21 de diciembre 2015

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Lectura para hoy:
1 de Crónicas 21 y 22

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1 de Crónicas 21 (NTV) – David hace un censo
Satanás se levantó contra Israel y provocó que David hiciera un censo del pueblo de Israel. De modo que David les dijo a Joab y a los comandantes del ejército:
Hagan un censo de todo el pueblo de Israel, desde Beerseba en el sur hasta Dan en el norte, y tráiganme un informe para que yo sepa cuántos son.

Pero Joab respondió:
—¡Que el Señor multiplique el número de su pueblo cien veces! Pero ¿por qué, mi señor el rey, quiere usted hacer tal cosa? ¿Acaso no son todos servidores suyos? ¿Por qué hará que Israel caiga en pecado? Sin embargo, el rey insistió en que levantaran el censo, así que Joab viajó por todo Israel para contar al pueblo. Luego regresó a Jerusalén y le informó a David el número de personas. Había en todo Israel 1.100.000 guerreros que podían manejar una espada, y 470.000 en Judá; pero Joab no incluyó a las tribus de Leví y Benjamín en el censo, porque estaba muy afligido por lo que el rey le había ordenado hacer.

Juicio por el pecado de David
Dios se disgustó mucho por el censo y castigó a Israel por haberlo levantado. Entonces David le dijo a Dios: «He pecado grandemente al haber hecho el censo. Te ruego que perdones mi culpa por haber cometido esta tontería». Entonces el Señor le habló a Gad, el vidente de David, y le dio este mensaje: 10 «Ve y dile a David: “Esto dice el Señor: ‘Te doy tres opciones; escoge uno de estos castigos, y yo te lo impondré’”».

11 De modo que Gad fue a ver a David y le dijo:
—Estas son las opciones que el Señor te da: 12 puedes elegir entre tres años de hambre, tres meses de destrucción a espada de tus enemigos o tres días de una terrible plaga durante la cual el ángel del Señor traerá devastación por toda la tierra de Israel. Decide y dime qué respuesta debo darle al Señor, quien me envió. 13 —¡Estoy en una situación desesperada! —le respondió David a Gad—. Mejor que caiga yo en las manos del Señor, porque su misericordia es muy grande, y que no caiga yo en manos humanas.

14 Por lo tanto, el Señor mandó una plaga sobre Israel, y como consecuencia murieron setenta mil personas. 15 Además Dios envió un ángel para destruir a Jerusalén. Sin embargo, en el momento que el ángel se disponía a destruirla, el Señor desistió y le dijo al ángel de la muerte: «¡Detente! ¡Ya es suficiente!». En ese momento el ángel del Señor estaba de pie junto al campo de trillar de Arauna el jebuseo.

16 David levantó la vista y vio que el ángel del Señor estaba entre el cielo y la tierra con su espada desenvainada, extendida sobre Jerusalén. Entonces David y los líderes de Israel se pusieron tela áspera en señal de su profunda angustia y cayeron rostro en tierra. 17 David le dijo a Dios: «¡Soy yo quien pidió el censo! ¡Soy yo el que pecó e hizo el mal! Pero estas personas son tan inocentes como ovejas, ¿qué han hecho? Oh, Señor mi Dios, que tu enojo caiga sobre mí y mi familia, pero no destruyas a tu pueblo».

David edifica un altar
18 Entonces el ángel del Señor le dijo a Gad que diera instrucciones a David para que subiera y edificara un altar al Señor en el campo de trillar de Arauna, el jebuseo. 19 Así que David subió para hacer lo que el Señor le había ordenado por medio de Gad. 20 Mientras Arauna trillaba el trigo, miró hacia atrás y vio al ángel. Los cuatro hijos de Arauna, que estaban con él, huyeron y se escondieron. 21 Cuando Arauna vio que se acercaba David, salió del campo de trillar y se inclinó ante David rostro en tierra.

22 David le dijo a Arauna:
—Permíteme comprarte este campo de trillar por el precio total. Así podré edificar allí un altar al Señor, para que detenga la plaga.
23 —Tómela, mi señor el rey, y úsela como usted quiera —le respondió Arauna a David—. Yo le daré los bueyes para las ofrendas quemadas y los tablones de trillar como leña para hacer un fuego sobre el altar, y también le daré el trigo para la ofrenda de cereales. Se lo daré todo.
24 Pero el rey David le respondió a Arauna:
—No, insisto en comprarla por el precio total. No tomaré lo que es tuyo para dárselo al Señor. ¡No presentaré ofrendas quemadas que no me hayan costado nada! 25 Así que David le dio a Arauna seiscientas piezas de oro en pago por el campo de trillar.

26 Allí David edificó un altar al Señor y sacrificó ofrendas quemadas y ofrendas de paz. Cuando David oró, el Señor le contestó enviando fuego desde el cielo para quemar la ofrenda sobre el altar. 27 Luego el Señor le habló al ángel, quien envainó la espada. 28 Cuando David vio que el Señor había contestado su oración ofreció sacrificios allí, en el campo de trillar de Arauna.

29 En ese tiempo el tabernáculo del Señor y el altar de las ofrendas quemadas que Moisés había hecho en el desierto estaban situados en el lugar de culto en Gabaón; 30 pero David no pudo ir allí para consultar a Dios porque quedó aterrado a causa de la espada desenvainada del ángel del Señor.

1 de Crónicas 22 (NTV)
Luego David dijo: «¡Este será el sitio del templo del Señor Dios y el lugar del altar para las ofrendas quemadas de Israel!».

Preparativos para el templo
De modo que David dio órdenes para reunir a los extranjeros que vivían en Israel, y les encargó la tarea de preparar piedras talladas para construir el templo de Dios. David proporcionó grandes cantidades de hierro para los clavos que se necesitarían para las puertas de las entradas y los herrajes, y dio tanto bronce que no se podía pesar. También proveyó innumerables troncos de cedro, porque los hombres de Tiro y de Sidón habían llevado grandes cantidades de cedro a David.

David dijo: «Mi hijo Salomón es aún joven y sin experiencia. Ya que el templo que se edificará para el Señor debe ser una estructura magnífica, gloriosa y reconocida en el mundo entero, comenzaré a hacer los preparativos desde ahora». Así que antes de morir, David reunió una enorme cantidad de materiales de construcción.

Luego David mandó llamar a su hijo Salomón y le dio instrucciones para que edificara un templo para el Señor, Dios de Israel. «Hijo mío, yo quería edificar un templo para honrar el nombre del Señor mi Dios —le dijo David—, pero el Señor me dijo: “Tú has matado a muchos hombres en las batallas que has peleado. Puesto que has derramado tanta sangre ante mis ojos, no serás tú el que edifique un templo para honrar mi nombre; pero tendrás un hijo que será un hombre de paz. Le daré paz con sus enemigos de todas las tierras vecinas. Su nombre será Salomón y, durante su reinado, yo le daré a Israel paz y tranquilidad. 10 Es él quien edificará el templo para honrar mi nombre. Él será mi hijo, y yo seré su padre. Además, afirmaré el trono de su reino sobre Israel para siempre”.

11 »Ahora, hijo mío, que el Señor esté contigo y te dé éxito al seguir sus instrucciones en la edificación del templo del Señor tu Dios. 12 Que el Señor te dé sabiduría y entendimiento, para que obedezcas la ley del Señor tu Dios mientras gobiernes a Israel. 13 Pues tendrás éxito si obedeces cuidadosamente los decretos y las ordenanzas que el Señor le dio a Israel por medio de Moisés. ¡Sé fuerte y valiente! ¡No tengas miedo ni te desanimes!

14 »He trabajado mucho para proveer los materiales para construir el templo del Señor. Hay 3400 toneladas de oro, 34.000 toneladas de plata, y tanto hierro y bronce que es imposible pesarlos. También he reunido madera y piedras para las paredes, aunque tal vez necesites agregar más. 15 Cuentas con un buen número de hábiles carpinteros, canteros y artesanos de toda clase. 16 Además, cuentas con expertos en orfebrería y platería, y trabajadores del bronce y del hierro. ¡Ahora, manos a la obra y que el Señor esté contigo!».

17 Después David ordenó a todos los líderes de Israel que ayudaran a Salomón en este proyecto. 18 «El Señor su Dios está con ustedes —les declaró—, y les ha dado paz con las naciones vecinas. Él me las entregó, y ahora están sometidas al Señor y a su pueblo. 19 Busquen al Señor su Dios con todo el corazón y con toda el alma. Edifiquen el santuario del Señor Dios, para que puedan traer el arca del pacto del Señor y los utensilios sagrados de Dios al templo edificado para honrar el nombre del Señor».

Foto: http://bit.ly/1kbtxVk


 

20 de diciembre 2015

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Lectura para hoy:
2 de Samuel 23 y 24

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2 de Samuel 23 (RVR1960) – Últimas palabras de David

Estas son las palabras postreras de David.
    Dijo David hijo de Isaí,
    Dijo aquel varón que fue levantado en alto,
    El ungido del Dios de Jacob,
    El dulce cantor de Israel:

El Espíritu de Jehová ha hablado por mí,
Y su palabra ha estado en mi lengua.
El Dios de Israel ha dicho,
Me habló la Roca de Israel:
Habrá un justo que gobierne entre los hombres,
Que gobierne en el temor de Dios.

Será como la luz de la mañana,
Como el resplandor del sol en una mañana sin nubes,
Como la lluvia que hace brotar la hierba de la tierra.
No es así mi casa para con Dios;
Sin embargo, él ha hecho conmigo pacto perpetuo,
Ordenado en todas las cosas, y será guardado,
Aunque todavía no haga él florecer
Toda mi salvación y mi deseo.

Mas los impíos serán todos ellos como espinos arrancados,
Los cuales nadie toma con la mano;
Sino que el que quiere tocarlos
Se arma de hierro y de asta de lanza,
Y son del todo quemados en su lugar.

Los valientes de David
Estos son los nombres de los valientes que tuvo David: Joseb-basebet el tacmonita, principal de los capitanes; éste era Adino el eznita, que mató a ochocientos hombres en una ocasión. Después de éste, Eleazar hijo de Dodo, ahohíta, uno de los tres valientes que estaban con David cuando desafiaron a los filisteos que se habían reunido allí para la batalla, y se habían alejado los hombres de Israel. 10 Este se levantó e hirió a los filisteos hasta que su mano se cansó, y quedó pegada su mano a la espada. Aquel día Jehová dio una gran victoria, y se volvió el pueblo en pos de él tan sólo para recoger el botín.

11 Después de éste fue Sama hijo de Age, ararita. Los filisteos se habían reunido en Lehi, donde había un pequeño terreno lleno de lentejas, y el pueblo había huido delante de los filisteos. 12 El entonces se paró en medio de aquel terreno y lo defendió, y mató a los filisteos; y Jehová dio una gran victoria.

