23 de junio 2015

Defeat
Lectura para hoy:
Patriarcas y Profetas p. 414-416

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¡Cuán terriblemente enceguecidos los había dejado su transgresión! Jamás les había mandado el Señor que subieran y pelearan. No quería él que obtuvieran posesión de la tierra por la guerra, sino mediante la obediencia estricta a sus mandamientos.

Aunque sin sufrir el menor cambio de corazón, el pueblo había confesado cuán inicua y estúpida había sido su rebelión al oír el relato de los espías. Ahora veían el valor de la bendición que tan impetuosamente habían desechado. Confesaron que su propia incredulidad era la que les había vedado la entrada a Canaán. “Pecado hemos contra Jehová,” dijeron, y reconocieron que la culpa era de ellos, y no de Dios, a quien tan inicuamente habían acusado de no cumplir las promesas que les hiciera. A pesar de que su confesión no provenía de un arrepentimiento verdadero, sirvió para vindicar la justicia con que Dios los había tratado.

Aun hoy obra el Señor en forma similar para glorificar su nombre e inducir a los hombres a reconocer su justicia. Cuando los que profesan amarle se quejan de su providencia, menosprecian sus promesas, y, cediendo a la tentación, se unen a los ángeles malos para hacer fracasar los propósitos de Dios, con frecuencia el Señor predomina sobre las circunstancias de tal manera que trae a estas personas al punto donde, aunque no se hayan arrepentido de corazón, se convencerán de que son pecadoras y se verán obligadas a reconocer la maldad de su camino, y la justicia y la bondad con que las trató Dios. Así es cómo Dios crea medios de contrarrestar y hacer manifiestas las obras de las tinieblas. Y  justifican a aquellos que las reprendieron fielmente y a quienes resistieron y calumniaron. Así será cuando por fin se derrame la ira de Dios, cuando el Señor venga “con sus santos millares, a hacer juicio contra todos, y a convencer a todos los impíos de entre ellos tocante a todas sus obras de impiedad.” (Jud. 14, 15.) Todo pecador se verá compelido a ver y reconocer la justicia de su condenación.

Despreciando la sentencia divina, los israelitas se prepararon para emprender la conquista de Canaán. Equipados con armaduras y armas de guerra, se creían plenamente apercibidos para el conflicto; pero a la vista de Dios y de sus siervos entristecidos, adolecían de una triste deficiencia. Cuando casi cuarenta años más tarde, el Señor les ordenó a los israelitas que subieran y tomaran Jericó, prometió acompañarlos. El arca que contenía su ley era llevada delante de sus ejércitos. Los jefes que él designara habían de dirigir sus movimientos bajo la dirección divina. Con tal dirección ningún daño podía sucederles, pero ahora, contrariando el mandamiento de Dios; y la solemne prohibición de sus jefes, sin el arca y sin Moisés, salieron al encuentro de los ejércitos enemigos. La trompeta dio un toque de alarma, y Moisés se apresuró en pos de ellos con la advertencia: “¿Por qué quebrantáis el dicho de Jehová? Esto tampoco os sucederá bien. No subáis, porque Jehová no está en medio de vosotros, no seáis heridos delante de vuestros enemigos. Porque el Amalecita y el Cananeo están allí delante de vosotros, y caeréis a cuchillo.”

Los cananeos habían oído hablar del poder misterioso que parecía guardar a ese pueblo, y de las maravillas obradas en su favor; y reunieron un ejército poderoso para rechazar a los invasores. El ejército atacante no tenía jefe. Ninguna oración se elevó para pedir a Dios que le diese la victoria. Emprendió la marcha con el propósito desesperado de revocar su suerte o morir en la batalla. Aunque no tenía preparación guerrera alguna, constituía una multitud inmensa de hombres armados, que esperaban aplastar toda oposición mediante un feroz y repentino asalto. Presuntuosamente desafiaron al enemigo que no había osado atacarlos.

Los cananeos se habían establecido en una meseta rocallosa a la cual sólo se podía llegar por pasos difíciles de transitar y un ascenso escarpado y peligroso. El número inmenso de los hebreos sólo podía servir para hacer más terrible su derrota. Lentamente fueron cubriendo los senderos del monte, expuestos a las mortíferas armas arrojadizas del enemigo que estaba arriba. Lanzaban rocas macizas que bajaban con retumbante fragor y marcando su trayectoria con la sangre de los hombres destrozados. Los que lograron llegar a la cumbre, agotados con el ascenso, fueron ferozmente rechazados y obligados a retroceder con grandes pérdidas. Por el campo de la matanza quedaron esparcidos los cadáveres. El ejército de Israel fue derrotado totalmente. La destrucción y la muerte fueron las consecuencias de aquel experimento de los rebeldes.

Obligados por fin a retirarse en derrota, los sobrevivientes volvieron y lloraron “delante de Jehová; pero Jehová no escuchó” su voz. (Deut. 1: 45.) En virtud de su señalada victoria, los enemigos de Israel, que antes habían aguardado con temblor la aproximación de aquella poderosa hueste, se envalentonaron con confianza para resistirles. Ahora consideraron falsos todos los informes que habían oído respecto a las cosas maravillosas que Dios había hecho en favor de su pueblo, y creyeron que no había motivo para temer. Esa primera derrota de Israel aumentó grandemente las dificultades de la conquista, por cuanto inspiró valor y resolución a los cananeos. No les quedaba a los israelitas otro recurso que retirarse de delante de sus enemigos victoriosos, al desierto, sabiendo que allí había de hallar su tumba toda una generación.

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22 de junio 2015

loss
Lectura para hoy:
Patriarcas y Profetas p. 411-413

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El pacto de Dios había prometido la tierra a Israel. Pero el falso informe de los espías infieles fue aceptado, y todo el pueblo fue engañado por él. Los traidores habían realizado su obra. Aun cuando sólo dos hombres hubiesen dado malas noticias y los otros diez lo hubiesen animado a poseer la tierra en el nombre del Señor, el pueblo, por su perversa incredulidad, habría seguido el consejo de los dos en preferencia al de los diez. Pero eran sólo dos los que abogaban por lo justo, mientras que diez estaban de parte de la rebelión.

A grandes voces los espías infieles denunciaban a Caleb y a Josué, y se elevó un clamor para pedir que se los apedreara. Asiendo el populacho enloquecido piedras para matar a aquellos hombres fieles, se precipitó hacia delante gritando frenéticamente, cuando de repente las piedras se le cayeron de las manos, y temblando de miedo enmudeció. Dios había intervenido para impedir su propósito homicida. La gloria de su presencia, como una luz fulgurante, iluminó el tabernáculo. Todo el pueblo presenció la manifestación del Señor. Uno más poderoso que ellos se había revelado, y ninguno osó continuar la resistencia. Los espías que trajeron el informe perverso, se arrastraron aterrorizados, y con respiración entrecortada, en busca de sus tiendas.

