28 DE OCTUBRE 2016

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Lectura para hoy: PR. 470- 471
Escogiendo a unos pocos hombres a quienes reconocía dignos de confianza, Nehemías les contó las circunstancias que le habían inducido a venir a Jerusalén, el fin que se proponía alcanzar y los planes que pensaba seguir. Obtuvo inmediatamente que se interesaran en su empresa, y prometieron ayudarle.

La tercera noche después de su llegada, Nehemías se levantó a la medianoche, y con unos pocos compañeros de confianza salió a examinar por su cuenta la desolación de Jerusalén. Montado en su mula, pasó de una parte de la ciudad a otra, examinando las puertas y los muros en ruinas de la ciudad de sus padres. Penosas reflexiones llenaban la mente del patriota judío mientras que con corazón apesadumbrado miraba las derribadas defensas de su amada Jerusalén. Los recuerdos de la grandeza que gozara antaño Israel contrastaban agudamente con las evidencias de su humillación.

En secreto y en silencio, recorrió Nehemías el circuito de las murallas. Declara: “No sabían los magistrados dónde yo había ido, ni qué había hecho; ni hasta entonces lo había yo declarado a los Judíos y sacerdotes, ni a los nobles y magistrados, ni a los demás que hacían la obra.” Pasó el resto de la noche en oración, porque sabía que al llegar la mañana necesitaría hacer esfuerzos ardorosos para despertar y unir a sus compatriotas desalentados y divididos.

Nehemías había traído un mandato real que requería a los habitantes que cooperasen con él en la reedificación de los muros de la ciudad; pero no confiaba en el ejercicio de la autoridad y procuró más bien ganar la confianza y simpatía del pueblo, porque sabía que la unión de los corazones tanto como la de las manos era esencial para la gran obra que le aguardaba. Por la mañana, cuando congregó al pueblo, le presentó argumentos calculados para despertar sus energías dormidas y unir sus fuerzas dispersas.

Los que oían a Nehemías no sabían nada de su jira nocturna, ni tampoco se la mencionó él. Pero el hecho de que la había realizado contribuyó mucho a su éxito; porque pudo hablar de las condiciones de la ciudad con una precisión y una minucia que asombraron a sus oyentes. Las impresiones que había sentido mientras se percataba de la debilidad y degradación de Jerusalén daban fervor y poder a sus palabras.

Recordó al pueblo el oprobio en que vivía entre los paganos, y cómo se despreciaba su religión y se blasfemaba a su Dios. Les dijo que en una tierra lejana había oído hablar de su aflicción, que había solicitado el favor del Cielo para ellos, y que, mientras oraba, había resuelto pedir al rey que le permitiera acudir en su auxilio. Había rogado a Dios que el rey no sólo le otorgase ese permiso, sino que también le invistiese de autoridad y le diese la ayuda que necesitaba para la obra; y la respuesta dada a su oración demostraba que el plan era del Señor.

Relató todo esto, y habiendo demostrado que estaba sostenido por la autoridad combinada del Dios de Israel y del rey de Persia, Nehemías preguntó directamente al pueblo si quería aprovechar esta oportunidad y levantarse para edificar la muralla.  El llamamiento llegó directamente a los corazones. Al señalares cómo se había manifestado el favor del Cielo hacia ellos, los avergonzó de sus temores, y con nuevo valor clamaron a una voz: “Levantémonos, y edifiquemos.” “Así esforzaron sus manos para bien.”

Nehemías ponía toda su alma en la empresa que había iniciado. Su esperanza, su energía, su entusiasmo y su determinación eran contagiosos e inspiraban a otros el mismo intenso valor y elevado propósito. Cada hombre se trocó a su vez en un Nehemías, y contribuyó a fortalecer el corazón y la mano de su vecino.

Cuando los enemigos de Israel supieron lo que los judíos esperaban hacer, los escarnecieron diciendo: “¿Qué es esto que hacéis vosotros? ¿os rebeláis contra el rey?” Pero Nehemías contestó: “El Dios de los cielos, él nos prosperará, y nosotros sus siervos nos levantaremos y edificaremos: que vosotros no tenéis parte, ni derecho, ni memoria en Jerusalem.”