31 DE MARZO 2018

Escúchalo aquí.

Lectura para hoy: CS 246-247

En ninguna parte fueron recibidas las doctrinas reformadas de un modo tan general como en los Países Bajos. Y en pocos países sufrieron sus adherentes tan espantosas persecuciones. En Alemania Carlos V había publicado edictos contra la Reforma, y de buena gana hubiera llevado a la hoguera a todos los partidarios de ella; pero allí estaban los príncipes oponiendo una barrera a su tiranía. En los Países Bajos su poder era mayor, y los edictos de persecución se seguían unos a otros en rápida sucesión. Leer la Biblia, oírla leer, predicarla, o aun referirse a ella en la conversación, era incurrir en la pena de muerte por la hoguera. Orar a Dios en secreto, abstenerse de inclinarse ante las imágenes, o cantar un salmo, eran otros tantos hechos castigados también con la muerte. Aun los que abjuraban de sus errores eran condenados, si eran hombres, a ser degollados, y si eran mujeres, a ser enterradas vivas. Millares perecieron durante los reinados de Carlos y de Felipe II.

En cierta ocasión llevaron ante los inquisidores a toda una familia acusada de no oír misa y de adorar a Dios en su casa. Interrogado el hijo menor respecto de las prácticas de la familia, contestó: “Nos hincamos de rodillas y pedimos a Dios que ilumine nuestra mente y nos perdone nuestros pecados. Rogamos por nuestro soberano, porque su reinado sea próspero y su vida feliz. Pedimos también a Dios que guarde a nuestros magistrados” (Wylie, lib. 18, cap. 6). Algunos de los jueces quedaron hondamente conmovidos, pero, no obstante, el padre y uno de los hijos fueron condenados a la hoguera.

La ira de los perseguidores era igualada por la fe de los mártires. No solo los hombres sino aun delicadas señoras y doncellas desplegaron un valor inquebrantable. “Las esposas se colocaban al lado de sus maridos en la hoguera y mientras estos eran envueltos en las llamas, ellas los animaban con palabras de consuelo, o cantándoles” salmos. “Las doncellas, al ser enterradas vivas, se acostaban en sus tumbas con la tranquilidad con que hubieran entrado en sus aposentos o subían a la hoguera y se entregaban a las llamas, vestidas con sus mejores galas, lo mismo que si fueran a sus bodas” (ibíd.).

Así como en los tiempos en que el paganismo procuró aniquilar el evangelio, la sangre de los cristianos era simiente (véase Tertuliano, Apología, párr. 50). La persecución no servía más que para aumentar el número de los testigos de la verdad. Año tras año, el monarca enloquecido de ira al comprobar su impotencia para doblegar la determinación del pueblo, se ensañaba más y más en su obra de exterminio, pero en vano. Finalmente, la revolución acaudillada por el noble Guillermo de Orange dio a Holanda la libertad de adorar a Dios.

En las montañas del Piamonte, en las llanuras de Francia, y en las costas de Holanda, el progreso del evangelio era señalado con la sangre de sus discípulos. Pero en los países del norte halló pacífica entrada. Ciertos estudiantes de Wittenberg, al regresar a sus hogares, introdujeron la fe reformada en la península escandinava. La publicación de los escritos de Lutero ayudó a esparcir la luz. El pueblo rudo y sencillo del norte se alejó de la corrupción, de la pompa y de las supersticiones de Roma, para aceptar la pureza, la sencillez y las verdades vivificadoras de la Biblia.

Tausen, “el reformador de Dinamarca”, era hijo de un campesino. Desde su temprana edad dio pruebas de poseer una inteligencia vigorosa; tenía sed de instruirse; pero no pudiendo aplacarla, debido a las circunstancias de sus padres, entró en un claustro. Allí la pureza de su vida, su diligencia y su lealtad le granjearon la buena voluntad de su superior. Los exámenes demostraron que tenía talento y que podría prestar buenos servicios a la iglesia. Se resolvió permitirle que se educase en una universidad de Alemania o de los Países Bajos. Se le concedió libertad para elegir la escuela a la cual quisiera asistir, siempre que no fuera la de Wittenberg. No convenía exponer al educando a la ponzoña de la herejía, pensaban los frailes.

Tausen fue a Colonia, que era en aquella época uno de los baluartes del romanismo. Pronto le desagradó el misticismo de los maestros de la escuela. Por aquel mismo tiempo llegaron a sus manos los escritos de Lutero. Los leyó maravillado y deleitado; y sintió ardientes deseos de recibir instrucción personal del reformador. Pero no podía conseguirlo sin ofender a su superior monástico ni sin perder su sostén. Pronto tomó su resolución, y se matriculó en la universidad de Wittenberg.

Cuando volvió a Dinamarca se reintegró a su convento. Nadie le sospechaba contagiado de luteranismo; tampoco reveló él su secreto, sino que se esforzó, sin despertar los prejuicios de sus compañeros, en conducirlos a una fe más pura y a una vida más santa. Abrió las Sagradas Escrituras y explicó el verdadero significado de sus doctrinas, y finalmente les predicó a Cristo como la justicia de los pecadores, y su única esperanza de salvación. Grande fue la ira del prior, que había abrigado firmes esperanzas de que Tausen llegase a ser valiente defensor de Roma. Inmediatamente lo cambiaron a otro monasterio, y lo confinaron en su celda, bajo estricta vigilancia.

Con terror vieron sus nuevos guardianes que pronto algunos de los monjes se declaraban ganados al protestantismo. Al través de los barrotes de su encierro, Tausen había comunicado a sus compañeros el conocimiento de la verdad. Si aquellos padres dinamarqueses hubiesen cumplido hábilmente el plan de la iglesia para tratar con la herejía, la voz de Tausen no hubiera vuelto a oírse, pero, en vez de confinarlo para siempre en el silencio sepulcral de algún calabozo subterráneo, le expulsaron del monasterio, y quedaron entonces reducidos a la impotencia. Un edicto real, que se acababa de promulgar, ofrecía protección a los propagadores de la nueva doctrina. Tausen principió a predicar. Las iglesias le fueron abiertas y el pueblo acudía en masa a oírle. Había también otros que predicaban la Palabra de Dios. El Nuevo Testamento fue traducido en el idioma danés y circuló con profusión. Los esfuerzos que hacían los papistas para detener la obra solo servían para esparcirla más y más, y al poco tiempo Dinamarca declaró que aceptaba la fe reformada.

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