24 DE OCTUBRE 2016

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Lectura para hoy: Neh. 1- 2;  PR. 464 Capítulo 1 Nehemías ora por su pueblo

1 Éstas son las palabras de Nehemías hijo de Jacalías:
En el mes de quisleu del año veinte, estando yo en la ciudadela de Susa, llegó Jananí, uno de mis hermanos, junto con algunos hombres de Judá. Entonces les pregunté por el resto de los judíos que se habían librado del destierro, y por Jerusalén.

Ellos me respondieron:
«Los que se libraron del destierro y se quedaron en la provincia están enfrentando una gran calamidad y humillación. La muralla de Jerusalén sigue derribada, con sus puertas consumidas por el fuego.»

Al escuchar esto, me senté a llorar; hice duelo por algunos días, ayuné y oré al Dios del cielo. Le dije:
« Señor, Dios del cielo, grande y temible, que cumples el pacto y eres fiel con los que te aman y obedecen tus mandamientos, te suplico que me prestes atención, que fijes tus ojos en este siervo tuyo que día y noche ora en favor de tu pueblo Israel. Confieso que los israelitas, entre los cuales estamos incluidos mi familia y yo, hemos pecado contra ti. Te hemos ofendido y nos hemos corrompido mucho; hemos desobedecido los mandamientos, preceptos y decretos que tú mismo diste a tu siervo Moisés.

 »Recuerda, te suplico, lo que le dijiste a tu siervo Moisés:
“Si ustedes pecan, yo los dispersaré entre las naciones: pero si se vuelven a mí, y obedecen y ponen en práctica mis mandamientos, aunque hayan sido llevados al lugar más apartado del mundo los recogeré y los haré volver al lugar donde he decidido habitar.” 10 »Ellos son tus siervos y tu pueblo al cual redimiste con gran despliegue de fuerza y poder. 11 Señor, te suplico que escuches nuestra oración, pues somos tus siervos y nos complacemos en honrar tu nombre. Y te pido que a este siervo tuyo le concedas tener éxito y ganarse el favor del rey.» En aquel tiempo yo era copero del rey.

Capítulo 2 Nehemías vuelve a Jerusalén
1 Un día, en el mes de nisán del año veinte del reinado de Artajerjes, al ofrecerle vino al rey, como él nunca antes me había visto triste, me preguntó:
—¿Por qué estás triste? No me parece que estés enfermo, así que debe haber algo que te está causando dolor.

 Yo sentí mucho miedo y le respondí:
— ¡Que viva Su Majestad para siempre! ¿Cómo no he de estar triste, si la ciudad donde están los sepulcros de mis padres se halla en ruinas, con sus puertas consumidas por el fuego?

— ¿Qué quieres que haga? —replicó el rey.

Encomendándome al Dios del cielo, le respondí:
—Si a Su Majestad le parece bien, y si este siervo suyo es digno de su favor, le ruego que me envíe a Judá para reedificar la ciudad donde están los sepulcros de mis padres.

— ¿Cuánto durará tu viaje? ¿Cuándo regresarás? —me preguntó el rey, que tenía a la reina sentada a su lado.

En cuanto le propuse un plazo, el rey aceptó enviarme. Entonces añadí:
—Si a Su Majestad le parece bien, le ruego que envíe cartas a los gobernadores del oeste del río Éufrates para que me den vía libre y yo pueda llegar a Judá; y por favor ordene a su guardabosques Asaf que me dé madera para reparar las puertas de la ciudadela del templo, la muralla de la ciudad y la casa donde he de vivir.

El rey accedió a mi petición, porque Dios estaba actuando a mi favor. Cuando me presenté ante los gobernadores del oeste del río Éufrates, les entregué las cartas del rey. Además el rey había ordenado que me escoltaran su caballería y sus capitanes. 10 Pero al oír que alguien había llegado a ayudar a los israelitas, Sambalat el horonita y Tobías el siervo amonita se disgustaron mucho.

Nehemías inspecciona la muralla
11 Tres días después de haber llegado a Jerusalén, 12 salí de noche acompañado de algunos hombres, pero a ninguno de ellos le conté lo que mi Dios me había motivado hacer por Jerusalén. La única bestia que llevábamos era la que yo montaba. 13 Esa noche salí por la puerta del Valle hacia la fuente del Dragón y la puerta del Basurero. Inspeccioné las ruinas de la muralla de Jerusalén, y sus puertas consumidas por el fuego. 14 Después me dirigí hacia la puerta de la Fuente y el estanque del Rey, pero no hallé por dónde pasar con mi cabalgadura. 15 Así que, siendo aún de noche, subí por el arroyo mientras inspeccionaba la muralla. Finalmente regresé y entré por la puerta del Valle.

16 Los gobernadores no supieron a dónde fui ni qué hice, porque hasta entonces no había dicho nada a ningún judío: ni a los sacerdotes, ni a los nobles, ni a los gobernadores ni a los que estaban trabajando en la obra. 17 Por eso les dije:
—Ustedes son testigos de nuestra desgracia. Jerusalén está en ruinas, y sus puertas han sido consumidas por el fuego. ¡Vamos, anímense! ¡Reconstruyamos la muralla de Jerusalén para que ya nadie se burle de nosotros!

18 Entonces les conté cómo la bondadosa mano de Dios había estado conmigo y les relaté lo que el rey me había dicho. Al oír esto, exclamaron:
— ¡Manos a la obra! Y unieron la acción a la palabra.

19 Cuando lo supieron, Sambalat el horonita, Tobías el oficial amonita y Guesén el árabe se burlaron de nosotros y nos preguntaron de manera despectiva:
—Pero, ¿qué están haciendo? ¿Acaso pretenden rebelarse contra el rey?

