30 DE OCTUBRE 2016

Escúchalo aquí.

Lectura para hoy: PR. 474- 476

Pero Nehemías continuó buscando en Dios dirección y apoyo, “y el pueblo tuvo ánimo para obrar.” La empresa siguió adelante hasta que se cerraron las brechas y toda la muralla llegó más o menos a la mitad de la altura que se le quería dar. Al ver los enemigos de Israel cuán inútiles eran sus esfuerzos, se llenaron de ira. Hasta entonces no se habían atrevido a recurrir a medidas violentas; porque sabían que Nehemías y sus compañeros actuaban comisionados por el rey, y temían que una oposición activa contra él provocase el desagrado real. Pero ahora, en su ira, se hicieron culpables del crimen del cual habían acusado a Nehemías. Juntándose para consultarse, “conspiraron todos a una para venir a combatir a Jerusalén.”

 Al mismo tiempo que los samaritanos maquinaban contra Nehemías y su obra, algunos de los judíos principales, sintiendo desafecto, procuraron desalentarle exagerando las dificultades que entrañaba la empresa.

Dijeron: “Las fuerzas de los acarreadores se han enflaquecido, y el escombro es mucho, y no podemos edificar el muro.”

También provino desaliento de otra fuente. “Los Judíos que habitaban entre ellos,” los que no participaban en la obra, reunieron las declaraciones de sus enemigos, y las emplearon para debilitar el valor de los que trabajaban y crear desafecto entre ellos.

Pero los desafíos y el ridículo, la oposición y las amenazas no parecían lograr otra cosa que inspirar en Nehemías una determinación más firme e incitarle a una vigilancia aún mayor. Reconocía los peligros que debía arrostrar en esta guerra contra sus enemigos, pero su valor no se arredraba. Declara: “Entonces oramos a nuestro Dios, y … pusimos guarda contra ellos de día y de noche… Entonces puse por los bajos del lugar, detrás del muro, en las alturas de los peñascos, puse el pueblo por familias con sus espadas, con sus lanzas, y con sus arcos. Después miré, y levantéme, y dije a los principales y a los magistrados, y al resto del pueblo: No temáis delante de ellos: acordaos del Señor grande y terrible, y pelead por vuestros hermanos, por vuestros hijos y por vuestras hijas, por vuestras mujeres y por vuestras casas.

“Y sucedió que como oyeron nuestros enemigos que lo habíamos atendido, Dios disipó el consejo de ellos, y volvímonos todos al muro, cada uno a su obra. Más fué que desde aquel día la mitad de los mancebos trabajaba en la obra, y la otra mitad de ellos tenía lanzas y escudos, y arcos, y corazas. … Los que edificaban en el muro, y los que llevaban cargas y los que cargaban, con la una mano trabajaban en la obra, y en la otra tenían la espada. Porque los que edificaban, cada uno tenía su espada ceñida a sus lomos, y así edificaban.”

Al lado de Nehemías había un hombre con trompeta, y en diferentes partes de la muralla se hallaban sacerdotes con las trompetas sagradas. El pueblo estaba dispersado en sus labores; pero al acercarse el peligro a cualquier punto, los trabajadores oían la indicación de juntarse allí sin dilación. “Nosotros pues trabajábamos en la obra— dice Nehemías;—y la mitad de ellos tenían lanzas desde la subida del alba hasta salir las estrellas.”

A los que habían estado viviendo en pueblos y aldeas fuera de Jerusalén se les pidió que se alojasen dentro de los muros, a fin de custodiar la obra y de estar listos para trabajar por la mañana. Esto evitaba demoras innecesarias y quitaba al enemigo la oportunidad, que sin esto aprovecharía, de atacar a los obreros mientras iban a sus casas o volvían de ellas. Nehemías y sus compañeros no rehuían las penurias ni los servicios arduos. Ni siquiera durante los cortos plazos dedicados al sueño, de día ni de noche se sacaban la ropa ni deponían su armadura.

La oposición y otras cosas desalentadoras que en los tiempos de Nehemías los constructores sufrieron de parte de sus enemigos abiertos y de los que se decían amigos suyos, es una figura de lo que experimentarán en nuestro tiempo los que trabajan para Dios. Los cristianos son probados, no sólo por la ira, el desprecio y la crueldad de sus enemigos, sino por la indolencia, inconsecuencia, tibieza y traición de los que se dicen sus amigos y ayudadores. Se los hace objeto de burlas y oprobio. Y el mismo enemigo que induce a despreciarlos recurre a medidas más crueles y violentas cuando se le presenta una oportunidad favorable.
Para lograr sus propósitos, Satanás se vale de todo elemento

no consagrado. Entre los que profesan apoyar la causa de Dios, hay quienes se unen con sus enemigos y así exponen su causa a los ataques de sus más acerbos adversarios. Aun los que desean ver prosperar la obra de Dios debilitan las manos de sus siervos oyendo, difundiendo y creyendo a medias las calumnias, jactancias y amenazas de sus adversarios. Satanás obra con éxito asombroso mediante sus agentes; y todos los que ceden a su influencia están sujetos a un poder hechizador que destruye la sabiduría de los sabios y el entendimiento de los prudentes. Pero, como Nehemías, los hijos de Dios no deben temer ni despreciar a sus enemigos. Cifrando su confianza en Dios, deben ir adelante con firmeza, hacer su obra con abnegación y entregar a su providencia la causa que representan.

En medio del gran desaliento, Nehemías puso su confianza en Dios, e hizo de él su segura defensa. Y el que sostuvo entonces a su siervo ha sido el apoyo de su pueblo en toda época. En toda crisis sus hijos pueden declarar confiadamente: “Si Dios por nosotros, ¿quién contra nosotros?” Romanos 8:31. Por grande que sea la astucia con que Satanás y sus agentes hagan sus maquinaciones, Dios puede discernirlas y anular todos sus consejos. La respuesta que la fe dará hoy será la misma que dió Nehemías: “Nuestro Dios peleará por nosotros;” porque Dios se encarga de la obra y nadie puede impedir que ésta alcance el éxito final.