23 DE ABRIL 2017

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Lectura para hoy: Hechos 28:1-11; HA 180.

Hechos 28:1-11 En la isla de Malta
1 Una vez a salvo, nos enteramos de que la isla se llamaba Malta. Los isleños nos trataron con toda clase de atenciones. Encendieron una fogata y nos invitaron a acercarnos, porque estaba lloviendo y hacía frío. Sucedió que Pablo recogió un montón de leña y la estaba echando al fuego cuando una víbora que huía del calor se le prendió en la mano.

Al ver la serpiente colgada de la mano de Pablo, los isleños se pusieron a comentar entre sí: «Sin duda este hombre es un asesino, pues aunque se salvó del mar, la justicia divina no va a consentir que siga con vida». Pero Pablo sacudió la mano y la serpiente cayó en el fuego, y él no sufrió ningún daño. La gente esperaba que se hinchara o cayera muerto de repente, pero, después de esperar un buen rato y de ver que nada extraño le sucedía, cambiaron de parecer y decían que era un dios.

Cerca de allí había una finca que pertenecía a Publio, el funcionario principal de la isla. Este nos recibió en su casa con amabilidad y nos hospedó durante tres días. El padre de Publio estaba en cama, enfermo con fiebre y disentería. Pablo entró a verlo y, después de orar, le impuso las manos y lo sanó. Como consecuencia de esto, los demás enfermos de la isla también acudían y eran sanados. 10 Nos colmaron de muchas atenciones y nos proveyeron de todo lo necesario para el viaje.

HA 180 Capítulo22 —Tesalónica
Después de dejar a Filipos, Pablo y Silas fueron a Tesalónica. Allí se les dió la oportunidad de hablar a grandes congregaciones en la sinagoga judía. Su apariencia evidenciaba el vergonzoso trato recién recibido, y requería una explicación delo que había sucedido. Ellos la dieron sin ensalzarse a sí mismos, sino magnificando a Aquel que los había librado.

Al predicar a los tesalonicenses, Pablo apeló a las profecías del Antiguo Testamento concernientes al Mesías. Cristo había abierto en su ministerio la mente de sus discípulos a estas profecías; pues “comenzando desde Moisés, y de todos los profetas, declarábales en todas las Escrituras lo que de él decían.” Lucas 24:27. Pedro, al predicar a Cristo, había sacado del Antiguo Testamento sus evidencias. Esteban había seguido el mismo plan. Y también Pablo en su ministerio apelaba a las Escrituras que predecían el nacimiento, los sufrimientos, la muerte, resurrección y ascensión de Cristo. Por el inspirado testimonio de Moisés y los profetas, probaba claramente la identidad de Jesús de Nazaret como el Mesías, y mostraba que desde los días de Adán era la voz de Cristo la que había hablado por los patriarcas y profetas.

Se habían dado profecías sencillas y específicas concernientes a la aparición del Prometido. A Adán se le dio la seguridad de la venida del Redentor. La sentencia pronunciada contra Satanás: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Génesis 3:15), era para nuestros primeros padres la promesa de la redención que iba a obrarse por Cristo.

22 DE ABRIL 2017

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Lectura para hoy: HA 178-179.

Las labores de Pablo en Filipos tuvieron por resultado el establecimiento de una iglesia cuyos miembros aumentaban constantemente. Su celo y devoción, y sobre todo su disposición a sufrir por causa de Cristo, ejercieron una influencia profunda y duradera en los conversos. Apreciaban altamente las preciosas verdades por las cuales los apóstoles se habían sacrificado tanto, y se entregaron con sincera devoción a la causa de su Redentor.

Que esta iglesia no estuvo libre de persecución, lo revela una expresión de la carta que Pablo le escribió. Dice: “A vosotros es concedido por Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él, teniendo el mismo conflicto que habéis visto en mí.” Sin embargo, era tal su firmeza en la fe, que él declara: “Doy gracias a mi Dios en toda memoria de vosotros, siempre en todas mis oraciones haciendo oración por todos vosotros con gozo, por vuestra comunión en el evangelio, desde el primer día hasta ahora.” Filipenses 1:29, 30, 3-5.