 20 Yo les contesté:
—El Dios del cielo nos concederá salir adelante. Nosotros, sus siervos, vamos a comenzar la reconstrucción. Ustedes no tienen arte ni parte en este asunto, ni raigambre en Jerusalén.

Capítulo 52—Un hombre oportuno
Nehemías, uno de los desterrados hebreos, ocupaba un cargo de influencia y honor en la corte de Persia. Como copero del rey, tenía libre acceso a la presencia real. En virtud de su puesto, y gracias a su capacidad y fidelidad, había llegado a ser amigo y consejero del rey. Sin embargo, y a pesar de gozar del favor real y de verse rodeado de pompa y esplendor, no olvidaba a su Dios ni a su pueblo. Con el más hondo interés, su corazón se volvía hacia Jerusalén y sus esperanzas y goces se vinculaban con la prosperidad de esa ciudad. Por medio de este hombre, al que la residencia en la corte persa había preparado para la obra a la cual se le iba a llamar, Dios se proponía bendecir a su pueblo en la tierra de sus padres.

Mediante mensajeros de Judea, el patriota hebreo había sabido que habían llegado días de prueba para Jerusalén, la ciudad escogida. Los desterrados que habían regresado sufrían aflicción y oprobio. Se habían reedificado el templo y porciones de la ciudad; pero la obra de restauración se veía estorbada, los servicios del templo eran perturbados, y el pueblo mantenido en constante alarma por el hecho de que las murallas de la ciudad permanecían mayormente en ruinas.

Abrumado de pesar, Nehemías no podía comer ni beber. Confiesa: “Lloré, y enlutéme por algunos días, y ayuné y oré delante del Dios de los cielos.” Fielmente, confesó sus pecados y los pecados de su pueblo. Rogó a Dios que sostuviese la causa de Israel, que devolviese a su pueblo valor y fuerza y le ayudase a edificar los lugares asolados de Judá.

23 DE OCTUBRE 2016

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Lectura para hoy: PR. 460- 463

La iniquidad que prevalece extensamente hoy puede atribuirse en cierta medida al hecho de que no se estudian ni se obedecen las Escrituras; porque cuando la Palabra de Dios es desechada, se rechaza su poder para refrenar las malas pasiones del corazón natural. Los hombres siembran para la carne, y de la carne siegan corrupción.

Al poner a un lado la Biblia se ha abandonado la ley de Dios. La doctrina por la cual se enseña que los hombres quedan relevados de obedecer a los preceptos divinos, ha reducido la fuerza de la obligación moral, y abierto las compuertas de la iniquidad que inunda al mundo. La perversidad, la disipación y la corrupción lo están arrasando como un diluvio abrumador. Por doquiera se ven envidias, malas sospechas, hipocresía, enajenamiento, emulación, contienda y traición de los cometidos sagrados, complacencia de las concupiscencias. Todo el sistema de los principios religiosos y las doctrinas, que debiera formar el fundamento y el esqueleto de la vida social, se asemeja a una masa tambaleante, a punto de caer en ruinas.

En los últimos días de la historia de esta tierra, la voz que habló desde el Sinaí sigue declarando: “No tendrás dioses ajenos delante de mí.” Éxodo 20:3. El hombre opuso su voluntad a la de Dios, pero no puede acallar la voz del mandamiento. El espíritu humano no puede eludir su obligación para con una potencia superior. Pueden abundar las teorías y las especulaciones; los hombres pueden procurar oponer la ciencia a la revelación, y así descartar la ley de Dios; pero la orden se repite cada vez con más fuerza: “Al Señor tu Dios adorarás y a él solo servirás.” Mateo 4:10.

Es imposible debilitar o reforzar la ley de Jehová. Tal como fué, subsiste. Siempre ha sido, y siempre será, santa, justa y buena, completa en sí misma. No puede ser abrogada ni cambiada. Hablar de “honrarla” o “deshonrarla” no es sino usar un lenguaje humano.

La oposición de las leyes humanas a los preceptos de Jehová producirá el último gran conflicto de la controversia entre la verdad y el error. Estamos entrando ahora en esa batalla, que no es simplemente entre iglesias rivales que contienden por la supremacía, sino entre la religión de la Biblia y las religiones de las fábulas y tradiciones. Los agentes que se han unido contra la verdad están ya obrando activamente. La santa Palabra de Dios, que nos ha sido transmitida a un costo tan elevado de sufrimientos y derramamiento de sangre, no se aprecia. Son pocos los que la aceptan realmente como norma de la vida. La incredulidad prevalece en forma alarmante, no sólo en el mundo, sino también en la iglesia. Muchos han llegado a negar doctrinas que son las mismas columnas de la fe cristiana. Los grandes hechos de la creación como los presentan los escritores inspirados: la caída del hombre; la expiación; la perpetuidad de la ley, todas estas cosas son rechazadas por gran número de los que profesan ser cristianos. Miles de los que se precian de tener conocimiento, consideran como evidencia de debilidad el tener confianza implícita en la Biblia, y para ellos es prueba de saber el cavilar con respecto a las Escrituras y anular sus verdades más importantes mediante explicaciones que pretenden espiritualizarlas.

