26 DE NOVIEMBRE 2016

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Lectura para hoy: PR 519 – 520 Capítulo 59—“La casa de Israel”

Al proclamar las verdades del Evangelio eterno a toda nación, tribu, lengua y pueblo, la iglesia de Dios en la tierra está cumpliendo hoy la antigua profecía: “Florecerá y echará renuevos Israel, y la haz del mundo se henchirá de fruto.” Isaías 27:6. Los que siguen a Jesús, en cooperación con los seres celestiales, están ocupando rápidamente los lugares desiertos de la tierra; y como resultado de sus labores obtienen una abundante mies de preciosas almas. Hoy, como nunca antes, la diseminación de la verdad bíblica por medio de una iglesia consagrada ofrece a los hijos de los hombres los beneficios predichos siglos ha en la promesa hecha a Abrahán y a todo Israel, a la iglesia de Dios en la tierra en toda época: “Bendecirte he, … y serás bendición.” Génesis 12:2.

Esta promesa de bendición debiera haberse cumplido en gran medida durante los siglos que siguieron al regreso de los israelitas de las tierras de su cautiverio. Dios quería que toda la tierra fuese preparada para el primer advenimiento de Cristo, así como hoy se está preparando el terreno para su segunda venida. Al fin de los años de aquel humillante destierro, Dios aseguró misericordiosamente a su pueblo Israel, mediante Zacarías: “Yo he restituído a Sión, y moraré en medio de Jerusalem: y Jerusalem se llamará Ciudad de Verdad, y el monte de Jehová de los ejércitos, Monte de Santidad.” Y acerca de su pueblo dijo: “He aquí, … yo seré a ellos por Dios con verdad y con justicia.” Zacarías 8:3, 7, 8.

Estas promesas les eran hechas a condición de que obedecieran. No debían repetirse los pecados que habían caracterizado a los israelitas antes del cautiverio. El Señor exhortó a los que estaban reedificando: “Juzgad juicio verdadero, y haced misericordia y piedad cada cual con su hermano: no agraviéis a la viuda, ni al huérfano, ni al extranjero, ni al pobre; ni ninguno piense mal en su corazón contra su hermano.” “Hablad verdad cada cual con su prójimo; juzgad en vuestras puertas verdad y juicio de paz.” Zacarías 7:9, 10; 8:16.

Ricas eran las recompensas, tanto temporales como espirituales, que se prometían a quienes pusieran en práctica estos principios de justicia. El Señor declaró: “Habrá simiente de paz; la vid dará su fruto, y dará su producto la tierra, y los cielos darán su rocío; y haré que el resto de este pueblo posea todo esto. Y será que como fuisteis maldición entre las gentes, oh casa de Judá y casa de Israel, así os salvaré, y seréis bendición.” Zacarías 8:12, 13

Mediante el cautiverio babilónico los israelitas quedaron eficazmente curados del culto a las imágenes talladas. Después de su regreso, dedicaron mucha atención a la instrucción religiosa y al estudio de lo que había sido escrito en el libro de la ley y en los profetas concerniente al culto del Dios verdadero. La reconstrucción del templo les permitió seguir con todos los servicios rituales del santuario. Bajo la dirección de Zorobabel, Esdras y Nehemías, se comprometieron repetidas veces a cumplir todos los mandamientos y estatutos de Jehová. Los tiempos de prosperidad que siguieron evidenciaron ampliamente cuán dispuesto estaba Dios a aceptarlos y perdonarlos; y sin embargo, con miopía fatal, se desviaron vez tras vez de su glorioso destino, y guardaron egoístamente para sí lo que habría impartido sanidad y vida espiritual a incontables multitudes.

Este incumplimiento del propósito divino era muy aparente en días de Malaquías. El mensajero del Señor reprendió severamente los males que privaban a Israel de prosperidad temporal y de poder espiritual. En esta reprensión de los transgresores, el profeta no perdonó a los sacerdotes ni al pueblo. La “carga de la palabra de Jehová contra Israel, por mano de Malaquías” era que las lecciones pasadas no se olvidasen, y que el pacto hecho por Jehová con la casa de Israel se cumpliese con fidelidad. La bendición de Dios podía obtenerse tan sólo por un arrepentimiento de todo corazón. Instaba el profeta: “Ahora pues, orad a la faz de Dios que tenga piedad de nosotros.” Malaquías 1:1, 9.

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