Moisés se levantó entonces y entró en el tabernáculo. El Señor le declaró acerca del pueblo: “Yo le heriré de mortandad, y lo destruiré, y a ti te pondré sobre gente grande y más fuerte que ellos.” Pero nuevamente Moisés intercedió por su pueblo. No podía consentir en que fuese destruido, y que él, en cambio, se convirtiese en una nación más poderosa. Apelando a la misericordia de Dios, dijo: “Ahora, pues, yo te ruego que sea magnificada la fortaleza del Señor, como lo hablaste, diciendo: Jehová, tardo de ira y grande en misericordia, que perdona la iniquidad y la rebelión, . . . perdona ahora la iniquidad de este pueblo según la grandeza de tu misericordia, y como has perdonado a este pueblo desde Egipto hasta aquí.” El Señor prometió no destruir inmediatamente a los israelitas; pero a causa de la incredulidad y cobardía de ellos, no podía manifestar su poder para subyugar a sus enemigos. Por consiguiente, en su misericordia, les ordenó que como única conducta segura, regresaran al mar Rojo.

En su rebelión el pueblo había exclamado: “¡Ojalá muriéramos en este desierto!” Ahora se les había de conceder lo pedido. El Señor declaró: “Vivo yo, … que según habéis hablado a mis oídos, así haré yo con vosotros: en este desierto caerán vuestros cuerpos; todos vuestros contados según toda vuestra cuenta, de veinte años arriba, los cuales habéis murmurado contra mí; vosotros a la verdad no entraréis en la tierra, … mas vuestros chiquitos, de los cuales dijisteis que serían por presa, yo los introduciré, y ellos conocerán la tierra que vosotros despreciasteis.” Y con respecto a Caleb dijo: “Empero mi siervo Caleb, por cuanto hubo en él otro espíritu, y cumplió de ir en pos de mí, yo le meteré en la tierra donde entró, y su simiente la recibirá en heredad.” Así como los espías habían estado cuarenta días de viaje, las huestes de Israel iban a peregrinar en el desierto durante cuarenta años. Cuando Moisés comunicó la decisión divina al pueblo, la ira de éste se trocó en luto. Todos sabían que el castigo era justo. Los diez espías infieles, heridos divinamente por la plaga, perecieron a la vista de todo Israel; y en la suerte de ellos el pueblo leyó su propia condenación.

Los israelitas parecieron arrepentirse entonces sinceramente de su conducta pecaminosa; pero se entristecían por el resultado de su mal camino y no porque reconocieran su ingratitud y desobediencia. Cuando vieron que el Señor era inflexible en su decreto, volvió a despertarse su terca voluntad, y declararon que no volverían al desierto. Al ordenarles que se retiraran de la tierra de sus enemigos, Dios probó la sumisión aparente de ellos, y vio que no era verdadera. Sabían que habían pecado gravemente al permitir que los dominaran sentimientos temerarios, y al querer dar muerte a los espías que les habían incitado a obedecer a Dios; pero sólo sintieron temor al darse cuenta de que habían cometido un error fatal cuyas consecuencias iban a resultarles desastrosas. No habían cambiado en su corazón y sólo necesitaban una excusa para rebelarse otra vez. Esta excusa se les presentó cuando Moisés les ordenó por autoridad divina que regresaran al desierto.

El decreto de que Israel no entraría en la tierra de Canaán por cuarenta años fue una amarga desilusión para Moisés, Aarón, Caleb y Josué; pero aceptaron sin murmurar la decisión divina. Por el contrario, los que habían estado quejándose de cómo Dios los trataba y declarando que querían volver a Egipto, lloraron y se lamentaron grandemente cuando les fueron quitadas las bendiciones que habían menospreciado. Se habían quejado por nada, y ahora Dios les daba verdaderos motivos de llorar. Si se hubieran lamentado por su pecado cuando les fue presentado fielmente, no se habría pronunciado esta sentencia; pero se afligían por el castigo; su dolor no era arrepentimiento, y por lo tanto, no podía obtener la revocación de su sentencia.

Pasaron toda la noche lamentándose; pero por la mañana, renació en ellos la esperanza. Resolvieron redimir su cobardía. Cuando Dios es había mandado que siguieran hacia adelante y tomaran posesión de la tierra, habían rehusado hacerlo; ahora, cuando Dios les ordenaba que se retiraran, se negaron igualmente a obedecer sus órdenes. Decidieron apoderarse de la tierra; pudiera ser que Dios aceptara su obra, y cambiara su propósito hacia ellos.

Dios les había dado el privilegio y el deber de entrar en la tierra en el tiempo que les señalara; pero debido a su negligencia voluntaria, se les había retirado ese permiso. Satanás había logrado su objeto de impedirles la entrada a Canaán; y ahora los incitaba a que, contrariando la prohibición divisa, hicieran precisamente aquello que habían rehusado hacer cuando Dios se lo había mandado. En esa forma, el gran engañador logró la victoria al incitarlos por segunda vez a la rebelión. Habían desconfiado de que el poder de Dios acompañara sus esfuerzos por obtener la posesión de Canaán; pero ahora confiaron excesivamente en sus propias fuerzas y quisieron realizar la obra sin la ayuda divina. “Pecado hemos contra Jehová —gritaron;— nosotros subiremos y pelearemos, conforme a todo lo que Jehová nuestro Dios nos ha mandado.” (Deut. 1: 41)

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21 de junio 2015

Gigants
Lectura para hoy:
Patriarcas y Profetas p. 407-410

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Capítulo 34 – Los Doce Espías
Once días después de abandonar Horeb, la hueste hebrea acampó en Cades, en el desierto de Parán, cerca de las fronteras de la tierra prometida. Allí propuso el pueblo que se enviasen espías a reconocer el país. Moisés presentó el asunto al Señor, y el permiso le fue concedido con la indicación de elegir para este fin a uno de los jefes de cada tribu. Los hombres fueron elegidos según lo ordenado, y Moisés les mandó que fuesen y viesen el país, cómo era, y cuáles eran su situación y ventajas naturales, qué pueblos moraban allí, si eran fuertes o débiles, muchos o pocos, y asimismo que observasen la clase de tierra y su productividad, y que trajesen frutos de ella.

