29 DE OCTUBRE 2016

Escúchalo aquí.

Lectura para hoy: PR. 472- 473
Los sacerdotes se contaron entre los primeros en contagiarse del espíritu de celo y fervor que manifestaba Nehemías. Debido a la influencia que por su cargo ejercían, estos hombres podían hacer mucho para estorbar la obra o para que progresase; y la cordial cooperación que le prestaron desde el mismo comienzo contribuyó no poco a su éxito. La mayoría de los príncipes y gobernadores de Israel cumplieron noblemente su deber, y el libro de Dios hace mención honorable de estos hombres fieles. Hubo, sin embargo, entre los grandes de los tecoitas, algunos que “no prestaron su cerviz a la obra de su Señor.” La memoria de estos siervos perezosos quedó señalada con oprobio y se transmitió como advertencia para todas las generaciones futuras.

En todo movimiento religioso hay quienes, si bien no pueden negar que la causa es de Dios, se mantienen apartados y se niegan a hacer esfuerzo alguno para ayudar. Convendría a los tales recordar lo anotado en el cielo en el libro donde no hay omisiones ni errores, y por el cual seremos juzgados. Allí se registra toda oportunidad de servir a Dios que no se aprovechó; y allí también se recuerda para siempre todo acto de fe y amor.

El ejemplo de aquellos tecoitas tuvo poco peso frente a la influencia inspiradora de Nehemías. El pueblo en general estaba animado de patriotismo y celo. Hombres de capacidad e influencia organizaron en compañías a las diversas categorías de ciudadanos, y cada caudillo se hizo responsable de construir cierta parte de la muralla. Acerca de algunos, se ha dejado escrito que edificaron “cada uno enfrente de su casa.”

Tampoco disminuyó la energía de Nehemías una vez iniciado el trabajo. Con incansable vigilancia sobreveía la construcción, dirigía a los obreros, notaba los impedimentos y atendía a las emergencias. A lo largo de toda la extensión de aquellas tres millas de muralla [cinco kilómetros], se sentía constantemente su influencia. Con palabras oportunas alentaba a los temerosos, despertaba a los rezagados y aprobaba a los diligentes. Observaba siempre los movimientos de los enemigos, que de vez en cuando se reunían a la distancia y entraban en conversación, como para maquinar perjuicios, y luego, acercándose a los obreros, intentaban distraer su atención.

En sus muchas actividades, Nehemías no olvidaba la Fuente de su fuerza. Elevaba constantemente su corazón a Dios, el gran Sobreveedor de todos.
“El Dios de los cielos—exclamaba,—él nos prosperará;” y estas palabras, repetidas por los ecos del ambiente, hacían vibrar el corazón de todos los que trabajaban en la muralla.

Pero la reedificación de las defensas de Jerusalén no progresó sin impedimentos. Satanás estaba obrando para incitar oposición y desaliento. Sambalat, Tobías y Gesem, sus principales agentes en este movimiento, se dedicaron a estorbar la obra de reconstrucción. Procuraron ocasionar división entre los obreros. Ridiculizaban los esfuerzos de los constructores, declarando imposible la empresa y prediciendo que fracasaría.

“¿Qué hacen estos débiles Judíos?—exclamaba Sambalat en son de burla.—¿Hanles de permitir? … ¿han de resucitar de los montones del polvo las piedras que fueron quemadas?” Y Tobías, aún más despectivo, añadía: “Aun lo que ellos edifican, si subiere una zorra derribará su muro de piedra.”

Los edificadores no tardaron en tener que hacer frente a una oposición más activa. Se veían obligados a protegerse continuamente de las maquinaciones de sus adversarios, que, manifestando amistad, procuraban de diversas maneras sembrar confusión y perplejidad, y despertar la desconfianza. Se esforzaban por destruir el valor de los judíos; tramaban conspiraciones para hacer caer a Nehemías en sus redes; y había judíos de corazón falso dispuestos a ayudar en la empresa traicionera. Se difundió la calumnia de que Nehemías intrigaba contra el monarca de Persia, con la intención de exaltarse como rey de Israel, y que todos los que le ayudaban eran traidores.

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