Los cristianos deben prepararse para lo que pronto ha de estallar sobre el mundo como sorpresa abrumadora, y deben hacerlo estudiando diligentemente la Palabra de Dios y esforzándose por conformar su vida con sus preceptos. Los tremendos y eternos resultados que están en juego exigen de nosotros algo más que una religión imaginaria, de palabras y formas, que mantenga a la verdad en el atrio exterior. Dios pide un reavivamiento y una reforma. Las palabras de la Biblia, y de la Biblia sola, deben oírse desde el púlpito. Pero la Biblia ha sido despojada de su poder, y el resultado se ve en la reducción del tono de la vida espiritual. En muchos sermones que se pronuncian hoy no hay manifestación divina que despierte la conciencia y comunique vida al alma. Los oyentes no pueden decir:  “¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” Lucas 24:32. Son muchos los que están clamando en pos del Dios viviente y anhelando la presencia divina. Permítase a la palabra de Dios que hable al corazón, y que aquellos a quienes sólo se habló de tradiciones, teorías y máximas humanas, oigan la voz de Aquel que puede renovar el alma para vida eterna.

De los patriarcas y profetas resplandeció una gran luz. Cosas gloriosas fueron expresadas acerca de Sión, la ciudad de Dios. Así quiere el Señor que la luz resplandezca hoy por medio de quienes le siguen. Si los santos del Antiguo Testamento dieron tan brillante testimonio de lealtad, ¿no deberán aquellos sobre quienes resplandece la luz acumulada durante siglos dar un testimonio aún más señalado con respecto al poder de la verdad? La gloria de las profecías derrama su luz sobre nuestra senda. Los símbolos se encontraron con la realidad en la muerte del Hijo de Dios. Cristo resucitó de los muertos, y proclamó sobre el sepulcro abierto: “Yo soy la resurrección y la vida.” Juan 11:25. Envió su Espíritu al mundo para recordarnos todas las cosas. Y por un milagro de su poder, preservó su Palabra escrita a través de los siglos.

Los reformadores cuya protesta nos dió el nombre de protestantes, consideraron que Dios los había llamado a dar al mundo la luz del Evangelio, y en su esfuerzo por hacerlo, estaban listos para sacrificar sus bienes, su libertad y aun la misma vida. Frente a la persecución y la muerte, el Evangelio se proclamó lejos y cerca. La palabra de Dios fué comunicada al pueblo; y todas las clases, humildes y encumbrados, ricos y pobres, sabios e ignorantes, la estudiaron con avidez por su cuenta. ¿Somos nosotros, en este último conflicto de la gran controversia, tan fieles a nuestro cometido como lo fueron al suyo los primeros reformadores?

“Tocad trompeta en Sión, pregonad ayuno, llamad a congregación. Reunid el pueblo, santificad la reunión, juntad los viejos, congregad los niños… Lloren los sacerdotes, ministros de Jehová, y digan: Perdona, oh Jehová, a tu pueblo, y no pongas en oprobio tu heredad.” “Convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y llanto. Y lacerad vuestro corazón, y no vuestros vestidos; y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira, y grande en misericordia, y que se arrepiente del castigo. ¿Quién sabe si volverá, y se apiadará, y dejará bendición  tras de él?” Joel 2:15-17, 12-14.

22 DE OCTUBRE 2016

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Lectura para hoy: PR. 457- 459

A la hora del sacrificio vespertino, Esdras se levantó y, rasgando de nuevo sus vestiduras, cayó de rodillas y descargó su alma en súplica al Cielo. Extendiendo las manos hacia el Señor, exclamó: “Dios mío, confuso y avergonzado estoy para levantar, oh Dios mío, mi rostro a ti: porque nuestras iniquidades se han multiplicado sobre nuestra cabeza, y nuestros delitos han crecido hasta el cielo.

“Desde los días de nuestros padres—continuó suplicando,— hasta este día estamos en grande culpa; y por nuestras iniquidades nosotros, nuestros reyes, y nuestros sacerdotes, hemos sido entregados en manos de los reyes de las tierras, a cuchillo, a cautiverio, y a robo, y a confusión de rostro, como hoy día. Y ahora como por un breve momento fué la misericordia de Jehová nuestro Dios, para hacer que nos quedase un resto libre, y para darnos estaca en el lugar de su santuario, a fin de alumbrar nuestros ojos nuestro Dios, y darnos una poca de vida en nuestra servidumbre. Porque siervos éramos: mas en nuestra servidumbre no nos desamparó nuestro Dios, antes inclinó sobre nosotros misericordia delante de los reyes de Persia, para que se nos diese vida para alzar la casa de nuestro Dios, y para hacer restaurar sus asolamientos, y para darnos vallado en Judá y en Jerusalem.

“Mas ahora, ¿qué diremos, oh Dios nuestro, después de esto? porque nosotros hemos dejado tus mandamientos, los cuales prescribiste por mano de tus siervos los profetas… Mas después de todo lo que nos ha sobrevenido a causa de nuestras malas obras, y a causa de nuestro grande delito; ya que tú, Dios nuestro, estorbaste que fuésemos oprimidos bajo de nuestras iniquidades, y nos diste este tal efugio; ¿hemos de volver a infringir tus mandamientos, y a emparentar con los pueblos de estas abominaciones? ¿No te ensañarías contra nosotros hasta consumirnos, sin que quedara resto ni escapatoria? Jehová, Dios de Israel, tú eres justo: pues que hemos quedado algunos salvos, como este día, henos aquí delante de ti en nuestros delitos; porque no es posible subsistir en tu presencia a causa de esto.” Vers. 6-15.

El pesar de Esdras y de sus asociados por los males que se habían infiltrado insidiosamente en el mismo corazón de la obra de Dios, produjo arrepentimiento. Muchos de los que habían pecado quedaron profundamente afectados. “Y lloraba el pueblo con gran llanto.” Esdras 10:1. Empezaron a comprender en forma limitada el carácter odioso del pecado, y el horror con que Dios lo considera. Vieron cuán sagrada es la ley promulgada en el Sinaí, y muchos temblaron al pensar en sus transgresiones.