Fueron pues y, entrando por la frontera meridional, procedieron hacia el extremo septentrional, y reconocieron toda la tierra. Regresaron después de una ausencia de cuarenta días. El pueblo abrigaba grandes esperanzas, y aguardaba en anhelosa expectación. Las noticias de regreso de los espías cundieron de una tribu a otra y fueron recibidas con exclamaciones de regocijo. El pueblo salió apresuradamente al encuentro de los mensajeros, que habían regresado sanos y salvos a pesar de los peligros de su arriesgada empresa. Los espías habían traído muestras de frutos que revelaban la fertilidad de la tierra. Era la estación de las uvas, y traían un racimo tan grande que lo habían de transportar entre dos. También habían traído muestras de los higos y las granadas que se cosechaban allí en abundancia.

El pueblo se llenó de alborozo ante la perspectiva de entrar en posesión de una tierra tan buena, y escuchó atentamente los informes presentados a Moisés para que no se le escapara una sola palabra. “Nosotros llegamos a la tierra a la cual nos enviaste —principiaron a decir los espías,— la que ciertamente fluye leche y miel; y éste es el fruto de ella.” (Núm. 13: 17-33.) El pueblo se llenó de entusiasmo; ansiaba obedecer la voz del Señor, e ir inmediatamente a tomar posesión de la tierra. Pero después de describir la hermosura y la fertilidad de la tierra, todos los espías, menos dos de ellos, explicaron ampliamente las dificultades y los peligros que arrostraría Israel si emprendía la conquista de Canaán. Enumeraron las naciones poderosas que había en las distintas partes del país, y dijeron que las ciudades eran muy grandes y amuralladas, que el pueblo que vivía allí era fuerte, y que sería imposible vencerlo. También manifestaron que habían visto gigantes, los hijos de Anac, en aquella región; y que era inútil pensar en apoderarse de la tierra.

Entonces cambió la escena. Mientras los espías expresaban los sentimientos de sus corazones incrédulos y llenos de un desaliento causado por Satanás, la esperanza y el ánimo se fueron trocando en cobarde desesperación. La incredulidad arrojó una sombra lóbrega sobre el pueblo, y éste se olvidó de la omnipotencia de Dios, tan a menudo manifestada en favor de la nación escogida. El pueblo no se detuvo a reflexionar ni razonó que Aquel que lo había llevado hasta allí le daría ciertamente la tierra; no recordó cuán milagrosamente Dios lo había librado de sus opresores, abriéndole paso a través de la mar y destruyendo las huestes del faraón que lo perseguían. Hizo caso omiso de Dios, y obró como si debiera depender únicamente del poder de las armas. En su incredulidad, los israelitas limitaron el poder de Dios, y desconfiaron de la mano que hasta entonces los había dirigido felizmente. Volvieron a cometer el error de murmurar contra Moisés y Aarón. “Este es pues el fin de todas nuestras esperanzas —dijeron.— Esta es la tierra para cuya posesión hicimos el largo viaje desde Egipto.” Acusaron a sus jefes de engañar al pueblo y de atraer tribulación sobre Israel.

El pueblo estaba desilusionado y desesperado. Se elevó un llanto de angustia que se entremezcló con el confuso murmullo de las voces. Caleb comprendió la situación, y lleno de audacia para defender la palabra de Dios, hizo cuanto pudo para contrarrestar la influencia maléfica de sus infieles compañeros. Calló el pueblo un momento para escuchar sus palabras de aliento y esperanza con respecto a la buena tierra. No contradijo lo que ya se había dicho; las murallas eran altas, y los cananeos eran fuertes. Pero Dios había prometido la tierra a Israel. “Subamos luego, y poseámosla —insistió Caleb;— que más podremos que ella.” Pero los diez, interrumpiéndole, pintaron los obstáculos con colores aun más sombríos que antes. “No podremos subir contra aquel pueblo —dijeron;— porque es más fuerte que nosotros.” “Todo el pueblo que vimos en medio de ella, son hombres de grande estatura. También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes: y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos.”

Estos hombres, habiéndose iniciado en una conducta errónea, se opusieron tercamente a Caleb y Josué, así como a Moisés y a Dios mismo. Cada paso que daban hacia adelante los volvía más obstinados. Estaban resueltos a desalentar todos los esfuerzos tendientes a obtener la posesión de Canaán. Tergiversaron la verdad para apoyar su funesta influencia. “La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra que traga a sus moradores,” manifestaron. No sólo era éste un mal informe, sino que era una mentira y una inconsecuencia. Los espías habían declarado la tierra fructífera y próspera, todo lo cual habría sido imposible si el clima hubiese sido tan malsano que se pudiera decir de la tierra que “se tragaba a sus moradores.” Pero cuando los hombres entregan su corazón a la incredulidad, se colocan bajo el dominio de Satanás, y nadie puede decir hasta dónde los llevará.

“Entonces toda la congregación alzaron gritos, y dieron voces: y el pueblo lloró aquella noche.” A esto siguió pronto la rebelión abierta y el amotinamiento; porque Satanás ejercía absoluto dominio, y el pueblo parecía estar privado de razón. Maldijeron a Moisés y a Aarón, olvidando que Dios oía sus inicuos discursos, y que, envuelto en la columna de nube, el Ángel de su presencia era testigo de su terrible explosión de ira. Con amargura clamaron: “¡Ojalá muriéramos en la tierra de Egipto; o en este desierto!” Luego sus sentimientos se exacerbaron contra Dios: ” ¿Por qué nos trae Jehová a esta tierra para caer a cuchillo, y que nuestras mujeres y nuestros chiquitos sean por presa? ¿no nos sería mejor volvernos a Egipto? Y decían el uno al otro: Hagamos un capitán, y volvámonos a Egipto.” En esa forma no sólo acusaron a Moisés, sino también a Dios mismo, de haberlos engañado, al prometerles una tierra que ellos no podían poseer. Y llegaron hasta el punto de nombrar un capitán que los llevara de vuelta a la tierra de su sufrimiento y esclavitud, de la cual habían sido libertados por el brazo poderoso del Omnipotente.

En humillación y angustia, “Moisés y Aarón cayeron sobre sus rostros delante de toda la multitud de la congregación de los hijos de Israel,” sin saber qué hacer para desviarlos de su apasionado e impetuoso propósito. Caleb y Josué trataron de apaciguar a la multitud tumultuosa. Habiendo rasgado sus vestiduras en señal de dolor e indignación, se precipitaron entre la gente y sus voces enérgicas se oyeron por sobre la tempestad de lamentaciones y rebelde pesar: “La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra en gran manera buena. Si Jehová se agradare de nosotros, él nos meterá en esta tierra, y nos la entregará; tierra que fluye leche y miel. Por tanto, no seáis rebeldes contra Jehová, ni temáis al pueblo de aquella tierra, porque nuestro pan son: su amparo se ha apartado de ellos, y con nosotros está Jehová: no los temáis.”

