29 de agosto 2015

Amurallada
Lectura para hoy:
Patriarcas y Profetas p. 551-554

Escúchalo aquí.

“Y después que acabaron de repartir la tierra en heredad,” y cuando ya todas las tribus habían recibido la heredad que les tocara, Josué presentó su derecho. A él, como a Caleb, se le había prometido una herencia especial; no pidió, sin embargo, una provincia grande, sino una sola ciudad. “Le dieron la ciudad que él pidió; … y él reedificó la ciudad, y habitó en ella.” (Jos. 19: 49, 50.) El nombre que se le puso a la ciudad fue Timnath-sera, “la parte que sobra,” y atestiguó para siempre el carácter noble y espíritu desinteresado del vencedor que, en vez de ser el primero en apropiarse del botín de la victoria, postergó su derecho hasta que los más humildes de su pueblo habían recibido su parte.

Seis de las ciudades dadas a los levitas, tres a cada lado del Jordán, fueron designadas como ciudades, de refugio, a las cuales pudieran huir los homicidas en busca de seguridad. La designación de estas ciudades había sido ordenada por Moisés, para que a ellas pudiera huir “el homicida que hiriere a alguno de muerte por yerro. Y os serán aquellas ciudades por acogimiento del pariente — dijo,— y no morirá el homicida hasta que esté a juicio delante de la congregación.” (Núm. 35: 11, 12.) Lo que hacía necesaria esta medida misericordioso era la antigua costumbre de vengarse particularmente, que encomendaba el castigo del homicida al pariente o heredero más cercano al muerto. En los casos en que la culpabilidad era clara y evidente, no era menester esperar que los magistrados juzgaran al homicida. El vengador podía buscarlo y perseguirlo dondequiera que lo encontrara. El Señor no tuvo a bien abolir esa costumbre
en aquel entonces; pero tomó medidas para afianzar la seguridad de los que sin intención quitaran la vida a
alguien.

Las ciudades de refugio estaban distribuidas de tal manera que había una a medio día de viaje de cualquier parte del país. Los caminos que conducían a ellas habían de conservarse en buen estado; y a lo largo de ellos se habían de poner postes que llevaran en caracteres claros y distintos la inscripción “Refugio” o “Acogimiento”para que el fugitivo no perdiera un solo momento. Cualquiera, ya fuera hebreo, extranjero o peregrino, podía valerse de esta medida. Pero si bien no se debía matar precipitadamente al que no fuera culpable, el que lo fuera no había de escapar al castigo. El caso del fugitivo debía ser examinado con toda equidad por las autoridades competentes, y sólo cuando se comprobaba que era inocente de toda intención homicida podía quedar bajo la protección de las ciudades de asilo. Los culpables eran entregados a los vengadores. Los que tenían derecho a gozar protección podían tenerla tan sólo mientras
permanecieran dentro del asilo designado. El que saliera de los límites prescritos y fuera encontrado por el vengador
de la sangre, pagaba con su vida la pena que entrañaba el despreciar las medidas del Señor. Pero a la muerte del
sumo sacerdote, todos los que habían buscado asilo en las ciudades de refugio quedaban en libertad para volver a sus
respectivas propiedades.

En un juicio por homicidio, no se podía condenar al acusado por la declaración de un solo testigo, aunque hubiera graves pruebas circunstanciales contra él. La orden del Señor fue: “Cualquiera que hiriere a alguno, por dicho de testigos, morirá el homicida: mas un solo testigo no hará fe contra alguna persona que muera.” (Núm. 35: 30.) Fue Cristo quien le dio a Moisés estas instrucciones para Israel; y mientras estaba personalmente con sus discípulos en la tierra, al enseñarles cómo debían tratar a los pecadores, el gran Maestro repitió la lección de que el testimonio de un solo hombre no basta para condenar ni absolver. Las cuestiones en disputa no han de decidirse por las opiniones de un solo hombre. En todos estos asuntos, dos o más han de reunirse y llevar juntos la responsabilidad, “para que en boca de dos o tres testigos
conste toda palabra.” (Mat. 18: 16.)