13 Y tres de los treinta jefes descendieron y vinieron en tiempo de la siega a David en la cueva de Adulam; y el campamento de los filisteos estaba en el valle de Refaim. 14 David entonces estaba en el lugar fuerte, y había en Belén una guarnición de los filisteos. 15 Y David dijo con vehemencia: ¡Quién me diera a beber del agua del pozo de Belén que está junto a la puerta!

16 Entonces los tres valientes irrumpieron por el campamento de los filisteos, y sacaron agua del pozo de Belén que estaba junto a la puerta; y tomaron, y la trajeron a David; mas él no la quiso beber, sino que la derramó para Jehová, diciendo: 17 Lejos sea de mí, oh Jehová, que yo haga esto. ¿He de beber yo la sangre de los varones que fueron con peligro de su vida? Y no quiso beberla. Los tres valientes hicieron esto.

18 Y Abisai hermano de Joab, hijo de Sarvia, fue el principal de los treinta. Este alzó su lanza contra trescientos, a quienes mató, y ganó renombre con los tres. 19 El era el más renombrado de los treinta, y llegó a ser su jefe; mas no igualó a los tres primeros.

20 Después, Benaía hijo de Joiada, hijo de un varón esforzado, grande en proezas, de Cabseel. Este mató a dos leones de Moab; y él mismo descendió y mató a un león en medio de un foso cuando estaba nevando.  21 También mató él a un egipcio, hombre de gran estatura; y tenía el egipcio una lanza en su mano, pero descendió contra él con un palo, y arrebató al egipcio la lanza de la mano, y lo mató con su propia lanza. 22 Esto hizo Benaía hijo de Joiada, y ganó renombre con los tres valientes. 23 Fue renombrado entre los treinta, pero no igualó a los tres primeros. Y lo puso David como jefe de su guardia personal.

24 Asael hermano de Joab fue de los treinta; Elhanán hijo de Dodo de Belén, 25 Sama harodita, Elica harodita, 26 Heles paltita, Ira hijo de Iques, tecoíta, 27 Abiezer anatotita, Mebunai husatita, 28 Salmón ahohíta, Maharai netofatita, 29 Heleb hijo de Baana, netofatita, Itai hijo de Ribai, de Gabaa de los hijos de Benjamín, 30 Benaía piratonita, Hidai del arroyo de Gaas, 31 Abi-albón arbatita, Azmavet barhumita, 32 Eliaba saalbonita, Jonatán de los hijos de Jasén, 33 Sama ararita, Ahíam hijo de Sarar, ararita, 34 Elifelet hijo de Ahasbai, hijo de Maaca, Eliam hijo de Ahitofel, gilonita, 35 Hezrai carmelita, Paarai arbita, 36 Igal hijo de Natán, de Soba, Bani gadita, 37 Selec amonita, Naharai beerotita, escudero de Joab hijo de Sarvia, 38 Ira itrita, Gareb itrita, 39 Urías heteo; treinta y siete por todos.

2 de Samuel 24 (RVR1960) – David censa al pueblo
1 Volvió a encenderse la ira de Jehová contra Israel, e incitó a David contra ellos a que dijese: Ve, haz un censo de Israel y de Judá. Y dijo el rey a Joab, general del ejército que estaba con él: Recorre ahora todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Beerseba, y haz un censo del pueblo, para que yo sepa el número de la gente.

Joab respondió al rey: Añada Jehová tu Dios al pueblo cien veces tanto como son, y que lo vea mi señor el rey; mas ¿por qué se complace en esto mi señor el rey? Pero la palabra del rey prevaleció sobre Joab y sobre los capitanes del ejército. Salió, pues, Joab, con los capitanes del ejército, de delante del rey, para hacer el censo del pueblo de Israel. Y pasando el Jordán acamparon en Aroer, al sur de la ciudad que está en medio del valle de Gad y junto a Jazer.

Después fueron a Galaad y a la tierra baja de Hodsi; y de allí a Danjaán y a los alrededores de Sidón. Fueron luego a la fortaleza de Tiro, y a todas las ciudades de los heveos y de los cananeos, y salieron al Neguev de Judá en Beerseba. Después que hubieron recorrido toda la tierra, volvieron a Jerusalén al cabo de nueve meses y veinte días. Y Joab dio el censo del pueblo al rey; y fueron los de Israel ochocientos mil hombres fuertes que sacaban espada, y los de Judá quinientos mil hombres.

10 Después que David hubo censado al pueblo, le pesó en su corazón; y dijo David a Jehová: Yo he pecado gravemente por haber hecho esto; mas ahora, oh Jehová, te ruego que quites el pecado de tu siervo, porque yo he hecho muy neciamente. 11 Y por la mañana, cuando David se hubo levantado, vino palabra de Jehová al profeta Gad, vidente de David, diciendo: 12 Ve y di a David: Así ha dicho Jehová: Tres cosas te ofrezco; tú escogerás una de ellas, para que yo la haga.

13 Vino, pues, Gad a David, y se lo hizo saber, y le dijo: ¿Quieres que te vengan siete años de hambre en tu tierra? ¿o que huyas tres meses delante de tus enemigos y que ellos te persigan? ¿o que tres días haya peste en tu tierra? Piensa ahora, y mira qué responderé al que me ha enviado.  14 Entonces David dijo a Gad: En grande angustia estoy; caigamos ahora en mano de Jehová, porque sus misericordias son muchas, mas no caiga yo en manos de hombres.

15 Y Jehová envió la peste sobre Israel desde la mañana hasta el tiempo señalado; y murieron del pueblo, desde Dan hasta Beerseba, setenta mil hombres. 16 Y cuando el ángel extendió su mano sobre Jerusalén para destruirla, Jehová se arrepintió de aquel mal, y dijo al ángel que destruía al pueblo: Basta ahora; detén tu mano. Y el ángel de Jehová estaba junto a la era de Arauna jebuseo.

17 Y David dijo a Jehová, cuando vio al ángel que destruía al pueblo: Yo pequé, yo hice la maldad; ¿qué hicieron estas ovejas? Te ruego que tu mano se vuelva contra mí, y contra la casa de mi padre. 18 Y Gad vino a David aquel día, y le dijo: Sube, y levanta un altar a Jehová en la era de Arauna jebuseo. 19 Subió David, conforme al dicho de Gad, según había mandado Jehová; 20 y Arauna miró, y vio al rey y a sus siervos que venían hacia él. Saliendo entonces Arauna, se inclinó delante del rey, rostro a tierra.

21 
Y Arauna dijo: ¿Por qué viene mi señor el rey a su siervo? Y David respondió: Para comprar de ti la era, a fin de edificar un altar a Jehová, para que cese la mortandad del pueblo. 22 Y Arauna dijo a David: Tome y ofrezca mi señor el rey lo que bien le pareciere; he aquí bueyes para el holocausto, y los trillos y los yugos de los bueyes para leña. 23 Todo esto, oh rey, Arauna lo da al rey. Luego dijo Arauna al rey: Jehová tu Dios te sea propicio.

24 Y el rey dijo a Arauna: No, sino por precio te lo compraré; porque no ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada. Entonces David compró la era y los bueyes por cincuenta siclos de plata. 25 Y edificó allí David un altar a Jehová, y sacrificó holocaustos y ofrendas de paz; y Jehová oyó las súplicas de la tierra, y cesó la plaga en Israel.

Foto: http://bit.ly/1k8CqPn


 

19 de diciembre 2015

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Lectura para hoy:
2 de Samuel 20, 21 y 22

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2 de Samuel 20 (NTV) – Revuelta de Seba
Sucedió que había un alborotador allí de nombre Seba, hijo de Bicri, un hombre de la tribu de Benjamín. Seba tocó un cuerno de carnero y comenzó a repetir:
«¡Abajo la dinastía de David!
    No nos interesa para nada el hijo de Isaí.
Vamos, hombres de Israel,
    todos a sus casas».

Así que todos los hombres de Israel abandonaron a David y siguieron a Seba, hijo de Bicri. Pero los hombres de Judá se quedaron con su rey y lo escoltaron desde el río Jordán hasta Jerusalén.

Cuando David llegó a su palacio en Jerusalén, tomó a las diez concubinas que había dejado para que cuidaran el palacio y las puso en reclusión. Les proveyó para sus necesidades, pero no volvió a acostarse con ninguna. De modo que cada una de ellas vivió como una viuda hasta que murió.

Luego David le dijo a Amasa: «Moviliza al ejército de Judá dentro de tres días y enseguida preséntate aquí». Así que Amasa salió a notificar a la tribu de Judá, pero le llevó más tiempo del que le fue dado. Por eso David le dijo a Abisai: «Seba, hijo de Bicri, nos va a causar más daño que Absalón. Rápido, toma a mis tropas y persíguelo antes de que llegue a alguna ciudad fortificada donde no podamos alcanzarlo».

Entonces Abisai y Joab, junto con la guardia personal del rey y todos sus poderosos guerreros salieron de Jerusalén para perseguir a Seba. Al llegar a la gran roca de Gabaón, Amasa les salió al encuentro. Joab llevaba puesta su túnica militar con una daga sujeta a su cinturón. Cuando dio un paso al frente para saludar a Amasa, sacó la daga de su vaina.

«¿Cómo estás, primo mío?», dijo Joab, y con la mano derecha lo tomó por la barba como si fuera a besarlo. 10 Amasa no se dio cuenta de la daga que tenía en la mano izquierda, y Joab se la clavó en el estómago, de manera que sus entrañas se derramaron por el suelo. Joab no necesitó volver a apuñalarlo, y Amasa pronto murió. Joab y su hermano Abisai lo dejaron tirado allí y siguieron en busca de Seba.

11 Uno de los jóvenes de Joab les gritó a las tropas de Amasa: «Si están a favor de Joab y David, vengan y sigan a Joab». 12 Pero como Amasa yacía bañado en su propia sangre en medio del camino, y el hombre de Joab vio que todos se detenían para verlo, lo arrastró fuera del camino hasta el campo y le echó un manto encima. 13 Con el cuerpo de Amasa quitado de en medio, todos continuaron con Joab a capturar a Seba, hijo de Bicri.

14 Mientras tanto, Seba recorría todas las tribus de Israel y finalmente llegó a la ciudad de Abel-bet-maaca. Todos los miembros de su propio clan, los bicritas, se reunieron para la batalla y lo siguieron a la ciudad. 15 Cuando llegaron las fuerzas de Joab, atacaron Abel-bet-maaca. Construyeron una rampa de asalto contra las fortificaciones de la ciudad y comenzaron a derribar la muralla.

16 Pero una mujer sabia de la ciudad llamó a Joab y le dijo:
—Escúcheme, Joab. Venga aquí para que pueda hablar con usted.
17 Cuando Joab se acercó, la mujer le preguntó:
—¿Es usted Joab?
—Sí, soy yo —le respondió.

Entonces ella dijo:
—Escuche atentamente a su sierva.
—Estoy atento —le dijo.
18 Así que ella continuó:
—Había un dicho que decía: “Si quieres resolver una disputa, pide consejo en la ciudad de Abel”. 19 Soy alguien que ama la paz y que es fiel en Israel, pero usted está por destruir una ciudad importante de Israel. ¿Por qué quiere devorar lo que le pertenece al Señor?