Los cananeos habían colmado la medida de su iniquidad, y el Señor ya no podía tolerarlos. Ahora que les había retirado su protección, iban a resultar una presa fácil.

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20 de junio 2015

grapes
Lectura para hoy:
Números 13, 14

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Números 13 (NTV) – Doce espías exploran Canaán
  El Señor le dijo a Moisés: «Envía hombres a explorar la tierra de Canaán, la tierra que les daré a los israelitas. Envía a un jefe de cada una de las doce tribus de sus antepasados». Entonces Moisés hizo lo que el Señor le ordenó y envió a doce hombres desde el campamento en el desierto de Parán, todos jefes de las tribus de Israel. Estas eran las tribus y los nombres de sus jefes:

Tribu Jefe
de Rubén Samúa, hijo de Zacur
de Simeón Safat, hijo de Hori
de Judá Caleb, hijo de Jefone
de Isacar Igal, hijo de José
de Efraín Oseas, hijo de Nun
de Benjamín Palti, hijo de Rafú
10 de Zabulón Gadiel, hijo de Sodi
11 de Manasés, hijo de José Gadi, hijo de Susi
12 de Dan Amiel, hijo de Gemali
13 de Aser Setur, hijo de Micael
14 de Neftalí Nahbi, hijo de Vapsi
15 de Gad Geuel, hijo de Maqui

16 Estos son los nombres de los hombres que Moisés envió a explorar la tierra. (A Oseas, hijo de Nun, Moisés le dio el nombre de Josué).

17 Moisés envió a los hombres a explorar la tierra y les dio las siguientes instrucciones: «Vayan al norte a través del Neguev hasta la zona montañosa.18 Fíjense cómo es la tierra y averigüen si sus habitantes son fuertes o débiles, pocos o muchos. 19 Observen cómo es la tierra en que habitan. ¿Es buena o mala? ¿Viven en ciudades amuralladas o sin protección, a campo abierto? 20 El terreno, ¿es fértil o estéril? ¿Abundan los árboles? Hagan todo lo posible por traer muestras de las cosechas que encuentren». (Era la temporada de la cosecha de las primeras uvas maduras).

21 Así que subieron y exploraron la tierra desde el desierto de Zin hasta Rehob, cerca de Lebo-hamat. 22 Yendo al norte, atravesaron el Neguev y llegaron a Hebrón donde vivían Ahimán, Sesai y Talmai, todos descendientes de Anac. (La antigua ciudad de Hebrón fue fundada siete años antes de la ciudad egipcia de Zoán). 23 Cuando llegaron al valle de Escol, cortaron una rama con un solo racimo de uvas, tan grande ¡que tuvieron que transportarlo en un palo, entre dos! También llevaron muestras de granadas e higos. 24 A ese lugar se le llamó el valle de Escol (que significa «racimo») por el racimo de uvas que los israelitas cortaron allí.

Informe de los espías
25 Después de explorar la tierra durante cuarenta días, los hombres regresaron 26 a Moisés, a Aarón y a toda la comunidad de Israel en Cades, en el desierto de Parán. Informaron a toda la comunidad lo que vieron y les mostraron los frutos que tomaron de la tierra. 27 Este fue el informe que dieron a Moisés: «Entramos en la tierra a la cual nos enviaste a explorar y en verdad es un país sobreabundante, una tierra donde fluyen la leche y la miel. Aquí está la clase de frutos que allí se producen. 28 Sin embargo, el pueblo que la habita es poderoso y sus ciudades son grandes y fortificadas. ¡Hasta vimos gigantes allí, los descendientes de Anac! 29 Los amalecitas viven en el Neguev y los hititas, los jebuseos y los amorreos viven en la zona montañosa. Los cananeos viven a lo largo de la costa del mar Mediterráneo[a] y a lo largo del valle del Jordán».

30 Pero Caleb trató de calmar al pueblo que se encontraba ante Moisés. —¡Vamos enseguida a tomar la tierra! —dijo—. ¡De seguro podemos conquistarla! 31 Pero los demás hombres que exploraron la tierra con él, no estuvieron de acuerdo: —¡No podemos ir contra ellos! ¡Son más fuertes que nosotros! 32 Entonces comenzaron a divulgar entre los israelitas el siguiente mal informe sobre la tierra: «La tierra que atravesamos y exploramos devorará a todo aquel que vaya a vivir allí. ¡Todos los habitantes que vimos son enormes! 33 Hasta había gigantes, los descendientes de Anac. ¡Al lado de ellos nos sentíamos como saltamontes y así nos miraban ellos!».

 

Números 14 (NTV) – El pueblo se rebela
Entonces toda la comunidad empezó a llorar a gritos y así continuó toda la noche. Sus voces se elevaron en una gran protesta contra Moisés y Aarón: «¡Si tan solo hubiéramos muerto en Egipto o incluso aquí en el desierto! —se quejaban—. ¿Por qué el Señor nos está llevando a esta tierra solo para que muramos en batalla? ¡A nuestras esposas y a nuestros hijos se llevarán como botín! ¿No sería mejor volvernos a Egipto?». Entonces conspiraron entre ellos: «¡Escojamos a un nuevo líder y regresemos a Egipto!».

Entonces Moisés y Aarón cayeron rostro en tierra ante toda la comunidad de Israel. Dos de los hombres que exploraron la tierra, Josué, hijo de Nun, y Caleb, hijo de Jefone, se rasgaron la ropa y dijeron a todo el pueblo de Israel: «¡La tierra que atravesamos y exploramos es maravillosa! 8 Si el Señor se agrada de nosotros, él nos llevará a salvo a esa tierra y nos la entregará. Es una tierra fértil, donde fluyen la leche y la miel. No se rebelen contra el Señory no teman al pueblo de esa tierra. ¡Para nosotros son como presa indefensa! ¡Ellos no tienen protección, pero el Señor está con nosotros! ¡No les tengan miedo!».

10 Sin embargo, toda la comunidad comenzó a decir que apedrearan a Josué y a Caleb. Entonces la gloriosa presencia del Señor se apareció a todos los israelitas en el tabernáculo. 11 Y el Señor le dijo a Moisés: «¿Hasta cuándo me despreciará este pueblo? ¿Nunca me creerán, aun después de todas las señales milagrosas que hice entre ellos? 12 Negaré que son míos y los destruiré con una plaga. ¡Luego te convertiré en una nación grande y más poderosa que ellos!».

