22 DE FEBRERO 2018

Escúchalo aquí.

Lectura para hoy: Apocalipsis 16:1-4; CS 169-170

Las siete copas de la ira de Dios
1 Oí una voz que desde el templo decía a gritos a los siete ángeles:
«¡Vayan y derramen sobre la tierra las siete copas del furor de Dios!»

El primer ángel fue y derramó su copa sobre la tierra, y a toda la gente que tenía la marca de la bestia y que adoraba su imagen le salió una llaga maligna y repugnante. El segundo ángel derramó su copa sobre el mar, y el mar se convirtió en sangre como de gente masacrada, y murió todo ser viviente que había en el mar.

El tercer ángel derramó su copa sobre los ríos y los manantiales, y estos se convirtieron en sangre.

Capítulo 10—Progresos de la reforma

La misteriosa desaparición de Lutero despertó consternación en toda Alemania, y por todas partes se oían averiguaciones acerca de su paradero. Circulaban los rumores más descabellados y muchos creían que había sido asesinado. Oíanse lamentos, no solo entre sus partidarios declarados, sino también entre millares de personas que aún no se habían decidido abiertamente por la Reforma. Muchos se comprometían por juramento solemne a vengar su muerte.

Los principales jefes del romanismo vieron aterrorizados a qué grado había llegado la animosidad contra ellos, y aunque al principio se habían regocijado por la supuesta muerte de Lutero, pronto desearon huir de la ira del pueblo. Los enemigos del reformador no se habían visto tan preocupados por los actos más atrevidos que cometiera mientras estaba entre ellos como por su desaparición. Los que en su ira habían querido matar al arrojado reformador estaban dominados por el miedo ahora que él no era más que un cautivo indefenso. “El único medio que nos queda para salvarnos—dijo uno—consiste en encender antorchas e ir a buscar a Lutero por toda la tierra, para devolverle a la nación que le reclama” (D’Aubigné, lib. 9, cap. 1). El edicto del emperador parecía completamente ineficaz. Los legados del papa se llenaron de indignación al ver que dicho edicto llamaba menos la atención que la suerte de Lutero.

Las noticias de que él estaba a salvo, aunque prisionero, calmaron los temores del pueblo y hasta acrecentaron el entusiasmo en su favor. Sus escritos se leían con mayor avidez que nunca antes. Un número siempre creciente de adeptos se unía a la causa del hombre heroico que frente a desventajas abrumadoras defendía la Palabra de Dios. La Reforma iba cobrando constantemente fuerzas. La semilla que Lutero había sembrado brotaba en todas partes. Su ausencia realizó una obra que su presencia no habría realizado. Otros obreros sintieron nueva responsabilidad al serles quitado su jefe, y con nueva fe y ardor se adelantaron a hacer cuanto pudiesen para que la obra tan noblemente comenzada no fuese estorbada.

Satanás empero no estaba ocioso. Intentó lo que ya había intentado en otros movimientos de reforma, es decir engañar y perjudicar al pueblo dándole una falsificación en lugar de la obra verdadera. Así como hubo falsos cristos en el primer siglo de la iglesia cristiana, así también se levantaron falsos profetas en el siglo XVI.

Unos cuantos hombres afectados íntimamente por la agitación religiosa, se imaginaron haber recibido revelaciones especiales del cielo, y se dieron por designados divinamente para llevar a feliz término la obra de la Reforma, la cual, según ellos, había sido débilmente iniciada por Lutero. En realidad, lo que hacían era deshacer la obra que el reformador había realizado. Rechazaban el gran principio que era la base misma de la Reforma, es a saber, que la Palabra de Dios es la regla perfecta de fe y práctica; y en lugar de tan infalible guía sustituían la norma variable e insegura de sus propios sentimientos e impresiones. Y así, por haberse despreciado al único medio seguro de descubrir el engaño y la mentira se le abrió camino a Satanás para que a su antojo dominase los espíritus.

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