26 DE SEPTIEMBRE 2016

Escúchalo aquí.

Lectura para hoy: PR 411-412

Con tanta celeridad como era posible, se erigió un altar donde había estado el antiguo altar en el atrio del templo. Para los servicios relacionados con la edificación de ese altar, “juntóse el pueblo como un solo hombre;” y todos unidos restablecieron los servicios sagrados que se habían interrumpido cuando Jerusalén fué destruida por Nabucodonosor. Antes de separarse para alojarse en las casas que estaban tratando de reconstruir, “hicieron asimismo la solemnidad de las cabañas.” Esdras 3:1-6.

La erección del altar para los holocaustos diarios alentó muchísimo a los pocos fieles que quedaban. De todo corazón participaron en los preparativos necesarios para reedificar el templo, y su valor iba en aumento a medida que esos preparativos progresaban de un mes a otro. Habían estado privados durante muchos años de los indicios visibles de la presencia de Dios. Ahora, rodeados de muchos tristes recuerdos de la apostasía de sus padres, anhelaban tener alguna señal permanente del perdón y del favor divinos. Apreciaban la aprobación de Dios más que la recuperación de las propiedades personales y los antiguos privilegios. El Señor había obrado maravillosamente en su favor, y se sentían asegurados de que su presencia estaba con ellos, pero deseaban bendiciones aún mayores. Con gozosa anticipación esperaban el tiempo en que, estando reedificado el templo, podrían contemplar la gloria que resplandeciese desde su interior.

Los obreros empeñados en preparar los materiales de construcción encontraron entre las ruinas algunas de las inmensas piedras que se habían llevado al sitio del templo en los tiempos de Salomón. Las acomodaron para poder usarlas, y se proveyó además mucho material nuevo; de manera que pronto la obra hubo progresado al punto en que debía ponerse la piedra fundamental. Esto se hizo en presencia de muchos miles que se habían congregado para contemplar el progreso de la obra y para expresar su gozo por tener una parte en ella. Mientras se estaba colocando la piedra angular, el pueblo, acompañado por las trompetas de los sacerdotes y los címbalos de los hijos de Asaf, “cantaban, alabando y confesando a Jehová, y decían: Porque es bueno, porque para siempre es su misericordia sobre Israel.” Esdras 3:11.

La casa que se estaba por reconstruir había sido tema de muchas profecías acerca del favor que Dios deseaba manifestar a Sión, y todos los que asistían a la colocación de la piedra angular debieran haber participado cordialmente del espíritu que correspondía a la ocasión. Sin embargo, una nota discordante se mezclaba con la música y los gritos de alabanza que se oían en ese alegre día. “Y muchos de los sacerdotes y de los Levitas y de los cabezas de los padres, ancianos que habían visto la casa primera viendo fundar esta casa, lloraban en alta voz.” Vers. 12.

Era natural que la tristeza embargase el corazón de aquellos ancianos al pensar en los resultados de la larga impenitencia. Si ellos y su generación hubiesen obedecido a Dios y cumplido su propósito para Israel, el templo construído por Salomón no habría sido derribado ni habría sido necesario el cautiverio. Pero, a causa de la ingratitud y la deslealtad que habían manifestado, fueron dispersados entre los paganos.

Las condiciones habían cambiado. Con tierna misericordia, el Señor había vuelto a visitar a su pueblo y le había permitido regresar a su tierra. El pesar por los errores pasados debiera haber sido reemplazado por sentimientos de gran gozo. Dios había obrado en el corazón de Ciro para que les ayudase a edificar el templo, y esto debiera haber arrancado a todos expresiones de profunda gratitud. Pero algunos no discernieron las providencias favorables de Dios. En vez de regocijarse, albergaron pensamientos de descontento y desaliento. Habían visto la gloria del templo de Salomón y se lamentaban por la inferioridad del edificio que se estaba erigiendo.

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