26 de marzo 2015

Benjamin
Lectura para hoy:

Patriarcas y Profetas p. 229-232

Escúchalo aquí.

La sequía continuaba, y al cabo de cierto tiempo la provisión de granos que habían traído de Egipto estaba casi agotada. Los hijos de Jacob sabían muy bien que sería en vano regresar a Egipto sin Benjamín. Tenían poca esperanza de cambiar la resolución del padre, y esperaban la crisis en silencio. La sombra del hambre se hacia cada vez más obscura en los ansiosos rostros de todo el campamento. El anciano leyó su necesidad; por fin dijo: “Volved, y comprad para nosotros un poco de alimento.” Judá contestó: “Aquel varón nos protestó con ánimo resuelto, diciendo: No veréis mi rostro sin vuestro hermano con vosotros. Si enviares a nuestro hermano con nosotros, descenderemos y te compraremos alimento: pero si no le enviares, no descenderemos: porque aquel varón nos dijo: No veréis mi rostro sin vuestro hermano con vosotros.” Viendo que la resolución de su padre empezaba a vacilar, agregó: “Envía al mozo conmigo, y nos levantaremos e iremos, a fin de que vivamos y no muramos nosotros, y tú, y nuestros niños,” y se ofreció como garante de su hermano, comprometiéndose a aceptar la culpa para siempre, si no devolvía Benjamín a su padre.

Jacob no pudo negar su consentimiento por más tiempo, y ordenó a sus hijos que se prepararan para el viaje. También les mandó que llevaran al gobernador un regalo de las cosas que podía proporcionar aquel país devastado por el hambre, “un poco de bálsamo, y un poco del miel, aromas y mirra, nueces y almendras,” y también una cantidad doble de dinero. “Tomad también a vuestro hermano, y levantaos, y volved a aquel varón.” Cuando sus hijos se disponían a emprender su incierto viaje, el anciano padre se puso de pie, y levantando los brazos al cielo pronunció esta oración: “El Dios Omnipotente os dé misericordias delante de aquel varón, y os suelte al otro vuestro hermano, y a este Benjamín. Y si he de ser privado de mis hijos, séalo.”

Otra vez viajaron a Egipto, y se presentaron ante José. Cuando los ojos de éste vieron a Benjamín, el hijo de su propia madre, se conmovió mucho. Sin embargo, ocultó su emoción, y ordenó que los llevaran a su casa, e hicieran preparativos para que comieran con él. Al ser llevados al palacio del gobernador, los hermanos se alarmaron grandemente, temiendo que se los llamase a cuenta por el dinero encontrado en los sacos. Creyeron que pudiera haberse puesto allí intencionalmente, con el fin de tener una excusa para convertirlos en esclavos. En su angustia, consultaron al mayordomo de la casa, y le explicaron las circunstancias de su visita a Egipto; y en prueba de su inocencia le informaron que habían traído de vuelta el dinero encontrado en los sacos, y también más dinero para comprar alimentos; y agregaron: “No sabemos quién haya puesto nuestro dinero en nuestros costales.” El hombre contestó: “Paz a vosotros, no temáis; vuestro Dios y el Dios de vuestro padre os dio el tesoro en vuestros costales: vuestro dinero vino a mí.” Su ansiedad se alivió, y cuando se les unió Simeón, que había sido libertado de su prisión, creyeron que Dios era realmente misericordioso con ellos.

Cuando el gobernador volvió a verlos, le presentaron sus regalos, y humildemente inclináronse a él a tierra. José recordó nuevamente sus sueños, y después de saludar a sus huéspedes, se apresuró a preguntarles: “¿Vuestro padre, el anciano que dijisteis, lo pasa bien? ¿vive todavía?” “Bien va a tu siervo nuestro padre; aun vive,” fue la respuesta, mientras se inclinaban reverentemente otra vez. Entonces sus ojos se fijaron en Benjamín, y dijo: “¿Es éste vuestro hermano menor, de quien me hablasteis? . . . Dios tenga misericordia de ti, hijo mío.” Pero abrumado por sus sentimientos de ternura, no pudo decir más. “entróse en su cámara, y lloró allí.” Después de recobrar su dominio propio, volvió, y todos procedieron al festín. De acuerdo con las leyes de casta, a los egipcios se les prohibía comer con gente de cualquier otra nación. A los hijos de Jacob, por lo tanto, se les asignó una mesa separada, mientras que el gobernador, debido a su alta jerarquía, comía solo, y los egipcios también comían en mesas aparte. Cuando todos estaban sentados, los hermanos se sorprendieron al ver que estaban dispuestos en orden exacto, conforme a sus edades. “Y él tomó viandas de delante de si para ellos; mas la porción de Benjamín era cinco veces como cualquiera de las de ellos.” Mediante esta demostración de favor en beneficio de Benjamín, José esperaba averiguar si sentían hacia el hermano menor la envidia y el odio que le habían manifestado a él.