Uno de los presentes, llamado Sechanías, reconoció la verdad de todas las palabras dichas por Esdras. Confesó: “Nosotros hemos prevaricado contra nuestro Dios, pues tomamos mujeres extranjeras de los pueblos de la tierra: mas hay aún esperanza para Israel sobre esto.” Sechanías propuso que todos los que habían transgredido se comprometieran ante Dios a abandonar su pecado, y a ser juzgados “conforme a la ley.” Dió esta invitación a Esdras: “Levántate, porque a ti toca el negocio, y nosotros seremos contigo; esfuérzate.” “Entonces se levantó Esdras, y juramentó a los príncipes de los sacerdotes y de los Levitas, y a todo Israel, que harían conforme a esto.” Vers. 2-5.

Tal fué el comienzo de una reforma admirable. Con infinita paciencia y tacto, y con una cuidadosa consideración de los derechos y el bienestar de todos los afectados, Esdras y sus asociados procuraron conducir por el camino correcto a los penitentes de Israel. Sobre todo lo demás, Esdras enseñó la ley; y mientras dedicaba su atención personal a examinar cada caso, procuraba hacer comprender al pueblo la santidad de la ley, así como las bendiciones que podían obtenerse por la obediencia.

Dondequiera que actuase Esdras, revivía el estudio de las Santas Escrituras. Se designaban maestros para que instruyesen al pueblo; se exaltaba y se honraba la ley del Señor. Se escudriñaban los libros de los profetas, y los pasajes que predecían la llegada del Mesías infundían esperanza y consuelo a muchos corazones tristes y agobiados.

Han transcurrido más de dos mil años desde que Esdras aplicó “su corazón a la búsqueda de la ley” de Jehová y a “su práctica,” pero el transcurso del tiempo no ha disminuído la influencia de su ejemplo piadoso. A través de los siglos, la historia de su vida de consagración inspiró a muchos la determinación de buscar y practicar esa misma ley. Esdras 7:10.

Los motivos de Esdras eran elevados y santos; en todo lo que hacía era impulsado por un profundo amor hacia las almas. La compasión y la ternura que revelaba hacia los que habían pecado, fuese voluntariamente o por ignorancia, debe ser una lección objetiva para todos los que procuran realizar reformas. Los siervos de Dios deben ser tan firmes como una roca en lo que se refiere a los principios correctos; y con todo han de manifestar simpatía y tolerancia. Como Esdras, deben enseñar a los transgresores el camino de la vida al inculcarles los principios en que se funda toda buena acción.

En esta época del mundo, cuando, mediante múltiples instrumentos, Satanás procura cegar los ojos de hombres y mujeres para que no vean lo que exige la ley de Dios, se necesitan hombres que harán temblar a muchos ante “el mandamiento de nuestro Dios.” (10:3). Se necesitan verdaderos reformadores, que conducirán a los transgresores hacia el gran Legislador, y les enseñarán que “la ley de Jehová es perfecta, que vuelve el alma.” Salmos 19:7. Se necesitan hombres poderosos en las Escrituras: hombres que con cada palabra y acción exalten los estatutos de Jehová; hombres que procuren fortalecer la fe. Hay gran necesidad de personas que enseñen e inspiren en los corazones reverencia y amor hacia las Escrituras.

21 DE OCTUBRE 2016

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Lectura para hoy: PR. 455- 456 Capítulo 51—Un despertamiento espiritual

La ida de Esdras a Jerusalén fué muy oportuna. Era muy necesaria la influencia de su presencia. Su llegada infundió valor y esperanza al corazón de muchos que habían trabajado durante largo tiempo en medio de dificultades. Desde el regreso de la primera compañía de desterrados, bajo la dirección de Zorobabel y Josué, como setenta años antes, se había hecho mucho. Se había acabado el templo y los muros de la ciudad habían sido parcialmente reparados. Sin embargo quedaba todavía mucho por hacer.

Buen número de los que habían regresado a Jerusalén en años anteriores, habían permanecido fieles a Dios mientras vivieron, pero una proporción considerable de los hijos y de los nietos se habían olvidado del carácter sagrado de la ley de Dios. Aun algunos de los hombres a quienes se habían confiado responsabilidades vivían en pecado abierto. Su conducta contribuía mucho a neutralizar los esfuerzos hechos por otros para hacer progresar la causa de Dios; porque mientras se permitía que quedasen sin reprensión las violaciones flagrantes de la ley, la bendición del Cielo no podía descansar sobre el pueblo.

Concordaba con la providencia de Dios el hecho de que los que habían regresado con Esdras hubiesen dedicado momentos especiales a buscar al Señor. Lo que acababan de experimentar durante el viaje que habían realizado desde Babilonia, sin protección de poder humano alguno, les había enseñado ricas lecciones espirituales. Muchos se habían fortalecido en la fe; y al tratar éstos con los desalentados e indiferentes que había en Jerusalén, ejercieron una influencia que fué un factor poderoso en la reforma que se instituyó poco después.

El cuarto día después de la llegada, los tesoros de plata y oro, con los vasos destinados al servicio del santuario, fueron entregados por los tesoreros en manos de los magistrados del templo, en presencia de testigos, y con la mayor exactitud. Cada objeto fué examinado “por cuenta y por peso.” Esdras 8:34. Los hijos del cautiverio que habían regresado con Esdras “ofrecieron holocaustos al Dios de Israel,” en ofrenda por el pecado y en prueba de su gratitud por la protección que les habían dado los santos ángeles durante su viaje. “Y dieron los despachos del rey a sus gobernadores y capitanes del otro lado del río, los cuales favorecieron al pueblo y a la casa de Dios.” Vers. 35, 36.

