26 DE FEBRERO 2018

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Lectura para hoy: Apocalipsis 16:17-18; CS 177-178

 17 El séptimo ángel derramó su copa en el aire, y desde el trono del templo salió un vozarrón que decía: «¡Se acabó!» 18 Y hubo relámpagos, estruendos, truenos y un violento terremoto. Nunca, desde que el género humano existe en la tierra, se había sentido un terremoto tan grande y violento.

 CS 177-178

A su regreso de la Wartburg, terminó Lutero su traducción del Nuevo Testamento y no tardó el evangelio en ser ofrecido al pueblo de Alemania en su propia lengua. Esta versión fue recibida con agrado por todos los amigos de la verdad, pero fue vilmente desechada por los que preferían dejarse guiar por las tradiciones y los mandamientos de los hombres.

Se alarmaron los sacerdotes al pensar que el vulgo iba a poder discutir con ellos los preceptos de la Palabra de Dios y descubrir la ignorancia de ellos. Las armas carnales de su raciocinio eran impotentes contra la espada del Espíritu. Roma puso en juego toda su autoridad para impedir la circulación de las Santas Escrituras; pero los decretos, los anatemas y el mismo tormento eran inútiles. Cuanto más se condenaba y prohibía la Biblia, mayor era el afán del pueblo por conocer lo que ella enseñaba. Todos los que sabían leer deseaban con ansia estudiar la Palabra de Dios por sí mismos. La llevaban consigo, la leían y releían, y no se quedaban satisfechos antes de saber grandes trozos de ella de memoria. Viendo la buena voluntad con que fue acogido el Nuevo Testamento, Lutero dio comienzo a la traducción del Antiguo y la fue publicando por partes conforme las iba terminando.

Sus escritos tenían aceptación en la ciudad y en las aldeas. “Lo que Lutero y sus amigos escribían, otros se encargaban de esparcirlo por todas partes. Los monjes que habían reconocido el carácter ilegítimo de las obligaciones monacales y deseaban cambiar su vida de indolencia por una de actividad, pero se sentían muy incapaces de proclamar por sí mismos la Palabra de Dios, cruzaban las provincias vendiendo los escritos de Lutero y sus colegas. Al poco tiempo Alemania pululaba con estos intrépidos colportores” (ibíd., lib. 9, cap. II).

Estos escritos eran estudiados con profundo interés por ricos y pobres, por letrados e ignorantes. De noche, los maestros de las escuelas rurales los leían en alta voz a pequeños grupos que se reunían al amor de la lumbre. Cada esfuerzo que en este sentido se hacía convencía a algunas almas de la verdad, y ellas a su vez habiendo recibido la Palabra con alegría, la comunicaban a otros.

Así se cumplían las palabras inspiradas: “La entrada de tus palabras alumbra; a los simples les da inteligencia”. Salmos 119:130 (VM). El estudio de las Sagradas Escrituras producía un cambio notable en las mentes y en los corazones del pueblo. El dominio papal les había impuesto un yugo férreo que los mantenía en la ignorancia y en la degradación. Con escrúpulos supersticiosos, observaban las formas, pero era muy pequeña la parte que la mente y el corazón tomaban en los servicios. La predicación de Lutero, al exponer las sencillas verdades de la Palabra de Dios, y la Palabra misma, al ser puesta en manos del pueblo, despertaron sus facultades aletargadas, y no solo purificaban y ennoblecían la naturaleza espiritual, sino que daban nuevas fuerzas y vigor a la inteligencia.

Veíanse a personas de todas las clases sociales defender, con la Biblia en la mano, las doctrinas de la Reforma. Los papistas que habían abandonado el estudio de las Sagradas Escrituras a los sacerdotes y a los monjes, les pidieron que viniesen en su auxilio a refutar las nuevas enseñanzas. Empero, ignorantes de las Escrituras y del poder de Dios, monjes y sacerdotes fueron completamente derrotados por aquellos a quienes habían llamado herejes e indoctos. “Desgraciadamente—decía un escritor católico—, Lutero ha convencido a sus correligionarios de que su fe debe fundarse solamente en la Santa Escritura” (ibíd., lib. 9, cap. II). Las multitudes se congregaban para escuchar a hombres de poca ilustración defender la verdad y hasta discutir acerca de ella con teólogos instruidos y elocuentes. La vergonzosa ignorancia de estos grandes hombres se descubría tan luego como sus argumentos eran refutados por las sencillas enseñanzas de la Palabra de Dios. Los hombres de trabajo, los soldados y hasta los niños, estaban más familiarizados con las enseñanzas de la Biblia que los sacerdotes y los sabios doctores.

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