25 de junio 2015

Blossom
Lectura para hoy:
Números 17
Patriarcas y Profetas p. 417, 418

Escúchalo aquí.

Números 17 (NTV) – La vara de Aarón brota
1 Entonces el Señor le dijo a Moisés: 2 «Diles a los israelitas que te traigan doce varas de madera, una por cada jefe de las tribus de los antepasados de Israel, y escribe el nombre de cada jefe en su propia vara. 3 Escribe el nombre de Aarón sobre la vara de la tribu de Leví, pues debe haber una vara por cada jefe de tribu patriarcal. 4 Coloca las varas en el tabernáculo delante del arca que contiene las tablas del pacto, donde me encuentro contigo. 5 Entonces, de la vara del hombre que yo elija saldrán brotes y finalmente pondré fin a las murmuraciones y a las quejas de este pueblo en contra de ustedes».

6 Así que Moisés dio las instrucciones al pueblo de Israel, y cada uno de los doce jefes de las tribus, incluido Aarón, llevó una vara a Moisés; 7 Entonces Moisés colocó las varas en la presencia del Señor en el tabernáculo del pacto. 8 Al día siguiente, cuando Moisés entró en el tabernáculo del pacto, encontró que la vara de Aarón, que representaba a la tribu de Leví, ¡había retoñado, echado brotes, florecido y producido almendras maduras!

9 Después que Moisés sacó todas las varas de la presencia del Señor, las mostró al pueblo y cada hombre tomó su propia vara. 10 Entonces el Señor le dijo a Moisés: «Pon la vara de Aarón permanentemente delante del arca del pacto para que sirva de advertencia a los rebeldes. Esto deberá poner fin a las quejas contra mí y evitará más muertes». 11 Y Moisés hizo lo que el Señor le ordenó. 12 Entonces el pueblo de Israel le dijo a Moisés: «¡Estamos perdidos! ¡Moriremos! ¡Estamos arruinados! 13 Cualquiera que tan siquiera se acerque al tabernáculo del Señor morirá. ¿Acaso estamos todos condenados a morir?».

Patriarcas y Profetas p. 417, 418

Capítulo 35
 – La Rebelión de Coré
Los castigos infligidos a los israelitas lograron por un tiempo refrenar su murmuración y su insubordinación, pero aun tenían el espíritu de rebelión en el corazón, y produjo al fin los más amargos frutos. Las rebeliones anteriores no habían pasado de ser meros tumultos populares, nacidos de los impulsos repentinos del populacho excitado; pero ahora como resultado de un propósito obstinado de derrocar la autoridad de los jefes nombrados por Dios mismo, se tramó una conspiración de hondas raíces y grandes alcances.

Coré, el instigador principal de este movimiento, era un levita de la familia de Coat y primo de Moisés. Era hombre capaz e influyente. Aunque designado para el servicio del tabernáculo, se había quedado desconforme de su cargo y aspiraba a la dignidad del sacerdocio. El otorgamiento a Aarón y a su familia del oficio sacerdotal, que había sido ejercido anteriormente por el primogénito de cada familia, había provocado celos y desafecto, y por algún tiempo Coré había estado resistiendo secretamente la autoridad de Moisés y de Aarón, aunque sin atreverse a cometer acto alguno de abierta rebelión. Por último, concibió el osado propósito de derrocar tanto la autoridad civil como la religiosa; y no dejó de encontrar simpatizantes. Cerca de las tiendas de Coré y de los coatitas, al sur del tabernáculo, acampaba la tribu de Rubén, y las tiendas de Datán y Abiram, dos príncipes de esa tribu, estaban cerca de la de Coré. Dichos príncipes concedieron fácilmente su apoyo al ambicioso proyecto. Alegaban que, siendo ellos descendientes del hijo mayor de Jacob, les correspondía la autoridad civil, y decidieron compartir con Coré los honores del sacerdocio.

El estado de ánimo que prevalecía en el pueblo favoreció en gran manera los fines de Coré. En la amargura de su desilusión revivieron sus dudas, celos y odios antiguos, y nuevamente se elevaron sus quejas contra su paciente caudillo. Continuamente se olvidaban los israelitas de que estaban sujetos a la dirección divina. No recordaban que el Ángel del pacto era su jefe invisible ni que, velada por la columna de nube, la presencia de Cristo iba delante de ellos, como tampoco que de él recibía Moisés todas sus instrucciones.

No querían someterse a la sentencia terrible de que todos ellos debían morir en el desierto, y en consecuencia estaban dispuestos a valerse de cualquier pretexto para creer que no era Dios, sino Moisés, quien los dirigía, y quien había pronunciado su condenación. Los mejores esfuerzos del hombre más manso de la tierra no lograron sofocar la insubordinación de ese pueblo; y aunque en sus filas quebrantadas y raleadas tenían a la vista las pruebas de cuánto había desagradado a Dios su perversidad anterior, no tomaron la lección a pecho. Otra vez fueron vencidos por la tentación.

La vida humilde de Moisés como pastor, había sido mucho más apacible y feliz que su puesto actual de jefe de aquella vasta asamblea de espíritus turbulentos. Sin embargo, Moisés no se atrevía a escoger. En lugar de un cayado de pastor se le había dado una vara de poder, que no podía deponer hasta que Dios le exonerase. 

El que lee los secretos de todos los corazones había observado los propósitos de Coré y de sus compañeros, y había dado a su pueblo suficientes advertencias e instrucciones para permitirle eludir la seducción de estos conspiradores. Los israelitas habían visto el castigo de Dios caer sobre María por sus celos y sus quejas contra Moisés. El Señor había declarado que Moisés era más que profeta. “Boca a boca hablaré con él,” había dicho, y había agregado: “¿Por qué pues no tuvisteis temor de hablar contra mi siervo Moisés?” (Núm. 12: 8.) Estas eran instrucciones que no iban dirigidas  solamente a Aarón y a María, sino también a todo Israel.

Foto: http://bit.ly/1LgUaTa

 

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