Muy poco después, varios de los principales de Israel se acercaron a Esdras con una queja grave. Algunos del “pueblo de Israel, y los sacerdotes y Levitas” habían despreciado los santos mandamientos de Dios hasta el punto de casarse con miembros de los pueblos circundantes.
Se le dijo a Esdras: “Han tomado de sus hijas para sí y para sus hijos, y la simiente santa ha sido mezclada con los pueblos de las tierras” paganas; “y la mano de los príncipes y de los gobernadores ha sido la primera en esta prevaricación.” Esdras 9:1, 2.

En su estudio de las causas que condujeron al cautiverio babilónico, Esdras había aprendido que la apostasía de Israel se debía en gran parte al hecho de que se había enredado con las naciones paganas. Él había visto que si hubiesen obedecido a la orden que Dios les diera, de mantenerse separados de las naciones circundantes, se habrían ahorrado muchas experiencias tristes y humillantes. De manera que cuando supo que a pesar de las lecciones del pasado, hombres eminentes se habían atrevido a transgredir las leyes dadas para salvaguardarlos de la apostasía, su corazón se conmovió. Pensó en la bondad manifestada por Dios al dar a su pueblo otra oportunidad de establecerse en su tierra natal, y quedó abrumado de justa indignación y de pesar por la ingratitud que revelaban. Dice: “Lo cual oyendo yo, rasgué mi vestido y mi manto, y arranqué de los cabellos de mi cabeza y de mi barba, y sentéme atónito.

“Y juntáronse a mí todos los temerosos de las palabras del Dios de Israel, a causa de la prevaricación de los de la transmigración; mas yo estuve sentado atónito hasta el sacrificio de la tarde.” Vers. 3, 4.

20 DE OCTUBRE 2016

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Lectura para hoy: Esdras 9- 10; Joel 2- 3

Esdras 9 – Esdras confiesa el pecado del pueblo
1 Después de todo esto, se me acercaron los jefes y me dijeron:
«El pueblo de Israel, incluso los sacerdotes y levitas, no se ha mantenido separado de los pueblos vecinos, sino que practica las costumbres abominables de todos ellos, es decir, de los cananeos, hititas, ferezeos, jebuseos, amonitas, moabitas, egipcios y amorreos. De entre las mujeres de esos pueblos han tomado esposas para sí mismos y para sus hijos, mezclando así la raza santa con la de los pueblos vecinos. Y los primeros en cometer tal infidelidad han sido los jefes y los gobernantes.»

Cuando escuché esto, me rasgué la túnica y el manto, me arranqué los pelos de la cabeza y de la barba, y me postré muy angustiado. Entonces, por causa del pecado cometido por los repatriados, se reunieron a mí alrededor todos los que obedecían la palabra de Dios. Y yo seguí angustiado hasta la hora del sacrificio de la tarde. A la hora del sacrificio me recobré de mi abatimiento y, con la túnica y el manto rasgados, caí de rodillas, extendí mis manos hacia el Señor mi Dios, y le dije en oración:

«Dios mío, estoy confundido y siento vergüenza de levantar el rostro hacia ti, porque nuestras maldades se han amontonado hasta cubrirnos por completo; nuestra culpa ha llegado hasta el cielo. Desde los días de nuestros antepasados hasta hoy, nuestra culpa ha sido grande. Debido a nuestras maldades, nosotros, nuestros reyes y nuestros sacerdotes fuimos entregados al poder de los reyes de los países vecinos. Hemos sufrido la espada, el cautiverio, el pillaje y la humillación, como nos sucede hasta hoy.

»Pero ahora tú, Señor y Dios nuestro, por un breve momento nos has mostrado tu bondad al permitir que un remanente quede en libertad y se establezca en tu lugar santo. Has permitido que nuestros ojos vean una nueva luz, y nos has concedido un pequeño alivio en medio de nuestra esclavitud. Aunque somos esclavos, no nos has abandonado, Dios nuestro, sino que nos has extendido tu misericordia a la vista de los reyes de Persia. Nos has dado nueva vida para reedificar tu templo y reparar sus ruinas, y nos has brindado tu protección en Judá y en Jerusalén. 10 »Y ahora, después de lo que hemos hecho, ¿qué podemos decirte? No hemos cumplido los mandamientos 11 que nos diste por medio de tus siervos los profetas, cuando nos advertiste: “La tierra que van a poseer está corrompida por la impureza de los pueblos que la habitan, pues de un extremo a otro ellos la han llenado con sus abominaciones. 12 Por eso, no permitan ustedes que sus hijas ni sus hijos se casen con los de esos pueblos. Nunca busquen el bienestar ni la prosperidad que tienen ellos, para que ustedes se mantengan fuertes y coman de los frutos de la buena tierra y luego se la dejen por herencia a sus descendientes para siempre.”

13 »Después de todo lo que nos ha acontecido por causa de nuestras maldades y de nuestra grave culpa, reconocemos que tú, Dios nuestro, no nos has dado el castigo que merecemos, sino que nos has dejado un remanente. 14 ¿Cómo es posible que volvamos a quebrantar tus mandamientos contrayendo matrimonio con las mujeres de estos pueblos que tienen prácticas abominables? ¿Acaso no sería justo que te enojaras con nosotros y nos destruyeras hasta no dejar remanente ni que nadie escape? 15 ¡Señor, Dios de Israel, tú eres justo! Tú has permitido que hasta hoy sobrevivamos como remanente. Culpables como somos, estamos en tu presencia, aunque no lo merecemos.»

