25 de marzo 2015

Jacob
Lectura para hoy:

Patriarcas y Profetas p. 225-228

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Capítulo 21 –  José y sus Hermanos
Al principiar los años fructíferos, comenzaron los preparativos para el hambre que se aproximaba. Bajo la dirección de José, se construyeron inmensos graneros en los lugares principales de todo Egipto, y se hicieron amplios preparativos para conservar el excedente de la esperada cosecha. Se siguió el mismo procedimiento durante los siete años de abundancia hasta que la cantidad de granos guardados era incalculable. Y luego, de acuerdo con la predicción de José, comenzaron los siete años de escasez. “Y hubo hambre en todos los países, mas en toda la tierra de Egipto había pan. Y cuando se sintió el hambre en toda la tierra de Egipto, el pueblo clamó a Faraón por pan. Y dijo Faraón a todos los egipcios: Id a José, y haced lo que él os dijere. Y el hambre estaba por toda la extensión del país. Entonces abrió José todo granero donde había, y vendía a los egipcios.” (Gén. 41:54-56.)

El hambre se extendió a la tierra de Canaán, y fue muy severa en la parte del país donde moraba Jacob. Habiendo oído hablar de la abundante provisión hecha por el rey de Egipto, diez de los hijos de Jacob se trasladaron allá para comprar granos. Al llegar, los llevaron a ver al virrey, y juntamente con otros solicitantes se presentaron ante el gobernador de la tierra. “E inclináronse a él rostro por tierra.”. “José, pues, conoció a sus hermanos; pero ellos no le conocieron.” Su nombre hebreo había sido cambiado por el que le había puesto el rey; y había muy poca semejanza entre el primer ministro de Egipto y el mancebo a quien ellos habían vendido a los ismaelitas, Al ver a sus hermanos inclinándose y saludándole con reverencias, José recordó sus sueños, y las escenas del pasado se presentaron vivamente ante él.

Su mirada penetrante, al examinar el grupo, descubrió que Benjamín no estaba entre ellos. ¿Habría sido él también víctima de la traicionera crueldad de aquellos hombres rudos? Decidió averiguar la verdad. “Espías sois —les dijo severamente;— por ver lo descubierto del país habéis venido.” Contestaron ellos: “No, señor mío: mas tus siervos han venido a comprar alimentos. Todos nosotros somos hijos de un varón: somos hombres de verdad: tus siervos nunca fueron espías.” José deseaba saber si todavía tenían el mismo espíritu arrogante que cuando él estaba con ellos, y también quería obtener alguna información respecto a su hogar; no obstante, sabía muy bien cuán engañosas podían ser las declaraciones que ellos hicieran. Los acusó de nuevo, y contestaron: “Tus siervos somos doce hermanos, hijos dé un varón en la tierra de Canaán; y he aquí el menor está hoy con nuestro padre, y otro no parece.” Fingiendo dudar de la veracidad de lo que decían y considerarlos aún como espías, el gobernador declaró que los probaría, exigiendo que permanecieran en Egipto hasta que uno de ellos fuese a traer a su hermano menor. Si no consentían en hacer esto, serían tratados como espías. Pero los hijos de Jacob no podían aceptar tal arreglo, puesto que el tiempo que se necesitaba para cumplirlo haría padecer a sus familias por falta de alimento; y ¿cuál de ellos emprendería el viaje solo, dejando a sus hermanos en la prisión? ¿Cómo haría frente a su padre en tales circunstancias? Parecía que se los condenara a muerte o que se los hiciera esclavos; y si traían a Benjamín, tal vez sería sólo para que participara de la suerte de los demás hermanos. Decidieron permanecer allí y sufrir juntos, más bien que aumentar la tristeza de su padre con la pérdida del único hijo que le quedaba. Por lo tanto se los puso en la cárcel, donde permanecieron tres días.

