28 DE MARZO 2018

Escúchalo aquí.

Lectura para hoy: CS 238-239

Debido a los rigores de su encierro, Constantino no llegó a vivir dos años desde que entró en la cárcel. Hasta sus últimos momentos se mantuvo fiel a la fe protestante y conservó su serena confianza en Dios. Providencialmente fue encerrado en el mismo calabozo de Constantino uno de los jóvenes monjes del monasterio de San Isidoro del Campo, al cual le cupo el privilegio de atenderle durante su última enfermedad y de cerrarle los ojos en paz (M’Crie, cap. 7).

El Dr. Constantino no fue el único amigo y capellán del emperador que sufriera a causa de sus relaciones con la causa protestante. El Dr. Agustín Cazalla, tenido durante muchos años por uno de los mejores oradores sagrados de España, y que había oficiado a menudo ante la familia real; se encontraba entre los que habían sido apresados y encarcelados en Valladolid. En el momento de su ejecución pública volvióse hacia la princesa Juana, ante quien había predicado muchas veces, y señalando a su hermana que había sido también condenada, dijo: “Os suplico, Alteza, tengáis compasión de esa mujer inocente que tiene trece hijos huérfanos”. No obstante no se la absolvió, si bien su suerte es desconocida. Pero se sabe que los esbirros de la Inquisición, en su insensata ferocidad, no estando contentos aún con haber condenado a los vivos, entablaron juicio contra la madre de aquella, Doña Leonor de Vivero, que había muerto años antes, acusándola de que su casa había servido de “templo a los luteranos”. “Se falló que había muerto en estado de herejía, que su memoria era digna de difamación y que se confiscaba su hacienda, y se mandaron exhumar sus huesos y quemarlos públicamente junto con su efigie; ítem más que se arrasara su casa, que se esparramara sal sobre el solar y que se erigiera allí mismo una columna con una inscripción que explicara el motivo de la demolición. Todo lo cual fue hecho”, y el monumento ha permanecido en pie durante cerca de tres siglos.

Fue durante ese auto cuando la fe sublime y la constancia inquebrantable de los protestantes quedaron realzadas en el comportamiento de “Antonio Herrezuelo, jurisconsulto sapientísimo, y de doña Leonor de Cisneros, su mujer, dama de veinticuatro años, discreta y virtuosa a maravilla y de una hermosura tal que parecía fingida por el deseo”.

“Herrezuelo era hombre de una condición altiva y de una firmeza en sus pareceres, superior a los tormentos del ‘Santo’ Oficio. En todas las audiencias que tuvo con sus jueces, […] se manifestó desde luego protestante, y no solo protestante, sino dogmatizador de su secta en la ciudad de Toro, donde hasta entonces había morado. Exigiéronle los jueces de la Inquisición que declarase uno a uno los nombres de aquellas personas llevadas por él a las nuevas doctrinas; pero ni las promesas, ni los ruegos, ni las amenazas bastaron a alterar el propósito de Herrezuelo en no descubrir a sus amigos y parciales. ¿Y qué más? ni aun los tormentos pudieron quebrantar su constancia, más firme que envejecido roble o que soberbia peña nacida en el seno de los mares.

“Su esposa […] presa también en los calabozos de la Inquisición; al fin débil como joven de veinticuatro años [después de cerca de dos años de encarcelamiento], cediendo al espanto de verse reducida a la estrechez de los negros paredones que formaban su cárcel, tratada como delincuente, lejos de su marido a quien amaba aún más que a su propia vida, […] y temiendo todas las iras de los inquisidores, declaró haber dado franca entrada en su pecho a los errores de los herejes, manifestando al propio tiempo con dulces lágrimas en los ojos su arrepentimiento […].

“Llegado el día en que se celebraba el auto de fe con la pompa conveniente al orgullo de los inquisidores, salieron los reos al cadalso y desde él escucharon la lectura de sus sentencias. Herrezuelo iba a ser reducido a cenizas en la voracidad de una hoguera: y su esposa doña Leonor a abjurar las doctrinas luteranas, que hasta aquel punto había albergado en su alma, y a vivir, a voluntad del ‘Santo’ Oficio, en las casas de reclusión que para tales delincuentes estaban preparadas. En ellas, con penitencias y sambenito recibiría el castigo de sus errores y una enseñanza para en lo venidero desviarse del camino de su perdición y ruina”. De Castro, 167, 168.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s