27 DE MARZO 2018

Escúchalo aquí.

Lectura para hoy: CS 236-237

“Durante su viaje, Hernández había dado un ejemplar del Nuevo Testamento a un herrero en Flandes. El herrero enseñó el libro a un cura que obtuvo del donante una descripción de la persona que se lo había dado a él, y la transmitió inmediatamente a los inquisidores de España. Merced a estas señas, los esbirros inquisitoriales “le acecharon a su regreso y le prendieron cerca de la ciudad de Palma”. Le volvieron a conducir a Sevilla, y le encerraron entre los muros de la Inquisición, donde durante más de dos años se hizo cuanto fue posible para inducirle a que delatara a sus amigos, pero sin resultado alguno. Fiel hasta el fin, sufrió valientemente el martirio de la hoguera, gozoso de haber sido honrado con el privilegio de “introducir la luz de la verdad divina en su descarriado país, “y seguro de que el día del juicio final, al comparecer ante su Hacedor, oiría las palabras de aprobación divina que le permitirían vivir para siempre con su Señor.

No obstante, aunque desafortunados en sus esfuerzos para conseguir de Hernández datos que llevaran al descubrimiento de los amigos de este, “al fin llegaron los inquisidores a conocer el secreto que tanto deseaban saber” (M’Crie, cap. 7). Por aquel entonces, uno de sus agentes secretos consiguió informes análogos referentes a la iglesia de Valladolid.

Inmediatamente los que estaban a cargo de la Inquisición en España “despacharon mensajeros a los diferentes tribunales inquisitoriales del reino, ordenándoles que hicieran investigaciones con el mayor sigilo en sus respectivas jurisdicciones, y que estuvieran listos para proceder en común tan pronto como recibieran nuevas instrucciones” (ibíd.). Así, silenciosamente y con presteza, se consiguieron los nombres de centenares de creyentes, y al tiempo señalado y sin previo aviso, fueron estos capturados simultáneamente y encarcelados. Los miembros nobles de las prósperas iglesias de Valladolid y de Sevilla, los monjes que permanecieron en el monasterio de San Isidoro del Campo, los fieles creyentes que vivían lejos en el norte, al pie de los Pirineos, y otros más en Toledo, Granada, Murcia y Valencia, todos se vieron de pronto encerrados entre los muros de la Inquisición, para sellar luego su testimonio con su sangre.

“Las personas convictas de luteranismo […] eran tan numerosas que alcanzaron a abastecer con víctimas cuatro grandes y tétricos autos de fe en el curso de los dos años subsiguientes […]. Dos se celebraron en Valladolid, en 1559; uno en Sevilla, el mismo año, y otro el 22 de diciembre de 1560” (B. B. Wiffen, nota en su reimpresión de la Epístola consolatoria, de Juan Pérez, p. 17).

Entre los primeros que fueron apresados en Sevilla figuraba el Dr. Constantino Ponce de la Fuente, que había trabajado tanto tiempo sin despertar sospechas. “Cuando se le dio la noticia a Carlos V, el cual se encontraba entonces en el monasterio de Yuste, de que se había encarcelado a su capellán favorito, exclamó: ‘¡Si Constantino es hereje, gran hereje es!’ y cuando más tarde un inquisidor le aseguró que había sido declarado reo, replicó suspirando: ‘¡No podéis condenar a otro mayor!’” (Sandoval, Historia del Emperador Carlos V, tomo 2, 829; citado por M’Crie, cap. 7).

No obstante no fue fácil probar la culpabilidad de Constantino. En efecto, parecían ser incapaces los inquisidores de probar los cargos levantados contra él, cuando por casualidad “encontraron, entre otros muchos, un gran libro, escrito todo de puño y letra del mismo Constantino, en el cual, abiertamente y como si escribiese para sí mismo, trataba en particular de estos capítulos (según los mismos inquisidores declararon en su sentencia, publicada después en el cadalso), a saber: del estado de la iglesia; de la verdadera iglesia y de la iglesia del papa, a quien llamaba anticristo; del sacramento de la eucaristía y del invento de la misa, acerca de todo lo cual, afirmaba él, estaba el mundo fascinado a causa de la ignorancia de las Sagradas Escrituras; de la justificación del hombre; del purgatorio, al que llamaba cabeza de lobo e invento de los frailes en pro de su gula; de las bulas e indulgencias papales; de los méritos de los hombres; de la confesión […]”. Al enseñársele el volumen a Constantino, este dijo: “Reconozco mi letra, y así confieso haber escrito todo esto, y declaro ingenuamente ser todo verdad. Ni tenéis ya que cansaros en buscar contra mí otros testimonios: tenéis aquí ya una confesión clara y explícita de mi creencia: obrad pues, y haced de mí lo que queráis”. R. Gonzales de Montes, 320-322; 289, 290.

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