27 DE ABRIL 2016

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PR 193-195

Después de esto, Israel quedó libre por un tiempo de los ataques sirios. Pero más tarde, bajo la enérgica dirección de un rey resuelto, Hazael, los ejércitos sirios rodearon a Samaria y la sitiaron. Nunca se había visto Israel en tal aprieto como durante este sitio. Los peca- dos de los padres eran de veras castigados en los hijos y los nietos. Los horrores del hambre prolongada impulsaban al rey de Israel a tomar medidas desesperadas, cuando Eliseo predijo la liberación para el día siguiente.

Cuando estaba por amanecer la mañana siguiente, el Señor “había hecho que en el campo de los Siros se oyese estruendo de carros, ruido de caballos, y estrépito de grande ejército;” y ellos, dominados por el miedo, “se habían levantado y huido al principio de la noche, dejando sus tiendas, sus caballos, sus asnos, y el campo como se estaba,” con abundantes abastecimientos de comida. “Habían huído por salvar las vidas,” sin parar hasta haber cruzado el Jordán.

Durante la noche de la huída, cuatro leprosos que solían estar a la puerta de la ciudad, desesperados de hambre, se habían propuesto visitar el campo sirio y entregarse a la misericordia de los sitiadores, con la esperanza de despertar su simpatía y obtener comida. ¡Cuál no fué su asombro cuando, al entrar en el campamento, encontraron que “no había allí hombre.” No habiendo nadie que los molestase o se lo prohibiese, “entráronse en una tienda, y comieron y bebieron, y tomaron de allí plata, y oro, y vestidos, y fueron, y escondiéronlo: y vueltos, entraron en otra tienda, y de allí también tomaron, y fueron, y escondieron. Y dijéronse el uno al otro: No hacemos bien: hoy es día de buena nueva, y nosotros callamos.” Volvieron prestamente a la ciudad para comunicar las gratas nuevas.

Grandes fueron los despojos; y tanto abundaron los abastecimientos que en aquel día “fué vendido un seah de flor de harina por un siclo, y dos seah de cebada por un siclo,” según lo había predicho Eliseo el día anterior. Una vez más el nombre de Dios fué exaltado ante los paganos, “conforme a la palabra de Jehová” comunicada por su profeta en Israel. (Véase 2 Reyes 7:5-16.)

Así continuó trabajando el varón de Dios de año en año, manteniéndose cerca del pueblo mientras le servía fielmente y al lado del rey como sabio consejero en tiempo de crisis. Los largos años de apostasía idólatra de parte de gobernantes y pueblo habían producido su funesto resultado. Por doquiera se veía la obscura sombra de la apostasía, y sin embargo aquí y allí había quienes se habían negado firmemente a doblar la rodilla ante Baal. Mientras Eliseo continuaba su obra de reforma, muchos fueron rescatados del paga- nismo y aprendieron a regocijarse en el servicio del Dios verdadero. El profeta se sintió alentado por esos milagros de la gracia divina, e inspirado por un gran anhelo de alcanzar a los sinceros de corazón. Dondequiera que estaba, procuraba enseñar la justicia.

Desde un punto de vista humano, las perspectivas de regeneración espiritual de la nación eran tan desesperadas como las que tienen delante de sí hoy los siervos de Dios que trabajan en los lugares obscuros de la tierra. Pero la iglesia de Cristo es el instrumento de Dios para proclamar la verdad; él la ha dotado de poder para que realice una obra especial; y si ella es leal a Dios y obedece sus mandamientos, morará en su seno la excelencia del poder divino. Si permanece fiel, no habrá poder que le resista. Las fuerzas del enemigo no serán más capaces de vencerla que lo es el tamo para resistir el torbellino.

Aguarda a la iglesia el amanecer de un día glorioso, con tal que ella esté dispuesta a vestirse del manto de la justicia de Cristo y negarse a obedecer al mundo. Dios invita a sus fieles, a los que creen en él, a que hablen con valor a los que no creen ni tienen esperanza. Volveos al Señor, vosotros los prisioneros de esperanza. Buscad fuerza de Dios, del Dios viviente. Manifestad una fe inquebrantable y humilde en su poder y en su buena voluntad para salvar. Cuando con fe echemos mano de su fuerza, él cambiará asombrosamente la perspectiva más desesperada y desalentadora. Lo hará para gloria de su nombre.

Mientras Eliseo pudo viajar de lugar en lugar por todo el reino de Israel, continuó interesándose activamente en el fortalecimiento de las escuelas de los profetas. Dondequiera que estuviese, Dios le acompañaba, inspirándole las palabras que debía hablar y dándole poder de realizar milagros. En cierta ocasión, los hijos de los profetas le dijeron: “He aquí, el lugar en que moramos contigo nos es estrecho. Vamos ahora al Jordán, y tomemos de allí cada uno una viga, y hagámonos allí lugar en que habitemos.” 2 Reyes 6:1, 2. Eliseo fué con ellos hasta el Jordán, alentándolos con su presencia y dándoles instrucciones. Hasta realizó un milagro para ayudarles en su trabajo. “Aconteció que derribando uno un árbol, cayósele el hacha en el agua; y dió voces, diciendo: ¡Ah, Señor mío, que era emprestada! Y el varón de Dios dijo: ¿Dónde cayó? Y él le mostró el lugar. Entonces cortó él un palo, y echólo allí; e hizo nadar el hierro. Y dijo: Tómalo. Y él tendió la mano, y tomólo.” Vers. 5-7.

Tan eficaz había sido su ministerio y tan amplia su influencia, que mientras estaba en su lecho de muerte, el mismo joven rey Joas, idólatra que poco respetaba a Dios, reconoció en el profeta un padre en Israel, cuya presencia entre ellos era de más valor en tiempo de dificultad que la posesión de un ejército con caballos y carros. Dice el relato: “Estaba Eliseo enfermo de aquella su enfermedad de que murió. Y descendió a él Joas rey de Israel, y llorando delante de él, dijo: ¡Padre mío, padre mío, carro de Israel y su gente de a caballo!” 2 Reyes 13:14.

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