27 DE NOVIEMBRE 2016

Escúchalo aquí.

Lectura para hoy: PR 521 – 523

Sin embargo, ningún fracaso temporal de Israel había de frustrar el plan secular para redimir a la humanidad. Tal vez aquellos a quienes el profeta hablaba no escucharían el mensaje dado; pero los propósitos de Jehová se cumplirían a pesar de ello. El Señor declaró por su mensajero: “Desde donde el sol nace hasta donde se pone, es grande mi nombre entre las gentes; y en todo lugar se ofrece a mi “La casa de Israel” nombre perfume, y presente limpio; porque grande es mi nombre entre las gentes.” Vers. 11. El pacto “de vida y de paz” que Dios había hecho con los hijos de Leví, el pacto que habría traído indecibles bendiciones si se lo hubiese cumplido, el Señor ofreció renovarlo con los que habían sido una vez caudillos espirituales, pero que por la transgresión se habían tornado “viles y bajos a todo el pueblo.” Malaquías 2:5, 9.

Solemnemente los que obraban mal fueron avisados de que vendría el día del juicio y que Jehová se proponía castigar a todo transgresor con una presta destrucción. No obstante, nadie era dejado sin esperanza; las profecías de juicio que emitía Malaquías iban acompañadas de invitaciones a los impenitentes para que hicieran la paz con Dios. El Señor los instaba así: “Tornaos a mí, y yo me tornaré a vosotros.” Malaquías 3:7.

Parecería que todo corazón debiera responder a una invitación tal. El Dios del cielo ruega a sus hijos errantes que vuelvan a él, a fin de poder cooperar de nuevo con él para llevar adelante su obra en la tierra. El Señor extiende su mano para tomar la de Israel, a fin de ayudarle a regresar a la senda estrecha de la abnegación y a compartir con él la herencia como hijos de Dios. ¿Escucharán la súplica? ¿Discernirán su única esperanza? ¡Cuán triste es el relato de que en tiempos de Malaquías los israelitas titubeaban en entregar sus orgullosos corazones en una obediencia presta y amante para una cooperación cordial! En su respuesta se nota el esfuerzo por justificarse: “¿En qué hemos de tornar?”

El Señor revela a su pueblo uno de sus pecados especiales. Pregunta: “¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado.” No reconociendo todavía su pecado, los desobedientes preguntan: “¿En qué te hemos robado?” La respuesta del Señor es definida: “Los diezmos y las primicias. Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado. Traed todos los diezmos al alfolí, y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y vaciaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde. Increparé también por vosotros al devorador, y no os corromperá el fruto de la tierra; ni vuestra vid en el campo abortará, dice Jehová de los ejércitos. Y todas las gentes os dirán bienaventurados; porque seréis tierra deseable, dice Jehová de los ejércitos.” Malaquías 3:7-12.

Dios bendice el trabajo de las manos de los hombres, para que ellos le devuelvan la porción que le pertenece. Les da el sol y la lluvia; hace florecer la vegetación; les da salud y capacidad para adquirir recursos. Toda bendición proviene de su mano bondadosa, y él desea que hombres y mujeres manifiesten su gratitud devolviéndole una porción en diezmos y ofrendas, ofrendas de agradecimiento, de buena voluntad y pacíficas. Han de consagrar sus recursos al servicio de él, para que su viña no permanezca árida. Deben estudiar lo que el Señor haría si estuviese en su lugar. Deben llevarle en oración todos los asuntos difíciles. Han de revelar un interés altruísta en el fortalecimiento de su obra en todas partes del mundo.

Mediante mensajes como los dados por Malaquías, el último profeta del Antiguo Testamento, así como mediante la opresión impuesta por los enemigos paganos, los israelitas aprendieron finalmente la lección de que la verdadera prosperidad depende de la obediencia a la ley de Dios. Pero en el caso de muchos de entre el pueblo, la obediencia no era fruto de la fe ni del amor. Sus motivos eran egoístas. Prestaban un servicio exterior para alcanzar grandeza nacional. El pueblo escogido no llegó a ser la luz del mundo, sino que se encerró en sí mismo y se aisló del mundo para salvaguardarse de ser seducido por la idolatría. Las restricciones que Dios había dictado para prohibir los casamientos mixtos entre su pueblo y los paganos, y para impedir que Israel participase en las prácticas idólatras de las naciones circundantes, se pervirtieron al punto de constituir un muro de separación entre los israelitas y todos los demás pueblos, para privar a esos pueblos de las bendiciones que Dios había ordenado a Israel comunicar al mundo.

Al mismo tiempo, por sus pecados los judíos se estaban separando ellos mismos de Dios. Eran incapaces de discernir el profundo significado espiritual de su servicio simbólico. Dominados por un sentimiento de justicia propia, confiaban en sus propias obras, en los sacrificios y los ritos mismos, en vez de los méritos de Aquel a quien señalaban todas esas cosas. De este modo, “ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia” (Romanos 10:3), se encerraron en un formalismo egoísta. Careciendo del Espíritu y de la gracia de Dios, procuraron suplir esta falta mediante una rigurosa observancia de las ceremonias y los ritos religiosos. Sin conformarse con los ritos que Dios mismo había ordenado, agravaron los mandamientos divinos con innumerables exacciones propias. Cuanto más se alejaban de Dios, más rigurosos se volvían en la observancia de esas formas.

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