9 DE MARZO 2018

Escúchalo aquí.

Lectura para hoy: CS 201-202

“Por aquel tiempo, una imagen de la virgen, que estaba colocada en la esquina de una calle, amaneció mutilada”. Esto produjo gran agitación en la ciudad. Multitud de gente acudió al lugar dando señales de duelo y de indignación. El mismo rey fue hondamente conmovido. Vieron en esto los monjes una coyuntura favorable para ellos, y se apresuraron en aprovecharla. “Estos son los frutos de las doctrinas de Berquin—exclamaban—. Todo va a ser echado por tierra, la religión, las leyes, el trono mismo, por esta conspiración luterana” (ibíd.).

Berquin fue aprehendido de nuevo. El rey salió de París y los frailes pudieron obrar a su gusto. Enjuiciaron al reformador y le condenaron a muerte, y para que Francisco no pudiese interponer su influencia para librarle, la sentencia se ejecutó el mismo día en que fue pronunciada. Al medio día fue conducido Berquin al lugar de suplicio. Un inmenso gentío se reunió para presenciar el auto, y muchos notaron con turbación y espanto que la víctima había sido escogida de entre las mejores y más valientes familias nobles de Francia. La estupefacción, la indignación, el escarnio y el odio, se pintaban en los semblantes de aquella inquieta muchedumbre; pero había un rostro sin sombra alguna, pues los pensamientos del mártir estaban muy lejos de la escena del tumulto, y lo único que percibía era la presencia de su Señor.

La miserable carreta en que lo llevaban, las miradas de enojo que le echaban sus perseguidores, la muerte espantosa que le esperaba, nada de esto le importaba; el que vive, si bien estuvo muerto, pero ahora vive para siempre y tiene las llaves de la muerte y del infierno, estaba a su lado. El semblante de Berquin estaba radiante de luz y paz del cielo. Vestía lujosa ropa, y llevaba “capa de terciopelo, justillo de raso y de damasco, calzas de oro” (D’Aubigné, Histoire de la Réformation au temps de Calvin, lib. 2, cap. 16). Iba a dar testimonio de su fe en presencia del Rey de reyes y ante todo el universo, y ninguna señal de duelo empañaba su alegría.  Mientras la procesión desfilaba despacio por las calles atestadas de gente, el pueblo notaba maravillado la paz inalterable y el gozo triunfante que se pintaban en el rostro y el continente del mártir. “Parece—decían—como si estuviera sentado en el templo meditando en cosas santas” (Wylie, lib. 13, cap. 9).

Ya atado a la estaca, quiso Berquin dirigir unas cuantas palabras al pueblo, pero los monjes, temiendo las consecuencias, empezaron a dar gritos y los soldados a entrechocar sus armas, y con esto ahogaron la voz del mártir. Así fue como en 1529, la autoridad eclesiástica y literaria más notable de la culta ciudad de París, “dio al populacho de 1793 el vil ejemplo de sofocar en el cadalso las sagradas palabras de los moribundos” (ibíd.). Berquin fue estrangulado y su cuerpo entregado a las llamas. La noticia de su muerte entristeció a los amigos de la Reforma en todas partes de Francia. Pero su ejemplo no quedó sin provecho. “También nosotros estamos listos—decían los testigos de la verdad— para recibir la muerte con gozo, poniendo nuestros ojos en la vida venidera” (D’Aubigné, ibíd.).

Durante la persecución en Meaux, se prohibió a los predicadores de la Reforma que siguieran en su obra de propaganda, por lo cual fueron a establecerse en otros campos de acción. Lefevre, al cabo de algún tiempo, se dirigió a Alemania, y Farel volvió a su pueblo natal, en el este de Francia para esparcir la luz en la tierra de su niñez. Ya se había sabido lo que estaba ocurriendo en Meaux, y por consiguiente la verdad, que él enseñaba sin temor, encontró adeptos. Muy pronto las autoridades le impusieron silencio y le echaron de la ciudad. Ya que no podía trabajar en público, se puso a recorrer los valles y los pueblos, enseñando en casas particulares y en apartados campos, hallando abrigo en los bosques y en las cuevas de las peñas de él conocidos desde que los frecuentara en los años de su infancia.

Dios le preparaba para mayores pruebas. “Las penas, la persecución y todas las asechanzas del diablo, con las que se me amenaza, no han escaseado—decía él—, y hasta han sido mucho más severas de lo que yo con mis propias fuerzas hubiera podido sobrellevar; pero Dios es mi Padre; él me ha suministrado y seguirá suministrándome las fuerzas que necesite” (D’Aubigné, Histoire de la Réformation au seizième siècle, lib. 12, cap. 9).  Como en los tiempos apostólicos, la persecución había redundado en bien del adelanto del evangelio. Filipenses 1:12. Expulsados de París y Meaux, “los que fueron esparcidos, iban por todas partes anunciando la palabra”. Hechos 8:4. Y de esta manera la verdad se abrió paso en muchas de las remotas provincias de Francia.

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