27 DE FEBRERO 2018

Escúchalo aquí.

Lectura para hoy: Apocalipsis 16:19-21; CS 179

19 La gran ciudad se partió en tres, y las ciudades de las naciones se desplomaron. Dios se acordó de la gran Babilonia y le dio a beber de la copa llena del vino del furor de su castigo.

20 Entonces huyeron todas las islas y desaparecieron las montañas. 21 Del cielo cayeron sobre la gente enormes granizos, de casi cuarenta kilos cada uno. Y maldecían a Dios por esa terrible plaga.

CS 179
El contraste entre los discípulos del evangelio y los que sostenían las supersticiones papistas no era menos notable entre los estudiantes que entre las masas populares. “En oposición a los antiguos campeones de la jerarquía que había descuidado el estudio de los idiomas y de la literaturas, […] levantábanse jóvenes de mente privilegiada, muchos de los cuales se consagraban al estudio de las Escrituras, y se familiarizaban con los tesoros de la literatura antigua. Dotados de rápida percepción, de almas elevadas y de corazones intrépidos, pronto llegaron a alcanzar estos jóvenes tanta competencia, que durante mucho tiempo nadie se atrevía a hacerles frente […]. De manera que en los concursos públicos en que estos jóvenes campeones de la Reforma se encontraban con doctores papistas, los atacaban con tanta facilidad y confianza que los hacían vacilar y los exponían al desprecio de todos” (ibíd.).

Cuando el clero se dio cuenta de que iba menguando el número de los congregantes, invocó la ayuda de los magistrados, y por todos los medios a su alcance procuró atraer nuevamente a sus oyentes. Pero el pueblo había hallado en las nuevas enseñanzas algo que satisfacía las necesidades de sus almas, y se apartaba de aquellos que por tanto tiempo le habían alimentado con las cáscaras vacías de los ritos supersticiosos y de las tradiciones humanas.

Cuando la persecución ardía contra los predicadores de la verdad, ponían estos en práctica las palabras de Cristo: “Cuando pues os persiguieren en una ciudad, huid a otra”. Mateo 10:23 (VM). La luz penetraba en todas partes. Los fugitivos hallaban en algún lugar puertas hospitalarias que les eran abiertas, y morando allí, predicaban a Cristo, a veces en la iglesia, o, si se les negaba ese privilegio, en casas particulares o al aire libre. Cualquier sitio en que hallasen un oyente se convertía en templo. La verdad, proclamada con tanta energía y fidelidad, se extendía con irresistible poder.

En vano se mancomunaban las autoridades civiles y eclesiásticas para detener el avance de la herejía. Inútilmente recurrían a la cárcel, al tormento, al fuego y a la espada. Millares de creyentes sellaban su fe con su sangre, pero la obra seguía adelante. La persecución no servía sino para hacer cundir la verdad, y el fanatismo que Satanás intentara unir a ella, no logró sino hacer resaltar aún más el contraste entre la obra diabólica y la de Dios.

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