Es terrible la lucha que se produce entre las fuerzas del bien y las del mal en los centros importantes donde los mensajeros de la verdad están llamados a trabajar. “No tenemos lucha contra sangre y carne—declara Pablo; —sino contra principados, contra potestades, contra señores del mundo, gobernadores de estas tinieblas.” Efesios 6:12. Hasta el fin, habrá un conflicto entre la iglesia de Dios y los que están bajo el dominio de los ángeles malos.

Los primeros cristianos estaban llamados a menudo a hacer frente cara a cara a las potestades de las tinieblas. Por medio de sofistería y persecución el enemigo se esforzaba por apartarlos de la verdadera fe. Ahora, cuando el fin de las cosas terrenales se acerca rápidamente, Satanás realiza desesperados esfuerzos por entrampar al mundo. Inventa muchos planes para ocupar las mentes y apartar la atención de las verdades esenciales para la salvación. En todas las ciudades sus agentes están organizando empeñosamente en partidos a aquellos que se oponen a la ley de Dios. El gran engañador está tratando de introducir el ementos de confusión y rebelión, y los hombres se están enardeciendo con un celo que no está de acuerdo con su conocimiento.

La maldad está llegando a un grado jamás antes alcanzado; no obstante, muchos ministros del Evangelio claman: “Paz y seguridad.” Pero los fieles mensajeros de Dios han de seguir rápidamente adelante con su obra. Vestidos con la armadura celestial, han de avanzar intrépida y victoriosamente, sin cejar en su lucha hasta que toda alma que se halle a su alcance haya recibido el mensaje de verdad para este tiempo.

21 DE ABRIL 2017

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Lectura para hoy: HA 176-177.

La severidad con que el carcelero había tratado a los apóstoles no había despertado su resentimiento. Pablo y Silas tenían el espíritu de Cristo, no el espíritu de venganza. Sus corazones, llenos del amor del Salvador, no daban cabida a la malicia contra sus perseguidores.

El carcelero dejó caer su espada y pidiendo luz, se apresuró a ir a la mazmorra interior. Quería ver qué clase de hombres eran éstos que retribuían con bondad la crueldad con que habían sido tratados. Al llegar donde estaban los apóstoles, postrándose ante ellos, les pidió que le perdonaran. Entonces, sacándolos al patio, les preguntó: “Señores, ¿qué es menester que yo haga para ser salvo?”

El carcelero había temblado al ver la ira de Dios manifestada en el terremoto; cuando pensó que los presos se habían escapado, había estado dispuesto a suicidarse; pero ahora todas estas cosas le parecían insignificantes en comparación con el nuevo y extraño terror que agitaba su mente, y con el deseo de tener la tranquilidad y alegría manifestadas por los apóstoles bajo el sufrimiento y el ultraje. Vio en sus rostros la luz del cielo; sabía que Dios había intervenido milagrosamente para salvar sus vidas, y se revistieron de extraordinaria fuerza las palabras de la endemoniada: “Estos hombres son siervos del Dios Alto, los cuales os anuncian el camino de salud.”

Con profunda humildad pidió a los apóstoles que le mostraran el camino de la vida.
“Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú, y tu casa—contestaron ellos. —Y le hablaron la palabra del Señor, y a todos los que estaban en su casa.” El carcelero lavó entonces las heridas de los apóstoles, y les sirvió, después de lo cual fue bautizado por ellos, con toda su casa. Una influencia santificadora se difundió entre los presos, y todos estaban dispuestos a escuchar las verdades habladas por los apóstoles. Estaban convencidos que el Dios a quien estos hombres servían los había librado milagrosamente de sus cadenas.

Los habitantes de Filipos se habían aterrado grandemente por el terremoto; y cuando, por la mañana, los oficiales de la cárcel les dijeron a los magistrados lo que había ocurrido durante la noche, se alarmaron, y enviaron a los alguaciles para soltar a los apóstoles. Pero Pablo declaró: “Azotados públicamente sin ser condenados, siendo hombres Romanos, nos echaron en la cárcel; y ¿ahora nos echan encubiertamente? No, de cierto, sino vengan ellos y sáquennos.”

