aquella persecución despertada por los carteles, el osado y ardiente Farel se había visto obligado a huir de la tierra de sus padres. Se refugió en Suiza, y mediante los esfuerzos con que secundó la obra de Zuinglio, ayudó a inclinar el platillo de la balanza en favor de la Reforma. Iba a pasar en Suiza sus últimos años, pero no obstante siguió ejerciendo poderosa influencia en la Reforma en Francia. Durante los primeros años de su destierro, dirigió sus esfuerzos especialmente a extender en su propio país el conocimiento del evangelio. Dedicó gran parte de su tiempo a predicar a sus paisanos cerca de la frontera, desde donde seguía la suerte del conflicto con infatigable constancia, y ayudaba con sus palabras de estímulo y sus consejos. Con el auxilio de otros desterrados, tradujo al francés los escritos del reformador alemán, y estos y la Biblia vertida a la misma lengua popular se imprimieron en grandes cantidades, que fueron vendidas en toda Francia por los colportores. Los tales conseguían estos libros a bajo precio y con el producto de la venta avanzaban más y más en el trabajo.

13 DE MARZO 2018

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Lectura para hoy: CS 209-210

Todas las clases sociales se encontraban ahora presa de la sospecha, la desconfianza y el terror. En medio de la alarma general se notó cuán profundamente se habían arraigado las enseñanzas luteranas en las mentes de los hombres que más se distinguían por su brillante educación, su influencia y la superioridad de su carácter. Los puestos más honrosos y de más confianza quedaron de repente vacantes. Desaparecieron artesanos, impresores, literatos, catedráticos de las universidades, autores, y hasta cortesanos. A centenares salían huyendo de París, desterrándose voluntariamente de su propio país, dando así en muchos casos la primera indicación de que estaban en favor de la Reforma. Los papistas se admiraban al ver a tantos herejes de quienes no habían sospechado y que habían sido tolerados entre ellos. Su ira se descargó sobre la multitud de humildes víctimas que había a su alcance. Las cárceles quedaron atestadas y el aire parecía oscurecerse con el humo de tantas hogueras en que se hacía morir a los que profesaban el evangelio.

Francisco I se vanagloriaba de ser uno de los caudillos del gran movimiento que hizo revivir las letras a principios del siglo XVI. Tenía especial deleite en reunir en su corte a literatos de todos los países. A su empeño de saber, y al desprecio que le inspiraba la ignorancia y la superstición de los frailes se debía, siquiera en parte, el grado de tolerancia que había concedido a los reformadores. Pero, en su celo por aniquilar la herejía, este fomentador del saber expidió un edicto declarando abolida la imprenta en toda Francia. Francisco I ofrece uno de los muchos ejemplos conocidos de cómo la cultura intelectual no es una salvaguardia contra la persecución y la intolerancia religiosa.

Francia, por medio de una ceremonia pública y solemne, iba a comprometerse formalmente en la destrucción del protestantismo. Los sacerdotes exigían que el insulto lanzado al cielo en la condenación de la misa fuese expiado con sangre, y que el rey, en nombre del pueblo, sancionara la espantosa tarea. Se señaló el 21 de enero de 1535 para efectuar la terrible ceremonia. Se atizaron el odio hipócrita y los temores supersticiosos de toda la nación. París estaba repleto de visitantes que habían acudido de los alrededores y que invadían sus calles.

Tenía que empezar el día con el desfile de una larga e imponente procesión. “Las casas por delante de las cuales debía pasar, estaban enlutadas, y se habían levantado altares, de trecho en trecho”. Frente a todas las puertas había una luz encendida en honor del “santo sacramento”. Desde el amanecer se formó la procesión en palacio. “Iban delante las cruces y los pendones de las parroquias, y después, seguían los particulares de dos en dos, y llevando teas encendidas”. A continuación, seguían las cuatro órdenes de frailes, luciendo cada una sus vestiduras particulares. A estas seguía una gran colección de famosas reliquias. Iban tras ella, en sus carrozas, los altos dignatarios eclesiásticos, ostentando sus vestiduras moradas y de escarlata adornadas con pedrerías, formando todo aquello un conjunto espléndido y deslumbrador.

“La hostia era llevada por el obispo de París bajo vistoso dosel […] sostenido por cuatro príncipes de los de más alta jerarquía […]. Tras ellos iba el monarca […]. Francisco I iba en esa ocasión despojado de su corona y de su manto real”. Con “la cabeza descubierta y la vista hacia el suelo, llevando en su mano un cirio encendido”, el rey de Francia se presentó en público “como penitente” (ibíd., cap. 21). Se inclinaba ante cada altar, humillándose, no por los pecados que manchaban su alma, ni por la sangre inocente que habían derramado sus manos, sino por el pecado mortal de sus súbditos que se habían atrevido a condenar la misa. Cerraban la marcha la reina y los dignatarios del estado, que iban también de dos en dos llevando en sus manos antorchas encendidas.