Esdras 10 –  El pueblo reconoce su pecado
1 Mientras Esdras oraba y hacía esta confesión llorando y postrándose delante del templo de Dios, a su alrededor se reunió una gran asamblea de hombres, mujeres y niños del pueblo de Israel. Toda la multitud lloraba amargamente. Entonces uno de los descendientes de Elam, que se llamaba Secanías hijo de Jehiel, se dirigió a Esdras y le dijo:
«Nosotros hemos sido infieles a nuestro Dios, pues tomamos por esposas a mujeres de los pueblos vecinos; pero todavía hay esperanza para Israel. Hagamos un pacto con nuestro Dios, comprometiéndonos a expulsar a todas estas mujeres y a sus hijos, conforme al consejo que nos has dado tú, y todos los que aman el mandamiento de Dios. ¡Que todo se haga de acuerdo con la ley! Levántate, pues ésta es tu responsabilidad; nosotros te apoyamos. ¡Cobra ánimo y pon manos a la obra!»

Al oír esto, Esdras se levantó e hizo que los jefes de los sacerdotes, los levitas y todo el pueblo de Israel se comprometieran, bajo juramento, a cumplir con lo que habían dicho; y ellos lo juraron. Luego Esdras salió del templo de Dios y fue a la habitación de Johanán hijo de Eliasib. Allí se quedó sin comer pan ni beber agua, porque estaba muy deprimido por causa de la infidelidad de los repatriados.

Posteriormente anunciaron en Judá y Jerusalén que todos los que habían regresado del cautiverio debían reunirse en Jerusalén. Y advirtieron que a todo el que no se presentara en el plazo de tres días, según la decisión de los jefes y dirigentes, se le quitarían sus propiedades y se le expulsaría de la asamblea de los repatriados. Por lo tanto, a los tres días, en el día veinte del mes noveno, se reunieron en Jerusalén todos los hombres de Judá y de Benjamín. Todo el pueblo se sentó en la plaza del templo de Dios, temblando por causa de ese asunto e intimidados por el aguacero que caía.

10 Entonces el sacerdote Esdras se puso en pie y les dijo:
—Ustedes han sido infieles y han aumentado la culpa de Israel, pues han contraído matrimonio con mujeres extranjeras. 11 Ahora, pues, confiesen su pecado al Señor, Dios de nuestros antepasados, y hagan lo que a él le agrada. Sepárense de los paganos y de las mujeres extranjeras.

12 Toda la asamblea contestó en alta voz:
—Haremos todo lo que nos has dicho. 13 Pero no podemos quedarnos a la intemperie; estamos en época de lluvias y esto no es asunto de uno o dos días, pues somos muchos los que hemos cometido este pecado. 14 Proponemos que se queden sólo los jefes del pueblo, y que todos los que viven en nuestras ciudades y se han casado con mujeres extranjeras se presenten en fechas determinadas, junto con los dirigentes y jueces de cada ciudad, hasta que se aparte de nosotros la terrible ira de nuestro Dios por causa de esta infidelidad.

15 Sólo se opusieron Jonatán hijo de Asael y Jahazías hijo de Ticvá, apoyados por los levitas Mesulán y Sabetay. 16 Los que habían regresado del cautiverio actuaron según lo que se había convenido. Entonces el sacerdote Esdras seleccionó y llamó por nombre a ciertos jefes de familia, y a partir del primer día del mes décimo se reunió con ellos para tratar cada caso. 17 Y el primer día del mes primero terminaron de resolver los casos de todos los que se habían casado con mujeres extranjeras.

Lista de los culpables
18 Los descendientes de los sacerdotes que se habían casado con mujeres extranjeras fueron los siguientes:
De Jesúa hijo de Josadac, y de sus hermanos: Maseías, Eliezer, Jarib y Guedalías, 19 los cuales se comprometieron a despedir a sus mujeres extranjeras, y ofrecieron un carnero como ofrenda de expiación por su pecado. 20 De Imer: Jananí y Zebadías. 21 De Jarín: Maseías, Elías, Semaías, Jehiel y Uzías. 22 De Pasur: Elihoenay, Maseías, Ismael, Natanael, Jozabad y Elasá. 23 De los levitas: Jozabad, Simí, Quelaías o Quelitá, Petaías, Judá y Eliezer. 24 De los cantores: Eliasib. De los porteros: Salún, Telén y Uri. 25 Y de los demás israelitas: De Parós: Ramías, Jezías, Malquías, Mijamín, Eleazar, Malquías y Benaías. 26 De Elam: Matanías, Zacarías, Jehiel, Abdí, Jeremot y Elías. 27 De Zatú: Elihoenay, Eliasib, Matanías, Jeremot, Zabad y Azizá. 28 De Bebay: Johanán, Jananías, Zabay y Atlay. 29 De Baní: Mesulán, Maluc, Adaías, Yasub, Seal y Ramot. 30 De Pajat Moab: Adná, Quelal, Benaías, Maseías, Matanías, Bezalel, Binuy y Manasés. 31 De Jarín: Eliezer, Isías, Malquías, Semaías, Simeón, 32 Benjamín, Maluc y Semarías. 33 De Jasún: Matenay, Matatá, Zabad, Elifelet, Jeremay, Manasés y Simí. 34 De Baní: Maday, Amirán, Uel, 35 Benaías, Bedías, Queluhi, 36 Vanías, Meremot, Eliasib, 37 Matanías, Matenay, Jasay. 38 De Binuy: Simí, 39 Selemías, Natán, Adaías, 40 Macnadebay, Sasay, Saray, 41 Azarel, Selemías, Semarías, 42 Salún, Amarías y José. 43 De Nebo: Jeyel, Matatías, Zabad, Zebiná, Jadau, Joel y Benaías. 44 Todos éstos se habían casado con mujeres extranjeras, y algunos habían tenido hijos con ellas.