Moisés intercede por el pueblo
13 Pero Moisés respondió: —¿Qué pensarán los egipcios cuando oigan acerca de esto? —le preguntó al Señor—. Ellos saben muy bien cómo demostraste tu poder cuando rescataste a tu pueblo de Egipto. 14 Si ahora los destruyes, entonces los egipcios lo informarán a los habitantes de esta tierra, los cuales ya escucharon que vives en medio de tu pueblo. Ellos saben, Señor, que te apareciste a tu pueblo cara a cara y que tu columna de nube se mantiene en el aire sobre ellos. Saben que de día vas delante de ellos en la columna de nube y por la noche en la columna de fuego. 15 Así que si ahora matas a todo el pueblo de un solo golpe, las naciones que han oído acerca de tu fama dirán: 16 “Como el Señor no pudo llevarlos a la tierra que juró darles, los mató en el desierto”.

17 »Por favor, Señor, demuestra que tu poder es tan grande como lo has declarado. Como lo has dicho: 18 “El Señor es lento para enojarse y está lleno de amor inagotable y perdona toda clase de pecado y rebelión; pero no absuelve al culpable. Él extiende los pecados de los padres sobre sus hijos; toda la familia se ve afectada, hasta los hijos de la tercera y la cuarta generación”. 19 En conformidad con tu magnífico e inagotable amor, por favor, perdona los pecados de este pueblo, así como lo has perdonado desde que salió de Egipto.

20 Entonces el Señor le dijo: —Los perdonaré como me lo pides. 21 Pero tan cierto como que yo vivo y tan cierto como que la tierra está llena de la gloria del Señor, 22 ni uno solo de este pueblo entrará jamás en esa tierra. Todos vieron mi gloriosa presencia y las señales milagrosas que realicé, tanto en Egipto como en el desierto, pero vez tras vez me han probado, rehusando escuchar mi voz. 23 Ni siquiera verán la tierra que juré dar a sus antepasados. Ninguno de los que me trataron con desdén la verá. 24 Sin embargo, mi servidor Caleb tiene una actitud diferente a los demás. Él se ha mantenido fiel a mí, por lo tanto, yo lo llevaré a la tierra que él exploró. Sus descendientes tomarán posesión de la porción de la tierra que les corresponde. 25 Ahora bien, den la vuelta y no sigan hacia la tierra donde habitan los amalecitas y los cananeos. Mañana deberán partir al desierto en dirección del mar Rojo.

El Señor castiga a los israelitas
26 Entonces el Señor les dijo a Moisés y a Aarón: 27 «¿Hasta cuándo debo tolerar a esta perversa comunidad y sus quejas en mi contra? Sí, he oído las quejas que los israelitas tienen contra mí. 28 Ahora bien, díganles lo siguiente: tan cierto como que yo vivo, declara el Señor, haré con ustedes precisamente lo que les oí decir. 29 ¡Todos caerán muertos en este desierto! Ya que se quejaron en contra de mí, cada uno de los registrados que tiene veinte años o más morirá. 30 No entrarán a ocupar la tierra que yo juré darles, excepto Caleb, hijo de Jefone, y Josué, hijo de Nun.

31 »Ustedes dijeron que sus niños serían llevados como botín. Pues bien, yo me ocuparé de que entren a salvo a esa tierra y que disfruten lo que ustedes despreciaron. 32 Pero en cuanto a ustedes, caerán muertos en este desierto. 33 Sus hijos serán como pastores que vagarán por el desierto durante cuarenta años y de esa manera, ellos pagarán por la infidelidad de ustedes, hasta que el último de ustedes caiga muerto en el desierto. 34 »Puesto que sus hombres exploraron la tierra durante cuarenta días, ustedes andarán vagando en el desierto por cuarenta años —un año por cada día— y así sufrirán las consecuencias de sus pecados. Entonces sabrán lo que es tenerme como enemigo. 35 ¡Yo, el Señor, he hablado! Sin falta, haré todas estas cosas a cada miembro de la comunidad que conspiró contra mí. ¡Serán destruidos en este desierto, y aquí morirán!».

36 Entonces los diez hombres que Moisés envió a explorar la tierra —que por sus malos informes incitaron la rebelión contra el Señor 37 fueron heridos de muerte por una plaga delante del Señor. 38 De los doce que exploraron la tierra, solo Josué y Caleb siguieron vivos. 39 Después, cuando Moisés comunicó las palabras del Señor a todos los israelitas, se llenaron de profundo dolor. 40 Así que a la mañana siguiente se levantaron temprano y subieron a la parte alta de las colinas. «¡Vamos! —dijeron—. Reconocemos que hemos pecado, pero ahora estamos listos para entrar a la tierra que el Señor nos prometió».

41 Pero Moisés les dijo: «¿Por qué desobedecen ahora las órdenes del Señor de volver al desierto? No les dará resultado. 42 No suban ahora a la tierra. Lo único que sucederá es que sus enemigos los aplastarán porque el Señor no está con ustedes. 43 Cuando enfrenten a los amalecitas y a los cananeos en batalla, serán masacrados. El Señor los abandonará porque ustedes abandonaron al Señor». 44 Sin embargo, el pueblo avanzó con insolencia hacia la zona montañosa, aunque ni Moisés ni el arca del pacto del Señor salieron del campamento.45 Entonces los amalecitas y los cananeos que vivían en las montañas descendieron, los atacaron y los vencieron, haciéndolos huir hasta Horma.

Foto: http://bit.ly/1K02w28

 

 

 

 

19 de junio 2015

eye
Lectura para hoy:
Patriarcas y Profetas p. 403-406

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Aunque se la llama “mujer cusita” o “etíope,” la esposa de Moisés era de origen madianita, y por lo tanto, descendiente de Abrahán. En su aspecto personal difería de los hebreos en que era un tanto más morena. Aunque no era israelita, Séfora adoraba al Dios verdadero. Era de un temperamento tímido, y retraído, tierno y afectuoso, y se afligía mucho en presencia de los sufrimientos. Por ese motivo cuando Moisés fue a Egipto, consintió él en que ella regresara a Madián. Quería evitarle la pena que le significaría presenciar los juicios que iban a caer sobre los egipcios.

Cuando Séfora se reunió con su marido en el desierto, vio que las cargas que llevaba estaban agotando sus fuerzas, y comunicó sus temores a Jetro, quien sugirió que se tomasen medidas para aliviarle. Esta era la razón principal de la antipatía de María hacia Séfora. Herida por el supuesto desdén infligido a ella y a Aarón, y considerando a la esposa de Moisés como causante de la situación, concluyó que la influencia de ella le había impedido a Moisés que los consultara como lo había hecho antes. Si Aarón se hubiese mantenido firme de parte de lo recto, habría impedido el mal; pero en vez de mostrarle a María lo pecaminoso de su conducta, simpatizó con ella, prestó oídos a sus quejas, y así llegó a participar de sus celos.

