7 DE MARZO 2018

Escúchalo aquí.

Lectura para hoy: CS 197-198

En 1512, antes que Lutero y Zuinglio empezaran la obra de la Reforma, escribía Lefevre: “Dios es el que da, por la fe, la justicia, que por gracia nos justifica para la vida eterna” (Wylie, lib. 13, cap. 1). Refiriéndose a los misterios de la redención, exclamaba: “¡Oh grandeza indecible de este cambio: el Inocente es condenado, y el culpable queda libre; el que bendice carga con la maldición, y la maldición se vuelve bendición; la Vida muere, y los muertos viven; la Gloria es envuelta en tinieblas, y el que no conocía más que confusión de rostro, es revestido de gloria!” (D’Aubigné, lib. 12, cap. 2).

Y al declarar que la gloria de la salvación pertenece solo a Dios, declaraba también que al hombre le incumbe el deber de obedecer. Decía: “Si eres miembro de la iglesia de Cristo, eres miembro

de su cuerpo, y en tal virtud, estás lleno de la naturaleza divina […]. ¡Oh! si los hombres pudiesen penetrar en este conocimiento y darse cuenta de este privilegio, ¡cuán pura, casta y santa no sería su vida y cuán despreciable no les parecería toda la gloria de este mundo en comparación con la que está dentro de ellos y que el ojo carnal no puede ver!” (ibíd.).

Hubo algunos, entre los discípulos de Lefevre, que escuchaban con ansia sus palabras, y que mucho después que fuese acallada la voz del maestro, iban a seguir predicando la verdad. Uno de ellos fue Guillermo Farel. Era hijo de padres piadosos y se le había enseñado a aceptar con fe implícita las enseñanzas de la iglesia. Hubiera podido decir como Pablo: “Conforme a la más rigurosa secta de nuestra religión he vivido fariseo”. Hechos 26:5.

Como devoto romanista se desvelaba por concluir con todos los que se atrevían a oponerse a la iglesia. “Rechinaba los dientes—decía él más tarde—como un lobo furioso, cuando oía que alguno hablaba contra el papa” (Wylie, lib. 13, cap. 2). Había sido incansable en la adoración de los santos, en compañía de Lefevre, haciendo juntos el jubileo circular de las iglesias de París, adorando en sus altares y adornando con ofrendas los santos relicarios. Pero estas observancias no podían infundir paz a su alma. Todos los actos de penitencia que practicaba no podían borrar la profunda convicción de pecado que pesaba sobre él. Oyó como una voz del cielo las palabras del reformador: “La salvación es por gracia”. “El Inocente es condenado, y el culpable queda libre”. “Es únicamente la cruz de Cristo la que abre las puertas del cielo, y la que cierra las del infierno” (ibíd.).

Farel aceptó gozoso la verdad. Por medio de una conversión parecida a la de Pablo, salió de la esclavitud de la tradición y llegó a la libertad de los hijos de Dios. “En vez del sanguinario corazón de lobo hambriento”, tuvo, al convertirse, dice él, “la mansedumbre de un humilde e inofensivo cordero, libre ya el corazón de toda influencia papista, y entregado a Jesucristo” (D’Aubigné, lib. 12, cap. 3).

Entretanto que Lefevre continuaba esparciendo entre los estudiantes la luz divina, Farel, tan celoso en la causa de Cristo como lo había sido en la del papa, se dispuso a predicar la verdad en público. Un dignatario de la iglesia, el obispo de Meaux, no tardó en unirse con ellos. Otros maestros que descollaban por su capacidad y talento, se adhirieron a su propagación del evangelio, y este ganó adherentes entre todas las clases sociales, desde los humildes hogares de los artesanos y campesinos hasta el mismo palacio del rey. La hermana de Francisco I, que era entonces el monarca reinante, abrazó la fe reformada. El mismo rey y la reina madre parecieron por algún tiempo considerarla con simpatía, y los reformadores miraban con esperanza hacia lo porvenir y veían ya a Francia ganada para el evangelio.

Pero sus esperanzas no iban a realizarse. Pruebas y persecuciones aguardaban a los discípulos de Cristo, si bien la misericordia divina se las ocultaba, pues hubo un período de paz muy oportuno para permitirles acopiar fuerzas para hacer frente a las tempestades, y la Reforma se extendió con rapidez. El obispo de Meaux trabajó con empeño en su propia diócesis para instruir tanto a los sacerdotes como al pueblo. Los curas inmorales e ignorantes fueron removidos de sus puestos, y en cuanto fue posible, se los reemplazó por hombres instruidos y piadosos. El obispo se afanaba porque su pueblo tuviera libre acceso a la Palabra de Dios y esto pronto se verificó. Lefevre se encargó de traducir el Nuevo Testamento y al mismo tiempo que la Biblia alemana de Lutero salía de la imprenta en Wittenberg, el Nuevo Testamento francés se publicaba en Meaux. El obispo no omitió esfuerzo ni gasto alguno para hacerlo circular entre sus feligreses, y muy pronto el pueblo de Meaux se vio en posesión de las Santas Escrituras.

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