25 DE JULIO 2017

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Lectura para hoy: HA 328-329

HA 328-329
Entonces se esforzó por mostrar que su trabajo entre los gentiles no había sido emprendido por su propia elección. El había deseado trabajar entre su propia nación; pero en ese mismo templo la voz de Dios le había hablado en santa visión, y había dirigido sus pies “lejos a los Gentiles.”  Hasta este punto la gente había escuchado con mucha atención; pero cuando Pablo llegó en su relato al punto en que dijo que había sido escogido como embajador de Cristo a los gentiles, volvió a estallar la furia del pueblo; pues, acostumbrados a considerarse como único pueblo favorecido por Dios, no querían consentir en que los menospreciados gentiles participasen de los privilegios que hasta entonces tuvieron por exclusivamente suyos. Levantando sus voces sobre la del orador, gritaron: “Quita de la tierra a un tal hombre, porque no conviene que viva.”

“Y dando ellos voces, y arrojando sus ropas y echando polvo al aire, mandó el tribuno que le llevasen a la fortaleza, y ordenó que fuese examinado con azotes, para saber por qué causa clamaban así contra él.

“Y como le ataron con correas, Pablo dijo al centurión que estaba presente:
¿Os es lícito azotar a un hombre Romano sin ser condenado? Y como el centurión oyó esto, fué y dió aviso al tribuno, diciendo: ¿Qué vas a hacer? porque este hombre es Romano. Y viniendo el tribuno, le dijo: Dime, ¿eres tú Romano? Y él dijo: Sí. Y respondió el tribuno: Yo con grande suma alcancé esta ciudadanía. Entonces Pablo dijo: Pero yo lo soy de nacimiento. Así que, luego se apartaron de él los que le habían de atormentar: y aun el tribuno también tuvo temor, entendiendo que era Romano, por haberle atado.

“Y al día siguiente, queriendo saber de cierto la causa por qué era acusado de los Judíos, le soltó de las prisiones, y mandó venir a los príncipes de los sacerdotes, y a todo su concilio: y sacando a Pablo, le presentó delante de ellos.”

El apóstol iba ahora a ser juzgado por el mismo tribunal del que había formado parte antes de su conversión. Ante los magistrados judíos compareció con tranquilo aspecto, y su semblante denotaba la paz de Cristo. “Poniendo los ojos en el concilio—dijo:—Varones hermanos, yo con toda buena conciencia he conversado delante de Dios hasta el día de hoy.”

Después de oír estas palabras, sus odios se encendieron de nuevo; “el príncipe de los sacerdotes, Ananías, mandó entonces a los que estaban delante de él que le hiriesen en la boca.” A su inhumana orden, Pablo exclamó: “Herirte ha Dios, pared blanqueada: ¿y estás tú sentado para juzgarme conforme a la ley, y contra la ley me mandas herir? Y los que estaban presentes dijeron: ¿Al sumo sacerdote de Dios maldices?” Con su habitual cortesía Pablo respondió: “No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote; pues escrito está: Al príncipe de tu pueblo no maldecirás.

“Entonces Pablo, sabiendo que la una parte era de Saduceos, y la otra de Fariseos, clamó en el concilio: Varones hermanos, yo soy Fariseo, hijo de Fariseo: de la esperanza y de la resurrección de los muertos soy yo juzgado. Y como hubo dicho esto, fué hecha disensión entre los Fariseos y los Saduceos; y la multitud fué dividida. Porque los Saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu, mas los Fariseos confiesan ambas cosas.” Los dos partidos empezaron a disputar entre sí; y de este modo se quebrantó su oposición contra Pablo. “Los escribas de la parte de los Fariseos, contendían diciendo: Ningún mal hallamos en este hombre; que si espíritu le ha hablado, o ángel, no resistamos a Dios.”