24 DE NOVIEMBRE 2016

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Lectura para hoy: PR 515 – 518

El tiempo en que iban a producirse el primer advenimiento y algunos de los principales acontecimientos relacionados con la vida y la obra del Salvador, fué comunicado a Daniel por el ángel Gabriel. Dijo éste: “Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para acabar la prevaricación, y concluir el pecado, y expiar la iniquidad; y para traer la justicia de los siglos, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos.” Daniel 9:24. En la profecía un día representa un año. Véase Números 14:34; Ezequiel 4:6. Las setenta semanas, o 490 días, representan 490 años. El punto de partida de este plazo se da así: “Sepas pues y entiendas, que desde la salida de la palabra para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas” (Daniel 9:25), es decir 69 semanas, o 483 años.

La orden de reedificar a Jerusalén, según la completó el decreto de Artajerjes Longímano (véase Esdras 6:14; 7:1, 9), entró en vigencia en el otoño del año 457 ant. de J.C. Desde esa fecha, 483 años llegan hasta el otoño del año 27 de nuestra era. De acuerdo con la profecía, ese plazo debía llegar hasta el Mesías, o Ungido. En el año 27 de nuestra era, Jesús recibió, en ocasión de su bautismo, el ungimiento del Espíritu Santo, y poco después comenzó su ministerio. Se proclamó entonces el mensaje: “El tiempo es cumplido.” Marcos 1:15. Había dicho el ángel: “En otra semana [7 años] confirmará el pacto a muchos.” Durante siete años después que el Salvador iniciara su ministerio, el Evangelio iba a ser predicado especialmente a los judíos; por Cristo mismo durante tres años y medio, y después por los apóstoles. “A la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda.” Daniel 9:27. En la primavera del año 31 de nuestra era, Cristo, el verdadero Sacrificio, fué ofrecido en el Calvario. Entonces el velo del templo se rasgó en dos, por lo cual se demostró que dejaban de existir el carácter sagrado y el significado del servicio de los sacrificios. Había llegado el momento en que debían cesar el sacrificio y la oblación terrenales.

Aquella semana, o siete años, terminó en el año 34 de nuestra era. Entonces, al apedrear a Esteban, los judíos sellaron finalmente su rechazamiento del Evangelio; los discípulos, dispersados por la persecución, “iban por todas partes anunciando la palabra” (Hechos 8:4); y poco después se convirtió Saulo el perseguidor, para llegar a ser Pablo, el apóstol de los gentiles. Las muchas profecías concernientes al advenimiento del Salvador inducían a los hebreos a vivir en una actitud de constante expectación. Muchos murieron en la fe, sin haber recibido las promesas; pero, habiéndolas visto desde lejos, creyeron y confesaron que eran extranjeros y advenedizos en la tierra. Desde los días de Enoc, las promesas repetidas por intermedio de los patriarcas y los profetas habían mantenido viva la esperanza de su aparición.

Al principio Dios no había revelado la fecha exacta del primer advenimiento; y aun cuando la profecía de Daniel la daba a conocer, no todos interpretaban correctamente el mensaje. Transcurrieron los siglos uno tras otro; finalmente callaron las voces de los profetas. La mano del opresor pesaba sobre Israel. Al apartarse los judíos de Dios, la fe se empañó y la esperanza casi dejó de iluminar el futuro. Muchos no comprendían las palabras de los profetas; y aun aquellos cuya fe se había conservado vigorosa estaban a punto de exclamar: “Se van prolongando los días, y fracasa toda visión.” Ezequiel 12:22 (VM). Pero en el concilio celestial había sido determinada la hora en que Cristo había de venir; y llegado “el cumplimiento del tiempo, Dios envió su Hijo, … para que redimiese a los que estaban debajo de la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.” Gálatas 4:4, 5.

La humanidad debía recibir lecciones en su lenguaje. El Mensajero del pacto debía hablar. Su voz debía oírse en su propio templo. El, que es Autor de la verdad, debía separarla del tamo de las expresiones humanas, que la habían anulado. Los principios del gobierno de Dios y el plan de redención debían ser definidos claramente. Las lecciones del Antiguo Testamento debían presentarse a los hombres en toda su plenitud. Cuando finalmente apareció el Salvador “hecho semejante a los hombres” (Filipenses 2:7), e inició su ministerio de gracia, Satanás pudo tan sólo herirle el calcañar, mientras que con cada acto que le humillara e hiciera sufrir, Cristo hería la cabeza de su adversario.

La angustia que el pecado había producido se derramó en el seno del que era sin pecado; y sin embargo mientras Cristo soportaba la contradicción de los pecadores, pagaba la deuda del hombre pecaminoso y deshacía la servidumbre en la cual la humanidad había estado sujeta. Toda angustia y todo insulto que sufría obraba para liberar la humanidad. Si Satanás hubiese logrado que Cristo cediese a una sola tentación, o que manchase su pureza perfecta por un solo acto o aun por un pensamiento, el príncipe de las tinieblas habría triunfado sobre el Garante del hombre y habría ganado para sí toda la familia humana. Pero si bien Satanás podía afligir, no podía contaminar; podía ocasionar angustia, pero no profanar. Hizo de la vida de Cristo una larga escena de conflicto y prueba; y sin embargo, con cada ataque iba perdiendo su dominio sobre la humanidad.

En el desierto de la tentación, en el huerto de Getsemaní y en la cruz, nuestro Salvador cruzó armas con el príncipe de las tinieblas. Sus heridas llegaron a ser los trofeos de su victoria en favor de la familia humana. Mientras Cristo pendía agonizante de la cruz, mientras los malos espíritus se regocijaban, y los hombres impíos le escarnecían, su calcañar fué en verdad herido por Satanás. Pero ese mismo acto aplastaba la cabeza de la serpiente. Por la muerte destruyó “al que tenía el imperio de la muerte, es a saber, al diablo.” Hebreos 2:14. Este acto decidió el destino del jefe de los rebeldes, y aseguró para siempre el plan de la salvación. Al morir, Cristo venció el poder de la muerte; al resucitar, abrió para sus seguidores las puertas del sepulcro. En esa última gran contienda vemos cumplirse la profecía: “Esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.” Génesis 3:15.

“Muy amados, ahora somos hijos de Dios, y aun no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él apareciere, seremos semejantes a él, porque le veremos como él es.” 1 Juan 3:2. Nuestro Redentor abrió el camino, para que aun el más pecaminoso, el más necesitado, el más oprimido y despreciado, pueda hallar acceso al Padre.  “Jehová, tú eres mi Dios: te ensalzaré, alabaré tu nombre; porque has hecho maravillas, los consejos antiguos, la verdad firme.” Isaías 25:1.