20 Joab contestó:
—¡Créame, no quiero devorar ni destruir su ciudad! 21 Ese no es mi propósito. Lo único que quiero es capturar a un hombre llamado Seba, hijo de Bicri, de la zona montañosa de Efraín, quien se rebeló contra el rey David. Si ustedes me entregan a ese hombre, dejaré a la ciudad en paz.—Muy bien —respondió la mujer—, arrojaremos su cabeza sobre la muralla.

22 Enseguida la mujer se dirigió a todo el pueblo con su sabio consejo, y le cortaron la cabeza a Seba y se la arrojaron a Joab. Así que Joab tocó el cuerno de carnero, llamó a sus tropas y se retiraron del ataque. Todos volvieron a sus casas y Joab regresó a Jerusalén para encontrarse con el rey.

23 Ahora bien, Joab era el comandante del ejército de Israel; Benaía, hijo de Joiada, era el capitán de la guardia personal del rey. 24 Adoniram estaba a cargo del trabajo forzado; Josafat, hijo de Ahilud, era el historiador real. 25 Seva era el secretario de la corte; Sadoc y Abiatar eran los sacerdotes, 26 e Ira, un descendiente de Jair, era el sacerdote personal de David.

2 de Samuel 21 (NTV) – David cobra venganza por los gabaonitas
Durante el reinado de David hubo un hambre que duró tres años. Entonces David consultó al Señor, y el Señor dijo: «El hambre se debe a que Saúl y su familia son culpables de la muerte de los gabaonitas».

Entonces el rey mandó llamar a los gabaonitas. No formaban parte de Israel, pero eran todo lo que quedaba de la nación de los amorreos. El pueblo de Israel había jurado no matarlos, pero Saúl, en su celo por Israel y Judá, trató de exterminarlos. David les preguntó:
—¿Qué puedo hacer por ustedes? ¿Cómo puedo compensarlos para que ustedes vuelvan a bendecir al pueblo del Señor?
—Bueno, el dinero no puede resolver este asunto entre nosotros y la familia de Saúl —le contestaron los gabaonitas—. Tampoco podemos exigir la vida de cualquier persona de Israel.
—¿Qué puedo hacer entonces? —preguntó David—. Solo díganme, y lo haré por ustedes.

Ellos respondieron:
—Fue Saúl quien planeó destruirnos, para impedir que tengamos un lugar en el territorio de Israel. Así que entréguennos siete hijos de Saúl, y los ejecutaremos delante del Señor en Gabaón en el monte del Señor.
—Muy bien —dijo el rey— lo haré.

Debido al juramento que David y Jonatán habían hecho delante del Señor, el rey le perdonó la vida a Mefiboset, el hijo de Jonatán, nieto de Saúl. Sin embargo, les entregó a los dos hijos de Saúl, Armoni y Mefiboset, cuya madre fue Rizpa la hija de Aja. También les entregó a los cinco hijos de la hija de Saúl, Merab, la esposa de Adriel, hijo de Barzilai de Mehola. Los hombres de Gabaón los ejecutaron en el monte delante del Señor. Los siete murieron juntos al comienzo de la cosecha de la cebada.

10 Después Rizpa, la hija de Aja y madre de dos de los hombres, extendió una tela áspera sobra una roca y permaneció allí toda la temporada de la cosecha. Ella evitó que las aves carroñeras despedazaran los cuerpos durante el día e impidió que los animales salvajes se los comieran durante la noche.

11 Cuando David supo lo que había hecho Rizpa, la concubina de Saúl, 12 fue a ver a la gente de Jabes de Galaad para recuperar los huesos de Saúl y de su hijo Jonatán. (Cuando los filisteos mataron a Saúl y a Jonatán en el monte Gilboa, la gente de Jabes de Galaad robó sus cuerpos de la plaza pública de Bet-sán donde los filisteos los habían colgado). 13 De esa manera David obtuvo los huesos de Saúl y Jonatán, al igual que los huesos de los hombres que los gabaonitas habían ejecutado.

14 Luego el rey ordenó que enterraran los huesos en la tumba de Cis, padre de Saúl, en la ciudad de Zela, en la tierra de Benjamín. Después Dios hizo que terminara el hambre en la tierra.

Batallas contra los gigantes filisteos
15 Una vez más los filisteos estaban en guerra con Israel. Y cuando David y sus hombres estaban en lo más reñido de la pelea, a David se le acabaron las fuerzas y quedó exhausto. 16 Isbi-benob era un descendiente de los gigantes; la punta de bronce de su lanza pesaba más de tres kilos, y estaba armado con una espada nueva. Había acorralado a David y estaba a punto de matarlo. 17 Pero Abisai, hijo de Sarvia, llegó al rescate de David y mató al filisteo. Entonces los hombres de David declararon: «¡No volverás a salir con nosotros a la batalla! ¿Por qué arriesgarnos a que se apague la luz de Israel?».

18 Después hubo otra batalla contra los filisteos en Gob. Mientras peleaban, Sibecai de Husa mató a Saf, otro descendiente de los gigantes. 19 Durante otra batalla en Gob, Elhanán, hijo de Jair, de Belén, mató al hermano de Goliat de Gat. ¡El asta de su lanza era tan gruesa como un rodillo de telar!

20 En otra batalla contra los filisteos en Gat, se enfrentaron con un hombre enorme que tenía seis dedos en cada mano y seis en cada pie, veinticuatro dedos en total, que era también descendiente de los gigantes. 21 Pero cuando desafió a los israelitas y se mofó de ellos, lo mató Jonatán, hijo de Simea, hermano de David. 22 Estos cuatro filisteos eran descendientes de los gigantes de Gat, pero David y sus guerreros los mataron.

2 de Samuel 22 (NTV) – Cántico de alabanza de David
David entonó este cántico al Señor el día que el Señor lo rescató de todos sus enemigos y de Saúl. Cantó así:

«El Señor es mi roca, mi fortaleza y mi salvador;
3 mi Dios, mi roca, en quien encuentro protección.
Él es mi escudo, el poder que me salva
    y mi lugar seguro.
Él es mi refugio, mi salvador,
    el que me libra de la violencia.

Clamé al Señor, quien es digno de alabanza,
    y me salvó de mis enemigos.
»Las olas de la muerte me envolvieron;
    me arrasó una inundación devastadora.
La tumba me envolvió con sus cuerdas;
    la muerte me tendió una trampa en el camino.

Pero en mi angustia, clamé al Señor;
    sí, clamé a Dios por ayuda.
Él me oyó desde su santuario;
    mi clamor llegó a sus oídos.

»Entonces la tierra se estremeció y tembló;
    se sacudieron los cimientos de los cielos;
    temblaron a causa de su enojo.
De su nariz salía humo a raudales,
    de su boca saltaban violentas llamas de fuego;
    carbones encendidos se disparaban de él.

10 Abrió los cielos y descendió;
    
había oscuras nubes de tormenta debajo de sus pies.
11 Voló montado sobre un poderoso ser angelical,
    remontándose sobre las alas del viento.

12 Se envolvió con un manto de oscuridad
    y ocultó su llegada con densas nubes de lluvia.
13 Un gran resplandor brilló alrededor de él,
    y carbones encendidos se dispararon.

14 El Señor retumbó desde el cielo;
    
la voz del Altísimo resonó.
15 Disparó flechas y dispersó a sus enemigos;
    destelló su relámpago, y ellos quedaron confundidos.

16 Luego, a la orden del Señor,
    a la ráfaga de su aliento,
pudo verse el fondo del mar,
    y los cimientos de la tierra quedaron al descubierto.

17 »Él extendió la mano desde el cielo y me rescató;
    me sacó de aguas profundas.
18 Me rescató de mis enemigos poderosos,
    de los que me odiaban y eran demasiado fuertes para mí.

19 Me atacaron en un momento de angustia,
    pero el Señor me sostuvo.
20 Me condujo a un lugar seguro;
    me rescató porque en mí se deleita.

21 El Señor me recompensó por hacer lo correcto;
    me restauró debido a mi inocencia.
22 Pues he permanecido en los caminos del Señor;
    no me he apartado de mi Dios para seguir el mal.
23 He seguido todas sus ordenanzas,
    nunca he abandonado sus decretos.
24 Soy intachable delante de Dios;
    me he abstenido del pecado.

25 El Señor me recompensó por hacer lo correcto;
    ha visto mi inocencia.
26 »Con los fieles te muestras fiel;
    a los íntegros les muestras integridad.
27 Con los puros te muestras puro,
    pero te muestras astuto con los tramposos.
28 Rescatas al humilde,
    pero tus ojos observan al orgulloso y lo humillas.

29 Oh Señor, tú eres mi lámpara;
    el Señor ilumina mi oscuridad.
30 Con tu fuerza puedo aplastar a un ejército;
    con mi Dios puedo escalar cualquier muro.

31 »El camino de Dios es perfecto.
    Todas las promesas del Señor demuestran ser verdaderas.
    
Él es escudo para todos los que buscan su protección.
32 Pues, ¿quién es Dios aparte del Señor?
    ¿Quién más que nuestro Dios es una roca sólida?

33 Dios es mi fortaleza firme,
    y hace perfecto mi camino.
34 Me hace andar tan seguro como un ciervo,
    para que pueda pararme en las alturas de las montañas.
35 Entrena mis manos para la batalla;
    fortalece mi brazo para tensar un arco de bronce.

36 Me has dado tu escudo de victoria;
    tu ayuda me ha engrandecido.
37 Has trazado un camino ancho para mis pies
    a fin de evitar que resbalen.
38 »Perseguí a mis enemigos y los destruí;
    no paré hasta verlos derrotados.
39 Los consumí;
    los herí de muerte para que no pudieran levantarse;
    cayeron debajo de mis pies.

40 Me has armado de fuerza para la batalla;
    has sometido a mis enemigos debajo de mis pies.
41 Pusiste mi pie sobre su cuello;
    destruí a todos los que me odiaban.
42 Buscaron ayuda, pero nadie fue a rescatarlos.
    Hasta clamaron al Señor, pero él se negó a responder.

43 Los molí tan fino como el polvo de la tierra;
    los pisoteé en la cuneta como lodo.
44 »Me diste la victoria sobre los que me acusaban.
    Me preservaste como gobernante de naciones;
    ahora me sirve gente que ni siquiera conozco.
45 Naciones extranjeras se arrastran ante mí;
    en cuanto oyen hablar de mí, se rinden.
46 Todas pierden el valor
    y salen temblando de sus fortalezas.

47 »¡El Señor vive! ¡Alabanzas a mi Roca!
    ¡Exaltado sea Dios, la Roca de mi salvación!
48 Él es el Dios que da su merecido a los que me dañan;
    él derriba a las naciones y las pone bajo mi control,
49  y me libra de mis enemigos.
Tú me mantienes seguro, lejos del alcance de mis enemigos;
    me salvas de violentos oponentes.