Los apóstoles eran ciudadanos romanos, y era ilícito azotar a un romano, a no ser por el crimen más flagrante, o privarlo de su libertad sin un juicio justo. Pablo y Silas habían sido encarcelados públicamente, y se negaron ahora a ser puestos privadamente en libertad sin la debida explicación de parte de los magistrados.

Cuando se comunicaron estas palabras a las autoridades, éstas se alarmaron por temor de que los apóstoles se quejaran al emperador, y yendo en seguida a la cárcel, pidieron disculpas a Pablo y Silas por la injusticia y crueldad que se les había hecho, y los sacaron personalmente de la cárcel y les rogaron que se fueran de la ciudad. Los magistrados temían la influencia de los apóstoles sobre el pueblo, y también el Poder que había intervenido en favor de esos hombres inocentes.

De acuerdo con la instrucción de Cristo, los apóstoles no impusieron su presencia donde no se la deseaba. “Salidos de la cárcel, entraron en casa de Lidia, y habiendo visto a los hermanos, los consolaron, y se salieron.”

Los apóstoles no consideraban inútiles sus labores en Filipos. Habían afrontado mucha oposición y persecución; pero la intervención de la Providencia en su favor, y la conversión del carcelero y de su familia, compensaron con creces la ignominia y el sufrimiento que habían soportado. Las noticias de su injusto encarcelamiento y de su milagrosa liberación se difundieron por toda esa región, y esto dio a conocer la obra de los apóstoles a muchos que de otra manera no habrían sido alcanzados.

20 DE ABRIL 2017

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Lectura para hoy: HA 174-175.

Movida por un frenesí de excitación, la multitud se levantó contra los discípulos. El espíritu del populacho prevaleció, y fue sancionado por las autoridades, quienes desgarraron los vestidos exteriores de los apóstoles y ordenaron que fueran azotados. “Y después que los hubieron herido de muchos azotes, los echaron en la cárcel, mandando al carcelero que los guardase con diligencia: el cual, recibido este mandamiento, los metió en la cárcel de más adentro; y les apretó los pies en el cepo.”

Los apóstoles sufrieron extrema tortura por causa de la penosa posición en que fueron dejados, pero no murmuraron. En vez de eso, en la completa obscuridad y desolación de la mazmorra, se animaron el uno al otro con palabras de oración, y cantaban alabanzas a Dios por haber sido hallados dignos de sufrir oprobio por su causa. Sus corazones estaban alentados por un profundo y ferviente amor hacia la causa de su Redentor. Pablo pensaba en la persecución que había hecho sufrir a los discípulos de Cristo, y se regocijaba porque sus ojos habían sido abiertos para ver, y su corazón para sentir el poder de las gloriosas verdades que una vez despreciaba.

Con asombro, los otros presos oyeron las oraciones y los cantos que salían de la cárcel interior. Habían estado acostumbrados a oír gritos y gemidos, maldiciones y juramentos, que rompían el silencio de la noche, pero nunca antes habían oído palabras de oración y alabanza subir de aquella lóbrega celda. Los guardianes y los presos se maravillaban, y se preguntaban quiénes podían ser estos hombres que, sufriendo frío, hambre y tortura, podían, sin embargo, regocijarse.

Entre tanto, los magistrados volvían a sus casas felicitándose porque mediante medidas rápidas y decisivas habían sofocado el tumulto. Pero por el camino oyeron detalles adicionales sobre el carácter y la obra de los hombres que habían condenado a la flagelación y el encarcelamiento. Vieron a la mujer que había sido librada de la influencia satánica, y se sorprendieron por el cambio de su semblante y conducta. En lo pasado había provocado mucha dificultad a la ciudad; ahora era tranquila y pacífica. Cuando comprendieron que con toda probabilidad habían aplicado a dos inocentes el riguroso castigo de la ley romana, se indignaron consigo mismos, y decidieron ordenar por la mañana que los apóstoles fueran secretamente puestos en libertad y acompañados fuera de la ciudad, donde no estuvieran expuestos a la violencia de la turba.

