8 DE MARZO 2018

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Lectura para hoy: CS 199-200

Así como los viajeros que son atormentados por la sed se regocijan al llegar a un manantial de agua pura, así recibieron estas almas el mensaje del cielo. Los trabajadores del campo y los artesanos en el taller, amenizaban sus trabajos de cada día hablando de las preciosas verdades de la Biblia. De noche, en lugar de reunirse en los despachos de vinos, se congregaban unos en casas de otros para leer la Palabra de Dios y unir sus oraciones y alabanzas. Pronto se notó un cambio muy notable en todas estas comunidades. Aunque formadas de gente de la clase humilde, dedicada al rudo trabajo y carente de instrucción, se veía en ella el poder de la Reforma, y en la vida de todos se notaba el efecto de la gracia divina que dignifica y eleva. Mansos, amantes y fieles, resultaban ser como un testimonio vivo de lo que el evangelio puede efectuar en aquellos que lo reciben con sinceridad de corazón.

La luz derramada en Meaux iba a extenderse más lejos. Cada día aumentaba el número de los convertidos. El rey contuvo por algún tiempo la ira del clero, porque despreciaba el estrecho fanatismo de los frailes; pero al fin, los jefes papales lograron prevalecer. Se levantó la hoguera. Al obispo de Meaux le obligaron a elegir entre ella y la retractación, y optó por el camino más fácil; pero a pesar de su caída, el rebaño de este débil pastor se mantuvo firme. Muchos dieron testimonio de la verdad entre las llamas. Con su valor y fidelidad en la hoguera, estos humildes cristianos hablaron a millares de personas que en días de paz no hubieran oído jamás el testimonio de ellos.

No eran solamente los pobres y los humildes, los que en medio del padecimiento y del escarnio se atrevían a ser testigos del Señor. En las casas señoriles, en el castillo, en el palacio, había almas regias para quienes la verdad valía más que los tesoros, las categorías sociales y aun que la misma vida. La armadura real encerraba un espíritu más noble y elevado que la mitra y las vestiduras episcopales. Luis de Berquin era de noble alcurnia. Cortés y bravo caballero, dedicado al estudio, de elegantes modales y de intachable moralidad, “era dice un escritor fiel partidario de las instituciones del papa y celoso oyente de misas y sermones, […] y coronaba todas estas virtudes aborreciendo de todo corazón el luteranismo”. Empero, como a otros muchos, la Providencia le condujo a la Biblia, y quedó maravillado de hallar en ella, “no las doctrinas de Roma, sino las doctrinas de Lutero” (Wylie, lib. 13, cap. 9). Desde entonces se entregó con entera devoción a la causa del evangelio.

“Siendo el más instruido entre todos los nobles de Francia”, su genio y elocuencia y su valor indómito y su celo heroico, tanto como su privanza en la corte—por ser favorito del rey—lo hicieron considerar por muchos como el que estaba destinado a ser el reformador de su país. Beza dijo: “Berquin hubiera sido un segundo Lutero, de haber hallado en Francisco I un segundo Elector”. Los papistas decían: “Es peor que Lutero” (ibíd.). Y efectivamente, era más temido que Lutero por los romanistas de Francia. Le echaron en la cárcel por hereje, pero el rey mandó soltarle. La lucha duró varios años. Francisco fluctuaba entre Roma y la Reforma, tolerando y restringiendo alternadamente el celo bravío de los frailes. Tres veces fue apresado Berquin por las autoridades papales, para ser librado otras tantas por el monarca, quien, admirando su genio y la nobleza de su carácter, se negó a sacrificarle a la malicia del clero.

Berquin fue avisado repetidas veces del peligro que le amenazaba en Francia e instado para que siguiera el ejemplo de aquellos que habían hallado seguridad en un destierro voluntario. El tímido y contemporizador Erasmo, que con todo el esplendor de su erudición carecía sin embargo de la grandeza moral que mantiene la vida y el honor subordinados a la verdad, escribió a Berquin: “Solicita que te manden de embajador al extranjero; ve y viaja por Alemania. Ya sabes lo que es Beda: un monstruo de mil cabezas, que destila ponzoña por todas partes. Tus enemigos son legión. Aunque fuera tu causa mejor que la de Cristo, no te dejarán en paz hasta que hayan acabado miserablemente contigo. No te fíes mucho de la protección del rey. Y sobre todas las cosas, te encarezco que no me comprometas con la facultad de teología” (ibíd.).

Pero cuanto más cuerpo iban tomando los peligros, más se afirmaba el fervor de Berquin. Lejos de adoptar la política y el egoísmo que Erasmo le aconsejara, resolvió emplear medios más enérgicos y eficaces. No quería ya tan solo seguir siendo defensor de la verdad, sino que iba a intentar atacar el error. El cargo de herejía que los romanistas procuraban echarle encima, él iba a devolvérselo. Los más activos y acerbos de sus opositores eran los sabios doctores y frailes de la facultad de teología de la universidad de París, una de las más altas autoridades eclesiásticas de la capital y de la nación. De los escritos de estos doctores entresacó Berquin doce proposiciones, que declaró públicamente “contrarias a la Biblia, y por lo tanto heréticas”; y apeló al rey para que actuara de juez en la controversia.

El monarca, no descontento de poner frente a frente el poder y la inteligencia de campeones opuestos, y de tener la oportunidad de humillar la soberbia de los altivos frailes, ordenó a los romanistas que defendiesen su causa con la Biblia. Bien sabían estos que semejante arma de poco les serviría; la cárcel, el tormento y la hoguera eran las armas que mejor sabían manejar. Cambiadas estaban las suertes y ellos se veían a punto de caer en la sima a que habían querido echar a Berquin. Puestos así en aprieto no buscaban más que un modo de escapar.

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