50 Por eso, oh Señor, te alabaré entre las naciones;
    cantaré alabanzas a tu nombre.
51 Le das grandes victorias a tu rey;
    le muestras inagotable amor a tu ungido,
    a David y a todos sus descendientes para siempre».

Foto: http://bit.ly/1RXfel4


 

18 de diciembre 2015

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Lectura para hoy:
Patriarcas y Profetas p. 804 – 807

Escúchalo aquí

David dividió sus fuerzas en tres batallones bajo el mando de Joab, Abisaí e Ittai el geteo, respectivamente. Al principio quiso dirigir él personalmente su ejército en el campo de batalla; pero protestaron vehementemente contra esto los oficiales de su ejército, los consejeros y el pueblo. “No saldrás — dijeron;— porque si nosotros huyéramos, no harán caso de nosotros; y aunque la mitad de nosotros muera, no harán caso de nosotros: mas tú ahora vales tanto como diez mil de nosotros. Será pues mejor que tú nos des ayuda desde la ciudad. Entonces el rey les dijo: Yo haré lo que bien os pareciere.”

Las largas filas del ejército rebelde podían divisarse perfectamente desde las murallas de la ciudad. El usurpador estaba acompañado por una hueste inmensa, en comparación de la cual la fuerza de David no parecía sino un puñado de hombres. Pero mientras el rey miraba las fuerzas rebeldes, el pensamiento que predominaba en su mente no se refería a la corona y al reino, ni tampoco a su propia vida, que dependían de la batalla. El corazón del padre rebosaba de amor y lástima para con su hijo rebelde.

Mientras el ejército salía por las puertas de la ciudad, David animó a sus fieles soldados a que prosiguieran adelante, confiando en que el Dios de Israel les daría la victoria. Pero aun entonces no pudo reprimir su amor por Absalón. Cuando Joab, encabezando la primera columna, pasó por donde estaba su rey, el vencedor de cien batallas inclinó su cabeza orgullosa para oír el último mensaje del monarca que, con voz temblorosa, le decía: “Tratad benignamente por amor de mí al mozo Absalom.” Y a Abisaí e Ittai les hizo el mismo encargo: “Tratad benignamente por amor de mí al mozo Absalom.” Pero la solicitud y el cuidado del rey, que parecía declarar que quería más a Absalón que al reino, aun más que a los súbditos fieles a su trono, no hizo sino aumentar la indignación de los soldados contra el.

La batalla se riñó en un bosque cercano al Jordán, donde las grandes fuerzas del ejército de Absalón no eran sino una desventaja para él. Entre las espesuras y los pantanos del bosque, estas tropas indisciplinadas se confundieron y se volvieron ingobernables. “Y allí cayó el pueblo de Israel delante de los siervos de David, e hízose allí en aquel día una gran matanza de veinte mil hombres.” Viendo Absalón que la jornada estaba perdida, se dio vuelta para huir, pero se le trabó la cabeza entre dos ramas de un árbol muy extendido, y su mula, saliéndose de debajo de él, le dejó suspendido inerme, y presa fácil para sus enemigos.

En esta condición lo encontró un soldado, que por no disgustar al rey, le perdonó la vida, pero informó a Joab de lo que había visto. Joab no se dejó refrenar por ningún escrúpulo. El había tratado amistosamente a Absalón, y obtenido dos veces una reconciliación con David, pero su confianza había sido traicionada vergonzosamente. De no haber obtenido Absalón ventajas por la intercesión de Joab, esta rebelión, con todos sus horrores, no habría ocurrido. Ahora estaba en la mano de Joab destruir de un solo golpe al instigador de toda esta maldad. “Y tomando tres dardos en sus manos, hincólos en el corazón de Absalom, que aun estaba vivo en medio del alcornoque. . . . Tomando después a Absalom, echáronle en un gran hoyo en el bosque, y levantaron sobre él un muy grande montón de piedras.”

Así perecieron los causantes de la rebelión en Israel. Ahitofel había muerto por su propia mano. Absalón, el de aspecto principesco, cuya hermosura gloriosa había sido el orgullo de Israel, había sido abatido en pleno vigor de la juventud, su cadáver arrojado a un hoyo y cubierto de un montón de piedras, en señal de oprobio eterno. Durante su vida Absalón se había construido un monumento costoso en el valle del rey, pero el único monumento que marcó su tumba fue aquel montón de piedras en el desierto.

Una vez muerto el jefe de la rebelión, Joab hizo tocar la trompeta para llamar a su ejército que perseguía a la hueste enemiga en su huida, y en seguida se enviaron mensajeros para que llevaran las noticias al rey.

El vigía que estaba sobre la muralla de la ciudad, mirando hacia el campo de batalla, columbró a un hombre que venía corriendo solo. Pronto un segundo hombre se hizo visible. Mientras el primero se acercaba, el centinela le dijo al rey, que esperaba a un lado de la puerta: “Paréceme el correr del primero como el correr de Ahimaas, hijo de Sadoc. Y respondió el rey: Ese es hombre de bien, y viene con buena nueva. Entonces Ahimaas dijo en alta voz al rey: Paz. E inclinóse a tierra delante del rey, y dijo: Bendito sea Jehová Dios tuyo, que ha entregado a los hombres que habían levantado sus manos contra mi señor el rey.” A la pregunta ansiosa del rey: “¿El mozo Absalom tiene paz?” Ahimaas dio una respuesta evasiva.

Vino el segundo mensajero, gritando: “Reciba nueva mi señor el rey, que hoy Jehová ha defendido tu causa de la mano de todos los que se habían levantado contra ti.” Nuevamente salió de los labios del padre la pregunta ansiosa: “¿El mozo Absalom tiene paz?” No pudiendo ocultar el mensajero la grave noticia, le contestó: “Como aquel mozo sean los enemigos de mi señor el rey, y todos los que se levantan contra ti para mal.” Esto bastó. David no hizo más preguntas, sino que cabizbajo, “subióse a la sala de la puerta, y lloró; y yendo, decía así: ¡Hijo mío Absalom, hijo mío, hijo mío Absalom! ¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalom, hijo mío, hijo mío!”

El ejército victorioso, regresando del campo de batalla, se acercaba a la ciudad, y sus gritos de triunfo repercutían por las colinas vecinas. Pero al entrar por la puerta de la ciudad, sus gritos se apagaban, sus manos dejaban bajar los estandartes, y con mirada abatida, avanzaban más como quienes hubiesen sufrido una derrota que como vencedores. Porque el rey no los esperaba para darles la bienvenida, sino que se oía desde la cámara de sobre la puerta su llanto lastimero: “¡Hijo mío Absalom, hijo mío, hijo mío Absalom! ¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalom, hijo mío, hijo mío!” “Y volvióse aquel día la victoria en luto para todo el pueblo; porque oyó decir el pueblo aquel día que el rey tenía dolor por su hijo. Entróse el pueblo aquel día en la ciudad escondidamente, como suele entrar a escondidas el pueblo avergonzado que ha huido de la batalla.”

Joab se llenó de indignación. Dios les había dado nuevo motivo de triunfo y alegría; la rebelión más grande que jamás se hubiera visto en Israel había sido deshecha; y sin embargo, esta gran victoria era trocada en luto en honor de aquel cuyo crimen había costado la sangre de miles de hombres valientes.

El rudo y brusco capitán se abrió paso hasta la presencia del rey y osadamente le dijo:
“Hoy has avergonzado el rostro de todos tus siervos, que han hoy librado tu vida, y la vida de tus hijos y de tus hijas, . . . amando a los que te aborrecen, y aborreciendo a los que te aman: porque hoy has declarado que nada te importan tus príncipes y siervos; pues hoy echo de ver que si Absalom viviera, bien que nosotros todos estuviéramos hoy muertos, entonces te contentaras. Levántate pues ahora, y sal fuera, y halaga a tus siervos: porque juro por Jehová, que si no sales, ni aun uno quede contigo esta noche; y de esto te pesará más que de todos los males que te han sobrevenido desde tu mocedad hasta ahora.”

A pesar de que este reproche era duro y cruel para el rey de corazón quebrantado, David no se resintió por él. Viendo que su general estaba en lo justo, bajó y fue a la puerta, y con palabras de aliento y elogio saludó a sus valientes soldados mientras pasaban frente a él.

Foto: http://bit.ly/22bSO43

 

17 de diciembre 2015

79634483_5d8521cb10_zLectura para hoy:
Patriarcas y Profetas p. 800 – 803

Escúchalo aquí.

Ahitofel había sido muy estimado por su sabiduría, pero le faltaba la luz que viene de Dios. “El temor de Jehová es el principio de la sabiduría” (Prov. 9: 10), y este temor, Ahitofel no lo poseía; de otra manera difícilmente habría fundado el éxito de la traición en el crimen del incesto. Los hombres de corazón corrompido maquinan la impiedad, como si no hubiese una Providencia capaz de predominar para contrariar sus designios; pero “el que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos.” (Sal. 2: 4) El Señor declara: “No quisieron mi consejo, y menospreciaron toda reprensión mía: comerán pues del fruto de su camino, y se hartarán de sus consejos. Porque el reposo de los ignorantes los matará, y la prosperidad de los necios los echará a perder.”(Prov. 1:30-32.)

Habiendo tenido éxito en el plan destinado a afianzar su propia seguridad, Ahitofel señaló insistentemente a Absalón la necesidad de obrar inmediatamente contra David. “Yo escogeré ahora doce mil hombres, y me levantaré, y seguiré a David esta noche —dijo;— y daré sobre él cuando él estará cansado y flaco de manos: lo atemorizaré, y todo el pueblo que está con él huirá, y heriré al rey solo. Así tornaré a todo el pueblo a ti.”

Este proyecto fue aprobado por los consejeros del rey. Si se lo hubiese puesto en práctica, David habría sido muerto seguramente a menos que el Señor se hubiese interpuesto directamente para salvarlo. Pero una sabiduría aun más alta que la del renombrado Ahitofel dirigía los acontecimientos. “Porque había Jehová ordenado que el acertado consejo de Ahitofel se frustrara, para que Jehová hiciese venir el mal sobre Absalon.”

A Husai no se le había llamado al concilio, y no quiso intervenir sin que se lo pidieran, por temor de que se sospechara de él como espía; pero después que se hubo dispersado la asamblea, Absalón que tenía en alto aprecio el juicio del consejero de su padre, le sometió el plan de Ahitofel. Husai vio que, de seguirse el plan propuesto, David estaría perdido. Y dijo:

“El consejo que ha dado esta vez Ahitofel no es bueno. Y añadió Husai: Tú sabes que tu padre y los suyos son hombres valientes, y que están con amargura de ánimo, como la osa en el campo cuando le han quitado los hijos. Además, tu padre es hombre de guerra, y no tendrá la noche con el pueblo. He aquí el estará ahora escondido en alguna cueva, o en otro lugar.” Alegó que si las fuerzas de Absalón persiguiesen a David no capturarían al rey; y si sufriesen algún revés, ello tendería a descorazonarlas, y haría gran daño a la causa de Absalón. “Porque —dijo— todo Israel sabe que tu padre es hombre valiente, y que los que están con él son esforzados.”