Como parte del programa de aquel día, el monarca mismo dirigió un discurso a los dignatarios del reino en la vasta sala del palacio episcopal. Se presentó ante ellos con aspecto triste, y con conmovedora elocuencia, lamentó el “crimen, la blasfemia, y el día de luto y de desgracia” que habían sobrevenido a toda la nación. Instó a todos sus leales súbditos a que cooperasen en la extirpación de la herejía que amenazaba arruinar a Francia. “Tan cierto, señores, como que soy vuestro rey—declaró—, si yo supiese que uno de mis miembros estuviese contaminado por esta asquerosa podredumbre, os lo entregaría para que fuese cortado por vosotros […]. Y aún más, si viera a uno de mis hijos contaminado por ella, no lo toleraría, sino que lo entregaría yo mismo y lo sacrificaría a Dios”. Las lágrimas le ahogaron la voz y la asamblea entera lloró, exclamando unánimemente: “¡Viviremos y moriremos en la religión católica!” (D’Aubigné, Histoire de la Réformation au temps de Calvin, lib. 4, cap. 12).

12 DE MARZO 2018

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Lectura para hoy: CS 207-208

Calvino volvió a París. No podía abandonar la esperanza de que Francia como nación aceptase la Reforma. Pero halló cerradas casi todas las puertas. Predicar el evangelio era ir directamente a la hoguera, y resolvió finalmente partir para Alemania. Apenas había salido de Francia cuando estalló un movimiento contra los protestantes que de seguro le hubiera envuelto en la ruina general, si se hubiese quedado.

Los reformadores franceses, deseosos de ver a su país marchar de consuno con Suiza y Alemania, se propusieron asestar a las supersticiones de Roma un golpe audaz que hiciera levantarse a toda la nación. Con este fin en una misma noche y en toda Francia se fijaron carteles que atacaban la misa. En lugar de ayudar a la Reforma, este movimiento inspirado por el celo más que por el buen juicio reportó un fracaso no solo para sus propagadores, sino también para los amigos de la fe reformada por todo el país. Dio a los romanistas lo que tanto habían deseado: una coyuntura de la cual sacar partido para pedir que se concluyera por completo con los herejes a quienes tacharon de perturbadores peligrosos para la estabilidad del trono y la paz de la nación.

Una mano secreta, la de algún amigo indiscreto, o la de algún astuto enemigo, pues nunca quedó aclarado el asunto, fijó uno de los carteles en la puerta de la cámara particular del rey. El monarca se horrorizó. En ese papel se atacaban con acritud supersticiones que por siglos habían sido veneradas.

La ira del rey se encendió por el atrevimiento sin igual de los que introdujeron hasta su real presencia aquellos escritos tan claros y precisos. En su asombro quedó el rey por algún tiempo tembloroso y sin articular palabra alguna. Luego dio rienda suelta a su enojo con estas terribles palabras: “Préndase a todos los sospechosos de herejía luterana […]. Quiero exterminarlos a todos” (ibíd., lib. 4, cap. 10). La suerte estaba echada. El rey resolvió pasarse por completo al lado de Roma.

Se tomaron medidas para arrestar a todos los luteranos que se hallasen en París. Un pobre artesano, adherente a la fe reformada, que tenía por costumbre convocar a los creyentes para que se reuniesen en sus asambleas secretas, fue apresado e intimidándolo con la amenaza de llevarlo inmediatamente a la hoguera, se le ordenó que condujese a los emisarios papales a la casa de todo protestante que hubiera en la ciudad. Se estremeció de horror al oír la vil proposición que se le hacía; pero, al fin, vencido por el temor de las llamas, consintió en convertirse en traidor de sus hermanos.

Precedido por la hostia, y rodeado de una compañía de sacerdotes, monaguillos, frailes y soldados, Morin, el policía secreto del rey, junto con el traidor, recorrían despacio y sigilosamente las calles de la ciudad. Era aquello una ostensible demostración en honor del “santo sacramento” en desagravio por el insulto que los protestantes lanzaran contra la misa. Aquel espectáculo, sin embargo, no servía más que para disfrazar los aviesos fines. Al pasar frente a la casa de un luterano, el traidor hacía una señal, pero no pronunciaba palabra alguna. La procesión se detenía, entraban en la casa, sacaban a la familia y la encadenaban, y la terrible compañía seguía adelante en busca de nuevas víctimas. “No perdonaron casa, grande ni chica, ni los departamentos de la universidad de París […]. Morin hizo temblar la ciudad […]. Era el reinado del terror” (ibíd.).

Las víctimas sucumbían en medio de terribles tormentos, pues se había ordenado a los verdugos que las quemasen a fuego lento para que se prolongara su agonía. Pero morían como vencedores. No menguaba su fe, ni desmayaba su confianza. Los perseguidores, viendo que no podían conmover la firmeza de aquellos fieles, se sentían derrotados. “Se erigieron cadalsos en todos los barrios de la ciudad de París y se quemaban herejes todos los días con el fin de sembrar el terror entre los partidarios de las doctrinas heréticas, multiplicando las ejecuciones.

Sin embargo, al fin la ventaja fue para el evangelio. Todo París pudo ver qué clase de hombres eran los que abrigaban en su corazón las nuevas enseñanzas. No hay mejor púlpito que la hoguera de los mártires. El gozo sereno que iluminaba los rostros de aquellos hombres cuando […] se les conducía al lugar de la ejecución, su heroísmo cuando eran envueltos por las llamas, su mansedumbre para perdonar las injurias, cambiaba no pocas veces, el enojo en lástima, el odio en amor, y hablaba con irresistible elocuencia en pro del evangelio” (Wylie, lib. 13, cap. 20).