Pero mientras los hombres eran crueles y vindicativos, o criminalmente descuidados con las responsabilidades a ellos confiadas, Dios no se había olvidado de ser misericordioso con sus siervos. Todo el cielo estaba interesado en los hombres que estaban sufriendo por amor a Cristo, y los ángeles fueron enviados a visitar la cárcel. A su paso la tierra tembló. Las pesadas puertas acerrojadas de la cárcel se abrieron de par en par; las cadenas y grillos cayeron de las manos y pies de los presos; y una brillante luz inundó la prisión.

El carcelero había oído con asombro las oraciones y cantos de los encarcelados apóstoles. Cuando los trajeron vio sus hinchadas y sangrientas heridas, y él mismo hizo asegurar sus pies en los cepos. Había esperado oír de ellos amargos gemidos e imprecaciones; pero oyó en cambio cantos de gozo y alabanza. Con estos sonidos en sus oídos el carcelero había caído en un sueño del cual fue despertado por el terremoto y el sacudimiento de las paredes de la cárcel.

Levantándose precipitadamente con alarma, vio con espanto que todas las puertas de la cárcel estaban abiertas, y fue sobrecogido por el repentino temor de que los presos se hubiesen escapado. Recordó el explícito encargo con que se le había confiado el cuidado de Pablo y Silas la noche anterior, y estaba seguro que la muerte sería el castigo de su aparente infidelidad. En la amargura de su espíritu, pensó que era mejor quitarse él mismo la vida que someterse a una vergonzosa ejecución. Tomando su espada, estaba por matarse, cuando oyó las alentadoras palabras de Pablo: “No te hagas ningún mal; que todos estamos aquí.” Todos los hombres estaban en su sitio, contenidos por el poder de Dios ejercido por uno de los presos.

19 DE ABRIL 2017

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Lectura para hoy: HA 172-173.   Capítulo21—En las regiones lejanas
Había llegado el tiempo para que el Evangelio se predicase más allá de los confines del Asia Menor. Se estaba preparando el camino para que Pablo y sus colaboradores penetrasen en Europa. En Troas, en las márgenes del mar Mediterráneo, “fué mostrada a Pablo de noche una visión: Un varón Macedonio se puso delante, rogándole, y diciendo: Pasa a Macedonia, y ayúdanos.”

El llamamiento era imperativo y no admitía dilación. “Y como vió la visión—declara Lucas, que acompañó a Pablo y Silas y Timoteo en el viaje a Europa, —luego procuramos partir a Macedonia, dando por cierto que Dios nos llamaba para que les anunciásemos el evangelio. Partidos pues de Troas, vinimos camino derecho a Samotracia, y el día siguiente a Neápolis; y de allí a Filipos, que es la primera ciudad de la parte de Macedonia, y una colonia.”

“Y un día de sábado—continúa Lucas—salimos de la puerta junto al río, donde solía ser la oración; y sentándonos, hablamos a las mujeres que se habían juntado. Entonces una mujer llamada Lidia, que vendía púrpura en la ciudad de Tiatira, temerosa de Dios, estaba oyendo; el corazón de la cual abrió el Señor.” Lidia recibió alegremente la verdad. Ella y su familia se convirtieron y bautizaron, y rogó a los apóstoles que se hospedaran en su casa. Cuando los mensajeros de la cruz salieron a enseñar, una mujer poseída de un espíritu pitónico los siguió gritando: “Estos hombres son siervos del Dios Alto, los cuales os anuncian el camino de salud. Y esto hacía por muchos días.”

Esta mujer era un agente especial de Satanás, y había dado mucha ganancia a sus amos adivinando. Su influencia había ayudado a fortalecer la idolatría. Satanás sabía que se estaba invadiendo su reino, y recurrió a este medio de oponerse a la obra de Dios, esperando mezclar sus ofistería con las verdades enseñadas por aquellos que proclamaban el mensaje evangélico. Las palabras de recomendación pronunciadas por esta mujer eran un perjuicio para la causa de la verdad, pues distraían la mente de la gente de las enseñanzas de los apóstoles. Deshonraban el Evangelio; y por ellas muchos eran inducidos a creer que los hombres que hablaban con el Espíritu y poder de Dios estaban movidos por el mismo espíritu que esa emisaria de Satanás.