Y sugirió luego un plan atrayente para una naturaleza vana, egoísta y aficionada a hacer ostentación de poder: “Aconsejo pues que todo Israel se junte a ti, desde Dan hasta Beerseba, en multitud como la arena que está a la orilla de la mar, y que tú en persona vayas a la batalla. Entonces le acometeremos en cualquier lugar que pudiere hallarse, y daremos sobre él como cuando el rocío cae sobre la tierra, y ni uno dejaremos de él, y de todos los que con él están. Y si se recogiera en alguna ciudad, todos los de Israel traerán sogas a aquella ciudad, y la arrastraremos hasta el arroyo, que nunca más parezca piedra de ella.

“Entonces Absalon y todos los de Israel dijeron: El consejo de Husai Arachita es mejor que el consejo de Ahitofel.” Pero hubo uno que no fue engañado, y que previó claramente el resultado de este error fatal de Absalón. Ahitofel sabía que la causa de los rebeldes estaba perdida. Y sabía que cualquiera que fuese la suerte del príncipe, no había esperanza para el consejero que había instigado sus mayores crímenes. Ahitofel había animado a Absalón en la rebelión; le había aconsejado que cometiera las maldades más abominables, en deshonra de su padre; había aconsejado que se matara a David, y había proyectado cómo lograrlo; había eliminado para siempre la última posibilidad de que él mismo se reconciliara con el rey; y ahora otro le era preferido, aun por el mismo Absalón.

Celoso, airado y desesperado, “levantóse, y fuese a su casa en su ciudad; y después de disponer acerca de su casa, ahorcóse y murió.” Tal fue el resultado de la sabiduría de uno que, no obstante sus grandes talentos, no tuvo a Dios como su consejero. Satanás seduce a los hombres con promesas halagadoras, pero al final toda alma comprobará que “la paga del pecado es muerte.” (Rom. 6: 23)

No estando seguro Husai de que su consejo fuese seguido por el rey inconstante, no perdió tiempo en advertir a David que huyera sin demora más allá del Jordán. Husai envió a los sacerdotes el siguiente mensaje, que ellos habían de transmitir por intermedio de sus hijos: “Así y así aconsejó Ahitofel a Absalón y a los ancianos de Israel: y de esta manera aconsejé yo. Por tanto, . . . no quedes esta noche en los campos del desierto, sino pasa luego el Jordán, porque el rey no sea consumido, y todo el pueblo que con él está.”

Los jóvenes que se encargaron de llevar el mensaje fueron perseguidos porque se sospechó de ellos, pero lograron llevar a cabo su peligrosa misión. David, estando harto rendido de trabajo y de dolor después de aquel primer día de huida, recibió el mensaje que le aconsejaba cruzar el Jordán aquella noche, pues su hijo trataba de matarle.

¿Cuáles eran en este peligro terrible los sentimientos del padre y rey, tan cruelmente agraviado? ¿Con qué palabras expresó lo que sentía su alma el que era “hombre valiente,” guerrero y rey, cuya palabra era ley, ahora traicionado por un hijo a quien había amado y mimado y en quien había confiado imprudentemente, mientras era agraviado y abandonado por los súbditos ligados a él por los vínculos más estrechos del honor y de la lealtad?

En la hora de su prueba más negra, el corazón de David se apoyó en Dios, y cantó:
“¡Oh Jehová, cuánto se han multiplicado mis enemigos! Muchos se levantan contra mí. Muchos dicen de mi vida: No hay para él salud en Dios. Mas tú Jehová, eres escudo alrededor de mí: Mi gloria, y el que ensalza mi cabeza. Con mi voz clamé a Jehová, y él me respondió desde el monte de su santidad. Yo me acosté, y dormí, y desperté; Porque Jehová me sostuvo. No temeré de diez millares de pueblos, que pusieren cerco contra mí. . . . De Jehová es la salud; Sobre tu pueblo será tu bendición.” (Salmo 3.)

David y toda su compañía de guerreros y estadistas, ancianos y jóvenes, mujeres y niños, cruzaron el profundo y caudaloso río de corriente rápida, protegidos por la sombra de la noche, “antes que amaneciese; ni siquiera faltó uno que no pasase el Jordán.”

David y sus fuerzas se retiraron a Mahanaim, que había sido la sede real de Is-boseth. Esta era una ciudad poderosamente fortificada, rodeada de una región montañosa favorable para la retirada en caso de guerra. La comarca tenía abundancia de provisiones, y el pueblo se mostraba amigo de la causa de David. Se le unieron muchos partidarios, en tanto que los ricos cabecillas de las tribus le traían abundantes regalos de provisiones y otras cosas necesarias.

El consejo de Husai había logrado su objeto, al proporcionar a David la oportunidad de escapar; pero no se podía refrenar mucho tiempo al príncipe temerario e impetuoso; y pronto emprendió la persecución de su padre. “Y Absalón pasó el Jordán con toda la gente de Israel.” Absalón hizo a Amasa, hijo de Abigail, hermana de David, comandante en jefe de sus fuerzas. Su ejército era grande, pero era indisciplinado y mal preparado para enfrentarse con los soldados probados de su padre.

Foto: http://bit.ly/1P8uokx

16 de diciembre 2015

Manos

Lectura para hoy:
Patriarcas y Profetas p. 796 – 799

Escúchalo aquí.

Durante la prosperidad de David, Semei no había demostrado mediante sus palabras o hechos que no era un súbdito leal. Pero cuando la aflicción sobrecogió al rey, este descendiente de la tribu de Benjamín reveló su verdadero carácter. Había honrado a David cuando éste ocupaba el trono, pero lo maldecía en su desgracia. Vil y egoísta, consideraba a los demás como poseedores del mismo carácter y bajo la inspiración de Satanás, volcó su odio contra el hombre a quien Dios había castigado. El espíritu que induce al hombre a pisotear, vilipendiar o afligir al que está atribulado, es el espíritu de Satanás.

Las acusaciones de Semei contra David eran del todo falsas, eran una calumnia sin fundamento y maligna. David no era culpable de ningún agravio contra Saúl ni contra su familia. Cuando Saúl estuvo completamente en su poder, y pudo haberle dado muerte, se limitó a cortar la orilla de su manto, y hasta se reprochó por haber mostrado esta falta de respeto al ungido del Señor. David había dado pruebas evidentes de que consideraba sagrada la vida humana hasta cuando él mismo era perseguido como fiera.

Un día mientras estaba escondido en la cueva de Adullam, recordó la libertad sin aflicciones de su niñez, y el fugitivo exclamó: “¡Quién me diera a beber del agua de la cisterna de Beth-lehem, que está a la puerta!” (2 Sam. 23: 13-17.) Belén estaba entonces en manos de los filisteos; pero tres hombres valientes de la guardia de David atravesaron las líneas filisteas, y trajeron agua de Belén. David no pudo beberla. “Lejos sea de mi, oh Jehová, que yo haga esto — exclamó.— ¿He de beber yo la sangre de los varones que fueron con peligro de su vida?” Y reverentemente derramó el agua en ofrenda a Dios. David había sido guerrero; y gran parte de su vida había transcurrido entre escenas de violencia; pero entre todos los que pasaron por tal prueba, pocos son en verdad los que hayan sido tan poco afectados por su influencia endurecedora y desmoralizadora como lo fue David.

El sobrino de David, Abisaí, uno de sus capitanes más valientes, no pudo escuchar con paciencia las palabras insultantes de Semei. “¿Por qué maldice este perro muerto a mi señor el rey? —exclamó.— Yo te ruego que me dejes pasar, y quitaréle la cabeza. “Pero el rey se lo prohibió. “He aquí —dijo,— mi hijo que ha salido de mis entrañas, acecha a mi vida: ¿cuánto más ahora un hijo de Benjamín? Dejadle que maldiga, que Jehová se lo ha dicho. Quizá mirará Jehová a mi aflicción, y me dará Jehová bien por sus maldiciones de hoy.”

La conciencia le estaba diciendo verdades amargas y humillantes a David. Mientras que sus súbditos fieles se preguntaban el porqué de este repentino cambio de fortuna, éste no era un misterio para el rey. A menudo había tenido presentimientos de una hora como ésta. Se había sorprendido de que Dios hubiera soportado durante tanto tiempo sus pecados y hubiera dilatado la retribución que merecía. Y ahora en su precipitada y triste huida, con los pies descalzos, y habiendo trocado su manto real por saco y ceniza, y mientras los lamentos de los que le seguían despertaban los ecos de las colinas, pensó en su amada capital, en el sitio que había sido escenario de su pecado, y al recordar las bondades y la paciencia de Dios, no quedó del todo sin esperanza. Creyó que el Señor aun le trataría con misericordia.

Más de un obrador de iniquidad ha excusado su propio pecado señalando la caída de David; pero ¡cuán pocos son los que manifiestan la penitencia y la humildad de David! ¡Cuán pocos soportarían la reprensión y la retribución con la paciencia y la fortaleza que él manifestó! El había confesado su pecado, y durante muchos años había procurado cumplir su deber como fiel siervo de Dios; había trabajado por la edificación de su reino, y éste había alcanzado bajo su gobierno una fortaleza y una prosperidad nunca logradas antes. Había reunido enormes cantidades de material para la construcción de la casa de Dios; y ahora, ¿iba a ser barrido todo el trabajo de su vida? ¿Debían los resultados de muchos años de labor consagrada, la obra del genio, de la devoción y del buen gobierno, pasar a las manos de su hijo traidor y temerario, que no consideraba el honor de Dios ni la prosperidad de Israel? ¡Cuán natural hubiera parecido que David murmurase contra Dios en esta gran aflicción.

Pero él vio en su propio pecado la causa de su dificultad. Las palabras del profeta Miqueas respiran el espíritu que alentó el corazón de David: “Aunque more en tinieblas, Jehová será mi luz. La ira de Jehová soportaré, porque pequé contra él, hasta que juzgue mi causa y haga mi juicio.” (Miq. 7: 8, 9.) Y el Señor no abandonó a David. Este capítulo de su experiencia cuando, sufriendo los insultos más crueles y los agravios más severos, se muestra humilde, desinteresado, generoso y sumiso, es uno de los más nobles de toda su historia. Jamás fue el gobernante de Israel más verdaderamente grande a los ojos del cielo que en esta hora de más profunda humillación exterior.