Moisés soportó sus acusaciones en silencio paciente y sin queja. Fue la experiencia que adquiriera durante los muchos años de trabajo y espera en Madián, el espíritu de humildad y longanimidad que cultivara allí, lo que preparó a Moisés para arrostrar con paciencia la incredulidad y la murmuración del pueblo, y el orgullo y la envidia de los que hubieran debido ser sus asistentes firmes y resueltos. “Y aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra,” y por este motivo Dios le otorgó más de su sabiduría y dirección que a todos los demás. Dice la Escritura: “Encaminará a los humildes por el juicio, y enseñará a los mansos su carrera.” (Sal. 25: 9.) Los mansos son dirigidos por el Señor, porque son dóciles y dispuestos a recibir instrucción. Tienen un deseo sincero de saber y hacer la voluntad de Dios. Esta es la promesa del Salvador: “El que quisiere hacer su voluntad, conocerá de la doctrina si viene de Dios.” (Juan 7: 17.) y declara por medio del apóstol Santiago: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, demándela a Dios, el cual da a todos abundantemente, y no zahiere; y le será dada.” (Sant. 1: 5.)

Pero la promesa es solamente para los que quieran seguirle del todo. Dios no fuerza la voluntad de nadie; por consiguiente, no puede conducir a los que son demasiado orgullosos para recibir instrucción, que se empeñan en hacer su propia voluntad. Acerca de quien adolezca duplicidad mental, es decir quien procura seguir los dictados de su propia voluntad, mientras profesa seguir la voluntad de Dios, se ha escrito: “No piense pues el tal hombre que recibirá ninguna cosa del Señor.” (Vers. 7.)

Dios había escogido a Moisés y le había investido de su Espíritu; y por su murmuración María y Aarón se habían hecho culpables de deslealtad, no sólo hacia el que fuera designado como su jefe sino también hacia Dios mismo. Los murmuradores sediciosos fueron convocados al tabernáculo y careados con Moisés. “Entonces Jehová descendió en la columna de la nube, y púsose a la puerta del tabernáculo, y llamó a Aarón y a María.” No negaron sus aseveraciones acerca de las manifestaciones del don de profecía por su intermedio; Dios podía haberles hablado en visiones y sueños. Pero a Moisés, a quien el Señor mismo declaró “fiel en toda mi casa,” se le había otorgado una comunión más estrecha. Con él Dios hablaba “boca a boca.” “¿Por qué pues no tuvisteis temor de hablar contra mi siervo Moisés? Entonces el furor de Jehová se encendió en ellos; y fuése.” La nube desapareció del tabernáculo como señal del desagrado de Dios, y María fue castigada. Quedó “leprosa como la nieve.” A Aarón se le perdonó el castigo, pero el de María fue una severa reprensión para él. Entonces, humillado hasta el polvo el orgullo de ambos, Aarón confesó el pecado que habían cometido e imploró al Señor que no dejara perecer a su hermana por aquel azote repugnante y fatal.

En respuesta a las oraciones de Moisés, se limpió la lepra de María. Sin embargo, ella fue excluida del campo durante siete días. Tan sólo cuando quedó desterrada del campamento volvió el símbolo del favor de Dios a posarse sobre el tabernáculo. En consideración a su elevada posición, y en señal de pesar por el golpe que ella había recibido, todo el pueblo permaneció en Haseroth, en espera de su regreso.

Esta manifestación del desagrado del Señor tenía por objeto advertir a todo Israel que pusiera coto al creciente espíritu de descontento y de insubordinación. Si el descontento y la envidia de María no hubiesen recibido una señalada reprensión, habrían resultado en grandes males. La envidia es una de las peores características satánicas que puedan existir en el corazón humano, y es una de las más funestas en sus consecuencias. Dice el sabio: “Cruel es la ira, e impetuoso el furor; mas ¿quién parará delante de la envidia?” (Prov. 27: 4.) Fue la envidia la que causó la primera discordia en el cielo, y el albergarla ha obrado males indecibles entre los hombres. “Porque donde hay envidia y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa.” (Sant. 3: 16.)

No debemos considerar como cosa baladí el hablar mal de los demás, ni constituirnos nosotros mismos en jueces de sus motivos o acciones. “El que murmura del hermano, y juzga a su hermano, este tal murmura de la ley, y juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres guardador de la ley, sino juez.” (Sant. 4: 11.) Sólo hay un juez, “el cual también aclarará lo oculto de las tinieblas, y manifestará los intentos de los corazones.” (1 Cor. 4: 5.) Y todo el que se encargue de juzgar y condenar a sus semejantes usurpa la prerrogativa del Creador.

La Biblia nos enseña en forma especial que prestemos cuidado a no acusar precipitadamente a los llamados por Dios para que actúen como sus embajadores. El apóstol Pedro, al describir una clase de pecadores empedernidos, los llama “atrevidos, contumaces, que no temen decir mal de las potestades superiores: como quiera que los mismos ángeles, que son mayores en fuerza y en potencia, no pronuncian juicio de maldición contra ellas delante del Señor.” (2 Ped. 2: 10, 11.) Y Pablo, en sus instrucciones dadas a los que dirigen las iglesias, dice: “Contra el anciano no recibas acusación sino con dos o tres testigos.” (1 Tim. 5: 9.) El que impuso a ciertos hombres la pesada carga de ser dirigentes y maestros de su pueblo, hará a éste responsable de la manera en que trate a sus siervos. Hemos de honrar a quienes Dios honró. El castigo que cayo sobre María debe servir de reprensión para todos los que, cediendo a los celos, murmuren contra aquellos sobre quienes Dios puso la pesada carga de su obra.

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18 de junio 2015

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Lectura para hoy:
Patriarcas y Profetas p. 399-402

Escúchalo aquí.

Nunca habrían sido escogidos si Moisés hubiera manifestado una fe correspondiente a las pruebas que había presenciado del poder y de la bondad de Dios. Pero había exagerado sus propios servicios y cargas, y casi había perdido de vista el hecho de que no era sino el instrumento por medio del cual Dios había obrado. No tenía excusa por haber participado, aun en mínimo grado, del espíritu de murmuración que era la maldición de Israel. Si hubiera confiado por completo en Dios, el Señor le habría guiado continuamente, y le habría dado fortaleza para toda emergencia.