19 DE OCTUBRE 2016

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Lectura para hoy: PR. 4451- 454
Pero con el transcurso de los años, después de terminar el cautiverio, las condiciones habían cambiado e incumbían muchas responsabilidades nuevas a los dirigentes de Israel. El templo de Jerusalén había sido reedificado y dedicado, y se necesitaban más sacerdotes para atender sus servicios. Había una apremiante necesidad de hombres de Dios para enseñar al pueblo. Y además, los judíos que permanecían en Babilonia corrían el peligro de ver restringida su libertad religiosa. Mediante el profeta Zacarías, y también por lo que habían experimentado poco antes, durante los tiempos angustiosos de Ester y Mardoqueo, los judíos de Medo-Persia habían sido claramente advertidos de que debían regresar a su tierra. Había llegado el momento cuando les resultaba peligroso permanecer en medio de influencias paganas. En vista de las condiciones alteradas, los sacerdotes que estaban en Babilonia debieran haber discernido prestamente que en la promulgación del decreto se les dirigía una invitación especial para que volviesen a Jerusalén.

El rey y sus príncipes habían hecho más que su parte para prepararles el camino del regreso. Habían provisto abundantes recursos; pero ¿dónde estaban los hombres? Fallaron los hijos de Leví en un tiempo cuando la influencia de su decisión de acompañar a sus hermanos habría inducido a otros a seguir su ejemplo. Su extraña indiferencia es una triste revelación de la actitud asumida por los israelitas en Babilonia hacia el propósito de Dios para su pueblo.

Nuevamente Esdras se dirigió a los levitas y les mandó una urgente invitación a unirse con su grupo. Para recalcar cuán importante era que actuaran prestamente, envió con su súplica escrita a varios de sus hombres “principales” y “hombres doctos.” Esdras 7:28; 8:16. Mientras que los peregrinos quedaban esperando con Esdras, aquellos mensajeros de confianza se apresuraron a llevar la súplica destinada a atraer “ministros para la casa de nuestro Dios.” Vers. 17. Esta súplica fué escuchada; algunos de los que habían estado vacilando decidieron finalmente que regresarían. En total, llegaron al campamento unos cuarenta sacerdotes y doscientos veinte de los “Nethineos,” hombres en quienes Esdras podía confiar como sabios ministros y buenos maestros y auxiliadores.

Todos estaban ahora listos para emprender la marcha. Les esperaba un viaje que duraría varios meses. Los hombres llevaban consigo a sus esposas y sus hijos, así como sus posesiones, además de un gran tesoro para el templo y su servicio. Esdras sabía que en el camino los acecharían enemigos listos para saquearlos y matarlos a él y a su grupo; y sin embargo no solicitó al rey fuerza armada para su protección. Explicó: “Tuve vergüenza de pedir al rey tropa y gente de a caballo que nos defendiesen del enemigo en el camino: porque habíamos hablado al rey, diciendo: La mano de nuestro Dios es para bien sobre todos los que le buscan; mas su fortaleza y su furor sobre todos los que le dejan.” Esdras 8:22.

En este asunto, Esdras y sus compañeros vieron una oportunidad de ensalzar el nombre de Dios delante de los paganos. Quedaría fortalecida la fe en el poder del Dios viviente si los israelitas mismos revelaban una fe implícita en su Caudillo divino. Resolvieron por lo tanto poner toda su confianza en él. No quisieron pedir guardia de soldados, para no dar a los paganos ocasión de asignar a la fuerza del hombre la gloria que pertenece a Dios solo. No podían correr el riesgo de despertar en la mente de sus amigos paganos una duda en cuanto a la sinceridad de su confianza en Dios como pueblo suyo. Adquirirían fuerza, no por las riquezas, ni por el poder ni la influencia de hombres idólatras, sino por el favor de Dios. Serían protegidos tan sólo por la observancia de la ley de Dios y por sus esfuerzos para acatarla.

Este conocimiento de las condiciones gracias a las cuales continuarían gozando de prosperidad bajo la mano de Dios, añadió una solemnidad más que común al servicio de consagración que celebraron Esdras y su compañía de almas fieles precisamente antes de partir. Esdras declaró al respecto: “Y publiqué ayuno allí junto al río de Ahava, para afligirnos delante de nuestro Dios, para solicitar de él camino derecho para nosotros, y para nuestros niños, y para toda nuestra hacienda.” “Ayunamos pues, y pedimos a nuestro Dios sobre esto, y él nos fué propicio.” Vers. 21, 23.

La bendición de Dios no hizo innecesarias la prudencia y la previsión. Como precaución especial para salvaguardar el tesoro, Esdras dice: “Aparté luego doce de los principales de los sacerdotes, … y peséles la plata, y el oro, y los vasos, la ofrenda que para la casa de nuestro Dios habían ofrecido el rey, y sus consultores, y sus príncipes, y todos los que se hallaron en Israel.” A estos hombres de probada fidelidad se les encargó solemnemente que actuasen como mayordomos vigilantes del tesoro confiado a su cuidado. Esdras les dijo: “Vosotros sois consagrados a Jehová, y santos los vasos; y la plata y el oro ofrenda voluntaria a Jehová, Dios de nuestros padres. Velad, y guardadlos, hasta que los peséis delante de los príncipes de los sacerdotes y Levitas, y de los jefes de los padres de Israel en Jerusalem, en las cámaras de la casa de Jehová.” Vers. 24, 25, 28, 29.

El cuidado ejercitado por Esdras al proveer para el transporte y la seguridad del tesoro de Dios enseña una lección que merece un estudio reflexivo. Se eligieron únicamente personas de carácter fidedigno, ya probado; y se las instruyó con claridad acerca de la responsabilidad que les incumbía. Al designar magistrados fieles para que actuasen como tesoreros de los bienes del Señor, Esdras reconoció la necesidad y el valor del orden y la organización en lo relativo a la obra de Dios.