Durante algún tiempo, los apóstoles soportaron esta oposición; luego, bajo la inspiración del Espíritu Santo, Pablo ordenó al mal espíritu que abandonase a la mujer. Su silencio inmediato testificó de que los apóstoles eran siervos de Dios, y que el demonio los había reconocido como tales y había obedecido su orden. Librada del mal espíritu y restaurada a su sano juicio, la mujer escogió seguir a Cristo. Entonces sus amos se alarmaron por su negocio. Vieron que toda la esperanza de recibir dinero mediante sus adivinaciones había terminado, y que su fuente de ingreso pronto desaparecería completamente si se permitía a los apóstoles continuar la obra del Evangelio.

Muchos otros de la ciudad tenían interés en ganar dinero mediante engaños satánicos; y éstos, temiendo la influencia de un poder capaz de poner fin tan eficazmente a su trabajo, levantaron un poderoso clamor contra los siervos de Dios. Llevaron a los apóstoles ante los magistrados con la acusación: “Estos hombres, siendo judíos, alborotan nuestra ciudad, y predican ritos, los cuales no nos es lícito recibir ni hacer, pues somos Romanos.”

18 DE ABRIL 2017

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Lectura para hoy: HA 170-171.

Pablo vivió de tal manera entre los Gálatas que pudo decir más tarde: “Os ruego, sed como yo.” Gálatas 4:12. Sus labios habían sido tocados con un carbón encendido del altar, y fue habilitado para sobreponerse a las debilidades corporales y presentar a Jesús como la única esperanza del pecador. Los que lo oían sabían que había estado con Jesús. Dotado de poder de lo alto, era capaz de comparar lo espiritual con lo espiritual, y de derribar las fortalezas de Satanás. Los corazones eran quebrantados por la presentación del amor de Dios, como estaba revelado en el sacrificio de su Hijo unigénito, y muchos eran inducidos a preguntar: ¿Qué debo hacer para ser salvo?

Este método de presentar el Evangelio caracterizaba las labores del apóstol en el curso de todo su ministerio entre los gentiles. Siempre conservaba ante ellos la cruz del Calvario. “No nos predicamos a nosotros mismos—declaró en los últimos años de su vida, —sino a Jesucristo, el Señor; y nosotros vuestros siervos por Jesús. Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.”2 Corintios 4:5, 6.

Los consagrados mensajeros que en los primeros días del cristianismo llevaron a un mundo moribundo las alegres nuevas de la salvación, no permitían que ningún pensamiento de exaltación propia echara a perder su presentación de Cristo el crucificado. No codiciaban ninguna autoridad ni preeminencia. Escondiéndose en el Salvador, exaltaban el gran plan de la salvación, y la vida de Cristo, el autor y consumador de este plan, Cristo, el mismo ayer, hoy, y para siempre, era la nota tónica de su enseñanza. Si los que hoy enseñan la Palabra de Dios elevaran más y más la cruz de Cristo, su ministerio tendría mucho más éxito. Si los pecadores pudieran ser inducidos a dirigir una ferviente mirada a la cruz, y pudieran obtener una visión plena del Salvador crucificado, comprenderían la profundidad de la compasión de Dios y la pecaminosidad del pecado.

La muerte de Cristo demuestra el gran amor de Dios por el hombre. Es nuestra garantía de salvación. Quitarle al cristiano la cruz sería como borrar del cielo el sol. La cruz nos acerca a Dios, y nos reconcilia con él. Con la perdonadora compasión del amor de un padre, Jehová contempla los sufrimientos que su Hijo soportó con el fin de salvar de la muerte eterna a la familia humana, y nos acepta en el Amado.

Sin la cruz, el hombre no podría unirse con el Padre. De ella depende toda nuestra esperanza. De ella emana la luz del amor del Salvador; y cuando al pie de la cruz el pecador mira al que murió para salvarle, puede regocijarse con pleno gozo; porque sus pecados son perdonados. Al postrarse con fe junto a la cruz, alcanza el más alto lugar que pueda alcanzar el hombre.

Mediante la cruz podemos saber que el Padre celestial nos ama con un amor infinito. ¿Debemos maravillarnos de que Pablo exclamara: “Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”? Gálatas 6:14. Es también nuestro privilegio gloriarnos en la cruz, entregarnos completamente a Aquel que se entregó por nosotros, Entonces, con la luz que irradia del Calvario brillando en nuestros rostros, podemos salir para revelar esta luz a los que están en tinieblas.