A Moisés se le dieron instrucciones para que preparara al pueblo para lo que Dios iba a hacer en su favor. “Santificaos para mañana, y comeréis carne: pues que habéis llorado en oídos de Jehová, diciendo: ¡Quién nos diera a comer carne! ¡cierto mejor nos iba en Egipto! Jehová, pues, os dará carne, y comeréis. No comeréis un día, ni dos días, ni cinco días, ni diez días, ni veinte días; sino hasta un mes de tiempo, hasta que os salga por las narices, y os sea en aborrecimiento: por cuanto menospreciasteis a Jehová que está en medio de vosotros, y llorasteis delante de él, diciendo: ¿Para qué salimos acá de Egipto?” “Seiscientos mil de a pie es el pueblo en medio del cual yo estoy —dijo Moisés;— y tú dices: Les daré carne, y comerán el tiempo de un mes. ¿Se han de degollar para ellos ovejas y bueyes que les basten? ¿o se juntarán para ellos todos los peces de la mar para que tengan abasto?” Dios le reprendió así por su falta de confianza: “¿Se ha acortado la mano de Jehová? ahora verás si te sucede mi dicho, o no.”

Moisés repitió al pueblo las palabras del Señor, y le anunció el nombramiento de los setenta ancianos. Las instrucciones que el gran jefe les dio a estos hombres escogidos podrían muy bien servir como modelo de integridad judicial para los jueces y legisladores de los tiempos modernos: “Oíd entre vuestros hermanos y juzgad justamente entre el hombre y su hermano, y el que le es extranjero. No tengáis respeto de personas en el juicio:  así al pequeño como el grande oiréis: no tendréis temor de ninguno, porque el juicio es de Dios.” (Deut. 1: 16, 17.)

Luego Moisés hizo comparecer a los setenta ante el tabernáculo. “Entonces Jehová descendió en la nube, y hablóle; y tomó del espíritu que estaba en él, y púsolo en los setenta varones ancianos; y fue que, cuando posó sobre ellos el espíritu, profetizaron, y no cesaron.” Como los discípulos en el día de Pentecostés, fueron “investidos de potencia de lo alto.” (Luc 24: 49.) Plugo al Señor prepararlos así para su obra, y honrar los en presencia del pueblo, para que se estableciera confianza en ellos como hombres escogidos divinamente para participar con Moisés en el gobierno de Israel.

Nuevamente se manifestó el espíritu elevado y desinteresado del gran caudillo. Dos de los setenta ancianos, teniéndose humildemente por indignos de un cargo de tanta responsabilidad no habían, concurrido con sus hermanos ante el tabernáculo; pero el Espíritu de Dios descendió sobre ellos donde estaban, y ellos también ejercieron el don de profecía. Cuando se le informó esto a Josué, quiso poner coto a esta irregularidad, temiendo que pudiera fomentar la división. Celoso por el honor de su jefe, dijo: “Señor mío Moisés, impídelos.” Pero él contestó: “¿Tienes tú celos por mí? mas ojalá que todo el pueblo de Jehová fuesen profetas, que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos.”

Un viento fuerte, que sopló entonces de la mar, trajo bandadas de codornices, “y dejólas sobre el real, un día de camino de la una parte, y un día de camino de la otra, en derredor del campo, y casi dos codos sobre la haz de la tierra. Todo aquel día y aquella noche, y el siguiente día, el pueblo trabajó recogiendo el alimento que milagrosamente se le había provisto. Recogieron grandes cantidades de codornices. “El que menos, recogió diez homeres.”  Se conservó por desecamiento todo lo que no era necesario para el consumo del momento, de manera que la provisión, tal como Dios lo había prometido, fue suficiente para todo un mes.

Dios dio a los israelitas lo que no era para su mayor beneficio porque habían insistido en desearlo; no querían conformarse con las cosas que mejor podían aprovecharles. Sus deseos rebeldes fueron satisfechos, pero se les dejó que sufrieran las consecuencias. Comieron desenfrenadamente y sus excesos fueron rápidamente castigados. “Hirió Jehová al pueblo con una muy grande plaga.” Muchos fueron postrados por fiebres calcinantes, mientras que los más culpables de entre ellos fueron heridos apenas probaron los alimentos que habían codiciado.

En Haseroth, el siguiente sitio en donde acamparon después de salir de Taberah, una prueba aun mayor le esperaba a Moisés. Aarón y María habían ocupado una posición encumbrada en la dirección de los asuntos de Israel. Ambos tenían el don de profecía, y ambos habían estado asociados divinamente con Moisés en el libramiento de los hebreos. “Envié delante de ti a Moisés, y a Aarón, y a María” (Miq. 6: 4), declaró el Señor por medio del profeta Miqueas. En temprana edad María había revelado su fuerza de carácter, cuando siendo niña vigiló a la orilla del Nilo el cesto en que estaba escondido el niño Moisés. Su dominio propio y su tacto habían contribuido a salvar la vida del libertador del pueblo. Ricamente dotada en cuanto a la poesía y la música, María había dirigido a las mujeres de Israel en los cantos de alabanza y las danzas en las playas del mar Rojo. Ocupaba el segundo puesto después de Moisés y Aarón en los afectos del pueblo y los honores otorgados por el Cielo. Pero el mismo mal que causó la primera discordia en el cielo, brotó en el corazón de esta mujer de Israel, y no faltó quien simpatizara con ella en su desafecto.

Ni María ni Aarón fueron consultados en el nombramiento de los setenta ancianos, y esto despertó sus celos contra Moisés. Durante la visita de Jetro, mientras los israelitas iban hacia el Sinaí, la pronta aceptación por Moisés de los consejos de su suegro hizo temer a Aarón y María que la influencia que ejercía sobre el gran caudillo superase a la propia. En la organización del consejo de los ancianos, creyeron que tanto su posición como su autoridad habían sido menospreciadas. Nunca habían conocido María y Aarón la carga de cuidado y responsabilidad que había pesado sobre Moisés. No obstante, por haber sido escogidos para ayudarle, se consideraban copartícipes con él de la carga de dirigir al pueblo, y estimaban innecesario el nombramiento de más asistentes.

Moisés comprendía la importancia de la gran obra que se le había encomendado como ningún otro hombre la comprendió jamás. Se daba cuenta de su propia debilidad, e hizo a Dios su consejero. Aarón se tenía en mayor estima y confiaba menos en Dios. Había fracasado cuando se le había encomendado responsabilidad; y reveló la debilidad de su carácter por su baja condescendencia en el asunto del culto idólatra en el Sinaí. Pero María y Aarón, cegados por los celos y la ambición, perdieron esto de vista. Dios había honrado altamente a Aarón al designar su familia para los cargos sagrados del sacerdocio; sin embargo, aun esto contribuía ahora a intensificar su deseo de exaltación. “Y dijeron: ¿Solamente por Moisés ha hablado Jehová? ¿no ha hablado también por nosotros?” Creyéndose igualmente favorecidos por Dios, pensaron que tenían derecho a la misma posición y autoridad que Moisés.

Cediendo al espíritu de desafecto, María halló motivo de queja en cosas que Dios había sobreseído especialmente. El matrimonio de Moisés la había disgustado. El hecho de que había elegido esposa en otra nación, en vez de tomarla de entre los hebreos, ofendía a su familia y al orgullo nacional. Se la trataba a Séfora con un menosprecio mal disimulado.

