27 DE NOVIEMBRE 2017

Escúchalo aquí.

Lectura para hoy: Hebreos 1, CS 26

El Hijo, superior a los ángeles
1 Dios, que muchas veces y de varias maneras habló a nuestros antepasados en otras épocas por medio de los profetas, en estos días finales nos ha hablado por medio de su Hijo. A este lo designó heredero de todo, y por medio de él hizo el universo. El Hijo es el resplandor de la gloria de Dios, la fiel imagen de lo que él es, y el que sostiene todas las cosas con su palabra poderosa. Después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la derecha de la Majestad en las alturas. Así llegó a ser superior a los ángeles en la misma medida en que el nombre que ha heredado supera en excelencia al de ellos.

5Porque, ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: «Tú eres mi hijo; hoy mismo te he engendrado»; y en otro pasaje: «Yo seré su padre, y él será mi hijo»?

6Además, al introducir a su Primogénito en el mundo, Dios dice:
«Que lo adoren todos los ángeles de Dios». 7En cuanto a los ángeles dice: «Él hace de los vientos sus ángeles, y de las llamas de fuego sus servidores».

8Pero con respecto al Hijo dice:
«Tu trono, oh Dios, permanece por los siglos de los siglos, y el cetro de tu reino es un cetro de justicia. 9Has amado la justicia y odiado la maldad; por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con aceite de alegría, exaltándote por encima de tus compañeros».

10También dice: «En el principio, oh Señor, tú afirmaste la tierra, y los cielos son la obra de tus manos. 11Ellos perecerán, pero tú permaneces para siempre. Todos ellos se desgastarán como un vestido. 12Los doblarás como un manto, y cambiarán como ropa que se muda; pero tú eres siempre el mismo, y tus años no tienen fin».

13 ¿A cuál de los ángeles dijo Dios jamás:  «Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies»? 14 ¿No son todos los ángeles espíritus dedicados al servicio divino, enviados para ayudar a los que han de heredar la salvación?

 CS 26
Durante el reinado de Herodes, la ciudad de Jerusalén no solo había sido notablemente embellecida, sino también fortalecida. Se erigieron torres, muros y fortalezas que, unidos a la ventajosa situación topográfica del lugar, la hacían aparentemente inexpugnable. Si en aquellos días alguien hubiese predicho públicamente la destrucción de la ciudad, sin duda habría sido considerado cual lo fuera Noé en su tiempo: como alarmista insensato. Pero Cristo había dicho: “El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán”. Mateo 24:35. La ira del Señor se había declarado contra Jerusalén a causa de sus pecados, y su obstinada incredulidad hizo inevitable su condenación.

El Señor había dicho por el profeta Miqueas: “Oíd ahora esto, cabezas de la casa de Jacob, y capitanes de la casa de Israel, que abomináis el juicio, y pervertís todo el derecho; que edificáis a Sión con sangre, y a Jerusalén con injusticia; sus cabezas juzgan por cohecho, y sus sacerdotes enseñan por precio, y sus profetas adivinan por dinero; y apóyanse en Jehová diciendo: ¿No está Jehová entre nosotros? No vendrá mal sobre nosotros”. Miqueas 3:9-11.

Estas palabras dan una idea cabal de cuán corruptos eran los moradores de Jerusalén y de cuán justos se consideraban. A la vez que se decían escrupulosos observadores de la ley de Dios, quebrantaban todos sus preceptos. La pureza de Cristo y su santidad hacían resaltar la iniquidad de ellos; por eso le aborrecían y le señalaban como el causante de todas las desgracias que les habían sobrevenido como consecuencia de su maldad. Aunque harto sabían que Cristo no tenía pecado, declararon que su muerte era necesaria para la seguridad de la nación. Los príncipes de los sacerdotes y los fariseos decían; “Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar y nuestra nación”. Juan 11:48 (VM).

Si se sacrificaba a Cristo, pensaban ellos, podrían ser otra vez un pueblo fuerte y unido. Así discurrían, y convinieron con el sumo sacerdote en que era mejor que uno muriera y no que la nación entera se perdiese.  Así era cómo los príncipes judíos habían edificado “a Sión con sangre, y a Jerusalén con iniquidad”, y al paso que sentenciaban a muerte a su Salvador porque les echara en cara sus iniquidades, se atribuían tanta justicia que se consideraban el pueblo favorecido de
Dios y esperaban que el Señor viniese a librarlos de sus enemigos.
“Por tanto, había añadido el profeta, a causa de vosotros será Sión
arada como campo, y Jerusalén será majanos, y el monte de la casa
como cumbres de breñal”. Miqueas 3:12.

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