17 DE ABRIL 2017

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Lectura para hoy: HA 168-169.

Antes de penetrar en nuevos territorios, Pablo y sus compañeros visitaron las iglesias que habían sido establecidas en Pisidia y en las regiones circundantes. “Como pasaban por las ciudades, les daban que guardasen los decretos que habían sido determinados por los apóstoles y los ancianos que estaban en Jerusalén. Así que, las iglesias eran confirmadas en fe, y eran aumentadas en número cada día.”

El apóstol Pablo sentía una profunda responsabilidad por los que se convertían por sus labores. Por encima de todas las cosas, anhelaba que fueran fieles, “para que yo pueda gloriarme en el día de Cristo—decía, —que no he corrido en vano, ni trabajado en vano.” Filipenses 2:6. Temblaba por el resultado de su ministerio. Sentía que hasta su propia salvación podría estar en peligro si no cumpliera su deber y la iglesia no cooperase con él en la obra de salvar almas. Sabía que la sola predicación no bastaba para enseñar a los creyentes a proclamar la palabra de vida. Sabía que línea sobre línea, precepto sobre precepto, un poquito aquí y otro poquito allí, debían ser enseñados a progresar en la obra de Cristo.

Es un principio universal que cuando quiera que uno se niegue a usar las facultades que Dios le da, éstas decaen y mueren. La verdad que no se vive, que no se imparte, pierde su poder vivificante, su virtud sanadora. De aquí el temor del apóstol Pablo de que no presentase a todo hombre perfecto en Cristo. La esperanza de Pablo de entrar en el cielo se obscurecía cuando contemplaba cualquier fracaso suyo que diera a la iglesia el molde humano en lugar del divino. Su conocimiento, su elocuencia, sus milagros, su visión de las escenas eternas obtenidas en el tercer cielo, —todo sería inútil si por la infidelidad en su obra aquellos por quienes trabajaba cayeran de la gracia de Dios. Y así, de viva voz y por carta, rogaba a aquellos que habían aceptado a Cristo que siguiesen una conducta que los habilitara para ser “irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin culpa en medio de la nación maligna y perversa, … como luminares en el mundo; reteniendo la palabra de vida.” Filipenses 2:15, 16.

Todo verdadero ministro siente una pesada responsabilidad por el progreso espiritual de los creyentes confiados a su cuidado, un anhelante deseo de que sean colaboradores de Dios. Comprende que del fiel cumplimiento del trabajo que Dios le da depende en gran medida el bienestar de la iglesia. Trata ardiente e incansablemente de inspirar en los creyentes el deseo de ganar almas para Cristo, recordando que todo el que se añade a la iglesia debería ser un agente más para el cumplimiento del plan de la redención.

Habiendo visitado las iglesias de Pisidia y de la región vecina, Pablo y Silas, con Timoteo, penetraron en “Frigia y la provincia de Galacia,” donde proclamaron con gran poder las buenas nuevas de la salvación. Los Gálatas eran idólatras, pero cuando los apóstoles les predicaron, se gozaron en el mensaje que les prometía libertad de la servidumbre del pecado. Pablo y sus colaboradores proclamaron la doctrina de la justicia por la fe en el sacrificio expiatorio de Cristo. Presentaban a Cristo como Aquel que, al ver la impotente condición de la especie caída, vino a redimirá los hombres y mujeres viviendo una vida de obediencia a la ley de Dios y pagando la penalidad de la desobediencia. Y a la luz de la cruz, muchos que nunca habían conocido antes al Dios verdadero empezaron a comprender la grandeza del amor del Padre.

Así se les enseñaron a los Gálatas las verdades fundamentales concernientes a “Dios el Padre,” y a “nuestro Señor Jesucristo, el cual se dió a sí mismo por nuestros pecados para librarnos de este presente siglo malo, conforme a la voluntad de Dios y Padre nuestro.” “Por el oír de la fe,” recibieron el Espíritu de Dios, y llegaron a ser “hijos de Dios por la fe en Cristo.” Gálatas 1:3, 4; 3:2, 26.