Si Dios hubiera permitido que David continuase sin reprensión por su pecado, y que permaneciera en paz y prosperidad en su trono mientras estaba violando los preceptos divinos, el escéptico y el infiel habrían tenido alguna excusa para citar la historia de David como un oprobio para la religión de la Biblia. Pero en la aflicción por la que hizo pasar a David, el Señor muestra que no puede tolerar ni excusar el pecado. Y la historia de David nos permite ver también los grandes fines que Dios tiene en perspectiva en su manera de tratar con el pecado; nos permite seguir, aun a través de los castigos más tenebrosos, el desenvolvimiento de sus propósitos de misericordia y de beneficencia. Hizo pasar a David bajo la vara, pero no lo destruyó: el horno es para purificar, pero no para consumir. El Señor dice “Si dejaron sus hijos mi ley, y no anduvieren en mis juicios; si profanaron mis estatutos, y no guardaren mis mandamientos; entonces visitaré con vara su rebelión, y con azotes sus iniquidades. Mas no quitaré de él mi misericordia, ni falsearé mi verdad.” (Sal. 89: 30-33)

Poco después que David abandonó a Jerusalén, entraron Absalón y su ejército, y sin lucha alguna, tomaron posesión de la fortaleza de Israel. Husai se encontró entre los primeros que saludaron al monarca recién coronado, y el príncipe se quedó sorprendido y satisfecho al ver que el viejo amigo y consejero de su padre se le acercaba. Absalón estaba seguro de su éxito. Hasta entonces sus proyectos habían prosperado, y deseoso de fortalecer su trono y obtener la confianza de la nación, dio la bienvenida a Husai en su corte.

Absalón estaba ahora rodeado de un gran ejército, pero éste se componía en su mayor parte de hombres inexpertos en la guerra. Aun no habían luchado. Ahitofel sabía muy bien que la situación de David estaba muy lejos de ser desesperada. La gran mayoría de la nación seguía siéndole fiel; estaba rodeado de guerreros probados y fieles a su rey, y su ejército estaba dirigido por generales capaces y experimentados. Ahitofel sabía que después de la primera explosión de entusiasmo en favor del nuevo rey, vendría una reacción. Si la rebelión fracasaba, Absalón podría tal vez obtener una reconciliación con su padre; entonces Ahitofel, como principal consejero, sería considerado como el más culpable en la rebelión; y sobre él caería el castigo más severo.

Para evitar que Absalón retrocediera, Ahitofel le aconsejó una acción que en los ojos de toda la nación haría imposible la reconciliación. Con astucia infernal, este estadista mañoso y sin principios instó a Absalón que añadiera el crimen del incesto al de la rebelión. A la vista de todo Israel, había de tomar para sí todas las concubinas de su padre, según la costumbre de las naciones orientales, declarando así que había sucedido al trono de su padre. Y Absalón llevó a cabo esa vil sugestión.

Así se cumplió la palabra que Dios había dirigido a David por medio del profeta: “He aquí yo levantaré sobre ti el mal de tu misma casa, y tomaré tus mujeres delante de tus ojos, y las daré a tu prójimo…. Porque tú lo hiciste en secreto: mas yo haré esto delante de todo Israel, y delante del sol.” (2 Sam. 12: 11, 12.) No era que Dios instigara estos actos de impiedad; sino que a causa del pecado de David, el Señor no ejerció su poder para evitarlos.

15 de diciembre 2015

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Lectura para hoy:
Patriarcas y Profetas p. 792 – 795

Escúchalo aquí.

Al llegar a Hebrón, Absalón llamó inmediatamente a Ahitofel, uno de los principales consejeros de David, hombre de mucha fama por su sabiduría, cuya opinión era considerada tan segura y tan sabia como la de un oráculo. Ahitofel se unió a los conspiradores, y su apoyo hizo que pareciera asegurado el éxito de la causa de Absalón, y trajo a su estandarte a muchos hombres de influencia de todas partes del reino. Cuando la trompeta de la rebelión sonó, los espías que el príncipe tenía diseminados por todo el país difundieron la noticia de que Absalón era rey, y gran parte del pueblo se congregó alrededor de él.

Mientras tanto, la alarma se transmitió al rey en Jerusalén. David se despertó de repente, para ver estallar la rebelión cerca de su trono. Su propio hijo, al que amaba y en el cual confiaba, había estado conspirando para apoderarse de la corona e indudablemente para quitarle la vida. En su gran peligro, David sacudió la depresión que por tanto tiempo le había embargado, y con el ánimo de sus años mozos se preparó para hacer frente a esta terrible emergencia. Absalón estaba reuniendo sus fuerzas en Hebrón, a una distancia de sólo treinta kilómetros. Pronto estarían los rebeldes a las puertas de Jerusalén.

Desde su palacio, David contemplaba su capital, “hermosa provincia, el gozo de toda la tierra, . . . la ciudad del gran Rey.” (Sal. 48: 2.) Le estremecía el pensamiento de exponerla a la carnicería y a la devastación. ¿Debía llamar en su auxilio a los súbditos que seguían leales al trono, y resistir para conservar la capital? ¿Debía permitir que Jerusalén fuera bañada en sangre? Tomó su decisión. Los horrores de la guerra no caerían sobre la ciudad escogida. Abandonaría Jerusalén, y luego probaría la fidelidad de su pueblo, dándole una oportunidad de reunirse para apoyarle. En esta gran crisis, era su deber hacia Dios y hacia su pueblo mantener la autoridad de la cual el Cielo le había investido. Confiaría a Dios la resolución del conflicto.

Con humildad y dolor, David salió por la puerta de Jerusalén, alejado de su trono, de su palacio y del arca de Dios, por la insurrección de su hijo amado. El pueblo le seguía en larga y triste procesión como un séquito fúnebre. Acompañaba al rey su guardia personal, compuesta de cereteos, peleteos y trescientos geteos de Gath bajo el mando de Ittai. Pero David, con su altruismo característico, no podía consentir que estos extranjeros,  que habían buscado su protección, participasen en su calamidad. Expresó su sorpresa de que estuvieran dispuestos a hacer este sacrificio por él.

“Y dijo el rey a Ittai Getheo: ¿Para qué vienes tú también con nosotros? vuélvete y quédate con el rey; porque tú eres extranjero, y desterrado también de tu lugar. ¿Ayer viniste, y téngote de hacer hoy que mudes lugar para ir con nosotros? Yo voy como voy: tú vuélvete, y haz volver a tus hermanos; en ti haya misericordia y verdad.” Ittai le contestó: “Vive Dios, y vive mi señor el rey, que, o para muerte o para vida, donde mi señor el rey estuviera, allí estará también tu siervo.” Estos hombres habían sido convertidos del paganismo al culto de Jehová, y ahora probaban noblemente su fidelidad a su Dios y a su rey. Con corazón agradecido, David aceptó la devoción de ellos en su causa que aparentemente se hundía, y todos cruzaron el arroyo de Cedrón, en camino hacia el desierto.

Nuevamente la procesión hizo alto. Una compañía vestida de indumentaria sagrada se aproximaba. “Y he aquí, también iba Sadoc, y con él todos los Levitas que llevaban el arca del pacto de Dios.” Los que seguían a David vieron en esto un buen augurio. La presencia de aquel símbolo sagrado era para ellos una garantía de su liberación y de su victoria final. Inspiraría valor al pueblo para reunirse alrededor del rey. La ausencia del arca de Jerusalén infundiría terror a los partidarios de Absalón.

Al ver el arca, el corazón de David se llenó por un momento breve de regocijo y esperanza. Pero pronto le embargaron otros pensamientos. Como soberano designado para regir la herencia de Dios, le incumbía una solemne responsabilidad. Lo que más preocupaba al rey de Israel no eran sus intereses personales, sino la gloria de Dios y el bienestar de su pueblo. Dios, que moraba entre los querubines, había dicho con respecto a Jerusalén: “Este es mi reposo para siempre” (Sal. 132: 14), y sin autorización divina, ni los sacerdotes ni el rey tenían derecho a remover de su lugar el símbolo de su presencia. Y David sabía que su corazón y su vida debían estar en armonía con los preceptos divinos; de lo contrario el arca sería un instrumento de desastre antes que de éxito.

Recordaba siempre su gran pecado. Reconocía en esta conspiración el justo castigo de Dios. Había sido desenvainada la espada que no había de apartarse de su casa. Ignoraba cuáles serían los resultados de la lucha; y no le tocaba a él quitar de la capital de la nación los sagrados estatutos que representaban la voluntad del Soberano divino de ella, y que eran la constitución del reino y el fundamento de su prosperidad. Ordenó a Sadoc: “Vuelve el arca de Dios a la ciudad; que si yo hallare gracia en los ojos de Jehová, él me volverá, y me hará ver a ella y a su tabernáculo: y si dijere: No me agradas: aquí estoy, haga de mí lo que bien le pareciere.”

David agregó: “¿No eres tú el vidente?” Es decir un hombre designado por Dios para instruir al pueblo. “Vuélvete en paz a la ciudad; y con vosotros vuestros dos hijos, tu hijo Ahimaas, y Jonathán, hijo de Abiathar. Mirad, yo me detendré en los campos del desierto, hasta que venga respuesta de vosotros que me dé aviso.” En la ciudad los sacerdotes podrían prestarle buenos servicios averiguando todos los movimientos y propósitos de los rebeldes y comunicándolos secretamente al rey por medio de sus hijos, Ahimaas y Jonatán.

Al regresar los sacerdotes a Jerusalén, una sombra más densa cayó sobre la muchedumbre en retirada. Al ver a su rey fugitivo, y a sí misma desterrada y abandonada por el arca de Dios, le pareció el futuro obscuro y cargado de terror y negros presentimientos. “Y David subió la cuesta de las olivas; y subióla llorando, llevando la cabeza cubierta, y los pies descalzos. También todo el pueblo que tenía consigo cubrió cada uno su cabeza, y subieron llorando así como subían.

“Y dieron aviso a David, diciendo: Ahitofel está entre los que conspiraron con Absalom.” Nuevamente, David se vio obligado a reconocer en sus calamidades los resultados de su propio pecado. La deserción de Ahitofel, el más capaz y astuto de los dirigentes políticos, era motivada por un deseo de vengar el deshonor de familia entrañado en el agravio hecho a Betsabé, que era su nieta. “Entonces dijo David: Entontece ahora, oh Jehová, el consejo de Ahitofel.”

Al llegar a la cumbre del monte, el rey se postró en oración, confiando a Dios la carga de su alma e implorando humildemente la misericordia divina. Pareció que su oración era contestada en seguida. Husai, el arachita, consejero sabio y capaz, que había resultado ser un amigo fiel de David, se presentó ahora ante él con su indumentaria rasgada, y con tierra en la cabeza, para unir su suerte a la del rey destronado y fugitivo. David vio, como por iluminación divina, que este hombre fiel y leal era el que se necesitaba para servir a los intereses del rey en los consejos de la capital. A pedido de David, Husai volvió a Jerusalén, para ofrecer sus servicios a Absalón, y neutralizar el artero consejo de Ahitofel.
Con este rayo de luz en las tinieblas, el rey y su séquito continuaron su marcha y descendieron por la ladera oriental del monte de los Olivos, a través de un desierto rocalloso y desolado, pasando por quebradas salvajes y a lo largo de senderos pedregosos y escarpados, en dirección al Jordán. “Y vino el rey David hasta Bahurim: y he aquí, salía uno de la familia de la casa de Saúl, el cual se llamaba Semei, hijo de Gera; y salía maldiciendo, y echando piedras contra David, y contra todos los siervos del rey David: y todo el pueblo, y todos los hombres valientes estaban a su diestra y a su siniestra. Y decía Semei, maldiciéndole: Sal, sal, varón de sangres, y hombre de Belial: Jehová te ha dado el pago de toda la sangre de la casa de Saúl, en lugar del cual tú has reinado: mas Jehová ha entregado el reino en mano de tu hijo Absalom; y hete aquí sorprendido en tu maldad, porque eres varón de sangres.”

