26 DE AGOSTO 2017

Escúchalo aquí.

Lectura para hoy: 2 Corintios 3:1-9; HA 371-372.

2 Corintios 3:1-9
1 ¿Acaso comenzamos otra vez a recomendarnos a nosotros mismos? ¿O acaso tenemos que presentarles o pedirles a ustedes cartas de recomendación, como hacen algunos? Ustedes mismos son nuestra carta, escrita en nuestro corazón, conocida y leída por todos. Es evidente que ustedes son una carta de Cristo, expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en los corazones.

Esta es la confianza que delante de Dios tenemos por medio de Cristo. No es que nos consideremos competentes en nosotros mismos. Nuestra capacidad viene de Dios. Él nos ha capacitado para ser servidores de un nuevo pacto, no el de la letra, sino el del Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida.

La gloria del nuevo pacto
El ministerio que causaba muerte, el que estaba grabado con letras en piedra, fue tan glorioso que los israelitas no podían mirar la cara de Moisés debido a la gloria que se reflejaba en su rostro, la cual ya se estaba extinguiendo. Pues bien, si aquel ministerio fue así, ¿no será todavía más glorioso el ministerio del Espíritu? Si es glorioso el ministerio que trae condenación, ¡cuánto más glorioso será el ministerio que trae la justicia!

HA 371-372
La paciencia tiene sus victorias lo mismo que el valor. Mediante la mansedumbre en las pruebas, tanto como por el arrojo en las empresas, pueden ganarse almas para Cristo. Los cristianos que demuestren paciencia y alegría bajo la desgracia y los sufrimientos, que arrostran aun la misma muerte con la paz y calma que otorga una fe inquebrantable, pueden realizar mucho más para el Evangelio que lo que habrían realizado en una vida larga de fiel labor. Frecuentemente, cuando el siervo de Dios es retirado del servicio activo por una misteriosa providencia que nuestra escasa visión lamentaría, lo es por designio de Dios para cumplir una obra que de otra manera nunca se hubiese realizado.

No piense el seguidor de Cristo que, cuando ya no puede trabajar abierta y activamente para Dios y su verdad, no tiene algún servicio que prestar, no tiene galardón que conseguir. Los verdaderos testigos de Cristo nunca son puestos a un lado. En salud o enfermedad, en vida o muerte, Dios los utiliza todavía. Cuando a causa de la malicia de Satanás, los siervos de Cristo fueron perseguidos e impedidas sus labores activas; cuando fueron echados en la cárcel, arrastrados al cadalso o la hoguera, fué para que la verdad pudiera ganar un mayor triunfo. Cuando estos fieles testigos sellaron su testimonio con su sangre, muchas almas, hasta entonces en duda e incertidumbre, se convencieron de la fe de Cristo, y valerosamente se decidieron por él. De las cenizas de los mártires brotó una abundante cosecha para Dios.

El celo y la fidelidad de Pablo y sus colaboradores, tanto como la fe y obediencia de aquellos conversos al cristianismo, en circunstancias tan amenazadoras, reprenden la falta de fe y pereza del ministro de Cristo. El apóstol y sus colaboradores podrían haber argüído que sería inútil llamar al arrepentimiento y fe en Cristo a los siervos de Nerón, sometidos como estaban a terribles tentaciones, rodeados por formidables obstáculos y expuestos a una enconada oposición.

Aun cuando pudieran convencerse de la verdad, ¿cómo podrían obedecerla? Pero Pablo no razonó así; por la fe presentó el Evangelio a esas almas; y entre los que oyeron hubo algunos que decidieron obedecer a cualquier costo. No obstante, los obstáculos y peligros, aceptaron la luz y, confiando en que Dios les ayudaría, dejaron que su luz iluminara a otros.

No solamente hubo conversos ganados a la verdad en la casa de César, sino que después de su conversión permanecieron en esa casa. No se sintieron con libertad de abandonar su puesto de deber, porque las circunstancias no les agradaban más. La verdad los había encontrado allí, y allí permanecieron, para que el cambio de su vida y carácter testificara del poder transformador de la nueva fe.

¿Se sienten algunos tentados a presentar sus dificultades como excusa para no testificar en favor de Jesús? Consideren la situación de los discípulos en la casa de César, la depravación del emperador y el libertinaje de la corte. Difícilmente podremos imaginarnos circunstancias más desfavorables para una vida religiosa, y que ocasionen mayor sacrificio u oposición que aquéllas en que se hallaban estos conversos. Sin embargo, en medio de dificultades y peligros mantuvieron su fidelidad. A causa de obstáculos que parecen insuperables, el cristiano puede tratar de excusarse de obedecer la verdad tal cual es en Jesús; pero no puede ofrecer una excusa razonable. Poder hacerlo significaría demostrar que Dios es injusto al imponer condiciones de salvación que sus hijos no sean capaces de cumplir.