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17 de junio 2015

Fruta
Lectura para hoy:
Patriarcas y Profetas p. 396-398

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Dios podría haberles suplido carne tan fácilmente como les proporcionaba maná; pero para su propio bien se les impuso una restricción. Dios se proponía suplirles alimentos más apropiados a sus necesidades que el régimen estimulante al  que muchos se habían acostumbrado en Egipto. Su apetito pervertido debía ser corregido y devuelto a una condición más saludable a fin de que pudieran hallar placer en el alimento que originalmente se proveyó para el hombre: los frutos de la tierra, que Dios dio a Adán y a Eva en el Edén. Por este motivo quedaron los israelitas en gran parte privados de alimentos de origen animal.

Satanás los tentó para que consideraran esta restricción como cruel e injusta. Les hizo codiciar las cosas prohibidas, porque vio que la complacencia desenfrenada del apetito tendería a producir sensualidad, y por estos medios le resultaría más fácil dominarlos. El autor de las enfermedades y las miserias asaltará a los hombres donde pueda alcanzar más éxito. Mayormente por las tentaciones dirigidas al apetito, ha logrado inducir a los hombres a pecar desde la época en que indujo a Eva a comer el fruto prohibido, y por este mismo medio indujo a Israel a murmurar contra Dios. Porque favorece efectivamente a la satisfacción de las pasiones bajas, la intemperancia en el comer y en el beber prepara el camino para que los hombres menosprecien todas las obligaciones morales. Cuando la tentación los asalta, tienen muy poca fuerza de resistencia.

Dios sacó a los israelitas de Egipto para establecerlos en la tierra de Canaán, como un pueblo puro, santo y feliz. En el logro de este propósito les hizo pasar por un curso de disciplina, tanto para su propio bien como para el de su posteridad. Sí hubieran querido dominar su apetito en obediencia a las sabias restricciones de Dios, no se habría conocido debilidad ni enfermedad entre ellos; sus descendientes habrían poseído fuerza física y espiritual. Habrían tenido percepciones claras y precisas de la verdad y del deber, discernimiento agudo y sano juicio. Pero no quisieron someterse a las restricciones y a los mandamientos de Dios, y esto les impidió, en gran parte, llegar a la alta norma que él deseaba que ellos alcanzasen, y recibir las bendiciones que él estaba dispuesto a concederles.

Dice el salmista: “Pues tentaron a Dios en su corazón, pidiendo comida a su gusto. Y hablaron contra Dios, diciendo: ¿Podrá poner mesa en el desierto? He aquí ha herido la peña, y corrieron aguas, y arroyos salieron ondeando: ¿podrá también dar pan? ¿aparejará carne a su pueblo? Por tanto oyó Jehová e indignóse.” (Sal. 78: 18- 21.) Las murmuraciones y las asonadas habían sido frecuentes durante el trayecto del mar Rojo al Sinaí, pero porque se compadecía de su ignorancia y su ceguedad Dios no castigó el pecado de ellos con sus juicios. Pero desde entonces se les había revelado en Horeb. Habían recibido mucha luz, pues habían visto la majestad, el poder y la misericordia de Dios; y por su incredulidad y descontento incurrieron en gran culpabilidad. Además, habían pactado aceptar a Jehová como su rey y obedecer su autoridad. Sus murmuraciones eran ahora rebelión, y como tal habían de recibir pronto y señalado castigo, si se quería preservar a Israel de la anarquía y la ruina. “Enardecióse su furor, y encendióse en ellos fuego de Jehová y consumió un cabo del campo.” (Véase Números 11.) Los más culpables de los quejosos quedaron muertos, fulminados por el rayo de la nube.

Aterrorizado, el pueblo suplicó a Moisés que implorase al Señor en su favor. Así lo hizo, y el fuego se extinguió. En memoria de este castigo Moisés llamó aquel sitio Taberah, “incendio.” Pero la iniquidad empeoró pronto. En vez de llevar a los sobrevivientes a la humillación y al arrepentimiento, este temible castigo no pareció tener en ellos otro fruto que intensificar las murmuraciones. Por todas partes el pueblo se reunía a la puerta de sus tiendas, llorando y lamentándose. “Y el vulgo que había en medio tuvo un vivo deseo, y volvieron, y aun lloraron los hijos de Israel, y dijeron: ¡Quién nos diera a comer carne! Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los cohombros, y de los melones, y de los puerros, y de las cebollas, y de los ajos: y ahora nuestra alma se seca; que nada sino maná ven nuestros ojos.” Así manifestaron su descontento con los alimentos que su Creador les proporcionaba. No obstante, tenían pruebas constantes de que ese alimento se adaptaba a sus necesidades; pues a pesar de las tribulaciones que soportaban, no había una sola persona débil en todas las tribus.

El corazón de Moisés desfalleció. Había suplicado que Israel no fuese destruido, aun cuando esa destrucción habría permitido que su propia posteridad se convirtiese en una gran nación. En su amor por los hijos de Israel, había pedido que su propio nombre fuese borrado del libro de la vida antes de que se los dejara perecer. Lo había arriesgado todo por ellos, y ésta era su respuesta. Le achacaban todas las tribulaciones que pasaban, aun los sufrimientos imaginarios, y sus murmuraciones inicuas hacían doblemente pesada la carga de cuidado y responsabilidad bajo la cual vacilaba. En su angustia llegó hasta sentirse tentado a desconfiar de Dios. Su oración fue casi una queja: “¿Por qué has hecho mal a tu siervo? ¿y por qué no he hallado gracia en tus ojos, que has puesto la carga de todo este pueblo sobre mi? … ¿De dónde tengo yo carne para dar a todo este pueblo? porque lloran a mí, diciendo: Danos carne que comamos. No puedo yo solo soportar a todo este pueblo que me es pesado en demasía.”

El Señor oyó su oración, y le ordenó convocar a setenta hombres de entre los ancianos de Israel, hombres no sólo entrados en años, sino que poseyeran dignidad, sano juicio y experiencia. “Y tráelos —dijo— a la puerta del tabernáculo del testimonio, y esperen allí contigo. Y yo descenderé y hablaré allí contigo; y tomaré del espíritu que está en ti, y pondré en ellos y llevarán contigo la carga del pueblo, y no la llevarás tú solo. El Señor permitió a Moisés que él mismo escogiera lo hombres más fieles y eficientes para que compartieran la responsabilidad con él. La influencia de ellos serviría para refrenar la violencia del pueblo y reprimir la insurrección; no obstante, graves males resultarían eventualmente del ascenso de ellos.

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