Foto: http://bit.ly/1RjRPdY

 

14 de diciembre 2015

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Lectura para hoy:
Patriarcas y Profetas p. 788 – 791

Escúchalo aquí.

Como a otros de los hijos de David, a Amnón se le había permitido acostumbrarse a satisfacer sus gustos y apetitos egoístas. Había procurado conseguir todo lo que pensaba en su corazón, haciendo caso omiso de los mandamientos de Dios. A pesar de su gran pecado, Dios lo había soportado mucho tiempo. Durante dos años, le había dado oportunidad de arrepentirse; pero continuó en el pecado, y cargado con su culpa fue abatido por la muerte, a la espera del terrible tribunal del juicio.

David había descuidado su obligación de castigar el crimen de Amnón, y a causa de la infidelidad del rey y padre, y por la impenitencia del hijo, el Señor permitió que los acontecimientos siguieran su curso natural, y no refrenó a Absalón. Cuando los padres o los gobernantes descuidan su deber de castigar la iniquidad, Dios mismo toma el caso en sus manos. Su poder refrenador se desvía hasta cierta medida de los instrumentos del mal, de modo que se produzca una serie de circunstancias que castigue al pecado con el pecado.

Los resultados funestos de la injusta complacencia de David hacia Amnón no terminaron con esto; pues entonces principió el desafecto de Absalón con su padre. Cuando el joven príncipe huyó a Gesur, David, creyendo que el crimen de su hijo exigía algún castigo, le negó permiso para regresar. Pero esto tendió a aumentar más bien que disminuir los males inexplicables que enredaban al rey. Absalón, hombre enérgico, ambicioso y sin principios, al quedar, por su destierro, impedido de participar en los asuntos del reino, no tardó en entregarse a maquinaciones peligrosas.

Al cabo de dos años, Joab resolvió efectuar una reconciliación entre el padre y el hijo. Con este objeto, consiguió los servicios de una mujer de Tecoa, famosa por su prudencia. Habiendo recibido instrucciones de Joab, la mujer se presentó ante David como una viuda cuyos dos hijos habían sido su único consuelo y apoyo. En una disputa uno de ellos había muerto al otro, y ahora todos los parientes de la familia exigían que el sobreviviente fuese entregado al vengador de la sangre. “Así —dijo— apagarán el ascua que me ha quedado, no dejando a mi marido nombre ni reliquia sobre la tierra.” Los sentimientos del rey fueron conmovidos por esta súplica, y aseguró a la mujer la protección real para su hijo.

Después de obtener del rey repetidas promesas de seguridad para el joven, la mujer imploró su tolerancia para declararle que él había hablado como culpable, porque no había hecho volver a casa a su desterrado. “Porque — dijo— de cierto morimos, y somos como aguas derramadas por tierra, que no pueden volver a recogerse: ni Dios quita la vida, sino que arbitra medio para que su desviado no sea de él excluido.”

Este cuadro tierno y conmovedor del amor de Dios hacia el pecador, que provenía, como en realidad así era, de Joab, el soldado rudo, es una evidencia sorprendente de cuán familiarizados estaban los israelitas con las grandes verdades de la redención. El rey, sintiendo su propia necesidad de la misericordia de Dios, no pudo resistir esta súplica. Ordenó a Joab: “Ve, y haz volver al mozo Absalom.”

Se le permitió a Absalón que volviera a Jerusalén pero no que se presentara en la corte ni ante su padre. David había comenzado a ver los efectos de su complacencia hacia sus hijos; y aunque amaba tiernamente a este hijo hermoso y tan bien dotado, creyó necesario manifestar su aborrecimiento por su crimen, como una lección tanto para Absalón como para el pueblo. Absalón vivió durante dos años en su propia casa, pero alejado de la corte. Su hermana vivía con él, y la presencia de ella mantenía vivo el recuerdo del agravio irreparable que ella había sufrido.

En opinión del pueblo, el príncipe era un héroe más bien que un delincuente. Y teniendo esta ventaja, se puso a ganarse el corazón del pueblo. Su aspecto personal era tal que conquistaba la admiración de todos los que le veían. “Y no había en todo Israel hombre tan hermoso como Absalom, de alabar en gran manera: desde la planta de su pie hasta la mollera no había en él defecto.” No fue prudente de parte del rey dejar a un hombre del carácter de Absalón, ambicioso, impulsivo y apasionado, para que cavilara durante dos años sobre supuestos agravios. Y la acción de David, al permitirle regresar a Jerusalén, y sin embargo, negarse a admitirle en su presencia, le granjeó al hijo la simpatía del pueblo.

David, que recordaba siempre su propia transgresión de la ley de Dios, parecía estar moralmente paralizado; se revelaba débil e irresoluto mientras que antes de su pecado había, sido valeroso y decidido. Había disminuido su influencia con el pueblo; y todo esto favorecía los designios de su hijo desnaturalizado.

Gracias a la influencia de Joab, Absalón fue nuevamente admitido en la presencia de su padre; pero aunque exteriormente hubo reconciliación, él continuó con sus proyectos ambiciosos. Asumió una condición casi de realeza, haciendo que carros y caballos, y cincuenta hombres, corrieran delante de él adondequiera que fuera. Y mientras que el rey se inclinaba cada vez más al deseo de retraimiento y soledad, Absalón buscaba con halagos el favor popular.

La influencia de la irresolución y apatía de David se extendía a sus subordinados; la negligencia y la dilación caracterizaban la administración de la justicia. Arteramente, Absalón sacaba ventaja de toda causa de desafecto. Día tras día, se podía ver a ese hombre de semblante noble a la puerta de la ciudad, donde una multitud de suplicantes aguardaba para presentarle sus agravios en procura de que fuesen reparados. Absalón se rozaba con ellos, oía sus agravios, y expresaba cuánto simpatizaba con ellos por sus sufrimientos y cuánto lamentaba la falta de eficiencia del gobierno. Después de escuchar la historia de un hombre de Israel, el príncipe respondía: “Mira, tus palabras son buenas y justas: mas no tienes quien te oiga por el rey,” y agregaba: “¡Quien me pusiera por juez en la tierra, para que viniesen a mí todos los que tienen pleito o negocio, que yo les haría justicia! Y acontecía que, cuando alguno se llegaba para inclinarse a él, él extendía la mano, y lo tomaba, y lo besaba.”

Fomentado por las arteras insinuaciones del príncipe, el descontento con el gobierno cundía rápidamente. Todos los labios alababan a Absalón. Se le tenía generalmente por heredero del trono; el pueblo lo consideraba con orgullo digno del alto puesto, y se encendió el deseo de que él ocupara el trono. “Así robaba Absalom el corazón de los de Israel.” No obstante, el rey, cegado por el amor a su hijo, no sospechaba nada. La condición de realeza que Absalón había asumido era considerada por David como destinada a honrar su corte, como una expresión de júbilo por la reconciliación.

Una vez preparados los ánimos del pueblo para lo que había de seguir, Absalón envió secretamente entre las tribus a hombres escogidos, para que concertaran medidas tendientes a una revuelta. Adoptó entonces el manto de la devoción religiosa para ocultar sus propósitos traidores. Un voto que había hecho mucho tiempo antes, cuando estaba desterrado, debía cumplirse en Hebrón. Absalón dijo al rey: “Yo te ruego me permitas que vaya a Hebrón, a pagar mi voto que he prometido a Jehová: porque tu siervo hizo voto cuando estaba en Gesur en Siria, diciendo: Si Jehová me volviere a Jerusalem, yo serviré a Jehová.” El padre cariñoso, consolado con esta evidencia de piedad en su hijo, le despidió con su bendición.

La conspiración había madurado completamente. El acto culminante de hipocresía de Absalón tenía por objeto no sólo cegar al rey, sino también afirmar la confianza del pueblo, y seguir incitándolo a la rebelión contra el rey que Dios había escogido.

Absalón salió para Hebrón, y fueron con él “doscientos hombres de Jerusalem por él convidados, los cuales iban en su sencillez, sin saber nada.” Estos hombres fueron con Absalón sin soñar que su amor por el hijo los llevaba a la rebelión contra el padre.

Foto: http://bit.ly/1WsQ1TG

13 de diciembre 2015

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Lectura para hoy:
1 Crónicas 11:15-47
Patriarcas y Profetas p. 787

Escúchalo aquí.

1 Crónicas 11:15-47 (RVR1960)
15 Y tres de los treinta principales descendieron a la peña a David, a la cueva de Adulam, estando el campamento de los filisteos en el valle de Refaim. 16 David estaba entonces en la fortaleza, y había entonces guarnición de los filisteos en Belén. 17 David deseó entonces, y dijo: ¡Quién me diera de beber de las aguas del pozo de Belén, que está a la puerta!

18 Y aquellos tres rompieron por el campamento de los filisteos, y sacaron agua del pozo de Belén, que está a la puerta, y la tomaron y la trajeron a David; mas él no la quiso beber, sino que la derramó para Jehová, y dijo: 19 Guárdeme mi Dios de hacer esto. ¿Había yo de beber la sangre y la vida de estos varones, que con peligro de sus vidas la han traído? Y no la quiso beber. Esto hicieron aquellos tres valientes.

20 Y Abisai, hermano de Joab, era jefe de los treinta, el cual blandió su lanza contra trescientos y los mató, y ganó renombre con los tres. 21 Fue el más ilustre de los treinta, y fue el jefe de ellos, pero no igualó a los tres primeros. 22 Benaía hijo de Joiada, hijo de un varón valiente de Cabseel, de grandes hechos; él venció a los dos leones de Moab; también descendió y mató a un león en medio de un foso, en tiempo de nieve. 23 El mismo venció a un egipcio, hombre de cinco codos de estatura; y el egipcio traía una lanza como un rodillo de tejedor, mas él descendió con un báculo, y arrebató al egipcio la lanza de la mano, y lo mató con su misma lanza. 24 Esto hizo Benaía hijo de Joiada, y fue nombrado con los tres valientes. 25 Y fue el más distinguido de los treinta, pero no igualó a los tres primeros. A éste puso David en su guardia personal.