Si el enjuiciado por homicida era reconocido culpable, ninguna expiación ni rescate podía salvarle. “El que derramare sangre del hombre, por el hombre su sangre será derramada.” “Y no tomaréis precio por la vida del homicida; porque está condenado a muerte: mas indefectiblemente morirá;” “de mi altar lo quitarás para que muera,” éstas fueron las instrucciones de Dios juntamente con las siguientes: “La tierra no será expiada de la sangre que fue derramada en ella, sino por la sangre del que la derramó.” (Gén. 9: 6; Núm. 35: 31-33; Exo. 1: 14.) La seguridad y la pureza de la nación exigía que el pecado de homicidio fuese castigado severamente. La vida humana, que sólo Dios podía dar, debía considerarse sagrada.

Las ciudades de refugio destinadas al antiguo pueblo de Dios eran un símbolo del refugio proporcionado por Cristo. El mismo Salvador misericordioso que designó esas ciudades temporales de refugio proveyó por el derramamiento de su propia sangre un asilo verdadero para los transgresores de la ley de Dios, al cual pueden huir de la segunda muerte y hallar seguridad. No hay poder que pueda arrebatar de sus manos las almas que acuden a él en busca de perdón. “Ahora pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.” “¿Quien es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, quien además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros,” “para que . . . tengamos un fortísimo consuelo, los que nos acogemos a trabarnos de la esperanza propuesta.” (Rom. 8: 1, 34; Heb. 6: 18.)

El que huía a la ciudad de refugio no podía demorarse. Abandonaba su familia y su ocupación. No tenía tiempo para despedirse de los seres amados. Su vida estaba en juego y debía sacrificar todos los intereses para lograr un solo fin: llegar al lugar seguro. Olvidaba su cansancio; y no le importaban las dificultades. No osaba aminorar el paso un solo momento hasta hallarse dentro de las murallas de la ciudad. El pecador está expuesto a la muerte eterna hasta que encuentre un escondite en Cristo; y así como la demora y la negligencia podían privar al fugitivo de su única oportunidad de vivir, también pueden las tardanzas y la indiferencia resultar en ruina del alma. Satanás, el gran adversario, sigue los pasos de todo transgresor de la santa ley de Dios, y el que no se percata del peligro en que se halla y no busca fervorosamente abrigo en el refugio eterno, será víctima del destructor.

El prisionero que en cualquier momento salía de la ciudad de refugio era abandonado a la voluntad del vengador de la sangre. En esa forma se le enseñaba al pueblo a seguir celosamente, los métodos que la sabiduría infinita había designado para su seguridad. Asimismo, no basta que el pecador crea en Cristo para el perdón de sus pecados; debe, mediante la fe y la obediencia, permanecer en él. “Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio por el pecado, sino una horrenda esperanza de juicio, y hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios.” (Heb. 10: 26, 27.)

Dos de las tribus de Israel, Gad y Rubén, con la mitad de la tribu de Manasés, habían recibido su heredad antes de cruzar el Jordán. Para un pueblo de pastores, las anchas llanuras de las tierras altas y valiosos bosques de Galaad y de Basán, que ofrecían extensos campos de pastoreo para sus rebaños y manadas, tenían atractivos que no podían encontrarse en la propia Canaán; y las dos tribus y media, deseando establecerse en esa región, se habían comprometido a proporcionar su cuota de soldados armados para que acompañaran a sus hermanos al otro lado del Jordán y participaran en todas sus batallas hasta que todos entraran en posesión de sus respectivas heredades. Esta obligación se había cumplido fielmente.

Cuando las diez tribus entraron en Canaán, cuarenta mil de “los hijos de Rubén y los hijos de Gad, y la media tribu de Manasés, … armados a punto pasaron hacia la campiña de Jericó delante de Jehová a la guerra.” (Jos. 4: 12, 13.)

Foto: http://bit.ly/1IlWbrk

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