29 DE JUNIO 2017

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Lectura para hoy: HA 284-285

Si los ministros sienten que están sufriendo durezas y privaciones en la causa de Cristo, visiten con la imaginación el taller donde Pablo trabajaba. Recuerden que mientras este hombre escogido por Dios confeccionaba tiendas, trabajaba por el pan que ya había ganado con justicia por sus labores como apóstol.

El trabajo es una bendición, no una maldición. Un espíritu de indolencia destruye la piedad y entristece al Espíritu de Dios. Un charco estancado es repulsivo, pero la corriente de agua pura esparce salud y alegría sobre la tierra. Pablo sabía que aquellos que descuidan el trabajo físico se debilitan rápidamente. Deseaba enseñar a los ministros jóvenes que, trabajando con sus manos y poniendo en ejercicio sus músculos y tendones, se fortalecerían para soportar las faenas y privaciones que los aguardaban en el campo evangélico. Y comprendía que su propia enseñanza carecería de vitalidad y fuerza si no mantenía todas las partes de su organismo debidamente ejercitadas.

El indolente se priva de la inestimable experiencia que se obtiene por el fiel cumplimiento de los deberes comunes de la vida. No pocos, sino miles de seres humanos, existen solamente para consumir los beneficios que Dios en su misericordia les concede. No traen al Señor ofrendas de gratitud por las riquezas que les ha confiado. Olvidan que negociando sabiamente con los talentos a ellos concedidos, han de ser productores tanto como consumidores. Si comprendieran la obra que el Señor desea que hagan como su mano ayudadora, no rehuirían las responsabilidades.

La utilidad de los hombres jóvenes que sienten que son llamados por Dios a predicar, depende mucho de la forma en que empiezan sus labores. Los que son escogidos por Dios para la obra del ministerio darán pruebas de su alta vocación, y por todos los medios de que dispongan se esforzarán para desarrollarse como obreros capaces. Tratarán de adquirir una experiencia que los haga aptos para planear, organizar y ejecutar. Al apreciar la santidad de su vocación, llegarán a ser, por la disciplina propia, más y aun más semejantes al Señor revelando su bondad, amor y verdad. Y mientras manifiesten fervor en el desarrollo de los talentos a ellos confiados, la iglesia debe ayudarles juiciosamente.

No todos los que sienten que han sido llamados a predicar, deberían ser animados a depender inmediatamente ellos y sus familias de la iglesia para su continuo sostén financiero. Hay peligro de que algunos, de experiencia limitada, sean echados a perder por la adulación y por el imprudente aliento a esperar pleno sostén, independiente de todo serio esfuerzo de su parte. Los medios dedicados a la extensión de la obra de Dios no deben ser consumidos por hombres que desean predicar solamente para recibir sostén y satisfacer así la egoísta ambición de una vida fácil.

Los jóvenes que desean ejercer sus dones en la obra del ministerio, hallarán una lección útil en el ejemplo de Pablo en Tesalónica, Corinto, Efeso y otros lugares. Aunque era un orador elocuente y había sido escogido por Dios para hacer una obra especial, nunca desdeñó el trabajo, y nunca se cansó de sacrificarse por la causa que amaba. “Hasta esta hora—escribió a los corintios, —hambreamos, y tenemos sed, y estamos desnudos, y somos heridos de golpes, y andamos vagabundos; y trabajamos, obrando con nuestras manos; nos maldicen, y bendecimos: padecemos persecución, y sufrimos.” 1 Corintios 4:11, 12.

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