26 Y los valientes de los ejércitos: Asael hermano de Joab, Elhanan hijo de Dodo de Belén, 27 Samot harodita, Heles pelonita; 28 Ira hijo de Iques tecoíta, Abiezer anatotita, 29 Sibecai husatita, Ilai ahohíta, 30 Maharai netofatita, Heled hijo de Baana netofatita, 31 Itai hijo de Ribai, de Gabaa de los hijos de Benjamín, Benaía piratonita, 32 Hurai del río Gaas, Abiel arbatita, 33 Azmavet barhumita, Eliaba saalbonita, 34 los hijos de Hasem gizonita, Jonatán hijo de Sage ararita, 35 Ahíam hijo de Sacar ararita, Elifal hijo de Ur, 36 Hefer mequeratita, Ahías pelonita, 37 Hezro carmelita, Naarai hijo de Ezbai, 38 Joel hermano de Natán, Mibhar hijo de Hagrai,  39 Selec amonita, Naharai beerotita, escudero de Joab hijo de Sarvia, 40 Ira itrita, Gareb itrita, 41 Urías heteo, Zabad hijo de Ahlai, 42 Adina hijo de Siza rubenita, príncipe de los rubenitas, y con él treinta, 43 Hanán hijo de Maaca, Josafat mitnita, 44 Uzías astarotita, Sama y Jehiel hijos de Hotam aroerita; 45 Jediael hijo de Simri, y Joha su hermano, tizita, 46 Eliel mahavita, Jerebai y Josavía hijos de Elnaam, Itma moabita, 47 Eliel, Obed, y Jaasiel mesobaíta.

Patriarcas y Profetas p. 787
Capítulo 72 – La Rebelión de Absalón
“Él debe pagar la cordera con cuatro tantos,” había sido la sentencia que David había dictado inconscientemente contra sí mismo, al oír la parábola del profeta Natán; y debía ser juzgado en conformidad con su propia sentencia. Iban a caer cuatro de sus hijos, y la pérdida de cada uno de ellos sería el resultado del pecado del padre.

David dejó pasar desapercibido el crimen vergonzoso de Amnón, el primogénito, sin castigarlo ni reprenderlo. La ley castigaba con la muerte al adúltero, y el crimen desnaturalizado de Amnón le hacía doblemente culpable. Pero David, sintiéndose él mismo condenado por su propio pecado, no llevó al delincuente a la justicia. Durante dos largos años, Absalón, el protector natural de la hermana tan vilmente agraviada, ocultó su propósito de venganza, pero tan sólo para dar un golpe más certero al fin. En un festín de los hijos del rey, el borracho e incestuoso Amnón fue muerto por orden de su hermano.

Un castigo doble había caído sobre David. Se le llevó este terrible mensaje: “Absalom ha muerto a todos los hijos del rey, que ninguno de ellos ha quedado. Entonces levantándose David, rasgó sus vestidos, y echóse en tierra, y todos sus criados, rasgados sus vestidos, estaban delante.” Los hijos del rey, al regresar alarmados a Jerusalén, le revelaron a su padre la verdad: sólo Amnón había sido muerto; “y alzando su voz lloraron. Y también el mismo rey y todos sus siervos lloraron con muy grandes lamentos.” Pero Absalón huyó a Talmai, rey de Gesur y padre de su madre.

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12 de diciembre 2015

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Lectura para hoy:
2 de Samuel 19

Escúchalo aquí.

2 de Samuel 19 (NTV) – Joab reprende al rey
Pronto le llegó a Joab la noticia de que el rey estaba llorando y haciendo duelo por Absalón. A medida que el pueblo se enteraba del profundo dolor del rey por su hijo, la alegría por la victoria se tornaba en profunda tristeza. Ese día todos regresaron sigilosamente a la ciudad, como si estuvieran avergonzados y hubieran desertado de la batalla. El rey se cubrió el rostro con las manos y seguía llorando: «¡Oh, Absalón, hijo mío! ¡Oh, Absalón, hijo mío, hijo mío!».

Entonces Joab fue a la habitación del rey y le dijo: «Hoy salvamos su vida y la de sus hijos e hijas, sus esposas y concubinas. Sin embargo, al actuar de esa forma hace que nos sintamos avergonzados de nosotros mismos. Parece que usted ama a los que lo odian y odia a los que lo aman. Hoy nos ha dejado muy en claro que sus comandantes y sus tropas no significan nada para usted. Pareciera que si Absalón hubiera vivido y todos nosotros estuviéramos muertos, estaría contento. Ahora salga y felicite a sus tropas, porque si no lo hace, le juro por el Señor que ni uno solo de ellos permanecerá aquí esta noche. Entonces quedará peor que antes».

Así que el rey salió y tomó su lugar a las puertas de la ciudad y, a medida que se corría la voz por la ciudad de que él estaba allí, todos iban a él.  Mientras tanto, los israelitas que habían apoyado a Absalón huyeron a sus casas. Y por todas las tribus de Israel había mucha discusión y disputa. La gente decía: «El rey nos rescató de nuestros enemigos y nos salvó de los filisteos, pero Absalón lo echó del país. 10 Ahora Absalón, a quien ungimos para que nos gobernara, está muerto. ¿Por qué no pedirle a David que regrese y sea nuestro rey otra vez?».

11 Entonces el rey David envió a los sacerdotes Sadoc y Abiatar para que les dijeran a los ancianos de Judá: «¿Por qué son ustedes los últimos en dar la bienvenida al rey en su regreso al palacio? Pues he oído que todo Israel está listo. 12 ¡Ustedes son mis parientes, mi propia tribu, mi misma sangre! ¿Por qué son los últimos en dar la bienvenida al rey?».

13 Además David les pidió que le dijeran a Amasa: «Como eres de mi misma sangre, al igual que Joab, que Dios me castigue y aun me mate si no te nombro comandante de mi ejército en su lugar». 14 Así que Amasa convenció a todos los hombres de Judá, y ellos respondieron unánimemente. Y le mandaron a decir al rey: «Regrese a nosotros, y traiga de vuelta a todos los que lo acompañan».

David regresa a Jerusalén
15 Así que el rey emprendió su regreso a Jerusalén. Cuando llegó al río Jordán, la gente de Judá fue hasta Gilgal para encontrarse con él y escoltarlo hasta el otro lado del río. 16 Simei, hijo de Gera, el hombre de Bahurim de Benjamín, se apresuró a cruzar junto con los hombres de Judá para darle la bienvenida al rey David. 17 Otros mil hombres de la tribu de Benjamín estaban con él, entre ellos Siba, el sirviente principal de la casa de Saúl, los quince hijos de Siba y sus veinte sirvientes. Bajaron corriendo hasta llegar al Jordán para recibir al rey. 18 Cruzaron los vados del Jordán para llevar a todos los de la casa del rey al otro lado del río, ayudándolo en todo lo que pudieron.

Misericordia de David con Simei
Cuando el rey estaba a punto de cruzar el río, Simei cayó de rodillas ante él. 19 Mi señor el rey, por favor, perdóneme —le rogó—. Olvide la terrible cosa que su siervo hizo cuando usted dejó Jerusalén. Que el rey lo borre de su mente. 20 Estoy consciente de cuánto he pecado. Es por eso que he venido aquí este día, siendo el primero en todo Israel en recibir a mi señor el rey.

21 Entonces Abisai hijo de Sarvia dijo:
—¡Simei debe morir, porque maldijo al rey ungido por el Señor!
22 —¿Quién les pidió su opinión a ustedes, hijos de Sarvia? —exclamó David—. ¿Por qué hoy se han convertido en mis adversarios? ¡Este no es un día de ejecución, pues hoy he vuelto a ser el rey de Israel!
23 Entonces, volviéndose a Simei, David juró:
—Se te perdonará la vida.

Bondad de David hacia Mefiboset
24 Ahora bien, Mefiboset, el nieto de Saúl, descendió de Jerusalén para encontrarse con el rey. No había cuidado sus pies, cortado su barba ni lavado su ropa desde el día en que el rey dejó Jerusalén.
25 —¿Por qué no viniste conmigo, Mefiboset? —le preguntó el rey.
26 Mefiboset contestó:
—Mi señor el rey, mi siervo Siba me engañó. Le dije: “Ensilla mi burro para que pueda ir con el rey”. Pues como usted sabe, soy lisiado. 27 Siba me calumnió cuando dijo que me negué a venir. Pero sé que mi señor el rey es como un ángel de Dios, así que haga como mejor le parezca. 28 Todos mis parientes y yo solo podíamos esperar la muerte de su parte, mi señor, ¡pero en cambio me honró al permitirme comer a su propia mesa! ¿Qué más puedo pedir? 29 —Ya dijiste suficiente —respondió David—. He decidido que tú y Siba se dividan tu tierra en partes iguales. 30 —Désela toda a él —dijo Mefiboset—. ¡Estoy satisfecho con que haya vuelto a salvo, mi señor el rey!

Bondad de David con Barzilai
31 Barzilai de Galaad había descendido de Rogelim para escoltar al rey a cruzar el Jordán.32 Era muy anciano —tenía ochenta años de edad— y muy rico. Él fue quien proveyó el alimento para el rey durante el tiempo que pasó en Mahanaim. 33 —Cruza el río conmigo y quédate a vivir en Jerusalén —le dijo el rey a Barzilai—. Y allí me haré cargo de ti. 34 —No —le respondió—, soy demasiado viejo para ir con el rey a Jerusalén. 35 Ahora tengo ochenta años de edad, y ya no puedo disfrutar de nada. La comida y el vino ya no tienen sabor, tampoco puedo oír las voces de los cantantes. Sería nada más una carga para mi señor el rey. 36 ¡Tan solo cruzar el río Jordán con el rey es todo el honor que necesito! 37 Después déjeme regresar para que muera en mi ciudad, donde están enterrados mi padre y mi madre. Pero aquí está su siervo, mi hijo Quimam; permítale que él vaya con mi señor el rey y que reciba lo que usted quiera darle. 38 —Muy bien —acordó el rey—. Quimam irá conmigo, y lo ayudaré en cualquier forma que tú quieras; haré por ti cualquier cosa que desees.

39 Luego toda la gente cruzó el Jordán junto con el rey. Después que David lo hubo bendecido y besado, Barzilai regresó a su propia casa. 40 El rey cruzó el Jordán hacia Gilgal, y llevó a Quimam con él. Todas las tropas de Judá y la mitad de las de Israel escoltaron al rey en su camino.

Discusión sobre el rey
41 Pero todos los hombres de Israel se quejaron con el rey:
—Los hombres de Judá se adueñaron del rey y no nos dieron el honor de ayudarlo a usted ni a los de su casa ni a sus hombres a cruzar el Jordán.
42 Los hombres de Judá respondieron:
—El rey es un pariente cercano. ¿Por qué tienen que enojarse por eso? ¡No hemos tocado la comida del rey ni hemos recibido algún favor especial!
43 —Pero hay diez tribus en Israel —respondieron los otros—. De modo que tenemos diez veces más derecho sobre el rey que ustedes. ¿Qué derecho tienen de tratarnos con tanto desprecio? ¿Acaso no fuimos nosotros los primeros en hablar de traerlo de regreso para que fuera de nuevo nuestro rey?

La discusión continuó entre unos y otros, y los hombres de Judá hablaron con más dureza que los de Israel.

Foto: http://bit.ly/1Q926Ki