30 DE JULIO 2017

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Lectura para hoy: HA 335-336

HA 335-336  Capítulo 39—El juicio en Cesarea
Cinco días después de la llegada de Pablo a Cesarea, llegaron sus acusadores de Jerusalén, acompañados por Tértulo, orador que habían contratado como abogado. Se dió pronto audiencia al caso. Pablo fué traído delante de la asamblea, y Tértulo comenzó a acusarlo. Considerando que la adulación tendría más influencia en el gobernador romano que la simple declaración de la verdad y la justicia, el astuto orador comenzó su discurso alabando a Félix: “Como por causa tuya vivamos en grande paz, y muchas cosas sean bien gobernadas en el pueblo por tu prudencia, siempre y en todo lugar lo recibimos con todo hacimiento de gracias, oh excelentísimo Félix.”

Tértulo descendió aquí a la mentira descarada, porque el carácter de Félix era vil y despreciable. Se dice de él, que “en la práctica de toda clase de concupiscencia y maldad, ejerció el poder de un rey con el temperamento de un esclavo.”  Los que escuchaban a Tértulo sabían que sus palabras de adulación no eran ciertas; pero su deseo de asegurar la condenación de Pablo era más fuerte que su amor por la verdad.

En su discurso, Tértulo acusó a Pablo de crímenes que, si hubiesen sido probados, habrían dado como resultado su condenación por alta traición al gobierno. “Porque hemos hallado que este hombre es pestilencial—declaró el orador, —y levantador de sediciones entre todos los Judíos por todo el mundo, y príncipe de la secta de los Nazarenos: el cual también tentó a violar el templo.” Tértulo declaró entonces que Lisias, el comandante de la guarnición de Jerusalén, había arrebatado violentamente a Pablo de manos de los judíos cuando estaban por juzgarlo por su ley eclesiástica, y los había forzado así a traer el asunto delante de él. Estas declaraciones fueron hechas con el propósito de inducir al procurador a entregar a Pablo al tribunal judío. Todas las acusaciones fueron vehementemente sostenidas por los judíos presentes, los cuales no hicieron ningún esfuerzo por ocultar su odio al preso.

Félix era bastante perspicaz para discernir la disposición y el carácter de los acusadores de Pablo. Sabía con qué motivo le habían adulado, y notó también que no habían probado sus cargos contra Pablo. Así que volviéndose hacia el acusado le hizo señas de que se defendiese. Pablo no desperdició palabras en adulaciones, pero declaró sencillamente que podía defenderse gustosamente ante Félix, puesto que éste había sido durante tanto tiempo procurador que comprendía las leyes y costumbres de los judíos. Refiriéndose a las acusaciones que le hacían, mostró claramente que ninguna era verdadera. Declaró que no había provocado disturbio en parte alguna de Jerusalén, ni había profanado el templo. “Ni me hallaron en el templo disputando con ninguno, ni haciendo concurso de multitud, ni en sinagogas, ni en la ciudad; ni te pueden probar las cosas de que ahora me acusan.”

Si bien confesó que “conforme a aquel Camino que llaman herejía,” había adorado al Dios de sus padres, aseveró que había creído siempre en “todas las cosas que en la ley y en los profetas están escritas,” y que de acuerdo con las enseñanzas claras de las Escrituras, tenía fe en la resurrección de los muertos. Y declaró además que el propósito dominante de su vida era tener “siempre conciencia sin remordimiento acerca de Dios y acerca de los hombres.”

Con candidez y sinceridad declaró el objeto de su visita a Jerusalén, y las circunstancias de su arresto y juicio: “Mas pasados muchos años, vine a hacer limosnas a mi nación, y ofrendas, cuando me hallaron purificado en el templo (no con multitud ni con alboroto) unos Judíos de Asia; los cuales debieron comparecer delante de ti, y acusarme, si contra mí tenían algo. O digan estos mismos si hallaron en mí alguna cosa mal hecha, cuando yo estuve en el concilio, si no sea que, estando entre ellos prorrumpí en alta voz: Acerca de la resurrección de los muertos soy hoy juzgado de vosotros.”

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