Durante los pocos días que los israelitas esperaron al lado del río, se terminaron todos los preparativos para el largo viaje. Escribió Esdras: “Y partimos del río de Ahava el doce del mes primero, para ir a Jerusalem: y la mano de nuestro Dios fué sobre nosotros, el cual nos libró de mano de enemigo y de asechador en el camino.” Vers. 31. El viaje ocupó más o menos cuatro meses, pues la multitud que acompañaba a Esdras y sumaba en total varios millares de personas, incluía mujeres y niños y exigía que se avanzase lentamente. Pero todos fueron guardados sanos y salvos; sus enemigos fueron refrenados de hacerles daño. Su viaje fué próspero; y en el primer día del quinto mes, en el año séptimo de Artajerjes, llegaron a Jerusalén.

18 DE OCTUBRE 2016

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Lectura para hoy: PR. 449- 450
El decreto de Artajerjes Longímano para la restauración y edificación de Jerusalén, el tercero promulgado desde que terminara el cautiverio de setenta años, es notable por las expresiones que contiene acerca del Dios del cielo, por su reconocimiento de lo que había realizado Esdras, y por la generosidad de las concesiones hechas al pueblo remanente de Dios. Artajerjes se refiere a Esdras como “sacerdote escriba, escriba de las palabras mandadas de Jehová, y de sus estatutos a Israel,” “escriba perfecto de la ley del Dios del cielo.” Juntamente con sus consejeros, el rey hizo ofrendas liberales “al Dios de Israel, cuya morada está en Jerusalem;” y proveyó además lo suficiente para sufragar muchos e ingentes gastos al ordenar que fuesen pagados “de la casa de los tesoros del rey.” Vers. 11, 12, 15, 20.

Artajerjes declaró a Esdras: “De parte del rey y de sus siete consultores eres enviado a visitar a Judea y a Jerusalem, conforme a la ley de tu Dios que está en tu mano.” “Todo lo que es mandado por el Dios del cielo, sea hecho prestamente para la casa del Dios del cielo: pues ¿por qué habría de ser su ira contra el reino del rey y de sus hijos?” Vers. 14, 23.

Al permitir a los israelitas que regresaran, Artajerjes hizo los arreglos necesarios para que los miembros del sacerdocio pudiesen reanudar sus antiguos ritos y privilegios. Declaró: “A vosotros os hacemos saber, que a todos los sacerdotes y Levitas, cantores, porteros, Nethineos y ministros de la casa de Dios, ninguno pueda imponerles tributo, o pecho, o renta.” También ordenó que se señalasen magistrados civiles para gobernar al pueblo con justicia, de acuerdo con el código judío. Estas fueron sus instrucciones: “Y tú, Esdras, conforme a la sabiduría de tu Dios que tienes, pon jueces y gobernadores, que gobiernen a todo el pueblo que está del otro lado del río, a todos los que tienen noticia de las leyes de tu Dios; y al que no la tuviere, le enseñaréis. Y cualquiera que no hiciere la ley de tu Dios, y la ley del rey, prestamente sea juzgado, o a muerte, o a desarraigo, o a pena de la hacienda, o a prisión.” Vers. 24-26.

Así, “según la buena mano de su Dios sobre él,” Esdras había persuadido al rey a que proveyese abundantemente para el regreso de todo el pueblo de Israel, así como “cualquiera que quisiere” de los “sacerdotes y Levitas” en el reino medo-persa. Vers. 9, 13. De manera que los hijos de la dispersión volvieron a tener oportunidad de regresar a la tierra cuya posesión se vinculaba con las promesas hechas a la casa de Israel. Este decreto ocasionó regocijo a los que participaban con Esdras en un estudio de los propósitos de Dios concernientes a su pueblo. Esdras exclamó: “Bendito Jehová, Dios de nuestros padres, que puso tal cosa en el corazón del rey, para honrar la casa de Jehová que está en Jerusalem. E inclinó hacia mí su misericordia delante del rey y de sus consultores, y de todos los príncipes poderosos del rey.” Vers. 27, 28.

La promulgación de este decreto por Artajerjes puso de manifiesto la providencia de Dios. Algunos la discernieron, y gozosamente aprovecharon la oportunidad de regresar en circunstancias tan favorables. Se designó un lugar general de reunión; y a la fecha señalada, los que deseaban ir a Jerusalén se congregaron para el largo viaje. Dijo Esdras: “Juntélos junto al río que viene a Ahava, y reposamos allí tres días.” Esdras 8:15.

Esdras había esperado que una gran multitud regresaría a Jerusalén, pero se quedó chasqueado por lo reducido del número de los que habían respondido al llamamiento. Muchos, que habían adquirido casas y tierras, no deseaban sacrificar estos bienes. Amaban la comodidad, y estaban perfectamente contentos de quedarse donde estaban. Su ejemplo resultó un estorbo para los que sin esto habrían decidido echar su suerte con la de quienes avanzaban por fe.

Cuando Esdras pasó revista a la congregación, se sorprendió al no encontrar a ninguno de los hijos de Leví. ¿Dónde estaban los miembros de la tribu que había sido designada para el servicio sagrado del templo? A la convocación: ¿Quién está de parte del Señor? los levitas debieran haber sido los primeros en responder. Durante el cautiverio, y después de él, les habían sido concedidos muchos privilegios. Habían gozado de la mayor libertad para atender a las necesidades espirituales de sus hermanos en el destierro. Se habían edificado sinagogas, en las cuales los sacerdotes dirigían el culto tributado a Dios e instruían a la gente. Se les había permitido observar libremente el sábado y cumplir los ritos sagrados característicos de la fe judaica.