27 de febrero 2016

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Lectura para hoy:

Profetas y Reyes p. 100 – 102

Escúchalo aquí.

Tales eran algunos de los sabios consejos que había dado Jehová al antiguo Israel. Había ordenado a su pueblo escogido: “Por tanto, pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma, y las ataréis por señal en vuestra mano, y serán por frontales entre vuestros ojos. Y las enseñaréis a vuestros hijos, hablando de ellas, ora sentado en tu casa, o andando por el camino, cuando te acuestes, y cuando te levantes.” Deuteronomio 11:18, 19.

Estas órdenes eran claras; sin embargo con el transcurso de los siglos, mientras una generación tras otra olvidaba las medidas tomadas para su bienestar espiritual, las influencias ruinosas de la apostasía amenazaban con arrasar toda barrera de la gracia divina.

Así era cómo había llegado a acontecer que Dios hiciera caer sobre su pueblo sus castigos más severos. La predicción de Elías recibía un cumplimiento terrible. Durante tres años, el mensajero que había anunciado la desgracia fué buscado de ciudad en ciudad y de nación en nación. A la orden de Acab, muchos gobernantes habían jurado por su honor que no podían encontrar en sus dominios al extraño profeta. Sin embargo, la búsqueda había continuado; porque Jezabel y los profetas de Baal aborrecían a Elías con odio mortal, y no escatimaban esfuerzo para apoderarse de él. Y mientras tanto no llovía.

Al fin, “pasados muchos días,” esta palabra del Señor fué dirigida a Elías: “Ve, muéstrate a Achab, y yo daré lluvia sobre la haz de la tierra.”

Obedeciendo a la orden, “fué pues Elías a mostrarse a Achab.” Más o menos cuando el profeta emprendió su viaje a Samaria, Acab había propuesto a Abdías, gobernador de su casa, que hiciesen una cuidadosa búsqueda de los manantiales y arroyos, con la esperanza de hallar pasto para sus rebaños hambrientos. Aun en la corte real se hacía sentir agudamente el efecto de la larga sequía. El rey, muy preocupado por lo que esperaba a su casa, decidió unirse personalmente a su siervo en busca de algunos lugares favorecidos donde pudiese obtenerse pasto. “Y partieron entre sí el país para recorrerlo: Acab fué de por sí por un camino, y Abdías fué separadamente por otro.

“Y yendo Abdías por el camino, topóse con Elías; y como le conoció, postróse sobre su rostro, y dijo: ¿No eres tú mi señor Elías?” Durante la apostasía de Israel, Abdías había permanecido fiel. El rey, su señor, no había podido apartarle de su fidelidad al Dios viviente. Ahora fué honrado por la comisión que le dió Elías: “Ve, di a tu amo: He aquí Elías.”

Aterrorizado, Abdías exclamó: “¿En qué he pecado, para que tú entregues tu siervo en mano de Achab para que me mate?” Llevar un mensaje tal a Acab era buscar una muerte segura. Explicó al profeta: “Vive Jehová tu Dios, que no ha habido nación ni reino donde mi señor no haya enviado a buscarte; y respondiendo ellos, No está aquí, él ha conjurado a reinos y naciones si no te han hallado. ¿Y ahora tú dices: Ve, di a tu amo: Aquí está Elías? Y acontecerá que, luego que yo me haya partido de ti, el espíritu de Jehová te llevará donde yo no sepa; y viniendo yo, y dando las nuevas a Achab, y no hallándote él, me matará.”

Con intenso fervor Abdías rogó al profeta que no le apremiara. Dijo: “Tu siervo teme a Jehová desde su mocedad. ¿No ha sido dicho a mi señor lo que hice, cuando Jezabel mataba a los profetas de Jehová: que escondí cien varones de los profetas de Jehová de cincuenta en cincuenta en cuevas, y los mantuve a pan y agua? ¿Y ahora dices tú: Ve, di a tu amo: Aquí está Elías: para que él me mate?”

Con solemne juramento Elías prometió a Abdías que su diligencia no sería en vano. Declaró: “Vive Jehová de los ejércitos, delante del cual estoy, que hoy me mostraré a él.” Con esta seguridad, “Abdías fué a encontrarse con Achab, y dióle el aviso.”

Con asombro mezclado de terror, el rey oyó el mensaje enviado por el hombre a quién temía y aborrecía, a quien había buscado tan incansablemente. Bien sabía que Elías no expondría su vida con el simple propósito de encontrarse con él. ¿Sería posible que el profeta estuviese por proclamar otra desgracia contra Israel? El corazón del rey se sobrecogió de espanto. Recordó cómo se había desecado el brazo de Jeroboam. Acab no podía dejar de obedecer a la orden, ni se atrevía a alzar la mano contra el mensajero de Dios. De manera que, acompañado por una guardia de soldados, el tembloroso monarca se fué al encuentro del profeta.

Este y el rey se hallan por fin frente a frente. Aunque Acab rebosa de odio apasionado, en la presencia de Elías parece carecer de virilidad y de poder. En las primeras palabras que alcanza a balbucir: “¿Eres tú el que alborotas a Israel?” revela inconscientemente los sentimientos más íntimos de su corazón. Acab sabía que se debía a la palabra de Dios que los cielos se hubiesen vuelto como bronce, y sin embargo procuraba culpar al profeta de los gravosos castigos que apremiaban la tierra.

Es natural que el que obra mal tenga a los mensajeros de Dios por responsables de las calamidades que son el seguro resultado que produce el desviarse del camino de la justicia. Los que se colocan bajo el poder de Satanás no pueden ver las cosas como Dios las ve. Cuando se los confronta con el espejo de la verdad, se indignan al pensar que son reprendidos. Cegados por el pecado, se niegan a arrepentirse; consideran que los siervos de Dios se han vuelto contra ellos, y que merecen la censura más severa.

De pie, y consciente de su inocencia delante de Acab, Elías no intenta disculparse ni halagar al rey. Tampoco procura eludir la ira del rey dándole la buena noticia de que la sequía casi terminó. No tiene por qué disculparse. Lleno de indignación y del ardiente anhelo de ver honrar a Dios, devuelve a Acab su imputación, declarando intrépidamente al rey que son sus pecados y los de sus padres, lo  que atrajo sobre Israel esta terrible calamidad. “Yo no he alborotado a Israel—asevera audazmente Elías,—sino tú y la casa de tu padre, dejando los mandamientos de Jehová, y siguiendo a los Baales.”

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