Creyendo todavía que José no comprendía su lengua, los hermanos conversaron libremente entre sí; de modo que le dieron buena oportunidad de conocer sus verdaderos sentimientos. Deseaba probarlos aún más, y, antes de su partida ordenó que ocultaran su propia copa de plata en el saco del menor. Alegremente emprendieron su viaje de regreso. Simeón y Benjamín iban con ellos; sus animales iban cargados de cereales, y todos creían que habían escapado felizmente de los peligros que parecieron circundarlos. Pero apenas habían llegado a las afueras de la ciudad cuando fueron alcanzados por el mayordomo del gobernador, quien les hizo la hiriente pregunta: “¿Por qué habéis vuelto mal por bien? ¿No es esta copa en la que bebe mi señor, y por medio de la cual él suele adivinar? Habéis hecho mal en lo que hicisteis.” (V.M.) Se suponía que esa copa poseía la virtud de descubrir cualquier substancia venenosa que se pusiese en ella. En aquel entonces, las copas de esta clase eran altamente apreciadas como una protección contra el envenenamiento. A la acusación del mayordomo los viajeros contestaron: ¿Por qué dice mi señor tales cosas? Nunca tal hagan tus siervos. He aquí, el dinero que hallamos en la boca de nuestros costales, te lo volvimos a traer desde la tierra de Canaán; ¿Cómo, pues, habíamos de hurtar de casa de tu señor plata ni oro? Aquel de tus siervos en quien fuere hallada la copa, que muera, y aun nosotros seremos siervos de mi señor.” “También ahora sea conforme a vuestras palabras —dijo el mayordomo— aquel en quien se hallare, será mi siervo, y vosotros seréis sin culpa”.

En seguida principió la búsqueda. “Ellos entonces se dieron prisa, y derribando cada uno su costal en tierra, abrió cada cual el costal suyo.” Y el mayordomo los examinó a todos; comenzando con Rubén, siguió en orden hasta llegar al menor. La copa se encontró en el saco de Benjamín. Los hermanos desgarraron su ropa en señal de profundo dolor, y regresaron lentamente a la ciudad. De acuerdo con su propia promesa, Benjamín estaba condenado a una vida de esclavitud. Siguieron al mayordomo hasta el palacio, y encontrando al gobernador todavía allí, se postraron ante él. “¿Qué obra es esta que habéis hecho?” —dijo.— ¿No sabéis que un hombre como yo sabe adivinar?” José se proponía obtener de ellos un reconocimiento de su pecado. Jamás había pretendido poseer el poder de adivinar, pero quería hacerles creer que podía leer los secretos de su vida. Judá contestó: “¿Qué diremos a mi señor? ¿qué hablaremos? ¿o con qué nos justificaremos? Dios ha hallado la maldad de tus siervos: he aquí, nosotros somos siervos de mi señor, nosotros, y también aquél en cuyo poder fue hallada la copa.” “Nunca yo tal haga —fue la respuesta:— al varón en cuyo poder fue hallada la copa, él será mi siervo; vosotros id en paz a vuestro padre.” En su profundo dolor, Judá se acercó al gobernador y exclamó: “Ay señor mío, ruégote que hable tu siervo una palabra en oídos de mi señor, y no se encienda tu enojo contra tu siervo, pues que tú eres como Faraón.” Con palabras de conmovedora elocuencia describió el profundo pesar de su padre por la pérdida de José, y su aversión a permitir que Benjamin fuese con ellos a Egipto, pues era el único hijo que le quedaba de su madre Raquel, a quien Jacob había amado tan tiernamente.

Foto: http://bit.ly/1BN6KR2

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