Durante los años en que José había estado separado de sus hermanos, estos hijos de Jacob habían cambiado de carácter. Habían sido envidiosos, turbulentos, engañosos, crueles y vengativos; pero ahora, al ser probados por la adversidad, se mostraron desinteresados, fieles el uno al otro, consagrados a su padre y sujetos a su autoridad, aunque ya tenían bastante edad. Los tres días que pasaron en la prisión egipcia fueron para ellos de amarga tristeza, mientras reflexionaban en sus pecados pasados. Porque a menos que se presentara Benjamín, su condenación como espías parecía segura, y tenían poca esperanza de obtener que su padre consintiera en enviar a Benjamín. Al tercer día, José hizo llevar a sus hermanos ante él. No se atrevía a detenerlos por más tiempo. Su padre y las familias que estaban con él podían estar sufriendo por la escasez de alimentos. “Haced esto, y vivid —dijo:— Yo temo a Dios: si sois hombres de verdad, quede preso en la casa de vuestra cárcel uno de vuestros hermanos; y vosotros id, llevad el alimento para el hambre de vuestra casa— pero habéis de traerme a vuestro hermano menor, y serán verificadas vuestras palabras, y no moriréis.

Ellos convinieron en aceptar esta propuesta, aunque expresando poca esperanza de que su padre permitiera a Benjamín volver con ellos. José se había comunicado con ellos mediante un intérprete, y sin sospechar que el gobernador los comprendía, conversaron libremente el uno con el otro en su presencia. Se acusaron mutuamente de cómo habían tratado a José—, “Verdaderamente hemos pecado contra nuestro hermano, que vimos la angustia de su alma cuando nos rogaba, y no le oímos: por eso, ha venido sobre nosotros esta angustia.” Rubén que había querido librarlo en Dotán, agregó: “¿No os hablé yo y dije: No pequéis contra el mozo; y no escuchasteis? He aquí también su sangre es requerida.” José, que escuchaba, no pudo dominar su emoción, y salió y lloró. Al volver, ordenó que se atara a Simeón ante ellos, y le hizo volver a la cárcel. En el trato cruel hacia su hermano, Simeón había sido el instigador y protagonista, y por esta razón la elección recayó sobre él. Antes de permitir la salida de sus hermanos, José ordenó que se les diera abundancia de cereal, y que el dinero de cada uno fuera puesto secretamente en la boca de su saco. Se les proporcionó también forraje para sus bestias para el viaje de regreso.

En el camino, uno de ellos, al abrir su saco, se sorprendió al encontrar su bolsa de plata. Al anunciarlo a los otros, se sintieron alarmados y perplejos, y se dijeron el uno al otro: “¿Qué es esto que nos ha hecho Dios?” ¿Debían considerarlo como una demostración de la bondad del Señor, o que él lo había permitido para castigarlos por sus pecados y afligirles más hondamente todavía? Reconocían que Dios había visto sus pecados, y que ahora estaba castigándolos.

Jacob esperaba ansiosamente el regreso de sus hijos, y a su vuelta todo el campamento se reunió anhelante alrededor de ellos mientras relataban a su padre todo lo que había ocurrido. La alarma y el recelo llenaron el corazón de todos. La conducta del gobernador egipcio sugería algún mal propósito, y sus temores se confirmaron, cuando al abrir los sacos cada uno encontró su dinero. En su angustia el anciano padre exclamó: “Habéisme privado de mis hijos; José no parece, ni Simeón tampoco, y a Benjamín le llevaréis: contra mí son todas estas cosas.” Rubén respondió: “Harás morir a mis dos hijos, si no te lo volviere; entrégalo en mi mano, que yo lo volveré a ti.” Estas palabras temerarias no aliviaron la preocupación de Jacob. Su contestación fue: “No descenderá mi hijo con vosotros; que su hermano es muerto, y él solo ha quedado: y si le aconteciera algún desastre en el camino por donde vais, haréis descender mis canas con dolor a la sepultura.”

Foto: http://bit.ly/1EQrICY

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